LA MISIÓN DEL SACERDOTE EN LA OBRA
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Todos los miembros del Pueblo de Dios tienen una radical igualdad, porque todos son christifideles: han recibido el mismo Bautismo y están llamados igualmente a la santidad. Por eso «aunque en la Iglesia no todos marchan por el mismo camino (...) se da una verdadera igualdad entre todos en lo referente a la dignidad y a la acción, común a todos los fieles, para la edificación del Cuerpo de Cristo»[1].
Pero el destino a diversas misiones eclesiales, por una vocación personal recibida de Dios, da origen a una desigualdad funcional, que es ontológica en el caso del sacerdocio ministerial. Así, el sacerdote ejerce públicamente el oficio sacerdotal en nombre de Cristo, según una mediación ascendente -«en las cosas que se refieren a Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados»[2]-, y descendente -«constituido en favor de los hombres»[3]-, participando de modo peculiar de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna su Cuerpo: munus
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docendi, munus sanctificandi et munus regendi. Este sacramento da origen a un nuevo estado.
El ministerio sacerdotal tiende inseparablemente a la gloria de Dios y al bien de las almas: «Los presbíteros, ya se entreguen a la oración y a la adoración, ya prediquen la palabra, ya ofrezcan el sacrificio eucarístico, ya administren los demás sacramentos, ya se dediquen a otros ministerios para el bien de los hombres, contribuyen a un tiempo al incremento de la gloria de Dios y al progreso de los hombres en la vida divina»[4].
Por el sacramento del Orden, el presbítero queda constituido por derecho divino como cooperador del orden episcopal: «Los presbíteros (...) están unidos a ellos (los Obispos) por el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote»[5].
Esta cooperación con el Orden episcopal es para el servicio de la Iglesia entera: «Todos los sacerdotes (...) están adscritos al Cuerpo Episcopal, en razón del Orden y del ministerio, y sirven al bien de toda la Iglesia según la vocación y la gracia de cada uno»[6].
Como ministro de la Iglesia, el sacerdote predica la Palabra de Dios y administra los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Penitencia; mediante el rezo del Oficio Divino, glorifica a Dios y pide por el mundo entero, en nombre de la Iglesia; y educa a sus hermanos en la fe, para que secunden la acción del Espíritu Santo en sus almas.
Existen diversos errores doctrinales sobre la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial, que tienen como característica común una pér-
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dida de fe en su carácter sagrado, vaciándolo de su sentido cristiano. Así, se ha observado un intento de desacralizar la figura del sacerdote, con una reducción que lo equipara al sacerdocio común de los fieles, atribuyéndole un sentido exclusivamente social, y una misión que se ejercería en nombre de la comunidad, y como delegado de ella. Según estas teorías -en las que se aprecia un origen luterano-, entre sacerdocio ministerial y sacerdocio común sólo existiría una diferencia funcional[7]. En esta línea es fácil llegar a postular el sacerdocio ad tempus, puesto que se considera como un mero encargo eclesial.
Otra línea de error -que también surge de un influjo de carácter protestante- es una consideración del ministerio sacerdotal, en la que se elude la administración de los sacramentos -causas de la gracia ex opere operato-, para exaltar la predicación de la Palabra. Así, se habla más de la Misa como asamblea o reunión que como sacrificio; se abandona, con lo que supone de detrimento para las almas, la administración del sacramento de la Penitencia, o se abusa de las absoluciones colectivas.
Otras desviaciones son más bien de carácter práctico, como por ejemplo la búsqueda de novedades en un ansia de estar al día, que no se funda en la fidelidad al Magisterio; el menosprecio de la obediencia a la autoridad eclesiástica, que puede dar normas preventivas y coactivas; un desmedido afán de imitar lo laical, buscando una presencia en el consorcio civil por vías extrañas a la misión del sacerdote -trabajo temporal, sindicatos...-, con la excusa de estar más cerca de los hombres; el desprecio e incluso el rechazo del celibato, afirmando que es un obstáculo para la «maduración humana» y la «integración afectiva» del sacerdote.
Ante tales errores, conviene tener presente que, por el sacramento del Orden, el sacerdote ha sido configurado a Cristo Sacerdote y Cabeza de la Iglesia, para actuar como ministro suyo, y el sacramento ha dejado impreso en su alma un nuevo sello imborrable, el carácter sacerdotal: la diferencia con el sacerdocio común -que presupone- es, pues, esencial. Por esa participación nueva en el sacerdocio de Cristo, se confiere al sacerdote una misión de carácter exclusivamente sobrenatural, como mediador entre Dios y los hombres, que hace que su ministerio principal sea la celebración del Santo Sacrificio del Altar, la administración de los demás sacramentos y la predicación de la Palabra de Dios.
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Además, la consagración y misión del sacerdote exigen que se comporte santamente y aparezca en todo como hombre de Dios, disponible para servir a todos sus hermanos, sin discriminaciones por ideologías o partidos, de los que se mantendrá al margen.
La misión del sacerdote en el Opus Dei responde, como es lógico, a las características indicadas sobre la misión del presbítero en la Iglesia. A estas características generales se añaden otras específicas, derivadas del espíritu y de los fines de la Prelatura. A continuación se indican esquemáticamente algunos puntos centrales que caracterizan la función del sacerdote en la Obra[8].
Nuestro Fundador ha afirmado constantemente que «los miembros del Opus Dei que son llamados al sacerdocio siguen formando con los seglares, dentro de la Obra, una sola clase»[9]. Esto es así porque todos los fieles de la Prelatura -sacerdotes y seglares- participan del mismo espíritu y reciben la misma formación; todos tienen alma verdaderamente sacerdotal y mentalidad plenamente laical, y también deben santificarse a través del trabajo ordinario, que para los sacerdotes consiste en el ejercicio de su ministerio.
Esta igualdad de la que tratamos, es una manifestación más de la unidad que se da en la Obra, compuesta de sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, célibes y casados, etc., con unidad de fin, de formación espiritual y de régimen[10], que no tiene precedentes en la historia de la Iglesia[11].
El presbiterio de la Prelatura, bajo el régimen del Prelado, vivifica e informa con su ministerio sacerdotal todo el Opus Dei. El sacerdocio ministerial de los sacerdotes y el sacerdocio común de los laicos están ínti-
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mamente unidos y se exigen y complementan mutuamente, para alcanzar, en unidad de vocación y de régimen, el fin de la Prelatura.
En la Prelatura del Opus Dei, como estructura jerárquica de la Iglesia, el sacerdocio ministerial es esencial. De ahí que el Prelado y sus Vicarios sean sacerdotes y que sin sacerdotes no se pueda realizar con plenitud el trabajo apostólico propio de nuestro espíritu: sin sacerdotes, quedaría incompleto el apostolado de los laicos, porque «en el apostolado, al conducir a las almas por los caminos de la vida cristiana, se llega al muro sacramental. La función santificadora del laico tiene necesidad de la función santificadora del sacerdote, que administra el sacramento de la Penitencia, celebra la Eucaristía y proclama la Palabra de Dios en nombre de la Iglesia. Y como el apostolado del Opus Dei presupone una espiritualidad específica, es necesario que el sacerdote dé también un testimonio vivo de ese espíritu peculiar»[12].
También se requieren los sacerdotes para colaborar con los Directores en la tarea de atender espiritual y doctrinalmente a los miembros de la Obra y como vínculo de unión entre todos los fieles del Opus Dei, reafirmando la identidad de espíritu. El clero de la Prelatura atiende «espiritualmente a los laicos con el fin de ayudarles a vivir los serios y cualificados compromisos espirituales, apostólicos y formativos que han asumido al incorporarse a la Prelatura»[13].
Los Numerarios y Agregados que llegan al sacerdocio, se ordenan especialmente para servir a sus hermanos con las tareas específicas del sacerdocio ministerial, para trabajar en los apostolados de la Obra y para fomentar la plenitud de la vida cristiana entre personas que viven en el mundo. Esta y no otra es la razón de su ordenación sacerdotal, que les lleva a excederse gustosamente en ese servicio, y a recortar cualquier otra
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actividad que vaya en perjuicio de su primer deber[14]. Tienen la misma vocación que los demás fieles de la Prelatura, pero a la vez son conscientes de que han recibido una elección y un poder divinos para ponerlos al servicio de todos los hombres y, en primer lugar, de sus hermanos. Así, nos enseñaba nuestro Fundador: «En el Opus Dei todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando. Los sacerdotes han de ser (...) servidores especiales -siempre con sosiego y alegría- de los hijos de Dios en su Obra, de tal modo que, como Pablo, puedan decir con sus obras a sus hermanos: ego ... vinctus Christi Iesu pro vobis (Ephes. III, 1); estoy como en cadenas, preso por el amor de Jesucristo... y por el cariño que os tengo»[15].
Precisamente a través de esta misión específica es como sirven a la Iglesia y a todas las almas: «Con este servicio preferente a sus hermanos -que han de cargarles con abundancia de labor- y amando el carácter laical de nuestras actividades apostólicas, servirán a la Iglesia como ella nos pide que la sirvamos, de acuerdo con la vocación específica que hemos recibido»[16]. «Por la naturaleza misma de nuestro trabajo, los sacerdotes Numerarios siempre serán muy pocos en relación al número de los socios. Más aún: nunca tendremos los sacerdotes que serían necesarios; sin embargo, mis hijos sacerdotes deben gastar todas sus energías, de modo que -no obstante la gran amplitud e intensidad de la labor- atiendan todo lo que se les confíe; y han de urgir incluso a sus hermanos laicos a que les lleven todavía más almas, sin concederse un momento de descanso: porque el amor de Jesucristo nos apremia, caritas enim Christi urget nos! (II Cor. V, 14)»[17].
Por tanto, la misión específica de los sacerdotes de la Obra puede resumirse del siguiente modo:
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Nuestro Padre aseguraba que «si (los sacerdotes) viven fielmente esta dedicación abnegada a su ministerio sacerdotal, verán aumentar su eficacia apostólica -aparentemente reprimida- y serán apoyo y savia de la labor de sus hermanos seglares, en quienes fomentarán un sano anticlericalismo: los laicos del Opus Dei no se forman para sacristanes, sino que -dentro de la máxima fidelidad a la Santa Iglesia y al Papa- proceden por su cuenta, con libertad y responsabilidad personal»[20].
El sacerdote tiene como misión fomentar la vida espiritual de sus hermanos: ser despertador de los deseos de santidad de los demás, sabiéndose responsable de las almas del Centro, del crecimiento del apostolado y de los frutos -vocaciones- que el Señor espera. Por eso, procura -con oración y mortificación, con su ejemplo y sus consejos- dar vibración a la vida espiritual de todos, sin olvidar que en esta labor de dirección espiritual, colabora con los Directores que ejercen una verdadera dirección espiritual personal.
Los sacerdotes han de saber exigir a sus hermanos, de acuerdo con los Directores, para que se identifiquen con Cristo y adquieran una verdadera vida interior, unida a una acción apostólica firme y a un trabajo esforzado y responsable, que aleje todo peligro de tibieza. Tienen que sentir la responsabilidad específica de que se viva íntegro el espíritu de la Obra: orientación y vigilancia sobre la piedad y la rectitud doctrinal de todos; atención para que se viva la virtud de la pobreza tal como se ha
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practicado en Casa desde el comienzo; preocupación de que se ejerza siempre la corrección fraterna, como unum e cardinibus Operis Dei.
Para cumplir esta misión, el sacerdote cuenta con medios específicos, pero siempre el primero y el más eficaz es su santidad personal, su caridad -comprensión y fortaleza-, su oración, su espíritu de servicio. Así, ayudará a que estén todos encendidos en su vida de piedad, y podrá exigir con fortaleza a cada uno, como se trabaja el hierro en la forja, después de ponerlo al rojo.
El sacerdote en Casa es instrumento de unidad y de cohesión entre los fieles -mujeres y hombres- de la Prelatura, entre sus hermanos y los Directores, y entre todos sus hermanos[21]. Esta misión se apoya en las características de su posición y de su trabajo sacerdotal. Son instrumentos de unidad con su vida, su ejemplo y su trabajo sacerdotal: «Así seréis siempre instrumentos de unidad y de cohesión: con vuestro sentido sobrenatural de la vida, con vuestra oración, con el ejemplo constante de vuestro encendido trabajo sacerdotal, con vuestra caridad amable, con vuestra mortificación, con vuestra devoción a la Santísima Virgen, con vuestra alegría y vuestra paz»[22].
Esta exigencia de la misión de los sacerdotes tiene también muchas manifestaciones concretas en su conducta personal; por ejemplo, el Director de su Centro ha de conocer su horario de trabajo, dónde se encuentra en cada momento y a qué labor se dedica; en la vida en familia, el sacerdote se comporta como uno más, participando de todas las preocupaciones y trabajos de la casa; asiste a los mismos medios de formación, etc.
La labor pastoral del sacerdote es también -y quizá especialmente-un apostolado personal dirigido. Sigue puntualmente las indicaciones recibidas para los distintos encargos de apostolado, busca la unión con quien hace cabeza, tiene en mucho la opinión del Consejo local, rechazando -si alguna vez se presentase- la tentación de «campar por sus respetos». Ha de evitar siempre aun el asomo de labor personal; y considerar si, efectivamente, existe esa dirección en todos los aspectos de su actividad. Concretamente:
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Son también instrumentos de unidad porque su trabajo y su vida están en función de las necesidades y de la atención de sus hermanos. «Es preciso que seamos como el cañamazo, que no se ve, para que los demás brillen con el bordado del oro y de las sedas finas de sus virtudes, sabiendo ponernos en un rincón, a fin de que vuestros hermanos luzcan con su trabajo profesional santificado, en su estado y en el mundo, de modo que podáis decir: pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (loann. XVII, 19); por amor de ellos me santifico a mí mismo, para que sean ellos santificados en la verdad»[23].
Los sacerdotes evitan todo tipo de clericalismo y no interfieren en la labor propia de los seglares: «Para promover la unidad -que es garantía de eficacia- lo primero que hemos de exigir es que haya orden. Cada uno en su sitio, sin intromisiones, y cada uno responsable de sus propias actuaciones: los sacerdotes ocuparán su puesto, si se dedican a su ministerio, sin interferir para nada en el campo que es propio de los seglares, porque deben respetar la libertad de que gozamos todos los hijos de Dios en su Obra»[24]. Su misión es de carácter estrictamente espiritual: «Ahora habréis de ser sacerdotes, totalmente sacerdotes, y dedicaros con todas vuestras fuerzas a vuestro ministerio (...). Lo vuestro en lo sucesivo, con el mismo espíritu, es exclusivamente ser ministros de Dios: no me lo olvidéis nunca»[25]. Por tanto, se abstienen de interferir en cuestiones de orden temporal y defienden la libertad de todos sus hermanos, teniendo siempre los brazos abiertos para todos[26].
El sacerdote es instrumento de unidad porque se ordena para servir a sus hermanas y a sus hermanos con el mismo espíritu, con el mismo
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afán, con la misma dedicación. Para esto -y cumpliendo siempre fielmente la tarea concreta que se le haya encomendado- tendrá presente que las necesidades de los apostolados que realizan las mujeres son mayores que las de los varones, ya que además de realizar todas las labores apostólicas paralelas, han de atender las Administraciones de los Centros de la Obra. Esto exige más dedicación de tiempo y, si cabe, más empeño y afán en el ministerio sacerdotal -dentro siempre de las indicaciones recibidas-, anteponiendo el servicio a nuestras hermanas a toda otra labor.
Al mismo tiempo armoniza esta colaboración eficacísima con el máximo respeto por la autonomía de régimen de los diversos apostolados, sin intromisión alguna[27].
También se preocupará de que los varones vivan toda la delicadeza propia de nuestro espíritu en lo referente al trabajo de las mujeres de la Prelatura: relaciones con la Administración, detalles materiales, etc., ayudando con la corrección fraterna cuando sea oportuno, y sin hacer nunca de intermediario: concretamente las relaciones con la Administración competen al Director según las Regulae internae.
El sacerdote, para ser instrumento de unidad, ha de cuidar delicadísimamente la separación entre los apostolados de los varones y de las mujeres de la Obra, también en el ejercicio de su ministerio sacerdotal; por eso evita siempre -también en la predicación- hacer referencia, comentar anécdotas o trasmitir datos de la labor apostólica de la otra Sección. En los Centros de mujeres tampoco tiene por qué contar detalles del trabajo de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
El sacerdote, con su vida y su ejemplo y con su trabajo ministerial, fomenta la unidad de todos con sus Directores. No manda -ni puede dar impresión de que manda-, sino que está para obedecer y servir, enseñando a los demás a obedecer y servir igualmente. No puede olvidar que él colabora en la dirección espiritual de sus hermanos y en las actividades apostólicas, uniendo las almas a la Obra, a través de los Directores.
Esto se manifiesta de muchas maneras: por ejemplo, vive delicadamente la obediencia, siendo ejemplo patente ante sus hermanos; hace su charla personal -con plena sinceridad y docilidad- con el Numerario, de
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ordinario laico, que se designe[28]; ayuda con la corrección fraterna a los Directores, con delicadeza y fortaleza a la vez.
En su labor de dirección espiritual con sus hermanos, debe tener una preocupación especialísima por vivir la unidad con el Director:
En la predicación deben cuidar también de confirmar las directrices de los Directores, tratar los temas en los que el Consejo local más insiste, etc. Nunca puede haber una labor autónoma y, menos, anárquica.
Para vivir bien estos aspectos de la unidad, el sacerdote consulta frecuentemente con el Director los temas en que conviene insistir en la direc-
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ción espiritual personal y en la predicación. Al mismo tiempo, con la delicadeza y prudencia debidas, indicará a los Directores lo que le parezca conveniente para que lo tengan en cuenta en su labor de dirección.
Finalmente, debe ayudar a los demás a vivir la sinceridad en la charla con el Director; y, como norma general, evitar incluso la impresión de que da consejos «distintos» a los ya recibidos en la confidencia; en todo caso, sugerirá temas para que se consideren en la oración y se traten en la charla.
Es consecuencia clara de su dedicación al servicio de todas las almas y principalmente de sus hermanos. Presupone, pues, que los sacerdotes estén en su sitio, respetando la libertad de los demás, dedicados exclusivamente a su ministerio espiritual, viviendo una fina caridad con todos. Así enseñarán, primero con el ejemplo, cómo han de quererse unos a otros; les inculcarán la necesidad de ayudarnos a ser mejores, con el ejemplo y la palabra, viviendo la comprensión y la fortaleza sobrenatural.
Pueden señalarse algunos detalles sobre el modo de vivir esta cari dad y esta unidad con sus hermanos:
Todos los sacerdotes se sienten uno más entre sus hermanos, y no toleran que ninguno les sirva, hasta el punto que procuran de verdad ser
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los últimos: «Pedid al Señor Dios Nuestro, hijos míos sacerdotes, que os enseñe a tratar a vuestros hermanos de tal modo que seáis vosotros los últimos, y ellos los primeros; que seáis vosotros la luz que se consume, la sal que se gasta; que gustosamente os fastidiéis vosotros, para que los demás sean felices: éste es el gran secreto de nuestra vida y la eficacia de nuestro apostolado»[32]. En pocas palabras, se trata de poner la vida -de verdad, con obras, a través del ministerio sacerdotal y sin sentirse víctimas- al servicio de sus hermanos.
«Tened bien presente que esa dirección espiritual -en la parte que os corresponde- es cosa bien diferente de la misión de gobierno, que se confía exclusivamente a los Directores: en la Obra jamás se ha dado una confusión entre el fuero interno, propio de la dirección espiritual, y el fuero externo, que corresponde a los Directores»[33].
Cuando el sacerdote forme parte de un Consejo local realiza ese encargo con idéntica plena responsabilidad y dedicación que los demás miembros de ese Consejo local, aunque él tiene voz pero no voto. Su misión consiste en:
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