ALGUNOS GÉNEROS DE PREDICACIÓN
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Considerada como parte de la misma Liturgia, es la forma de predicación que, a partir del texto sagrado, expone los misterios de la fe y las formas de la vida cristiana a lo largo del ciclo litúrgico[1]. Se hace después de la lectura del Evangelio en la Santa Misa, y se teje sobre los textos litúrgicos del día -en especial sobre el Evangelio-, tratando de captar las ideas centrales[2].
Hay que lograr la mayor unidad posible, aunque lógicamente no se puede pretender la misma que si se tratara de un tema ascético concreto. Siempre ha de orientarse a un fin práctico, de orden ascético o la iluminación de algún punto de la fe cristiana, etc. Conviene hacer una referencia a la Eucaristía, para encender a los oyentes y ayudarles a ahondar en su
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participación en el Santo Sacrificio. En principio, no debe sobrepasar los diez minutos de duración[3].
Las leyes litúrgicas ordenan que se tenga homilía en las misas de los domingos y días de precepto con asistencia de pueblo: no debe omitirse si no es por una causa grave[4]. Además, conviene tener en cuenta que el Código de Derecho Canónico señala que «es muy aconsejable, que si hay suficiente concurso de pueblo, haya también homilía en las Misas que se celebren entre semana, sobre todo en el tiempo de adviento y de cuaresma, o con ocasión de una fiesta o de un acontecimiento luctuoso»[5]. En las capellanías de Universidades, colegios, etc., puede ser oportuno hacer una breve homilía con mucha frecuencia. En las grandes solemnidades de la Iglesia o en los cultos muy solemnes (novenas, triduos, etc.), que organizan las asociaciones de fieles -hermandades, cofradías, corporaciones y colegios profesionales en la fiesta de su Patrono, etc.-, se puede pronunciar una homilía en tono más solemne.
Por lo que se refiere a las homilías de las primeras Misas solemnes de sacerdotes recién ordenados, hay que tener en cuenta lo siguiente: según las costumbres del lugar, puede dirigirse inicialmente a las posibles autoridades, al misacantano y a sus padres; durante el discurso, conviene hacer alguna referencia al interesado y a sus padres; el tono será solemne e íntimo a la vez, cálido y sencillo, vibrante y natural, piadoso en todo momento, y no se puede dejar pasar la ocasión para dar doctrina sobre la Obra y hablar de nuestro Padre.
La meditación[6] es una forma de predicación que tiene por fin ayudar a los oyentes a hacer oración personal, con afectos y propósitos de
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lucha interior. Todo lo que se ha dicho hasta ahora sobre la predicación en general, se aplica a las meditaciones, únicamente cabe subrayar una vez más que el sacerdote debe dar doctrina, pero para desembocar en afectos y determinaciones concretas: hay que evitar las meditaciones genéricas o muy vagas, que no ayuden a los oyentes a acercarse más -hic 'et nunc- al Señor.
Es una forma de predicación, distinta de la meditación por la forma y por el contenido, en la que se expone sistemáticamente la doctrina sobre algún tema determinado. Puede ser muy eficaz incluir en los temas de las pláticas las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica.
Sin embargo, no se trata de una clase de teología o de exégesis, ya que se trata de dar una enseñanza práctica, asequible, para mover al alma en afán de santidad. Por tanto, tendrá un contenido bien estructurado, ordenado según un esquema de ideas, con el aparato escriturístico necesario, y tratando el tema de modo completo, en los distintos aspectos. El tono será el propio de una explicación; más impersonal que una meditación. Así, no es necesario provocar afectos, pero sí es importante que cause un impacto directo y práctico en la vida interior; por eso, es lógico que se haga ver la necesidad de pedir a Dios, de acudir a Nuestra Señora, etc., aunque se haga en tono de plática.
Puede tenerse dentro o fuera del oratorio. Se empieza rezando un Avemaría y Gloria, con invocación a los Patronos en su caso; o también rezando el Veni, Sancte Spiritus, seguido de un Avemaría; se termina con otra Avemaría y Gloria, o con la oración Agimus tibi gratias, seguida de un Avemaría.
Cuando se predica ante el Santísimo expuesto -bien cuando el sagrario tenga puerta de cristal, o dentro de la exposición simple o solemne, antes de la bendición-[7], el sacerdote siempre comienza diciendo: con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado, u otra fórmula que se
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use en el lugar. Si en algún sitio no existe un modo fijo y conocido por todos, se dice alguna frase que muestre la fe en la presencia real y la veneración debida al Santísimo Sacramento expuesto: puede ser la fórmula Con vuestra licencia..., en el idioma correspondiente.
El tema de la predicación será, de ordinario, eucarístico; aunque no hay inconveniente en que sea distinto: pero siempre es oportuno que el sacerdote haga varias referencias directas a la Sagrada Eucaristía.
También es posible dirigir unas palabras breves en la Santa Misa, antes de la comunión, encendidas de amor a la Eucaristía. Suele hacerse, sobre todo, cuando un fiel o un grupo de fieles acuden a la iglesia con el motivo principal de recibir la Comunión: primeras comuniones, celebración del cumplimiento pascual[8].
Sobre este tema, vid. Glosas, 29-IX-87, 15-18; Glosas, 24-III-87, 36-40; Glosas, 24-X-87, 40-44; Glosas, 14-II-87, 41-45; y Vademécum, 19-III-87, 85-87.
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