Y el Opus Dei entró en mis sábanas!

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Por Discovery, 6.08.2014


No soy ni he sido en grado alguno del Opus Dei. Llevo casado como unos 16 calendarios gregorianos completos con una mujer maravillosa, tenemos 2 hijos y somos Católicos practicantes. En los últimos 3 años, desde que ella conoció y empezó a dirigirse a un centro de señoras de esta asociación, la relación matrimonial se ha encauzado más o menos como siempre, dentro de lo normal hasta que decidió hacerse socia de esa especie de diócesis artificial, hará aproximadamente un año.

Desde entonces nuestra unión ha empezado a zozobrar y me temo que está abocada a un lamentable e irremediable fracaso si las cosas tienden a seguir igual. Esto es algo que me desestabiliza y ella lo sabe, aunque yo diría que lo conoce simplemente sin ser plenamente consciente. De hecho, de eso se vale (creo que ella no realmente, los que piensan por ella seguro que sí) para que yo ceda en todo lo que os voy a contar.

La causa principal de nuestras desavenencias radica en el tema de la fecundidad. Me explico: ella dice o le hacen decir que debemos tener más hijos. Este era un tema hablado y cerrado, zanjado desde hacía tiempo, lo teníamos muy claro y por distintas razones. Pero ahora las reglas del juego parecen que tienen que cambiar, las relaciones ya no funcionan como debieran y uno intuye que hay una especie de chantaje externo. No es pura especulación ya que la respuesta más frecuente de mi esposa ha sido que yo debería ir a visitar a uno de "sus" sacerdotes.

El tema de los hijos también estaba tratado y bendecido por nuestro sacerdote de confianza que era y es un reconocido referente en ayuda espiritual. Siempre que lo hemos necesitado, para cualquier tema, él ha estado ahí. Fue quién nos casó y bautizó a nuestros hijos cuando era el rector de nuestra parroquia. Sigue siendo una extraordinaria persona y a él acude muchísima gente por su gran fe en el hombre y sobretodo en Dios, un ejemplo verdadero de generosidad en todos los ámbitos. Una auténtica vocación, un cura de verdad como solemos decir. Representa un gran acompañamiento, humano también, noble, fiel y dispuesto para estar a nuestro lado en todos los trances que la vida nos depara.

Aquí haría un inciso para constatar que una descripción como ésta no coincide para nada con los curas del Opus Dei, al menos con los que se denominan numerarios (*). Los que he conocido, muy pocos pero creo que suficientes, parecen clones, semblantes mecánicos, más robots con sotana que sacerdotes de Cristo al servicio evangélico de las almas. Y mi observación desde el otro lado de la barrera coincide con los testimonios que aquí he leído. Así pues, no voy tan desencaminado...

(*) Sé que hay otros que son parroquianos, pero les veo más pulular (por razones de coincidencia geográfica veo sus itinerarios) por colegios vinculados a la Obra que por sus respectivas parroquias. Desconcertante cuanto menos.

Sigo... y digo esto del sacerdote amigo porque hemos tenido siempre en cuenta las observancias que el Magisterio de la Iglesia propone en temas de moral, concretamente en el ámbito de la moral sexual. Por tanto, hay que descartar la idea de que éste al que confiamos (ahora se ve que en casa sólo confío yo) la dirección de nuestras almas esté fuera del dictado de la misma Iglesia Católica en esta materia, de la cual el Opus parece estar obsesionado y la mantiene artificialmente en estado de inflamación recurrente. Sí, creo que inflaman el sexo porque desconocen la natural dimensión que ofrece la sexualidad. Para ellos será una palabrota de la que ni saben ni les interesa saber absolutamente nada. Estoy convencido de que no tienen la menor idea y simplemente la rechazan, la temen, pues demostrado está que sólo les conviene el control, la reproductividad animal, la inmediatez genital. En definitiva, quieren ejercer y creen tener derecho sobre el control de la natalidad de las familias.

Precisamente lo que yo he observado personalmente de esos ambientes afines, de esas familias que me han presentado para que tome ejemplo, es que hay en ellos -en general- una gran irresponsabilidad y dejadez para con su prole. ¡Qué paradoja!

Me atrevo a reflexionar y profundizar (si se me permite) un poco más para sacar hierro al asunto, para abrir la ventana y ventilar mentes enmohecidas que no se han atrevido a hablar y tratar una de las cuestiones más bonitas de la relación humana, inventado y querido por Dios, no para ser reos de graves pecados de los que arrepentirnos compulsivamente, si no para vivir en plenitud nuestro paso por este mundo. Hablar y escribir de sexualidad abiertamente, dentro de los límites de los que somos creyentes, no debiera tener el menor problema.

Partimos en nuestra sociedad de premisas erróneas, sea por ignorancia y/o por tradición. Por ejemplo, en nuestra cultura judeo-cristiana el deseo sexual de la mujer no está bien visto. Es más, incluso se la ha culpado históricamente de ser la culpable de la perdición de los hombres, reducen su deseo a sólo a un estado hormonal. Una gran aberración y degradación de la dignidad de la persona que hay que combatir y desmantelar. No hace falta acudir a citas evangélicas y mencionarlas para que quede más claro, creo que la mayoría nos las sabemos de memoria. Y donde no hay nada específico escrito no se deriva necesariamente ni la negación ni la prohibición.

Pues bien, después de hablar, discutirlo y consultarlo a varias bandas, resulta que para el Opus Dei el sexo se convierte en una obligación más, casi únicamente al sexo utilitario. Ignoran e incluso niegan a todas luces que sea una posibilidad de encontrarnos con el otro, un constante redescubrimiento de nuestros cuerpos que nos transforme. El mal llamado “remedio de la concupiscencia” rescatado de oscuros siglos pasados es lo máximo a que pueden o son capaces de llegar.

Niegan deliberadamente que además de ser algo altamente satisfactorio en lo físico y lo psíquico, reporte unos beneficios incuestionables para la pareja, siquiera les cabe aceptar que hay muchos momentos y formas de expresar la sexualidad. Les horroriza y desconcierta aún más pensar que la recompensa de la sexualidad está en el camino, en los caminos, no sólo en la meta. Se inventan egoísmos cuando les conviene y generosidades sólo cuando son a su favor. Un uso y abuso de la palabra "dios" elocuente y aterrador.

Desvinculan el sexo del sentir, ponen reglas donde no las hay. Y el sexo con normas resulta que no funciona más allá del instinto propio de todos los animales. Si convertimos la sexualidad en una obligación, en otra exigencia más y lo reglamentamos, mal vamos. Y ahí es dónde pretenden, a través de mi mujer, meterse donde nadie les ha llamado. Han usado distintas estrategias para que yo me una a sus mentalidades y entre a buscar respuestas en sus propios locales de doctrina encorsetada, viciada diría yo. Pero sabía que iban a condenar o menospreciar lo que en realidad es algo magnífico y al final seguro que todo acabaría aún peor de lo que está.

Es evidente de que se trata de un fanatismo, y como tal es origen y consecuencia de un profundo y preocupante desconocimiento de la verdadera y real naturaleza humana. Hablan de visión sobrenatural pero no tienen una mínima perspectiva racional de la visión terrenal, previa, buena y vivificante. Una -la terrenal- antes temporalmente que la otra necesariamente. Sin la primera no hay segunda. Lo reducen a tan poca cosa; la comprimen y constriñen en tan poco espacio; la violentan de tal forma que, tarde o temprano uno descubre que se amaga un falso mesianismo como única razón o argumento conductivo de todo su discurso. Nada que ver con el Nuevo Testamento, al menos el que yo conozco.




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