Vademécum del Gobierno Local, Roma, 2002

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Presentación

La Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei se rige por las normas del Derecho universal de la Iglesia y por su propio Derecho particular: la Constitución Apostólica Ut sit, por la que el Romano Pontífice erigió la Prelatura; el Codex iuris particularis Operis Dei o Statuta, sancionado por la Sede Apostólica mediante la misma Constitución apostólica; y los Decretos y otras disposiciones que puede dar el Prelado en uso de la potestad de régimen que le confiere la Iglesia (cfr Statuta, n. 125, §§ 1-3).

En cambio, el Vademécum del gobierno local —lo mismo que los otros Vademécums y Experiencias— no tiene por sí mismo carácter jurídico. Además de recordar aspectos esenciales del espíritu de la Obra y normas establecidas en los documentos citados en el párrafo anterior, recoge orientaciones prácticas para la correcta aplicación de esas disposiciones; criterios técnicos para la promoción de la labor apostólica, etc.

Ya en 1936, con ocasión de la ansiada expansión de la labor apostólica fuera de Madrid (se pensaba abrir un Centro en París y otro en Valencia), nuestro Fundador quiso poner por escrito su experiencia de aquellos años, para ayudar a los que comenzasen en esas nuevas ciudades. Surgió así la Instrucción para los Directores [4] (31-V-1936) donde se contienen los criterios fundamentales que han de presidir las tareas de formación y dirección dentro de la Obra. Luego, durante toda su vida, nuestro Padre continuó ejercitando ejemplar y heroicamente la prudencia y la justicia sobrenaturales, mientras impulsaba y guiaba —con la fortaleza y el afecto del Buen Pastor— la difusión del apostolado por todo el mundo, siempre con un especial desvelo por aquellos hijos suyos que llamaba a ser Directores. Este Vademécum surge precisamente de esa ocupación paterna y materna de nuestro Padre.

Estudiar y ponderar la aplicación de estos documentos, a la hora de gobernar, es índice claro de amor a las enseñanzas de nuestro Fundador y, concretamente, a las normas del Derecho particular del Opus Dei, que hemos de venerar y defender, ya que son el cauce seguro del camino que Dios quiere para nosotros.

En todas estas anotaciones se trasluce la naturaleza exclusivamente sobrenatural de la labor de gobierno en la Obra: los Directores trabajan con almas, a las que transmiten —con vibración y fidelidad— el espíritu señalado por Dios para el Opus Dei, justamente para ayudarles a ser Opus Dei; y conceden, por tanto, la debida primacía a los medios sobrenaturales: todo lo fían fundamentalmente a la gracia divina, y jamás se apoyan sólo en sus personales cualidades. Así, hasta en el cariño con que conducen a sus hermanos —caridad acompañada siempre de la fortaleza—, se revela la eficacia formadora, al estar purificado y vivificado por el amor de Cristo. De este modo, cada Director, cualquier miembro de un Consejo local, se entrega por completo a sus hermanos, sin hacer nunca acepción de personas, siendo perfectamente desinteresado, liberal, atento, caritativo, afable (Instrucción, 31-V-1936, n. 15).

Después de tratar las características esenciales del trabajo de los Consejos locales, y de la aplicación de las normas en torno a la ads '[5]' cripción a la Obra, la parte más consistente de este Vademécum se dedica a la formación de los fieles de la Prelatura: Numerarios, Agregados, Supenumerarios. No podía ser de otra manera, ya que en esto se resume la tarea del Opus Dei, como tantas veces recordó nuestro Fundador, que esperó siempre de sus hijos Directores una entrega abnegada a su misión de formadores, con una disposición alegre y sobrenatural de servicio, para pensar sólo y siempre en las almas que les están confiadas.

También se recogen otros aspectos que los Consejos locales deben conocer a fondo: desde el modo de cuidar las sedes de los Centros, hasta el trato con las autoridades y los criterios fundamentales sobre las labores apostólicas promovidas por los fieles de la Prelatura.

Ante las exigencias humanas y sobrenaturales de las tareas de dirección, se comprende que nuestro Fundador subrayase con fuerza que lo más importante para un Director es su propia vida espiritual, porque nadie da lo que no tiene: Es el Director civitas supra montem posita, como una ciudad puesta sobre un monte (cfr. Mt 5, 14): todos los ojos están puestos en él. Ha de ser, por tanto, ejemplo de todos: los mayores y los pequeños vibran con la vibración del Director. Y los nuevos, las vocaciones recientes, se fijan hasta en el más menudo detalle de aquél que hace cabeza. ¡Cuántas almas y cuánta labor dependen de vuestro encendimiento! (Instrucción, 31-V-1936, n. 4).

Vuestro Padre

† Javier

Roma, 19 de marzo de 2002.

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Características del trabajo de los consejos locales

Recordaba nuestro Fundador en 1968: me habéis oído decir muchas veces que los que, en la Obra, tienen un encargo de dirección deben facilitar a sus hermanos, a quienes sirven, el deber gustoso santificante de una obediencia pronta, sobrenatural, alegre y generosa, que no distingue entre cosas pequeñas y grandes, entre ti Director y otro, porque toda la autoridad viene de Dios (cfr. Rm 13, 1). Agradezco a Dios Nuestro Señor este afán santo que todos mis hijos tienen de obedecer; sintamos, quienes tenemos encargo de gobernar, el desvelo por facilitar el ejercicio de esta virtud de la obediencia con la plenitud que el Señor nos pide. Hoy, cuando tanta gente parece no entender el papel maravilloso que la obediencia tiene en la historia de nuestra salvación, yo veo a mis hijos obedecer con la nobleza, con la dedicación y con la generosidad de quienes han entendido ‑‑y esto es don de Dios‑ que quien vive de Cristo obedece como Cristo —factus obediens usque ad mortem... Flp 2, 8)— e introduce en el mundo, con Cristo, santidad y limpieza de vida (cfr. Rm 5, 19). Yo deseo que todos los hijos míos que ocupan cargos de dirección tengan presente siempre que el encargo que Dios les da. de ser [7] mediadores, introductores de las conciencias en el ámbito de los sobrenaturales designios de Dios, les importe un grave deber: el deber de ser muy sobrenaturales y de ser hombres de conciencia muy recta. Sólo así ‑siendo hombres de conciencia, muy sinceros ante Dios, conscientes de las propias limitaciones, atentos al soplo del Espíritu Santo‑, sabremos desempeñar nuestro encargo, con una fortaleza que no abandonará el ejercicio de la corrección fraterna, y con una rectitud y humildad que lleva a no esquivar las personales e ineludibles responsabilidades en el servicio de los hermanos. Esta fortaleza da a los demás la seguridad del querer de Dios; y esa rectitud da al ejercicio de la autoridad una fuerza moral, que lleva a los demás a obedecer de buen grado, arrastrados por el ejemplo de una conciencia recta, desasida de sí misma, reflexiva acerca de sus responsabilidades, ajena a toda ligereza, y que no justifica con otros deberes ‑que los demás no pueden conocer‑ lo que podría ser abandono o facilonería en el modo de ejercitar la autoridad. Ejerciendo el deber de mandar con esta fuerte y recta humildad, haremos posible que la obediencia sea en la Obra, siempre, lo que ha sido desde el primer día: esa virtud gozosa, que sabe del calor de familia y de la pronta y estricta diligencia de la milicia. Tened en cuenta ‑hijos míos Directores‑ que todas las medidas que he dispuesto, para que el gobierno, en la Obra, sea colegial y no haya nunca tiranos, se podrían convertir en mero legalismo, si en el fondo de la conciencia de cada uno de vosotros no estuviera firmemente arraigado, con plenísimo convencimiento, este criterio: que en la Obra no caben los tiranos y que la actitud tiránica procede de un corazón lleno de sí mismo. Atajad, por tanto, allí, en vuestro corazón, lo que veáis que es una tendencia al mando falto de templanza y moderación. Examinad el modo en que ejercitáis vuestro deber de servir, mirad que no se introduzca en vuestro espíritu el afán desconsiderado de tratar, como propietarios, los asuntos de gobierno y de formación. Arrancad, hijos [8] míos, apenas la notéis, la tendencia que pretenda empañar la Iimpieza de vuestra labor —santificadora— de gobierno. Veréis cómo se hace así más fácil el peso que el Señor ha puesto sobre vuestros hombros y cómo sabréis enseñar a vuestros hermanos a obedecer con plenitud y con finura.

Espíritu sobrenatural

La unidad de vida, característica fundamental del espíritu del Opus Dei, hace que los Directores, al darse a los demás en las tareas formativas y apostólicas, no olviden que lo más importante, para ellos mismos y para la Obra, es siempre su propia vida interior: todo su trabajo se fundamenta en una sólida vida de piedad, en el fiel cumplimiento de las Normas y de las Costumbres. Tienen siempre la convicción profunda de que son sólo instrumentos: toda la eficacia viene de Dios; y la luz y el calor que atrae a las almas, procede de que ‑en medio de los errores personales‑ se refleja el espíritu que el Señor ha dado a su Obra. Con este convencimiento ‑ y con la colegialidad, bien llevada‑ se evita cualquier actitud que pueda parecer presuntuosa, así como el desaliento cuando el Señor deja ver la insuficiencia de la propia capacidad personal.

El trabajo de los Directores y la vida en familia se caracterizan siempre por un ambiente sobrenatural, noble y sincero, que aleja cualquier asomo de visión humana o de diplomacia al tratar las cuestiones de gobierno; y, a la vez, por una corrección humana ‑buena educación‑, que es exigencia de la caridad sobrenatural.

Para servir, servir, os he repetido muchas veces —escribe nuestro Fundador—, pues en esa frase se condensa una gran parte de nuestro espíritu: servicio a Dios, repito, a su Santa Iglesia y al Romano Pontífice; servicio a todas las almas; especialmente a los que el Señor ha puesto junto a nosotros, dándoles la vocación al Opus Dei, o a aquellos otros que ‑no teniendo vocación‑ reciben el influjo del ejemplo y de la doctrina, que es también otro servicio apostólico.[9]

Queremos servir, ser útiles a nuestra Madre la 0bra, en bien de las almas, pero no hemos de olvidar que el lugar, en el que somos más eficaces, es aquél en el que nos han puesto los Directores Mayores: ésa es la voluntad de Dios. Y en ese lugar ‑y no en otro, que acaso nos parezca más apropiado por nuestras disposiciones, o por nuestras aptitudes, o quizá por nuestro capricho, en ese lugar, es donde la gracia de Dios nos ayudará con mayor eficacia. Por esta misma razón, os he enseñado desde el principio a considerar los cargos internos, no como un puesto de honor o de privilegio, que no lo son, sino como una oportunidad más de servir. Así se explica ‑lo contrario iría contra nuestro espíritu‑ que, no acostumbremos a felicitar a los que reciben el nombramiento para un cargo dentro de la Obra, porque no pensamos en el cargo, sino en la carga ‑gustosamente llevada- que supone servir a nuestros hermanos. Para allanaros el camino, para señalaros expresamente un obstáculo que podría presentarse ‑la soberbia y el afán de figurar-, y para ayudaros a sortearlo, quise que todos los que se dedican a la labor de gobierno, tengan muy en cuenta que no agra da a Dios el ambicionar cargos, ni desear retener los que ocupan. Dejar de ocupar un cargo, no es fracaso: es otro modo de servir. Sé que vosotros, hijos míos, los que quizá seréis llamados más adelante a un puesto de dirección interno, meditaréis con frecuencia las cosas que os digo, porque queréis ser santos, manteniendo limpio vuestro corazón de toda apetencia humana. Seguid obrando siempre así, y enseñad a vuestros hermanos a hacer lo mismo; que repasen y mediten estas consideraciones, cuando deban tomar posesión de un cargo o cuando dejen el que ocupaban. De este modo la eficacia de la labor será muy grande, y mantendremos vivo en el corazón el propósito que nos trajo a la Obra: [10] servir a Dios, entregárselo todo, hacer siempre lo que su Voluntad Santísima quiera en cada momento para cada uno de nosotros, sin que un celo mal entendido o un razonamiento nacido del orgullo empañe jamás la rectitud de intención que debemos tener ( Instrucción 31-V-1936, nn. 9-13).

Por tanto, los Directores procurarán, además, afinar en la lucha, constante, por evitar aun la apariencia de una situación de privilegio o de que buscan y desean excepciones, por pequeñas e insignificantes que parezcan; o, en fin, de que se consiente que otras personas se las faciliten.

Todos, al tomar posesión y al cesar en un cargo local, leen y meditan este texto de nuestro Fundador. A los encargados de Grupo, y a los Agregados y Supernumerarios nombrados Consultores o Celadores, se les explica detenidamente su contenido ‑sin leérselo‑, para que lo lleven a su oración personal.

Colegialidad

En la Obra, el ejercicio de la misión de dirección y gobierno es siempre colegial, como también la responsabilidad de todos y de cada uno de los que participan en esa función. Por tanto, cuando se habla del Director y se detallan consejos y normas de prudencia para su trabajo, se aplica a cuantos ocupan puestos de dirección, con independencia del nombre que reciba cada cargo.

Los asuntos se estudian y deciden colegialmente, porque un Director solo no recibe función de gobierno en el Opus Dei. El hecho de que se asignen determinadas tareas, más especialmente, a cada uno de los Directores, de ordinario persigue mejorar el orden y la eficacia del trabajo.

De acuerdo con lo establecido en Decr. Gen. 1/99, art. 5 § 2, en el Consejo local tienen voz y voto el Director, el Subdirector ‑o los Subdirectores‑ y el Secretario. El sacerdote del Consejo local o ‑cuando lo hay‑ el Director espiritual no tienen voto, a no ser que desempeñe un [11] cargo de los señalados en Ratio Institutionis, nn. 49 y 99, pero sus opiniones y consejos deben ser escuchados y considerados por los que forman ese Consejo local.

Los asuntos se deciden por mayoría de votos (cfr. Decr. Gen. 1199, art. 5 § l). Si se trata de materias de poca importancia, que no parece necesario llevar a una reunión del Consejo local, el Director resuelve de acuerdo con el Subdirector o con el Secretario, según las tareas que cada uno tenga asignadas.

Tanto dentro del Consejo local, como en sus relaciones con la Comisión Regional, se vive la unidad hasta en los menores detalles. Si los Directores no estuvieran unidos, si no supieran convivir con caridad, con sencillez y con alegría, si cada uno de ellos tocara a destiempo, no podría haber gobierno eficaz, y se resentiría su propia vida interior y todo el apostolado del Centro.

Los miembros del Consejo local tienen el derecho y el deber de exponer libremente su opinión sobre los distintos asuntos. Si, en algún caso, un Director se sintiera cohibido para manifestar su opinión en las reuniones del Consejo local, o delante de otros Directores, sería necesario hacerle la corrección fraterna, para ayudarle a luchar y a ser eficaz instrumento de gobierno colegial.

Los asuntos no se discuten: se estudian, con entera libertad, y de ordinario por escrito. Cuando se actúa con sentido sobrenatural, no hay ni puede haber oposición: el posible contraste de opiniones, en alguna cuestión, no es más que una muestra del sentido de responsabilidad de los Directores, y un motivo para seguir estudiando ese asunto o, en su caso, para remitirlo a la Comisión Regional.

El sentido sobrenatural que impregna la labor de dirección lleva a que, en las reuniones del Consejo local, cuando se considera la marcha de la labor y de las personas, no se hable nunca de asuntos del fuero interno, ni se desciende a detalles innecesarios. Estos mismos criterios de delicadeza extrema que se aplican en el gobierno de los miembros de la Obra, se cuidan al tratar de las personas que participan en las la [12] labores de San Gabriel, de San Rafael o de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Las reuniones del Consejo local son breves. Esto se logra siempre, si se cumplen puntualmente los criterios establecidos, y se prevén y estudian las diferentes cuestiones con la debida antelación. Además, para que las reuniones sean efectivamente breves, los Directores se han de limitar a acordar si un asunto ha de consultarse a la Comisión Regional, o a tomar una decisión, mediante la votación oportuna. Una vez adoptada colegialmente una determinación, todos ‑y especialmente los que proponían una solución distinta‑ ponen empeño y entusiasmo en llevar a cabo lo que acordó la mayoría.

Dedicación profesional

La tarea de los Directores es trabajo y dedicación profesionales y un apostolado directísimo ‑ eficaz, fecundo‑, porque sólo se busca servir a las almas. Requiere mucha vida interior, espíritu de sacrificio y un gran celo apostólico: en la Obra se vive no de entusiasmos, sino de visión sobrenatural.

Los Directores locales ‑y de modo especial los de los Centros de Estudios‑ residen habitualmente en la sede del Centro respectivo, porque su ocupación principal es atender debidamente el encargo apostólico que se les ha encomendado. Evitan, por tanto, hacer viajes que les distraigan de su labor de dirección, a no ser que haya una causa seria que los justifique o que, para algunos Directores, realizar determinados viajes constituya una obligación de su cargo. Esta exigencia de la eficacia apostólica se tiene en cuenta también al determinar los Cursos anuales, cursos de retiro, etc., de los Directores locales: las cosas se organizan de modo que, alternándose entre ellos, no dejen desatendida la labor que se realiza en y desde el Centro.

Los Directores denotarían un falso celo apostólico si quisieran hacer trabajos que pueden y deben realizar los demás; esa actitud podría estar originada por un movimiento de soberbia, por pensar que ellos ter [13] minan las cosas más eficazmente, o con mejor espíritu. Y, si eso fuera verdad, significaría precisamente que los Directores no saben mandar ni formar a sus hermanos.

Una de las condiciones del buen gobierno es prever los asuntos con anticipación suficiente, para que se resuelvan sin precipitación y después del conveniente estudio. Esto supone realizar el trabajo con orden, que no es siempre cronológico: la última cuestión planteada puede ser más urgente o más importante, y tener prioridad sobre todas las demás.

Este mismo orden exige especial diligencia en el cumplimiento de las indicaciones que se reciben de la Comisión Regional, sin desvirtuar su contenido por una subjetiva ponderación de las especiales circunstancias del lugar o de la labor. No obstante, cuando existen dificultades objetivas, se consulta.

No se debe confundir la serenidad en el gobierno con la dejadez y los retrasos en el estudio de los asuntos: la serenidad se compagina perfectamente con la necesaria diligencia para afrontarlos y resolverlos.

La constancia en el trabajo es también condición imprescindible para la eficacia. Hay que empezar las cosas y acabarlas, tanto si se resuelven en pocos días, como si se prolongan durante años. Y siempre con el mismo interés y la misma dedicación, porque lo que mueve al trabajo no es el entusiasmo ni la simple ilusión humana, sino la conciencia del cumplimiento del deber, por amor a Dios.

Para conseguir que los documentos respondan plenamente a la realidad, y no puedan interpretarse de modo incorrecto, se recurre a la redacción de común acuerdo, rehaciéndolos cuantas veces sean necesarias. Cuando un Director deba firmar un escrito ‑del tipo que sea‑, lo lee antes detenidamente, para captar exactamente su contenido y aceptar responsablemente lo que allí se expresa: una medida de elemental prudencia y, al mismo tiempo, manifestación del sentido de responsabilidad que se ha de cuidar en todo momento.

Cada Director lleva un calendario ‑una agenda perpetua en donde anota los asuntos que, por razón de su cargo, tiene que resolver en fe [14] chas determinadas. Con este detalle de orden, se evitan retrasos por simples olvidos.

Al recibir de otro Consejo local una comunicación que requiere respuesta, se ponen los medios necesarios para despacharla con diligencia, procurando siempre contestar con prontitud dentro de un plazo razonable, no superior al corriente ‑en casos semejantes‑ entre organizaciones de tipo profesional. Los retrasos en la correspondencia originan con frecuencia trastornos e inconvenientes que se deben evitar, por motivos de caridad, de justicia y de buen gobierno. Si las circunstancias o las características de la materia no permiten una respuesta a corto plazo, será siempre aconsejable acusar recibo enseguida, dando una idea aproximada de cuándo se podrá contestar con precisión. Nunca se espera varias semanas: incluso una respuesta negativa, pero rápida, tiene ya cierto valor positivo, porque permite emprender otros caminos para resolver el problema, enfocarlo de otro modo, tomar una decisión, etc.

Una manifestación más del sentido profesional con que los Directores locales realizan su trabajo, es que ponen un especial empeño en conseguir cuanto antes un nivel de conocimiento de la lengua castellana que, al menos, les permita leer y asimilar los documentos de gobierno, para luego seguir perfeccionándolo con continuidad.

Silencio de oficio

Las materias conocidas por razón del cargo, sólo se comunican o comentan, como es lógico, con aquellas personas que ‑también por razón de su cargo‑ deban conocerlas. Si un médico o un abogado guardan un natural secreto profesional ‑silencio de oficio‑ sobre los asuntos que conocen con motivo de su trabajo, con mucha mayor razón han de vivir ese silencio quienes se ocupan de las tareas de dirección o de formación espiritual de las almas.

El Opus Dei es una familia de vínculos sobrenaturales, y ‑como sucede en las familias‑ los hijos no tienen por qué estar enterados de todo lo que preocupa a sus padres; y los hijos menores no tienen por qué [15] saber las cosas que, algunas veces, conocen con sus padres los mayores. Sería una grave imprudencia ‑incluso una falta contra la caridad y la justicia‑ comunicar detalles que se conocen por razón del cargo a personas que no tienen derecho a saberlos. No es motivo para obrar de otro modo pensar que las personas con quienes se habla son mayores, o han tenido cargos de dirección en la Obra, o merecen una especial confianza. Sería también un falso celo comentar a alguno cosas que no tenga derecho a saber, pensando que así se le ayuda en su vida espiritual: la función de criterio de quien no tiene por qué ejercitarla es difícil que no acabe en murmuración y enredo. Una actuación de este tipo ‑que gracias a Dios no se ha dado ni se dará nunca‑ originaría, además, un ambiente contrario al calor de la lealtad, de la caridad y de la nobleza, propias del espíritu de la Obra.

Saber referir a los demás lo que realmente se debe decir, es parte de la ciencia de gobierno que han de cultivar los Directores. Este aspecto de la virtud de la prudencia se completa con la delicadeza y con la elegancia, rechazando hasta la apariencia de secreteo, caricatura del silencio de oficio. Resultarían inadmisibles frases como: “Esto lo sé, pero no te lo puedo decir”.

Los Directores, aunque estén solos, nunca hablan de asuntos de gobierno en la tertulia, en el comedor, etc. Evitan así el peligro de que no se interprete bien una noticia o comentario, o de ocasionar molestias a alguna persona. Además, tratar esos asuntos fuera de las habitaciones de trabajo, obligaría a usar tonos de voz propios del secreteo, tan ajeno al espíritu de la Obra, o frases de sentido oscuro, que resultarían poco naturales, poco elegantes y, por consiguiente, inadmisibles.

De otra parte, nunca se dejan llevar por el afán de notoriedad o el deseo de darse importancia, aun en detalles pequeños. Por ejemplo, no tendría sentido que desde un Centro se comunicase a otro el número de peticiones de admisión, los nombres de los que han sido destinados a otra Región, o de alguno que no haya seguido adelante, o los resultados de gestiones hechas para ayudar al sostenimiento de las labores apostólicas. [16]

Los que han sido designados para ocupar cargos de gobierno, antes de comenzar sus funciones, meditan los criterios de prudencia, justicia y caridad relacionados con esta materia, sabiendo que tienen el compromiso sub gravi de vivirlos, durante y después de cesar en el cargo.

Los Directores que cesan en sus cargos no hablan para nada de los asuntos de gobierno que han conocido y en los que han tenido que intervenir durante el tiempo de su mandato. Solamente tratan de esas cuestiones si los Directores les preguntan expresamente.

Siempre se han practicado en la Obra, gracias a Dios, las virtudes relacionadas con el silencio de oficio, y los Directores sienten la obligación de cuidar que se observen cada día con la máxima fidelidad, haciendo la corrección oportuna, si alguna vez no se cumplieran. Si hay reincidencia ‑o cuando la importancia del asunto lo aconseje‑, lo comunican a los Directores inmediatos: se trata de un estricto deber de conciencia.

Finalmente, aunque conviene agradecer a nuestra Madre la Iglesia las gracias y facultades que ha ido concediendo a la Obra, y usarlas con gratitud, no es razonable hablar de esto si no hay necesidad: aparte de una razón de humildad colectiva, puede dar lugar en algún caso a envidias, murmuraciones y molestias, en personas que no poseen esas gracias.

Relaciones con la Comisión Regional o con el Consejo de la Delegación

Sería una comodidad poco responsable descargar sobre la Comisión Regional o sobre el Consejo de la Delegación la decisión de cuestiones que son competencia del Consejo local. Cuando se presenta una duda positiva sobre la solución del caso, y se estima prudente cursar una consulta, el Consejo local, para no eludir su responsabilidad, expone el criterio o la solución que juzga más oportuna, expresando las razones en pro y en contra.

Las cosas urgentes pueden esperar, y las muy urgentes deben esperar. Por tanto, es una manifestación de buen gobierno, cuando se tramita una consulta, no resolver nada hasta que llegue la respuesta. Denotaría tam [17] bién falta de delicadeza enviar a los Directores una consulta precipitada, exigiendo una contestación urgente o señalando el plazo en que han de responder. Los Consejos locales remiten sus consultas con antelación suficiente, para que puedan estudiarse y decidirse a tiempo. Sin embargo, si en algún caso hay probabilidad de que la espera dé ocasión a perjuicios o molestias, se toma una resolución antes de recibir la respuesta, pero se comunica inmediatamente la decisión adoptada y las razones que la motivaron.

Durante los viajes y estancias de los Directores Centrales, Regionales o de la Delegación en los Centros, se procura facilitarles al máximo el desempeño de su misión, pero no se tienen extraordinarios por ese motivo (por ejemplo, en la comida, o proponiendo planes de salidas o paseos que no se harían ordinariamente). Todo ha de organizarse en función del trabajo por el que el Director está allí.

Como es obvio, por parte de los Consejos locales se evita todo asomo de personalismo en el trato con los Directores, como sería, por ejemplo, invitar directamente al Centro a una determinada persona de la Comisión Regional o del Consejo de la Delegación, dar un valor o importancia diversas según quien haya ido a verles, etc.

Las personas de la Obra, y sobre todo los miembros de los Consejos locales, no asaltan con preguntas a los Directores Regionales, cuando éstos se encuentran de paso en un Centro, con la pretensión de que resuelvan enseguida un determinado problema; tampoco sería prudente presentarles algún documento, una petición escrita, una minuta, etc., para obtener una contestación inmediata o la aprobación de ese documento. La función de gobierno nunca es personal. Las consultas, por consiguiente, se envían a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación; y allí, en la sede oportuna, estudian el asunto quienes tienen competencia, y se contesta después.

Durante su permanencia en los Centros, los Directores Centrales, Regionales y de la Delegación pueden asistir ‑siempre que lo juzguen oportuno‑ a la reunión del Consejo local. Pero no la presiden, a no ser que se trate del Vicario General, del Vicario Regional, del Delegado o del Vicario de la Delegación. [18]

Documentos para el gobierno local

Estudio de los documentos

Los miembros del Consejo local organizan su horario, de modo que les permita leer periódicamente los documentos de nuestro Padre y de sus sucesores. Será una lectura meditada, con espíritu de examen; y, además, llevarán a su oración esos escritos, porque se han preparado con una razón de servicio a Dios, aunque a veces traten de cosas muy concretas, hasta de tipo material: todos encierran vida y espíritu de la Obra; dan siempre doctrina y estimulan al ejercicio de las virtudes.

Como hace un buen profesional, que repasa y pondera los contenidos específicos de su trabajo y mantiene sus conocimientos al día, los Directores locales también han de conocer muy bien el contenido de los Vademecums y Experiencias que les correspondan. Aunque no formen parte de un Consejo local, no hay inconveniente en que otros lean estos textos; por ejemplo, los Numerarios mayores que atiendan encargos de formación y los sacerdotes Numerarios. En estos casos, los interesados piden el libro correspondiente al Consejo local, y lo devuelven inmediatamente después de emplearlo.

Para citar algún texto de estos libros, se hace del modo siguiente: Vademécum (o Experiencias), fecha del documento, página, párrafo. Por ejemplo, Vademécum, 19‑III‑2002, 126, 3, significa: Vademécum del gobierno local, 19‑III‑2002, página 126, párrafo 3. Al referirse de palabra a estos libros o al conjunto, conviene utilizar siempre su nombre propio: Vademécum o Experiencias, que eso son.

Estos y otros escritos que reciben los Consejos locales no tienen únicamente como fin dar criterio a los Directores. Por tanto, éstos no se limitan a leerlos y meditarlos y guardarlos después. Son doctrina viva y clara que han de transmitir a los demás. Una vez que los Directores los han leído y meditado, a fondo, los comentan en la reunión del Consejo local: de esa comunicación de ideas obtendrán el mayor provecho posible personal y para el Centro, y abundante experiencia práctica para utilizar en Círculos, charlas personales, etc.; y el sacerdote, en pláticas y [19] meditaciones. Con este estudio permanente ‑responsabilidad grave de los Directores‑, conservan fácilmente en su memoria los criterios básicos y las experiencias sobre cómo desempeñar su tarea, evitando omisiones, improvisaciones, pérdidas de tiempo o actuaciones personales; y así, además, realizan con perfección su principal trabajo profesional.

Si alguna vez el Consejo local no entiende un documento enviado desde la Comisión, o piensa que no lo puede cumplir, o que puede mejorarse de algún modo, lo hace saber enseguida a la Comisión.

Envío de documentos

Los documentos se pueden mandar por correo o bien en mano aprovechando el viaje de algún Numerario o Agregado, o, en casos urgentes, de un Supernumerario, y que vaya directamente al lugar de destino. Al darles el correo, se les encarece que lo entreguen inmediatamente, apenas lleguen a la ciudad. Se envían siempre en mano los escritos que indique la Comisión Regional, y aquellos que el Consejo local considere menos prudente remitir por correo ordinario.

Los Consejos locales envían sin demora el correo ordinario a la Comisión Regional, con la periodicidad que ésta indique. No es motivo para retrasarlo la ausencia ‑por causa de enfermedad, viaje, descanso, etc.‑ de algún Director: en la Obra no hay gobierno personal.

A no ser que se manden por medio de una empresa especializada y de reconocida garantía, no se envían nunca por correo muchos papeles en un mismo sobre, aunque sea resistente, porque fácilmente se puede romper: es preferible preparar varios sobres con poco contenido cada uno. Además, el tamaño de los sobres se acomoda siempre al contenido; se doblan los papeles ‑folios, etc.‑, para poder utilizar sobres pequeños, que llegan menos deteriorados. Cuando se trata de fotografías, folletos, artículos, etc., que no convenga doblar, los sobres han de ser todavía más resistentes y, si es necesario, se protege el material remitido con unos cartones adecuados. [20]

Los diversos envíos se hacen a la dirección de la sede de la Comisión Regional, y a nombre de alguno de los miembros de la Comisión, con excepción del Vicario Regional.

Periódicamente, se remiten a la Comisión Regional los comentarios del Evangelio.

En el Anexo 1 se recogen algunas experiencias sobre la Costumbre de escribir al Padre.

Uso del teléfono, fax o correo electrónico

La tarea de gobierno no se hace nunca por teléfono. Los asuntos se estudian y se comunican siguiendo los cauces adecuados, previendo con anticipación las posibles dificultades. De esta forma, todas las cuestiones urgentes se pueden examinar muy bien y cursar las consultas de modo oportuno.

Tampoco resulta prudente, ni lógico, informar por teléfono acerca de la marcha de las labores apostólicas ni comunicar por este medio noticias que no son urgentes. Si las conversaciones son interurbanas, constituiría además una falta de pobreza.

El correo electrónico no se usa para asuntos de gobierno ni para comunicar cuestiones delicadas. El teléfono se utiliza sólo cuando no es posible enviar una comunicación por fax y se prevé objetivamente que por correo ordinario no llegará a tiempo, para tramitar un asunto que ha de resolverse en un plazo fijo. La excepción, pues, ha de ser muy extraordinaria: las conferencias interurbanas serán pocas ‑las imprescindibles‑ y breves. Pero, aun en estos casos, antes de llamar por teléfono, intervienen en el estudio oportuno, siguiendo los cauces previstos, quienes tienen derecho y obligación de hacerlo.

El sentido común, la prudencia y el amor a la pobreza llevan, además, a escribir previamente el texto de la comunicación: de esta forma, se dice exactamente lo que se desea, con claridad, brevedad y naturalidad. Luego, se envía copia por escrito de ese texto. Muchas veces, es [21] también aconsejable que quien recibe la llamada tome nota literal de todo. Siempre que sea posible, se planean para las horas de tarifa rebajada establecidas en algunos países.

En definitiva, se procura reducir al mínimo el uso del teléfono. La tendencia a resolver los asuntos de esa manera puede provenir de la precipitación, de la superficialidad en el estudio de los problemas, y de un mal entendido afán humano de eficacia: circunstancias que hacen prácticamente imposible gobernar ad mentem Patris, o ad mentem Conditoris nostri.

Por otra parte, es de caridad, y en muchos casos de justicia, no tratar determinados asuntos por teléfono, y siempre hay que hablar con naturalidad. Sería absurdo dar la falsa impresión de que se quiere ocultar algo, porque alguien emplease giros desusados, abreviaturas o siglas. El cualquier caso, tampoco se usa el teléfono para algunos asuntos, cuando la calidad de la persona, que habla o a la que se habla, exige especial prudencia. Si llaman por teléfono y quieren entablar una conversación que resulta imprudente se corta ‑con delicadeza, pero decididamente‑, diciendo que se prefiere hablar despacio y en otro momento, o empleando una excusa parecida. Y esto, cualquiera que sea la persona que haya llamado.

Estas exigencias de la prudencia y de la pobreza se viven a todos los niveles: entre los Consejos locales; entre los Consejos locales y la Comisión Regional, o con los Consejos de las Delegaciones dependientes. Y se aplica especialmente a las conversaciones telefónicas todo cuanto se ha dicho sobre el silencio de oficio. También los Numerarios, Agregados y Supernumerarios, que trabajan en obras corporativas de apostolado, han de extremar la prudencia en sus conversaciones por teléfono, para no faltar a la caridad o a la justicia, al tratar asuntos especialmente delicados.

Todas estas indicaciones de buen gobierno se aplican igualmente para otros usos del fax o del correo electrónico. Por ejemplo, estaría fuera de lugar que, a causa de la facilidad de estos procedimientos de comunicación, se enviaran mensajes informando de actividades a un fiel [22] de la Prelatura destinado en otra Región, como si fuera un corresponsal. Siempre se ha de seguir el trámite señalado para las comunicaciones y evitar lo que, aun de lejos, pudiera sonar a “hacer grupo”.

Cuando una persona desconocida pide por escrito información sobre el Opus Dei (por carta, por correo electrónico, etc.), quizá porque piensa tener vocación a la Obra, se comunica a la Comisión Regional, que se encargará de responder. No obstante, sí se trata de cartas sencillas, las puede contestar un miembro del Consejo local, que las archivará unidas a la contestación.

La respuesta será, de ordinario, muy concisa: se limita a agradecer el interés de quien escribe y a mandarle información sobre el Opus Dei: la separata de un buen artículo, la dirección en internet de alguna Oficina de Información, Si se considera conveniente, se añade una relación bibliográfica de libros o de otros artículos sobre la Prelatura, o se envía también alguna Hoja informativa y estampas de nuestro Padre. Más adelante, se verá si conviene o no tener una entrevista personal.

Redacción de documentos

Los escritos se redactan de manera que se diga todo lo que se desea comunicar: con claridad, para que no se pueda entender otra cosa; con brevedad, sin circunloquios; con orden, numerando, si es preciso, las distintas materias; con caridad, para que ‑si se refiere directa o indirectamente a alguna o algunas personas‑ los pudieran leer los interesados con alegría y agradecimiento; con objetividad, sin dejarse llevar por prejuicios. Especialmente, las respuestas a los Directores Regionales han de ser concretas, con cifras o datos bien precisos, cuando el asunto lo requiere, nunca se contesta con un "aproximadamente" o un "más o menos». Si no se tiene información suficiente para responder con exactitud, se reconoce así; y después se busca y se envía cuanto antes.

Es importante cuidar la redacción, de modo que nada pueda interpretarse de manera peyorativa para nadie, tampoco para la Obra: sería una injusticia. Por ejemplo, si se redacta un informe sobre una conver [23] sación mantenida con una persona que afirme cosas erróneas relativas a la Obra, siempre se incluye la contestación que se le dio ‑la aclaración, rechazando esos errores‑ para hacerle ver su equivocación. O si se escribe sobre alguna persona que, siendo buena, no comprende o tiene algún recelo de la Obra, se deja claro que se trata de una excepción; gracias a Dios, gran cantidad de personas de su mismo ambiente amarán, apreciarán y ayudarán la labor que la Obra realiza. Trabajar así, además de ser de justicia, es la única forma de exponer una idea exacta de la realidad.

Los escritos que los Centros envían a la Comisión Regional, al Consejo de la Delegación o a otros Centros ‑en papel sin membrete‑, llevan un número de protocolo, como es usual en cualquier organización: la sigla del Centro, el número que corresponde al documento dentro de la serie del año en curso, una barra inclinada y las dos últimas cifras del año. Resulta muy práctico hacer dos numeraciones distintas: una para los documentos dirigidos a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, y otra para los que se envían a los demás Centros. En el segundo caso, se pone además, entre el nombre del propio Centro y el número de protocolo, la referencia al Centro al que se remite el documento.

Archivo y conservación de documentos

Solamente conviene guardar los documentos necesarios para las tareas de dirección y formación, siguiendo las indicaciones recibidas de la Comisión Regional o del Consejo de la Delegación. Corresponde al Secretario llevar un registro y un índice de los principales documentos del archivo: facilitará la consulta y la redacción de otros escritos semejantes. Lógicamente, se conserva copia de los documentos enviados a las autoridades eclesiásticas o civiles, y otra copia se envía a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, salvo de las simples cartas de cortesía, para pedir audiencia, etc.

Las Instrucciones y las Cartas de nuestro Fundador y de sus sucesores, los Vademecums y Experiencias, etc., se guardan en la sede del Cen [24] tro al que han sido asignados. Se custodian bajo llave en el despacho del Director; y no se sacan de la sede del Centro. Si en un Centro existe una habitación reservada para el trabajo del Consejo local, ahí se pueden custodiar los documentos de gobierno, siempre que sea contigua al despacho del Director. Naturalmente, la llave del armario donde se guardan los documentos, accesible sólo a los miembros del Consejo local, se custodia en el despacho del Director. En estos casos, para evitar pérdidas, conviene extremar las medidas de prudencia; por ejemplo, nunca han de quedar los armarios abiertos, ni un documento sobre la mesa, si no se está utilizando: en cuanto se termina la consulta o el estudio, se devuelve a su sitio.

Si hiciera falta, por alguna circunstancia extraordinaria ‑cambio de casa, por ejemplo‑, se trasladan con la máxima prudencia: en una cartera de mano, en una bolsa o en un maletín, exclusivamente destinados a este fin, que lleva siempre consigo un Director. De modo semejante, en los viajes, los escritos no se meten en las maletas, porque pueden confundirse o perderse, etc. En las estaciones o aeropuertos, no se guardan en la consigna de equipajes o sitios similares. Si se viaja en coche, no quedan dentro del automóvil, cuando se deja solo, aunque se cierre con llave. Quienes tengan que hacer el traslado, responden de su custodia: han de tomar, antes y después, las medidas oportunas para evitar que se extravíe ese material y se entrega al Consejo local una nota firmada, especificando los documentos que se sacan y el número de ejemplares.

Conviene que en los Centros se lleve un control exacto de esos documentos: es una norma de prudencia y de buen gobierno. Si alguna vez se extravía algún documento, se comunica inmediatamente a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, informando de los detalles oportunos, sin pensar que ese contratiempo tiene categoría de catástrofe. Si se pierden, no pasará nada: todo lo que se escribe es, por el fondo y por la forma, no sólo bueno y noble, sino santo. Por eso, si alguna persona que no pertenece a la Obra lo leyera, se llenada de alegría y de afecto, al ver la rectitud de conciencia, la limpieza de medios sobrenaturales [25] y humanos que se emplean, y el amor y el sacrificio que se pone para servir y hacer bien a la humanidad entera sin distingos, sin fobias. Sin embargo, ese descuido sería una falta de pudor: el pudor de cualquier familia, que se preocupa lógicamente de que no trasciendan, a los extraños o a los curiosos, los detalles íntimos de su hogar.

Cuando en un Centro de Numerarios, excepcionalmente, no va a vivir nadie durante algún periodo del año, se consulta a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación cómo se deben custodiar los documentos durante ese tiempo.

También, por análogas razones de prudencia y de orden, es muy aconsejable no llevar papeles de este tipo en los bolsillos, ni dejarlos sobre la mesa de trabajo cuando se sale de la habitación.

[26]

Adscripción a la Obra

Petición de admisión

Discernimiento de la vocación

Como fruto sobrenatural del apostolado del Opus Dei, dirigido a hombres y mujeres de todos los ambientes, pues de cien almas nos interesan las cien, muchas personas ‑generosas y capaces de enamorarse de Jesucristo y de servirle plenamente‑ sienten la santa inquietud de una posible vocación a la Obra. Para secundar la acción de la gracia, se procura conducirlas por un plano inclinado, de manera que vayan adquiriendo ‑poco a poco‑ una sólida vida interior y una honda formación doctrinal. Al mismo tiempo, se procede con mucho sentido sobrenatural, para conocer bien a esas personas y comprobar que poseen realmente las cualidades y las disposiciones propias de la vocación al Opus Dei. Este modo de actuar es un deber de justicia con la Obra y una muestra más de la conducta noble y delicada con las almas: se evita que alguien pueda engañarse, siguiendo un camino al que Dios no le llama.

Para percatarse convenientemente de las disposiciones y circunstancias de un alma, no basta, como es lógico, un conocimiento superficial, de una temporada corta: entre otras razones, porque hay personas que pueden cambiar fácilmente de forma de pensar, en poco tiempo, bajo la influencia de alguna situación extraordinaria ‑por ejemplo, muerte de parientes más allegados, disgustos familiares, crisis senti [27] mentales‑ o de un curso de retiro, etc., sin que esa transformación esté fundamentada realmente en una decisión que abrace toda la vida. Por eso, la labor de selección exige tiempo, trato continuo, que permita valorar prudentemente la seguridad de la vocación; y aconseja la intervención del Director y del sacerdote. Esta es precisamente una de las misiones de las obras de San Rafael y de San Gabriel.

Uno de los aspectos fundamentales, que se ha de cuidar en los posibles candidatos ‑y más concretamente para los Numerarios‑, es el conocimiento previo de las circunstancias familiares. Resulta necesario para ayudar en la formación y para juzgar con más objetividad sobre la idoneidad de cada uno. Concretamente, se extrema la prudencia especialmente, cuando el posible candidato ‑o alguna persona de su familia‑ presente síntomas de desequilibrio nervioso, padezca sonambulismo, o tenga alguna limitación física importante que haga difícil la convivencia en familia.

De ordinario, es aconsejable que un médico de confianza haga un reconocimiento médico a los chicos que van a pedir la admisión como Numerarios. Si por algún motivo no se hubiera pasado esa revisión con anterioridad a la petición de admisión, conviene llevarla a cabo antes de que se conceda la Admisión.

Entre otras circunstancias, es preciso considerar la normalidad psíquica, condición necesaria para un desarrollo armónico de la personalidad; por eso, resulta imprescindible tener en cuenta los antecedentes personales y familiares de cada uno, para evitar que puedan manifestarse trastornos mentales, quizá como consecuencia de unas exigencias espirituales y humanas no soportables con una salud defectuosa.

Es importante la valoración objetiva de las virtudes humanas ‑sinceridad, generosidad, fortaleza, lealtad, laboriosidad‑, que facilitan el ejercicio de las sobrenaturales. Como en el espíritu del Opus Dei el trabajo es fundamental, porque la santificación personal se apoya ‑como la puerta en el quicio‑ en el desempeño de un oficio o trabajo en medio del mundo, se debe subrayar a esas almas la grave obligación de realizar su propio quehacer profesional con la mayor perfección posible. Por eso, [28] quienes no comprendan la necesidad de realizar bien el trabajo, con constancia, o no tengan capacidad para desempeñar seriamente sus ocupaciones profesionales, dan muestra clara de no estar en condiciones de vivir las exigencias de la vocación. No se requiere que sean profesionales extraordinarios, sino que trabajen a conciencia, con sentido de responsabilidad, con amor de Dios y con perseverancia, sin abandonos ni ligerezas, con sentido sobrenatural.

En alguna ocasión puede suceder que una persona, sin trato previo, manifieste con insistencia, llevada por un santo entusiasmo, la convicción de que el Señor le llama a la Obra. Es la hora de moderar su impaciencia, y de que se incorpore a los medios de formación de la labor de San Rafael o de San Gabriel ‑quizá se le puede nombrar Cooperador‑, hasta llegar a discernir la autenticidad de la llamada que afirma sentir.

La edad supone también un dato importante antes de sugerir a alguien que se plantee la vocación: las personas jóvenes, a las que no debe faltar la madurez, son las más capaces de comenzar el camino como Numerarios o Agregados, de identificarse con el espíritu de la Obra, de formarse pronto y bien.

En ocasiones, ante un chico de San Rafael que manifiesta su deseo de pedir la admisión, los Directores pueden dudar de si debe solicitarla como Numerario, Agregado o Supernumerario. En estos casos, ponderarán detenidamente las disposiciones y circunstancias personales ‑familiares, sociales, profesionales, etc.‑, para, aconsejarle oportunamente.

Los Consejos locales tienen claro que el compromiso de un Supernumerario es tan serio y profundo como el de los Numerarios y Agregados: no basta que sean buenas personas; deben luchar para alcanzar la santidad y convertirse en fermento de santidad; una persona con una vida apática no sirve, aunque no haga cosas malas. Han de mostrarse ejemplares, coherentes ‑ heroicos, cuando se requiera‑ en todos los campos: estudio, labor profesional, apostolado, sobriedad en las relaciones sociales, disponibilidad para la formación y para recibir encargos, etc. [29]

Por eso, ejemplo, sería desacertado dejar que pida la admisión como Supernumerario un estudiante que obtuviera malas calificaciones en los exámenes: realizar el trabajo profesional —en este caso, el estudio— con perfección humana, constituye siempre una condición necesaria de selección.

En algún caso especial, pueden existir circunstancias transitorias que aconsejen que una persona joven pida la admisión como Supernumerario, en espera de pasar a Numerario o Agregado más adelante, si cambia la situación. También puede suceder que algún joven Supernumerario, después de algún tiempo, dé muestra clara de tener condiciones para ser Numerario o Agregado, y se le puede sugerir esa posibilidad. Sin embargo, ninguno de estos dos supuestos ha de considerarse habitual: lo normal es que, desde el principio, cada uno pida la admisión en el lugar que le corresponda.

Para que alguien pueda solicitar la admisión como Supernumerario, conviene que esté cursando una carrera universitaria o, si no es estudiante, que cuente con un oficio o un título profesional bien definido.

La posibilidad de plantear a alguna persona que solicite la condición de aspirante a Supernumerario, se limita a casos muy excepcionales, prácticamente inexistentes; de ordinario, se debe esperar a que cumpla la edad oportuna.

Aunque en la doctrina de la iglesia está muy claro que no se necesita, la caridad puede recomendar que se cuente con el consentimiento expreso de los padres para recibir en la Obra a una persona determinada. Por tanto, si se prevé que alguno tropezará con graves dificultades familiares, se consulta a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, antes de permitírselo.

Por otra parte, la creciente ola de descristianización y, por desgracia, de pérdida del mismo sentido trascendente de la vida humana, dan lugar algunas veces a que los padres y hermanos de una persona no comprendan su vocación divina, e incluso pretendan apartarla de su camino por todos los medios, a veces valiéndose del consejo de algún sacerdote o religioso. [30]

Entre los errores prácticos más difundidos, que pueden llevar a estas situaciones, se halla el de reducir la vocación sobrenatural a categorías meramente humanas, con la consiguiente pretensión de medirla y juzgarla con criterios patológicos o psiquiátricos. Así, podría suceder que los parientes recurrieran a la ayuda de un psiquiatra o de un psicólogo, con el fin de determinar el "grado de madurez o equilibrio" del interesado, para convencerle de que está equivocado o de que padece alguna anomalía psíquica y que, por lo tanto, debe cambiar el rumbo de su vida.

Como es natural, si se verificara ese atropello tan intolerable, la persona en cuestión, en uso de su completa libertad, habrá de actuar con toda energía y no se dejará embaucar ingenuamente; además, si se tratara de un mayor de edad, sabrá reaccionar ante ese atentado manifiesto contra los derechos humanos, tomándose él mismo la responsabilidad, sin descargarla sobre la Obra o los Directores.

Los Consejos locales han de formar bien a los fieles de la Prelatura en este aspecto; y, cuando se requiera, orientarles para que sepan compaginar el cumplimiento del dulcísimo precepto del decálogo con la práctica de la virtud de la fortaleza, defendiendo la vocación a la Obra como el mayor don recibido después de la fe. Los miembros del Consejo local ‑aunque estén informados‑ no intervendrán directamente ante una situación concreta, puesto que ha de ser el interesado quien actúe con plena libertad y responsabilidad personales, pero tampoco se quedarán indiferentes: hay que defender ‑con toda la energía necesaria‑ la fe de todas las personas, y con mayor motivo la de nuestros hermanos.

Se debe extremar la prudencia cuando pretenden venir a la Obra personas demasiado jóvenes, más aún si viven en internados o en residencias semejantes. También con alumnos de colegios, aunque no sean internos ni mediopensionistas, si se prevé que se podrían originar —sin razón— contradicciones o susceptibilidades por parte de quienes dirigen esos centros de enseñanza. Si se trata de personas que manifiestan claramente tener vocación a la Obra, se les ayuda y sostiene en su vida espiritual, hasta que pase el tiempo y cesen las circunstancias que aconsejaron [31] aplazar su decisión. Es ésta una manifestación más del clima de paz y de comprensión en el que se desenvuelve siempre la labor de proselitismo. El espíritu sobrenatural con que se trabaja, lleva en estos casos a diferir el ejercicio de un derecho, para evitar que nadie pueda sentirse desplazado, herido o molesto.

En el caso de muchachos que podrían ser aspirantes, hay que considerar de modo especial su madurez, sin pensar que el tiempo ya dirá si tienen las condiciones requeridas para la Obra. Los Consejos locales han de asegurar ‑en la medida de lo posible‑ que reúnan esas condiciones, del mismo modo que lo harían para otra persona que ‑por su edad‑ podría pedir la admisión como Numerario o Agregado.

Se valoran también las circunstancias de quienes se han convertido recientemente al Catolicismo; la prudencia exigirá dejar que pase algún tiempo, para que se consolide su vida cristiana.

De ordinario, viene bien poner dificultades razonables a los que desean solicitar la admisión, con el fin de consolidar sus deseos de entrega. Como regla general, se les aconseja esperar algún tiempo. Durante este período, se les va preparando como si hubieran ya solicitado la admisión ‑aprenden a cumplir poco a poco algunas Normas del plan de vida, charlan con el Director, etc.‑, sin participar en los medios de formación colectiva propios de los fieles de la Prelatura. De esta forma, su determinación se tornará más madura y profunda, y, por tanto, más segura.

Con cierta frecuencia se presenta el caso de personas que se trasladan a otro país para pasar allí una temporada corta ‑por motivos de estudio, de trabajo, de descanso, porque asisten a un curso internacional, etc.‑ y que, durante ese tiempo, participan en los medios de formación de las labores de San Gabriel o de San Rafael, quizá como en su propio país. Si alguno quiere entonces solicitar la admisión, resulta más prudente aconsejarle que espere, ya que en esas condiciones provisionales, difícilmente se podrán conocer con objetividad tanto sus circunstancias, como las posibilidades que habrá de atenderle en el futuro. En consecuencia, se ponen los medios para que, al regresar a su nación —o a [32] aquella en la que va a vivir con estabilidad—, se integre aún más en la labor de San Rafael o de San Gabriel, y se concrete el camino que el Señor quiere para él. No obstante, si la permanencia en el país se prolonga, no hay inconveniente en permitirle que pida la admisión, consultando antes a la Comisión Regional a qua. En cualquier caso, no se procede así sí se presume razonablemente que no se podrá prestar la atención espiritual oportuna.

Para solicitar la admisión se requiere una capacidad intelectual que permita adquirir la formación científica y doctrinal exigida por el espíritu de la Obra, de acuerdo con las circunstancias personales de cada uno, y alcanzar el suficiente prestigio en el ejercicio del trabajo profesional, como medio para desarrollar una labor apostólica eficaz. No se exige una inteligencia extraordinaria, sino la virtud de la constancia para empezar las tareas y terminarlas con espíritu sobrenatural, sin dejarlas para después.

Dentro de la unidad de vocación en la Obra, uno de los criterios para discernir que el Señor llama a una persona como Agregado, es comprobar que, si residiera permanentemente en un Centro, no podría cumplir perfectamente los deberes que le imponen sus circunstancias personales, familiares y profesionales.

Algunas situaciones que reclaman un Particular discernimiento

Para proponer a la Comisión Regional que solicite la dispensa de lo establecido en Statuta, n. 20 § 2, se ha de confirmar que el interesado no arrastra una costumbre o hábito que no se acomode al carácter plenamente secular de la Obra (cfr. Statuta, nn. 2 § 1 y 79 § l), y ha de haber pasado bastante tiempo ‑de ordinario, al menos quince años‑ desde que se separó de la institución en la que se encontraba. En general, se tenderá a no plantear este tipo de dispensas, sobre todo si se trata de una persona que desea pedir la admisión como Numerario o Agregado.

Si no se llegaran a conocer los hechos hasta después de la Admisión, o incluso después de su incorporación a la Obra, es preciso comu [33] nicarlo cuanto antes a la Comisión Regional. Sin embargo, como no haber manifestado esas circunstancias puede indicar una falta importante contra la sinceridad, es preciso que el interesado dé muestras claras de haber adquirido el espíritu de la Obra, antes de solicitar esa sanación o de permitirle hacer la Oblación o, en su caso, la Fidelidad.

De acuerdo con la costumbre que se ha seguido desde los comienzos, antes de tomar en consideración la solicitud de admisión de una persona que haya sido seminarista, se han de estudiar muy bien todos los aspectos mencionados en los párrafos anteriores, para asegurar que realmente reúne las condiciones debidas; en primer lugar, la mentalidad laical propia de nuestro espíritu. Además, es prudente que haya transcurrido el plazo antes señalado, desde que abandonó el seminario, y que no se tome una decisión sin consultarlo previamente a la Comisión Regional y recibir la respuesta.

En algunos países es frecuente que los padres envíen a sus hijos a un seminario menor o a una escuela apostólica, para que estudien los cursos de primera enseñanza o de bachillerato, sin que el interesado tenga el propósito de llegar al sacerdocio ni de incorporarse a un Instituto ni vida consagrada o a una Sociedad de vida apostólica. En estos casos, puesto que no se trata de una verdadera permanencia en esos centros, además de que conste con certeza ese extremo, y siempre que al candidato no le haya quedado ningún hábito o costumbre que no se acomode al espíritu de la Obra, se consulta a la Comisión Regional y se espera la respuesta, antes de que se tome en cuenta su deseo de pedir la admisi6n.

Una razón grave de prudencia lleva al Consejo local a consultar previamente, a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, cuando desea pedir la admisión:

a) como Numerario o como Agregado, un hijo ilegítimo;

b) como Numerario, Agregado o Supernumerario, aquéllos —tanto hijos legítimos como ilegítimos— cuyos padres sean sacerdotes, aunque hayan obtenido dispensa de la obligación del celibato, o hayan sido religiosos. [34]

Además de aspectos subjetivos, hay situaciones objetivas, resultado de precedentes acciones gravemente inmorales ‑en materias de castidad, justicia, etc., algunas con penas canónicas‑, que exigen una particular prudencia. El Consejo local ha de conocer bien las personas, su vida y esas posibles circunstancias, para asegurarse de su idoneidad: estudiará cada caso con la máxima atención, sin olvidar jamás, como obligación importantísima, el cuidado del buen nombre de la Obra.

Estas normas no suponen, como es natural, menoscabo de nadie, ni constituyen una regla general que excluya a priori a los que han pasado por esas situaciones. No faltarán nunca almas alejadas de Dios, incluso grandes pecadores, que, al calor del espíritu de la Obra, recomiencen su vida y lleguen a alcanzar después un alto grado de santidad y de eficacia apostólica. Tampoco se pueden cerrar las puertas a quienes manifiestan un arrepentimiento sincero de una grave conducta anterior ‑que, como es natural, incluye la reparación por el posible mal ejemplo‑, siempre que no exista peligro fundado de escándalo. En este sentido, hay que tener en cuenta que el escándalo puede provocarse también entre gentes que provienen de estos mismos ambientes: quizá tales situaciones les causen, en general, poca o ninguna extrañeza y, en cambio, cuando conocen que esas personas han iniciado un camino cristiano, pueden sentirse escandalizadas.

Naturalmente, antes de autorizar que una de esas personas pida la admisión, es necesario que haya transcurrido un plazo razonable ‑largo‑ desde que sucedieron esos hechos, y que el interesado lleve mucho tiempo asistiendo a los medios de formación, de modo que se adquiera la certeza moral de que ha superado las dificultades y ha asimilado a fondo las disposiciones y hábitos precisos, para iniciar una vida cristiana en la Obra.

Cuando de esos comportamientos se han seguido consecuencias externas irreversibles, o graves compromisos morales o jurídicos, se debe extremar aún más la prudencia. El Consejo local consultará a la Comisión Regional siempre que tenga duda o no esté plenamente seguro del camino que debe seguir. [35]

Por ser cuestiones que debe estudiar y tramitar el Consejo local, extremando en estos casos el grave deber del silencio de oficio, los Directores locales ‑sin que se comente entre todos: sólo los imprescindibles‑ han de cerciorarse de estas circunstancias, del modo más oportuno, cuando alguna persona manifiesta su deseo de pedir la admisión Además, especialmente todos los que trabajan en la labor de San Gabriel ‑Numerarios, Agregados y Supernumerarios‑ han de conocer a fondo estos criterios.

Si alguno, después de haber pedido la admisión, tuviese la desgracia de incurrir en alguna de esas situaciones, el Consejo local informal cuanto antes a la Comisión Regional, para que indique cómo se ha ti proceder. Si el Consejo local considera que hay circunstancias muy excepcionales y que podría continuar, lo hace constar en el informe, explicando los motivos.

Como es lógico, no se comenta a los interesados este modo de actuar, para que no se sientan heridos ni se falte a la caridad o a la prudencia.

Se han de aprovechar las clases de los apartados III y IV del Programa de formación inicial, para asegurar en todos una formación doctrinal básica, que les permita adquirir una conciencia moral recta. Además de orientarles adecuadamente en su apostolado personal, se animará, especialmente a los Supernumerarios, a que realicen una honda labor doctrinal en todos los ambientes, y a que se opongan con fortaleza a las actividades y a los comportamientos contrarios a la moral, por muy extendidos que estén en la sociedad, o hayan sido admitidos incluso entre personas que se consideran creyentes o que defienden ciertos valores éticos.

No es necesario consultar en el caso de divorcio sin culpa del interesado, si ‑por el modo de llevar el asunto‑ a los que conocieron el hecho les resulta patente su voluntad contraria; ni cuando el cónyuge inocente se ve precisado a acudir al divorcio civil como única vía para conseguir los efectos civiles de una separación canónica —tutela de los hijos, evitar la dilapidación de la fortuna familiar por parte del otro cónyuge, etc.—, siempre que quede claro —al interesado y a las perso [36] nas de su entorno— que la sentencia civil de divorcio no disuelve el matrimonio.

Puede ocurrir alguna vez que desee pedir la admisión, como Numerario o como Agregado, una persona que tenga contraída alguna obligación económica, de carácter jurídico o simplemente moral. En este caso, el Consejo local ha de valorar si el candidato cuenta ‑o contará- con ingresos de trabajo suficientes para mantenerse, para hacer frente a esas obligaciones, y para ayudar al sostenimiento de las labores apostólicas. Cuando se prevé que esas circunstancias limitarán la disponibilidad del interesado ‑por ejemplo, por cambio de ciudad de residencia‑, el Consejo local considera si es preferible que pida la admisión como Agregado o Supernumerario, y no como Numerario. Este criterio se aplica también a situaciones habituales en el país ‑por ejemplo, préstamos para cursar la carrera, o ayudas a los estudios de los hermanos de sangre‑, o a obligaciones de las que jurídicamente responde el interesado, aunque, en principio, no vayan a gravar directamente sobre él: por ejemplo, créditos personales que amortizarán los padres.

Entre estos compromisos económicos, se incluyen los que provienen de tener a su cargo la atención material de miembros de su familia; y el deber moral de sacar adelante a sus hermanos, que en algunos países recae sobre el hijo mayor o sobre el que ha cursado estudios superiores. Conviene ponderar las circunstancias con objetividad y prudencia, cuando las familias de los candidatos necesiten su ayuda. Al tramitar la concesión de la admisión, el Consejo local informa detalladamente a la Comisión Regional sobre la cuantía, duración y motivos de ese gravamen.

En el caso de que llegue a pedir la admisión como Numerario o Agregado, se le expone, con claridad y con delicadeza, la obligatoriedad de hacer frente con sus medios y con los que obtenga de su trabajo, a las obligaciones anteriormente contraídas: ninguno descarga el peso sobre la Obra, y todos sienten el grato compromiso de sostener a su familia sobrenatural y las labores apostólicas, sin olvidar además que el Opus Dei tiene que cubrir los gastos de muchos de sus hijos ancianos, enfermos, etc. [37]

Aspirantes

De acuerdo con lo establecido en Statuta, nn. 17 y 20 §1, la edad mínima para incorporarse a la Prelatura son dieciocho años. Por tanto, no se toma en consideración la petición de admisión de quienes no hayan cumplido, al menos, dieciséis años y medio.

Las personas que, a partir de los catorce años y medio, deseen solicitar la admisión, pueden hacerlo como aspirantes (cfr: Statuta, n. 20 § 1, 4º). Los interesados lo comunican mediante carta dirigida al Vicario Regional. Los aspirantes deben reunir las condiciones establecidas en Statuta, n. 18 y han de conocer con claridad que no forman parte de la Prelatura.

Al cumplir los dieciséis años y medio, si perseveran en su propósito, y el Consejo local correspondiente lo autoriza, escriben otra carta pidiendo la admisión en la Obra,

Los Directores ponderan con detenimiento ‑no es un paso automático‑ si se acepta o no esa solicitud de admisión, al cumplir la edad requerida. Sí el Consejo local considera que a los seis meses, el Consejo local toma una decisión o, en caso de duda, consulta a la Comisión Regional.

Al no pertenecer jurídicamente a la Prelatura, los aspirantes no tienen los derechos y los deberes de sus fieles. Como es evidente, no vive en un Centro; y no están bajo la jurisdicción propia de la Prelatura. No obstante, la Obra les presta una atención espiritual constante; se les ayuda a afianzar la libertad de su decisión, para que su entrega brote siempre como consecuencia de un querer seguro, consciente y responsable.

Se procura formarles para que sean cristianos coherentes en medio del mundo y se preparen generosamente a la llamada de Dios como Numerarios o Agregados. Por esto, se les encarece que, además de una vida sacramental intensa, acudan a la dirección espiritual frecuente y empleen medios ‑prácticas de piedad, charlas personales, asistencia a actividades d formación, etc.‑ para escuchar y seguir con generosidad las inspiraciones del señor, de modo que asimilen bien el espíritu [38] de la Obra y consoliden en sus almas la disposición de dedicarse totalmente a Dios en la Prelatura.

De ordinario, se organizan cursos de retiro exclusivamente para ellos, que duran tres días completos y dos incoados, empezando la tarde anterior al primer día y terminando la mañana siguiente al tercero. Acuden a cursos de retiro diferentes los aspirantes a Numerarios o a Agregados. Si en algún lugar son todavía pocos, habrá que estudiar ‑caso por caso‑ si interesa que asistan con los Numerarios o Agregados que no hayan hecho la Admisión, o que acudan al retiro mensual, al curso de retiro y a una Convivencia con los chicos de San Rafael, completándolos con meditaciones o clases específicas para ellos. Si, en una de estas actividades, permanecen menos días de lo previsto, los temarios correspondientes tendrán unidad y se explicarán completos. En resumen: hay que buscar el bien de cada alma, sin dejarse llevar por la solución más fácil.

Han de adquirir sólidas virtudes humanas, como apoyo de las sobrenaturales: se les enseña a practicar, a través de detalles muy concretos, la laboriosidad, la sobriedad, la pobreza, la sinceridad, la santa pureza, la lealtad, la alegría, etc. Por ejemplo, se les aconseja que den cuenta de cómo gastan el dinero de que disponen, precisamente para orientarles en el ejercicio de esas virtudes. Se les ayuda también a comprender la importancia de la guarda del corazón, señalando manifestaciones concretas que podrían dificultar la entrega total que pretenden.

El Consejo local valorará cuándo conviene que un aspirante incorpore una determinada Norma de piedad o Costumbre de la Obra a su plan de vida: cada uno tiene su ritmo, que habrá que saber descubrir. Lo importante es conseguir que vaya calando en los aspectos básicos de la vocación, que entienda el porqué de los criterios que recibe y que se identifique con esos consejos en buen uso de su libertad.

En la formación de los aspirantes cabe, por tanto, actuar con gran flexibilidad: se les conduce por un plano inclinado apropiado, que les permita ascender a un ritmo más suave. No se trata de disminuir la exigencia, sino de adaptarse a las necesidades de cada uno y contar con más tiempo ‑si fuera preciso-, para que madure en su propósito. [39]'

Servatis servandis, se les aplican las indicaciones del Programa de formación inicial. A través de esas clases, aprenden desde el principio ‑con un tono familiar y alentador‑ que nuestra vida es de renuncia alegre, de trabajo intenso; y que nuestra alegría brota como consecuencia de sabernos hijos de Dios y como fruto de la entrega sin condiciones al servicio de la Iglesia y de las almas.

Para designar a los encargados de atender su charla periódica, o de explicar las clases del Programa de formación inicial, se tendrán en cuenta las mismas recomendaciones que para los que han pedido recientemente la admisión. Mientras sean aspirantes, acuden al menos a una clase cada semana, sobre el apartado II de ese Programa. Por ejemplo, se puede dedicar una clase a cada parágrafo de los tres en que están divididos los temas, o una al parágrafo I, y otra al II y III juntos. No hay inconveniente en que, al cabo de dos o tres semanas, asistan a un Círculo Breve en el que se explicarán los temas señalados en el [Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985|Programa de formación inicial]], I, n. 18.

Hasta que pidan la admisión, se procura que participen al menos en una Convivencia especial ‑de 20 ó de 15 días de duración, según se trate respectivamente de aspirantes a Numerarios o a Agregados‑, en la que reciben alrededor de la mitad de las clases del apartado IV, del Programa de formación inicial.

Se les proporcionará la suficiente doctrina y se irá formando su conciencia, a través de la charla fraterna y de la charla periódica con el sacerdote; y también a través de las clases de Doctrina Católica ‑Catecismo, Cursos básicos de formación humana y cristiana, etc.‑ que se organicen para otros chicos.

Cuando soliciten la admisión como fieles de la Prelatura, si han recibido con aprovechamiento el apartado II del Programa de formación inicial, se tomará en consideración lo señalado en el apartado I, n. 6.

Para la petición de admisión como aspirantes, se aplican los mismos requisitos —salvo la edad— señalados, con carácter general, para la petición de admisión de los miembros de la Obra; si es preciso algún trá [40] mite previo (permisos o dispensas), se lleva a cabo antes de dejarles escribir la carta solicitando ser aspirantes.

Hay que procurar que no se aleje ninguno de los chicos que se acercan a los apostolados de la Obra. Por tanto, se debe estudiar cómo se sigue atendiendo espiritualmente a los aspirantes que no llegan a pedir la admisión, para que continúen recibiendo formación. Se evitará que otros aspirantes ‑o, incluso, Numerarios o Agregados jóvenes‑ se desconcierten y tengan la impresión de que ser aspirante carece de relevancia. De ordinario, se les podrá aconsejar que frecuenten otro Centro, donde no cause extrañeza su presencia: por ejemplo, que pasen a un Centro de labor con universitarios. Cuando no sea factible, cabría estudiar la posibilidad de que continúen yendo al mismo Centro, pero siempre que se garantice que no será perjudicial para los demás. Conviene valorar la oportunidad de esta solución, en cada caso.

Si un aspirante a Numerario o Agregado, por una dificultad pasajera o por oposición familiar, no continúa en su decisión y, al cabo del tiempo ‑resueltos esos inconvenientes‑ desea pedir la admisión, el Consejo local puede permitir que la solicite como Numerario, Agregado o Supernumerario. Si el interesado, como suele suceder, acude a un Centro distinto, es prudente que el nuevo Consejo local se informe de las circunstancias de esa persona, antes de permitirle que pida la admisión.

Petición de admisión

La petición de admisión en la Prelatura se ha de hacer en el momento oportuno. Los Consejos locales evitan que se precipite o se retrase esta decisión, sin dejarse influir, por ejemplo, por la proximidad de una fiesta o fecha determinada: todos los días son igualmente buenos para entregarse al Señor.

De acuerdo con una práctica bien experimentada durante años, dirigen al Padre la carta de petición de admisión quienes la solicitan como Numerarios o Agregados; y al Vicario Regional, los que la solicitan como Supernumerarios. [41]

En el momento en que se comunica a una persona que ha sido tomada en consideración su solicitud de admisión como Numerario o Agregado, queda admitida como Supernumerario (cfr. Statuta, n. 14 § 1) y, por tanto, bajo la jurisdicción de la Prelatura, según las normas de la Constitución Apostólica Ut sit, n. III.

Si alguno no ha recibido el sacramento de la Confirmación, el Consejo local toma las medidas oportunas para que se lo administren cuanto antes.

Admisión e incorporación

Cumplimiento de los plazos establecidos

Los Numerarios y los Agregados hacen la Admisión, la Oblación o la Fidelidad puntualmente, en cuanto ha transcurrido el tiempo prescrito en los Estatutos de la Prelatura (cfr. Statuta, nn. 17 y 20 § 1, 1º), ni un día antes ni un día después. Sobre el Consejo local recae la grave responsabilidad de poner los medíos oportunos para que siempre se cumplan esos plazos.

Se requiere dispensa del Padre para realizar esos actos antes de los tiempos previstos (cfr. Statuta, nn. 17 y 20 § 1, 4º); sin esa dispensa, esos actos serían nulos y el Consejo local tendría que informar inmediatamente a la Comisión Regional para que proceda del modo oportuno (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 3 § 1, 3`y § 2).

Los plazos, señalados en los Estatutos, son suficientes para que los Directores formen bien a los interesados y los conozcan a fondo: gravarían su conciencia los Directores que, por negligencia o desorden ‑por ejemplo, por no dar puntualmente las clases del Programa de formación inicial, o por no realizar los trámites con suficiente antelación‑ ocasionaran demoras, aunque fueran mínimas: no se puede jugar con las almas. La expresión formación previa no quiere decir que se supediten los plazos a este requisito: significa que ha de impartirse antes de la Admisión y de la Oblación, que no deben retrasarse. [42]

No justificaría el más pequeño retraso en la Admisión, o en la Oblación, el hecho de que se presentasen inconvenientes para terminar esas clases dentro del tiempo señalado, o para atender adecuadamente a una persona, de forma que se la pueda conocer muy bien. Por tanto, si surgen dificultades extraordinarias, se superan con medidas también extraordinarias. Por ejemplo, si un Supernumerario, que no ha hecho la Admisión o la Oblación, se traslada, por causas imprevisibles, a un sitio muy alejado de un Centro, tanto el interesado corno quienes le atienden, deben emplear medios proporcionales, consultando antes, si es preciso, a la Comisión Regional: una Convivencia especial organizada para ese Supernumerario; una estancia breve de alguno de la Obra en el lugar de residencia del Supernumerario, pagada por éste, etc. En resumen, es impensable que alguien no siga adelante, porque no se le hayan explicado esas clases.

A las personas idóneas, que hayan recibido la formación prescrita, que vivan bien los puntos fundamentales del espíritu de la Obra y demuestren efectivos deseos de entrega, no se les retrasa la Admisión, la Oblación o la Fidelidad, aunque, como es lógico, haya aspectos en los que después tengan que mejorar: la formación no acaba nunca y la santificación es obra de toda la vida (Camino, n. 285). Para renovar la Oblación, se aplica un criterio análogo.

Los Consejos locales carecen de facultades para dar de baja a un fiel de la Prelatura, a no ser que éste, antes de hacer la Oblación, decida no seguir adelante. Tampoco pueden autorizar ningún retraso de la Admisión, de la Oblación ni de la Fidelidad.

Si, por alguna causa grave y fundada, el Consejo local considera, en conciencia, que una persona no está en condiciones de que se le conceda la Admisión, la Oblación o la Fidelidad en el tiempo establecido, no olvidará que lo normal será ‑por el bien de la Obra y del interesado‑ facilitarle la salida, cuando no haya lucha para vencer esa dificultad; en estos casos, al informar a la Comisión Regional, se indicará expresamente si el interesado pone o no los medios para vencer. [43]

Trámite para la concesión

Con la antelación determinada por la Comisión Regional respecto de las fechas de la Admisión y de la incorporación, el Consejo local informa con claridad y brevedad sobre cómo vive el candidato las exigencias ascéticas de su vocación divina; es decir, fidelidad al espíritu de la Obra; cumplimiento del plan de vida espiritual (Normas y Costumbres); aprovechamiento de los medios de formación; santificación del trabajo y laboriosidad; apostolado y proselitismo; cumplimiento de los encargos apostólicos; ayuda al sostenimiento de las labores apostólicas; relaciones familiares en cuanto afecten a su vida espiritual; otras circunstancias que puedan ser de interés para el apostolado: aptitudes, carácter, salud, etc.

Si se trata de la Admisión o la Oblación, debe constar que el interesado ya ha recibido, o que recibirá antes de la fecha prevista, todas las clases correspondientes del Programa de formación inicial.

Para la Admisión, se envía, además, en sobre aparte, la carta de petición de admisión y el impreso "Academia‑Residencia" en el que constan brevemente los principales datos personales y familiares. En la sede del Consejo local sólo se conservan algunos datos: por ejemplo, nombre y dirección de los padres, fecha de nacimiento.

Por la relevancia jurídica de estos actos, el Defensor mantiene una conversación con el interesado, antes de que se le conceda la Admisión, la Oblación o la Fidelidad, para conocer sus circunstancias y cerciorarse de sus disposiciones. Si el Defensor no indica nada en contrario, se entiende que delega habitualmente esa función en el Director del Centro correspondiente; en ausencia del Director, el Defensor delegará en otro Numerario, habitualmente en el Subdirector o en el Secretario.

La persona que mantenga esta conversación, se asegura de que quien va a hacer la Admisión y la Oblación conoce suficientemente los temas correspondientes al Programa de formación inicial. Es prudente que a esta charla ‑lo mismo que a la que se tiene antes de conceder la Fidelidad‑ asista otro fiel de la Obra: un Numerario mayor‑, sacerdote o [44] seglar; en el caso de Agregados o Supernumerarios, también puede ser un Agregado que forme parte de un Consejo local. Además, se asegurará de las siguientes cuestiones:

— si el candidato actúa con plena libertad: con un querer seguro, consciente y responsable;

— si conoce todas las obligaciones que lleva consigo la Admisión, la Oblación o la Fidelidad;

— especialmente, si se da perfecta cuenta de que la vocación exige una vida de trabajo continuo, porque el espíritu del Opus Dei se apoya en la tarea profesional ejercida en medio del mundo, que es el medio específico eficaz para lograr la santidad, haciendo un apostolado fecundo;

— si entiende expresamente, como un rasgo fundamental de nuestro espíritu y como característica substancial de nuestra vocación, que la adscripción a la Obra no supone un cambio de estado, ni comporta la llamada "vida consagrada"; que no somos religiosos ni podemos ser equiparados a los religiosos desde ningún punto de vista, y que ha venido a la Obra para entregarse a Dios, con esa condición expresa;

— si es capaz de obtener, con su trabajo profesional, los medios necesarios para su sustento y para contribuir generosamente al sostenimiento de las labores apostólicas.

En esta conversación previa, el Defensor o la persona en la que el Defensor ha delegado se asegura de que el interesado tiene la decisión de obligarse del modo establecido en los Estatutos (cfr. Decr. Gen. 6199, art. 2); y recordará a los Numerarios y Agregados que ‑como exigencia de la virtud de la pobreza y del desprendimiento‑ han de cumplir lo que está dispuesto sobre la administración, uso y usufructo de los bienes no procedentes del trabajo profesional, presentes y futuros, antes de la Oblación; y otorgar testamento de sus bienes presentes y futuros, antes de la Fidelidad.

Cuando, a juicio del Numerario en el que ha delegado el Defensor, no existe ningún obstáculo para que el candidato sea admitido, o haga la [45] Oblación o la Fidelidad, lo comunica así al Defensor. En caso contrario, o si tiene alguna duda positiva, informa de los motivos por los que parece conveniente proponer la denegación; o ‑en caso muy excepcional sugerir un breve retraso en la concesión de la Admisión o de la incorporación a la Obra. Cuando el Numerario que ha recibido la delegación reside en una ciudad distinta de la sede de la Comisión Regional, escribe al Defensor inmediatamente después de esa conversación; si vive en la misma ciudad, le informa de palabra.

Cuando la Comisión Regional concede la Admisión a una persona, lo comunica por escrito al Consejo local correspondiente (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § l). Ya se entiende que, aunque esta comunicación se reciba con anticipación, el candidato no debe ser admitido hasta que se cumpla el plazo prescrito.

Las preces para la Admisión de Numerarios y Agregados se hacen en el oratorio, como se indica en el Caeremoniale Operis Dei, pp. 27 ss. De acuerdo con lo previsto en el Decr. Gen. 2/99, art. 1 §6, el Vicario Regional delega para estas oraciones en el sacerdote del Consejo local. Se hallan presentes, además, el Director del Centro al que esté adscrito el interesado ‑o la persona designada por el Director‑ y otro fiel de la Prelatura o, en su caso, de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 5). En esta ceremonia ‑lo mismo que en la de la Oblación y en la de la Fidelidad‑ se utiliza siempre el latín, del modo señalado por el Caeremoniale Operis Dei. A quienes no conozcan suficientemente esa lengua, se les puede facilitar una versión aprobada de esos textos, para que los lleven antes a la oración. Después, se comunica a la Comisión Regional la fecha de la ceremonia.

Para los Supernumerarios, es suficiente la concesión por la Comisión Regional y la comunicación al interesado.

La fecha de Admisión de los Supernumerarios es la que determina la Comisión Regional en el momento de concederla. Si no se indica ninguna, se presume que está concedida para el día en que se cumplen los seis meses desde la petición de la admisión, nunca para antes. [46]

Cuando a un Numerario o Agregado, por enfermedad, por encontrarse aislado o por otra causa razonable, le resulta imposible o muy difícil acudir al oratorio de un Centro de la Obra, para la Admisión, la Oblación o la Fidelidad, se rezan las oraciones en su casa o en cualquier otro lugar, comunicándolo antes a la Comisión Regional. En casos urgentes, el mismo Consejo local puede tomar esta determinación; basta informar inmediatamente después a la Comisión Regional, explicando los motivos.

Aunque alguno no llegue a hacer la Admisión, se envía a la Comisión Regional el impreso "Academia‑Residencia" y la carta de petición de admisión.

Oblación

Cuando la Comisión Regional comunica la concesión de la Oblación, en primer lugar, los Numerarios y Agregados dan cumplimiento a las disposiciones sobre los bienes no procedentes del trabajo profesional, para evitar que estos trámites retrasen la fecha de la incorporación.

La declaración para la incorporación a la Prelatura (cfr. Statuta, n. 27) es el elemento esencial, fuente del vínculo que une la Prelatura con sus miembros, y determina los mutuos derechos y obligaciones. En esta declaración se requiere la presencia del interesado y de tres personas: el Vicario Regional (que representa a la Prelatura) y dos testigos: el Director del Centro ‑ o la persona designada por el Director‑ y otro fiel de la Prelatura (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 5). Para la incorporación de sacerdotes a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, este último testigo puede ser un socio o un fiel de la Prelatura.

Si el Vicario Regional no dispone expresamente otra cosa, se entiende que delega la representación de la Prelatura en el Director del Centro; en este caso, al Director le sustituye otro Numerario en su función de testigo (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 6). [47]

Si, por error, no se hace así, se comunica a la Comisión Regional, aunque la incorporación haya sido válida porque la declaración se haya hecho en la fecha correspondiente y del modo establecido.

La declaración se hace fuera del oratorio, delante de un crucifijo y de una imagen de la Virgen, en presencia del representante de la Prelatura y de los dos testigos señalados anteriormente. Primero la hace el interesado, puesto de rodillas; después, el representante de la Prelatura. Los Supernumerarios la harán ordinariamente en su casa, o en otro lugar oportuno, si no fuera posible hacerla en su domicilio. Se utiliza el texto de la declaración recogido en el Caeremoniale Operis Dei. Luego se comunica a la Comisión Regional la fecha (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 2). Si la persona interesada tiene grave dificultad para leer en latín el texto de la declaración para la incorporación, puede hacerlo en su propia lengua, con una versión preparada oportunamente (vid. Anexo 2).

Después se rezan en el oratorio ‑o en la propia casa, como se ha indicado más arriba para algunos casos especiales‑ las preces señaladas por nuestro Padre e incluidas en el Caeremoniale Operis Dei; los Supernumerarios, como ya se ha señalado, no tienen que rezarlas. Si el Vicario Regional no dispone expresamente otra cosa, se entiende que delega en el sacerdote que forma parte del Consejo local del Centro o que está encargado de la atención espiritual de las personas del Centro, y ‑en su defecto‑ en cualquier sacerdote Numerario con facultades ministeriales del Ordinario de la Prelatura (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 6). Se hallan presentes, además, el Director del Centro al que esté adscrito el interesado ‑o la persona designada por el Director‑ y el otro testigo (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 5), de acuerdo con lo señalado en el párrafo anterior.

Estos actos y estas oraciones se realizan del modo establecido, en el mismo día y por el orden señalado en los párrafos anteriores. Todos han de saber que si voluntariamente realizaran de modo inválido la Oblación o la Fidelidad, quedarían inmediatamente fuera de la Obra. [48]'

Renovación de la Oblación

Cada año, unos días antes de la fiesta de San José, los Directores locales recuerdan a los que deben renovar la Oblación ‑Numerarios, Agregados y Supernumerarios‑ la naturaleza de este acto, sus consecuencias jurídicas y ascéticas, y el modo de realizarlo. Los Consejos locales tienen en cuenta las distintas circunstancias personales ‑viajes, enfermedad, etc.‑, para que ninguno deje de recibir esta preparación próxima. Descuidar este deber sería una negligencia grave.

Esta explicación se da en una charla del Círculo Breve o del Círculo de Estudios. Sobre los puntos que conviene tratar, vid. Anexo 3.

También en las charlas personales se deja muy claro que cada uno se obliga a cumplir todos los deberes que lleva consigo la condición de fiel de la Prelatura, hasta el siguiente 19 de marzo. Por tanto, si alguno voluntariamente no tuviera intención de obligarse en algún aspecto concreto ‑ por ejemplo, a buscar la santificación propia y ajena a través del trabajo ordinario; o, si se trata de un Numerario o Agregado, a guardar perfecta continencia de cuerpo y espíritu‑, o de ajustarse a los plazos señalados, realizaría un acto inválido, y dejaría ipso facto de pertenecer a la Obra.

Aunque, a efectos litúrgicos, la fiesta de San José se traslade a otro día, ese acto se realiza siempre el 19 de marzo. Hasta el momento de la Fidelidad, cada uno renueva privadamente la Oblación en esa fecha: basta que reitere el propósito de cumplir por un año las obligaciones que asumió al hacer la Oblación. Lo comunica luego de palabra al Director de su Centro ‑ directamente, o a través de la persona que recibe su charla fraterna o del Celador‑, si es posible, el mismo 19 de marzo. Cuando se encuentra fuera de su residencia habitual, y existe allí un Centro de la Obra, lo comunica al Director de este Centro, quien, inmediatamente y por escrito, informa al del Centro al que está adscrito el interesado. Si alguno no puede hacer esta comunicación de palabra, escribe cuanto antes al Director de su Centro para manifestar que ha renovado el contrato.

Si un miembro de la Obra, por inadvertencia u olvido, no renueva [49] la Oblación el 19 de marzo, pero tenía intención de hacerlo, puede renovarla en cuanto advierta esa omisión, en la forma acostumbrada. El Consejo local informará con urgencia a la Comisión Regional de ese retraso, para que sea sanada esa renovación. En cambio, si el motivo de no renovar ha sido una circunstancia voluntaria, pero el interesado manifiesta enseguida ‑al día siguiente, o en la primera ocasión posible‑ su arrepentimiento y sus deseos eficaces de continuar en la Prelatura, el Consejo local lo comunica a la Comisión Regional, explicando las razones y circunstancias que a su parecer hagan aconsejable el trámite de la necesaria sanación (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 2 § 2).

Los Consejos locales han de cuidar muy bien lo señalado en los párrafos anteriores, pero, a la vez, evitarán la casuística inútil.

Quienes están en disposición de hacer la Fidelidad, deben esperar hasta el día en que les corresponde ‑según la fecha de su Oblación‑, aunque la Comisión Regional haya comunicado ya que está concedida. Si el 19 de marzo no ha llegado esta confirmación, y les corresponde hacer la Fidelidad poco antes, o ese mismo día, o en fecha próxima, deben renovar la Oblación del modo habitual; si no, quedarían fuera de la Obra.

Si, por excepción y con la oportuna dispensa (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 7 § l), un Agregado que ya ha hecho la Oblación pasa a Numerario, la renovará como Numerario en la siguiente fiesta de San José.

Si alguno no renueva la Oblación, el Consejo local del Centro lo comunicará dentro del mes de marzo a la Comisión Regional.

El Consejo local carece de facultades para denegar el permiso de renovar la Oblación: esa determinación es competencia del Vicario Regional (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 8), que de ordinario no negará el permiso a una persona que presente alguna dificultad ‑todo lo que vale, cuesta‑, si lucha por superarla y desea renovar. Si el Consejo local ve en conciencia que alguien no puede vivir la total dedicación que exige la vocación, lo comunicará con la debida antelación a la Comisión Regional. Si, negado el permiso, esa persona renovase, su renovación sería inválida. [50]

Fidelidad

Cuando la Comisión Regional comunica la concesión de la Fidelidad, los Numerarios y Agregados dan cumplimiento, en primer lugar, a las disposiciones sobre la redacción del testamento, para evitar que estos trámites retrasen la fecha de la incorporación definitiva.

La incorporación definitiva ‑que se realiza mediante la correspondiente declaración‑ va precedida de la declaración previa a la Fidelidad, contenida en el Caeremoniale Operis Dei (cfr. Decr. Gen. 2199, art. 1 § 4). Estas dos declaraciones se hacen fuera del oratorio, de rodillas y delante de un crucifijo y de una imagen de la Santísima Virgen. En estos actos se hallan presentes el interesado y tres personas: el Vicario Regional (que representa a la Prelatura en la declaración para la incorporación definitiva) y dos testigos: el Director del Centro ‑o la persona designada por el Director‑ y otro fiel de la Prelatura (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 5). Para la incorporación definitiva de sacerdotes a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, este último testigo puede ser un socio o un fiel de la Prelatura.

Si el Vicario Regional no dispone expresamente otra cosa, se entiende que delega en el Director del Centro; en este caso, al Director le sustituye otro Numerario en su función de testigo (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 1 § 6) o, en su caso, otro socio de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. De ordinario, se realiza en la sede de un Centro; pero, en el caso de los Supernumerarios, cuando existan dificultades para el desplazamiento ‑por ejemplo, por enfermedad‑, puede hacerse en sus casas.

Cuando un Agregado o un Supernumerario tenga notable dificultad para entender la lengua latina, no hay inconveniente en que ‑al hacer la declaración previa a la Fidelidad‑ utilice la traducción del texto correspondiente (vid. Anexo 4).

Si algún miembro de la Obra, por un motivo justificado, hubiera ya realizado la declaración Previa a la Fidelidad, no la repite.

Una vez formulados estos compromisos, que constituyen la preparación necesaria para la Fidelidad, y hecha la declaración para la incor [51] poración definitiva, en el oratorio se rezan las preces prescritas en el Caeremoniale Operis Dei, de modo análogo a como se hace para la Oblación.

Los Numerarios y Agregados que vayan a hacer la Fidelidad, deben adquirir un anillo de oro ‑o de otro material, si hay una razón importante que lo aconseje‑, en cuyo interior se inscribirá la fecha de la Fidelidad. Si resulta natural, no hay inconveniente en pedir el anillo o el importe correspondiente a los padres. Si alguien recibiese como regalo un anillo muy rico, o muy llamativo, con piedras preciosas, sería mejor utilizarlo para un vaso sagrado o una custodia, y sustituirlo por otro más modesto y menos llamativo, que no sea de gran valor. Si una persona, al pedir la admisión, usa ya un anillo, o tiene después la oportunidad de que se lo regalen, puede seguir llevándolo ‑si no hay motivos que lo desaconsejen‑ y hacer a su tiempo la Fidelidad con ese anillo.

Como se ha practicado desde el principio, los Numerarios y Agregados se ponen siempre el anillo de la Fidelidad: es un recuerdo continuo de su compromiso de amor, y un motivo más de presencia de Dios. Si esta costumbre choca notoriamente en el ambiente de algún sitio, se consulta a la Comisión Regional la oportunidad de no usarlo. Cuando se extravía el anillo, no es necesario sustituirlo por otro.

En el caso de los Supernumerarios, ya en 1950, nuestro Padre indicó que ‑por la variedad de circunstancias en que se encuentran y del modo en que reciben la formación‑, de ordinario el plazo para la concesión de la Fidelidad (cfr. Statuta, n. 17) es mayor, y que incluso es normal que renueven la Oblación durante muchos años cada 19 de marzo (cir. Decr. Gen. 2/99, art. 6 § 3). Al señalar este criterio, explicó repetidas veces que no significa en absoluto una menor seriedad o categoría de la entrega de los Supernumerarios, ni que pueda considerarse provisional o transitoria: es plena en cada uno, y todos venimos a la Obra con ánimo de perseverar siempre, al servicio de la Iglesia (Instrucción, mayo 1935/14-IX-1950, n. 43).

Con esta mente, sólo se propone a la Comisión Regional la concesión de la Fidelidad a los Supernumerarios que se distingan por su entrega y por el espíritu deservicio con que han colaborado en las labores apostóli [52] cas: por ejemplo —aunque no son los únicos casos— a los que ya son de edad avanzada y han demostrado una fidelidad profunda a su vocación; o a los que, por su identificación con el espíritu de la Obra y por sus cualidades personales, tengan condiciones para recibir el encargo de Celador o de Consultor. Conviene comentar a todos estos criterios, en los momentos oportunos: cuando corresponda tratar este tema en charlas, comentarios del Catecismo de la Obra, etc.

Obligaciones que se contraen con la incorporación temporal o definitiva a la Obra

El vínculo que une al Opus Dei es un compromiso de amor, como le gustaba tanto decir a nuestro Padre, que obliga a sus miembros a una dedicación plena y total a los fines de la Prelatura. Los miembros de la Obra han de considerar detenidamente que contraen, siempre de cara a Dios, un compromiso firme y estable con la Prelatura, con un contenido teológico, moral y ascético bien preciso, que tiene el vigor y la obligatoriedad de una dedicación vocacional, en el que se empeñan enteramente la honradez cristiana y la fidelidad debida a una llamada específica, recibida de Dios. Ese compromiso impulsa a los fieles de la Prelatura a luchar por ejercer con plenitud, según el espíritu de la Obra, todas las virtudes cristianas, y entre éstas ‑sobrenaturalizándolas‑ las virtudes humanas, con la plena exigencia que proviene de la vocación cristiana para la búsqueda de la santidad en medio del mundo, que la luz de la llamada específica a la Obra lleva a descubrir y asumir con toda su profundidad. Esas virtudes, en la medida en que están preceptuadas por leyes divinas o eclesiásticas, obligan en la misma forma que esas leyes determinan (cfr. Statuta, n. 183 § I).

Además, se adquieren unos deberes específicos, que precisan el modo de vivir la dedicación a Dios en la Obra y que nacen del vínculo con la Prelatura. Al referirse a este punto, la Santa Sede se expresa así en su Declaratio (1, e): “... graves et qualificatas obligationes ad hoc assumentes... non vi votorum, sed vinculi contractualis iure definiti. Los fie [53] les de la Prelatura tienen la obligación de conciencia de cultivar y defender, en todo momento, las características divinas de la Obra: su naturaleza y sus fines sobrenaturales, su régimen, su unidad, los modos apostólicos queridos por el Señor, el Derecho propio —santo, perpetuo e inviolable— que nuestro amadísimo Fundador, por Voluntad divina, estableció para siempre, y la Santa Sede ha sancionado. Estos deberes, que se adquieren siempre voluntaria y libremente, obligan con una gravedad proporcional a la materia de que se trate en cada caso (cfr. Statuta, n. 183 § 2). Por tanto, faltar a alguno de esos deberes en materia grave ‑es decir, en algo que se refiere a un aspecto esencial de los compromisos, tal como lo establecen los [[Estatutos‑ constituiría un pecado grave; y, en su caso, se podría causar también escándalo para los demás.

También son objeto de los compromisos las demás prescripciones disciplinares y ascéticas, a las que se refiere Statuta, n. 183 § 3: por sí mismas no obligan bajo pecado, aunque su incumplimiento, si se debiera a desprecio formal, o a una intención no recta, o fuera causa de escándalo, constituiría una ofensa a Dios grave o leve, según la entidad de la falta.

Se indican a continuación algunas manifestaciones de la entrega a Dios en la Obra, con el fin de que sirvan de pauta para tener siempre conciencia muy clara de que, al don excelso de la vocación a la Obra, se ha de responder con una exigencia igualmente grande, plena, que se aplica a todos los demás aspectos de la llamada:

— el deber de obedecer con finura, sentido sobrenatural y prontitud al Padre ‑y a los Directores que le representan‑, en todo lo referente a la vida interior y al apostolado‑,

— la disponibilidad, cada uno según su estado y circunstancias, para dedicarse a las tareas apostólicas de la Obra;

— el empeño de trabajar, convirtiendo esa tarea profesional en instrumento de santificación y apostolado, haciendo de cada día una misa; y la obligación de obtener también los medios para el propio sustentamiento y para sostener las labores apostólicas, cumpliendo con exacti [54] tud las normas específicas sobre el desprendimiento y el uso de los bienes terrenos;

— el celo por acercar almas a Dios, con un apostolado constante de amistad y confidencia, lleno de comprensión hacia las personas y de deseo de convivir con todos los hombres; y el derecho y el deber de hacer proselitismo, para promover vocaciones a la Obra;

— el deber de fraternidad, de ayudar a los demás fieles de la Prelatura en su camino de santidad, usando todos los medios que estableció nuestro Fundador;

— el cuidado atento de las amables exigencias de la vida en familia;

— el celibato apostólico vivido por amor ‑los Numerarios y Agregados‑ y, para todos, la necesaria virtud de la santa pureza, practicada con la mayor delicadeza posible;

— el empeño de cultivar la filiación divina, como fundamento de la vida espiritual de los miembros de la Obra;

— el optimismo y la alegría, tan propios del espíritu de la Obra, que nacen de la condición de hijos de Dios;

— el esfuerzo por conocer e imitar a nuestro amadísimo Fundador, como modelo querido por Dios hasta el final de los siglos; y por acudir a su intercesión en el camino de santidad y apostolado;

— el puntual recurso ‑como un grato derecho y deber‑ a los medios de formación que la Obra proporciona abundantemente.

En todas las manifestaciones de nuestra entrega, debemos ver la correspondencia leal de la criatura a ese gran misterio de amor divino ‑fidelis est Deus‑, que requiere una lucha contra todo descuido de nuestros deberes, evitando cualquier síntoma de aflojamiento. Por eso, el examen ‑el diario, el semanal en los Círculos, el de los días de retiro‑ ha de ser exigente, sin soslayar ningún punto de la entrega. [55]

Cómputo del tiempo y estudio de algunos casos particulares

En algún caso excepcional, puede parecer conveniente al Consejo local que un Agregado pase a Numerario, o que alguien pida la admisión como Agregado para pasar después a Numerario; el Consejo local consultará antes a la Comisión Regional, aclarando, por ejemplo, si se ha producido o se prevé un cambio notable en las circunstancias personales o familiares del interesado; si reúne las condiciones de disponibilidad, etc., establecidas en Statuta, nn. 8 y 9; si demuestra durante un cierto tiempo su adaptación a la vida en familia.

En estos casos, la Admisión y la Oblación conservan validez. Por lo tanto, el plazo requerido para la Oblación o la Fidelidad se computa desde el día en que hizo la Admisión o la Oblación como Agregado, respectivamente. El interesado debe solicitar de nuevo la Admisión como Numerario, con una carta dirigida al Padre.

Si el Vicario Regional autoriza que un Supernumerario sea Numerario o Agregado, el plazo para conceder la nueva Admisión se cuenta desde el momento en que la pidió por primera vez (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 7 § 3). Como es habitual, el interesado ha de solicitarla mediante una carta dirigida al Padre.

Si ya ha sido admitido como Supernumerario, y ha recibido la formación específica previa, el Consejo local, teniendo en cuenta lo establecido en Statuta, n. 26, puede sugerir a la Comisión Regional que le compute el tiempo que llevaba como Supernumerario y se le conceda la Admisión como Numerario o Agregado, e incluso la incorporación temporal o definitiva.

Cuando algún miembro de la Obra se encuentra en grave peligro de muerte, y manifiesta vivamente deseos de hacer la Admisión, la Oblación o la Fidelidad, se presume la dispensa del tiempo necesario y se procede ‑de acuerdo con lo señalado en Decr. Gen. 2/99, art. 4 ‑ del siguiente modo: si la gravedad del enfermo lo permite, se acude a la Comisión Regional; si la urgencia del caso es grande, está delegada al Director local —con su Consejo— la facultad de conceder, de modo [56] extraordinario, la Admisión, la Oblación y la Fidelidad; pero lo comunica inmediatamente a la Comisión Regional.

Si el peligro de muerte es inminente, y al enfermo le resultan muy fatigosas la declaración, las preces, etc., aunque sean sencillas, el Padre le dispensa de hacerlas; basta, por tanto, comunicarle que se le ha concedido la Admisión, la Oblación o la Fidelidad, y que el Padre le ha dispensado de lo demás.

Como ya se ha señalado, el interesado ha de manifestar previamente que desea hacer la Admisión o la incorporación: en casos extremos, después de preguntarle, será suficiente que asienta con un gesto, o ‑si puede‑ que repita una jaculatoria, y esto suple.

La Admisión, la Oblación o la Fidelidad, concedidas de esta forma, dejan de existir si el enfermo es dado de alta: su situación dentro de la Obra vuelve a ser la que tenía antes (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 4 § 2). Puede suceder que, en algunas ocasiones, desaparezca el peligro inminente de muerte, pero persista la gravedad del enfermo por tratarse de una enfermedad crónica. En estos casos, aunque lógicamente no esté superada la enfermedad, la Admisión, la Oblación o la Fidelidad dejan también de ser válidas; por tanto, en el momento oportuno, se procede del modo habitual.

Se entiende que, si se cumple el plazo establecido para hacer la Admisión, la Oblación o la Fidelidad, mientras perdura la gravedad, no es necesario repetir la ceremonia; y la fecha de la Admisión o de la incorporación será la del día en que le correspondía hacerla de acuerdo con ese plazo.

[57]

Perseverancia en la Obra

La perseverancia en la entrega

A través de los diversos medios de formación, se recuerda continuamente a los fieles de la Prelatura que la vida es lucha, ordinariamente en cosas pequeñas; a veces, porque el Señor lo permite, en cosas grandes; pero sólo mientras hay lucha, se mantiene la vida, y se llega a la victoria tras superar esos obstáculos ágilmente, con un ejercicio —deporte sobrenatural‑ impregnado de afán de superación y con el pensamiento en el premio, como cristianos llamados a la santidad, a la plenitud de la vida de la gracia, que tendrá su perfecto cumplimiento con la visión beatífica en el Cielo. Para llegar a este término, es necesario pedir al Señor la perseverancia final, don gratuito para el que dispone también la fidelidad actual y habitual en la conducta cristiana, en el lugar en que Dios ha colocado a cada uno.

La última piedra —llegar a la meta— es lo decisivo; si no, la vida entera no sirve de nada. Se necesita, por tanto, vencer la comodidad, el desorden, el peso de las propias miserias, el posible mal ambiente externo, todo un conjunto de dificultades, que no faltarán nunca, pero que con la gracia de Dios son siempre superables.

La labor no termina cuando las almas comienzan a andar cristianamente: esto es mucho, pero no es todo. Importa seguir vigilantes para que los buenos sean mejores; para que los que no conocen a Cristo, le descubran aún más; con la persuasión de que todos estamos necesitados [58] del auxilio de Dios —y de su misericordia— y de la ayuda de los demás. Muy grave sería abandonar el empeño para que surjan nuevas conversiones y nuevas llamadas de Dios a una dedicación generosa a su servicio; pero más grave aún contribuir —con la propia indiferencia, con omisiones personales, con una falta de atención sobrenatural y humana— a que alguno perdiese el camino neciamente o por ceguera.

Nada de lo que se refiera a los demás, por pequeño que sea, puede resultar indiferente. Cada uno, por tanto, ha de sentir la responsabilidad de sostenerse y de sostener a los demás, porque el verdadero amor a Dios lleva consigo un continuo servicio a todas las almas, y concretamente a las de aquellos con los que se convive. Hay obligación de no privar a los demás de la caridad de la oración, del ejemplo, de la mortificación, de la oportuna corrección fraterna, de la alegría sobrenatural y humana y de la delicadeza. Todos han de sentir siempre aquel grito del Apóstol: ¿Quién enferma que yo no enferme con él? (2 Cor 11, 29).

Dificultades que pueden presentarse

No hay que extrañarse si, a pesar de todo, surge en alguno la tentación de volver la cara atrás (cfr. Lc 9, 62); porque el demonio, con la complicidad de las debilidades de cada uno, trata de derribar el edificio de la vida interior.

Con la gracia de Dios, tenemos motivos abundantes para esperar que siempre serán pocos los miembros de la Obra que abandonen su vocación; entre otras razones, porque —además de haber comprobado previamente que reúnen condiciones humanas básicas: sinceridad, reciedumbre, espíritu de trabajo, etc, todos piden la admisión con un conocimiento suficiente de las exigencias de la entrega; porque son personas maduras, que ya han superado las posibles crisis espirituales de la adolescencia; porque reciben una formación constante, sincera y abierta, que les ayuda a valorar —en medio de la realidad del mundo— la hondura sobrenatural de su camino; porque cada uno tiene recursos sobrados para desenvolverse social y económicamente: nadie está en el Opus [59] Dei por conveniencia; porque ninguno se siente nunca coaccionado o forzado humanamente a seguir el camino: su entrega a Dios fue libre, y libre sigue siendo su perseverancia; todos saben que, para salir, la puerta está abierta.

De todos modos, resulta inevitable que algunos se vayan. Es una prueba más del vigor sobrenatural y de la salud de espíritu de la Obra. Como todo cuerpo sano, se resiste a asimilar lo que no le conviene, y expulsa inmediatamente lo que no asimila. Y no sufre por eso: se robustece. En concreto, no puede extrañar —lo contrario no sería normal— que durante el año y medio antes de la Oblación, algunos no sigan adelante. En la gran mayoría de los casos, no constituyen defecciones: se trata simplemente de que los Directores —o el mismo candidato- comprenden con claridad que no están en condiciones de continuar.

Aunque normalmente son los interesados quienes comunican a su familia de sangre que no han seguido adelante, en alguna ocasión puede convenir que un miembro del Consejo local del Centro hable con los padres de una persona joven, para prevenir interpretaciones equivocadas. Por ejemplo, si el motivo de no seguir adelante radicase en la falta de salud para ser Numerario; o, en general, si no reúne condiciones de carácter, de nivel intelectual, de laboriosidad, etc.

Naturalmente, en estos casos —que serán pocos— hay que esmerarse en explicar la situación con gran delicadeza y claridad, de manera que la familia quede agradecida ante el cuidado y las atenciones que se han tenido con su hijo, y de cómo se ha procurado ayudarle.

No obstante, como exigencia fundamental de la caridad cristiana, y como deber de justicia, las personas que se ocupan en tareas de formación y de dirección, han de estar muy atentas, para descubrir desde el principio los síntomas que pueden desembocar en la falta de fidelidad, apartando los obstáculos que se presenten y proporcionando en cada momento los medios necesarios para vencerlos: no estarían exentos de pecado si, por negligencia, por inadvertencia culpable, por no haber tomado a tiempo las medidas necesarias o por haber descuidado su formación, alguno se apartara del camino emprendido. [60]

El amor a las almas mueve a no dejar que se separe, o se aleje de la Obra, nadie que se haya acercado con el noble deseo de servir a Dios. Si un alma encuentra alguna vez una situación de dificultad, hay que recordarle que los fieles de la Prelatura, por ser cristianos corrientes, que viven en la calle, y aman al mundo sin ser mundanos, no desconocen los peligros que les acechan, y cuentan para vencer con la gracia de Dios, que todo lo puede. Los peligros —los ha habido siempre— no se ignoran: se afrontan hablando con sinceridad. De este modo, se adquiere una conciencia bien formada, capaz de superar, con la práctica de las virtudes, el ambiente que no sea de Cristo. Cuando se acude con claridad a la dirección espiritual, con la fuerza de Dios, el diablo —padre de la mentira— sale derrotado.

Unas veces, la tentación aparece de forma descarada; las más, solapadamente, hasta con pretextos de caridad (cfr. Camino, n. 134). Pero en todos los casos hay que ayudar a quien la sufre, para que sepa descubrir los engaños del enemigo y para que venza, con la gracia de Dios.

De vez en cuando, esas tentaciones se pueden presentar ante el esfuerzo que supone luchar contra “el cuerpo de muerte” que clama por sus fueros perdidos (Camino, n. 707), o contra el corazón, cuando haga sentir que es de carne (Camino, n. 504). Es el momento de ayudar a esa persona, para que no se asuste ni se extrañe, porque a todos afecta ese riesgo; se le insiste en que siga luchando con optimismo y con entusiasmo, porque la santa pureza es una afirmación gozosa; que fomente su esperanza; que se acoja confiadamente a la protección de su Madre Santa María y a la defensa que le presta su Ángel Custodio; que rece y mortifique sus sentidos, su imaginación y su curiosidad; que no tenga la cobardía de ser “valiente” (Camino, n. 132), que se aparte decididamente de las ocasiones, aunque deba actuar de modo heroico; que sea salvajemente sincera con Dios, con la propia alma y en la dirección espiritual; que profundice en humildad. Si pone los medios recomendados tradicionalmente por la ascética cristiana, la victoria final resulta segura, aunque se pierda alguna batalla. No ha faltado esta pelea en la vida de los santos, que han coronado el camino, con lucha, con entrega esforzada. [61]

En otras ocasiones, las dificultades provienen del influjo de malas lecturas, así como de consejos de amigos más o menos íntimos o, incluso, de los propios parientes. Entonces, la prudencia y la fortaleza de los que dirigen sabrán aconsejar, en cada caso, la conducta más acertada para disipar esos obstáculos, quizá aparentes, y así, irle conduciendo poco a poco —o, si es preciso, tajantemente— por un plano inclinado muy tendido.

La comodidad y la cobardía pueden originar también retrocesos en la marcha de alguno. Hay que exigirle entonces con cariño, pero con fortaleza, para que responda con generosidad a lo que Dios le pide: que sepa desprenderse de sí mismo, de su egoísmo, de su poltronería; que se esfuerce, sea fiel y confíe en la gracia de Dios.

La soberbia, frecuentemente disfrazada de humildad, es el obstáculo más fuerte, si se presenta; normalmente, suele aparecer al cabo del tiempo. Tiene manifestaciones de susceptibilidad, de espíritu crítico, de falta de docilidad, etc. En estos casos, es preciso ayudar al interesado a ver claramente que esas ideas o reacciones son tapujos de su soberbia. Para vencerla, debe ser sincero consigo mismo, para serlo con Dios; y dejarse llevar dócilmente. Si es necesario, se le habla con mucha claridad y fortaleza, verdadera muestra de caridad, para así lograr que con la gracia de Dios reaccione: no caben cesiones, ni quedarse entre dos aguas.

Ayuda ante algunas dificultades

Para ayudar eficazmente a un alma que atraviesa una mala temporada, los que la atienden han de intensificar su propia vida interior, e invocar al Espíritu Santo para que les ilumine. Ejercitarán especialmente las virtudes de la prudencia y de la fortaleza, para afrontar las verdaderas causas de esa enfermedad espiritual, sin dejarse engañar por las falsas razones que el interesado inconscientemente pueda aducir, para justificar sus palabras o sus acciones; y aplicarán con decisión y energía los remedios convenientes. En su oración personal, encontrarán la luz y la fuerza, para ser buenos instrumentos en manos de Dios. [62]

Cada persona necesita una medicina apropiada, porque cada enfermo es un caso particular; pero es importantísimo estar atentos a las causas que producen reacciones análogas, para prevenir a los interesados.

Si algún miembro de la Obra manifiesta deseos de no seguir adelante, es de justicia que los Directores pongan todos los medios que estén a su alcance, haciendo lo posible y lo imposible, para que —respetando siempre su libertad— reaccione y sea fiel a la gracia de la llamada. El primer proselitismo se concreta en procurar que no se pierdan los que ya son instrumento, red; conseguir que no se rompa la red. Este grave deber de justicia se convierte en algo aún más imperioso cuando se trata de una persona que lleva bastantes años en la Obra o ha prestado particulares servicios.

Hay que tener en cuenta que, de ordinario, las crisis no se presentan nunca de repente: van precedidas de una larga etapa, con síntomas precisos, que los Directores y los que conviven con la persona que vacila pueden y deben advertir. Por eso, si se diese el caso de una defección improvisa, de la que no se supiesen explicar las causas, nuestro Padre no excusaba de pecado, y en ocasiones de pecado grave, a los Directores y a los que hubieran convivido con aquel hijo suyo, porque no habrían sabido facilitarle los medios para perseverar; medios a los que tenía derecho. Se le debe ayudar a tiempo, y siempre es tiempo (Carta 29-IX-1957, n. 24).

Cuando hay caridad —que es cariño humano y sobrenatural—, resulta muy fácil darse cuenta de las necesidades de los demás. La caridad verdadera —cariño auténtico—, que se ha vivido siempre en la Obra, descubre esos síntomas, los valora convenientemente y sostiene con la corrección fraterna, cuando el mal se halla sólo en sus comienzos, con más posibilidades de curación. Los Directores —con caridad y con fortaleza, con prudencia y con autoridad— deben poner en estas ocasiones los remedios espirituales convenientes: cuentan con toda la farmacopea. En general, las almas se rehacen, si encuentran en sus Directores caridad —cariño— y fortaleza. [63]

A los que intentan abandonar su vocación, se les debe ayudar espiritualmente, y —sin coacción ninguna— tratar de que reaccionen. Posiblemente, están obcecados, y entonces necesitan más que nunca de la serenidad de juicio del Director, que les orientará para que valoren los problemas con sentido sobrenatural; y procurará emplear también, si es conveniente, medios humanos nobles, con el fin de evitar las circunstancias que sean, o puedan ser, la ocasión o el origen de esas tentaciones contra la vocación.

Cuando se llega a una crisis así, hay apasionamiento en quien la sufre, y por lo tanto, se han de buscar —con un derroche de caridad y de paciencia— todos los medios para sostenerlo y para que no deje el buen camino. Se le debe aconsejar que lo piense bien y durante más tiempo; que espere y medite despacio ese paso, empujándole a ver la Bondad de Dios, para que no se precipite y tome decisiones de las que podría lamentarse siempre; se le mostrará la ayuda que la fidelidad supone para su salvación y el daño que la infidelidad puede causar a los demás. Se procurará que comprenda que otra actitud de su parte, al cabo del tiempo, le llenaría de pena y le avergonzaría delante de Dios, de su conciencia, y de los hombres; y también que negarse a recibir el apoyo sobrenatural que se le ofrece, precisamente en ese momento de ceguera, equivale a tentar a Dios Nuestro Señor, exponiéndose a perder la felicidad terrena —el gaudium cum pace— y tal vez la eterna.

Como, de ordinario, suele faltar la sinceridad a quien padece esta crisis, se le tratará con mucho cariño —lleno de sentido sobrenatural—, para que acabe abriendo completamente el alma, y sea humilde y dócil. Es el camino seguro para perseverar, con la gracia de Dios, que no se le niega en ningún momento.

En concreto, convendrá enterarse con prudencia de qué clase de amistades cultiva; si tiene intimidad con alguna persona; si busca consejo espiritual fuera de la Obra, en lugar de dirigirse a sus hermanos; qué correspondencia envía y recibe, pues quizá escriba a parientes, a amigos o a otras personas que no le orientan bien; qué libros lee; si está pasando por problemas laborales o económicos; si, en el ambiente de trabajo, [64] encuentra dificultades de trato con otro fiel de la Prelatura... En el caso de personas casadas, es muy importante conocer si existen dificultades en el matrimonio.

En este tiempo —y aun después de superada la crisis—, es natural que le falte el gusto en cumplir los deberes de su compromiso de amor; que —después de haber abandonado por un tiempo los medios de santidad que el Señor da en la Obra— sienta desgana por las cosas de Dios. Todo esto podrá vencerlo si voluntariamente practica la penitencia, con la aprobación del Director, y usa todos los medios sobrenaturales que el espíritu de la Obra le ofrece. Por su parte, los Directores han de rezar mucho y ofrecer mortificaciones, para que Nuestro Señor le ilumine y le haga volver sobre sus pasos; y mueven a rezar a otras personas por esa intención, naturalmente sin decir de qué se trata.

Si es un Numerario, conviene que tenga el mayor tiempo posible de vida en familia con las demás personas del Centro, acompañándole prudente y delicadamente. Si, después de agotar todos los medios, no reacciona, en algunos casos —después de ponderarlo bien—, el Consejo local puede consultar a la Comisión Regional que el interesado deje de residir en el Centro durante unos meses, multiplicando entonces los detalles de atención y de cariño, para que durante ese tiempo piense las cosas despacio y se decida a ser fiel. En ocasiones, por este medio, se logra una reacción favorable. Mientras dura esta situación excepcional, los Directores velan para que a esa persona no le falte la atención debida, y no admita costumbres que podrían denotar comodidad o tibieza: hay que saber cómo utiliza el tiempo, qué amistades tiene, qué gastos realiza, cómo descansa o se distrae, etc.

Naturalmente, de cualquiera de estos casos, los Consejos locales informan enseguida y oportunamente a la Comisión Regional.

Si, en alguna ocasión, un Numerario o un Agregado se separa del Centro al que está adscrito, y no se da con su paradero, se informa inmediatamente a la Comisión Regional, pero no se comunica a nadie más. Si la Comisión lo indica así, un sacerdote Numerario —prudente y con experiencia— irá a hablar con la familia, para exponer las cosas con [65] prudencia y con claridad, a fin de que, si es posible, se logre saber dónde se encuentra el interesado. Cuando se consigue hablar con él, se comunica a la Comisión Regional y, con mucha caridad y fortaleza, se ponen los medios para ayudarle a seguir luchando.

Finalmente, además de los Directores, todos los fieles han de tener muy presente la obligación de sostener e impulsar a los demás en su fidelidad.

Trámite de las dispensas

Si alguno que ha solicitado la admisión como Numerario o Agregado, y no ha hecho la Oblación, carece de alguna de las condiciones que deben reunir estos fieles, puede quedar como Supernumerario si el interesado lo desea y el Consejo local lo considera oportuno. Antes de tomar una decisión, e incluso antes de hablarlo con el interesado, se informa a la Comisión Regional, de modo que se transmita —si es el caso— la oportuna autorización (cfr. Statuta, n. 14 § 2 y Decr. Gen. 2/99, art. 7 § 4).

Previamente a la consulta, el Consejo local ha de asegurarse de que esa persona reúne las condiciones necesarias, está dispuesta a afrontar con generosidad las exigencias que comporta la entrega como Supernumerario, desea hacerlo y no formula esa petición por comodidad o por tibieza en su respuesta a la vocación: es decir, se ha de llegar a la conclusión clara de que su vocación a la Obra no es como Numerario o Agregado, sino como Supernumerario; de lo contrario, resulta preferible nombrarle Cooperador, si lo quiere. En su caso, queda adscrito a un Centro de Supernumerarios con sede diversa del Centro de San Rafael al que pertenecía hasta ese momento.

No es preciso que escriba otra carta pidiendo la admisión, puesto que ya fue admitido como Supernumerario desde la fecha de su petición de admisión como Numerario o Agregado. Si ya hubiera hecho la Admisión como Numerario o Agregado, no tiene que repetir las clases del Programa de formación inicial que haya recibido. No obstante, a veces resultará prudente que transcurra un tiempo, para confirmar que el interesado reúne las condiciones para hacer la Oblación, pero nunca más de año y medio desde que solicitó la admisión como Numerario o Agregado. No será necesario superar ese [66] plazo, porque la formación que habrá recibido ha sido más intensa y más extensa, que la requerida en ese mismo tiempo para los Supernumerarios.

Cuando alguien que había pedido la admisión no sigue adelante antes de hacer la Oblación —y, en el caso de los Numerarios y Agregados, no queda retenido como Supernumerario—, se procura que quede como Cooperador. Si más adelante desea solicitar la admisión como Supernumerario, y han pasado al menos cinco años desde que dejó la Obra, el Consejo local consulta a la Comisión Regional antes de tratar con él de esa posibilidad, pues se precisa una autorización que en pocos casos se concede (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 5 § 2). Si había sido Numerario o Agregado, y desea volver a pedir la admisión como Numerario o Agregado, el Consejo local no tramita esa petición, a no ser en casos muy excepcionales, explicando los motivos que, en su opinión, hagan aconsejable atenderla.

Si una persona causa baja después de su incorporación a la Obra, se le puede recibir como Cooperador en ese momento o más adelante. Si más tarde, por propia iniciativa y con insistencia —nunca se le invita a hacerlo—, el interesado deseara pedir de nuevo la admisión, sólo muy excepcionalmente se ha de solicitar la autorización prevista por el Derecho particular (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 5 § 2) para que pida de nuevo la admisión en la Prelatura, y únicamente como Supernumerario. Si había estado incorporado por la Oblación, el Consejo local no considera la posibilidad de elevar la cuestión a la Comisión Regional, si no han transcurrido por lo menos quince años desde que cesó su vinculación. Si había llegado a estar incorporado por la Fidelidad, no se cursa esa petición —a no ser que en algún caso se juzgue que existen motivos muy excepcionales para tramitarla—, porque de ordinario no se concederá.

Trato con los que no perseveran

A los que no perseveran se les trata siempre con mucha caridad y delicadeza —como querríamos que hiciesen con nosotros, si nos encontrásemos en las mismas dolorosas circunstancias—, y si lo desean, se les atiende espiritualmente en una iglesia. A la vez, es preciso evitar todo lo que pudiese contribuir a dar —a los interesados y a los que son fieles a su [67] vocación— la impresión equivocada de que “no ha pasado nada”, de que la infidelidad no es algo muy serio.

Tenemos una bendita experiencia, que no deja de constituir una gracia especial de Dios: los que no perseveran suelen mantener un cariño grande a la Obra, lógicamente, siguen amando lo que amaron. El hecho de que no hayan seguido adelante, no es razón para que no continúen de algún modo unidos a la Obra, colaborando —con su oración, con su limosna— en los apostolados.

En cualquier caso, los Directores han de tomar las medidas —dictadas por la caridad y por la prudencia— para que no se perturbe el buen espíritu de los demás, ni se creen confusiones o situaciones equívocas. Se perturbaría o se confundiría, por ejemplo, si mientras no transcurran muchos años, se les permitiera que fuesen por nuestros Centros con demasiada frecuencia y confianza, o se les invitara a comer allí; si se tuviera con ellos una excesiva familiaridad, en el trato y en las conversaciones; si se les contaran cosas de la vida en familia, o si se les hiciera intervenir prematuramente y con cierta autoridad y responsabilidad en actos o en trabajos relacionados con la Obra y que, por ser públicos, pudieran tener una cierta difusión. Tampoco resulta oportuno, de ordinario acudir a su boda, al bautizo de los hijos, etc.

No resulta tampoco oportuno que, después de abandonar su camino, comiencen a colaborar con personas de la Obra en trabajos profesionales de los que obtengan un beneficio material.

La mejor manera de manifestar su buena disposición es que ayuden generosamente con sus limosnas —según su capacidad— en las labores de apostolado, al menos durante bastante tiempo. [68]

Formación

Solicitud de los Directores en la labor de formación

Los fieles de la Prelatura fomentan el sentido de responsabilidad personal para sostener y mejorar su propia vida interior y la de sus hermanos; cuidan con delicadeza la asistencia y la puntualidad a las reuniones familiares, de piedad o de formación; procuran fortalecer la unidad y hacer que la convivencia esté siempre llena de alegría y de paz, de sentido sobrenatural y de calor humano.

Principalísimamente, los Directores locales deben tener presente la necesidad de formar muy bien a sus hermanos, de ayudar a cada uno a profundizar en su entrega, con una orientación siempre positiva y constante, para enamorarse más y más del Señor, sabiendo que esa ayuda no ha de cesar en ningún momento: en el Opus Dei, la formación no termina nunca (Catecismo de la Obra, n. 194).

El progreso en la vida espiritual, la perseverancia en la vocación, la fidelidad a las exigencias de la entrega, son consecuencia del amor a Dios, no producto del voluntarismo, ni ‑ mucho menos‑ el resultado del simple cumplimiento externo de un conjunto de prescripciones. El secreto de la perseverancia ‑escribió nuestro Fundador‑ es el amor. ‑Enamórate, y no "le" dejarás (cfr. Camino, n. 999).

Es preciso, por tanto, que los Directores señalen metas a cada uno, [69] también en su labor apostólica, exigir su cumplimiento y animar. Han de darse cuenta inmediatamente de si alguno desentona, para averiguar la causa de la falta de sintonía y poner a tiempo, pero lo antes posible ‑aunque siempre es tiempo‑, el remedio oportuno. Ninguno es un verso suelto, sino que forma parte de un poema divino, que ha de acoplarse al conjunto.

Todos han de recibir los medios de formación con puntualidad y esmero desde el primer momento, cuidando especialmente la dirección espiritual personal. El Consejo local ha de asegurarse de que se forma bien, desde el principio, a cada persona; de que se le enseña y facilita la sinceridad. Cada uno ha de ser como una brasa encendida; nadie puede apagarse porque se le atienda superficialmente.

También es parte del buen gobierno saber prevenir las dificultades que puedan presentarse cuando una persona, por circunstancias de edad o de enfermedad, se ve obligada a recortar la actividad o el intenso trabajo en tareas apostólicas ‑que es tarea también profesional‑ que hasta entonces venía desarrollando. Además de proporcionar la ayuda espiritual, los Directores se encargarán de orientarle para que encuentre una ocupación adecuada a sus circunstancias, dentro del inmenso quehacer de nuestro trabajo apostólico: los hijos de Dios en el Opus Dei no nos jubilamos nunca, y estamos persuadidos de que hay diversos modos de servir y de continuar trabajando por las almas, que es nuestra única ambición.

La puntualidad ‑consecuencia de la caridad con los demás, del orden y del deseo de aprovechar el tiempo‑ se ha practicado siempre en las reuniones familiares, en las actividades organizadas en los Centros ‑conferencias, retiros, Círculos, reuniones en general‑, y en las tareas personales. Los actos empiezan y terminan a la hora prevista. No es razón para retrasarlos que alguno llegue tarde: con este desorden, se haría perder el tiempo a los que acuden puntualmente. Por tanto, quien tenga la responsabilidad de esa actividad, estará en el lugar señalado con antelación suficiente, para disponer lo necesario ‑mesa, sillas, libros, etc.‑ y cumplir el horario fijado. [70]

Quienes atienden a hermanos suyos con un cierto tiempo en la Obra, además de reunir las condiciones de edad y experiencia que se requieren, han de poner en práctica lo que se recoge en las Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 20‑22, y conocer bien la doctrina ascética sobre los diferentes períodos de la vida interior (cfr. Ibíd., Anexo IV, especialmente pp. 181‑185).

Además de rezar y mortificarse por los que les están confiados, procurarán alimentar su propia vida espiritual y la de sus hermanos con las enseñanzas y los consejos de nuestro Padre, más específicos para esas pocas de madurez: por ejemplo, los contenidos en los artículos de Cuadernos 8 y 11.

Es preciso que les faciliten con su actitud la apertura del alma en la dirección espiritual personal (cfr. Catecismo de la Obra, n. 142), especialmente si se insinuara en alguno la sutil tentación de la desconfianza hacia quienes le guían por las sendas de la vida interior. Si alguien pasara por una situación de este estilo ‑no sucederá, de ordinario‑, los Directores pondrán más medios ‑oración y obras‑ para facilitar la docilidad confiada y rendida de ese hermano suyo; y lo ayudarán con firmeza a superar enseguida, con la gracia de Dios y con su lucha decidida, esa clara tentación diabólica, que se opone frontalmente a la fidelidad en nuestro camino.

Un aspecto importante en la atención espiritual a los mayores es orientarles debidamente en lo que se refiere a la rectitud y exigencia en su respectivo quehacer profesional o familiar y en sus encargos apostólicos, de manera que cada uno se vaya afianzando siempre más en la unidad de vida, sencilla y fuerte, que está en la base de su respuesta generosa a la vocación. Los Directores locales, especialmente si tienen menos edad, procurarán hacerse cargo de las necesidades de los mayores, derivadas de obligaciones profesionales y sociales, y adelantarse para ayudarles a resolverlas conforme a los compromisos de su entrega a Dios y a nuestro espíritu de contemplativos en medio del mundo. [71]

Atención de Numerarios y Agregados

De modo particular, los Directores se esmeran en la atención de los Numerarios que, a causa de su trabajo profesional o por otro motivo, viven en una ciudad donde no hay Centro. Procuran que hagan periódicamente vida en familia en el Centro al que están adscritos, por ejemplo, los fines de semana. De esta manera, tienen más facilidad para recibir los medios de formación y de dirección espiritual; y aprovechan el empuje sobrenatural y humano de la vida en familia, para renovar su afán de lucha y su vibración apostólica.

Los Directores ayudan de modo particular a los sacerdotes de la Prelatura ‑especialmente en la charla semanal y con la corrección fraterna‑ a esmerarse en el cumplimiento de las obligaciones propias de su ministerio: con delicadeza y respeto, pero con fraterna firmeza, cuando sea necesario.

Concretamente, los sacerdotes tratan habitualmente en la Confidencia de los aspectos más específicos de su vida sacerdotal: piedad personal al celebrar la Santa Misa y esmero en el cumplimiento de las rúbricas: cuándo y cómo rezan la Liturgia de las Horas, y si la utilizan para la meditación y predicación; esfuerzo, presencia de Dios y afán apostólico con que llevan a cabo su ministerio sacerdotal; aprovechamiento del tiempo y distribución de sus ocupaciones: cómo preparan las meditaciones, las pláticas, las clases, cómo pueden hacer rendir más su jornada; trato apostólico de otros sacerdotes; cómo secundan en todo a los Directores de las labores en las que colaboran con su actividad sacerdotal ‑haciendo y desapareciendo: sin ser nunca el palillo de la gaita‑, cómo viven la caridad con los demás; cómo consultan las iniciativas, etc.

Cuando preparan en su oración la Confidencia, los sacerdotes consideran con frecuencia ‑ haciendo examen‑ aquellas palabras de nuestro Padre: Estad ocupados, daos a los demás, organizad el día para que esté lleno. Dentro de un horario general, tened el vuestro: determinándolo bien en la charla semanal con vuestro hermano, de manera que sepáis lo que debéis hacer, y os esforcéis por [72] cumplirlo. Así, con el tiempo bien empleado, no se da lugar al diablo. Sed delicados en la obediencia, hijos míos sacerdotes, sed ejemplo de disponibilidad, sed puntuales en las reuniones de familia. Aborreced las excepciones, y así predicaréis también con el ejemplo (Carta 17-VI-1973, n. 33).

Los Directores locales han de mostrar una especial solicitud por estos hermanos suyos, cuidando de su vida de piedad, de su salud, de su necesario descanso ‑conscientes de que, a veces, les puede resultar difícil encontrar el tiempo o el modo de hacerlo‑, y de cuanto contribuya a facilitarles el camino de santidad y el cumplimiento de su ministerio sacerdotal. Esto exige que el Consejo local conozca con el detalle oportuno sus tareas pastorales y pueda ‑ de acuerdo con los Directores Regionales o de la Delegación‑ tomar las medidas para ayudarles eficazmente.

Los horarios de la actividad sacerdotal se preparan de modo que los sacerdotes puedan recibir los medios de formación con regularidad, junto con las demás personas del Centro. Por su parte, los sacerdotes Numerarios procuran asistir ‑con mucha frecuencia, si no es posible todos los días‑ a la meditación de la mañana en el propio Centro. De todas formas, en caso de real incompatibilidad, es preferible hacer la oración de la mañana antes de la Santa Misa, que cumplir esa Norma de piedad con los demás.

Aunque un sacerdote bine habitualmente, hace media hora de oración por la mañana y otra media por la tarde. En épocas de especial actividad pastoral, puede suceder que ‑predicando por la mañana y por la tarde‑ necesite dedicar además otro rato a la oración, para cuidar su propia vida interior: se le puede aconsejar que lo haga.

Hay que procurar que haya Misa diaria en cada Centro, celebrada por un sacerdote de la Obra. Si no fuera posible, se ha de evitar que varios Numerarios acudan juntos de modo habitual a una iglesia; y, de ordinario, tampoco conviene invitar a otros sacerdotes a celebrar en nuestros oratorios. Cuando hay aún pocos sacerdotes de la Obra en una ciu [73] dad, se pide a la Comisión Regional que autorice la binación siempre que sea necesario.

En alguna ocasión, se puede acomodar el horario del Centro para facilitar la piedad y el descanso del sacerdote: por ejemplo, si ha de binar, se puede tener la Misa en los Centros de San Rafael a última hora de la mañana, o por la tarde, de modo que haya un mayor número de asistentes y el sacerdote tenga más holgura de tiempo, sin que deba ir de modo precipitado de un Centro a otro: se evita así su detrimento espiritual y físico. Otra solución es establecer un turno entre varios sacerdotes, para que uno mismo no celebre habitualmente dos Misas seguidas y a primera hora.

A veces, junto a una iglesia confiada a la Prelatura, tiene su sede un Centro de Numerarios. En estos casos, el horario del Centro se organiza de modo que sea compatible con el trabajo de los sacerdotes que atienden la iglesia y, al mismo tiempo, permita que todos asistan con regularidad a las reuniones familiares.

Quienes se ocupan de atender a fieles de la Prelatura, que no han realizado estudios de grado superior, tienen muy presente que en la Obra no somos clasistas ni hay castas, y saben adaptarse a la mentalidad de algunos de esos hermanos suyos. Practican esta caridad fraterna ‑ que nadie puede confundir con un falso paternalismo‑ aun en los pequeños detalles: explicándoles con más detenimiento algo que no entiendan, acomodando a su modo de ser sus conversaciones y sus gustos, etc.

Atención de Supernumerarios

La formación que reciben los Supernumerarios ha de ponerles en condiciones de corresponder, con una entrega más fiel y generosa cada día, a la llamada recibida, viviendo ‑en todas las circunstancias‑ con plenitud de vocación. Digo con plenitud de vocación, escribió nuestro Padre, porque —en las circunstancias en las que providencialmente Dios los ha colocado— se esfuerzan por corresponder con generosidad total a cuanto el Señor les pide, llamándoles a su [74] Obra: un servicio sin reservas, como ciudadanos católicos responsables, a la Iglesia Santa, al Romano Pontífice y a todas las almas (Carta 94‑1959, n. 10).

A través de los medios de formación, se les insiste en que aprovechen bien el tiempo, en que aseguren la rectitud de intención en el estudio ‑serio y profundo‑ o en el trabajo profesional, que ha de ser intenso. Se les facilitan también las orientaciones oportunas, con el fin de que cuiden los pequeños detalles de tono humano que exigen el espíritu de la Obra y la eficacia apostólica ‑delicadeza en el trato y en las conversaciones, corrección en el vestir, etc.‑, de manera que contribuyan positivamente con su ejemplo al ambiente del Centro que frecuentan.

Con el fin de asegurar la atención espiritual prevista, los Consejos locales, los encargados de Grupo y los sacerdotes dedican a su encargo ‑de acuerdo con las circunstancias personales un mínimo de horas semanales, conforme a las orientaciones recibidas de la Comisión Regional y a las características que se presentan en cada lugar. Además, son conscientes de que la dedicación a su encargo no puede ser nunca una tarea marginal: es materia de su santidad; y, por eso, hablan en la charla del cumplimiento de este deber.

Los Consejos locales realizan su trabajo de gobierno con visión de conjunto, orden y constancia, sin dejarse llevar sólo por lo inmediato. Tienen sus reuniones con puntualidad, despachan con los encargados de Grupo con la frecuencia prevista, y se aseguran de que éstos lo hacen con los Celadores.

Siempre que sea oportuno, principalmente si el Centro es numeroso, el Consejo local organiza reuniones breves ‑una o dos veces al año, por ejemplo al comienzo del curso académico o del verano‑ con los encargados de Grupo, para concretar las pautas del trabajo de los próximos meses. Pueden incluir una charla, una meditación, y una sesión o tiempo de trabajo.

Los Consejos locales y los encargados de Grupo cuidan de que los sacerdotes atiendan regularmente a las personas del Centro o del Grupo, [75] asegurando que los Supernumerarios, como todos los fieles de la Prelatura, reciben la ayuda y los consejos necesarios para progresar en su camino de santidad. Si fuera el caso, harán sugerencias a la Comisión Regional, para que sus hermanos sacerdotes puedan dedicar el tiempo que requiere su actividad de dirección espiritual.

El Consejo local ha de conocer la situación de cada Grupo de Supernumerarios de su Centro, para poner remedio a tiempo ‑con la ayuda de la Comisión Regional, si exceden el ámbito local‑ a las dificultades que se presenten. Asegura que la dedicación de los encargados de Grupo sea suficiente, y ha de poner esfuerzo para mantener la máxima estabilidad en la atención de las charlas fraternas, mejorar constantemente la preparación doctrinal de los que tienen encargos de formación, y considerar cómo reciben esa atención espiritual los Supernumerarios que, por sus circunstancias, necesiten más ayuda.

Los estudiantes o trabajadores jóvenes, que piden la admisión como Supernumerarios, seguirán frecuentando el Centro de San Rafael al que venían acudiendo, y dependen de un Centro de Supernumerarios que, habitualmente, habrá en esa sede. Así se facilita su labor apostólica, que reciban la formación inicial más intensamente, que conozcan y lean con frecuencia las publicaciones internas, los guiones doctrinales, etc.

Si no es posible que en la misma sede haya un Centro de Supernumerarios, puede ser útil que el Subdirector del Centro de San Rafael, o uno de los Subdirectores ‑si hay varios‑, se dedique más directamente a su formación y a impulsar su apostolado, aunque todos los que constituyen el Consejo local son igualmente responsables de la atención de esos fieles de la Obra. Cuando el número de Supernumerarios del Centro sea muy grande, o los miembros del Consejo local de San Rafael no dispongan de tiempo, puede ser oportuno proponer a la Comisión Regional el nombramiento de algún encargado de Grupo.

Aunque estos Supernumerarios deben acudir a sus propios medios de formación con independencia de los Numerarios y Agregados, es oportuno que asistan también con ellos a algunas meditaciones y tertulias: dará más unidad a la labor apostólica que se realiza en el Centro, y [76] puede ayudar a que algunos adviertan que el Señor les pide ser Numerario o Agregado.

Desde la petición de admisión, asisten a un Círculo de Estudios específico para ellos: si es preciso, se organiza para uno solo. Siempre que sea posible, participarán cada año ‑incluso antes de ser admitidos‑ en una Convivencia y en un curso de retiro sólo para ellos. Ordinariamente la duración de la Convivencia será de 10 ó 12 días; y allí se les explicará alrededor de la mitad de las clases del Apartado IV del Programa de formación inicial.

También se procura tener un retiro mensual para ellos. Excepcionalmente, si hay alguna dificultad, basta organizarlo cada dos o tres meses, y que acudan a los demás retiros con sus amigos en el Centro de San Rafael.

Los encargados de su atención espiritual pondrán especial cuidado en formar bien su conciencia ‑sin dar nada por supuesto‑, para que cultiven con delicadeza todas las virtudes cristianas, de acuerdo con sus circunstancias. Es necesario, por tanto, proporcionarles criterios claros sobre lecturas, noviazgo, diversiones, espectáculos, etc., además de aconsejarles que traten de estas materias en la dirección espiritual (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 145‑15 l). Sin embargo, se evitará comentar estos temas personales ‑ especialmente cuando se refieren a noviazgos, etc.‑ en las conversaciones con los demás fieles de la Obra y con los chicos de San Rafael; y, menos aún, en las tertulias: son asuntos de su vida privada.

Dentro siempre de un absoluto respeto a su libertad personal, los Directores procurarán fomentar entre estos Supernumerarios la ilusión por dedicarse a tareas, adecuadas a sus aptitudes y capacidades, que ofrezcan un especial interés apostólico: trabajos en otras ciudades o países; especialidades y salidas, como ‑a título de ejemplo‑ las relacionadas con la enseñanza, la cultura y los medios de comunicación, determinadas especialidades médicas, servicios de ayuda técnica dependientes de organismos internacionales, etc. [77]

Desde el primer momento, han de sentir ‑como los demás fieles de la Prelatura‑ la necesidad de promover y sostener los instrumentos de apostolado. Harán puntualmente la aportación, cada uno de acuerdo con sus posibilidades, pero siempre con esfuerzo y sacrificio personales; además, se les animará a realizar gestiones con sus amigos, parientes y otras personas, con el fin de allegar los medios económicos necesarios para las obras corporativas, o para cubrir de un modo más inmediato los gastos de los instrumentos apostólicos donde reciben la formación.

Desde que soliciten la admisión, estos Supernumerarios más jóvenes han de abrirse en abanico, realizar una intensa labor de apostolado y proselitismo en todos los ambientes que frecuenten, procurando acercar a los medios de formación especialmente a aquellos muchachos que puedan recibir la vocación como Numerarios y Agregados: si ésta es una obligación de todos los Supernumerarios, de manera particular les corresponde a ellos, por su trato con gente joven.

Habitualmente, continuarán desarrollando su apostolado en la labor de San Rafael, con un encargo apostólico adecuado a sus circunstancias: por ejemplo, promover y asistir con sus amigos a las clases del Curso Preparatorio o Profesional, o a los cursos básicos de formación humana y cristiana; atender catequesis y organizar visitas a los pobres de la Virgen; impulsar y dirigir actividades culturales, deportivas, de prensa, en el Centro; colaborar en las actividades de los clubes juveniles, etc.

A los de más edad se les puede confiar encargos en las Asociaciones de antiguos alumnos de Residencias, colegios, clubes, ya sean obras corporativas o labores personales; mantener el trato apostólico con los chicos que han dejado ‑o dejarán pronto‑ de participar en la labor de San Rafael, para que muchos sean nombrados Cooperadores y se incorporen a la labor de San Gabriel. Como estos Supernumerarios suelen tener bastante estabilidad en su lugar de residencia o de estudio, a través de ellos se facilita también una mayor continuidad en las tareas apostólicas.

Es muy conveniente contar con su ayuda para la atención de las actividades apostólicas, que los Centros de San Rafael y los clubes juveniles organizan durante las Vacaciones: Convivencias, cursos de idiomas, [78] campamentos, etc. De esta forma, además de la valiosa colaboración que prestan, se asegura que estén bien atendidos espiritualmente durante esas temporadas.

Estos Supernumerarios no dirigen clases del Curso Preparatorio, ni cursos básicos de formación para chicos que vayan a incorporarse a la labor de San Rafael. En cambio, no hay dificultad en que algunos, si poseen la adecuada formación y están ya en los últimos años de carrera ‑‑o tienen la edad equivalente‑, dirijan cursos básicos de formación para sus amigos y conocidos que, por la edad, se incorporarán a la labor de San Gabriel.

En algún caso ‑por razones de tipo familiar, profesional, etc.‑, uno de estos Supernumerarios no podrá frecuentar mucho el Centro de San Rafael. Esa circunstancia no será nunca un obstáculo para su labor de apostolado; significará una forma distinta de realizarla. Cualquier situación es siempre ocasión para dar doctrina, hacer un intenso apostolado personal en los ambientes en que se mueve, y poner a muchas personas en contacto con los medios de formación.

Cuando el Consejo local considera que algunos ‑por comenzar a ejercer su carrera o profesión o por contraer matrimonio‑ deben pasar a depender de otro Centro, hará la correspondiente propuesta a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación.

Cuidado de la salud del descanso en situaciones especiales

Los Directores locales tienen el deber de preocuparse por la salud espiritual y física de las personas del Centro (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 57‑58).

En el Vademécum de labores apostólicas (obra de San Miguel y obra le San Gabriel) se contienen experiencias sobre el modo de atender a los enfermos y a las personas ancianas. Aquí se recogen sólo los criterios que los Directores han de tener presentes en esta materia, en algunas situaciones especiales que pueden repercutir más directamente en la vida espiritual de sus hermanos. [79]

La vocación al Opus Dei supone una vida de sacrificio y de trabajo intenso, generoso, alegre; y, con la ayuda de la gracia, la disposición de llegar al heroísmo en el servicio de Dios y de las almas. A la vez, hay que ser muy humanos ‑de lo contrario, no se podría ser sobrenaturales‑, y tener presente que la gracia supone la naturaleza. Ciertamente, Dios puede suplir los medios humanos, pero ordinariamente cuenta con ellos. Por eso, sería un grave error que los Directores permitieran que alguien ‑sin verdadera necesidad‑ permaneciera en unas circunstancias que le exigieran una tensión excesiva y continua, sin considerar que estas situaciones han de ser pasajeras y que han de adoptar las medidas oportunas para que cesen. Este error causaría un daño serio a las almas y a la eficacia de la labor apostólica.

Los Directores han de prevenir las dificultades psicológicas ‑no se trata, como es lógico, de hacer psiquiatría‑ que pueden surgir en algunos casos, con motivo del exceso de trabajo, de la edad o de enfermedades. Esas dificultades ‑si se dan‑ no son generalmente consecuencia de un desequilibrio mental o nervioso, sino que suelen deberse al cansancio, a la tensión interior que comporta una vida de intensa labor‑, y pueden superarse, de ordinario, con los habituales medios humanos y sobrenaturales. Con frecuencia, muchos de esos posibles obstáculos desaparecen cuando se abre el corazón con sinceridad; pero a veces es preciso adoptar, además, medidas que faciliten la solución, y que quizá el Consejo local no ha considerado o no está en condiciones de tomar.

Por eso, aparte de los medios ordinarios de dirección espiritual, puede buscarse una ocasión para que el interesado tenga una conversación sobrenatural, honda y fraterna, con un Director Regional o con otra persona designada por los Directores, que le ayude a enfocar los puntos precisos; y, si es necesario, se pueden sugerir a la Comisión Regional otras medidas oportunas; por ejemplo, en el caso de Numerarios o Agregados, un descanso especial, un cambio de ocupación o de Centro, etc.

Sin embargo, no hay que olvidar que una excesiva tensión ‑o su desenlace en una actitud de desaliento o de indiferencia‑ procede a veces de escasa humildad en la aceptación de las propias limitaciones o de [80] los errores en que uno haya incurrido; y entonces conviene mover al interesado a mejorar su contrición, a admitir ‑con dolor de amor‑ la propia responsabilidad en las faltas o en la ineficacia de su labor, a pedir perdón al Señor frecuentemente. Esto devuelve siempre la paz al alma, sosiega también físicamente y abre el alma a la gracia de Dios.

Los Directores extreman su cariño y desvelo en situaciones especiales, que quizá surgen con el paso de los años (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 185‑ 190).

Puede ocurrir también que, en esos momentos, alguno llegue a plantearse ‑sin ningún fundamento objetivo‑ problemas de orden profesional o sentimental, e, incluso, dudas de vocación, a pesar de haber servido fielmente al Señor durante muchos años, con alegría y con eficacia. Los Directores y los que reciben Confidencias, estarán muy atentos ‑si se manifestasen esos síntomas‑ para saber prevenir, cuidar y orientar a sus hermanos con especial comprensión, ayudándoles con delicadeza y prudencia a superar esas dificultades. Cuando se prevén esas situaciones, se pueden suavizar en gran parte con la atención debida y, si fuera necesario, con los cuidados médicos adecuados.

Será siempre oportuno ‑para evitar que alguien busque causas imaginarias‑ hacerles comprender el origen natural de ese estado pasajero de ánimo y, al mismo tiempo, insistirles en la necesidad de apoyarse más sólidamente en la vida interior y de ser muy dóciles. Además, hay que tener en cuenta que, en estas circunstancias, cuesta más adaptarse a cualquier nuevo trabajo, ya que las dificultades pueden acentuar la crisis. Al hacer la revisión médica periódica, se verá en cada caso la necesidad de una atención o un tratamiento médico especial.

Por estas razones, antes de que un Consejo local aconseje a alguno a acudir a la consulta de un psiquiatra (siempre varón, y con mayor razón a un especialista en psicología que no sea médico), consultará a la Comisión Regional, informando de las circunstancias del caso y sugiriendo lo que considere conveniente. Como es natural, si se trata de un Supernumerario, ese consejo estará supeditado en muchos casos a la decisión de la familia de sangre. [81]

Si el problema se plantea a un Numerario o Agregado que no haya hecho aún la oblación, su propia familia de sangre tendrá que decidir sobre la oportunidad de una visita médica de ese tipo. Naturalmente, el Consejo local pondrá el hecho en conocimiento de la Comisión Regional, e informará del dictamen del médico, para tenerlo en cuenta antes de que se le conceda la Oblación o la Fidelidad. De todos modos, dejando siempre claro que la responsabilidad de cualquier decisión recae sólo sobre los padres, se procurará aconsejarles, para que elijan un médico de garantía.

En general, cuando resulta imprescindible acudir al psiquiatra, es muy difícil separar los aspectos estrictamente médicos de otros que pertenecen a la intimidad de la conciencia y de la propia vida interior; por eso, estas normas de prudencia se aplican también cuando esos especialistas son miembros de la Obra, o cuando otros médicos lo aconsejan al interesado.

En estos casos de depresiones y agotamientos, se acudirá a un médico experimentado y prudente, un fiel de la Prelatura u otra persona de recto criterio cristiano, que trate adecuadamente al enfermo, sin ocultarle nada, pero sin insistir demasiado sobre sus cansancios, pues el ocasiones esto sirve inconscientemente de pretexto al enfermo, para no dejarse ayudar o para convertirse en médico de sí mismo.

Sobre la atención espiritual de personas con enfermedades depresivas, vid. también Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 203‑207.

Es importante que los Directores ‑como se hace en cualquier familia‑ estén al tanto de la marcha del tratamiento; para eso, conviene que obtengan la información necesaria. En el caso de los Supernumerarios, si resulta prudente y oportuno, se puede colaborar con la familia del interesado, para prestar una ayuda eficaz al enfermo, evitando disparidad de criterios. [82]

La formación en general

El fundamento de la labor que el Opus Dei realiza en servicio de la Iglesia, está en que los fieles de la Prelatura alcancen una intensa vida interior, y sean eficaz y realmente contemplativos en medio del mundo. Sin vida interior, no hay verdadero apostolado ni obras fecundas: la labor sería precaria o incluso ficticia.

Los medios para lograr esa vida interior son bien conocidos: nuestras Normas y Costumbres ‑manifestaciones prácticas de la piedad perenne de la Iglesia‑, es decir, el cumplimiento delicado y constante del plan de vida espiritual. Además, los miembros de la Obra reciben la oportuna dirección espiritual colectiva (Cursos anuales, cursos de retiro, Círculos, meditaciones, Collationes mensuales y Convivencias especiales, etc.) y personal (Confesión sacramental, Confidencia, corrección fraterna). Estos medios de formación constituyen un derecho y un deber para todos; y los Directores saben adaptarlos a las necesidades de cada uno de sus hermanos, como nos enseñó nuestro Padre.

La solicitud de los Directores por la vida interior de los demás les mueve a estar atentos, para que a ninguno le falten esos medios ordinarios de formación, y los medios extraordinarios que sean precisos cuando las circunstancias lo requieran. En cualquier caso, la labor de formación no es nunca en la Prelatura tarea exclusiva de una persona, sino, con la gracia de Dios, resultado del esfuerzo conjunto de sacerdotes y seglares, y del ejemplo del ambiente familiar, alegre y acogedor, del Centro. Esa formación ha de ser continua, ininterrumpida, concreta: quienes dirigen a un alma, están diariamente al tanto de sus afanes y luchas, para ayudarla con suavidad y fortaleza.

Es necesario mantener una línea de exigencia que lleve a cada uno a acrecentar su sentido vocacional, y les impulse a luchar con vibración por ser y hacer el Opus Dei (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 69‑77).

El afán de identificarnos con Cristo, se ha de reflejar en el empeño por fortalecer constantemente los fundamentos que hacen posible nues [83] 'tra entrega y que son garantía de fecundidad sobrenatural: el cumplimiento fiel y amoroso de las Normas y Costumbres; la mortificación voluntaria y generosa; la santificación del propio trabajo u oficio; el celo apostólico y proselitista; el estudio y la formación doctrinal.

Es una tradición en la Obra la visión positiva de los sucesos y de los problemas; tradición que se cuida de modo particular al proporcionar la formación personal y colectiva, especialmente a quienes han pedido recientemente la admisión. Nunca habrá motivos para aceptar una visión pesimista y negativa; entre otras razones, porque no sería real. Por ejemplo, ante las dificultades no se insiste en que sean un peligro de perder la vocación, sino que, por el contrario, se resalta el hecho real de que se va adelante precisamente porque se tiene vocación.

El amor a la libertad, tan propio del espíritu del Opus Dei, lleva a querer y a comprender a los demás como son, sabiendo respetar las características personales que responden a la mentalidad de su país, a su cultura, a sus costumbres y tradiciones. Dentro de la variedad que existe en la Obra ‑Dios la ha querido desde el principio con entraña universal, católica‑, se vive también una maravillosa unidad, que determina el aire de familia, el denominador común: la fe y la moral católicas y el espíritu sobrenatural de la Obra de Dios. Por eso, los Directores y los encargados de tareas de formación, comprenden y respetan delicadamente, aman y defienden la libertad de cada uno en las cuestiones opinables. Y, con este mismo desvelo, exigen la máxima fidelidad al espíritu de la Obra.

Formación inicial

El primer proselitismo consiste en procurar que perseveren todos los que el Señor envía a la Obra. Ésta es la primera exigencia de la caridad y de la justicia con los fieles de la Prelatura y, especialmente, de parte de quienes llevan encargos de dirección o de formación. Por eso, al establecer la necesaria jerarquía de valores en el ejercicio de su misión, ponen siempre en primer término, con el cuidado de la propia vida interior, [84] la formación de sus hermanos, ya que sólo así se multiplica la eficacia de toda la labor apostólica.

Concretamente, a los Directores locales compete el deber gravísimo de cuidar de la formación personal de los que solicitan la admisión en la Obra, desde ese mismo momento. El Señor les pedirá estrecha cuenta del cumplimiento de esta obligación. En consecuencia, han de sentir el peso de ese maravilloso deber, y desvivirse por cumplirlo; así harán un gran bien a esas almas, sin exponerlas al peligro de descaminarse, porque no se les hayan proporcionado los medios ‑a los que tienen derecho‑, que necesitan para ser fieles.

El Consejo local se ocupa de que todos reciban, con la mayor puntualidad, los medios de formación personal y colectiva, para afianzar en ellos los cimientos de una profunda vida interior los necesitan especialmente quienes llevan poco tiempo en la Obra, sobre todo, si son Numerarios que viven aún con sus padres. Una criatura recién nacida precisa una atención amorosa y constante, también porque cualquier cosa puede hacerle daño.

Para atender las charlas de los que piden la admisión, se designa a quienes están más capacitados, con el fin de que alimenten cuidadosamente la vida espiritual de cada uno y les ayuden, con comprensión y energía, a superar las dificultades que encuentren, sin omitir nunca palabras de aliento que les impulsen en la lucha diaria. Se les va explicando poco a poco el plan de vida, para que lo completen paulatinamente. Sin embargo, no es indispensable que el candidato cumpla ya todas las Normas y Costumbres para que se le conceda la Admisión.

Desde el comienzo, se despierta en ellos la preocupación del proselitismo y el sentido de responsabilidad, en todos los aspectos. Por ejemplo, se les impulsa con solicitud y cariño a la actividad apostólica, que ha de ser más extensa y profunda a partir de su respuesta generosa a la llamada de Dios; y en el terreno económico, se les enseña que no sólo no deben ser gravosos, sino que han de ayudar a los apostolados con esfuerzo.

En el Programa de formación inicial, elaborado con tanto cariño por [85] nuestro Padre, se sintetizan los aspectos centrales de la formación doctrinal, ascética y apostólica, que necesitan los candidatos para corresponder a la llamada divina y perseverar en el camino.

Es misión principalísima de los Consejos locales explicar con don de lenguas las clases de este Programa, que se integrarán ‑desde el primer día‑ con la enseñanza práctica del espíritu de la Obra: por medio de pequeños encargos, urgiéndoles con ejemplos vivos a aprovechar el tiempo de estudio o de trabajo, a hacer apostolado y proselitismo, etc.

A través de esas clases, aprenden ‑con un tono familiar, alentador y flexible‑ que nuestra vida es de renuncia, de trabajo intenso; y que nuestra alegría es consecuencia de sabernos hijos de Dios y fruto de una entrega sin condiciones al servicio de la Iglesia y de las almas.

Se pone la máxima diligencia para cumplir el Programa de formación inicial, especialmente en circunstancias extraordinarias ‑vacaciones, verano, etc.‑, que exigen medios también extraordinarios para que los candidatos mantengan relación frecuente y periódica con otras personas de la Obra. Corresponde al Consejo local conseguir ‑y comprobar, periódicamente‑ que las charlas y las clases de formación no sufren retrasos.

Para evitar el correteo inútil ‑y a veces perjudicial‑ por los Centros, al que algunos se podrían dedicar fácilmente ‑sobre todo los jóvenes, movidos por su mismo entusiasmo‑, se les explica desde el primer momento que, salvo que exista un motivo preciso, no vamos a visita otros Centros. De este modo, se facilita el trabajo de los demás; y se puede ofrecer al Señor, con generosidad y con alegría, la mortificación de no corretear, que sería una falta de orden y una pérdida de tiempo, y ocasión de satisfacer una curiosidad inútil.

En una primera etapa, la formación de los Supernumerarios es principalmente de tipo personal, mediante la conversación fraterna y las clases correspondientes: no hay inconveniente ‑ al contrario‑ en que durante este tiempo, acudan semanalmente a la charla fraterna. Desde el principio, se les enseña a hacerla puntualmente y con brevedad, me [86] diante consejos concretos y el ejemplo de disponibilidad y entrega de los cargados de Grupo para atenderlos. Les servirá también para preparar la otra charla quincenal, que, en esta primera etapa, tienen con el sacerdote. En cambio, no se organizan para ellos Círculos de Estudios ni convivencias; basta que asistan a los de Cooperadores: además de continuar progresando en su vida ascética, aprenderán a dedicar un tiempo los Círculos de Estudios, a los que acudirán después de la Admisión.

Contribuye a su formación que los traten apostólicamente otros Supernumerarios, de su misma condición social y que lleven tiempo en la Obra: si es posible, se ocuparán de esta labor, entre otros, los Celadores del Grupo al que se incorporarán cuando les sea concedida la Admisión.

Si alguno tiene dificultades objetivas ‑por sus circunstancias de abajo, por vivir en un lugar muy distante, etc.‑, para recibir las clases de Doctrina Católica del Programa de formación inicial con la frecuencia necesaria, y cumplir así el plazo establecido, se podrán evitar los retrasos aplicando las siguientes orientaciones prácticas:

a) unir la explicación de varios temas en una sola sesión, ocupándose que luego los interesados profundicen más con su estudio personal, comprobando que los han entendido bien (cfr. Programa, 1, n. 39);

b) desarrollar esas clases en conferencias, cursillos, etc., dirigidos también a los Cooperadores (cfr. Programa, 1, n. 36). Lógicamente, si un operador solicita la admisión mientras está acudiendo a esas clases, o poco después, no es necesario que las reciba de nuevo, si se tiene garantía de que asistió con regularidad y aprovechamiento. Pero, por la extraordinaria importancia de la formación inicial, la decisión de si debe o no repetirlas ha de estudiarse, en cada caso, con la máxima seriedad y responsabilidad.

Si una persona no ha recibido la formación ascética y apostólica que se proporciona a los Cooperadores, o si no procede de la labor de San Rafael, y desea solicitar la admisión como Supernumerario, es conveniente que, de ordinario, pase una temporada como Cooperador, para que se le conozca bien y se le forme oportunamente.[87]

Formación doctrinal-religiosa

Importancia

La formación doctrinal-religiosa tiene como finalidad proporcionar un conocimiento profundo y seguro de la fe y la moral católicas, indispensable para iniciar y consolidar una verdadera vida cristiana.

Además, en consonancia con la peculiar vocación que han recibido de Dios para santificarse y santificar a los demás en medio de las realidades terrenas, los fieles de la Prelatura trabajan en contacto directo e inmediato con las estructuras sociales más variadas, con movimientos, instituciones y hombres de orientaciones ideológicas muy diferentes; y han de afrontar frecuentemente situaciones y problemas que exigen una respuesta claramente cristiana. También con este fin, reciben una formación doctrinal sólida que es parte integrante de ese denominador común ‑aire de familia‑ de todos los hijos de Dios en su Opus Dei (Carta 94‑1959, n. 34).

La Obra educa a sus miembros en el amor a la Iglesia Santa, para servirla con fidelidad, les inculca una honda disposición de plena y filial adhesión al Magisterio; y fomenta en ellos el amor a las almas, para llevarlas a Dios, dándoles el alimento de la sana doctrina. Por eso, la formación doctrinal se nutre del depósito común de la Iglesia ‑in libertatem gloriae filiorum Dei (Rm 8, 2 1)‑, sin que el Opus Dei tenga escuela propia en las cuestiones que el Magisterio eclesiástico deja a la libre disputa de los hombres: fortes in fide (1 Pe 5, 9), con rectitud de intención, con apertura y vigilancia, evitando extremismos o conformismos, sin miedo al ambiente, aunque haya que ir contra corriente ‑como los primeros cristianos‑ por lealtad a Jesucristo y a su doctrina. Por otra parte, estas características de la formación manifiestan el alma sacerdotal y la mentalidad laical propias de los miembros de la Obra: amor a la libertad, pluralismo en lo opinable, sentido de responsabilidad, fidelidad inquebrantable a las verdades de la fe y a la vocación divina.

Recibir esta formación doctrinal‑religiosa es una exigencia vocacional: la Obra se esmera en proporcionar‑ a sus miembros los medios [88] para conseguir este fin. Concretamente, entre otros: los estudios institucionales de los Numerarios y de algunos Agregados, el Curso de formación doctrinal‑religiosa y los Cursos de Estudios de los Agregados y de los Supernumerarios; los Cursos anuales y Convivencias; los Círculos breves y de Estudios; la transmisión de las enseñanzas del Magisterio sobre cuestiones de actualidad; el asesoramiento doctrinal para las lecturas y escritos. Todo esto, junto con una vida de piedad intensa y los demás medios de formación personal, asegura el empeño fiel por conocer, practicar y difundir la doctrina de nuestra Madre la Iglesia.

Antes de hacer la Oblación, se reciben clases de Doctrina Católica con arreglo al Programa de formación inicial; estas clases son de gran importancia para asegurar un conocimiento básico completo de la doctrina de la fe y de la moral, y una conciencia bien formada. Se trata de impartir la doctrina de manera concisa, positiva, con claridad, sencillez y profundidad, siguiendo las pautas señaladas en los párrafos anteriores.

Los fieles de la Prelatura realizan la gran tarea del apostolado de la doctrina, en primer lugar, mediante la amistad con sus colegas y compañeros y el esfuerzo por santificar el propio trabajo profesional; a través de las variadísimas labores apostólicas que existen y que existirán en los diversos lugares; y, en fin, con la labor de estudio, investigación y publicaciones de los que, profesionalmente, se dedican a cultivar las ciencias sagradas.

Estudios institucionales

Por muchas y evidentes razones espirituales y apostólicas, los estudios institucionales ‑‑de Filosofía y Teología‑ de los Numerarios y de algunos Agregados, son aún más importantes que los de su profesión civil: por eso, deben hacerse con mayor empeño, dedicándoles el tiempo necesario. Procurar que sea así, constituye siempre un especial deber de los Directores. El amor al trabajo, propio del espíritu de la Obra, hace compatible esa profunda y completa formación filosófica y teológica con la preparación profesional, obtenida también con la máxima altura que la capacidad de cada uno permita. [89]

Una vez hecha la Oblación, los Numerarios comienzan los estudios filosóficos en el Studium Generale de la Región.

Los Directores han de asegurar que los Numerarios realicen los estudios institucionales sin retrasos ni interrupciones, con profundidad y con intensidad; en principio, un curso por año, especialmente los alumnos de Centros de Estudios y los que están en preparación para ir a un Centro Interregional. No se admite un ritmo superior para ningún alumno (cfr. Ratio Institutionis, n. 92 § l). Desde luego, se ponen los medios para que todos cursen, al menos, algunas asignaturas cada año. Para que un alumno del bienio filosófico o del primer año del cuadrienio teológico curse menos de un Semestre al año, conviene consultar al Vicario Regional.

Ninguno retrasa o interrumpe estos estudios, aunque en algún momento no haya podido seguir el ritmo normal. No puede ser motivo el intenso trabajo apostólico y profesional, porque esa dilación repercutiría negativamente en su vida interior y en su eficacia apostólica; y porque estos estudios, por su flexibilidad, son compatibles y armonizables con todas las demás actividades.

Todos los que han terminado ‑seglares y sacerdotes‑ los estudios institucionales, continúan cultivando, durante las Convivencias anuales y a lo largo del año, el estudio de la Sagrada Teología, repasando periódicamente los diversos tratados. Para facilitar este repaso, en los Centros se dispone de una pequeña biblioteca, con los manuales de Teología necesarios: libros clásicos y seguros, incluidos en la bibliografía de los correspondientes programas.

Los Agregados que reúnen las condiciones necesarias pueden cursar los estudios institucionales de acuerdo con las normas generales establecidas, con profundidad y, de ordinario, despacio, con calma. Los Agregados que, al terminar el bienio filosófico, desean continuar los estudios teológicos del ciclo institucional, lo comunican al Consejo local‑, y éste a la Comisión Regional, que dará las indicaciones oportunas. Si no desean seguir esos estudios, se incorporan al Curso de formación doctrinal‑religiosa o al plan cíclico de repaso; del mismo modo se procede [90] con los Agregados que, en cualquier momento, interrumpen los estudios institucionales de Filosofía.

Los alumnos aprovechan los cursos de Filosofía y Teología con la máxima rectitud de intención, conscientes de que fortalecen su unidad de vida para servir más eficazmente a la Iglesia, a la Obra y a las almas; por esto ‑y así se explica a todos‑, no solicitan certificados de los estudios realizados para incluirlos en su documentación personal.

Sin embargo, cuando un Numerario o un Agregado, que ya es Licenciado o Doctor por una Facultad eclesiástica de la Universidad de Navarra o por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, necesite un certificado de estudios institucionales (bienio filosófico y cuadrienio teológico) cursados en Studia Generalia o en Centros Interregionales, lo expone a sus Directores, sin dirigirse a esas universidades ni hacer otra gestión por su cuenta. El Consejo local correspondiente lo comunica a la Comisión Regional.

En cambio, para la obtención de un certificado de haber cursado estudios de grado en una Facultad eclesiástica de la Universidad de Navarra o de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, así como estudios del Ciclo I cursados en la Facultad de Teología, el interesado se dirige directamente a esas instituciones, después de haberlo comentado, lógicamente, con el Consejo local de su Centro, que, si tiene alguna duda, hace la oportuna consulta a la Comisión Regional.

Curso de formación doctrinal-religiosa

A partir de la Oblación, los Agregados y los Supernumerarios comienzan el Curso de formación doctrinal‑religiosa. Este Curso consiste en un estudio más profundo y detallado de la Doctrina Católica (Dogma y Moral), incluyendo las nociones más importantes sobre Ascética, Liturgia, Sagrada Escritura, Historia de la Iglesia, Derecho público eclesiástico y Doctrina social de la Iglesia, siempre con particular referencia a los problemas religiosos y sociales de actualidad en el mundo y, especialmente, en el propio país. [91]

Para los Agregados, este Curso tiene una duración de cuatro a seis años. Los que se incorporan a un Curso de Estudios, reciben allí la mayor parte de las clases correspondientes, o incluso el Curso completo.

Los Supernumerarios lo realizan en ocho o diez años.

En las clases, los profesores destacan lo fundamental de cada tema y procuran despertar el interés de los asistentes para que adquieran un conocimiento más completo de la materia, con su estudio personal.

Cuando resulte posible, cada Centro organiza una biblioteca circulante ‑o, al menos, una para varios Centros‑, con libros seleccionados en correspondencia con los programas de formación doctrinal-religiosa, y aprobados por la Comisión Regional, procurando que los Agregados y los Supernumerarios los utilicen para la lectura y el estudio.

Además, los Consejos locales estudian las orientaciones concretas que reciben de la Comisión Regional, para aconsejar las lecturas más convenientes, especialmente en los aspectos relacionados con la profesión de cada uno, sobre la familia y la evangelización de la sociedad.

Como puede ocurrir que a algunos Supernumerarios les cueste dedicar con regularidad un tiempo a la lectura, interesa promover actividades ‑atractivas, bien presentadas‑ para dar esta formación: cursos breves, ciclos de conferencias, etc., que sirvan también para ampliar la base de la labor de San Gabriel y tratar a más Cooperadores.

A la vez, se debe tener en cuenta que la formación personal ‑especialmente en cuestiones doctrinales y morales‑ no se garantiza con la simple asistencia a charlas y con unas lecturas. Es preciso, además, comprobar cómo cada uno asimila y aplica la doctrina, si se plantea los problemas propios de su situación, y si sabe pedir consejo para formar su criterio. Como las circunstancias personales ‑formación previa, nivel cultural o intelectual, etc.‑ son muy diversas, el Consejo local, el encargado de Grupo y el sacerdote deben hacerse cargo de las posibilidades de cada uno, para ayudarle a que la doctrina cristiana penetre y empape con profundidad su vida familiar y profesional. [92]

Los que han terminado el Curso de formación doctrinal‑religiosa, para mejorar y profundizar en la formación recibida, repasan las materias de forma permanente, sirviéndose de los mismos programas, en ciclos de duración semejantes a los indicados anteriormente (cfr. Ratio Institutionis, n. 114).

Curso de Estudios

Cuando la labor apostólica ha alcanzado el suficiente desarrollo, en cada Región se inician los Cursos de Estudios para Agregados y para Supernumerarios que han hecho la Oblación, de acuerdo con Ratio Institutionis, nn. 59‑65.

Aunque interesa que el mayor número posible de Agregados con Oblación asista a un Curso de Estudios, sólo lo hacen quienes pueden recibir con regularidad los medios de formación establecidos, y tienen las condiciones para aprovecharlo bien.

Es aconsejable que se incorporen al Curso de Estudios la mayoría de los Supernumerarios que han hecho la Oblación y, si no existen dificultades, todos los Celadores.

Con el Curso de Estudios, se trata fundamentalmente de mejorar la lucha ascética de los asistentes y de facilitarles una formación doctrinal-religiosa más sólida, que fundamente su vida de piedad, y un conocimiento amplio y profundo del espíritu de la Obra; de impulsar su apostolado personal de amistad y confidencia, y de fomentar su iniciativa, para promover y sostener, con sentido de responsabilidad, las labores apostólicas.

Además, sirve a los Directores para descubrir personas que reúnen condiciones para ser Celadores y consolidar el buen criterio de quienes ya lo son; y, en el caso de los Agregados, ver quiénes podrán comenzar los estudios institucionales.

Anualmente, unos seis meses antes del comienzo del curso, los Consejos locales remiten a la Comisión Regional o a la Delegación una rela [93] ción de posibles alumnos para el Curso de Estudios, con una información breve de cada uno. Resulta útil mencionar las circunstancias externas (familiares, profesionales, etc.), que pueden influir en el aprovechamiento del Curso de Estudios por parte de los candidatos, y señalar los objetivos que pueden proponerse en este periodo.

Antes de enviar esos datos, un miembro del Consejo local habla personalmente con esos Agregados o Supernumerarios, para explicarles con claridad las características del Curso de Estudios, y para confirmar que estarán en condiciones de asistir ‑sin dificultades serias‑ a todas las actividades, además de participar en los diversos medios de formación con los Cooperadores y amigos: retiros mensuales, Círculos de Cooperadores, etc.

Una vez designados los alumnos por la Comisión Regional o por el Consejo de la Delegación, los Consejos locales de los Centros de donde procedan, remiten cuanto antes al Curso de Estudios los datos personales correspondientes. Los nuevos alumnos asisten a una Convivencia anual específica, prevista para ellos, que ordinariamente se celebra unos días antes de iniciar el curso.

Durante este período de formación, los Agregados y los Supernumerarios dependen, a todos los efectos, del Consejo local del Curso de Estudios correspondiente.

Catecismo de la Iglesia Católica

En los apostolados de la Prelatura se concede una importancia primordial a la tarea catequética, a todos los niveles. Para esto, se utilizan catecismos y libros de religión que cuenten con la aprobación eclesiástica, y que reúnan las mejores condiciones para las diversas labores docentes. Es necesaria una gran atención en este punto, pues en algunos lugares existen textos con graves omisiones y errores doctrinales.

El Catecismo de la Iglesia Católica es un instrumento espléndido imprescindible para llevar a cabo el «nuevo esfuerzo de evangelización» reclamado por el Magisterio en la Const. Ap. Fidei deposituin, 11-X- [94] 1992, n. 5. Cada fiel de la Prelatura se esfuerza en conocer bien este texto ‑que, como es obvio, puede usarse también para la lectura espiritual‑ y lo difunde por todas partes. En los Centros hay un número suficiente de ejemplares, de modo que se facilite su lectura y estudio. Los Supernumerarios procuran tenerlo en sus casas, y animan a quienes frecuentan los medios de formación y a otras muchas personas para que dispongan de este libro y lo utilicen.

Quienes imparten medios de formación y los sacerdotes, encuentran en este Catecismo un material abundantísimo y seguro para la predicación, los Círculos, los cursos básicos de formación cristiana, las clases doctrinales, etc. Es también muy útil para la formación de los chicos de San Rafael y para la preparación de las catequesis.

Formación espiritual

En el aspecto espiritual, la formación tiende a fomentar y facilitar la unidad de vida, que impulsa a valorar el trabajo humano como realidad santificable y santificadora; a la afirmación de que es posible y necesario llevar una vida contemplativa en medio de la más intensa actividad ordinaria humana, desarrollar un apostolado eficaz en el propio ambiente y desempeñar con competencia los encargos apostólicos; al reconocimiento práctico de la dignidad de los hijos de Dios y al consiguiente amor a la libertad de las conciencias.

Medios de formación personal

La charla fraterna

Quiere Dios Nuestro Señor que nadie en la Obra tenga una preocupación o una pena para sí solo. Los fieles de la Prelatura disponen de la charla fraterna, que se prepara con empeño, para no quedarse nunca aislados en la lucha por la santidad. Esta charla es siempre una conversación privada y fraterna, una Confidencia de consejo y aliento espiritual, que se puede designar de modos diversos, porque no tiene una de [95] nominación propia y exclusiva de la Prelatura. Por eso, no hay ningún inconveniente en utilizar expresiones equivalentes, sobre todo en el lenguaje oral‑, se puede decir, por ejemplo: vamos a charlar, desde nuestra última conversación, la próxima vez que hablemos, etc.

La conversación fraterna es un medio de formación sobrenatural por eso, no hay inconveniente en que los fieles de la Prelatura hagan esta charla con alguno más joven. Siempre se procura que quien la recibe esté bien capacitado para desempeñar su misión.

Sobre la naturaleza, sentido sobrenatural características y contenido de la Confidencia, vid. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, cap. I‑II (pp. 7‑58).

Los que atienden charlas, y los sacerdotes de la Prelatura al administrar el sacramento de la Penitencia, tienen la responsabilidad de dar una dirección espiritual verdadera y eficaz. Por esto conviene que repasen con frecuencia y lleven a su oración personal los consejos recogidos en Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, cap. III (pp. 59‑90).

Han de saber escuchar a sus hermanos, enseñarles a vivir cada día mejor la sinceridad y conocerlos bien, para ayudarles eficazmente. No pueden limitarse a oír; han de comprender a fondo la lucha, las preocupaciones, las posibles dificultades, y valorarlas justamente: quitando importancia a lo que no la tiene y, a la vez, advirtiendo, aun en cosas pequeñas, lo que podría ser origen de un descamino: de esta manera, no pasarán por alto circunstancias o hechos que les refieren sus hermanos, sin detenerse a considerar en la presencia de Dios el alcance de una situación concreta, de un momento delicado.

A la sinceridad del que acude a la dirección espiritual, se ha de corresponder con una plena sinceridad en quien tiene el encargo de atenderle, para hablar claramente ‑crudamente, si fuera necesario, y siempre con caridad‑ de aquellos aspectos que debe mejorar en su vida espiritual, sin que falsas razones le hagan retraerse de este deber.

Al atender a las almas, hay que tener muy presente ‑como un detalle más de caridad y delicadeza‑ que no se pueden tratar ni decir las [96] cosas, sin considerar las disposiciones, el modo de ser y las circunstancias de cada uno, para obrar en consecuencia. Hay que facilitar que la persona interesada pueda explayarse, sabiendo que se le escucha. No se ha de cortar de forma más o menos tajante un comentario que alguien haga sobre un punto que se debe mejorar o corregir en la marcha de la labor, en el régimen de un Centro, etc. En ocasiones, tendrá razón y los Directores estarán obligados a rectificar y a corregir lo necesario; otras veces no será acertada la observación; pero, generalmente, no se podrá rechazar de plano: habrá que estudiarla y, en su caso, explicar a la persona que la presentó, con razones sobrenaturales y humanas, dónde está el desacierto o los datos que faltaban al formular ese comentario. Conviene proceder así especialmente en la dirección espiritual de personas que proceden de otras Regiones, o van a ellas, y también en la preparación de quienes se incorporarán a un Centro Interregional.

También es preciso evitar en absoluto que a alguno que haya pasado por esos Centros, o haya estado destinado en otra Región, le quede el resquemor de que no se le ha comprendido, por diferencias de ambiente, de temperamento, etc.; o de que no se le ha escuchado o atendido. Si se diera este caso ‑gracias a Dios, no sucede‑, habría que recordar al interesado que esa manifestación de resentimiento es una señal clara de que debe ejercitarse más en la humildad y en la sencillez, y que no tiene ningún sentido arrastrar una "lista de agravios" que nadie pretendió causar (cfr. Surco, n. 738).

En las Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, cap. IV (pp. 91‑111) se resumen las disposiciones personales que se deben fomentar en la dirección espiritual: conviene que los que tienen el encargo de recibir Confidencias las repasen con frecuencia.

Los Directores recuerdan con periodicidad las explicaciones del Catecismo de la Obra sobre este medio de formación: disposiciones personales, defectos que se han de evitar, temas que suelen tratarse. Parte de la responsabilidad de quienes reciben el encargo de atender Confidencias es, precisamente, ayudar y enseñar a sus hermanos a hacerla bien, de manera que saquen el mayor fruto sobrenatural. [97]

En la tarea de formación espiritual, no es prudente dar las cosas por supuestas, por esa razón, no sería lógico prescindir sistemáticamente de algunos temas, concretamente la fe, la pureza y la vocación, Es indispensable formar muy bien en esos puntos, tratándolos con delicadeza y sentido sobrenatural, con claridad y sin ambigüedades.

También conviene hablar en la charla fraterna de las lecturas, para pedir el oportuno consejo; y del aprovechamiento del tiempo, que es para Dios. Será oportuno a veces facilitar la dirección espiritual, preguntando ‑en el caso de que a alguien se le olvidara‑ sobre esas materias, para poder así orientar y formar la conciencia, sugiriendo metas concretas de lucha y de progreso interior.

Los fieles de la Prelatura sienten el gustoso deber de acudir a la charla fraterna con agradecimiento y una fidelidad mayores a medida que van sucediéndose los años de entrega generosa en el Opus Dei. El Padre conoce la gran alegría que sienten sus hijos mayores, cuando un hermano suyo, quizá mucho más joven, les recuerda y exige en tantos aspectos del espíritu de la Obra, que ya viven y han enseñado a otros, porque ven a nuestro Fundador y al Padre en la persona que les atiende espiritualmente.

Los mayores y los sacerdotes, por su edad, y por el tiempo que llevan en la Obra, extreman la delicadeza, la sinceridad y la puntualidad en la charla fraterna; y ponen en práctica los consejos con prontitud y alegría. Piden que les exijan, sintiéndose también en esto uno más, y abominando de todo lo que pudiera parecer, aun de lejos, una excepción.

Los Directores, por su parte, procuran que ‑por circunstancias de trabajo o por otras causas‑ nadie llegue al agotamiento físico, que suele llevar al derrumbamiento psíquico, y que ocasiona una falta de defensas para la lucha interior, con las que ordinariamente cuenta la gracia de Dios. Si han aprendido a mandar, los Directores sabrán adelantarse a las necesidades de sus hermanos, a deseos nobles y buenos que en ocasiones pueden no manifestar ‑necesidad de descansar o de cambiar de ambiente‑, llevados de su espíritu de sacrificio, quizá en algún caso no bien entendido. Además de hacer que todos cumplan lo dispuesto sobre [98] el descanso ordinario, advertirán las circunstancias particulares de cada uno, para procurarles un reposo extraordinario cuando sea preciso.

Es competencia de la Comisión Regional autorizar que un Numerario o Agregado comience a atender charlas de otros fieles de la Obra. A no ser que se diga expresamente lo contrario, siempre pueden recibirlas ‑sin necesidad de pedir la autorización‑ los miembros de los Consejos locales, los Numerarios que han hecho la Fidelidad y los Agregados que son encargados de Grupo o Celadores, siempre que, en todos los casos, hayan recibido previamente la formación necesaria para desempeñar esta tarea.

Parte de esta preparación necesaria es tener muy bien asimilados los temas morales del Programa deformación inicial, apartado IV, nn. 26-38 (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, Anexo II, pp. 135‑144). Así se está en condiciones de valorar las implicaciones morales de los asuntos, individuar posibles problemas, resolver dudas sobre cuestiones ordinarias y, muy especialmente, recurrir al sacerdote ante asuntos difíciles o menos ordinarios, para consultarle o remitir a su consejo ‑cuando sea conveniente‑ a la persona interesada. En cualquier caso, quienes atienden charlas fraternas han de conocer a fondo, como mínimo, la parte moral del Catecismo de la Iglesia Católica.

En general, las charlas fraternas de las personas del Consejo local se atienden ‑como las de las demás personas adscritas al Centro‑ en el propio Centro; en cada caso, el Consejo local pondera y decide la distribución que considere más conveniente, evitando ‑en todo caso‑ que dos personas tengan que hablar entre sí o que se haga entre personas de la misma familia de sangre. Los Agregados que reciban ese encargo, serán de nivel cultural análogo o superior al de los que hablen con ellos.

Una vez realizada la distribución en el Centro, se han de introducir sólo los cambios imprescindibles.

En las ciudades donde está nombrado un Director senior, algunos de los Directores locales charlarán con él, aunque no es necesario que lo hagan todos, especialmente si en la ciudad hay muchos Centros; en [99] otros casos, el Director del Centro puede hablar con otro miembro del Consejo local o con un Numerario mayor que no pertenezca al Consejo local. Si se plantea alguna duda, se consulta a la Comisión Regional.

No hay que tender a que, cuando una persona presenta alguna dificultad, haga la Confidencia con un Director Regional: esas eventuales dificultades serán ocasión para infundir al interesado mayor visión sobrenatural, y para ayudarle convenientemente ‑con cariño y exigencia‑ en la lucha ascética que todos mantenemos.

Los Agregados y los Supernumerarios que son Consultores hacen su charla fraterna con Numerarios; los Celadores, tanto Agregados corno Supernumerarios, hablan siempre con un miembro del Consejo local.

En determinadas circunstancias, puede ser aconsejable que un Numerario o un Agregado ‑ durante una temporada‑ charle también periódicamente con el sacerdote del Centro; y todos proceden así durante los primeros meses después de pedir la admisión. En cualquier caso, cada uno puede acudir siempre con entera libertad al sacerdote del Centro o a otro sacerdote de la Prelatura.

Para evitar el riesgo de que se mezclen las actividades profesionales con la dirección espiritual, siempre se ha procurado que ninguna persona de la Obra se encargue de atender espiritualmente a otro fiel del Opus Dei que sea un subordinado inmediato en el trabajo profesional.

Se evita llevar en los bolsillos notas sueltas de asuntos de conciencia, porque fácilmente podrían extraviarse. Si acaso, se utiliza una agenda o una pequeña libreta, con las oportunas anotaciones, que cualquier otro que las leyera no entendería.

La Confesión sacramental

Como todo fiel cristiano, los fieles del Opus Dei gozan de libertad para confesarse con cualquier sacerdote que tenga facultades ministeriales conforme a derecho, pero es una muestra de muy buen espíritu acudir —siempre que sea posible— a sacerdotes de la Obra, aunque hayan de em [100] plear medios que se salgan de lo habitual. Los Directores disponen todo para facilitar a los fieles de la Prelatura ‑sacerdotes y laicos‑ la Confesión semanal con un sacerdote de la Obra, haciendo incluso los viajes que sean precisos.

Para la atención de cada Centro, se designa a un sacerdote, con uno o varios suplentes. Conviene que periódicamente ‑como mínimo, cada dos meses‑ el sacerdote suplente esté disponible para confesar a quienes lo desean.

Además, de acuerdo con el sacerdote del Centro, el Consejo local establece el horario habitual de confesiones más adecuado, y todos procuran respetarlo. De todas formas, los sacerdotes están un rato en el confesionario antes de celebrar la Santa Misa, especialmente en los Centros de gente joven. Naturalmente ‑como se ha hecho siempre‑, atienden gustosamente a una persona, siempre que se lo pida, en cualquier momento.

En esta atención colaboran ‑cuando sea necesario, y de acuerdo con las indicaciones de la Comisión Regional‑ socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Asistentes eclesiásticos.

En los lugares próximos a los confesonarios, se guarda silencio durante el tiempo destinado a las confesiones.

Cada uno procura que la Confesión, además de completa, sea concisa, concreta y clara. Este modo de proceder es también recomendable para las charlas de dirección espiritual. Para evitar preocupaciones inútiles o escrúpulos, es preferible hacer de memoria la Confesión, o la breve exposición de los puntos de dirección espiritual, después de haber dedicado a la preparación el tiempo que cada uno necesite.

Se recomienda que todos hagan una confesión general antes de la Admisión. Y después, que se olviden ya de cuanto les hubiese sucedido, salvo para fomentar el espíritu de penitencia y el agradecimiento al Señor por su perdón. Así comenzarán in novitate sensus (Rm 12, 2), con esa gracia especial del sacramento de la Penitencia, aunque su vida anterior haya sido limpia y recta. [101]

Todas las personas de la Prelatura conocen que no se oculta su condición de fieles del Opus Dei. A la vez, hay que proceder con sentido común: en situaciones de curiosidad malsana, la gente sabe defender su “privacidad”. También en la Confesión hay que pensar que los fieles no explican, por ejemplo: "soy de la familia del presidente del gobierno "tengo cargos en tal sociedad industrial"... Nadie suele añadir lo que no modifica la especie de la ofensa. Pero, se insiste, no hay el menor inconveniente en manifestar que se es fiel de la Obra, sin olvidar que nadie puede difamar a los demás, como si sus equivocaciones fueran pauta de los otros o del ambiente en que vive.

Según las normas de la Moral general, constituirían para una persona de la Obra materia necesaria del sacramento de la Penitencia toda las faltas graves cometidas contra las virtudes, tanto en lo que éstas exigen a todos los cristianos como en lo que exigen por razón de las obligaciones específicas asumidas al incorporarse a la Prelatura. Los Directores y los sacerdotes deben ayudar a todos a mantener despierta ‑en vela de amor‑ esta conciencia de responsabilidad.

Si alguno tuviera la desgracia de cometer un pecado grave contra deberes comunes a todos los cristianos, al confesarlo, bastaría acusarlo como tal, sin necesidad de hacer referencia al compromiso vocacional: en efecto, aunque esos pecados sean subjetivamente más graves en quien ha recibido ‑con la vocación‑ abundantes gracias y formación, no cambian su número ni su especie moral.

También en caso de pecados graves contra obligaciones específicas asumidas al incorporarse al Opus Dei, habría que confesarlos según su especie moral, que puede expresarse con toda precisión por esas obligaciones que conculcan. Por tanto, cuando, por estar de viaje o por otra circunstancia, alguno no acudiera a un sacerdote de la Prelatura o de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ‑que conozca su vinculación a la Obra‑ podría acusarse, por ejemplo, de haber pecado gravemente contra la justicia, "por negligencia grave en el cumplimiento de un trabajo formativo (o de dirección) al que estoy obligado"; o “por incumplir gravemente un compromiso de ayudar económicamente a unas iniciativas [102] con fines espirituales”; o "por haber murmurando gravemente contra los directores (o miembros) de una institución de la que formo parte"; o ‑en su caso‑ "de haber faltado gravemente al compromiso de celibato que he contraído en una institución de la Iglesia, por tratar con intimidad a una persona del otro sexo, aunque no haya habido pecado contra el sexto o el noveno mandamiento"; o bien " ... del otro sexo", añadiendo la especie de ese pecado contra la castidad, etc.

Aunque, como se ha recordado en párrafos anteriores, nunca hay inconveniente en manifestar que se es miembro de la Prelatura, es más exacto especificar moralmente los hechos, que aludir a un compromiso cuyo alcance quizá el confesor desconoce. Además, el penitente ha de pensar que tiene obligación de no dar una impresión equivocada de la Obra, tanto porque la situación suya de ese momento no responde a su vida habitual, como porque todos los demás fieles de la Prelatura se esfuerzan diariamente en luchar de manera heroica para ser santos. Aunque se trata sólo de una comparación, para entender el alcance de estas palabras, una persona que libremente ha tomado unos compromisos u obligaciones específicas de trabajo, de justicia, de lealtad, etc., con una empresa o una institución ‑el compromiso con la Obra es mucho más serio: informa toda la vida‑, no menciona de qué entidad se trata, sino que explica ‑ y esto es lo exacto‑ qué virtudes o qué obligaciones ha dejado de cumplir. Por esta razón, solía recordar nuestro Fundador que, si no se acude al buen pastor, se podría difamar a la Obra y provocar que el confesor no aconseje ‑o aun, desaconseje‑ acercarse a la Obra a otras personas.

Conviene recordar de vez en cuando en los medios de formación que, de acuerdo con las normas de la Moral, para que la absolución sea válida, debe haber ‑además de la integridad formal‑ las necesarias disposiciones de arrepentimiento, de apartarse de las posibles ocasiones, de remover el escándalo si lo hubiera, etc.

También se ha de tener muy claro que ningún confesor puede dispensar, suspender o conmutar los compromisos adquiridos con la Oblación o la Fidelidad: esa potestad compete exclusivamente al Prelado, [103] tanto para los fieles de la Prelatura como para los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Puede suceder que alguno, cuando recibe por primera vez el encargo de atender espiritualmente a sus hermanos en la charla fraterna, consulte ‑como expresión de su cuidado para que todos reciban con puntualidad los medios de formación personal‑ si es oportuno preguntar a un sacerdote si los del Centro se confiesan con la frecuencia establecida. Se le debe explicar, con claridad, la extremada delicadeza con que los sacerdotes viven todo lo referente a la administración de la Penitencia, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre, que les enseñó a no decir ni una palabra sobre nada que, ni de lejos, pudiera hacer odiosa la práctica de este sacramento. Por eso, como se ha hecho siempre, el Director o los que atienden charlas fraternas, cuando lo consideren oportuno, preguntan siempre directamente al interesado sobre la frecuencia con que se confiesa, haciéndole ver la importancia de ser puntuales en recibir ese sacramento, que es también medio de formación; pero nunca al confesor.

La corrección fraterna

La corrección fraterna es un medio de formación, de origen evangélico, que ayuda de modo eficacísimo en el camino de la santidad y de la identificación con Cristo. Es una muestra espléndida de cariño. Todos tienen derecho a que se les facilite su perseverancia, su santificación y su fecundidad apostólica: basta saber que en un Centro se vive la corrección fraterna de modo habitual, para tener la seguridad de que allí ha buen espíritu, preocupación por la santidad de los demás; y, al contrario, su ausencia sería señal cierta de egoísmo y de mal espíritu.

La visión sobrenatural con que se recibe la corrección fraterna asegura una reacción positiva, que mueve a comentarlo en la Confidencia y, si es preciso, a fijar el examen particular sobre ese punto. Las correcciones fraternas se agradecen con toda el alma, porque son una prueba evidente de que no se está solo en la lucha espiritual o ‑en el caso de los Directores‑ en el ejercicio de las tareas de dirección. [104]

Por razones evidentes de prudencia y de caridad, la corrección fraterna se consulta exclusivamente al Director ‑o, en su caso, al encargado de Grupo‑, y a nadie más, y después se habla con el interesado. De este modo, jamás se podrá caer en la difamación y en la calumnia. Es muy importante asimilar bien esta enseñanza: antes que murmurar o difamar —decía nuestro Fundador en frase gráfica—, es preferible cortarse la lengua con los dientes, y escupirla lejos.

Cuando un miembro de la Obra consulta la conveniencia de hacer la corrección fraterna, el Director ‑si lo juzga oportuno‑ puede preguntarle si se ha examinado él mismo sobre ese punto, o sugerirle que piense las razones que le llevan a plantearla. No se trata de quedarse en comparaciones, ni de fijarse en si es mejor o peor que el otro; sino de considerar sinceramente su lucha personal precisamente en ese aspecto. Ninguno ha de olvidar que a veces puede estar obcecado con el mismo defecto que intenta corregir. Y, en ese caso, basta poner empeño en desarraigarlo de la propia conducta, para comprobar que no se da ese defecto en los demás.

Si, en alguna ocasión, el Director no ve claramente que el que consulta sólo se mueve por el bien de aquella alma y de la Obra, y duda sobre si se mezcla algún motivo humano, es preferible que encargue la corrección a otro miembro de la Obra, si conviene hacerla. Aparte de este caso, también puede haber otros motivos por los que resulte prudente que no realice una corrección fraterna la persona que la ha consultado, sino otra distinta.

Estos consejos aseguran el fruto espiritual de la corrección fraterna en quien la hace y en quien la recibe. Por eso, no impiden que se practiquen muchas correcciones fraternas, sino que sirven para ejercitar mejor esta manifestación de caridad cristiana. Habitualmente, a no ser que ya se haya autorizado a otra persona a hacer una determinada corrección, o existan motivos excepcionales que lo desaconsejen ‑por ejemplo, lo señalado sobre posibles motivos menos sobrenaturales‑, los Directores darán su permiso, sin dejarse llevar por una falsa compasión, que impediría la práctica de este medio de formación fundamental en la Obra. Si en algún caso hay razones para pensar que puede costar más re [105] cibir la corrección fraterna, se intensifica la oración y la mortificación por el interesado, pero no se retrasa: no se debe privar nunca de esa ayuda sobrenatural a la que se tiene derecho.

Este deber de caridad y de justicia urge especialmente a los Inscritos, y a los que han hecho la Fidelidad.

La corrección fraterna al Director incumbe a todos, incorporados o no con la Fidelidad; precisamente porque el Director tiene más responsabilidad sobre sus hombros, es de buen espíritu sostenerle de esta manera, siempre que sea preciso. Lo contrario supondría negar un medio eficaz de santificación a quienes más lo necesitan; ya que si el Director no vive bien el espíritu de la Obra ‑incluso en detalles pequeños de orden o de puntualidad‑, desedifica a los demás con su mal ejemplo.

Es natural que se extreme la prudencia al practicar la corrección fraterna con un Director, ya que ‑en principio‑ el buen espíritu de quien debe ejercitarla le puede empujar a pensar que la actuación del Director obedece a razones justificadas que él desconoce: por eso, resulta aún más necesaria la consulta previa. Para hacer la corrección fraterna al Director de un Centro ‑sea o no el Director del propio Centro‑, se consulta siempre al Subdirector de ese Centro; o al sacerdote del Consejo local, si en algún caso es poco delicado preguntar al Subdirector. Si, transcurrido un tiempo prudencial, esa corrección fraterna no produce efecto, y el bien de la Obra lo exige, se debe dar cuenta al inmediato Director o, en su caso, al Padre.

Entre las faltas que son materia de una urgente corrección fraterna a los Directores, pueden señalarse las siguientes: abuso de autoridad, si pretendiera, por ejemplo, influir en las opiniones de sus hermanos o en su actuación profesional; cumplir mal el plan de vida espiritual, faltando con frecuencia a las reuniones familiares: Círculo Breve, retiro, etc.; llevar ‑aunque sea por razones de apostolado‑ una vida social demasiado intensa, que le aparte de su Centro y de las tareas específicas de formación o de dirección; no dar siempre una visión positiva de las cosas y de los problemas, permitir que haya disputas; no exhortar con frecuencia a que se viva la corrección fraterna, etc. [106]

Además de estos casos, conviene subrayar otros motivos de corrección fraterna a los Directores: no cuidar con delicadeza el silencio natural sobre los asuntos propios de su oficio; ser "barrera" ‑obstáculo para la unidad entre el Consejo local y la Comisión Regional, o entre los demás Directores; tener actuaciones de gobierno personal en el ejercicio de su encargo, como serían, por ejemplo, no trabajar ad mentem Patris, olvidando las indicaciones que se hayan hecho desde la Comisión Regional; no permitir ‑aunque sólo sea veladamente, con su actitud- que los demás den su opinión con toda libertad, o enfadarse cuando no coinciden con el propio criterio, etc.

Los seglares ayudan a los sacerdotes, mediante la corrección fraterna, a evitar posibles defectos cuando predican: repetición excesiva de una palabra, exposición monótona o poco clara, falta de vibración, etc.

Para ejercitar la corrección fraterna entre los Numerarios, Agregados y Supernumerarios, cuando no sea fácil ‑o no sea oportuno‑ consultar directamente al Director del Centro de la persona a quien se piensa que se debe corregir, bastará comunicarlo al Director del propio Centro, quien se ocupará de hablar con el Director competente y de que se lleve a cabo; si se trata de una corrección fraterna relacionada con el trabajo apostólico en un Centro al que no está adscrito quien considera que es necesario hablar, el Director del Centro de este miembro cambiará impresiones con el Director del Centro en que realiza esa labor apostólica, para poder opinar con más elementos de juicio sobre la oportunidad de esa corrección.

En el caso de que un Agregado o un Supernumerario vivieran en un Centro ‑por participar en una Convivencia u otros motivos de formación‑, la corrección fraterna se consulta al Director de ese Centro o de la actividad de que se trate.

En los Centros de Supernumerarios que tienen bastantes Grupos, las correcciones fraternas se consultan al encargado del Grupo al que pertenece la persona a la que se desea ayudar. Si el encargado duda sobre la conveniencia de esa corrección, preguntará al Director del Centro.

Siempre, después de haber hecho la corrección fraterna, se da cuenta al Director de haberlo comunicado. [107]

Medios de formación colectiva

Teniendo en cuenta la diversidad de circunstancias de la vida de los Numerarios, los Agregados y los Supernumerarios, es también distinta la frecuencia y duración de algunos de los medios de formación colectiva que reciben.

Para preparar Círculos, charlas, meditaciones, etc., los seglares y los sacerdotes utilizan la Sagrada Escritura, los textos del Magisterio, los documentos de nuestro Padre y de sus sucesores, los artículos doctrinales de las publicaciones internas y otros textos que envía la Comisión Regional.

La exposición ha de ser clara, llena de espíritu sobrenatural y de vibración apostólica. Al mismo tiempo, procuran desarrollar los temas con don de lenguas, para que sean amenos y agradables, con ejemplos apropiados, que sirvan para que la doctrina quede grabada en todos. Como es natural, se evitan comentarios alusivos a alguno de los presentes.

Círculo Breve y Círculo de Estudios

En el Círculo Breve y en el Círculo de Estudios se procura traer a la consideración de cada uno, también de modo práctico, la necesidad de una vida de oración filial, de adoración, de reparación, de acción de gracias y de petición, sabiendo cuidar esmeradamente las Normas de piedad, para ser contemplativos en el trabajo y en el cumplimiento de los deberes personales de estado.

Conviene que quienes dirigen habitualmente los Círculos mediten de vez en cuando estas consideraciones, para orientar bien ese medio de formación.

Sobre el modo de dirigir el Círculo, vid. Anexo 6.

Es importante preparar el Círculo con esmero, para que tenga toda su eficacia sobrenatural. Por eso, la persona que lo dirige lleva antes los temas a su oración. [108]

La parte primera es un comentario vibrante, práctico y muy breve, de un texto del Evangelio: de ordinario, el correspondiente a la Misa del día. No es necesario leer todo el pasaje antes de comentarlo, aunque muchas veces será conveniente hacerlo así.

En la charla del Círculo se trata una Norma, una Costumbre o algún aspecto del espíritu de la Obra, que se sugiere como punto de lucha concreto para la semana.

La parte más esencial del Círculo es el examen. Quien lo dirige comenta algunos puntos con sentido práctico, de modo que sirva de estímulo para la vida interior y el apostolado de los asistentes. Se evita siempre una lectura rápida, que quitaría fuerza a este medio tan eficaz de fomentar el deseo de santidad personal.

A la plática o lectura final pueden llevarse a veces puntos de algún documento de nuestro Fundador o de sus sucesores, o de la Comisión Regional.

El que dirige el Círculo, sintiéndose responsable de la vibración apostólica de los asistentes, procura encauzar la tertulia final sobre asuntos de la Obra hacia el apostolado y el proselitismo.

Los miembros de la Obra asisten al Círculo con disposición activa, decididos a concretar propósitos personales para mejorar su lucha interior y su eficacia apostólica. Nunca hacen comentarios ‑aunque no sean críticos‑ sobre lo tratado en el Círculo. Si alguno no entiende algo bien, lo pregunta privadamente al que lo dirigió.

El Círculo Breve y el Círculo de Estudios se tienen en día y hora fijos. Si alguna circunstancia extraordinaria y previsible aconseja cambiarlo, es preferible adelantarlo en lugar de retrasarlo.

Los Numerarios y los Agregados tienen el Círculo Breve con frecuencia semanal. Los Supernumerarios, de ordinario, participan en tres Círculos de Estudios al mes; y, en otra semana, tienen el retiro mensual. Estos Círculos se desarrollan habitualmente en las casas de los mismos Supernumerarios, o en el lugar de trabajo de alguno de ellos. Los dirige el encargado de Grupo o el Celador dignior. Si es posi [109] ble, un sacerdote Numerario se encarga de dirigirlo una vez al mes.

Por razones de orden y eficacia, el Consejo local anota los temas que se tratarán a lo largo del año en las charlas del Círculo; y señala las modificaciones al plan previsto cuando, por cualquier causa, sea necesario hacerlo así. Todos los años, en el último Círculo Breve o Círculo de Estudios del mes de octubre, se recuerdan los sufragios por los difuntos que nuestro Padre estableció (vid. Anexo 7).

El Director de un Centro de Numerarios no dirige siempre el Círculo Breve, aunque asista y lo presida. Con frecuencia ‑no más de la tercera parte de las veces, se ocupan del Círculo Breve otros Numerarios. El Director hace el encargo con el tiempo suficiente para que se pueda preparar bien.

Quien dirige el Círculo Breve no asiste a otro, porque, al darlo, ya participa de este medio de formación; pero los Numerarios y Agregados van al Círculo Breve de su propio Centro, aunque tengan como encargo apostólico dirigir un Círculo Breve para personas que han pedido recientemente la admisión.

Se organizan Círculos Breves distintos para los Numerarios y para los Agregados, por la diversidad de circunstancias de unos y otros, aunque una misma es la vocación e idéntico el espíritu. También por esto, si un Numerario o un Agregado no puede asistir a un Círculo Breve con otros Numerarios o Agregados respectivamente, no hay inconveniente en que reciba el Círculo él solo.

Cuando alguno está fuera de su ciudad de residencia, acude ‑a no ser en casos excepcionales‑ al Círculo Breve del Centro donde se encuentra ocasionalmente, aunque en esa misma semana haya asistido o vaya a asistir al de su propio Centro.

El Círculo Breve ‑como el Círculo de Estudios‑ es una reunión familiar, en la que se evita cuanto desmerezca de su tono propio. En los Centros con muchos Numerarios o Agregados, y en los Cursos anuales numerosos, se tienen varios Círculos cada semana, con un número apropiado de asistentes a cada uno. [110]

Meditaciones y pláticas

En la medida de lo posible, en los Centros donde viven sólo Numerarios, el sacerdote dirige al menos una meditación a la semana.

Los domingos y días de precepto, aunque los que asisten a la Misa sean todos de la Obra y acaben de asistir a una meditación dirigida por el sacerdote, o hayan hecho antes la oración de la mañana utilizando el libro de Meditaciones, el sacerdote predica una homilía ‑parte de la liturgia-, que en estos casos puede ser muy breve.

En los sitios donde no se puedan utilizar los libros de Meditaciones para la meditación de la mañana, se sustituye esa lectura por textos tomados de las obras de nuestro Padre, o de otros libros de espiritualidad escritos por miembros de la Obra.

Los Agregados acuden a las meditaciones dirigidas por un sacerdote que para ellos determina el Consejo local de su Centro.

En las Residencias de estudiantes y en otros Centros donde se hace labor de San Rafael, el sacerdote puede dirigir cada semana una meditación para los que han pedido recientemente la admisión; y otra para el resto de los Numerarios o de los Agregados.

Además, se procura que el sacerdote dirija la meditación en las fiestas litúrgicas principales y en las fiestas de la Obra, tanto a los Numerarios como a los Agregados.

Aunque se asista a la predicación del sacerdote, o se lea en voz alta algún texto apropiado, como es lógico, cada uno puede hacer su oración sin seguir ese hilo común, cuando le resulta más provechoso.

Algunas veces ‑por ejemplo, con ocasión de fiestas de familia‑ se puede organizar, en los Centros con labor apostólica externa, una meditación para los Supernumerarios o los Cooperadores ‑distinta, por tanto, de la de los Numerarios o de los Agregados, y procurando no entorpecer el horario del Centro‑, seguida de la celebración de la Santa Misa o de la bendición con el Santísimo. [111]

Cursos de retiro y retiros mensuales

Los Numerarios y los Agregados asisten anualmente a un curso de retiro: no basta con que acudan a los que se organizan para las labores de San Gabriel o de San Rafael. Si en algún caso concreto, al terminar el año, alguno no ha podido cumplir esta Norma, se comunica a la Comisión Regional, indicando los motivos.

Ordinariamente, estos cursos de retiro duran cinco días completos. Como ya es costumbre, se da una meditación Preparatoria la noche anterior al primer día de retiro, y se tiene la meditación final, antes de la Misa, en la mañana posterior al último día. Se guarda silencio hasta después de celebrada esa Misa. Si, por las circunstancias especiales del trabajo de los asistentes, no resulta posible que el curso de retiro tenga esta duración, comprende por lo menos cuatro días completos, además de la noche y de la mañana de los días en que comienza y termina.

Los Supernumerarios asisten también anualmente a un curso de retiro de tres días de duración, al menos, en el que pueden participar Cooperadores y otras personas de la obra de San Gabriel. Periódicamente se procura que vayan a uno organizado exclusivamente para ellos. Si alguno no ha Podido asistir a la Convivencia anual ‑lo cual debería suceder raramente‑, conviene que ese año acuda a uno de estos últimos cursos de retiro.

Tiene mucho interés apostólico que algunos Supernumerarios estén presentes en los cursos de retiro dirigidos a los Cooperadores y amigos, siempre que hayan hecho la Convivencia anual: pero se evita que sean siempre los mismos Supernumerarios.

Como una muestra más del amor a la libertad de las conciencias, en los cursos de retiro ‑ tanto para fieles de la Prelatura como para otras personas‑, además del sacerdote que lo dirige, uno de los últimos días conviene que acuda al confesionario al menos otro sacerdote de la Obra, para que con él puedan confesarse quienes lo deseen.

Se aconseja a todos que, para sacar el mayor fruto del curso de retiro, charlen con el sacerdote que lo predica, o con otro de los que acudan para ayudarle. [112]

En los cursos de retiro y en los retiros mensuales para personas mayores, las reuniones familiares son la Misa y la acción de gracias, las Preces, la visita al Santísimo, el examen, el comentario del Evangelio y el examen de la noche, además de las meditaciones y de las charlas. En los retiros y en los cursos de retiro para los más jóvenes o, en general, para los que no lleven muchos años en la Obra, se tienen en familia, además, el Santo Rosario, la lectura espiritual, el examen de conciencia ‑Con la lectura de un guión‑, y el Vía Crucis.

El Consejo local, si lo estima conveniente, puede incluir alguna de esas reuniones también en el horario de los retiros y cursos de retiro para las personas mayores en la Obra.

En el Anexo 8 se contienen algunas experiencias prácticas sobre el desarrollo de retiros espirituales y cursos de retiro para fieles de la Obra.

Se procura que los Numerarios y Agregados asistan siempre a un retiro mensual, organizado especialmente para ellos, aunque por motivos de apostolado acudan también a otros retiros de la obra de San Rafael o de San Gabriel. Esto es particularmente importante para los Numerarios que tienen encargos de gobierno o de formación; para los Agregados que son Celadores, Consultores y aquéllos a quienes se encomiendan encargos de mayor responsabilidad; y, en general, para los mayores: de modo habitual, acuden a un retiro organizado sólo para Numerarios o Agregados.

Sin embargo, cuando en una ciudad hay sólo un Centro, y no se cuenta con suficiente número de sacerdotes, los Numerarios y los Agregados jóvenes pueden asistir a los retiros de San Rafael, añadiendo una o dos meditaciones más, exclusivamente dirigidas a ellos, y procurando que el conjunto de su retiro tenga la máxima continuidad. Los Agregados mayores pueden asistir a los retiros de San Gabriel. Pero, de vez en cuando, todos asisten a un retiro dedicado por completo a Numerarios o Agregados: en la misma ciudad, o en otra adonde puedan viajar fácilmente. Cuando hay varios Centros en una misma ciudad, se procura que ‑por lo menos cada dos meses‑ todos los Numerarios y los Agregados asistan a retiros sólo para ellos. [113]

El retiro mensual para los Numerarios dura, ordinariamente, desde el tiempo de la noche del día anterior hasta media tarde de esa jornada. Cuando, por alguna razón, se organiza en otros momentos del día, se programa con la misma duración. Como regla general, se dan tres meditaciones; y una plática o una charla, a cargo de un seglar, fuera del oratorio, de acuerdo con el temario previsto.

Si se trata de Numerarios que atienden directamente obras corporativas ‑como Residencias o centros de enseñanza‑, o hay alguna otra circunstancia apostólica que haga conveniente que dispongan de más horas para su labor, puede reducirse algo la duración del retiro ‑terminándolo, por ejemplo, a la hora de comer, si se hace por la mañana‑ durante los periodos de mayor actividad.

El retiro mensual para los Agregados, a no ser en una Convivencia o cuando excepcionalmente vivan en un Centro, termina antes de comer o antes de cenar, según se tenga por la mañana o por la tarde. Como regla general, se dan dos o tres meditaciones y una plática, o una charla, a cargo de un seglar.

Cuando resulta ineludible cambiar el día señalado para el retiro mensual, es mejor adelantarlo que retrasarlo.

A los retiros mensuales de los Supernumerarios asisten también Cooperadores y amigos. Pero, cada tres meses, habrá un retiro exclusivamente para ellos. Lo mismo que en los cursos de retiro y Convivencias, participarán en estas actividades Supernumerarios ‑habitualmente los mismos‑ de análogas condiciones sociales, profesionales, etc., pertenecientes a varios Grupos.

Es muy conveniente que los sacerdotes de la Prelatura hagan con tranquilidad su retiro mensual: de ordinario, no basta con que los dirijan. Si no resulta posible, por la escasez de sacerdotes y la abundancia de labor, dedican el tiempo necesario a su oración personal y al examen, y no preparan las meditaciones durante el retiro ni atienden a otras personas. [114]'

Cursos anuales

Cada año, los Numerarios y los Agregados asisten a uno de los dos tipos de Cursos anuales que se organizan: los Semestres, para los que están realizando los estudios institucionales; y las Convivencias, destinadas a los que no cursan o terminaron ya estos estudios. Además, algunos acuden a Convivencias especiales. Para ir a un Curso anual en otra Región, el Consejo local consulta a la Comisión Regional.

Los Cursos anuales son una ocasión de descanso y, sobre todo, un medio de formación necesario. Por tanto, no se deja de acudir por estar enfermo, salvo que la enfermedad lo impida. Si no parece posible que alguno asista al Curso anual, se consulta a la Comisión Regional. Si surgen dificultades con motivo del trabajo profesional, sería preferible incluso renunciar al sueldo por esa temporada. Si se presenta la posibilidad de acudir a congresos, reuniones internacionales, etc., se evita que impidan asistir al propio Curso anual.

Todos deben tener la idea clara de que no se acorta el Curso anual, ni con retrasos en las llegadas, ni con marchas anticipadas.

Durante los Cursos anuales, el sacerdote dirige la meditación diariamente. Para determinar las reuniones familiares, cuando los asistentes llevan ya bastantes años en la Obra, se aplica el mismo criterio que en los cursos de retiro, con la salvedad de que en este caso la oración de la tarde no se incluye entre esas reuniones: cada uno la hace en el momento que considera oportuno. Lógicamente, se ha de disponer el horario de modo que todos puedan cumplir esta Norma con paz, en las horas y lugares apropiados. De todos modos, si el Consejo local de un determinado Curso anual considera conveniente que esa Norma se viva en familia, puede decidirlo con libertad. Además, es muy aconsejable rezar en familia el Rosario, al menos en los días en que se tiene la exposición con el Santísimo Sacramento.

Desde el principio se determina el horario de confesiones, y se comunica a todos. Como regla general, no es oportuno que coincida con el tiempo de la oración de la tarde o con otra reunión familiar: se estable [115] ce en otros momentos del día, que vayan bien al confesor y a los demás asistentes al Curso anual.

En los Cursos anuales a los que asiste un número elevado de sacerdotes, si algunos quieren concelebrar a veces, se han de cuidar muy bien todos los aspectos, para que la concelebración eucarística resulte digna. En el altar del oratorio, se organiza sólo de vez en cuando, para que la Misa a la que asisten los laicos que participan en el Curso anual no sea todos los días concelebrada.

El Consejo local de un Curso anual puede modificar el plan de estudio previsto para alguno de los asistentes, sí concurren circunstancias especiales, como cansancio excesivo, etc.; en estos casos, como es lógico, advertirá luego, o durante ese tiempo, a la Comisión Regional.

Si donde se desarrolla el Curso anual no existen instalaciones deportivas, se ha de determinar con antelación a qué sitios se acudirá: unos lugares con buen ambiente moral y acorde con la vida cristiana de los Numerarios y Agregados. Evitan, por eso, playas, ambientes frívolos o lujosos, etc.; tampoco van de ordinario a fincas de Supernumerarios, aunque la iniciativa parta de éstos. En cualquier caso, el sentido de responsabilidad llevará a evitar gastos desproporcionados.

Si se hacen excursiones durante los Cursos anuales, no duran más de un día, y no se pasa la noche fuera ni se va a un lugar lejano.

Además, se pueden organizar periódicamente breves Convivencias especiales, en las que se den a conocer a los que llevan poco tiempo en la Obra las diversas facetas del espíritu del Opus Dei, y se les oriente en el apostolado.

Convivencias de Supernumerarios

Para los Supernumerarios, la Convivencia y el curso de retiro anual constituyen una parte importantísima de la formación espiritual y doctrinal que les proporciona la Prelatura. Por esta razón, los Directores hacen todo lo posible para que no falten a esos medios, porque significaría [116] una laguna importante en su formación. Es preciso insistir a lo largo del año en estos temas, de modo que todos pongan el máximo interés en acudir puntualmente, previendo y superando los posibles obstáculos, con la ayuda y las orientaciones del Consejo local.

Si alguno por negligencia o comodidad, por no valorar suficientemente este medio de formación, etc., tuviera un descuido en este aspecto tan importante, habría que poner remedio enseguida, porque peligraría algo fundamental: la vocación.

Los Consejos locales, por conocer a sus hermanos a fondo, están en condiciones de saber cuándo un Supernumerario encuentra dificultades objetivas para asistir a una Convivencia de siete días de duración; entonces facilitan ‑con la lógica flexibilidad, que no significa menor exigencia‑ una solución distinta, entre las previstas por la Comisión Regional; y toman esas decisiones con criterio restrictivo, porque la finalidad exclusiva de esas excepciones consisten en ayudar a quienes, de otra forma, quedarían privados de ese medio de formación.

Formación profesional

Las ciencias humanas, en sus aspectos más hondos y básicos, guardan siempre relación ‑ más o menos directa‑ con el contenido de la fe, que debe fecundar todos los progresos del saber. Por su vocación específica, los fieles de la Prelatura tienen especial aptitud y responsabilidad en esta tarea de la iglesia: de una parte, su formación profesional, realizada con vigor y empeño, les lleva de modo espontáneo a buscar soluciones conformes con la fe cristiana, porque toda ciencia verdadera conduce a Dios; de otra, la honda formación doctrinal‑ religiosa que la Obra les proporciona, fortalece y asegura su mente en las verdades divinas y, por tanto, les facilita ‑con luces nuevas‑ acertar en las humanas. Además, los Directores estimulan a cada uno ‑de modo particular a quienes se preparan para desempeñar labores de docencia o investigación a ampliar y profundizar concretamente en aquellas facetas de la doctrina católica, que más atañen a los aspectos básicos de su profesión civil. [117]

La marcha de la formación profesional de las personas de la Obra ha de ser objeto de particular atención por parte del Consejo local, para asegurar que alcancen un fundado y auténtico prestigio profesional, basado en un estudio y un trabajo constantes y bien hechos. En los Centros en donde hay estudiantes, un miembro del Consejo local ‑con la ayuda de una o de varias personas del Centro, si se requiriera‑ se puede encargar más directamente de esta labor. Y, como se ha hecho siempre, se ha de fomentar que los alumnos de los últimos años de universidad orienten a los de los primeros cursos y a los de bachillerato.

Los fieles del Opus Dei son libérrimos en los asuntos temporales, lo mismo que todos los demás católicos, sus iguales (cfr. Statuta, n. 88 § 3), sin más límites que los señalados por la doctrina de la Iglesia. Cada uno piensa y actúa según sus personales preferencias.

Los Numerarios y los Agregados están libremente dispuestos a abandonar la labor profesional más floreciente o cualquier trabajo personal, por fecundo que sea, para dedicarse aun a las tareas más humildes, si así se lo piden los Directores, para mejor servir a la Iglesia y a las almas, arreglando ‑como es obvio‑ las cosas para que, al dejar aquella labor profesional, no se cause un daño injusto a otras personas o entidades.

Estímulo y orientación en la formación profesional

Al menos una vez al año, los Consejos locales de los Centros de Numerarios y de Agregados informan a la Comisión Regional sobre los estudios de las personas del Centro, indicando sus calificaciones, con las observaciones oportunas, para que ‑si es el caso‑ den orientaciones para ayudarles a rendir mejor en su trabajo.

Los Numerarios han de obtener el título académico que, según la legislación del país, permite el ejercicio de la respectiva profesión universitaria.

Es muy recomendable que todos los que puedan, y especialmente los que posean condiciones y aptitudes para la docencia a nivel superior, [118] consigan además el título máximo que se otorgue en su carrera: doctorado, master, etc. Pero esta dedicación a los estudios no exime ‑como a cualquier padre de familia‑ de la obligación de sostenerse económicamente y de desempeñar con eficacia el encargo apostólico concreto.

Es natural que alguno, al mismo tiempo que cursa estudios universitarios, siga además determinadas enseñanzas ‑magisterio, etc.‑ de especial interés apostólico, aunque en el país no tengan consideración de enseñanza superior. En determinados casos, esas razones apostólicas pueden hacer claramente aconsejables esos estudios.

Los Directores han de conocer las condiciones personales de los fieles de la Prelatura, de modo que les puedan encomendar aquellas labores y tareas apostólicas que estén más en consonancia con sus aptitudes. Este conocimiento, que han de adquirir desde que los interesados piden la admisión, y especialmente, en el caso de los Numerarios, durante su estancia en el Centro de Estudios, permitirá también orientarles para que, en armonía con la total libertad profesional que cada uno tiene, se dediquen a las actividades para las que estén más dotados.

No se ha de olvidar, por otra parte, que algunos obstáculos que llegan a presentarse en la vida interior de una persona, pueden ser ocasionados, a veces, por las dificultades que encuentra al realizar un trabajo o al desempeñar una profesión u oficio, para los que no reúne condiciones. Con frecuencia, basta un cambio de actividad y desaparecen totalmente esos obstáculos.

A los Agregados y Supernumerarios que no cursan estudios superiores, desde que solicitan la admisión, se les aconseja oportunamente para que adquieran y mejoren la formación cultural, profesional y humana, propias de su ambiente social. El Consejo local procura disponer de los datos necesarios, contando con la ayuda de los Celadores o de otros Agregados o Supernumerarios mayores, para orientar adecuadamente a los más jóvenes, de modo que se encaminen con libertad hacia tareas para las que estén bien capacitados, y en las que puedan realizar una honda labor apostólica. [119]

Los Directores ‑siempre con el propósito de que la luz de Cristo impregne todos los campos de la actividad humana‑ tendrán la preocupación de descubrir entre las personas de la Obra y entre los chicos de San Rafael, que comiencen sus estudios universitarios, a aquéllos con condiciones para dedicarse a estudios de carácter humanístico: Filosofía, Historia, Literatura, Periodismo, Derecho, Sociología, etc. Sin disminuir de ningún modo su libertad en la elección de carrera, pueden ayudarles a superar los prejuicios que, por un motivo económico o social, existen en algunos países en relación con esas carreras. Conviene hacerles valorar el gran influjo ‑también apostólico‑ que ejercen en la sociedad quienes se dedican profesionalmente a esas actividades, si, reuniendo aptitudes, adquieren la oportuna preparación y experiencia, y viven coherentemente su fe. Los Directores pueden presentar también esta sugerencia a personas con estudios muy avanzados o terminados en otras direcciones científicas, si ven que están bien dotados para desarrollar un trabajo de este tipo.

Puede suceder que algún padre quiera imponer a su hijo una orientación profesional contra la voluntad del interesado, y pretenda el apoyo de los Directores. En estos casos, se le ayudará a comprender que los Directores se limitan a proporcionar, a los fieles de la Prelatura, una orientación sobre la profesión o la especialidad que consideran que está más de acuerdo con sus aptitudes personales, y con la que parece que puedan dar a Dios más gloria. Pero les recordarán que el interesado decide con absoluta libertad, aconsejándose con quien le parece oportuno.

Cada fiel de la Prelatura usa libre y responsablemente los medios que desee, que serán muy variados, para dar a conocer su labor profesional: enviar reseñas; invitar a periodistas para que asistan e informen sobre una conferencia; publicar la noticia de haber obtenido una cátedra o un premio científico, académico o cultural; procurar ser entrevistado; ofrecer un resumen de la intervención en un congreso nacional o internacional; promover recensiones sobre un libro; dar facilidades a los periodistas para que informen sobre las propias actividades profesionales; gestionar la aparición en libros de consulta ‑tipo Who’s Who‑ tanto generales como especializados, etc.; pero siempre con el afán real de [120] trabajar para la gloria de Dios, con la decisión actual de abandonar ‑corno ya se ha dicho‑ la carrera más floreciente, para servir a la última persona que necesita ayuda.

Como es natural, los miembros de la Obra conocidos en la vida pública ‑de su país o internacional‑ toman la iniciativa, para que sea correcta la información que figure sobre ellos en los archivos de agencias de prensa, servicios de documentación, diarios y otros medios de comunicación social.

Formación apostólica

Con el impulso y la exigencia amable de los Directores, los fieles de la Obra ‑Numerarios, Agregados y Supernumerarios‑ deben hacer un apostolado intenso y extenso, para llevar a Cristo a los diversos niveles de la sociedad. Es preciso abrirles horizontes amplios con el fin de que, como fruto de una profunda vida interior, descubran que todo en su actividad ha de ser apostolado y proselitismo continuos, primordialmente entre sus compañeros de profesión y en su ámbito familiar y social, donde han de actuar con ejemplaridad.

La formación apostólica tiende a que, en todos los ambientes de la sociedad, haya personas intelectualmente preparadas para servir a la Iglesia con un eficaz apostolado de la doctrina, a través de su propio trabajo profesional.

Los Directores han de enseñar a sus hermanos ‑sobre todo en los comienzos de su camino en la Obra‑ a realizar un apostolado personal de amistad y confidencia, concreto y audaz, sin limitarse a "invitar" a otras personas a las actividades de formación. Procuran que amplíen el número de amigos y traten de llegar especialmente a los que reúnan más condiciones de selección. Para esto, el Consejo local y el encargado de Grupo deben conocer las posibilidades y circunstancias de cada uno, para exigir, animar, orientar.

Además, los Directores asignan a cada uno un encargo apostólico concreto, concorde con sus posibilidades reales, de manera que se esti [121] mule su sentido de responsabilidad y se sienta útil, colaborando en la tarea de hacer el Opus Dei.

Conviene impulsar a las personas mayores a buscar, con iniciativa nuevos campos apostólicos, sobre todo si no desempeñan un encargo de formación: atención de los Cooperadores, trato con antiguos alumnos de obras corporativas, iniciar la labor apostólica en un barrio o en una ciudad, etc.

El término proselitismo ha sufrido una evolución en el lenguaje, como otros términos muy arraigados en la tradición ascética cristiana. Primero fue empleado por los hebreos para designar acciones encaminadas a acercar a la fe en Yahweh e incorporar al Pueblo de Dios a personas que no pertenecían a Israel. De ahí lo tomó el lenguaje cristiano, en el que, desde muy antiguo, designa el celo apostólico para anunciar a Cristo e incorporar nuevos fieles a la Iglesia; o bien, en otros momentos, para atraerlos hacia alguna de las instituciones surgidas en el seno de la comunidad cristiana. En este sentido lo usó nuestro Padre, poniendo siempre de relieve tanto la hondura con que debemos sentir el afán apostólico, como el hecho de que no somos nosotros, sino Dios, quien llama al Opus Dei; de manera que cada persona debe situarse ante el Señor para percibir si tiene vocación a la Obra y responder en conciencia y con plena libertad (cfr. Conversaciones, n. 104).

Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX ha comenzado a difundirse una acepción peyorativa de este vocablo, aplicándolo a actuaciones en las que, para atraer hacia el propio grupo, se usa de violencia o de coerción o de algún modo se fuerza la conciencia o se manipula la libertad. Este modo de actuar es, como resulta claro, ajeno por entero al espíritu cristiano; de ahí que, al usar indebidamente con ese significado el término proselitismo, el concepto resulte injustamente afectado, sobre todo en algunos ambientes, por una valoración negativa.

Esa evolución semántica se ha producido de modo inconsciente en algunos casos; en otros ha sido, en cambio, fruto de una actuación preconcebida, inspirada de forma más o menos clara por el reprobable deseo de dificultar la acción apostólica de los católicos, o de los cristianos [122] en general, e incluso de inhibirla. Refiriéndose a quienes utilizan la palabra proselitismo como acusación para propalar temores ante la acción apostólica de los fieles, Juan Pablo II escribió que lo hacen «quizá con el fin de arrancar a la Iglesia el coraje y el empuje para acometer su misión evangelizadora. Y esa misión pertenece a la esencia de la Iglesia» (Cruzando el umbral de la esperanza, p. 127).

No hay motivo para dejar de usar ese vocablo. No obstante, conviene estar informados de la evolución de su significado, para tenerlo en cuenta y para hablar de manera que no se dé lugar a equívocos.

Hay que enseñar a todos a referirse con exactitud, en las conversaciones y en los escritos, a la realidad teológico‑jurídica del Opus Dei, resaltar que la Prelatura forma parte de la estructura jerárquica de la Iglesia y que, por tanto, no se la puede confundir con movimientos, instituciones de vida consagrada, asociaciones, etc. Todos han de saber rechazar con gracia las comparaciones con instituciones de vida consagrada o movimientos apostólicos, que pueden oscurecer la realidad de la Prelatura. Los miembros del Opus Dei son sacerdotes seculares y fieles corrientes.

Como nuestro Padre recordaba con frecuencia, lleno de agradecimiento al Señor, la Obra es una de las instituciones de la Iglesia más amadas en el mundo, y son multitud las personas de toda raza y condición, que se acercan a Dios a través del apostolado de los fieles de la Prelatura. Es ésta una realidad que no podemos olvidar, cuando alguno encuentre personas que no entiendan lo que es el Opus Dei, o incluso lo ataquen. Aparte de que son muy pocos, en comparación con el número de los que aprecian sinceramente la Obra, en la mayor parte de los casos nadie les ha explicado nunca la naturaleza, el espíritu y la misión de la Prelatura, y quizá se han forjado una idea superficial o deformada, a partir de unas referencias que no corresponden a la realidad.

Sin embargo, no hay que olvidar que existen personas y organizaciones que rechazan explícitamente la doctrina cristiana, o la deforman con falsedades y prejuicios de todo tipo. No tiene nada de extraño, por eso, que algunos ‑precisamente por la lealtad de los fieles de la Prela [123] tura a la Iglesia y al Romano Pontífice‑ ataquen calumniosamente a la Obra: son hechos que se han repetido siempre en la historia del Cristianismo.

Esas dificultades, cuando se presentan, no nos han de quitar la paz ni el optimismo, ni pueden empañar el celo apostólico, al contrario, han de empujamos a explicar la Obra a todos los que nos rodean, para que la conozcan y la aprecien, no corno algo "nuestro", sino como una gran misericordia de Dios con todas las almas. Si en alguna ocasión surgen incomprensiones, no las mencionamos sin necesidad en la labor apostólica personal o en las conversaciones con otros fieles de la Prelatura, porque sería atribuirles un realce que no tienen ni se merecen.

Como una manifestación más de la universalidad, tan propia del espíritu de la Obra, se procura fomentar ‑sobre todo, entre los Numerarios‑ el deseo de estudiar idiomas y conocer la cultura de otros países; en primer lugar, el castellano, lengua de familia en la que están escritos los documentos originales de nuestro Fundador y en la que se redactan los documentos de gobierno. Es oportuno que muchos estudien algunas de las lenguas más difundidas ‑inglés, francés, alemán‑ y los que tengan mayor facilidad para los idiomas, algunos de los numerosos idiomas de los países de Europa central y oriental, Asia, etc.

Configuración cristiana de la sociedad

Quienes han sido llamados por Dios a santificarse y a santificar el mundo desde dentro, no pueden conformarse con un cristianismo tibio, o ausente de las necesidades de cada época, refugiado en una espiritualidad ajena a la edificación de la sociedad.

La misión que el Señor nos ha confiado y el carácter plenamente secular de la vocación a la Obra tienen como consecuencia que ningún acontecimiento, ningún quehacer humano es indiferente a los fieles del Opus Dei: todas las tareas humanas honradas constituyen ocasión y motivo para hacer el bien a las almas y acercarlas más a Dios. [124]

Por ejemplo, ante los problemas e injusticias sociales, los cristianos, de acuerdo con las continuas llamadas del Magisterio de la Iglesia, no pueden limitarse a lamentar la difusión de doctrinas y prácticas erróneas, ni a evitar caer en esos errores. Es ineludible sentir la responsabilidad ‑cada uno en el sitio que ocupa en el mundo‑ tanto de vivir seriamente la justicia, con caridad, como de ayudar a que los demás la vivan.

Por este motivo, los fieles de la Prelatura procuran estar presentes en las actividades sociales honradas que se originan o influyen, directa o indirectamente, en el convivir de los hombres: en los colegios profesionales, en los sindicatos, en las corporaciones municipales y regionales, en asociaciones públicas de ciudadanos, etc. Cada uno toma parte en esas tareas desde su propia posición social y en la forma más adecuada a sus circunstancias ‑y, por supuesto, con absoluta libertad personal y la consiguiente responsabilidad también personal‑, aisladamente o en colaboración con los grupos de ciudadanos que considere oportuno.

Esta participación en la cosa pública no es la actuación política en sentido estricto, a la que, como resulta evidente, sólo unos pocos se sienten inclinados a dedicarse profesionalmente; sino la propia de todo ciudadano responsable, y a la que los miembros de la Obra se ven urgidos, por los mismos motivos humanos nobles que sus iguales, los demás conciudadanos; y también por afán apostólico, por deseo de llevar a cabo una labor de paz y de comprensión, en medio de los más diversos afanes y situaciones.

Un aspecto importante de este apostolado de revitalización cristiana de la sociedad, consiste en fomentar la relación y la colaboración entre personas y entidades, para difundir las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. Se facilitará así ‑con don de lenguas‑ que su mensaje llegue completo a todos, de un modo que lo entiendan y, con la gracia de Dios, ilumine las mentes y dirija la conducta y los afanes de los hombres, de las familias, de las instituciones, de la sociedad entera.

Por desgracia, siempre ha habido individuos o grupos que, mezclando arbitrariamente las verdades de fe con sus preferencias de orden temporal, tratan de imponer a los demás, como doctrina de la Iglesia, sus personales convicciones; y tampoco faltan quienes ponen etiquetas [125] ‑con las que se suelen designar los extremismos‑ a los que únicamente pretenden mantener una coherente actitud cristiana, para resolver positivamente los problemas que se plantean en la sociedad.

En la tarea de formación, los Directores ayudan a los fieles de la Prelatura para que no se dejen influir por esa visión deforme, que aplica moldes políticos al hecho sobrenatural de la fe, limitando injustamente la libertad de los fieles. Sería inconcebible que alguno se quedara amedrentado e inactivo, por temor a esas etiquetas. Al contrario, es entonces el momento de profesar con claridad la fe cristiana, de lanzarse al apostolado, de dar testimonio de rectitud moral y de piedad sin ambigüedades.

La lectura y comentario a fondo de los escritos de nuestro Padre (cfr., por ejemplo, las Cartas del 28‑III‑1973 y del 14‑II‑1974) constituye una magnífica oportunidad para enseñar a todos a ser audaces, a no acobardarse por ciertas propagandas que coaccionan las conciencias; a sembrar la buena doctrina decididamente y con don de lenguas; a extender con caridad y optimismo la verdad de Cristo, sin concesiones que la desvirtúen; a exponer sin reducciones las exigencias morales de la doctrina cristiana.

Los Directores y los sacerdotes procuran que se transmitan estos criterios a cuantos participan en las labores de San Gabriel y de San Rafael, repitiendo los conceptos en la predicación, en los Círculos, en la dirección espiritual personal, y explicando modos prácticos de exponerlos a los demás con gracia y modo atrayente.

Por otro lado, hay que formar a los Supernumerarios, Cooperadores y chicos de San Rafael para que no permitan que ‑por un falso concepto de naturalidad o de adaptación indiscriminada al ambiente‑ se infiltren en sus vidas, o en las de sus parientes o amigos, modos de comportarse, de vestir o de hablar impropios de cristianos consecuentes con su fe: es necesario conservar la delicadeza de quien sabe lo que vale su alma.

Los Directores recordarán oportunamente a todos que tienen la grave responsabilidad de no desentenderse de los problemas que les rodean. Han de lograr que sean conscientes de que hay una fuerte presión de corrientes de moda, espectáculos, publicidad, etc., que con falaces ar [126] gumentos estéticos y de naturalidad, bien orquestados por campañas de opinión y propaganda en los medios de comunicación, atentan al más mínimo sentido del pudor, llegando a proferir alabanzas, en nombre de la libertad, a comportamientos inmorales y amorales. Ofuscando la dignidad de la persona ‑a través de un modo indecente de vestir, de hablar y de comportarse‑, arrastran a muchas otras, hasta hacerles perder la capacidad de entender y desear los verdaderos bienes humanos: el valor de la familia y de la fidelidad matrimonial, la belleza de las virtudes, etc. La coacción que ese ambiente ejerce, se convierte así en un serio inconveniente para quienes desean llevar una vida cristiana, y dificulta no pocas veces la entrega a Dios en celibato apostólico.

Para contrarrestar esta atmósfera enrarecida, se fomentará en todos la responsabilidad de difundir sólidos principios éticos y antropológicos en este ámbito, por medio del apostolado personal, de intervenciones en los medios de comunicación y con ocasión de diversas actividades.

Es importante llegar a tratar individualmente a personas influyentes en el sector de la moda (profesores de escuelas de diseño, estilistas, empresarios y fabricantes en la industria textil o de confección), agentes de publicidad, operadores de internet, responsables de los medios de comunicación en el mundo del cine y de los espectáculos.

Los Consejos locales estarán especialmente pendientes ‑el primer apostolado es el del ejemplo‑ de que las actividades que se organicen en los Centros, y el material gráfico y escrito que usen para darlas a conocer, tengan una clara identidad cristiana y muestren, tanto por los temas que se afrontan como por las fotos que aparecen, un tono humano correcto y adecuado a la actividad de que se trate.

El trabajo de los que se dedican a la enseñanza

Las personas de la Obra que trabajan profesionalmente en el campo de la enseñanza, realizan una honda labor apostólica con sus clases y la dedicación a los alumnos; con sus relaciones profesionales, acercan [127] do a sus compañeros de trabajo al calor de nuestros apostolados; con sus publicaciones, en las que, con altura científica, procuran abordar cuestiones que sean también ocasión para dar doctrina; con su presencia en congresos y reuniones nacionales e internacionales, en los que contribuyen a dar orientación y sentido cristianos, etc.

Además, como consecuencia de su vocación cristiana, un profesor ‑si es coherente‑ deja siempre claro en toda su labor docente el poso de la fe: la garra apostólica, la necesidad de mostrar la armonía entre ciencia y fe, pues no cabe oposición alguna. Incluso al explicar materias técnicas o instrumentales ‑por ejemplo, la estadística o la contabilidad, en el campo de la economía, etc.‑, hace patente que esos conceptos y nociones se han de ordenar al bien de la persona, en el marco de un conocimiento verdadero del obrar humano y, más concretamente, de la naturaleza y del sentido del trabajo, que debe estar dirigido a Dios. En cualquier materia, un buen profesor sabe exponer ‑en sus clases e investigaciones‑ el sentido y el valor del trabajo en la sociedad, los criterios éticos relativos a la profesión, la necesidad de cooperar al bien; e inculca a los alumnos un serio interés ante los problemas morales, deontológicos y sociales más afines, y un profundo sentido de responsabilidad ante la recta solución de estas cuestiones.

Junto al enfoque claramente cristiano de sus lecciones, movidos por su celo apostólico, han de buscar el trato personal con los alumnos varones en conversaciones que ‑además de estudiar y resolver cuestiones docentes‑ lleguen a transmitir, con naturalidad, un ejemplo de vida cristiana íntegra. Sin temores ni inhibiciones, hablan de Dios, abren horizontes de servicio en la profesión, para el bien de la sociedad, e inciden hondamente en las vidas de sus alumnos, realizando un verdadero apostolado de amistad y de confidencia.

Así, podrán hacerles ver la necesidad de una formación cristiana profunda y tratarán de acercar ‑a quienes reúnan condiciones‑ a los medios de formación de la labor de San Rafael. Para esta tarea, pueden pedir ayuda a otros fieles de la Prelatura o a personas en contacto con la labor, participan en actividades culturales promovidas por los Centros [128] de San Rafael; dirigen en esos Centros seminarios profesionales o clubes; desarrollan una tarea de preceptuación; o ponen en práctica otros medios que su propio espíritu de iniciativa les hará descubrir.

Desde el principio ha de quedar muy claro que la invitación a una persona a participar en medios de formación cristiana no condiciona de ningún modo las cuestiones académicas. Sería poco razonable que algún profesor invitase a toda una clase a conocer o a participar en las labores de un Centro, Residencia, club, etc.; mucho mejor será que vaya tratando individualmente a los demás profesores, sus colegas. Con naturalidad y sin prisas, surgirán espontáneamente comentarios sobre las actividades que se llevan a cabo en los Centros de la Obra; de esta forma, con el tiempo, estos Centros llegarán a ser bien conocidos, y muchos de los colegas podrán apreciar y agradecer la labor que se desarrolla.

Los buenos profesores y maestros, desde la enseñanza secundaria hasta la superior, como parte integrante de su vocación docente, suelen reunir a su alrededor -por motivos didácticos, de trabajos especiales o de investigación- grupos de alumnos selectos, a quienes prestan una atención más intensa, para formarles y transmitirles su saber.

Así, también los fieles de la Prelatura, que trabajan en estas tareas, procuran crear escuela, equipo: reunir a su alrededor un grupo de discípulos, a cuya atención y formación dedican el tiempo necesario.

Esos grupos o escuelas nunca serán o podrán considerarse -ni por su doctrina, ni por las personas que los componen- como grupos o escuelas del Opus Dei, sino de aquél que las ha formado o impulsado: son siempre una labor profesional suya, iniciada libre y responsablemente, y conducida según su criterio. El Opus Dei no tiene corporativamente ninguna escuela de pensamiento propia; el espíritu de la Obra impulsa no sólo a no formar nunca grupo con otros miembros de la Prelatura, sino a abrirse en abanico.

Se recuerda periódicamente a todos los que se dedican a la enseñanza en cualquier tipo de institución -también a los Cooperadores-, que han de sentir la responsabilidad profesional y apostólica de consti [129] tuir esas escuelas de alumnos selectos, para tratarlos y formarlos. Muchas veces —cuando esos estudiantes reúnen condiciones—, para ayudarles más en su formación, pueden orientarles con toda naturalidad, a través de terceras personas, hacia la labor de San Rafael.

No es prudente -se trata de evitar que nos confundan con los religiosos o que interpreten que interferimos en sus fines- que los Numerarios y los Agregados sean profesores en centros de enseñanza dirigidos por religiosos o religiosas; ni, en general, que realicen cualquier otro trabajo profesional en colaboración con esas personas. Si en algún caso excepcional se diera esa circunstancia, convendría ponerla previamente en conocimiento de la Comisión Regional.

Cuando un Numerario o un Agregado recibe una propuesta de trabajo como profesor en un centro de enseñanza superior o media, dependiente de la Iglesia, no dirigido por religiosos, para obrar prudentemente, antes de aceptar lo comunicará al Consejo local de su Centro, éste lo pone en conocimiento de la Comisión Regional.

Las personas de la Obra que son profesores procuran publicar -con cierta continuidad- libros, ensayos, artículos, etc., sobre las materias de su especialidad, que contribuirán también a aumentar su prestigio profesional y -por su coherencia doctrinal- a acrecentar su apostolado.

Orientaciones acerca del modo de llevara la práctica las enseñanzas del Magisterio sobre la dignidad de la persona y su responsabilidad social

El empeño verdadero por instaurar la justicia y por remediar la miseria, la ignorancia o el abandono en el que tantos se debaten, es consecuencia de una conducta cristiana auténtica, que se manifiesta concretamente en el desprendimiento personal, en la sobriedad, en la templanza y en todo el tenor de vida. Es preciso estar muy vigilantes para no dejarse arrastrar, casi sin percibirlo, por el hedonismo materialista de una sociedad que incita a no privarse de nada: al consumo superfluo y de [130] senfrenado, al capricho de acumular cosas, o de cambiar constantemente las que se usan por otras nuevas, etc.

No se ha de caer por esto en una visión negativa del empleo de los bienes materiales, pero hay que estar atentos y formar bien el criterio, para que el comportamiento personal responda fielmente, en la práctica, a las exigencias cristianas. Como nos enseñó nuestro Padre, somos del mundo y lo amamos apasionadamente, pero no somos mundanos. No hay que tener miedo a ir contra corriente. Dios cuenta con nuestro ejemplo para remover a muchas personas y ayudarles a cambiar de conducta.

En la labor apostólica es necesario despertar las conciencias, especialmente las de aquéllos que disponen de más medios económicos o de mayor posibilidad de influjo en la sociedad. Hay que recordarles que lesionan la justicia si se comportan como dueños absolutos e irresponsables de esos medios, porque deben sentirse, y ser en la práctica, administradores de los bienes y de los talentos que poseen, comenzando por llevar una vida sobria y templada; es preciso subrayarles igualmente que no pueden permanecer pasivos ante las necesidades materiales del prójimo -las omisiones en este terreno pueden ser graves-, ni tranquilizarse con destinar una parte de sus beneficios o algo de su tiempo a labores sociales, si no practican la justicia y la caridad en su trabajo profesional y en todas sus actividades.

Como es evidente, los deberes de estricta justicia no se satisfacen limitándose a cumplir las leyes civiles, ya que existen obligaciones de justicia que no están exigidas legalmente (en las relaciones laborales -trato con los empleados o con los colegas de trabajo-, en la utilización de los recursos pensando en el bien común, incluso a costa de ciertos riesgos, etc.). Al mismo tiempo, también se debe enseñar que no basta la justicia, porque pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Jn 4, 16) (Amigos de Dios, n. 172).

Se ha de prevenir a muchas personas sobre una posible tentación: pensar que las exigencias sociales del cristianismo -y de la misma ética- son incompatibles con la eficacia del trabajo, en un mundo dominado por criterios economicistas. Un cristiano -y también cualquier [131] persona que se guíe por la moral natural no puede subordinar todo a la obtención de beneficios, ni emplear medios ilícitos -aunque no falten quienes los utilicen- para obtener ventajas materiales. Al mismo tiempo, sería un error- concebir la moral cristiana como un conjunto de trabas, olvidando su carácter eminentemente afirmativo, que impulsa vivir todas las virtudes, muchas de las cuales -como la lealtad, la laboriosidad, la magnanimidad, etc.- tienen repercusión inmediata en el mismo rendimiento humano del trabajo.

Para practicar y enseñar a poner en práctica las exigencias de la Doctrina social de la Iglesia, la Obra proporciona una formación abundante, que todos debemos aprovechar. En la medida que lo requiera la situación de cada uno, es necesario además el estudio personal, la lectura de los documentos del Magisterio y de otros libros de recta doctrina que interesa conocer y aconsejar.

Nadie puede conformarse con las ideas generales: es preciso enseñar su aplicación descendiendo a detalles prácticos: sin imponer -claro está- soluciones opinables, pero ayudando a la formación de una conciencia recta, para lo cual es también de particular importancia la dirección espiritual personal, que nos impulsa a mantener el alma sinceramente abierta y sensible ante los requerimientos de las virtudes, a saber descubrir con personal responsabilidad la voluntad de Dios en todas nuestras actuaciones.

La gran tarea de la evangelización de la sociedad implica tomarse muy en serio la necesidad de dar un verdadero testimonio cristiano en la realización de los deberes familiares, profesionales y sociales. Así, los hombres se sentirán atraídos a conocer a Jesucristo, a amarle y a seguirle. Sin esta fuerte unidad de vida, la piedad y el apostolado se reducirían a una caricatura de la íntegra conducta cristiana.

En la labor de San Gabriel, es urgente repetir pedagógicamente y con constancia que la responsabilidad social debe manifestarse, necesariamente, en el tono de vida. Para esto, no se puede tener miedo a exigir llevando a las personas por un plano inclinado, pero hablando claramente ante actitudes que chocan con el comportamiento de un cristiano [132] consciente de sus deberes sociales. Compete a todos, y de modo peculiar a los Supernumerarios, descubrir cada vez con mayor profundidad, en qué consiste realmente la mentalidad de padre de familia numerosa y pobre, que ha de orientar los diversos aspectos de su actuación.

A título de ejemplo, se señalan algunos desaciertos que, si se diesen, serían ocasión para formar positivamente el criterio, con la corrección fraterna:

- realizar viajes largos y costosos, por motivos banales (además, cuando se trata de planes contratados con una agencia, con frecuencia incluyen la visita o la estancia en lugares de ambiente frívolo); hacer en otros países compras indiscriminadas, por capricho o vanidad, etc.;

- imitar costumbres que se ponen de moda en ciertos ambientes de "alta sociedad" y que suponen una evidente falta de templanza: fiestas exageradas y objetivamente costosas con ocasión de aniversarios familiares, de haber concluido algún hijo los estudios, etc., con regalos desproporcionados y lujos inadmisibles;

- gastos enteramente superfluos, por antojo o por la presión de una sociedad de consumo que lleva, por ejemplo, a adquirir lo último que sale al mercado (diversos televisores, vídeos, electrodomésticos varios, ropa o calzado de una determinada marca, etc.); a utilizar con ligereza tarjetas de crédito; a consentir a los hijos cuanto se les ocurre, con gastos innecesarios, etc.

Estos u otros comportamientos parecidos resultarían más graves e incoherentes aún en países donde sean frecuentes las situaciones de pobreza y de miseria, ante las que un cristiano no puede vivir de espaldas. En la labor con personas que disponen de más recursos económicos, se enseña a desenmascarar posibles excusas -falsas "exigencias" del ambiente social en que se mueven, o del otro cónyuge, etc.- para realizar gastos de ese tipo. Puede tratarse, en algún caso, de amigos que colaboran generosamente con sus aportaciones a las labores apostólicas: la disponibilidad de esos amigos debe constituir un acicate -nunca un freno- para recordarles con claridad sus deberes cristianos. [133]

Difusión de la devoción a nuestro Padre

Como nos escribía don Álvaro en 1978, hablar de nuestro Fundador, dar a conocer su vida y su doctrina se integra ya, como elemento importantísimo, en la misión divina que hemos recibido y que nos urge a promover la busca de la santidad en medio del mundo (Cartas de familia (2) n. 166). Por eso, sus hijos de todos los tiempos aprovechamos con gusto cualquier oportunidad, para que otras personas veneren a nuestro Padre y se beneficien de su intercesión delante de Dios. Es una manifestación de cariño, es un modo filial de agradecer su heroica fidelidad, es un servicio a la Iglesia. Y es, no lo olvidéis, la nueva arma de apostolado que nos ha regalado el Señor (Ibid.).

Un medio muy eficaz, para propagar esa devoción, se concreta en enviar a mucha gente Hojas informativas y estampas de nuestro Fundador. Todos nos sentimos urgidos a lograr que aumente el número de suscriptores de la Hoja informativa, entregando ejemplares a personas que aún no la reciban. Con este fin, en los Centros se conservan ejemplares suficientes de cada número publicado, y también estampas. El Consejo local procura darles una rápida salida; y solicita a la Comisión Regional nuevos ejemplares, cuando esté para agotarse el depósito disponible.

Al difundir las estampas y las Hojas informativas, es lógico aprovechar esas ocasiones para hablar de nuestro Padre, incluso a personas alejadas de Dios. Así se da a conocer su vida santa y su poderosa intercesión, de manera que muchas almas acudan a nuestro Fundador, como a eficaz intercesor ante el Señor, en sus necesidades espirituales y materiales. Los sacerdotes colaboran muy intensamente en esta tarea, en el confesionario, en la predicación y, en general, en la dirección espiritual,

A los que acuden a la intercesión de nuestro Padre, se les recuerda que un modo concreto de agradecer los favores recibidos es dejar constancia escrita del beneficio alcanzado. En estas relaciones, conviene precisar qué tipo de favor o gracia se ha conseguido, y narrar todos los detalles posibles, a no ser que en algunos casos no resulte prudente o delicado descender a esos pormenores, porque atañen a la intimidad de la conciencia. Ordinariamente se hacen constar también el [134] nombre completo y la dirección de la persona interesada, por si fuera necesario pedir alguna aclaración. Estas relaciones se envían a la Comisión Regional lo antes posible, en cuanto se tiene conocimiento de un favor. Si se prevé que quien ha obtenido el favor -por dificultades de tiempo o por otros motivos- no redactará la relación correspondiente, cabe la posibilidad de ofrecerse a poner por escrito lo sucedido, presentándoselo después para que lo lea y corrija, si hace falta, y para que lo firme, si lo desea.

Entre las manifestaciones de la devoción popular a nuestro Padre, en algunos países se va difundiendo la costumbre de dedicar a su nombre iniciativas de todo tipo: educativas, laborales, asistenciales, comerciales, etc. Aunque se trata de muestras de piedad cristiana, en las actividades promovidas por miembros de la Obra seguiremos lo que señaló nuestro Padre: no usar nombres de santos o beatos, o eclesiásticos. Cuando alguna persona ajena a la Prelatura tome una iniciativa en este sentido, conviene comunicar a la Comisión Regional los datos oportunos.

Algunos aspectos que conviene tener en cuenta en la formación apostólica de los Supernumerarios

Contando con la ayuda de quienes colaboran en las tareas de formación de la obra de San Gabriel, los Consejos locales han de impulsar a los Supernumerarios para que atiendan la labor de Cooperadores como está previsto; valoren la enorme importancia de estar activos en todo lo relacionado con la educación cristiana de sus hijos; y sean conscientes de que parte importantísima de la labor de San Gabriel es ayudar a desarrollar la obra de San Rafael, y promover entre los chicos que conozcan y reúnan condiciones las peticiones de admisión como Numerarios o Agregados. El Consejo local ha de ayudar, de modo práctico, a los Supernumerarios para que aprendan a concretar este afán. Es un punto que, como es natural, se trata en la charla fraterna. En consecuencia, buena parte de la tarea de los Directores locales consiste en hacer hacer y dar quehacer. [135]

Con la gracia de Dios, muchas personas pueden pedir la admisión como Supernumerarios, cuidando siempre la selección: personas con capacidad de dar y de darse, de arrastrar a otros e influir en el ambiente. Por tanto, el hecho de ser un buen Cooperador no significa necesariamente que reúna condiciones para ser Supernumerario.

Desde el principio, los Supernumerarios deben sentir como suyos todos los apostolados del Opus Dei y vivir, con los demás fieles de la Prelatura, la responsabilidad de mantener y desarrollar todas las iniciativas apostólicas, especialmente las labores personales. Por eso, rezan por esas tareas apostólicas y ayudan -si pueden- con su trabajo profesional y, siempre, con su generosa aportación, sin buscar compensaciones o ventajas humanas de ninguna clase.

Si un Supernumerario, por sus circunstancias especiales, dispone de mucho tiempo libre, o no necesita trabajar para sostenerse económicamente, se le pide que ayude en alguna de las labores apostólicas de la Obra, para buscar su santificación a través del trabajo ordinario: Opus Dei es trabajo de Dios.

Los Supernumerarios, al tratar a los Cooperadores, les ayudan a que la colaboración que éstos prestan a los apostolados de la Obra —con su trabajo, limosnas, etc.— tenga siempre un fin espiritual y desinteresado, fruto de la nobleza y de la generosidad. Si alguno pretendiera recibir beneficios que no sean espirituales -la propia formación y el servicio a la Iglesia y a las almas-, caería en la cuenta inmediatamente de que ha errado el camino y de que es imposible obtenerlos.

Es necesario también enseñar a todos a vivir con gran delicadeza, desde el principio, la separación absoluta que existe entre los apostolados que llevan a cabo los varones y las mujeres de la Prelatura: han de saber, por ejemplo, que no se dan interferencias de ningún género, ni de personas, ni de sucesos, entre esos apostolados.

En el Vademécum de labores apostólicas (obra de San Gabriel) se recogen algunas experiencias concretas sobre la formación apostólica de los Supernumerarios. [136]

Documentos para la formación espiritual

Conservación

Los documentos de formación son para uso de los Directores y de las personas que se indique expresamente en cada caso. Sin embargo, su contenido ha de llegar a todos los miembros de la Obra -porque a todos se destina- de una manera ordenada, prudente, que asegure la exacta y precisa comprensión. Los Directores locales, o las personas a las que se encargue esta tarea, leen y comentan esos textos a los demás después de haberlos meditado atentamente. Durante las charlas de formación y en las reuniones en las que se utilizan estos documentos, no se toman notas literales ni detalladas, ni se usa el magnetofón: es un modo prudente de asegurar que, por descuido o por negligencia, no se extravíen o deformen.

El Programa de formación inicial es para uso del Consejo local y de los que tienen el encargo de ayudar en la formación de quienes piden la admisión en la Obra. De ese Programa tampoco se toman notas textuales. No se copian puntos ni se sacan fichas del Catecismo de la Obra.

Los guiones y la bibliografía sobre las intenciones mensuales pueden utilizarlos las personas que hayan de dirigir Círculos o atender charlas fraternas. Devolverán este material al Consejo local inmediatamente después de estudiarlo.

Además de los documentos señalados anteriormente, hay otros -Cartas del Padre, volúmenes de la colección Bonus Pastor, Crónica, Obras, Meditaciones, Cuadernos, etc.- que los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz utilizan directamente para mejorar su formación y su actividad apostólica. Se debe buscar el modo de armonizar la facilidad para que los Supernumerarios consulten estas publicaciones, con la seguridad de que no se extravíen.

En los Centros de Numerarios donde no se tienen retiros u otros medios de formación para personas que no pertenecen a la Obra, no es [137] necesario guardar esos documentos bajo llave ni que estén en el despacho del Director.

Pueden conservarse también, de modo estable, en las casas de retiros, custodiados en un armario, bajo llave, en la zona de huéspedes o en la habitación del sacerdote. También en las casas de Convivencias, siempre que las personas que se ocupan de atender o guardar esas casas vivan allí todo el año, y en ningún momento queden los edificios sin gente. Durante las actividades para Supernumerarios y Cooperadores, se trasladan al despacho del Director; en los Cursos anuales, Convivencias, retiros, etc., de Numerarios y Agregados, se ponen al alcance de todos, pero cada noche el Director comprueba que están todos los ejemplares; así, se evita que se pierda alguno.

En las demás casas que se utilicen para Convivencias y cursos de retiro, pueden quedar durante los días que dure la actividad, guardados bajo llave, en la habitación del Director. Terminada la actividad, se devuelven al Centro de donde se sacaron. Cuando se dan los medios de formación en lugares donde no se conserven esos documentos, se pueden llevar en una cartera los ejemplares que se necesiten, y se devolverán a su sitio el mismo día en que termine la actividad.

Al llegar a un Centro una Carta del Padre, se procura que, cuanto antes, todas las personas de la Obra puedan utilizarla para su oración y su lectura espiritual. Los sacerdotes emplean el texto de la Carta -leyéndolo y comentándolo- en las meditaciones y homilías, dirigidas a los que participan en las labores de San Rafael y de San Gabriel. También pueden usarla, de la misma manera, los que dirigen clases de San Rafael o Círculos de Estudios para Cooperadores, y los que dan charlas en Convivencias; como de costumbre, los asistentes no toman notas literales ni extensas por escrito.

Siempre que se saque un ejemplar de cualquier documento, del Centro en donde está guardado, se anotará en una ficha, por motivos de orden: quién lo ha tornado, la fecha de salida y la de devolución. [138]'

Libros para la lectura espiritual

La lectura espiritual es un medio muy importante para progresar en el conocimiento y en el amor de Dios, y para la eficacia de la labor apostólica: No dejes tu lección espiritual. -La lectura ha hecho muchos santos (Camino, n. 116). Por esto, como se he hecho siempre, la elección del libro para esta Norma se consulta en la charla fraterna, ya que forma parte de la dirección espiritual personal.

Para la lectura del Antiguo y Nuevo Testamento se utilizan, como es lógico, versiones de la Sagrada Biblia que ofrezcan garantías de fidelidad en la traducción y de corrección doctrinal en las introducciones y notas.

Siguiendo el ejemplo de nuestro Fundador, damos la debida importancia a la lectura de los Santos Padres y de los textos clásicos de espiritualidad, que son tan útiles para profundizar en la vida interior. Con la frecuencia oportuna, pero procurando emplearlos más de la mitad del año, conviene alternar la lectura de esos textos con la de escritos de nuestro Padre y de sus sucesores, y artículos doctrinales de Crónica y de Obras. Para eso, como ya dispuso desde los comienzos nuestro Fundador, las obras clásicas de los Santos Padres y de otros autores deben encontrarse -al menos un cierto número- en las sedes de todos los Centros, desde que se erigen.

De vez en cuando, la lectura espiritual puede hacerse también -no por mucho tiempo seguido- con otros artículos de las publicaciones internas, aunque es mejor que no sea cuando llega un número nuevo, sino como lectura reposada de lo que ya se leyó, para información, cuando se recibió ese número años atrás.

En algunas temporadas, pueden emplearse los tratados de Teología aprobados para los estudios institucionales.

Los Directores locales, y los que tienen encargos de formación, han de recomendar a cada uno el libro que resulte más apropiado a sus circunstancias personales en ese momento, evitando la improvisación. Para realizar esa tarea con más eficacia, alguno de los miembros del Consejo local -o, en su caso, el sacerdote- debe conocer los libros que [139] se aconsejan, de modo que se señalen los más oportunos. Esto no es obstáculo para que cada uno proponga al Director —con iniciativa y con deseos de formarse bien— las lecturas que considere más adecuadas. No hay inconveniente en que las listas de libros previstos para la lectura espiritual, que se reciben de la Comisión Regional, estén en algún lugar accesible a los del Centro, de modo que se facilite su consulta. Para añadir algún libro no incluido en esa lista, se propone a la Comisión Regional y se espera la respuesta.

Proyección de películas o vídeos de tertulias con nuestro Padre o con sus sucesores

El inmenso bien que produce la proyección de películas o vídeos de las catequesis de nuestro Padre, mueve a sus hijos a llevar ese tesoro de sus enseñanzas al mayor número posible de personas. Las proyecciones se programan con cierto orden y periodicidad: como son un instrumento de formación de gran fuerza apostólica, interesa estudiar el modo más eficaz de emplearlo: por ejemplo, no se trata de ver de golpe, en pocos días, todas las películas de que se dispone.

Las filmaciones que recogen encuentros sólo con mujeres o sólo con hombres, se proyectan sólo a mujeres o sólo a hombres, respectivamente; por ejemplo, las películas de tertulias con sacerdotes se ven únicamente en los Centros de varones de la Prelatura y en los de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Este modo de actuar no admite excepciones y, por tanto, se aplica también a las Convivencias especiales de sacerdotes Numerarios y Agregados de la Prelatura, o de Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Las cintas que recogen tertulias en las que participan todo tipo de personas, matrimonios, familias, etc., pueden proyectarse tanto para varones como para mujeres.

Las películas ordinariamente se proyectan en Centros de la Prelatura, pero no hay inconveniente en que alguna vez se proyecten vídeos de tertulias generales en otros locales dignos: también en casas de Su [140] pernumerarios o Cooperadores, pequeños auditorios, etc. Además, algunas películas expresamente autorizadas por el Consejo General pueden emitirse por canales de televisión.

Todo lo anterior se aplica también a las películas o vídeos de tertulias con los sucesores de nuestro Padre.

En el Anexo 9, se recogen algunas experiencias sobre el modo de organizar las proyecciones de estas películas.

Biblioteca y hemeroteca del Centro

Para facilitar la formación cultural de los fieles de la Prelatura, se procura que las bibliotecas de los Centros estén bien dotadas, con las obras necesarias de Literatura, Filosofía, Ciencias, Historia, etc., clásicas y recientes, de reconocido interés. De modo análogo a como se cuida la salud física de las personas, evitando tomar alimentos perjudiciales o impidiendo la acumulación de suciedad en los rincones de las casas, así también hay que velar por la salud espiritual. Por una evidente razón de prudencia, los libros de Teología, Moral, Filosofía, Medicina, etc., que sean de consulta o de estudio para un profesional o un especialista, no estarán al alcance de los demás, si pudieran hacerles daño.

Todos los libros relacionados con la fe y las costumbres que se encuentran en las bibliotecas de los Centros, y las publicaciones periódicas que se reciben, han de tener la conformidad de la Dirección Espiritual de la Región o de la Delegación. Si se carece de datos suficientes para dar a los libros una calificación, no se incorporan a la biblioteca hasta que se hayan examinado, encargando los dictámenes oportunos.

Al ir formando la biblioteca, el Consejo local presta la debida atención a las nuevas adquisiciones, para que sean libros realmente útiles y para no perder el tiempo consultando la incorporación de obras inconvenientes. Además, evita los gastos innecesarios, con la responsabilidad de un padre de familia numerosa y pobre. Por esta razón, se aprovechan los donativos de libros o las subvenciones que conceden para estos fines los organismos [141] internacionales, estatales, regionales o locales, y las fundaciones y entidades privadas; también se piden a parientes, Cooperadores, amigos y personas que acuden a los medios de formación. Cuando se trata de fondos técnicos o especializados —por ejemplo, para obras de apostolado corporativo—, se estudia la posibilidad de conseguir la ayuda de profesores o profesionales de prestigio, que cuenten con buenas bibliotecas.

Vale la pena suscitar la iniciativa de todos, para incrementar los fondos de las bibliotecas de los Centros. Generalmente no se rechazan los libros que regalen: si se trata de una obra perniciosa, se envía a la Comisión Regional, donde se decidirá lo que se hace con ese libro, que quizá puede servir en una biblioteca especializada. Las publicaciones inmorales se destruyen y tiran directamente a la basura.

En las Residencias de estudiantes y en otros Centros donde se hace labor de San Rafael, además del fichero de su biblioteca, se procura disponer también de otro fichero o elenco que oriente sobre las bibliotecas públicas de la ciudad (horarios, sistema de préstamos, libros de mayor interés, etc.), para facilitar esa información a todos.

Con frecuencia, se reciben, como regalo, revistas útiles como material de consulta para artistas, profesionales, etc. Por eso, aunque resulten gratis, esas publicaciones no se destruyen, cuando ya se han leído o han pasado de actualidad. Lo razonable es recogerlas e irlas coleccionando —encuadernándolas incluso, si vale la pena—, para permitir su conservación y su manejo. Como es lógico, se tienen siempre en cuenta las recomendaciones sobre asesoramiento de las lecturas. Si el Consejo local del Centro, al que llegan esas publicaciones, considera que no son de utilidad, lo comunica a la Comisión Regional, por si se pueden aprovechar en otro sitio.

No hace falta que los Centros se suscriban a publicaciones eclesiásticas, porque van dirigidas a los sacerdotes o a ambientes clericales: finalidad estupenda, pero ajena al trabajo habitual de los fieles laicos de la Prelatura. Cuando se publica en esos periódicos alguna información o documento que interese a los sacerdotes o a todos, se comunica oportunamente desde la Comisión Regional. [142]

Hay revistas que, por su contenido o, simplemente, por sus portadas o su información gráfica, no pueden dejarse en las salas de estar o en las salitas de recibir de los Centros, porque -sin ser ocasión de pecado- desdicen de un ambiente cristiano. Esto no significa que los miembros de la Obra no utilicen estas publicaciones, cuando les sea necesario; pero se evita así que otras personas visitas, residentes, etc.- se extrañen por ese motivo.

Un miembro del Consejo local se ocupa de revisar siempre la prensa diaria y las revistas que llegan al Centro, antes de dejarlas a disposición de los demás. También si se trata de publicaciones en las que trabajan, junto con otras personas, algunos fieles de la Prelatura; pues aunque éstos procuran hacer bien su trabajo, con espíritu apostólico y buen criterio, no siempre pueden asegurar la rectitud de todo lo que se publica. Precisamente porque en esa revista o periódico trabajan fieles de la Prelatura, es más necesaria entonces la oportuna advertencia a los demás, para que no se deforme su criterio.

Con la frecuencia que se indique, el Consejo local envía a la Comisión Regional una relación de todos los libros que no hayan sido aún aprobados para la biblioteca del Centro, así como de las revistas y periódicos que reciben habitualmente, siempre que guarden relación con la fe o la moral. Para realizar este trabajo, cuenta con la ayuda y la orientación del sacerdote del Centro.

[143]

Orientación doctrinal y moral

Periódicamente, suelen difundirse doctrinas erróneas de carácter teológico, filosófico, social, etc., que, a pesar de estar en evidente oposición con la doctrina de la Iglesia, encuentran eco en sectores católicos. Las advertencias continuas del Magisterio no reflejan un alarmismo exagerado. La insistencia sobre esos peligros debe ayudar a cada uno a procurar defenderse bien de esas insidias, y a proteger eficazmente a los demás. Es necesario no confundir la naturalidad, el ser del mundo y ciudadanos corrientes, estando a la cabeza de todos los verdaderos progresos humanos, con dejarse arrastrar por modos de vida o por corrientes de pensamiento que se oponen a la fe. Muchas veces el peligro de contaminación por ósmosis puede pasar inadvertido.

Corresponde a los Directores y a quienes desempeñan encargos de formación el grave deber y el derecho irrenunciable de sostener y mejorar continuamente la preparación doctrinal de sus hermanos, manteniendo la claridad y rectitud de su criterio, velando por la vida de piedad honda y sincera de todos, y rectificando con fortaleza, en sus comienzos, cualquier posible desviación.

De acuerdo con la norma establecida en CIC, can. 823 § 1, las disposiciones, consejos y orientaciones del Padre en estas materias son medios para velar por la salud espiritual y la eficacia apostólica de todos sus hijos: medios que la Comisión Regional pone en práctica y transmi [144] te a los Centros, mediante planes y modos oportunos, advirtiendo y enseñando el sentido positivo que contienen.

No se trata sólo de estar vigilantes para evitar errores, sino de ayudar a que se difunda en toda su pureza y riqueza la doctrina cristiana, de modo que la siembra de verdad sea cada vez más eficaz apostólicamente.

Rectitud de la doctrina

La prudencia y el buen sentido ‑y también la larga experiencia de la vida de la Iglesia enseñan que nadie se puede sentir inmunizado contra los errores doctrinales y morales, que dejan huella incluso en gente de buena formación.

Es, pues, muy necesario ser dóciles, pedir consejo, consultar en la dirección espiritual personal ante el más pequeño síntoma de desorientación doctrinal. Ni la materia ni las circunstancias eximen de la prudente petición de consejo. El verdadero progreso en las ciencias teológicas se ha hecho siempre de modo paulatino, nunca a saltos, y ‑como es evidente‑ en plena conformidad con la fe de la Iglesia. Lo aprovechable de las nuevas tesis opinables, en materia de fe y de costumbres, podrá ser asumido por los no especialistas sólo cuando tenga las necesarias garantías.

Como primera medida, para afrontar cuestiones doctrinales de cualquier tipo y nivel, se aconseja a todos que hagan más intensa su vida de oración; que cultiven el espíritu de reparación; que sean profundamente piadosos; que lean y mediten con fe la Sagrada Escritura; que hagan más profunda su devoción a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen; en definitiva, que cumplan bien las Normas de piedad.

Los que cooperan en la formación personal y colectiva de los demás fieles de la Prelatura y de los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, han de proponer siempre doctrina segura: acomodada en cada caso a la preparación y a las disposiciones de los que escuchan, teniendo muy presente ‑para facilitar los oportunos antídotos‑ cuáles [145] son los errores o la confusión del correspondiente ambiente social, del país, de la opinión pública, etc., pero evitando un enfoque negativo sólo defensivo.

Especialmente en la charla personal, los Directores insisten en la necesidad de tener fe firme y vida interior, en el criterio de homogeneidad que ha de presidir todo avance válido del pensamiento en lo que se refiere al depósito de la fe; en la conveniencia de exponer con sincera sencillez cualquier intranquilidad en este terreno. Exhortan a hablar habitualmente de las lecturas; de modo especial si, a causa del trabajo profesional, tras haber obtenido la orientación oportuna, se están leyendo obras de doctrina poco segura; y a que sean prudentes y humildes. Con esto, no se limita ni se coarta de ningún modo la inteligencia, sino que se cumple el deber grave ‑común a todo católico‑ de no poner en peligro la fe, y de garantizar la rectitud de los propios conocimientos en materias que ponen en juego la salvación de las almas.

Al aplicar estas medidas prudenciales y al explicarlas de modo general a los demás, conviene hacer hincapié en su sentido positivo, subrayar que son fieles aplicaciones concretas de los mandatos y los criterios de la Autoridad de la Iglesia.

Los Directores locales y los sacerdotes manifiestan a la Comisión Regional los problemas doctrinales que no estén en condiciones de resolver, también sobre cuestiones morales, ascéticas o litúrgicas que se refieran a materias de dirección espiritual común. En los diferentes ambientes donde se desarrolla el apostolado, se encuentran a veces personas que, de buena fe pero con poca formación, plantean dudas u objeciones sobre puntos del dogma o de la moral, o sobre aspectos concretos del espíritu de la Obra. Es interesante redactar notas breves y claras sobre esas dificultades y enviarlas a la Comisión Regional. Serán útiles para preparar publicaciones ‑desde folletos hasta libros‑ que contesten de manera sencilla, con doctrina, a las cuestiones planteadas. Es un apostolado eficaz, especialmente en países donde los católicos son minoría, o en los que existen sectas que trabajan para apartar a las almas de la Iglesia. [146]

Asesoramiento sobre las lecturas

Por exigencias del trabajo profesional, para enriquecer la preparación cultural, y también como distracción en los momentos o temporadas de descanso, se presenta frecuentemente la necesidad o conveniencia de leer libros que tienen relación con la fe o las costumbres. En materia de tanta trascendencia, no es prudente fiarse de la propia opinión: existe el deber moral de solicitar el oportuno asesoramiento a quien puede y debe darlo: en el caso de los fieles de la Prelatura y de los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a los Directores. Como es lógico, todos agradecen el consejo que se les dé y lo ponen en práctica; o, si alguna vez no estiman acertado el consejo, lo manifiestan con sencillez a quien lo ha dado.

Es preciso explicar a todos este criterio y hacerles ver que tiene gran importancia moral y ascética: leer esas publicaciones sin el necesario asesoramiento constituiría una sería imprudencia ‑ no exenta a veces, de ofensa al Señor‑, una penosa falta de docilidad a la dirección espiritual y un rechazo de la formación doctrinal que se necesita; y hacerlo de modo habitual difícilmente podría ser compatible con la perseverancia en la Obra.

Concretamente, sería una imprudencia, en ocasiones grave, leer sin necesidad y sin el consejo de los Directores los libros explícitamente reprobados por la competente autoridad eclesiástica; los escritos contrarios a la fe o la moral; las obras de los autores de orientación marxista, teniendo en cuenta que la influencia de esa ideología se presenta en muy diversos campos culturales y científicos; las obras de autores no católicos que traten expresamente temas religiosos, salvo que conste con certeza que nada contienen contra la fe o la moral; los libros que carezcan de aprobación eclesiástica y que la necesiten a tenor del CIC, cann. 825-827; los libros que, sin manifestaciones explícitas anticatólicas, heréticas, inmorales, etc., sean, sin embargo, ambiguos y confusos ‑y, por tanto, peligrosos‑ en puntos referentes a la fe o a la moral,

Hay que considerar que suelen tener relación con la fe y las costumbres cristianas, no sólo las publicaciones de Teología, Filosofía o De [147] recho canónico, sino también muchas obras de Literatura y publicaciones de ciencias como la Psicología, la Sociología, o la Economía.

Hay algunas obras que, por su contenido completamente inmoral u obsceno, hacen muy difícil ‑por no decir imposible‑ que exista un motivo proporcionado que justifique su lectura.

Los Directores han de ser los primeros en cumplir personalmente las normas de prudencia en esta materia.

Periódicamente, llega a los Centros la oportuna documentación, remitida por la Comisión Regional, para ayudar a los Consejos locales en esta tarea: calificaciones doctrinales de libros, notas bibliográficas, recensiones, elencos por materias de bibliografía positiva, bibliografía general de Literatura, etc. Los Consejos locales conservan con orden este material ‑pueden colaborar otras personas del Centro‑, para poder localizar enseguida la información necesaria, y procuran que se utilice habitualmente. No se saca de las sedes de los Centros. Cuando algún miembro de la Obra necesita consultar esta información -cosa que debe ser frecuente‑, el Consejo local se la facilita, aunque muchas veces, especialmente a los más jóvenes, bastará transmitir de palabra la información necesaria.

En el Anexo 10 se indica el significado de las calificaciones y abreviaturas contenidas en la Guía Bibliográfica.

Es importante que los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz reciban con prontitud el asesoramiento que solicitan. Cuando el Director o el sacerdote no tiene el suficiente conocimiento de una obra determinada ‑por ejemplo, si se trata de estudios especializados, o de obras poco conocidas‑, han de pedir, a su vez, orientación a quien pueda darla con seguridad y competencia.

Los Directores, al asesorar en las lecturas, no pierden de vista que no es fácil dar reglas generales: lo que es bueno para algunos, quizá haga daño a otros; en muchos casos dependerá de la preparación que se tenga. Por eso, una falta de prudencia ‑por exceso de cautela, o por defecto- de parte de quien debe asesorar, puede llegar a crear problemas in [148] necesarios, mediante la charla fraterna, o en una conversación con el sacerdote, se podrá concretar ese asesoramiento, de modo adecuado a las circunstancias personales de cada uno.

Junto a la petición de consejo, es lógico que el interesado valore con sentido sobrenatural las circunstancias que, en alguna ocasión, presentan como necesaria o muy conveniente la lectura de publicaciones erróneas, sin que verdaderamente lo sea. Ese sentido sobrenatural ayudará a descubrir posibles falsos motivos: desde la vana curiosidad, escondida quizá como “interés científico” o “necesidad de estar al día”, hasta un posible complejo de inferioridad ante falsos prestigios, construidos por una opinión pública hostil a la doctrina de Jesucristo o por simples campañas comerciales. Con naturalidad y sentido de responsabilidad, se puede eludir muchas veces la lectura de esos libros erróneos dando así además buen ejemplo y criterio a otros.

En muchos casos ‑especialmente cuando se trate de estudiantes, universitarios o de bachillerato‑, en lugar de leer esos libros, se puede acudir a textos buenos o a recensiones extensas, que exponen las tesis y argumentos erróneos de los otros, junto con su crítica científica y doctrinal.

En esta materia, por su gravedad, el principio que ha defendido siempre la Teología Moral para todos los fieles católicos es éste: en caso de duda positiva, no se lee; hay que estar por lo seguro. Cuando, al leer algún libro (o también artículos), se encuentran inconvenientes de relieve con relación a la fe o a las costumbres, la prudencia lleva a suspender inmediatamente la lectura. Como detalle de interés práctico ‑al menos, en el caso de libros‑ vale la pena entregar al Director una breve nota, en la que se señale el inconveniente.

Como muestra la experiencia, puede suceder que se editen con Imprimatur libros y revistas de contenido erróneo. Este hecho no es nuevo, y ha sido lamentado por la Autoridad eclesiástica. Conviene que lo tengan en cuenta especialmente los sacerdotes, y los que se dedican a estudios teológicos o a profesiones relacionadas con los medios de comunicación.

Cuando, para leer un libro, sean necesarias las precauciones seña [149] ladas en los párrafos anteriores, la prudencia aconseja proceder del mismo modo —con carácter preventivo— con las demás obras del mismo autor, salvo aquéllas de las que conste en la Guía Bibliográfica que no contienen errores o peligros. Este criterio de extensión preventiva no se aplica necesariamente cuando el libro erróneo o peligroso es una novela (o una obra de creación), con descripciones gravemente inconvenientes, si no hay a la vez confusión doctrinal implícita o explícita.

En cambio, es lógico tomar esa medida de prudencia con las obras de autores que públicamente manifiesten ‑como, por desgracia, sucede de vez en cuando- una actitud de rebeldía ante el Magisterio de la Iglesia en general, o ante alguna enseñanza del Papa o de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Por la relevancia de la materia, cuando una persona consulta la lectura de un libro calificado con 5ª o 6ª en la Guía Bibliográfica, o del que se piensa que puede presentar graves inconvenientes, el Consejo local transmite con rapidez la consulta a la Comisión Regional, acompañándola de su propio parecer y señalando el motivo, el tiempo que necesitaría el interesado para hacer la lectura ‑lo lógico es que, en ningún caso se prolongue más de un año‑, y una propuesta de la bibliografía va que se le aconsejaría.

Si la respuesta de la Comisión Regional a la consulta es afirmativa, se recuerdan al interesado las normas de prudencia habituales en esta materia: custodiar bajo llave esas publicaciones; usar la bibliografía positiva aconsejada como antídoto; redactar una nota crítica detallada; v tratar de esas lecturas en la dirección espiritual personal, con el fin de recibir la ayuda oportuna y evitar que afecten negativamente a su vida espiritual. Si es posible, no se compran los libros erróneos: se procura leerlos en alguna biblioteca pública, obtenerlos en préstamo, etc. Y en todo momento, el lector pondrá un empeño particular en hacer esa lectura con presencia de Dios, encomendándose humildemente a Nuestra Señora, Sedes Sapientiae, y pidiendo gracia para no dejarse contaminar. Lo más aconsejable para el alma es no leer varias obras erróneas simultáneamente, sino sucesivamente. [150]

Cuando se trata de obras particularmente peligrosas para el interesado, conviene que ‑además de poner en práctica esas medidas señaladas‑ hable periódicamente con un fiel de la Prelatura, designado por el Vicario Regional, bien preparado en el tema objeto de estudio, para que le oriente.

Puede ocurrir ‑por ejemplo, en quienes se dedican a la docencia o realizan trabajos de investigación‑ que se deba estudiar la bibliografía que se va encontrando sobre un tema, sin que haya tiempo de pedir consejo sobre la lectura de cada libro. En estos casos habrá que acentuar la prudencia, pidiendo al interesado que envíe puntualmente las notas críticas correspondientes, y que informe sobre cómo está llevando a la práctica las otras medidas recomendadas.

El carácter eminentemente positivo de esta labor de asesoramiento causa en todos un profundo agradecimiento a Dios y a la Obra, e impulsa a aprovecharla delicadamente, recordando siempre que la primera condición, también para ser fieles a la fe, se concreta en ser muy piadosos, porque sin una profunda y sincera piedad no se puede ser fiel ni en la vida ni en la doctrina.

Si un fiel de la Prelatura leyera publicaciones erróneas o confusas sin haber pedido consejo y orientación a los Directores ‑cosa que no ocurrirá‑, estaría desaprovechando una ayuda muy necesaria, que dispuso la solicitud pastoral de nuestro Padre, y fácilmente se expondría a un grave peligro para su alma, que en sí mismo ha de valorarse según la doctrina moral general acerca de las ocasiones voluntarias de pecado. Por eso, si alguien lo hiciera de modo habitual, habría que informar inmediatamente a la Comisión Regional, pues desatender la disposición de pedir consejo sería motivo para que una persona no fuese admitida en la Obra, o ‑en su caso‑ para aconsejarle que pida la salida.

Orientación a alumnos de centros educativos

La orientación filosófico‑cultural de la enseñanza influye muchas veces decisivamente ‑de modo favorable o creando serias dificulta [151] des‑ en la formación cristiana de los alumnos, con consecuencias para el modo de vivir la fe o las costumbres.

Los Directores locales cuidan de la buena formación de los demás en todos los campos. Por eso, vigilan para que a los fieles de la Prelatura y a los chicos de San Rafael nos les cause daño la posible labor negativa de los centros donde cursan sus estudios. Interesa, pues, conocer bien la enseñanza que reciben; y cuando sea anticristiana ‑explícita o implícitamente‑, sin posibilidad de evitarla, se ponen los medios necesarios para neutralizarla y superarla.

En alguna situación extrema ‑sobre todo, al elegir carrera‑, si se prevé un daño probable y difícil de remediar, se deberá incluso aconsejar la elección de otra rama, de otra universidad o de una carrera distinta. En todo caso, es importante asegurar que nadie queda indefenso ante una ocasión próxima ‑quizá habitual‑ de deformación doctrinal. Para afrontar con responsabilidad esas circunstancias adversas, la primera medida eficaz ‑como en todo‑ se centra en la adquisición de un sólida piedad; después, un mayor empeño por realizar con especial profundidad los estudios filosóficos. Resulta muy necesario cuidar, con particular intensidad, la formación doctrinal y espiritual de las personas de la Obra que proceden de ambientes contrarios o extraños a la fe católica. Conviene aconsejarles los libros que puedan ayudar más eficazmente a mejorar algunos aspectos de su preparación y a corregir posibles desviaciones incipientes, originadas por libros de texto o de consulta que exponen confusa o erróneamente la doctrina, etc.

Las explicaciones orales de algunos profesores o tutores, en los lugares de enseñanza, pueden causar un bien o un mal mayor que las Iecturas; por tanto, en esos casos se aplican normas análogas a las indicadas anteriormente: el Consejo local ha de estudiar las circunstancias, una por una. En situaciones graves, la prudencia puede exigir –como ya se ha dicho‑ un cambio de centro de enseñanza, o incluso de estudios,

En cualquier supuesto, el interesado debe plantear su asistencia a esas clases con criterio restrictivo: sólo cuando sea imprescindible. En la medida de lo posible, y aun a costa de exponerse a aprobar esas asigna [152] turas con calificaciones poco brillantes, preparará los exámenes correspondientes pidiendo información o resúmenes a algún compañero, etc. Si no se puede evitar la asistencia a las lecciones, se planteará al alumno que tome apuntes de las explicaciones orales, para que luego otra persona de la Obra, designada por el Consejo local, le ayude a realizar una valoración crítica. Para esto, a veces será conveniente que esa persona ‑y no el alumno mismo‑ lea el libro de texto o los apuntes multicopiados señalados por el profesor. En el caso de que varios estudiantes se encuentren en las mismas condiciones, no se descarta la organización de un cursillo sobre esa materia (también quizá para chicos de San Rafael interesados).

Si, en la dirección espiritual personal, se observan faltas prácticas de unidad de vida, provenientes quizá de una formación racionalista recibida en el bachillerato y en la universidad, la orientación doctrinal se hace especialmente necesaria para contrarrestar de modo positivo esas dificultades. Habrá que ayudar a que se comprenda bien que la plena adhesión al Magisterio eclesiástico ‑imprescindible para un católico‑ no disminuye nunca el rigor científico; se debe facilitar que entiendan del modo debido las relaciones entre la acción de la gracia y el propio esfuerzo, evitando posibles inquietudes y desánimos; se enseña a sacar de modo habitual consecuencias ascéticas de la formación doctrinal, lo que lleva a aumentar el interés por los estudios de Filosofía y de Teología, etc. Generalmente, las personas afectadas no se percatan de estos problemas y, por tanto, tampoco suelen exponerlos en la dirección espiritual. Por eso se les ha de abrir el camino, adelantándose muchas veces, para que hablen de sus estudios en la charla fraterna y ‑en el Centro de Estudios- en la charla con el Director Espiritual y con el Director de Estudios.

Asesoramiento en cuestiones de moral profesional

Es frecuente que en el ejercicio de la profesión se planteen problemas morales de difícil solución, o en los que el juicio propio puede oscurecerse; por ejemplo, sobre la licitud de una determinada actividad económica que se desea realizar, o sobre las obligaciones de justicia y de caridad con [153] las personas dependientes, o en ciertos casos de reparación de daños, o en algunos campos de investigación científica en los que está en juego la dignidad de la persona y la misma vida humana, etc. En estas y en otras muchas cuestiones, existe frecuentemente, para cualquier persona, el deber de pedir consejo: se trata de una norma clara de prudencia, que se deriva de la obligación moral de actuar siempre con conciencia recta.

Como es lógico, el consejo debe pedirse ‑sin faltar jamás al secreto profesional o de oficio- a personas con buena preparación teológica y competencia en los problemas específicos, que les permita aplicar los principios de la Teología Moral al caso particular.

Cuando alguien solicita consejo en estas materias, debe tener en cuenta ‑y con frecuencia convendrá recordárselo de modo expreso que el asesoramiento se refiere exclusivamente a la valoración moral de los problemas, para ayudarle a la formación de juicios rectos, y que no representa nunca una intromisión en cuestiones opinables; después de haber consultado, el interesado ha de ponderar en su conciencia, cara a Dios, el consejo recibido, y actuar luego bajo su personal responsabilidad. Es decir, en ningún caso la petición de consejo supone descargar la responsabilidad de las propias acciones en la persona consultada.

En las consultas sobre estas materias se debe tener en cuenta, además, la obligación de guardar estrictamente, por ambas partes, las normas morales acerca del secreto profesional (por ejemplo, el que consulta puede plantear un problema hipotético, semejante al real, si está obligado a no revelar algunos datos; la persona consultada tiene, por su parte, estricta obligación de no revelar a nadie la consulta, sin permiso de quien la haya hecho).

La ejemplaridad con que los miembros de la Obra se esfuerzan por vivir las exigencias éticas de la propia profesión, es parte esencial del prestigio profesional y moral, necesario —anzuelo de pescador— para realizar un hondo apostolado en el ambiente de trabajo. En ocasiones, resultará preciso ir contra corriente cuando en una determinada actividad profesional sean frecuentes ciertos modos de obrar inmorales, que jamás puede aceptar quien actúe conforme a la ley moral natural, Y me [154] nos aún un buen cristiano. Pero tampoco se ha de caer en la deformación de una conciencia escrupulosa: los problemas reales se resuelven estudiando y, cuando es necesario, preguntando.

En la labor de San Gabriel y en la de San Rafael con universitarios, conviene fomentar, como actividades auxiliares, los cursos monográficos sobre deontología de algunas profesiones. Estos cursos han sido siempre y continúan siendo un instrumento muy eficaz para conocer y ayudar a muchas personas, que desean trabajar profesionalmente con un recto criterio cristiano.

Asesoramiento sobre cine, televisión y uso de internet

Cuando en un Centro se proyecta un vídeo o una película, se pretende contribuir a la formación cultural y facilitar el descanso, mediante un rato agradable y distendido. Ciertamente, existen bastantes películas ‑antiguas y modernas‑ que pueden parecer de interés en un determinado momento; sin embargo, las exigencias del trabajo profesional, la vida en familia, y la misma necesidad de adquirir y mejorar la preparación intelectual por otros cauces ‑por ejemplo, la lectura‑, hace que ver películas en los Centros sea algo poco frecuente; de ordinario, no más de una al mes. Cuando se proyectan ‑por ejemplo, con ocasión de alguna celebración, etc.-, los Consejos locales prevén bien el horario, para que no se sustituya del todo la tertulia ni se disminuyan las horas de sueño.

Como es obvio, no se proyectará una película que por el fondo o por la forma, en su conjunto o en parte, desdiga de un cristiano que quiere ser coherente con su condición de hijo de Dios. También deben excluirse aquellas otras que, a causa de una ambientación excesivamente sensual, por contener escenas demasiado violentas, por el léxico que utilizan, etc., no son acordes con el tono humano y sobrenatural de un hogar cristiano.

En cualquier caso, las películas que se proyectan en los Centros ‑también las grabadas en vídeo‑ están expresamente aprobadas por la Dirección Espiritual Regional; y no se ven directamente en la televisión, excepto si se tiene certeza absoluta de que no presentan ningún incon [155] veniente. La aprobación por la Dirección Espiritual Regional no merma la responsabilidad del Consejo local: a veces ‑por razones de muy diversa índole‑ la prudencia aconsejará no poner en un Centro una determinada película, aunque esté aprobada.

Para afrontar de modo adecuado estas cuestiones, y otras análogas, es necesario ir al fondo de los planteamientos y considerar que el fin que da razón de toda nuestra vida ‑también en lo que se refiere a los aspectos más pequeños o intrascendentes‑ es la búsqueda sincera de la santidad, de la plena identificación con Cristo, para hacer así el Opus Dei siendo cada uno Opus Dei. Con la gracia de Dios, y siguiendo las mociones del Espíritu Santo, este afán de santidad ha de estar operativamente presente en todas y cada una de nuestras acciones ‑en una unidad de vida coherente, fuerte y sencilla‑, precisamente para que nuestra existencia alcance su realización y significado, según el querer divino, con plena libertad: in libertatem gloriae filiorum Dei¡ (Rm 8, 21); qua libertate, Christus nos liberavit (Gal 4, 31).

No ha de extrañarnos que, a veces, al hombre viejo le cueste dejarse guiar y experimente una reacción de rebeldía, o piense ‑son tentaciones‑ que se limita su libertad, su autonomía, su condición de persona adulta; o que las pasiones, más o menos solapadas, busquen el respaldo o la justificación de la libertad. Hemos de grabar de manera indeleble en nuestra inteligencia que las exigencias de la vocación cristiana en la Obra son el camino que el Señor nos marca para que expresemos la propia libertad, que consiste en la capacidad de amar, de hacer porque nos da la gana la Voluntad de Dios.

Por otra parte, no tendría sentido que en su labor de instrumentos del buen Pastor, a la hora de señalar las medidas de gobierno o de dirección, los Directores se dejaran condicionar por una falsa prudencia: lo que hace la mayoría en un determinado ambiente, lo que quizá puedan pensar algunas personas, cómo va a ser aceptada una indicación. Los Directores tienen el deber de ayudar a los demás a corresponder al amor divino, y sería poco prudente que, por descuido o superficialidad, no apartasen ocasiones o posibles tentaciones, que se pueden y se deben [156] evitar, o que no afrontasen lo que puede estar detrás de unas manifestaciones de frivolidad o búsqueda de evasión, en lo que sea: aficiones, deporte, literatura, televisión, etc.

Tampoco sería razón, para tomar o dejar de tomar una medida, que personas de buen criterio ‑por edad, etc.‑ hicieran unas sugerencias en otro sentido. Como es natural, esas propuestas se considerarán y se estudiarán con la debida atención, pero teniendo siempre en cuenta que no se puede bajar el tono de la entrega.

Hay que ayudar a todos, para que se conduzcan siempre con ideas claras y luchen seriamente por ser almas de oración y de penitencia, que entienden la necesidad de evitar radicalmente todo aquello que pueda suponer una merma en su amor al Señor, y crezcan en el deseo sincero de lealtad a la gracia y de llevar a cabo la misión que Dios nos ha confiado.

Como todos los instrumentos, internet debe usarse con moderación, evitando pérdidas de tiempo y gastos innecesarios. Sería contrario a la templanza, a la laboriosidad y a la pobreza cristiana, la lectura innecesaria de periódicos o la adquisición de datos que no se precisan, o entretenerse ‑aunque fuera muy pocos minutos‑ con video‑juegos; o, simplemente, emplear sin ponderación el correo electrónico.

Además, los que utilicen internet sabrán agradecer la ayuda que se les preste para evitar el acceso a informaciones inconvenientes.

Conviene que los Directores locales pregunten sobre estos temas, con la debida frecuencia, en la charla fraterna, para ayudar a todos a santificar el trabajo y a portarse siempre con ejemplaridad. Como es natural, también en esto los miembros de la Obra se ayudan unos a otros, por medio de la corrección fraterna.

Asesoramiento para las publicaciones

El afán apostólico de los fieles de la Prelatura mueve, a los que reúnen condiciones, a publicar escritos ‑o a exponer ideas en los medios audiovisuales‑, con el fin de acercar las almas a Dios, haciéndoles co [157] nocer abundantemente la buena doctrina. Para garantizar esa finalidad apostólica, los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz utilizan con agradecimiento el asesoramiento establecido en Decr. Gen. 5/99, art. 1 §§ 1-2. Por esto, envían a la Comisión Regional, por medio del Consejo local, antes de darlos a la imprenta o difundirlos, los libros, artículos científicos, guiones de radio, televisión, cine, etc., que contengan implicaciones doctrinales o se refieran de algún modo a la Obra, a sus apostolados y a nuestro Padre. Recibirán la oportuna orientación doctrinal, así como ‑en su caso‑ sugerencias, que les ayuden a mejorarlos y ser más eficaces.

También conviene solicitar asesoramiento sobre aquellos trabajos que —aunque no se refieran directamente a materias de fe y costumbres, ni a la Obra— aborden temas de particular repercusión apostólica o que, a juicio de los Directores, pudieran perjudicar la labor. Y, finalmente, también siguen este criterio los sacerdotes de la Prelatura, para cualquier publicación; se exceptúan lógicamente las homilías que puedan escribir para los periódicos locales: en este caso bastará, si es posible, que las lea y haga las observaciones oportunas otro sacerdote de la Prelatura. Los autores han de entregar esos textos a su Director local con la necesaria antelación —si, por el tema, se juzga oportuno incluir fotografías o ilustraciones se añaden—, haciendo constar, si es posible, dónde piensan publicarlos.

Es importante que los autores intervengan en la elección de la portada o, al menos, que estén al tanto, para garantizar que corresponda al tono de la publicación y no desoriente.

Los dictámenes elaborados tienen el carácter de una orientación prudencial —forma parte de la dirección espiritual personal— y no son actos de gobierno o jurisdicción en sentido estricto. La decisión última de publicar o no el escrito corresponde al interesado, después de recibir el consejo de los Directores. Por tanto, no se trata de una “autorización” para publicar, ni —ante las observaciones que se hacen a los escritos— de considerar que hay “obligación” de incluir las indicaciones pero no las sugerencias, etc. En ningún caso debe perderse de vista el contexto de familia de este servicio que la Obra nos ofrece. [158]

Es importante que los Directores no se limiten a comunicar sin más estos pareceres, sino que han de estudiar cada dictamen, ponderando la mejor manera de transmitirlos con fidelidad y oportunidad, de forma que resulten plenamente eficaces para el trabajo de las personas que los recibirán. Deben, en definitiva, animar y mostrar el fin positivo del asesoramiento, presentando esa ayuda de forma que los autores la acojan con agradecimiento y humildad, virtud esta última particularmente necesaria para quien se dedica al trabajo intelectual.

En la Instrucción sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe (30‑III‑1992), la Congregación para la Doctrina de la Fe ha recordado, y en algunos casos interpretado, las normas canónicas vigentes acerca de la publicación de libros relacionados con la fe o la moral. Por tanto, los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz a quienes afecten directamente esas disposiciones ‑ya sea porque publican o piensan publicar escritos, o porque trabajan en editoriales, librerías, etc.‑, han de conocer bien este documento y los cánones a los que se refiere especialmente (cfr. CIC, cann. 823‑827).

Cuando se exige la aprobación del Ordinario del lugar, o cuando interese solicitarla para que conste de modo explícito en el libro, el autor hace directamente las gestiones necesarias, sin mencionar el asesoramiento previo recibido en la Prelatura, ya que éste difiere, en sus características y en su finalidad, de la aprobación eclesiástica de publicaciones.

Si, al solicitar la aprobación del Ordinario del lugar, pidieran en la Curia diocesana un documento en el que conste el nihil obstat de la Prelatura, el autor del libro hará notar, de modo oportuno, que ese requisito tiene aplicación en el caso de los religiosos (como señala el apartado IV, nn. 16‑18, de la citada Instrucción), pero no en el suyo.

En cambio, si de la Curia diocesana llega la petición de que un sacerdote de la Prelatura haga un dictamen, sobre un libro que desea publicar otro miembro de la Obra, para acompañarlo a la solicitud de aprobación, no hay inconveniente en que lo facilite a título personal. Para esto, una vez que el autor ha incorporado ‑si es el caso‑ las ob [159] servaciones que ese sacerdote le haya hecho, es suficiente con redactar un escrito en el que conste el nombre del autor del dictamen, el título del libro y la fórmula habitual (por ejemplo: Nihil obstat quominus imprimatur), seguido de la firma (cfr. posible modelo en el Anexo 11).

Este documento se puede entregar también al interesado en caso de que, para facilitar el trabajo, haya ofrecido a la Curia diocesana la posibilidad de pedir él mismo un dictamen a un sacerdote de la Prelatura.

Los miembros de la Obra envían a la Comisión Regional tres ejemplares de cada una de sus publicaciones: libros, ensayos, monografías, artículos, etc. No es necesario mandar artículos publicados en prensa periódica. Además, como detalle de cariño filial, cuando se trata de libros o separatas de volumen equivalente‑, cada autor manda al Padre, a través de la Comisión Regional, un ejemplar dedicado y encuadernado con dignidad. No se procede así con las tesis doctorales no publicadas.

[160]

Trato con autoridades eclesiásticas

Veneración y colaboración con los Obispos diocesanos

Nuestro Padre manifestó siempre, con obras, una sincera veneración y un gran amor a los Obispos diocesanos; les prestó innumerables servicios —de modo heroico y desinteresado— durante largos años; hasta el final de su vida, trató a un número elevadísimo de Prelados con una amistad personal, llena de lealtad y comprensión, que duró toda la vida; y les hizo un gran bien.

Los fieles de la Prelatura ‑de acuerdo con ese espíritu y con ese ejemplo‑ practican también con veneración y afecto la sumisión filial al Papa y la unidad más delicada con los Obispos diocesanos en comunión con la Santa Sede.

El Opus Dei es muy bien conocido y profundamente querido por el Episcopado y, más concretamente, por los Obispos de las Diócesis en las que los fieles de la Prelatura trabajan. Esas personas comprenden y agradecen la fecunda realidad sobrenatural y apostólica del espíritu que nuestro Padre asumió y enseñó a sus hijos. En los Estatutos de la Obra, sancionados por la Sede Apostólica (cfr. Statuta, nn. 171‑180), se confirma la armónica inserción de la Prelatura en la pastoral orgánica de la Iglesia universal y de las Iglesias locales (cfr. DecI. Praelaturae personales, de la Congregación para los Obispos, § 2). [161]

Solía repetir nuestro Fundador que en el Opus Dei tiramos del carro en la misma dirección del Ordinario diocesano, que marca la dirección general de la pastoral diocesana al servicio del fin supremo de la pluriforme actividad apostólica de la Iglesia, que es la salus animarum, la salvación de las almas.

Los laicos y los sacerdotes de la Obra trabajan unidos a ese carro como los demás católicos más fieles, pero no de cualquier manera, sino con unas formas apostólicas específicas ‑de carácter profundamente secular y laical‑, propias de la naturaleza de la Prelatura y repetidamente aprobadas por la Santa Sede. La ayuda que presta el Opus Dei a la Iglesia universal y a las Iglesias locales consiste, sobre todo, en el apostolado personal de sus fieles, que contribuye a una toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y al apostolado, y de la manera de vivir esta vocación en y por el ordinario trabajo profesional (cfr. Const. apost. Ut sit, introd.).

De acuerdo con este espíritu y con las normas de la Santa Sede, en el Opus Dei se ofrece formación cristiana a cuantos se acercan a los apostolados, para que cada uno, en el sitio que ocupa en medio del mundo, luche por practicar con profundidad el espíritu de Cristo. Y ese es fuerzo apostólico de promoción cristiana ‑realizado en filial obediencia al Magisterio eclesiástico y a las legítimas disposiciones del respectivo Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal- redunda en beneficio inmediato y directo de cada Diócesis, donde queda el fruto: se colabora así intensamente a que se llenen los templos, a que aumente la frecuencia de los sacramentos en las parroquias, a que se difunda la doctrina de la Iglesia de modo más capilar, a que surjan, en fin, vocaciones para el sacerdocio y a la vida consagrada.

De este modo, los fieles de la Prelatura realizan un intenso apostolado, gustosamente ‑sin costar un céntimo a la Diócesis‑, en todos los ambientes de la sociedad civil ‑algunos particularmente difíciles y alejados de Cristo‑, una labor que el Ordinario del lugar con frecuencia no consigue desarrollar como desearía, por falta de medios apostólicos y de personas debidamente preparadas. [162]

Los Obispos diocesanos y los Centros de la Prelatura

Aunque la Comisión Regional lleva de manera directa las gestiones para la erección de nuevos Centros, los Consejos locales deben tener en cuenta los aspectos que se exponen a continuación.

En la erección de los Centros de la Obra, se distinguen los siguientes momentos y actos jurídicos, con sus respectivas competencias: previa la solicitud correspondiente del Vicario Regional de la Prelatura, el Ordinario del lugar concede la venia para erigir un Centro en el territorio de su jurisdicción; una vez obtenida la venia, el Vicario Regional de la Prelatura es quien realiza el acto jurídico de erección del Centro.

La erección del Centro lleva consigo el derecho a desarrollar todas las actividades apostólicas que atiende la Prelatura ‑por ejemplo, Convivencias, retiros o cursos de retiro‑, así como la facultad de tener oratorio, en el que se reserva el Santísimo Sacramento y se celebran las correspondientes funciones litúrgicas.

Corresponde al Obispo diocesano el derecho de comprobar que se cumplen las prescripciones canónicas en las iglesias y oratorios, sacristías y sedes para escuchar confesiones (cfr. Statuta, n. 179). Para referirse a este ejercicio, como en el lenguaje eclesiástico el término de "visita canónica" suele entenderse en un sentido no aplicable a los Centros de la Prelatura (pues se refiere a las visitas que el Obispo hace a las parroquias o casas de religiosos), al tratar de esa estancia del Ordinario del lugar para ejercitar el derecho arriba señalado, es preferible emplear un giro de lenguaje y no hablar de "visitas"; tampoco al mencionar las entrevistas con autoridades eclesiásticas o las invitaciones a que acudan a un Centro de la Obra.

Su presencia en los Centros con este motivo, constituye también una ocasión de demostrarles el cariño, la veneración y el espíritu de cordial cooperación con los Obispos diocesanos y sus colaboradores, que anima todo el trabajo apostólico de los fieles de la Prelatura.

Al ponerse de acuerdo sobre el día y la hora, se suele preguntar al Obispo diocesano si desea celebrarla Misa, dar la bendición con el San [163] tísimo; y, en su caso, qué ornamentos se deben preparar y cuáles trae consigo, con el fin de ocuparse de disponer los restantes para esa función litúrgica. Se prepara todo para que ‑si lo desea‑ pueda abrir y examinar el sagrario, con la solemnidad que juzgue oportuno; se colocan también en la sacristía, unos vasos sagrados ‑un cáliz con la patena, uno o dos copones, una custodia‑ y un juego de ornamentos. Se le indica después el lugar donde se oyen las confesiones, para que pueda comprobar cómo se cumplen las normas canónicas sobre la materia. En estos únicos detalles se centra el derecho del Ordinario diocesano respecto al Centro.

Le acompañan en esos momentos por lo menos un sacerdote y un seglar, de los más conocidos por el Obispo o de los que habitualmente lo tratan. De ordinario, no estarán presentes todas las personas que allí residen, pues cada uno tiene su ocupación profesional, sujeta a un horario de trabajo, como cualquiera de sus colegas. Si se trata de un Centro dirigido a la juventud, será lógico que encuentre gente estudiando, o chicos que participan en los medios de formación: esto le ayudará a comprender la labor apostólica que se desarrolla. En cualquier caso, las personas de la Prelatura que le acompañan le explican el tipo de apostolado que se hace.

Al terminar, se suele ofrecer al Obispo diocesano y a sus acompañantes un pequeño agasajo: té o copa de vino, con pastas, o lo corriente en el respectivo país. En cambio, no se acostumbra a invitarle a comer con este motivo.

Trato habitual con los Obispos diocesanos y con otras autoridades eclesiásticas

Corno norma lógica de cortesía, en las Diócesis donde se han erigido Centros de la Obra, al principio de cada año o de cada curso, el Director y el sacerdote del Centro ‑o, si hay varios, el Director y el sacerdote designados por la Comisión Regional‑ visitan al Obispo para ofrecerle sus respetos y contarle algunos detalles de la labor apostólica. Además, acuden a verle, o le escriben, en otras ocasiones, como las Navidades, la Pascua de Resurrección o el día de su santo o cumpleaños. Tam [164] bién suele ser oportuno felicitarle personalmente con motivo de la toma de posesión canónica de la Diócesis, del 25º y 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, y de efemérides semejantes.

El afecto y la veneración hacia los Obispos se manifiestan también en muchos otros detalles de delicadeza: por ejemplo, se solicita siempre hora para las entrevistas, y se elige el momento conveniente para no molestarle en su trabajo; así se hace también cuando se les invita a los Centros de la Obra, o cuando es preciso presentarles documentos o plantearles cualquier asunto.

Bajo pretexto de una falsa naturalidad o de un diálogo igualitario, se han extendido en algunos ambientes modos de dirigirse a los Obispos diocesanos o de hablar de ellos, que ‑aunque no pretendan ser falta de respeto‑ chocan al menos con las buenas formas sociales: tuteo fácil, ligereza en el trato, juicios y bromas sobre su comportamiento, etc. Aunque estas costumbres se generalicen en algún lugar, es lógico que los fieles de la Prelatura sigan tratando a los Obispos y a sus colaboradores como lo hizo siempre y nos enseñó nuestro queridísimo Fundador: con veneración y afecto sinceros, que se traducen en todo momento en la delicadeza y el respeto exigidos por la caridad y la buena educación.

Cuando se va a ver a los Ordinarios diocesanos, se procura que pasen un rato agradable, contándoles anécdotas y aspectos de las labores apostólicas y de la vida de los fieles de la Prelatura: será para ellos motivo de alegría, en medio de sus preocupaciones de gobierno; y una forma delicada de manifestarles cariño y veneración. Además, muchas veces, no basta con ofrecer esa información, porque lo que desean es que se escuchen sus preocupaciones o pedir alguna colaboración: lógicamente, se les oye y atiende con mucho afecto, se toma nota de sus sugerencias y orientaciones para transmitirlas a la Comisión Regional, asegurándoles que se procurará ayudarles en todo lo posible; si alguna vez no hay más remedio que dar una negativa, se hace con la mayor caridad, de modo que vean ‑es la verdad‑ que nos duele no poder acceder a sus deseos. [165]

De este modo, les resulta más fácil comprender que en la Prelatura se vive un espíritu caracterizado por la colaboración plena con los apostolados diocesanos; una verdadera disponibilidad para recibir directrices, dar a conocer las orientaciones pastorales y secundar las campañas apostólicas promovidas por los Obispos diocesanos, siempre de forma compatible con la labor específica exigida por la misión de la Prelatura.

Cuando es necesario, se explica bien la sintonía que existe habitualmente entre las necesidades pastorales de la Diócesis y las iniciativas de los fieles de la Prelatura; entre lo que a cada Obispo le preocupa más y lo que los fieles de la Prelatura, compartiendo plenamente esas preocupaciones, procuran hacer para ayudarle. A poco desarrollada que esté la labor de la Prelatura en una Diócesis, habrá personas trabajando en esos sectores concretos ‑pastoral familiar, vocaciones para el seminario, labor apostólica con intelectuales, en el mundo obrero, en los medios de comunicación social, enseñanza religiosa en las escuelas, etc.-, que encuentran su perfecta correspondencia en el ámbito de las obras de San Gabriel o de San Rafael, o en la labor de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Desde luego, hace falta don de lenguas ‑por amor a la verdad y a la unidad del apostolado‑, para presentar bien el trabajo de los fieles de la Prelatura en servicio de las Iglesias locales, también sin apabullar con logros apostólicos, cuando se conocen dificultades que atraviesa la Diócesis. Como repetía nuestro Padre, el apostolado de la Obra es un mar sin orillas: por eso, dentro del orden de prioridades requerido por el crecimiento armónico de las labores, se puede siempre mostrar a cada Ordinario local que de verdad caminamos en la dirección que él desea, con los modos ascéticos y apostólicos propios del Opus Dei. Por esto, los fieles de la Prelatura, y especialmente los Directores, se enteran puntualmente ‑por lo que escribe, predica o dice‑ de lo que preocupa o interesa pastoralmente más a cada Obispo diocesano; preparan bien las entrevistas, escogiendo el tipo de datos, informaciones o anécdotas más convenientes en cada caso; presentan una u otra de las actividades apostólicas como una respuesta pastoral —realmente lo es— a una de sus [166] preocupaciones, o como una anticipación del deseo que manifestó en una determinada ocasión, etc.

En lo posible, suele ir a ver a los Obispos un sacerdote de la Prelatura, acompañado por un Numerario o Agregado laico mayor, que le conozca o que ‑por su profesión o por sus cargos pueda dar idea clara del carácter secular de la Prelatura. También colaboran en este trato de amistad y cariño algunos sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sobre todo, si les han conocido desde tiempo atrás. Y, en ocasiones, pueden ocuparse además algunos Supernumerarios que, por distintas razones, tengan confianza con ellos. Lógicamente, los seglares intervienen oportunamente en las conversaciones, especialmente contando anécdotas y noticias del apostolado: su presencia contribuye a que los Obispos diocesanos conozcan y amen la Obra cada día más.

Si el sacerdote ha de tratar asuntos relacionados con los apostolados de las mujeres de la Prelatura, o si el propio Obispo inicia una conversación o pregunta algo sobre estos temas, se le manifiesta el deseo de hablar después de esos aspectos, subrayando la delicadeza con que se vive en la Obra la separación entre las actividades apostólicas con hombres y con mujeres. Cuando llegue el momento de referirse a esas cuestiones, el sacerdote, con delicadeza y naturalidad, rogará al seglar que le espere fuera.

Dentro de estas manifestaciones de respeto, delicadeza y veneración, no se deja nunca de aclarar los aspectos del espíritu o de la vida apostólica de la Obra sobre los que, en alguna ocasión, un Obispo exprese una opinión inexacta. Como es natural, se hace educadamente, con la firmeza necesaria, pero con gran respeto, sin tonos ni modos por los que pudieran sentirse humillados, y evitando darle lecciones. Por esto, se dejan pasar pequeñas incomprensiones o inexactitudes, que pueden proceder de desconocimiento o de una situación personal de cansancio: rezando, con paciencia, y recordando de vez en cuando la terminología precisa o los detalles que todavía no han sido apreciados, acaba abriéndose paso la verdad y la comprensión. Este es otro motivo [167] por el que interesa que acuda también a las entrevistas un laico mayor que, con autoridad, con garbo, y sin un respeto mal entendido, aporte con libertad y altura las explicaciones necesarias.

Si alguna vez ‑ocurrirá raramente‑, en una ciudad donde no reside el Vicario Regional, surge una contradicción con el Obispo, el Director que mantiene habitualmente más relación con él se limita a decirle, con toda amabilidad, que indique el motivo de su disgusto, para tomar nota y comunicarlo al Vicario Regional, en la certeza de que se le dará satisfacción plena. Y el Director informa enseguida a la Comisión Regional.

Invitación a los Centros de la Obra

Como una consecuencia de ese trato, es natural que se invite al Obispo a celebrar alguna vez la Santa Misa, a pronunciar o a presidir una conferencia, o a almorzar en uno de los Centros que previamente haya determinado la Comisión Regional: por ejemplo, con ocasión del comienzo o del fin de curso, de una fiesta, o de un acto cultural.

De ordinario, no se invita a la vez a dos personalidades eclesiásticas ‑por ejemplo, el Nuncio y el Obispo del lugar‑, porque es más delicado con ellos hacerlo separadamente.

Cuando se invite a un Obispo a una Residencia, y se prevea que le gustaría estar un rato con los residentes, sean o no fieles de la Prelatura, se prepara adecuadamente esa breve conversación, para que surjan con naturalidad y sentido sobrenatural noticias y anécdotas del apostolado en servicio a la Diócesis. Lógicamente, esos momentos no se enfocan como tertulias con preguntas y respuestas, para no obligarle a esforzarse pensando las contestaciones; ni se le propone entonces que diga unas palabras, que quizá no había pensado pronunciar. Como lo que se pretende es hacerle pasar un rato agradable y darle motivos de alegría, en medio de sus problemas de gobierno, no debe alargarse excesivamente la reunión, pues iría en detrimento de sus demás ocupaciones. [168] 2. Participación de los sacerdotes de la Prelatura en los Consejos presbiterales'

Los sacerdotes Numerarios y Agregados de la Prelatura son sacerdotes seculares según Derecho y, de corazón, sacerdotes diocesanos en las Diócesis donde desarrollan su ministerio, como afirmaba nuestro Fundador. Como en el lenguaje común y en el teológico es habitual llamar "sacerdotes diocesanos" a todos los sacerdotes seculares, para distinguirlos de los religiosos, en una conversación ordinaria e incluso en un contexto teológico no hay inconveniente en que los sacerdotes de la Prelatura afirmen que son diocesanos; sobre todo, si el interlocutor, por recibir aclaraciones canónicas que son exactas ‑como: "soy sacerdote secular incardinado en la Prelatura"‑, se quedara con la idea de que no son seculares en el mismo pleno sentido que los otros sacerdotes seculares incardinados en una Diócesis.

De ahí que el Derecho vigente establezca que gozan de voz activa y pasiva en la constitución de los Consejos presbiterales de las Diócesis (cfr. CIC, can. 498 § 1, 2º; Statuta, n. 40; Decl. Praelaturae personales, II a).

Por tanto, participan con la frecuencia que pueden en las reuniones del Presbiterio diocesano, como los demás sacerdotes de esa Iglesia particular, lógicamente, sin menoscabo de la abundante labor ministerial que tienen encomendada.

Además, se hacen presentes con naturalidad ‑siempre a título personal, por razón de su oficio eclesiástico o de la experiencia pastoral en un determinado campo‑ en los organismos diocesanos o nacionales aprobados por la Jerarquía, que se refieren más directamente a las tareas que cada uno desarrolla y en las que posee una especial competencia pastoral o científica. Como es lógico, la Comisión Regional les orienta para que se comporten con la debida prudencia y aprovechen bien el tiempo. No se trata, naturalmente, de que todos vayan siempre a las reuniones a que sean convocados; a veces no resultará posible, como les sucede a los demás sacerdotes de la Diócesis con abundante trabajo: no asisten todos, ni siempre. Con su presencia llena de rectitud, se ganarán con la gracia de [169] Dios la amistad de los demás sacerdotes, que podrán participar en los medios de formación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

En el comportamiento de los sacerdotes de la Prelatura, queda siempre claro su afán de servir a las necesidades pastorales de la Diócesis y la unión con el Ordinario del lugar. Si en una de esas reuniones oyen alguna vez despropósitos ‑como en cualquier otra circunstancia de su vida‑, de ordinario, se limitan a escuchar, a rezar y a desagraviar, sin dejarse influir por esos errores, ni por actitudes de prevención o susceptibilidad: cuando es oportuno, y en la sede conveniente, aclaran lo necesario, sin ánimo de dar lecciones y sin conceder tampoco categoría a pequeñeces.

Si el Obispo desea nombrar a un sacerdote miembro del Colegio de consultores (cfr. CIC, can. 502 § I), el interesado, antes de dar una respuesta, comunica esa petición al Vicario Regional o de la Delegación, como cualquier sacerdote diocesano consulta en casos semejantes a su propio Ordinario.

Colaboración de los fieles de la Prelatura en los apostolados promovidos por la Diócesis

Pluralismo en el apostolado. Libertad y responsabilidad personales. Secularidad

El Opus Dei inculca un gran amor a la libertad personal en las cuestiones temporales y en las cuestiones teológicas opinables; sus fieles gozan de la misma libertad que los demás católicos, dentro de los límites que imponen el dogma y la moral de la Iglesia.

El espíritu que Dios ha dado a la Obra es espíritu de servicio a la Iglesia y a todas las almas. Nosotros amaremos, por consiguiente, la unidad y la variedad maravillosa que hay en la Iglesia; veneraremos y contribuiremos a hacer que se veneren los instrumentos de esa unidad; comprenderemos las manifestaciones de catolicidad y de de riqueza interior, que se ponen de manifiesto en la diversidad de espiritualidades, de asociaciones, de familias y de actividades [170] que, en todo tiempo y en todo lugar, dan prueba de proceder todas de un mismo Espíritu indivisible (...). Esta unidad, sin embargo, no puede ser uniformidad. Todos los cristianos, y especialmente los que hacen una dedicación personal y total de su vida al servicio de Dios, están unidos en la misión corredentora de la Iglesia (...), pero cooperan en ella de forma distinta, según su vocación específica. La unidad nos pide, por tanto, amar la llamada divina que hemos recibido y ser fieles a esa llamada: porque es el modo de trabajar, de ser útiles a toda la Iglesia, que quiere para nosotros la Voluntad de Dios; y porque es el modo de dar a entender, en la práctica, que se aman y se comprenden todas las vocaciones, los diversísimos dones que el Espíritu de Dios comunica a los cristianos (Carta 31-V-1943, nn. 30 y 57).

Ésa es también la honda razón por la que en la Obra nunca se ha aceptado la pretensión de quienes quisieran tener el monopolio del apostolado de los laicos, estableciendo una sola asociación de laicos absorbente y exclusivista, que privaría a los católicos de su libertad; les quitaría a su vez la consiguiente responsabilidad personal, y además innecesariamente comprometería a la Iglesia (Carta 15-VIII-1953, n. 29).

Las actividades apostólicas realizadas a través de las obras de San Rafael y de San Gabriel, como es natural, no dependen de las parroquias ni de otros organismos ajenos a la Prelatura.

De ordinario, los fieles laicos de la Obra no suelen tener tiempo para formar parte de los Consejos parroquiales o diocesanos ‑que, con diversa nomenclatura, se organizan en las Iglesias particulares‑ , porque, después de cumplir con sus exigentes deberes familiares, profesionales y sociales se dedican plenamente a desarrollar su apostolado específico; así contribuyen también a mejorar la vida espiritual de los fieles, que repercute en bien de la vida parroquial y diocesana, a la vez que aprenden de los demás.

Conviene tener presente además que, por regla general, las funciones reservadas por el Derecho al párroco se refieren a lo siguiente: ad [171] ministrar el Bautismo, asistir a los matrimonios y celebrar las exequias. En lo que se refiere a la Confesión, cada fiel posee la más amplia libertad para escoger a cualquier sacerdote, que disponga de la debida facultad para administrar el sacramento de la Penitencia. En cuanto a la Comunión, ni siquiera está mandado que se tenga que cumplir el precepto pascual en la propia parroquia. Todos los fieles gozan, a fortiori, de una libertad plena para asistir o no a los actos o reuniones organizados por la parroquia: no hay, por tanto, ningún motivo para que sientan alguna inquietud o preocupación si no asisten a estos actos; pero, en cambio, proveen de otra manera a su formación doctrinal, a la participación en la vida litúrgica de la Iglesia, etc.

Podría ocurrir, en algún sitio, que un fiel de la Prelatura, sobre todo un Supernumerario que frecuenta habitualmente la parroquia, recibiera la propuesta de ser nombrado ministro extraordinario de la Comunión. Todos deben conocer bien la disciplina de la Iglesia sobre esta materia: por ejemplo, a través de las clases del apartado IV del Programa de formación inicial. Si a alguno le dirigen esa sugerencia, conviene aconsejarle que la decline, explicando amablemente la realidad: imposibilidad de comprometerse, pues le falta tiempo por sus ocupaciones familiares y laborales, también por la necesaria disponibilidad para atender los encargos de la Obra, etc. Por supuesto, debe quedar claro el respeto de los fieles de la Prelatura hacia todo lo que establece la legítima autoridad de la Iglesia, pero en ese caso no pueden asumir esa responsabilidad.

También por razón de naturalidad, los seglares de la Obra declinan posibles invitaciones a dar conferencias o charlas en iglesias, y evitan predicar en los templos, cuando en algún sitio ‑quizá por escasez de clero‑ el Ordinario del lugar autorice y pida que laicos especialmente formados ayuden de ese modo a los sacerdotes.

Colaboración con reuniones y organismos diocesanos

Los Consejos pastorales parroquiales (cfr. CIC, can. 536) son una forma —adecuada ciertamente, pero no la única, ni la más específica [172] mente laical— de incorporar a los fieles a la vida y actividad apostólica de la Iglesia. Como hay otras personas que realizan muy bien estas tareas, mientras que es inmenso el campo de los apostolados específicos de la Prelatura, un fiel de la Obra participa en esos Consejos sólo en casos excepcionales y siempre a título personal; por ejemplo, si lo contrario choca mucho en el lugar, o sí la autoridad diocesana pide expresamente esa ayuda. De ninguna manera acude como representante de la Prelatura, pues no lo es. Antes de aceptar, conviene que el interesado pida consejo al Vicario Regional. Desde luego, resulta preferible que sean Cooperadores, si así lo desean, los que tomen parte en esas reuniones.

Además, a veces, los Obispos diocesanos solicitan la colaboración de fieles de la Prelatura para trabajar en asociaciones piadosas o en apostolados eclesiásticos. Sí es necesario y prudente, quien recibe la petición explica ‑sin prejuzgar la respuesta‑ que la labor específica de los fieles de la Prelatura les impone un trabajo profesional intenso, constante, ordenado, profundo, que ordinariamente les impide dedicarse a esas otras labores. Si se trata de un sacerdote, recuerda la necesidad de contar con el permiso de su propio Ordinario, de acuerdo con lo establecido por las leyes canónicas (cfr. CIC, can. 295 § 1; Statuta, n. 5 1, § l). Después se transmite inmediatamente a la Comisión Regional el deseo del Obispo diocesano.

Cuando prestan esos servicios más directos al Obispo diocesano, los fieles de la Prelatura manifiestan su deseo auténtico de colaborar en lo que pueden, y actúan con mucha prudencia y sentido de responsabilidad, con espíritu sobrenatural y garbo humano, procurando que sus intervenciones estén llenas de sencillez y naturalidad, evitando tanto la pasividad como un excesivo protagonismo.

Hay que procurar que los Obispos entiendan que el mayor servicio a la Diócesis lo realiza cada fiel de la Prelatura en su vida cotidiana, en la familia, en su lugar de trabajo, procurando ser fermento de vida cristiana y promoviendo, junto con otras personas, iniciativas civiles en los ámbitos más variados, imbuidas de espíritu cristiano; y que, además, se les puede ayudar de otros modos ‑que suelen agradecer mucho‑ como el [173] asesoramiento de algún profesional o a través de otras entidades como universidades, instituciones de apoyo a la familia, colegios, etc.

Información escrita

El Consejo local informa habitualmente a la Comisión Regional acerca de las relaciones que mantiene con el Obispo diocesano y con las demás autoridades eclesiásticas del lugar: entrevistas; documentos que entregan; actos a los que se les invita. Como, de acuerdo con los Estatutos de la Prelatura, la relación institucional con los Obispos corresponde al Vicario Regional, no se les hace llegar ningún documento sin la previa aprobación de la Comisión Regional, salvo lógicamente las cartas de cortesía, las simples peticiones de audiencia, o asuntos semejantes.

Por idéntica razón, si la autoridad diocesana competente pide ‑verbalmente o por escrito- datos sobre la labor de la Prelatura en la Diócesis, se contesta ‑de palabra‑ que se transmite inmediatamente la comunicación al Vicario Regional, representante de la Prelatura, para que envíe la respuesta oportuna.

Cuando las circunstancias lo aconsejen, no hay ningún inconveniente ‑al contrario‑ en sugerir a la Comisión Regional que se nombren asistentes eclesiásticos al Vicario General, al Canciller, al Rector del Seminario, o a otros sacerdotes en cada Diócesis: se facilita así la frecuencia en el trato y, con la atención espiritual que prestan a algunos Supernumerarios, varones y mujeres ‑cuando sea necesario‑, conocen mejor el espíritu de la Obra y ven de modo práctico la eficacia de la labor en servicio de las almas de la Diócesis.

Por último, cuando una personalidad eclesiástica viaja a Roma, y el Consejo local juzga conveniente que se le visite allí, o que se le invite a rezar en la Iglesia prelaticia, informa a la Comisión Regional, con los datos oportunos, para que se transmita al Consejo General y se pueda atender a esa persona de) mejor modo posible.

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Sede de los centros de la prelatura

Para la realización y desarrollo de las actividades espirituales y formativas, se necesitan instrumentos materiales adecuados: pisos, apartamentos, edificios, etc. Estos instrumentos no son de la Prelatura, sino de personas o entidades civiles que los ponen a disposición de las labores apostólicas. En consecuencia, resulta impropio referirse a edificios o casas del Opus Dei. Sin embargo, en la manera ordinaria de hablar, los miembros de la Obra mencionan su casa, como cualquier ciudadano corriente dice: voy a mi casa, aunque viva en un piso arrendado.

Las sedes de los Centros reflejan siempre el aspecto de hogares de familia cristiana, agradables, con el mínimum de bienestar indispensable en la lucha ascética para alcanzar la santidad; hogares acogedores, limpios ‑ no se confunde la pobreza con la suciedad‑, sencillos y alegres; éste es el denominador común.

Los edificios, apartamentos, etc., donde se realiza una labor apostólica pueden ser muy variados, de acuerdo con la condición de las personas que los frecuentan y la actividad que allí se lleva a cabo; pero siempre agradables, dignos, de modo que reflejan bien nuestro espíritu, gastando lo necesario en el mantenimiento y cuidado de las cosas pequeñas.

Lo mismo que en su vida personal cada fiel de la Obra siente la ale [175] gría de vivir, con amorosa fidelidad y con naturalidad, una pobreza real y absoluta en el espíritu, también se ejercita esta virtud cristiana en la instalación y en la conservación de las sedes de los Centros. La preocupación de los miembros del Consejo local por el cuidado de la casa, les impulsa a estar siempre pendientes de los detalles materiales, y a procurar que los demás ejerciten también su sentido de responsabilidad, mediante encargos concretos.

Las Convivencias, los cursos de retiro y los retiros mensuales se tienen en los Centros de la Prelatura ‑especialmente en las casas de retiros‑, o en las casas de Convivencias. Cuando no es posible, se busca otro lugar, por ejemplo la finca de algunos amigos, o un hotel discreto sin huéspedes durante esos días o, al menos, con una zona completamente independiente; en cambio, no se organizan nunca en casas diocesanas de ejercicios, seminarios, conventos, casas religiosas, u otros lugares eclesiásticos.

Instalación de los inmuebles

Por evidentes razones de delicadeza sobrenatural y humana, desde los comienzos de la Obra, al instalar los Centros, y siempre, lo primero es el oratorio ‑el Sagrario‑; después la Administración, y en tercer lugar el resto. Cualquier otro planteamiento supondría un desorden, que no sería grato a Dios.

De la instalación de las sedes de los Centros, suele ocuparse una persona, o varias, designadas por la correspondiente entidad propietaria, de acuerdo con la Comisión Regional. Si en algún caso se ocupa de realizarla el Consejo local, éste elabora un proyecto y un presupuesto. Una vez que la Comisión Regional da su conformidad al proyecto, y la entidad competente aprueba tanto el proyecto como el presupuesto, se procede cuanto antes a la instalación.

Desde los inicios de la labor, los Centros se han montado con la ayuda de personas generosas, que facilitaban muebles o dinero para instalarlos. Y siempre se sigue empleando este sistema ‑que es también una [176] magnífica ocasión de apostolado‑, porque la necesidad de vivir la pobreza es la misma hoy que al principio. Además, con la expansión del trabajo apostólico, aumenta cada día el número de personas que desean colaborar de esta forma.

En concreto, interesa aprovechar las ocasiones que se presenten, para que los parientes de los fieles de la Prelatura, o las familias amigas, regalen objetos que no emplean o desechan, aunque sean viejos o estén deteriorados. Muchas veces, muebles usados ‑reparados y acomodados‑ sirven perfectamente para los Centros que se van a instalar. Si alguien ofrece pinturas, tapices, joyas o, en general, objetos que, por su antigüedad o su valor artístico, son de considerable estima, se informa a la Comisión Regional.

Una vez conseguida la financiación oportuna, el mobiliario se compra con espíritu de pobreza y con sentido común. Sería muy poco razonable adquirir exclusivamente muebles nuevos o, menos aún, diseñarlos y mandarlos hacer de encargo, sólo por un deseo de distinción o de modernismo. Pero si hay que disponer de una gran cantidad de objetos del mismo tipo ‑mesas para un colegio, sillas para una Residencia, etc.‑, puede pensarse en la conveniencia ‑económica y funcional‑ de encargarlos ex profeso, sin descartar a priori los que ya ofrecen las fábricas, quizá sin más que retocar algún pequeño detalle de los modelos comerciales, siempre que no suponga un encarecimiento excesivo.

Cuando es necesario retrasar la utilización de una sede por falta de medios, se dan gracias al Señor y se contempla esa situación con sentido sobrenatural. Pero nunca queda incompleta una instalación por desidia: significaría poco amor a Dios, ya que con un instrumento en esas condiciones no se puede servir dignamente al Señor ni tampoco a los demás. El espíritu de la Obra lleva a poner la última piedra en los trabajos, con la misma vibración e interés con que se comenzaron.

Una vez terminada la instalación de la sede de un Centro ‑o de cualquier instrumento apostólico‑, el Consejo local vela para que se conserve y se mantenga en perfecto estado, y evita introducir modifica [177] ciones de importancia en la decoración o en el mobiliario sin consultar previamente a la Comisión Regional.

Ya en los primeros tiempos de la Obra, nuestro Fundador quiso que en los Centros con labor apostólica externa, en algún lugar digno de la casa, se colocara el texto del Mandatum novum (Jn 13, 34‑35) (cfr. Instrucción, 8‑XII‑1941, nota 98). Habitualmente se escribe en latín. Sin embargo, si parece oportuno ‑por ejemplo, en países cuya lengua no sigue el alfabeto latino‑, cabe añadir una buena traducción vernácula junto al texto latino. Conviene utilizar material de cierta calidad ‑pergamino, papel especial‑ enmarcado dignamente. En el Anexo 12se señalan, como orientación, unos posibles modos de disponer los dos textos, de forma que el latino resalte más.

Por los motivos que nuestro Padre señala en la Instrucción, 9‑1‑1935, n. 87, en los Centros de la Obra no hay ni siquiera una mesa de ping‑pong. En los clubes juveniles, si lo tienen, se cuidan siempre las indicaciones recogidas, a este respecto, en el Vademécum de labores apostólicas (obra de San Rafael). Sin embargo, en países donde el ping‑pong está considerado como un deporte ‑no como un pasatiempo‑ y en los lugares en los que el clima es poco benigno y no es fácil hacer otro tipo de deporte a cubierto, no hay inconveniente en que se tenga y se utilice en los momentos previstos para hacer ejercicio físico, durante un Curso anual.

En los Centros no existen habitaciones destinadas a trastero, ni objetos innecesarios. Por eso, al disponer de nuevos instrumentos de trabajo —porque se compran otros más eficaces, o porque los regalan—, si los anteriores están aún en condiciones de servir, se recogen, con las instrucciones y garantías correspondientes, y se informa a la Comisión Regional, por si pueden ser útiles en otros Centros.

Oratorios

El oratorio ‑como repetidamente se ha recordado‑ ha sido Y será siempre la habitación más importante de la casa, pues allí está el Señor: [178] responde hasta en los menores detalles a su carácter de lugar destinado al culto. Cuando se ha instalado un nuevo Centro, antes de dejar reservado el Santísimo Sacramento, se espera el visto bueno de la Comisión Regional.

Especialmente en países donde los católicos son minoría, el oratorio se construye de forma que se logre una seguridad completa contra cualquier profanación y quede perfectamente cerrado; si las ventanas son accesibles desde fuera, se colocan contraventanas metálicas, rejas, o las dos cosas a la vez; y la puerta se cierra con la llave general (R1) o se instala una cerradura especial, más segura, si las circunstancias lo requieren.

Los certificados en los que consta la dedicación ‑o, en su caso, la bendición‑ del altar, la bendición del oratorio, la erección del Vía Crucis, la bendición de la cruz de palo y la de la casa ‑ indicando quién lo ha hecho, la fecha y alguna otra circunstancia‑, se archivan con los demás documentos del Centro. Normalmente, los redacta el sacerdote que se haya encargado de esas bendiciones.

Las reliquias de nuestro Padre, ex corpore o ex indumentis, y sus imágenes ‑pinturas, esculturas, etc., ‑ destinadas a los oratorios, se colocan en la zona del presbiterio: en el retablo o cerca del retablo, a ser posible en la misma pared.

Antes de colocar una imagen de nuestro Fundador se consulta a la Comisión Regional, facilitando todos los datos necesarios, y se espera su respuesta.

El armario o mueble situado en el anteoratorio, o cerca del oratorio, para los libros de lectura espiritual y los misales, se deja entreabierto por la noche, o como mejor convenga según las circunstancias del lugar. Se trata de que no se estropee el papel por la humedad o que lo destruyan los insectos. Se tiene siempre ordenado, para encontrar fácilmente el libro que se desee. Interesa disponer de un número suficiente de obras ‑una selección de los títulos que envía la Comisión Regional‑, adecuadas al tipo de labor y a las personas que viven y frecuentan el Centro. También es útil guardar ahí los guiones para el rezo del Santo Rosa [179] rio o de otras oraciones, bien impresos y colocados dentro de una carpeta, para facilitar su conservación.

En algunos lugares, en el anteoratorio de las sedes de las obras de apostolado corporativo suele colocarse un libro con buena encuadernaci6n y digno ‑sobre un atril, en sitio visible‑, en donde se pueden anotar intenciones, para que se encomienden durante la Santa Misa.

Cuando un Centro de Agregados tiene sede material propia, se puede instalar un oratorio, aunque no viva nadie allí. En estos oratorios, habitualmente no está reservado el Santísimo. Sin embargo, no hay inconveniente en hacer la reserva en reuniones con un elevado número de participantes en la labor apostólica: el día de la meditación semanal, o del retiro mensual, en fiestas señaladas de la Obra, etc. La forma de proceder variará de un sitio a otro, según la disponibilidad de sacerdotes, el desarrollo de la labor, etc.

En esas ocasiones, se puede celebrar la Santa Misa y reservar luego el Santísimo‑, o bien, trasladarlo desde otro sagrario cercano, con el cuidado y delicadeza habituales. Como el Señor no se queda en el sagrario cuando se marchan todos, algunos pueden comulgar entonces de manos del sacerdote ‑si no lo han hecho en el día‑, o bien se traslada de nuevo el Santísimo Sacramento a un Centro próximo.

En los lugares donde, por el volumen de la labor de San Rafael o de San Gabriel, acuden cada día muchas personas, se puede reservar el Santísimo con mayor frecuencia, incluso diariamente, si se dispone de sacerdote para el traslado. En estos oratorios, puede ser prudente que la Santa Misa se celebre sólo una o dos veces por semana; habitualmente, no los domingos ni otros días de precepto.

Los vasos sagrados que se usan en esos Centros, se guardan donde residen los miembros del Consejo local; o, incluso, en la propia sede donde se realiza la labor, si quedan bien custodiados en una caja fuerte en armarios muy seguros.

Se procura que durante la mayor parte del tiempo en que esté reservado el Santísimo, se encuentre en la sede del Centro de Agregados [180] un miembro del Consejo local; cuando es necesario, le sustituye un Numerario que ayude en la atención del Centro o un Celador, explicándoles bien antes su responsabilidad directa de custodiar el Santísimo Sacramento. Estas indicaciones han de cumplirse siempre de modo estricto, sin excepciones.

Imágenes

Se eligen imágenes sagradas piadosas, sobrias, que ayuden al recogimiento y a la oración; clásicas o modernas, sin dejarse llevar por "novedades" ni permitir "caricaturas" del arte sagrado.

Las imágenes de Santos llevan aureola. Si en algún caso no resulta adecuado ponerla en la misma imagen, puede pintarse o colocarse sobrepuesta ‑hecha de metal, por ejemplo‑ en la pared o tabla de fondo. Esto no se aplica, de ordinario, a los crucifijos, a las imágenes del Niño Jesús, ni tampoco a las reproducciones de imágenes clásicas famosas que no la tengan. Cuando alguna talla del Niño Jesús dispone ya de aureola o potencias, se dejan, si quedan bien firmes ‑de modo que no se desprendan fácilmente‑ y no hay peligro de engancharse con el velo humeral.

De acuerdo con una práctica muy generalizada en muchos lugares, también en las aulas y salas de estudio de todos los Centros se coloca un crucifijo, además de la imagen de la Santísima Virgen.

Los crucifijos tienen cruz ‑sin excepción‑, tanto si se colocan dentro como fuera del oratorio. Cuando se adopta la solución de pintar la cruz en la pared, ha de quedar bien patente.

En los retablos o cuadros, en que se representa a la Sagrada Familia, se evita que el Niño Jesús aparezca desnudito: sin caer en la exageración, es mejor que esté vestido siempre, al menos con unos pañales.

Ordinariamente, en vez de poner el Nacimiento cada año, hay un belén definitivo, colocado en un sitio fijo de la casa ‑por ejemplo, en una hornacina‑, que no está a la vista durante el año, sino oculto con unas puertas cerradas con llave. [181]

En los países donde no sea habitual la instalación del Nacimiento, los Centros se acomodan a las tradiciones locales, pero colocando en un lugar visible, cerca del árbol de Navidad o en otro sitio, las figuras centrales del Misterio, con el fin de dar una clara nota cristiana a las costumbres del lugar.

Botiquín

En los Centros hay un pequeño botiquín, con las medicinas de uso más corriente y las necesarias en caso de urgencia, y el material indispensable para la atención de los enfermos. Si no se cuenta con enfermería, el botiquín se instala en un lugar adecuado; por ejemplo, en un cuarto de aseo. Puede ser útil hacer un inventario para que, antes de comprar nuevas medicinas, se compruebe si se dispone de ellas. Estos medicamentos se pueden clasificar por materias. A modo de orientación, el botiquín suele contener lo siguiente:

a) preparados de uso corriente, que se emplean sin expresa autorización médica: por ejemplo, aspirina, antiácidos, analgésicos suaves, etc.;

b) medicamentos e instrumental para curas de urgencia, en caso de heridas leves, cortes o quemaduras: esparadrapo, alcohol, agua oxigenada, gasa estéril, mercurocromo, etc.;

c) lo necesario para asistir otras urgencias: tónicos cardíacos, suero antitetánico, antihistamínicos, corticosteroides inyectables, etc.:

d) los específicos que hayan sobrado después de usarlos algún enfermo, bajo prescripción médica ‑incluidos los somníferos‑; y los que suelen enviar como propaganda los laboratorios de productos farmacéuticos, que no se incluyan en los apartados anteriores;

e) un termómetro; jeringuillas de dos o tres cubicaciones y diversos tipos de agujas para inyecciones; vaso de enfermos; irrigador‑, dos bolsas para agua caliente y dos para hielo.

Las existencias del botiquín han de estar siempre convenientemente clasificadas y bien ordenadas. De vez en cuando, un médico, un far [182] macéutico o un estudiante de estas carreras, lo revisa para comprobar si falta algo y, en ese caso, adquirirlo, y desechar lo inservible. Los medicamentos que no son de uso corriente sólo se emplean bajo prescripción facultativa.

El material del botiquín se cuida con esmero, y ‑excepto las medicinas e instrumentos de uso muy corriente‑ está cerrado con llave, que se guarda en el despacho del Director. Por tanto, en la propia habitación, sólo se tienen los específicos que el médico haya recomendado utilizar habitualmente.

Donde no haya habitación destinada a enfermería, se coloca en un lugar conveniente lo necesario para la debida atención de un enfermo, sobre todo si la permanencia en cama es larga: una o dos almohadas; fundas impermeables para protegerlas y también para el colchón; una lamparilla adecuada para la cama; un espejo, un lavamanos, una esponja y un frasco de agua de colonia para el aseo, etc.

Inventario

En cada Centro hay un inventario ‑siempre actualizado, al día‑, con copia en la Comisión Regional, de todos los objetos ‑ornamentos, vasos sagrados, muebles, adornos de decoración, etc.‑ que integran la dotación del oratorio y el menaje de la casa. En los Centros con Administración ordinaria, ésta se ocupa del inventario de los vasos sagrados, ornamentos, etc.

Al cambiar el Director, el entrante y el saliente examinan el inventario, y comprueban si está todo lo que allí figura.

Cuando se trasladan muebles y objetos de un Centro a otro, se toma nota en los inventarios de los Centros a quo y ad quod. Antes de efectuar esos traslados, aunque sólo sea para una temporada, el Consejo local lo consulta a la Comisión Regional y espera su respuesta. [183]

Fotografías

Como en todo hogar, en los Centros se colocan fotografías de familia: de nuestro Padre y de sus sucesores, de los Abuelos y de Tía Carmen. Además, cuando sea el caso, pueden ponerse fotos ‑tomadas cuando eran ya de la Obra‑ de algunos Numerarios o Agregados: de los más antiguos, de los que han comenzado la labor en la Región, de los primeros del país, etc.; cuando se trata de Numerarios o Agregados que son sacerdotes, se eligen fotos anteriores a la ordenación.

En las casas de retiros, como las usan tanto hombres como mujeres, no se ponen fotografías ni retratos de fieles de la Prelatura, ni siquiera después de su fallecimiento, aunque esté en curso su causa de canonización.

Toda la sede del Centro es el hogar de quienes ahí viven, aunque cada uno disponga de una habitación personal; por eso, el que la ocupa no deja a la vista fotografías o retratos de los padres, hermanos, etc.; el que lo desee, conserva esas fotos en la intimidad.

Resulta útil hacer y archivar fotografías referentes a la vida del Centro: fotos de calidad, técnica y artística, de los fieles del Opus Dei y de las actividades realizadas en las tareas apostólicas. Constituyen una parte de la historia de la Obra, y pueden ser también un medio eficaz para dar a conocer más esos apostolados.

En los Centros, se conservan las fotos tomadas en tertulias, Convivencias, excursiones, etc. El archivo está cerrado con llave, que custodia el Consejo local. El modo de organizarlo dependerá del número de fotos: para un Centro pequeño, suele bastar con unos álbumes de positivos, unas carpetas para negativos y diapositivas, y un índice cronológico con los diversos datos; en las obras corporativas, el archivo será lógicamente más amplio.

Para evitar que los negativos y las diapositivas se rayen o se ensucien con polvo o con las huellas digitales, es aconsejable manejarlos con pinzas y guardarlos extendidos ‑no enrollados‑, dentro de bolsitas carpetas de papel semitransparente. [184]

En cada negativo o fotografía se suele indicar: lugar (ciudad, país); nombre de la obra corporativa o del Centro; fecha; actividad que se está realizando; nombres y apellidos (sí se conocen) de las personas que figuran; si el lugar o los objetos que aparecen tienen relación con la historia de la Obra.

Objetos de particular estima

Como manifestación de amor a la Obra y a nuestro Fundador, los fieles de la Prelatura sienten el gustoso deber de cuidar y conservar con extremada delicadeza aquellos objetos ‑ ornamentos, vasos sagrados, cuadros, muebles, etc.‑, que son patrimonio común también de las generaciones venideras, por constituir evocaciones materiales de su historia.

Se conservan con todo cariño los distintos recuerdos que se van recibiendo: fotos y objetos relacionados con la vida de nuestro Padre, fotos de las ordenaciones episcopales de sus sucesores, estampas, recordatorios, medallas y folletos referentes a otros acontecimientos familiares, etc. Estos recuerdos se disponen de modo que ayuden a mantener vivo el espíritu de filiación, y con la sencillez y delicadeza con que se custodian los recuerdos íntimos de familia. No tendría sentido, por ejemplo, colocar muchas cosas de este tipo ni en las zonas de recibir ni en las dedicadas a la labor externa.

Conviene actuar con flexibilidad y naturalidad, cuidando la decoración de los Centros, de modo que se mantenga el ambiente de familia heredado de nuestro Fundador, sin caer en casuísticas innecesarias. En ocasiones, se podrá contar con fotografías de nuestro Padre o de don Álvaro anteriores a la ordenación sacerdotal, o colocar algunos de esos recuerdos en una vitrina, etc.

Se adoptan las cautelas oportunas para evitar que esos objetos, por traslados innecesarios, o quizá por modificar algunos de sus detalles ‑por ejemplo, cambiando el marco de un cuadro‑, desaparezcan, se deterioren, o pierdan su significado específico. Cuando las necesidades [185] de conservación exigen algún arreglo o modificación importante, es prudente que el Consejo local lo consulte antes a la Comisión Regional.

De todos los objetos que, de alguna manera, están ligados a la historia de la Obra, o de otros que ‑por su calidad artística, su antigüedad o su valor material‑ son de particular estima, el Consejo local conserva, junto con el inventario, una ficha en la que, además de una fotografía, constan los datos descriptivos que permitan identificar esos objetos. Se envía copia de la ficha a la Comisión Regional.

Conservación de los inmuebles

Mantenimiento

Una manifestación del espíritu de pobreza es mantener la casa en buen estado: pintar cuando hace falta, repasar los muebles y las tapicerías con cierta periodicidad, etc. Con más esmero y delicadeza se cuidan el oratorio y los objetos de culto. Los miembros del Consejo local cumplen este deber con gran empeño: están en todo, desde lo más pequeño en apariencia, hasta lo más importante; y procuran que los demás vigilen también por el buen estado de la casa.

En el Centro se conservan por escrito ‑si hace falta, con algún dibujo‑ las indicaciones necesarias: funcionamiento y manutención de las diversas instalaciones (eléctrica, telefónica, de calefacción); modo de dejar las ventanas, persianas y cortinas, según la época del año y las diferentes horas del día, etc. Algunos climas exigen tomar precauciones, para evitar que el excesivo sol caliente demasiado la casa o estropee los muebles, las tapicerías, los cuadros, etc. En los edificios grandes, se prevé qué luces se encienden al anochecer en los sitios de paso: las indispensables y siempre las mismas.

Además, se tienen planos de las distintas habitaciones, en los que figura el lugar de cada mueble; de los objetos que suelen colocarse encima, de los cuadros, libros, bandejas, portarretratos, etc. Estos planos se repasan periódicamente para evitar que, por descuido, se cambie la de [186] coración; también para ponerlos al día, cuando se modifica algo por motivos razonables. La Administración dispone de una copia, con el fin de mantener este orden al hacer la limpieza.

En cada Centro constan los detalles que el Consejo local revisa cada noche, para comprobar si todo queda en perfecto orden: por ejemplo, puertas y ventanas que deben permanecer cerradas; conmutadores o interruptores de los teléfonos y del timbre de la calle; llaves del gas y grifos de agua ‑especialmente si ha habido cortes durante el día‑; desconexión de aparatos eléctricos ‑estufas, ventiladores, etc.‑ que pueden ocasionar fuego si funcionan durante mucho tiempo seguido: si en algún caso hace falta usarlos por la noche, se colocan en lugares que no ofrezcan peligro de incendio.

En las casas con servicio de gas, además de tener una llave general de entrada que se cierra todas las noches ‑es muy importante que el Consejo local controle que se hace‑, se adoptan sistemas eficaces de seguridad, para prevenir accidentes. De modo semejante, se toman medidas contra incendios, de acuerdo con los reglamentos oficiales.

Los encargados de las diversas instalaciones se ocupan de las revisiones técnicas necesarias, y de asegurar su perfecto funcionamiento. Para facilitar el control, es muy práctico llevar un calendario en el que estén programados y distribuidos los trabajos de manutención periódica; así se conservan las cosas siempre en buen estado.

Es práctico, además, elaborar un calendario o agenda con las fechas en que conviene limpiar, periódicamente, determinados locales, muebles, etc., que no requieren una limpieza diaria.

Reparaciones

Muchas veces no es preciso recurrir a obreros, para realizar pequeñas reparaciones: retoques de pintura, ajustar una cerradura, etc. Las personas del Centro ‑sea cual sea su trabajo profesional‑ dedican algún tiempo a estos arreglos, de acuerdo con el Director. Cuando advier [187] ten un desperfecto que excede sus posibilidades, avisan enseguida al Secretario del Consejo local, normalmente entregándole una nota.

Aunque siempre se intenta hacer las reparaciones de manera inmediata, es de sentido común no avisar a un obrero cada vez que surge una pequeñez. Si no es urgente, se espera hasta que haya varios desperfectos del mismo tipo, o hasta la época señalada para la restauración y manutención periódica del edificio.

Sin embargo, algunos arreglos se deben hacer enseguida: por ejemplo, las averías que pueden ocasionar grave perjuicio al inmueble si no se reparan inmediatamente, o los desperfectos más visibles y chocantes, Con este esfuerzo y diligencia, se evitan en el futuro obras de un coste o de una entidad grandes. En cualquier caso, cuando se termina un arreglo o reparación, se comprueba que todo queda en perfectas condiciones.

En los Centros, especialmente si tienen la sede en edificios grandes ‑Residencias de estudiantes, Centros de Estudios, casas de retiros-, resulta práctico disponer de un fichero de arreglos y de trabajos materiales, para saber en cada momento a quién se encomendó un determinado trabajo, dónde se llevó a reparar un objeto, cuándo lo devolvieron o lo devolverán, coste, etc.

El Consejo local señala cada año, de acuerdo con la Administración, y con antelación suficiente, las fechas más oportunas para dedicar, por lo menos, quince días a la limpieza extraordinaria, restauración y manutención del edificio. En las sedes grandes, se suele elegir la época de las vacaciones. Antes de comenzar esos trabajos, se toman las precauciones habituales: por ejemplo, retirar los muebles y cubrir con papeles o sábanas viejas los que no es posible apartar; proteger los pavimentos y las paredes que puedan deteriorarse; concretar el horario y prever dificultades, para evitar esperas inútiles de los obreros, que se pagan como tiempo de trabajo; preparar las llaves necesarias, y ver si hará falta cortar el agua o la luz en alguna zona del edificio; elaborar un plan para ir acabando ordenadamente cada tarea, sin que los operarios tengan que pasar de nuevo por sitios ya terminados. Como no interesa prestar utensilios de la casa, se comprueba, con la empresa que realice las [188] obras, que los obreros acuden con todo lo necesario: herramientas, escaleras, material, etc.

De forma prudente, un Numerario o un Agregado acompaña a los operarios al ir y al volver del lugar de trabajo y mientras lo realizan, para asegurar que lo cumplen bien y conforme a lo proyectado, que aprovechan el tiempo, que no se deterioran las paredes, etc. En función del número de obreros, puede haber más de un encargado, de modo que en ningún momento queden solos. Además, está atento para recordar enseguida detalles de sentido común sobre el cuidado o la limpieza en el trabajo: por ejemplo, no hacer mortero sobre el pavimento, sino en una artesa a propósito; no apoyar en la pared cosas que puedan deteriorarla; no barrer levantando polvo. Cuando un obrero termina su tarea, debe dejar todo limpio. Después, el encargado da un repaso más a fondo y ordena la habitación. Si se trata de locales que la Administración limpia habitualmente, se evita recargar su trabajo, por descuidar estos aspectos.

Es útil que los encargados hagan diariamente una ficha de los trabajos realizados y del tiempo empleado, con las observaciones pertinentes. Estas fichas servirán de ayuda al revisar las facturas y permitirán plantear, en su caso, posibles reclamaciones.

Si se trabaja en un oratorio ya terminado, se cuidan especialmente algunas exigencias de delicadeza: tener la cabeza descubierta, no fumar, no comer, no cantar, vestir con decoro, etc. El altar se cubre, si es necesario, con papeles limpios ‑no de periódico‑, y no se deja nada encima.

Como es natural, los obreros no trabajan en sitios donde la Administración esté limpiando; ni pasan a la zona de la Administración, sin que previamente se haya fijado la hora.

Si las reparaciones importan una suma que excede lo presupuestado para gastos ordinarios de mantenimiento, o si se trata de obras importantes o de reformas, se consulta a la Comisión Regional antes de comenzar ninguna gestión.

En los inmuebles grandes puede ser práctico contar con algún empleado fijo, encargado del buen funcionamiento de instalaciones y [189] máquinas, de efectuar pequeñas reparaciones, del cuidado del jardín de la limpieza de exteriores, etc. No es necesario que sea especialista pero sí que tenga algunos conocimientos de electricidad, mecánica fontanería, etc. Antes de proponer a la entidad propietaria o gestora la contratación de esas personas, es prudente que el Consejo local lo comunique a la Comisión Regional, para asegurar que es oportuno obrar de ese modo.

Otros aspectos de la vida del Centro

Nuestro Padre subrayó siempre la importancia de atender muy bien los servicios de portería, correo, teléfonos y visitas. Donde la Administración no se ocupa de la portería, se adoptan las medidas necesarias para que funcione debidamente: con eficacia y con sentido de responsabilidad. Un fiel de la Prelatura se encarga de abrir la puerta, de atender el teléfono, de recibir el correo, etc., siguiendo las instrucciones del Consejo local: así se asegura siempre que no se pierde ninguna carta; que el correo llega inmediatamente al Director; que, al recibir correspondencia certificada, telegramas, etc., se toman las precauciones lógicas, para que conste la fecha exacta de recepción, por si es preciso reclamar o responder; que se transmiten los encargos, etc. También puede contratarse a una persona, honrada y de confianza, con preparación seria, que atienda esos servicios durante algunas horas diarias.

Los Centros donde está reservado el Santísimo Sacramento, no se dejan nunca solos: si en alguna ocasión no se queda, al menos, una persona de la Obra, se advierte a la Administración; y si tampoco la Administración va a permanecer en la casa, el Santísimo se custodia, durante los ratos prolongados de ausencia, en una caja de caudales empotrada, suficientemente segura y no a la vista. A veces se traslada en privado al sagrario de un Centro muy próximo. En todo caso, cuando el sagrario está vacío, la puerta permanece claramente abierta. Además, en las sedes donde residen personas que no son de la Obra, la puerta del oratorio se cierra con llave durante la noche. [190]

La llave del sagrario se guarda en una caja digna, forrada por dentro con terciopelo, moiré, etc., que el Director conserva bajo llave (también el duplicado). Inmediatamente antes de comenzar un acto litúrgico en el que se ha de abrir el sagrario, se coloca la caja sobre el altar, junto al tabernáculo; y en cuanto se termina, se devuelve a su sitio. Generalmente, el Director se ocupa de llevar y recoger la llave.

Cuando en un Centro hay teléfonos interiores, y los utilizan sólo fieles de la Obra, se emplea, al iniciar y al terminar la conversación, el saludo Pax, in aeternum.

En la mesa del despacho del Director se tiene una cartela con una relación de las puertas ‑y las horas‑ que se abren y cierran diariamente. En cada llave va una indicación distinta, según el grupo de puertas a que corresponda: llave general para las interiores (R1), excepto las de comunicación con la Administración; llave para las puertas de comunicación con la Administración (R2); y llave exterior (R3).

Por razones de orden, los locales sin uso diario están habitualmente cerrados con llave R1, que guarda el Director.

Cuando en un Centro de Numerarios, excepcionalmente, no vaya a vivir nadie durante algún periodo del año, dos personas del Consejo local entregan toda la documentación al Secretario de la Comisión Regional o de la Delegación, para que la custodien durante esa temporada. Se firma un escrito en el que figuran la fecha y la relación de los documentos trasladados. Si la ciudad no es sede de la Comisión Regional o de una Delegación, pero hay más de un Centro de Numerarios, se puede dejar ese material en otro Centro, y se comunican los datos oportunos a la Comisión Regional o a la Delegación.

Visitas y huéspedes

Las relaciones sociales, necesarias en el apostolado, obligan a atender gustosamente determinados compromisos, porque son siempre manifestaciones de caridad cristiana. Sin embargo, el número de visitas [191] que se reciben en los Centros se limita a lo estrictamente indispensable para atender la labor apostólica y el trato social. En estas ocasiones, la mayoría de las veces no hace falta enseñar la casa: basta mostrar el oratorio, y quizá el jardín, si lo hay. Resultaría poco natural que las visitas recorrieran todo el edificio.

Como es usual, salvo en casos excepcionales, nadie ‑y menos los Directores‑ recibe las visitas de personas que no están citadas previamente: otra cosa sería un desorden, y daría la impresión de que se tiene poco trabajo.

Por otra parte, cuando se presenta una persona desconocida ‑o de poca confianza‑, la prudencia exige enterarse antes del motivo de la visita; en algunos supuestos, será preferible no recibirla; y hay que estar siempre prevenidos, para evitar comportamientos improcedentes.

Si alguien hace visitas frecuentes, o que se prolongan más de lo imprescindible, se le recuerda la obligación de aprovechar bien el tiempo; e, incluso, si es oportuno, se le encomienda algún encargo mientras está en casa. Este criterio se sigue especialmente con los Supernumerarios.

Puede ocurrir que una persona aparezca en un Centro, diciendo que es amigo de alguno o algunos Directores Centrales o Regionales, sin que desde la Comisión se haya anunciado su llegada. Se le pasa a la sala de visitas con la misma amabilidad y delicadeza con que se trata habitualmente a todos; pero, como se hace con cualquier otro ‑‑apostolado de no dar‑ no se le enseña la casa, ni se le hacen obsequios de ningún tipo, ni se le presenta a nadie.

Como regla general, no son necesarias las invitaciones a almorzar ni a cenar en la sede de un Centro: es preferible llevar a los amigos o a los parientes a un restaurante. Cuando resulta justificado obsequiar a quienes vienen de visita ‑por la ayuda que prestan a las labores apostólicas, o para corresponder a sus atenciones‑, se les puede ofrecer un desayuno, un té, un café, etc. Entonces la Administración deja todo servido, de modo que ‑en el comedor o en la sala‑ no haga falta ningún otro ser [192] vicio. Con los que acuden a dar una conferencia, etc., se sigue una conducta análoga, de acuerdo con los usos del país.

Si se invita a alguien a almorzar, se organiza el servicio del modo más adecuado en cada ocasión, para que no llame la atención de nadie: de ordinario, es preferible preparar una comida o cena fría ‑si las costumbres lo permiten‑, o emplear los utensilios apropiados para conservar calientes los alimentos, sin que nadie de la Administración sirva la mesa. Otra solución es contar con la colaboración de algún fiel de la Prelatura, que sea camarero o desempeñe un oficio que le permita hacer con facilidad este pequeño trabajo. Se dispone todo de manera que se puedan recoger las fuentes, los platos, etc., de un lugar donde los deje preparados la Administración; además, un Numerario servirá la comida al que realizó ese servicio ‑idéntica a la de los invitados‑, subrayando que no es un menú habitual. En último caso, atienden la mesa Numerarias Auxiliares, ya de edad.

Cuando se invita a una persona a comer, a un té, etc., lo natural es que llegue y se vaya por sus propios medios: no habrá casi nunca necesidad de ir a recogerla, por ejemplo, en coche, o de acompañarla a su Casa. Cuando, por excepción, se lleve en automóvil a una autoridad civil o eclesiástica, nunca va uno solo, si existe el peligro ‑aun remoto‑ de que se pueda pensar que es el chófer.

Estas invitaciones a comer, cenar, o tomar el té en los Centros, no se ofrecen a los Supernumerarios, salvo cuando existe una causa justificada: que hayan ido para dar una conferencia, que presten una especial ayuda a esa labor apostólica, etc.

En las sedes de los Centros de la Prelatura sólo viven Numerarios, excepto en Residencias o en otras obras corporativas de apostolado. Los Directores del Centro no dejan sus habitaciones para alojar a los visitantes. Antes de llegar a esta solución, sería preferible llevar a los huéspedes a un hotel. Cuando, por excepción, una persona que no es de la Obra resida en un Centro, se quita la colcha y se abre la cama antes de la noche, como detalle de delicadeza y de hospitalidad. [193]

En los Centros sin labor apostólica externa, ordinariamente no se invita a personas que no son de la Obra a los actos litúrgicos que se celebran en el oratorio. Si en algún caso excepcional, se ve conveniente que asistan ‑con motivo de una visita o circunstancia semejante‑, se hace todo como de costumbre, con naturalidad.

Estancia de los Directores Centrales y Regionales

El Consejo local atiende con la naturalidad, sencillez y delicadeza debidas a los Delegados del Padre en Comisión de servicio y a los Directores Centrales o Regionales, cuando vivan en el Centro. Hace lo mismo con un fiel de la Prelatura que merece especial consideración por su edad, tiempo que lleva en Casa o encargos que ha desempeñado. Se prepara una habitación en la zona de huéspedes, si la hay, u otra que no sea la que ocupe habitualmente un miembro del Consejo local. Además, dan a conocer los nombres de las personas que viven en el Centro y se comenta cualquier circunstancia especial, si es conveniente que el Director la conozca. Se sigue el horario normal, sin extraordinarios de ningún tipo.

Además, el Consejo local se esfuerza por cuidar otros detalles. Sin pretender hacer una enumeración exhaustiva, se ocupa, por ejemplo, de que coma con otros mayores, si se trata de un Centro de Numerarios jóvenes; se le pregunta si desea recibir a alguien o que se avise su presencia a alguna persona; si no lo pide expresamente, es preferible no invitarle a dar charlas, etc. Seguir el ritmo normal del Centro, hasta en los pequeños detalles, es un modo práctico de contribuir a la eficacia de su labor, pues refleja el carácter sencillo y sobrenatural del espíritu del Opus Dei.

Diario y escritos de interés histórico

En los Centros de Numerarios se lleva un diario. Además, los Consejos locales de los Centros de Agregados, de Supernumerarios y de la [194] Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz pueden anotar en un cuaderno, con el mismo tono familiar, los hechos más importantes de la vida de cada Centro.

También se escribe un diario durante los Cursos anuales y las Convivencias de Agregados y de Supernumerarios (incluidas las de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz). Si se tienen en un Centro donde ya lo hay, se utiliza el mismo cuaderno; si no, se abre otro, con un número apropiado de páginas. En cambio, no figuran en un mismo cuaderno actividades celebradas en varios lugares.

El diario se redacta en un estilo sencillo, familiar, sin pretensiones literarias, pero sin abusar de vulgarismos o de frases hechas, ininteligibles a la vuelta de poco tiempo. La extensión es variable: unos días bastan tres o cuatro líneas; otros, en cambio, se escriben algunas páginas.

Los temas surgen espontáneamente de la preocupación apostólica, de la visión sobrenatural, de la ilusión y del cariño humano que caracterizan el ambiente del Centro: pequeños detalles de la vida en familia; anécdotas del apostolado; hechos edificantes narrados con naturalidad, etc. Aunque el espíritu de alegría y de optimismo lleva a no transformar el diario en un paño de lágrimas, se anotan también, si ocurren, algunos hechos o circunstancias que, de no relatarse, darían una visión deformada, irreal de la marcha de ese Centro: dificultades ambientales, falta de medios, contradicciones, etc. También se mencionan hechos importantes del mundo o del país, porque somos ciudadanos iguales a los demás y nos movemos inmersos en la corriente circulatoria de la sociedad. En cualquier caso, se evita por completo cualquier afirmación peyorativa sobre personas e instituciones, porque no responde al espíritu de caridad que ha de practicarse con todos.

El Director revisa con frecuencia el diario, tanto para subsanar posibles olvidos, como para hacer las correcciones oportunas. Esto es especialmente necesario cuando el encargado de escribirlo lleva poco tiempo en la Obra. Una vez terminado un cuaderno, se manda en mano a la Comisión Regional en la primera oportunidad. [195]

El cuaderno, por razones de archivo, tiene número de páginas suficiente para que dure, si es posible, aproximadamente un año. Las medidas máximas son 18 x 25 cm.; y es preferible el formato vertical al apaisado.

Se utilizan cuadernos de calidad: las hojas y tapas ofrecen la debida consistencia, de modo que no se transparente la escritura. Se eligen modelos normales, pero sin espiral metálica, que podría deteriorar o estropear el papel con facilidad. Se escribe a tinta, para que la escritura no se borre con el paso del tiempo. En todas las páginas se deja un margen amplio, para añadir posibles aclaraciones. No se usan abreviaturas.

En la primera página, se anotan los siguientes datos: nombre del Centro; lugar en que está situado, según la forma habitual en cada país (decir, indicando la ciudad, la provincia, el departamento, el estado, etc.); fechas —día, mes y año— de comienzo y terminación del cuaderno; tipo de actividad. Cuando se trata de Cursos anuales o de Convivencias, se especifica si son para Numerarios, Agregados o Supernumerarios de la Prelatura; o para Agregados o Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Antes de enviar cada cuaderno a la Comisión Regional, se comprueba que figuran los nombres y apellidos de las personas de la Obra que residen o están adscritas al Centro; sin perjuicio de hacer constar, en los días que corresponda, el nombre de los que se incorporan o se marchan del Centro.

Además de los acontecimientos incluidos en el diario, otras muchas anécdotas de la labor reflejan el trabajo apostólico, con frecuencia heroico, en todo el mundo. Como se viene haciendo desde el principio, en ocasiones ‑al tratarse de un asunto de particular interés, por las personas a las que se refiere o por las circunstancias en que se desarrolla el hecho‑, se redacta una nota clara y pormenorizada, haciendo contar los nombres, los días y los detalles más significativos. Estas relaciones, con la fecha y la firma, se mandan a la Comisión Regional; si se escriben a máquina, se firma además al margen de cada hoja. Serán muy útiles para escribir la historia de la Obra, al cabo de los años, y servirán de [196] ejemplo y de estímulo a los que vengan detrás. Aunque lo mejor es escribirlas cuando se producen los sucesos, se puede aprovechar también la estancia en los Cursos anuales, si por cualquier razón no se ha hecho antes. Por eso, se recuerda al comenzar cada Curso anual.

De otra parte, con motivo de su labor profesional, muchos reciben cartas y documentación diversa, de personas que ‑a partir de relaciones nacidas del propio trabajo‑ participan del calor sobrenatural de la Obra. A la vuelta de unos años, esos documentos ‑verdadero testimonio del apostolado‑ tendrán un interés grande, contribuirán a dar a conocer el ambiente en el que se ha desenvuelto cada uno y, a veces, constituirán una colección de valor histórico, que no se debe menospreciar. Esas experiencias serán, además, una gran ayuda para los que se ocupen después de esas tareas o de tratar a esas personas: podrán continuar y mejorar la labor apostólica ya en marcha, e iniciar otras semejantes.

Este mismo criterio se aplica a la correspondencia recibida por correo electrónico. En estos casos, el que la recibe, después de imprimir la carta en papel, escribe a mano el nombre y apellido del remitente, lugar y fecha del documento; y añade, si es necesario, el nombre y dirección del destinatario.

Vale la pena conservar la documentación de este tipo que tenga cualquier miembro de la Obra, tanto sacerdotes como seglares. Sin embargo, es prudente determinar previamente a qué personas, en concreto, interesa solicitarla. Además, en el caso de los Supernumerarios, se respetan siempre, lógicamente, los derechos adquiridos por sus familias. El mejor procedimiento para seleccionar esos documentos puede ser que cada persona ‑especialmente las que desarrollan actividades de particular relieve científico o cultural‑, revise y elija cuidadosamente los que ha de conservar, para no perder ninguno de valor; y que los entregue al Consejo local, cuando no sean actuales o no tengan ya utilidad para su tarea. Anualmente, los Consejos locales los envían a la Comisión Regional. [197]

Derecho a la intimidad familiar

Si los fieles de la Prelatura no corretean inútilmente por los Centros, con mayor razón se evita que personas que no son del Opus Dei se dediquen a visitar los Centros de la Obra ‑por curiosidad o por otro motivo no justificado‑: solamente la atención que requerirían, haría perder un tiempo del que no se dispone y, en algunos casos, esa excesiva dedicación produciría escándalo.

Si alguien, por una causa razonable ‑espiritual o apostólica‑, necesita la dirección de un Centro en otra ciudad o Región, se le facilita la de una obra corporativa de apostolado o, en su caso, la del Vicario Regional. Nunca se dan esos datos a quien pretenda una carta de presentación para una persona de la Obra, con la que desee ponerse en relación por un motivo no apostólico: la Prelatura tiene fines exclusivamente espirituales, y quien buscara un apoyo para sus asuntos personales se equivocaría radicalmente.

De modo análogo, se puede facilitar la dirección de algún Numerario, cuando la piden por un motivo apostólico, familiar, profesional, etc. Sin embargo, en muchas ocasiones, es preferible dar las señas de su despacho público o profesional.

Estas normas de prudencia son también válidas cuando pide esa información una persona que se dice amiga de los Directores del Consejo General o de la Comisión Regional.

En los Centros, que son hogares de familia cristiana, de ordinario sólo sacan fotografías las personas de la Obra. Si los carretes se revelan fuera, se toman las garantías necesarias: por ejemplo, la devolución de negativos.

Cuando se hace una fotografía a una persona que visita la casa, se evita que sea en el comedor o mientras se toma algo.

Si en alguna ocasión alguien toma fotografías o imágenes de vídeo, sin la debida autorización, se le pide ‑con buenas formas, pero enérgicamente‑ que entregue allí mismo el carrete o la cinta: es un derecho protegido por las legislaciones civiles de casi todos los países. Renunciar [198] podría dar lugar a situaciones molestas que, cuando menos, romperían la intimidad de la vida familiar.

Las charlas, meditaciones, y los diversos medios de formación que se imparten a través de las actividades de apostolado, no son públicas en el sentido usual de este término: son actos familiares y sencillos, sin las características de un discurso o una conferencia. Cuando es preciso, se explica esta realidad a los asistentes, recomendándoles que no tomen apuntes extensos ni literales. Si alguno lo hace, se le ruega en privado que no los tome, porque podría impedirle la mejor comprensión de lo que oye; porque, al escribir una frase, desvirtuaría tal vez su sentido al sacarla de contexto; porque es más delicado para el que habla ‑si no se le ha pedido permiso para recoger por escrito sus palabras‑, y se conserva mejor el tono familiar de estos medios de formación; no se distrae a los demás, etc. En todo caso, se puede aconsejar que luego, como fruto de su propia reflexión, redacte las notas que desee, para recordar mejor sus propósitos de carácter ascético, para meditarlas con más amplitud en otras ocasiones, o para cualquier otro uso personal.

Durante los actos que se celebran en los Centros, nadie utiliza un magnetofón u otro aparato que registre la voz o la imagen, sin el permiso previo de los Directores, que, en su caso, envían luego ese material a la Comisión Regional. Supondría un abuso de confianza que, sin autorización, alguno intentase emplear uno de esos aparatos registradores. Si, a pesar de todo, lo hace, el Director le exige la entrega de la cinta o el disco, y, si hay algo grabado, le ruega que lo borre enseguida.

Podría suceder que algunas personas o instituciones tratasen de inmiscuirse en los Centros de la Prelatura, para copiar aspectos de nuestro trabajo apostólico: la manera de organizar o impartir los medios de formación, el modo de impulsar y promover las labores apostólicas, rasgos externos de nuestro espíritu laical, etc. Aunque no tenemos nada que ocultar ‑nuestros Centros están abiertos a toda clase de personas‑, hay que evitar que esto suceda, ya que tales copias resultarían como muñecos sin vida: al no estar informadas por el espíritu del Opus Dei, desorientarían a las almas y no lograrían acercarlas a Dios.

[199]

Gestión de los centros

Gestión económica

La responsabilidad de la marcha económica del Centro y de ayudar a cada fiel de la Prelatura, a vivir con delicadeza el desprendimiento de los bienes materiales, corresponde colegialmente al Consejo local, aun cuando el Secretario se ocupe de modo más directo de esta tarea.

El Consejo local vela por el buen funcionamiento material del Centro: procura que los ingresos y los gastos se ajusten a lo previsto; que la media de cocina se mantenga en el límite fijado; que se conserven bien las instalaciones, etc. Periódicamente ‑al menos una vez al mes‑, se tratan estos asuntos en las reuniones del Consejo local.

En los Centros en los que residen los Numerarios se lleva, por tanto, una sencilla contabilidad, como en cualquier familia, especialmente si es numerosa. Cuando no se desarrollan actividades externas y no existe una entidad gestora, se pueden incluir todos los gastos en la contabilidad del Centro. Entre los ingresos, figuran los obtenidos por los Numerarios (trabajo, familia, becas, etc.), y lo que entregan por la estancia los transeúntes que pasan más de un día completo en la casa y no son Delegados del Padre en Comisión de servicio, Directores Centrales o Regionales, ni personas que los acompañen. Entre los gastos, se anotan los personales y la parte que corresponda de los gastos de la casa (alquiler, electricidad, comestibles, y todos los de la Administración), a [200] los que hacen frente los interesados, en concepto de alojamiento y comida. No hay inconveniente, si se prefiere, en que ‑para estos últimos gastos‑ se lleve una contabilidad independiente; las entradas con que se cubren son las entregas de los residentes. El Consejo local ha de contar siempre con datos precisos de lo que cuesta la gestión o labor, para vigilar los gastos y saber si el Centro y los Numerarios y Agregados son autosuficientes.

Esta contabilidad es distinta de la correspondiente a las actividades que ‑en su caso‑ se realicen en esos locales (una Residencia de estudiantes, iniciativas culturales o deportivas, etc.), que tienen sus propios ingresos y gastos, Ordinariamente, esta contabilidad se engloba en la que lleva la entidad gestora de esas labores.

Para ayudar al sostenimiento de cada tarea apostólica, si es necesario se constituye un Patronato ‑con o sin personalidad jurídica propia‑, que cubre con donativos el posible déficit.

La Comisión Regional comunica anualmente la media diaria de cocina por persona en los Centros de Numerarios. Luego, el Consejo local está al tanto de las variaciones que pueda experimentar ese dato, a lo largo del año, para poner en conocimiento de la Comisión Regional las diferencias que considere anormales.

La media de cocina se calcula incluyendo también los gastos extraordinarios de días de fiesta. Los demás extraordinarios, no previstos, se reducen al mínimo, de acuerdo con las indicaciones de la Comisión Regional. Si se reciben en el Centro, como regalo, cantidades notables de comestibles, se valoran, para calcular la media.

Periódicamente, el Consejo local revisa también las facturas del teléfono, electricidad, agua, etc., que no pueden ser altas, por el uso imprescindible que se hace de estos servicios; si en alguna ocasión observa una especial subida, estudia las causas y pone remedio.

En la sede del Centro se conservan, con el debido orden y cuidado, los documentos usuales en cada país: contrato de inquilinato, suministro de energía eléctrica, agua, etc.; pólizas de seguro; facturas de algún [201] interés, etc. Normalmente, el titular de esos servicios será la entidad gestora o propietaria: por eso, es suficiente disponer de una copia.

El dinero se guarda sólo en la caja correspondiente, custodiada bajo doble llave: la de la caja, y otra, que puede ser la del armario o del cajón de la mesa en donde se encuentra‑, esta última ha de ser distinta de las de otros muebles o de las que usan otras personas. Es necesario que las llaves se custodien de forma que siempre se requieran dos personas para hacer movimiento económico; y evitar que, en ausencia de uno de los que tienen la llave, se actúe como sí sólo hubiera una.

Tiene una llave el Secretario; y la otra, el Director o un Subdirector. Estos últimos pueden tener una copia de esa segunda llave, de manera que, cuando falte alguno de los dos, el Secretario puede acudir al otro. Sólo el interesado debe saber dónde la guarda. Y no se lleva en los bolsillos. Cuando se queda sola una persona del Consejo local durante varios días, se puede encargar a otro del Centro que custodie la segunda llave. En los Centros se establece un horario para ingresar o retirar dinero. En esos momentos, sólo están presentes en la habitación la persona que entrega y la que recibe el dinero; cada uno comprueba la cantidad correspondiente y, en su caso, las facturas. Nadie pide dinero a nombre de otro. Siempre se extiende un vale, firmado por quien ingresa o saca dinero de la caja.

Para las entregas que deben justificarse posteriormente, porque no se conoce con exactitud la cuantía del gasto, se utiliza un talonario de vales con matriz: se rellena el vale y la matriz correspondiente. El vale se incluye luego en la caja, sin contabilizarlo como salida. Cuando se justifica el gasto y se devuelve el dinero sobrante ‑siempre lo antes posible, sin dilación‑, se extiende en la forma habitual el vale o los vales de salida oportunos, se rompe el anterior, y en la matriz del talonario se porte "justificado".

Para facilitar el orden, las entradas y salidas se registran en un libro de caja, con hojas fijas y numeradas; las anotaciones se escriben, siempre que resulta posible, en el momento en que se entrega o se recibe dinero. [202]

Cada quince días ‑por lo menos‑ se hace arqueo de caja, en presencia del Director, y se redacta una breve nota, que firman, con el Secretario, el Director y el Subdirector. Ordinariamente hace el movimiento económico el Secretario del Consejo local. Antes de pasar la caja y la llave a otra persona (de modo definitivo o provisional: por ejemplo, con motivo de una ausencia prolongada), se comprueba el arqueo. Una vez realizado, se deja constancia en el libro, con una sencilla anotación: Fecha... Importe del saldo... (en letra). Entregué (Firma). Recibí (Firma).

En los Centros grandes, puede llevar la caja y el libro una persona distinta de quien se ocupa de la contabilidad: este último, por tanto, no maneja dinero. El Secretario entrega periódicamente al encargado el libro de caja y los justificantes, para que haga las anotaciones contables necesarias. Se utiliza un libro apropiado, en lo posible, por partida doble.

Si el Consejo local lo considera oportuno, puede emplear un ordenador para la contabilidad. En ese caso, se toman las medidas necesarias ‑imprimir periódicamente el diario y las cuentas del mayor, numerar y firmar cada una de las páginas, etc.‑ para recuperar la información en caso de avería del ordenador. Las anotaciones en la cuenta de caja se imprimen al menos quincenalmente, para comprobar los arqueos. Si no se recogen manualmente en un libro de caja, se utilizan talonarios de vales numerados de entrada y de salida, que se rellenan y firman (sin arrancarlos) en el momento de recibir o entregar dinero; y no es necesario hacer enseguida las anotaciones contables correspondientes ni llevar otros libros.

Cuando se adopte este sistema, la nota de ingresos y gastos personales puede obtenerse directamente con el ordenador. Periódicamente ‑cada uno o dos meses‑ se imprimen esas hojas para que las revise el Consejo local. Se conservan durante un año.

Normalmente, en la caja sólo se guarda la cantidad indispensable para efectuar los abonos en metálico más inmediatos. El resto se puede tener en una cuenta bancaria ‑en la que suelen domiciliarse los pagos periódicos‑ a nombre de, al menos, tres Numerarios. Para los Centros [203] de Agregados o de Supernumerarios, uno de los titulares, además del Director y del Subdirector primero, puede ser un Agregado que forme parte del Consejo local o que sea mayor en Casa. Para la disposición de fondos de estas cuentas, se requiere siempre la firma de dos personas. Aunque la legislación lo permita, no se efectúan gastos sin provisión de fondos. Los talonarios, sin ninguna firma, se guardan en la caja.

Es muy aconsejable disponer de un calendario de vencimientos, en donde se anoten, en el mes y día correspondientes, los pagos que deben realizarse, detallando el importe y el acreedor. Así se tienen siempre a la vista, en forma ordenada, las obligaciones pendientes, y se evitan retrasos por olvido. Se tiende a hacer la mayoría de los pagos con cheques, si es habitual en el país.

El Secretario se ocupa directamente de los gastos ordinarios aprobados; en cambio, cuenta con el visto bueno del Director antes de realizar gastos extraordinarios.

Se entregan a la Administración, por adelantado, las cantidades necesarias para los gastos ordinarios de cada mes o de cada quince días. También se pasa con la debida anticipación el dinero correspondiente a otros gastos, previamente aprobados, que deba realizar la Administración.

El Secretario lleva con la máxima pulcritud y precisión todos los documentos de contabilidad y, en concreto, conserva ordenadamente los justificantes de las entradas y salidas: recibos, facturas, etc.

Los sacerdotes piden en su Centro ‑si no lo reciben a través del Vicario Regional o del Vicario Secretario Regional‑ lo que necesiten para atender los apostolados dependientes de los Centros de mujeres de la Prelatura. El Consejo local comunica cada mes a la Comisión Regional a cuánto ascienden esos gastos.

Finalmente, para ahorrar tiempo y dinero, puede haber en los Centros donde residen fieles de la Obra, en un lugar apropiado, algunos objetos de uso más general: productos para el aseo personal, papel y sellos, etc. Por un motivo de orden y de pobreza, para que todos sepan lo que [204] cuestan las cosas, se paga lo que se utiliza, adoptando el sistema que se vea más acertado en cada sitio: por ejemplo, anotándolo en un cuaderno, haciendo unos vales o, sencillamente, abonándolo en metálico. En todo caso, cada uno apunta en su cuenta personal el importe de los gastos ordinarios.

Uso de automóviles y de otros instrumentos de trabajo

El espíritu de pobreza exige que se obtenga el máximo rendimiento de los instrumentos empleados para el trabajo y para el apostolado. Por eso, el Consejo local consulta a la Comisión Regional, con los datos precisos, si juzga que en el Centro se necesita un coche ‑o más de uno‑, para atender la labor apostólica o para el trabajo de los Numerarios y Agregados.

Como se hace con cualquier otro objeto de valor, cuando una persona manifiesta su deseo de regalar un automóvil, ordinariamente se le explica que es más práctico hacer un donativo para las necesidades apostólicas. Si esto no es posible o no resulta delicado, se informa a la Comisión Regional, por si conviene disponer en otro Centro de uno de los coches que se usan, o bien venderlo. De igual modo se actúa cuando un Numerario, que empieza a hacer vida en familia, lleva un automóvil al Centro.

Se utilizan coches corrientes en el país. Se evitan modelos especialmente llamativos por su forma, su color o su categoría. Y se cumplen las exigencias de la pobreza y la justicia, que impulsan a conservarlos limpios y en buen estado, efectuar los engrases con la frecuencia debida, reparar inmediatamente pequeños desperfectos que pueden causar averías más graves y costosas, vigilar la lubricación y la refrigeración, teniendo en cuenta, además, que conducir un automóvil sin plenas garantías mecánicas constituye una imprudencia muy seria.

Para los viajes largos, de ordinario se utilizan los medios públicos de transporte, a no ser que el coche suponga un ahorro notable de tiempo y de dinero. [205]

Cuando un Numerario o un Agregado utiliza habitualmente un automóvil para su trabajo profesional, deja de usarlo algún día de vez en cuando, como muestra de su espíritu de desprendimiento. Además, mientras el coche esté en reparación, no utiliza otro, porque supondría un desorden y llamaría la atención que le vieran disponer de dos o tres automóviles diversos.

Los coches que están al servicio de la labor de los Centros son instrumentos de trabajo, y también algunas veces ‑de acuerdo con la pobreza‑ medios para facilitar el descanso de los Numerarios y Agregados. Por esto, no se usan nunca para servir a los parientes de las personas de la Obra.

Si el Consejo local piensa que es conveniente disponer de un ordenador conectado a internet, para que los residentes puedan mandar y recibir correo electrónico, lo comunica antes a la Comisión Regional. Si la respuesta es afirmativa, ese ordenador se coloca en una zona de uso común y no debe contener informaciones delicadas. Será, pues, distinto al que se emplee para los otros trabajos del Consejo local. Si alguna vez, por excepción, se precisa utilizarlo para algún asunto de gobierno (el ordenador, no el correo electrónico), se toman las necesarias medidas de prudencia; en concreto, se trabaja con archivos grabados en disquettes', de modo que no quede nada en el ordenador conectado a la red. Hay que ser muy estricto en el cumplimiento de estas lógicas medidas de prudencia.

El Consejo local vela para que este instrumento de trabajo se use con la moderación, templanza y amor a la pobreza propios de nuestro espíritu (vid. n. 5, de este Vademécum).

[206]

Administraciones

Desde los comienzos del Opus Dei, nuestro Fundador llamó a la tarea de administrar los Centros el apostolado de los apostolados: el trabajo en las Administraciones entraña un servicio directísimo a Dios, y su buena marcha es condición necesaria ‑el mayor de los impulsos para toda la Obra. Por eso, todos en el Opus Dei amamos la labor de Administración, que es como la espina dorsal de toda la acción apostólica.

A través de los diversos medios de formación, los fieles de la Prelatura aprenden tantísimos detalles en los que se concreta el reconocimiento de la dignidad y eficacia de estas tareas, además de la delicadeza sobrenatural y humana que han de tener siempre con la Administración.

De otra parte, todos ‑y, en particular, los miembros del Consejo local‑ se esfuerzan por no aumentar el trabajo de la Administración y, en lo posible, tratan de disminuirlo. Han de estar atentos a una serie de detalles, y enseñar a practicarlos a los demás: dejar limpios los baños y duchas; colocar los muebles en su sitio después de las tertulias y dejar mullidos los cojines o almohadones; limpiar los ceniceros y ventilar las habitaciones; recoger y guardar los objetos de uso personal en la propia habitación; evitar caprichos, como sería tomar algo en las tertulias o sólo aceptar determinadas bebidas que son más caras, prescindiendo de las otras; hacerse habitualmente la cama, si no existe una razón objetiva de salud, edad, etc., que lo desaconseje. Sería una equivocación pensar que [207] “para eso está la Administración”. Además, el descuido habitual de esas cosas pequeñas denotaría falta de exigencia, con una indudable repercusión en la eficacia apostólica.

Conviene recordar con alguna frecuencia estos puntos en los Círculos, charlas, etc., y enseñarlo también a los Agregados y Supernumerarios, cuando asisten a cursos de retiro, Convivencias, etc. Nuestro Padre fue muy exigente en estos puntos, por el respeto debido a quienes trabajan en la Administración.

Cumplimiento de las Regulae internae pro Administrationibus

Los Consejos locales tienen el deber grave de cumplir las disposiciones de las Regulae internae con una delicadeza extrema (cfr. Regulae internae pro Administrationibus, n. 75). Por tanto, los Directores repasan este documento, y lo comentan a los demás, con la oportuna frecuencia. Ese comentario se programa dos veces al año: en los Cursos anuales, y en un Círculo Breve o Círculo de Estudios. En el caso de los Supernumerarios, se aprovecha para ejemplificar otros detalles prácticos, que reflejan la separación entre los apostolados que se realizan con varones y con mujeres.

En las Administraciones de las casas pequeñas también se cumple siempre con la mayor delicadeza ‑salvo casos de fuerza mayor, que serán muy excepcionales‑ lo indicado en las Regulae internae pro Administrationibus, n. 15 § 1: "A la zona de la Administración no van nunca los que viven en la Residencia".

Por la noche, desde el momento del examen hasta el de la oración de la mañana, las puertas de comunicación están cerradas con llave. Durante el día, si las personas de la Administración se ausentan unas horas y no queda nadie en su zona, avisan por el teléfono interno a la Residencia; el Director ‑o quien le sustituya‑, acompañado siempre por otro, cierra las puertas de comunicación, que vuelve a abrir cuando la Administración, a su regreso, avise por el teléfono interno. Normalmente, [208] para dar esos avisos, basta accionar el timbre de ese teléfono un número determinado de veces.

Durante estas ausencias, y también por las noches, en las casas donde no viven personas de la Administración se deja abierta la cerradura de la puerta de comunicación por la parte de la Administración, para que, en caso de emergencia grave ‑como incendio, robo o inundación‑, sea posible intervenir con prontitud desde la Residencia: por tanto, queda claro que únicamente en estos casos muy excepcionales se pasa a la zona de la Administración.

Para conseguir una mayor garantía de que nadie fuerce la puerta de la entrada exterior a la Administración, puede haber, cuando se vea oportuno, algún sistema de alarma que actúe como factor disuasivo: Por ejemplo, un zumbador o sirena que se oiga también en la Residencia, o bien otro dispositivo de seguridad, corriente en el mercado, que permita bloquear por dentro la puerta externa de la Administración, cuando las personas se marchan: por ejemplo, algún mecanismo de cierre que se accione eléctricamente desde la Dirección de la Residencia, es decir, sin necesidad de pasar a la zona de la Administración.

Cuando en la Administración de las casas pequeñas está reservado el Santísimo, el Consejo local del Centro administrado custodia un duplicado de la llave del sagrario, por si fuera necesario retirar el Santísimo Sacramento en caso de emergencia, sin que esté la Administración. Sí esa zona va a quedar sin nadie durante mucho tiempo ‑por ejemplo, una noche o un día enteros‑, se traslada el Santísimo al sagrario de la Residencia o, sí se ve preferible, se consume.

Cuando excepcionalmente un Centro no tiene todavía Administración, se procura cumplir, lo más posible, las disposiciones de las Regulae internae pro Administrationibus: concretamente, queda bien delimitada la separación, sin vistas, con puerta de doble cerradura que ‑durante el día‑ debe estar habitualmente cerrada por la parte del servicio. Si el personal que se ocupa de esta tarea duerme en su zona, por la noche la puerta de comunicación queda cerrada también por la parte de la Residencia; se estudia y define bien el funcionamiento de los servicios de [209] limpieza y atención del comedor, para que no haya la menor interferencia. La encargada de dirigir al personal de servicio recibe las indicaciones del Director a través de un teléfono interno, con dos aparatos instalados como en las Administraciones extraordinarias (cfr. Regulae internae pro Administrationibus, n, 73 § l), y custodia la llave de comunicación. La puerta y el teléfono exterior se atienden desde la Residencia.

Aun en estos casos excepcionales, se procura que el lavado y planchado de la ropa de oratorio se atienda desde un Centro de mujeres, haciéndoles llegar una bolsa, del modo oportuno y con la frecuencia necesaria; y, si no hay Centro todavía en la ciudad, se puede pedir este servicio a una Supernumeraria o, cuando tampoco eso sea factible, a una Cooperadora.

En las casas de retiros, mientras se desarrollan las actividades, el Director custodia la llave de comunicación. Al terminar, la deja en el sitio previsto en la habitación del sacerdote, en la zona de huéspedes.

Cuando en una casa de retiros no hay actividades de varones y el sacerdote se marcha sin que nadie ocupe la zona de huéspedes, lo advierte por el teléfono interno a la Directora de la Administración o, vil su caso, a la Directora de la actividad de mujeres que se esté desarrollando; además, deja abiertas las cerraduras de las puertas de comunicación. Este mismo procedimiento sigue el Director cuando termina una actividad y no queda nadie en la zona de huéspedes.

Estos criterios se aplican también en las casas de Convivencias, teniendo en cuenta que, en lugar de Directora de la Administración, hay una encargada del servicio, y que no tiene zona de huéspedes, sino zona del sacerdote.

Si, por excepción, es preciso suspender una actividad programada, se avisa lo antes posible a la Comisión Regional y, por el procedimiento establecido, se comunica también a la Administración, o a la encargada del servicio.

En las casas de retiros donde hay árboles frutales en la zona de la Residencia, la Administración recoge la fruta Cuando está madura: si es [210] necesario, se le avisa en el momento oportuno. Los demás no toman nada de los árboles, como una manifestación práctica de sobriedad y de templanza.

Atención de la portería y de los teléfonos

En las Administraciones ordinarias, cuando se termina cada día de atender el servicio de portería, la Directora cierra la puerta del armario en donde se guarda el teléfono interno (cfr. Regulae internae pro Administrationibus, n. 44 §2), la del cuarto de aseo y la puerta que comunica el local de portería con la zona de la Administración. En cambio, deja abiertas la contraventana del local de la portería y la comunicación con el vestíbulo de la Residencia, para que la central telefónica pueda ser atendida por la Residencia hasta la hora en que el Director cierre con llave esa puerta.

En las Administraciones extraordinarias de Centros donde viven Numerarios mayores, se avisan las llamadas a la Residencia mediante una red interior de teléfonos, con un aparato en la zona de la Administración y los imprescindibles en la zona de la Residencia, habitualmente no más de tres o cuatro: en un pasillo junto a Dirección, en la sala de estar o en un vestíbulo, pero no en las habitaciones personales.

Si existe una centralita exterior de varios aparatos, se puede utilizar esa instalación en lugar de los teléfonos interiores: la localización y el número de extensiones será el mismo que cuando hay red interior.

No se dan avisos a la Administración por medio de esta red interior o de la centralita: para eso está el teléfono interno indicado en Regulae internae pro Administrationibus, n. 24. Se dispone la red interior de forma que no permita llamar a la Administración desde la Residencia.

Para facilitar este servicio, se instala en la Administración ‑junto al teléfono que recibe las llamadas exteriores‑ un cuadro de luces con las iniciales de cada uno de los Numerarios, que sirva para saber quiénes están fuera de casa. Los avisos para las personas ausentes, se dejan en un lugar oportuno y discreto de un pasillo o del vestíbulo, aprovechando las salidas para atender el servicio de portería.

[211]

Algunas iniciativas apostólicas

Nuestro Padre afirmó repetidamente que el Opus Dei es una gran catequesis, e insistía en que la misión principal de la Obra es formar cristianamente a sus fieles y a otras muchas personas que lo deseen, para que cada uno individualmente ‑como cristiano corriente‑ ejercite su labor apostólica, siendo testimonio de Jesucristo (cfr. Conversaciones, n. 27).

Los fieles de la Prelatura realizan ante todo un intenso apostolado personal, de amistad y confidencia, especialmente a través de su propio trabajo y de las relaciones familiares y sociales. Además, en colaboración con otros ciudadanos, promueven iniciativas apostólicas, de carácter profesional y civil, que persiguen objetivos educativos, asistenciales, etc. (cfr. Statuta, n. 121 § l).

Estas labores son un medio para facilitar el apostolado personal y prestar a la sociedad un servicio con espíritu cristiano (cfr. Catecismo de la Obra, n. 276 y Conversaciones, n. 18).

Obras de apostolado corporativo

Nociones generales

Las iniciativas apostólicas se llaman obras corporativas de apostolado, o de apostolado corporativo, cuando la Prelatura asume la respon [212] sabilidad de su orientación cristiana, porque el planteamiento, finalidad y dirección de esas tareas cumplen los requisitos necesarios para que el Opus Dei asuma esa responsabilidad específica. También pueden llamarse, simplemente, obras corporativas.

A veces, para referirse a esas iniciativas apostólicas, interesará emplear expresiones más descriptivas ‑también en folletos informativos, comunicados de prensa, artículos y libros‑, que algunos entenderán más fácilmente; por ejemplo: labores en las que la actividad formativa cristiana está confiada a la Prelatura del Opus Dei.

De ordinario, estas obras nacen por impulso de algunos fieles de la Prelatura y de otras personas, que solicitan que el Opus Dei intervenga en la orientación cristiana de una determinada labor. Se trata, pues, de iniciativas laicales, promovidas y realizadas por seglares, que las dirigen y administran bajo su responsabilidad, de acuerdo con las leyes civiles de cada país. Aunque su finalidad es eminentemente apostólica, no son obras oficial ni oficiosamente católicas.

En Anexo 13 se recogen algunas ideas referentes a la naturaleza civil y profesional de estas labores.

Pueden ser de tipos muy variados, según las circunstancias y las necesidades de las almas, en cada lugar y en cada época, pero nunca de índole económica, política o dirigidas a difundir una determinada posición en cuestiones opinables. Son siempre perfectamente conocidas como actividades promovidas por fieles de la Prelatura del Opus Dei junto con otros ciudadanos; se dirigen a personas de todas las condiciones sociales; y sus puertas están abiertas a cuantos, con buena fe, deseen participar en la labor de formación que allí se realiza. Este carácter abierto explica que haya siempre tantas personas rectas, que no pertenecen a la Prelatura y que, con frecuencia, no son católicas ni aun cristianas, dispuestas a ofrecer con generosidad su colaboración profesional o económica, porque advierten que estas labores facilitan una gran tarea formadora y educativa, de elevación moral, de promoción social o profesional, y de progreso humano. [213]

Para la necesaria vivificación cristiana de estas labores, el Vicario Regional, previa la venia del Ordinario del lugar, erige un Centro del Opus Dei, de acuerdo con Statuta, n. 123 y Decr. Gen. 1/99, art. 4 § 1. En algunas de estas obras, al Centro erigido no están adscritos fieles de la Prelatura.

Una consecuencia del carácter civil y laical de las obras de apostolado corporativo, se concreta en que la Prelatura no adquiere más compromisos que los relacionados con el deber de garantizar su orientación cristiana. Las responsabilidades civiles ‑jurídicas, técnicas, económicas, etc.‑ corresponden a la entidad o al grupo de personas que dirige la iniciativa y que realiza los nombramientos de los directivos, siempre de acuerdo con las leyes del país. Estas entidades, lógicamente, han de asegurar las condiciones ‑planteamiento, finalidad apostólica, autonomía de dirección, etc.‑ que permiten que una labor tenga el carácter de obra corporativa de apostolado. Si alguna vez no las cumpliese, dejaría de ser obra corporativa.

Entre estas condiciones, se incluye que:

— los objetivos de la iniciativa estén bien definidos y todas sus actividades respondan a una finalidad apostólica bien determinada;

— el espíritu de la Obra se refleje en todos los aspectos de la labor: fidelidad al Magisterio de la Iglesia, afán apostólico y proselitista, respeto de la libertad, cumplimiento de las leyes civiles, etc.;

— el planteamiento económico sea viable y permita prever la permanencia de la iniciativa;

— las instalaciones resulten conformes a la labor y tengan el tono humano adecuado.

La principal certeza de la orientación cristiana de la obra corporativa reside en la estable participación de fieles de la Prelatura en la promoción y dirección de esas labores. Por esto, los promotores de la iniciativa se preocupan de pedir sugerencias y orientaciones a la Comisión Regional para contar con personas idóneas en los principales cargos de gobierno de cada labor y, en su caso, para la enseñanza de Teología, An [214] tropología, Ética, Deontología, etc. Todos asumen ese trabajo con entera libertad personal.

Quienes forman parte del organismo de gobierno de una labor de apostolado corporativo de enseñanza, se preocupan de que todos los profesores, y especialmente los que explican materias que inciden más directamente sobre la formación moral y, en general, quienes ocupan puestos de responsabilidad, sean personas que puedan desempeñar su trabajo con criterio recto y en conformidad con el ideario de esa labor.

Como las personas que se acercan a esa labor esperan recibir un testimonio inequívoco de profundo sentido cristiano, los directivos no invitan ‑por ejemplo‑ a explicar una asignatura a personas que públicamente estén mal consideradas, o que vivan ‑también públicamente‑ en situación personal contraria a la ley de Dios.

En todo caso, las personas que intervienen en la promoción y gestión de esas entidades actúan con plena responsabilidad personal, porque son suyos los fines educativos, asistenciales, etc., de cada actividad. Dedican su tiempo, energía y experiencia profesional al gobierno de esas labores, conscientes de que contribuyen así a dilatar la misión apostólica de la Prelatura.

Aunque la Comisión Regional no decide sobre cuestiones técnicas y económicas, debe tener un conocimiento próximo y directo de la marcha de las obras de apostolado corporativo, mediante la información que recibe, para hacer las observaciones oportunas y coordinar la labor apostólica que se realiza en y desde cada una.

Se envían a la Comisión Regional los proyectos de estatutos, reglamentos y otros documentos jurídicos análogos de la obra corporativa, para información, y por si considera oportuno transmitir alguna sugerencia.

Sostenimiento

Las obras de apostolado corporativo se sostienen económicamente, del mismo modo y con análogas fuentes de financiación que otras acti [215] vidades civiles semejantes. Por tanto, sus directivos consiguen ‑con diligencia, con espíritu de iniciativa‑ los correspondientes donativos subvenciones, etc.

Las personas que trabajan en esas entidades deben saberse administradores de un patrimonio que está vinculado a una finalidad apostólica por deseo de los donantes (patrimonio afectado a un fin), y con la obligación de conferir estabilidad ‑también económica‑ y continuidad a esa actividad.

A veces, será necesario constituir un Patronato, organizado de la manera más conveniente, con o sin personalidad jurídica propia, para dar continuidad al esfuerzo del grupo promotor y de la correspondiente entidad gestora; para conseguir que la labor se sostenga; para obtener las nuevas ayudas que se necesiten ‑por ejemplo, para cubrir el déficit en los primeros años de funcionamiento‑; para crear un fondo de becas, etc.

Con un Patronato bien organizado, que haga resaltar el fin benéfico, de promoción social, cultural, etc., y, en definitiva, apostólico, de las actividades, cada obra corporativa resuelve por sí misma las distintas cuestiones que se plantean en la gestión económica.

No se trata de crear Patronatos de honor ‑que pueden constituirse, si conviene, pero que tienen otro fin‑, sino de reunir personas dispuestas a trabajar, para sacar adelante la labor de apostolado. Esta colaboración es una ocasión magnífica para conocer a mucha gente y ampliar la obra de San Gabriel, y un medio eficaz para hacer apostolado, también con no católicos, que al principio se sienten atraídos por la nobleza humana de una labor determinada, y tantas veces como fruto de una amistad que respeta siempre la libertad personal, llegan a aprecia el espíritu de la Obra y, algunos, a recibir la gracia de la fe.

Si se trata de un centro de enseñanza superior, los directivos pueden concertar una colaboración con empresas privadas ‑de buena fama‑ por medio de una actividad profesional de ese centro de enseñanza, que sea como un desarrollo práctico ‑una proyección‑ de su [216] labor docente. Es conveniente que el convenio correspondiente se realice entre la industria y la institución, no con un departamento o con algunos profesores, aunque podrán beneficiarse económicamente todos ellos y, a veces, también los alumnos.

Además de las soluciones técnicas que se adopten, la más importante y la de mayor garantía de continuidad será siempre que, alrededor de cada iniciativa, haya una base de apostolado amplia y, concretamente, una labor de San Gabriel desarrollada. Se conseguirá así que colaboren eficazmente muchas personas, de acuerdo con su edad, profesión y posibilidades económicas. Además, sabrán mover a otras personas de su ambiente. El modo de encauzar jurídicamente esta colaboración ‑mediante un Patronato, una asociación, una fundación, etc.- dependerá de las circunstancias de cada caso.

En cambio, ordinariamente no corresponde al tono profesional, humano y apostólico de las obras de apostolado corporativo organizar rifas, subastas y actividades semejantes, para conseguir fondos. Si en algún caso muy excepcional pareciese oportuno recurrir a uno de esos procedimientos, es prudente informar previamente a la Comisión Regional. Si se realizan, han de aprovechar estas actividades para ampliar la base de la labor apostólica.

Petición de ayudas

Las gestiones para obtener los medios precisos en la promoción y sostenimiento de las obras corporativas, se realizan con sentido apostólico y mentalidad profesional, con la preparación y el orden necesarios para reflejar fielmente el espíritu de la Obra ‑un trabajo bien acabado, con espíritu cristiano‑, y conseguir la máxima eficacia en beneficio de las almas.

Es lógico, y puede ser de justicia, que los propietarios y gestores soliciten subvenciones de organismos públicos, porque esas labores realizan un hondo y sacrificado servicio a la sociedad, y la contribución de esos organismos suele representar sólo una parte del coste de esas ini [217] ciativas, generalmente menor de lo que supondría si las llevaran directamente entidades públicas.

Estas solicitudes, como es usual, han de ir acompañadas de un informe técnico y económico bien preparado, que describa adecuadamente la función cultural, social o asistencial de esas labores. Al redactarlos, es lógico tener presente la finalidad de la institución a la que se dirige la solicitud, para resaltar aquellos valores que serán mejor apreciados por los directivos que decidirán.

Las personas que dirigen estas labores, además de agradecer las ayudas, se esmeran en el exacto cumplimiento de las condiciones que comporten; justifican puntualmente los gastos efectuados; dan cuenta de la realización del programa, etc. El cuidado de estos aspectos refleja el espíritu de la Obra, que anima a sus promotores, y es la mejor recomendación para que concedan nuevas subvenciones.

La prudencia aconseja prever el riesgo de falta de autonomía de las labores, y también de inestabilidad, que quizá comportan las subvenciones oficiales. Por tanto, interesa estudiar modos de asegurar su planteamiento económico, en el caso de que fallasen esas fuentes de ingresos.

Desde luego, se evita recibir donativos que disminuyan la autonomía de dirección, signifiquen privilegios o den una imagen equivocada ante la opinión pública.

Puede suceder que, al entregar una ayuda económica particularmente importante, el donante manifieste su deseo de que se coloque en un local una placa como agradecimiento. No hay inconveniente en proceder así, siempre que sea una placa sencilla, discreta y que no llame la atención. Existen otras posibilidades, en consonancia con el tono de la labor: dar el nombre del donante a una sala de la biblioteca, a un laboratorio, a un aula, etc.; colocar un busto del benefactor; instituir un Álbum de Honor; nombrar doctores honoris causa por mecenazgo; agradecer públicamente la ayuda en un acto solemne, etc. [218]

No hay inconveniente, consultando previamente a la Comisión Regional, en presentar solicitudes y efectuar gestiones ante fundaciones de otros países que habitualmente conceden ayudas al exterior.

Colaboración con las obras de apostolado corporativo

Consultando antes a la Comisión Regional, los Directores locales pueden facilitar a los gestores de las entidades correspondientes el nombre de algunos fieles de la Prelatura, y también de Cooperadores y amigos, que estén dispuestos a colaborar en las obras de apostolado corporativo, por si desean confiarles encargos determinados.

Cuando los dirigentes de una obra corporativa desean pedir una colaboración profesional ‑ temporal o estable‑ a un fiel de la Prelatura de otra Región, consultan con suficiente antelación a la propia Comisión Regional, para que lo transmita a aquélla de la que depende esa persona. Si la respuesta es afirmativa, los dirigentes de la obra de apostolado corporativo se relacionan directamente con el interesado, siguiendo el cauce profesional acostumbrado. En el caso de un colaborador temporal, pero habitual, de la obra corporativa, no hace falta consultar cada vez: basta informar a la Comisión Regional.

De modo semejante, se consulta a la Comisión Regional antes de establecer relaciones habituales entre obras corporativas ‑u otras labores apostólicas‑ de distintas Regiones.

Labores personales

En el mar sin orillas de las actividades de apostolado, que realizan los fieles de la Prelatura en colaboración con otras personas, puede haber algunas, sobre todo de tipo educativo, que, por su finalidad, estructura y exigencias de personal cualificado ‑sin reunir las condiciones de Lina obra corporativa de apostolado‑, requieren una participación estable de personas del Opus Dei, laicos y sacerdotes, para asegurar su incidencia y continuidad apostólicas. [219]

Los Directores procuran orientar y prestar una adecuada formación espiritual y apostólica a los fieles que ‑junto con otras personas ajenas al Opus Dei‑ llevan adelante estas iniciativas. Sin embargo, la Prelatura no asume oficialmente la garantía moral de estas labores, ni siquiera en el caso de que el Ordinario de la Prelatura nombre a los capellanes, de acuerdo con Statuta, n. 121 § 2. Por eso, no se erige un Centro del Opus Dei para esa iniciativa.

En Anexo 13, se recogen algunas ideas referentes a la naturaleza civil y profesional de estas labores.

Para referirse a este tipo de tareas, se emplean las expresiones: labores personales, apostolados no corporativos, obras no corporativas, etc.; es decir, se trata de actividades de evidente contenido apostólico, que exigen la colaboración de varias personas, porque exceden las posibilidades del apostolado estrictamente individual, que realiza cada uno en su propio ambiente. Sin embargo, a veces resulta preferible emplear expresiones más descriptivas, como “labores a las que la Prelatura facilita una ayuda espiritual o una asistencia pastoral”, detallando la colaboración concreta que se presta; por ejemplo, "a petición de los promotores, la atención pastoral está encomendada a sacerdotes del Opus Dei".

En otros casos, no hace falta aludir expresamente a la Prelatura: basta informar, cuando sea necesario, de que en la promoción, dirección o realización de la iniciativa trabaja a título personal un fiel ‑o varios- de la Prelatura del Opus DeL

Si los promotores desean la colaboración estable de algún sacerdote de la Prelatura para la asistencia espiritual, se transmite ese deseo a la Comisión Regional; conviene que sepan que no será necesario siempre proceder a un nombramiento formal de capellán. Si se tratara de una labor de enseñanza, interesa concordar también con los promotores la selección de los que se encarguen de las clases de Religión.

No es necesario formalizar un acuerdo entre la Prelatura y la entidad promotora: basta un simple intercambio de cartas, en las que cons [220] te la petición de ayuda espiritual y la correspondiente prestación. Además, se determina ‑de acuerdo con las personas que dirigen y administran esas iniciativas‑ un procedimiento sencillo para la información y comunicación con la Prelatura.

Cuado se vea necesario, el presidente de la entidad promotora de la iniciativa ‑con el asesoramiento de la Comisión Regional‑ solicita al Obispo diocesano la necesaria licencia para tener un oratorio, en el que se pueda reservar la Santísima Eucaristía.

Algunas orientaciones sobre labores apostólicas de enseñanza primaria y secundaria

Se desaconseja netamente cualquier iniciativa que no tenga un adecuado planteamiento económico y que, por tanto, no esté en condiciones de obtener los recursos necesarios para sostenerse con continuidad. La experiencia muestra que también es imprescindible contar previamente con una base amplia de apostolado alrededor del proyecto y, concretamente, con una labor de San Gabriel desarrollada.

A las personas que promueven colegios, liceos o escuelas, y desean encomendar su atención espiritual a la Prelatura, se les recomienda que estudien iniciativas y soluciones para no hacer pesar unas cargas económicas excesivas sobre las familias, especialmente sobre las numerosas, que quizá no podrían llevar a todos sus hijos a esos centros educativos, o les exigiría un sacrificio extraordinario. Se trata de que, como se ha hecho desde el principio, las labores de enseñanza a las que la Prelatura presta atención espiritual estén abiertas a todos, y se beneficie el mayor número posible de personas con escasos medios económicos.

Estos centros docentes no han sido nunca mixtos, y este criterio se ha demostrado siempre positivo. En los colegios masculinos no hay sección preescolar.

Además, por evidentes razones formativas, pedagógicas y organizativas, en los colegios o escuelas de chicos, el profesorado está constituido sólo por varones. [221]

También el personal administrativo de estos colegios, cuando son masculinos, estará constituido de ordinario por varones. Si, por motivos razonables y proporcionados, parece necesaria una excepción ‑contratando a una mujer para funciones administrativas, por ejemplo‑, los promotores comprobarán antes que se trata de una persona católica, de buena fama, y que, por su edad y situación familiar estable, reúne las condiciones exigidas por la prudencia. De todos modos, se procura agotar todas las posibilidades antes de llegar a la excepción.

Se evita que un centro de enseñanza para chicos quede contiguo a otro para chicas, e incluso que estén muy cercanos.

Además de la atención de las obras corporativas, los Directores locales ‑siguiendo las orientaciones de la Comisión Regional‑ prestan una adecuada formación a los fieles del Opus Dei que se dedican a las labores personales de enseñanza primaria y secundaria, para avivar su responsabilidad y su afán de almas. Entre otras facetas, les ayudan a vivir algunas exigencias prácticas, que contribuyen a la eficacia apostólica de su trabajo:

a) el espíritu de unidad, tanto dentro del propio centro de enseñanza, como con los directivos de la entidad gestora: evitar con delicadeza hasta la menor apariencia de murmuración, ejercitar la corrección fraterna, etc.;

b) la necesidad de estar desprendidos de los encargos de dirección y de considerarlos siempre una ocasión de servir;

c) el modo ‑lleno de veneración‑ de llevar las relaciones con las autoridades eclesiásticas;

d) el carácter permanente y prioritario de la participación de los padres y de la labor apostólica con ellos;

e) la necesidad de que todos los profesores tengan una buena formación cristiana, estén identificados con los fines del centro y sean competentes en el plano profesional; [222]

f) la debida orientación doctrinal en lo relacionado con los programas y los libros de texto, especialmente de materias como Religión, Filosofía, Historia, etc.;

g) la conveniencia de que los edificios tengan siempre el tono humano adecuado: orden, limpieza, cuidado de las cosas pequeñas, etc. Éste es un aspecto esencial de la formación;

h) la necesidad de vivir fidelísimamente las usuales normas de prudencia en el trato entre varones y mujeres, especialmente si una misma entidad tiene colegios para chicos y otros para chicas;

i) la oportunidad de conocer las experiencias y las soluciones adoptadas en otras labores apostólicas semejantes, por si es útil incorporarlas: por ejemplo, sobre selección y formación de profesores; contratación de gerentes y administradores, y orientación de su trabajo; normas de prudencia en la disposición de fondos; organización de las actividades formativas; viajes de estudios, etc.

Anexos

[223]

Anexo 1. Sobre el modo de vivir algunas normas y costumbres

1. Oraciones vocales

Para poner mayor atención y fomentar la piedad personal, de ordinario, conviene leer los textos correspondientes al rezar las Preces de la Obra, el Trium puerorum, el Adoro te devote, el Salmo II, etc.

2. Devoción a la Eucaristía

También es aconsejable utilizar el misal de fieles para las oraciones y las lecturas, al asistir a la Santa Misa: sirve para unirse más a las palabras del sacerdote, durante la Liturgia eucarística.

Los jueves, en los Centros, también en los oratorios que no tienen sagrario o sagrario con puerta de cristal y cuando, excepcionalmente, no se haya podido hacer la oración ante el Santísimo expuesto, se reza o se canta el himno Adoro te devote en familia, antes o después de la meditación de la mañana, excepto en los casos indicados en De spiritu et de piis servandis consuetudinibus, nota (36).

3. Antífona mariana de los sábados

En el plan de vida espiritual, se incluye la Norma semanal: "cantuss aut recitatio antiphonae Beatae Mariae Virginis, sabbatis". Nuestro Padre indicó en diversas ocasiones que, en ese día, se puede usar la antífona mariana más apropiada al tiempo litúrgico. Esta indicación del Coeremoniale Operis Dei ha de entenderse en el sentido litúrgico preciso: por [224] tanto, no se refiere a himnos marianos de carácter popular.

Para el período pascual, la Liturgia prevé el Regina coeli. Durante el resto del año, la Salve Regina u otras antífonas marianas; concretamente, Alma Redemptoris Mater, en Adviento; Ave, Regina coelorum, en Cuaresma; y también las que se incluyen en Iubilate Deo, ed. altera, 1986: Ave, maris stella y Magnificat.

Después de la antífona, se reza siempre una oración conclusiva, que puede ser: en Pascua, Deus, qui, per resurrectionem Filii tui Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es ... ; y el resto del año: Omnipotens sempiterne Deus, qui gloriosce Virginis Matris Mariae corpus et animam, ut dignum Filii tu¡ habitaculum effici mereretur...

Se concluye con la invocación: Divinum auxilium maneat semper nobiscum, a la que se responde Amen.

En los Centros de San Rafael, cuando la meditación semanal se organiza en un día distinto del sábado, no se canta o reza la antífona mariana. En estos casos, los sábados se tiene siempre la bendición con el Santísimo y el canto de la antífona mariana, aunque no haya meditación.

En los colegios, si no hay clases los sábados, los alumnos pueden cantar la antífona mariana otro día de la semana.

4. Cartas al Padre

La Costumbre de escribir cartas al Padre nació espontáneamente, como manifestación del cariño y del buen espíritu de sus hijas y de sus hijos. Estas cartas han hecho y seguirán haciendo mucho bien. Para los que escriben, son un medio más de abrir con espontaneidad y sencillez su corazón al Padre, un aspecto de la dirección espiritual. También son utilísimas para el Padre —¡cuántas veces me ayudan a hacer oración!, señalaba nuestro Fundador—, porque le dan a conocer detalles edificantes de la vida de los fieles de la Prelatura y pormenores de la actividad apostólica de los Centros. Además, le sirven para tener muy en [225] cuenta —y para hacer presentes ante el Señor— las necesidades concretas de sus hijos.

Los Numerarios y los Agregados con la Fidelidad suelen escribir al Padre al menos dos veces por año: en la fiesta de San José y a finales del mes de septiembre; los demás le dirigen el número de cartas que aconseje el Director Espiritual Regional a través de los Directores locales: de ordinario, no menos de cuatro al año. Naturalmente, todos tienen la máxima libertad para escribir al Padre, siempre que quieran.

Los Supernumerarios también escriben al Padre cuando lo desean; en alguna ocasión, el Director se lo sugiere, con motivo de alguna fiesta de la Obra, de su propia familia de sangre, etc. Se les aclara que, muchas veces, la lectura de su carta será necesariamente la contestación del Padre, llena de cariño, por lo que todos han de estar contentos por esa respuesta del Padre. Se les aconsejará que las entreguen al Director del Centro, en vez de mandarlas directamente por correo postal, aunque pueden enviarlas como prefieran.

Las cartas se redactan con el tono propio de los hijos que escriben a su Padre, con sencillez y con entera libertad, como resulte natural a cada uno. Por eso, no se hacen muchas indicaciones o correcciones sobre el estilo o las expresiones que utilizan. Es preferible esperar: ya aprenderán poco a poco a escribir al Padre, con delicadeza y corrección, sin perder la espontaneidad.

Antes de enviar a la Comisión Regional una carta para el Padre, como la mayor parte de las veces no llevará, ni tiene por qué llevar, el apellido en la firma, el Director o el mismo interesado lo añade a lápiz, con caracteres de imprenta.

Además, se señala si es Numerario, Agregado, Supernumerario, Agregado o Supernumerario de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Si, por su contenido o por cualquier circunstancia, interesa que una carta sea leída cuanto antes, el Director local escribirá en el sobre la indicación urgente. Y en algunos casos ‑por ejemplo, cuando es respuesta a una carta personal del Padre‑ se mandará directamente a Roma. [226]

Todos deben saber que si entregan las cartas abiertas o sin sobre ‑como es habitual‑, se entiende que dan tácitamente permiso para que el Director del respectivo Consejo local pueda leerlas, sobre todo las de los más jóvenes, pero guarda sobre este tema la más delicada reserva, pues forma parte del silencio de oficio. Cuando lee alguna de estas cartas, el Director no tacha nada en absoluto; sólo comunica alguna indicación o aclaración al interesado, si es necesario, para facilitarle que escriba con más claridad, sencillez y naturalidad.

Las cartas al Padre ‑y las que se envían entre sí los fieles de la Prelatura‑ reflejan la naturalidad propia de su condición: ciudadanos cristianos corrientes. Por eso, no se encabeza la carta con el saludo Pax!, ni se utilizan abreviaturas o expresiones desusadas.

Si un Numerario o un Agregado, que haya hecho la Oblación, manifiesta su disponibilidad para ser sacerdote si es llamado por el Padre, el Consejo local lo advierte a la Comisión Regional al enviar la carta.

Además de estas cartas ordinarias, como es natural, todos pueden dirigirse directamente al Padre, en sobre cerrado, cuando quieran comunicarle asuntos ‑personales o relativos a la Obra- que les parezcan importantes: en estos casos, procuran extremar la prudencia, la objetividad y la serenidad, para no dar siquiera la impresión de faltar a la justicia o a la caridad. Estas cartas pueden enviarse al Vicario Regional ‑con la seguridad de que nadie las abrirá‑, para que las mande cuanto antes al Padre.

Si se mandan estas cartas por correo postal ordinario, es mejor enviar el sobre a nombre de uno de los miembros del Consejo General. Dentro se incluye el otro sobre, con la carta para el Padre.

[227]

Anexo 2. Declaración de incorporación a la prelatura

El interesado declarará:

Yo, ..........., en pleno uso de mi libertad, declaro que tengo el firme propósito de dedicarme con todas mis fuerzas a la búsqueda de la santidad y a ejercer el apostolado, según el espíritu y la praxis del Opus Dei; y me obligo, desde este momento hasta el próximo día 19 de marzo (“me obligo para toda mi vida”, si se trata de la Fidelidad):

1º — a permanecer bajo la jurisdicción del Prelado y de las demás autoridades competentes de la Prelatura, para dedicarme fielmente a todo aquello que se refiera al fin peculiar de la Prelatura;

2º — a cumplir todos los deberes que lleva consigo la condición de Numerario (o Agregado o Supernumerario) del Opus Dei, y a observar las normas por las que se rige la Prelatura, así como las prescripciones legítimas del Prelado y de las demás autoridades competentes de la Prelatura, en lo que se refiere a su régimen, espíritu y apostolado".

La Prelatura, representada por aquél que designe el Vicario Regional ‑si no dice otra cosa, el Director del Centro correspondiente o, en su ausencia, la persona que le sustituya‑ declarará:

Yo, .............., en representación del Prelado, declaro que desde el momento de tu incorporación a la Prelatura y mientras esta incorporación siga en vigor, el Opus Dei se obliga:

1º — a proporcionarte una asidua formación doctrinal‑religiosa, espiritual, ascética y apostólica, así como la peculiar atención pastoral por parte de los sacerdotes de la Prelatura;

2º — a cumplir las demás obligaciones que, respecto a sus fieles, se determinan en las normas por las que se rige la Prelatura.

[228]

Anexo 3. Guión para la charla sobre la renovación del compromiso vocacional

(Retiro mensual anterior a la fiesta de San José)

El contenido de este guión se aplica tanto a los fieles de la Prelatura ‑laicos y sacerdotes- como, servatis servandis, a los socios Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (cfr. Statuta, nn. 57 ss), pues esta última (asociación de clérigos propia, intrínseca e inseparable de la Prelatura) es parte integrante del Opus Dei, y la vocación a la Obra es la misma para todos, iluminando e informando las diversas situaciones personales. Así, por ejemplo, cuando en el guión se recuerda que los fieles de la Prelatura se comprometen a permanecer bajo la jurisdicción del Prelado, en el caso de los socios Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ‑que no están bajo esa jurisdicción‑, se entiende que se comprometen a observar las normas por las que se rige la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (cfr. Statuta, nn. 57 y 64); cuando se hace referencia a los deberes comunes a todos los cristianos, se entiende que, para los sacerdotes, se trata también de los deberes comunes a todos los sacerdotes.

'Vocación cristiana y vocación a la Obra

1. La vocación cristiana, que es vocación a la santidad y al apostolado, es universal. Con el Bautismo, todo cristiano recibe esa llamada que, por caminos muy diversos, Dios concretará después para cada alma de un modo personal.

¡Con cuánta fuerza ha hecho resonar el Señor esa verdad, al inspirar su Obra! Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa —homo peccator sum (Lc 5, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio (Carta 24-III-1930, n. 2).

2. La vocación a la Obra es la determinación o especificación de la vocación cristiana, que Dios ha querido para cada uno de nosotros personalmente. No estamos vosotros y yo en el Opus Dei, porque hayamos decidido llevar a cabo una obra buena, o aun nobilísima. Estamos aquí porque Dios nos ha llamado, con una vocación personal y peculiar (Carta 14-III-1944, n. 1)

El llamamiento a la Obra ‑como toda vocación divina‑, en cuanto voluntad y llamada de Dios, es eterno: ante mundi constitutionem (Ef 1, 4), pero en el tiempo se manifiesta a la persona concreta, gradualmente: primero, en su comportamiento y exigencias cristianas comunes a partir del Bautismo; después, Dios da a conocer e impulsa, con su gracia, a vivir el modo expreso de compromiso cristiano que desea para cada uno de nosotros: ser Opus Dei.

3. La llamada a la Obra, por venir de Dios ‑cuya Palabra es eficaz‑ trae consigo, a la vez, gracia ‑la gracia de la vocación‑, que ilumina e impulsa:

a) es luz de Dios, que nos hace ver ‑en concreto, hoy y ahora, personalmente, no como simple afirmación teórica‑ la radicalidad de la llamada universal a la santidad y al apostolado, con las consecuencias que eso tiene para uno mismo y para el trato con los demás; y es también, simultánea e inseparablemente, fuerza e impulso interior, para corresponder a esa invitación: si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre s dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación (Carta 9-I-1932, n. 9).

Todos hacemos lo que hubiéramos hecho si no fuésemos del Opus Dei, pero con una diferencia: porque llevamos encendida dentro del alma la luz de la vocación divina, de la gracia especial de Dios, que no viene a sacarnos de nuestro sitio, sino a dar a nuestra vida ordinaria y a nuestro trabajo un sabor nuevo, divino, y una eficacia sobrenatural (Carta 29-VII-1965, n. 7).

b) la vocación es llamada de Dios, que lleva a vivir la condición cristiana formando parte de la Obra: por tanto, con una precisa misión o fin propio, con un propio espíritu, con unos determinados medios, dedicación, modos apostólicos, etc.:

Hemos recibido, pues, de Dios, una vocación peculiar, con un fin propio: el Señor nos ha reunido, no para hacer tan sólo una obra buena, sino para que busquemos la perfección cristiana y ejerzamos el apostolado con unos medios perfectamente determinados y concretos (Carta 28-III-1955, n. 12).

4. El camino en la Obra presenta al alma un pleno encuentro vocacional con Dios: encuentro vocacional pleno, repito, porque ‑Cualquiera que sea el estado civil de la persona‑ es plena su dedicación al trabajo y al fiel cumplimiento de sus propios deberes de estado, según el espíritu del Opus DeL Por esto, dedicarse a Dios en el Opus Dei no implica una selección de actividades, no supone dedicar más o menos tiempo de nuestra vida para emplearlo en obras buenas, abandonando otras. El Opus Dei se injerta en toda nuestra vida (Carta 25-I-1961, n. 11).

Nuestra llamada es, por eso, omnicomprensiva: abarca la vida entera, en todas sus dimensiones, y no sólo algunas peculiares actividades espirituales, formativas y apostólicas; es, en efecto ‑conviene subrayarlo‑ una determinación o especificación de la vocación cristiana en toda su amplitud Y ésta –la vocación cristiana‑ afecta e informa toda la existencia: el Opus Dei acoge y encauza el hecho hermosísimo de que cualquier estado y cualquier trabajo profesional, siempre que sea recto y persevere en esa rectitud, puede llevar a Dios. Nuestra Obra recoge esa posibilidad en una vocación bien definida: una dedicación personal a Dios en medio del mundo, para convertir nuestra vida ordinaria y nuestra labor profesional y social en instrumentos de santificación y de apostolado, cualesquiera que sean la edad y las circunstancias individuales (Carta 15-VIII-1953, n. 12).

5. Se entiende así que realmente la vocación cristiana y la vocación a la Obra se identifican en la persona, en cada uno de nosotros, aunque conceptualmente cabe distinguir entre vocación cristiana y vocación a la Obra. Estamos llamados por Dios a ser cristianos siendo Opus Dei. La Obra es nuestro lugar en la Iglesia una y única. Cada uno, personalmente, no tiene dos vocaciones (la vocación cristiana y la vocación a la Obra), sino una única vocación, que es la vocación de cristiano corriente vivida en plenitud según el espíritu, la dedicación, los modos apostólicos, etc., queridos por Dios para la Obra.

No se opone a esto el hecho de que la vocación a la Obra se pueda "perder" por la propia infidelidad, sin que desaparezca por eso la vocación cristiana. En realidad, "perder" la vocación no significa que la vocación deje de existir, pues "los dones y la vocación de Dios son inmutables" (Rm 11, 29); simplemente, la persona puede poner obstáculos que impidan, incluso de forma definitiva, toda o parte de la eficacia de la vocación ‑luz e impulso interior‑ en su alma.

6. En resumen, la vocación al Opus Dei compromete toda la persona y todos sus actos: no se reduce a una vocación para realizar una Iimitada actividad, sino para santificar todas las actividades, todos los aspectos de nuestra vida, y transformarlos en medio de santidad y de apostolado, según el espíritu de la Obra. En consecuencia, todo, en nuestra actuación, puede ser valorado, medido y juzgado en términos de fidelidad a la vocación.

Naturaleza del compromiso vocacional y del vínculo con la Prelatura

7. El compromiso vocacional es un compromiso de amor:

a) nace del encuentro entre el amor que Dios nos ha manifestado a cada uno con la llamada, y nuestro amor de correspondencia: para nosotros no es un sacrificio el aceptar nuestra vocación: no es sacrificio, porque sabemos que es una prueba de elección y de amor: redemi te, et vocavi te nomine tuo, meus es tu (Is 43, 1) (Carta 11-III-1940, n. 28);

b) se vive en el amor y por amor: sólo el amor a Dios, la caridad, es la fuerza que nos permite perseverar fielmente en el camino: Tened esto muy claro: nuestra perseverancia es fruto de nuestra libertad, de nuestra entrega, de nuestro amor, y exige una dedicación completa (En diálogo con el Señor, p. 20; cfr. Camino, n. 999).

c) conduce al amor, porque no es posible otra finalidad última diferente de la unión amorosa con Dios: si el amor aquí en la tierra da tantas alegrías, ¿cómo será en el cielo, cuando toda la grandeza de Dios, toda la Sabiduría de Dios y toda la Hermosura de Dios, toda la vibración, todo el color, ¡toda la armonía!, se vuelque en ese vasito de barro que somos cada uno de nosotros? (Notas tomadas en una tertulia, 20-XII-1968).

8. El compromiso vocacional comporta un vínculo mutuo y estable con la Obra:

a) este vínculo, además de establecer unos derechos y obligaciones mutuos, nos incorpora a la Obra: somos Opus Dei para hacer el Opus Dei en la tierra;

b) la incorporación a la Obra no es una nueva consagración a Dios que se añada ‑mediante votos u otros actos de la virtud de la religión- a la consagración bautismal, sino que corrobora y determina la condición común cristiana según el querer de Dios para nosotros; somos cristianos corrientes:

Es voluntad del Señor —parte del mandato imperativo, de la vocación recibida— que seáis, hijas e hijos míos, cristianos y ciudadanos corrientes (Carta 14-II-1944, n. 2).

Vosotros, hijas e hijos míos —que como los demás cristianos habéis sido consagrados a Dios por el bautismo, y renovasteis después esa consagración, hechos milites Christi, soldados de Cristo, por el sacramento de la confirmación—, libre y voluntariamente habéis renovado una vez más vuestra dedicación a Dios, al responder a la vocación específica con la que hemos sido llamados, para que en la Obra procuremos alcanzar la santidad y ejercer el apostolado (Carta 15-VIII-1953, n. 35);

c) por eso, la incorporación a la Prelatura no cambia el estado o condición de sus miembros, ni en la sociedad civil ni en la Iglesia: cada uno tiene, en la Iglesia y en la sociedad civil, el que tenía antes de su incorporación a la Obra, porque esta incorporación no hace estado. El laico sigue siendo laico, célibe o casado, el sacerdote secular sigue siendo sacerdote secular y diocesano (Carta 25-I-1961, n. 12).

Deberes derivados de la incorporación a la Obra

9. El vínculo con el Opus Dei comporta para todos sus miembros graves y cualificadas obligaciones (Decl. Praelaturae personales, n. I, c), que conducen a la profundización en la condición cristiana. Desde el principio, todos tenemos conciencia de la seriedad de la vocación y de la gravedad del deber de ser fieles, también desde el punto de vista de las consecuencias morales de la fidelidad o infidelidad a las exigencias de la entrega.

10. En Statuta, n. 27 § 3, se establece que en la declaración de incorporación a la Prelatura, el miembro de la Obra:

a) manifiesta su firme propósito de dedicarse con todas sus fuerzas a la búsqueda de la santidad y a ejercer el apostolado según el espíritu los modos de la Obra‑,

b) se obliga, desde el momento de la incorporación y mientras ésta dure:

  • a permanecer bajo la jurisdicción del Prelado y de las demás autoridades de la Prelatura, en todo lo que se refiere al fin peculiar de la Prelatura;
  • a cumplir todas las obligaciones que lleva consigo la condición de Numerario, Agregado o Supernumerario del Opus Dei, y a cumplir las normas que rigen la Prelatura y las legítimas disposiciones del Prelado y de las demás autoridades de la Prelatura sobre su régimen, espíritu y apostolado.

Hay, pues, dos tipos de obligaciones o deberes: unos, que son propios de todo cristiano (los contenidos en la ley de Dios y de la Iglesia, necesarios a todos para buscar la santidad); y otros, que son peculiares o específicos (los derivados del vínculo con la Obra, que determinan y concretan los medios y modos, queridos por Dios para nosotros, en esa búsqueda de la santidad). Pero, tanto en unos como en otros, resulta evidente que su cumplimiento o incumplimiento es fidelidad o infidelidad a la vocación (cfr. supra, n. 6).

11. Los deberes relativos a las leyes de Dios y de la Iglesia, obligan a los miembros del Opus Dei con la obligatoriedad que esas leyes tienen en sí mismas para todos los cristianos (cfr. Statuta, n. 183 § l).

12. Los deberes derivados de las normas relativas al régimen de la Obra, las que definen las funciones y cargos de gobierno y las mismas normas cardinales de gobierno, así como las que establecen la naturaleza y fin de la Obra, obligan en conciencia según la gravedad de la materia (cfr. Statuta, n. 183 § 2).

Tal es el caso, por ejemplo, de las normas que determinan los aspectos esenciales del régimen de vida de los miembros de la Obra (Numerarios, Agregados y Supernumerarios), de las que garantizan la unión con el Padre y de las que señalan que el gobierno sea colegial; y de las que establecen la unidad de espíritu y la separación entre las dos Secciones.

Por ser nuestra empresa divina, no está en nuestras manos ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y al modo de la obra de Dios se refiera. Nuestra vocación ha de desarrollarse en función '[235]' de esa finalidad específica que Dios ha querido: hemos sido llamados a la Obra para cumplir esa finalidad concreta, para llevarla a cabo tal como el Señor la quiere (Carta 15-VIII-1953, n. 6).

13. Los deberes derivados de las normas meramente disciplinares o ascéticas, no incluidas en los párrafos anteriores (nn. 11 y 12), por sí mismas no obligan bajo pecado; pero sería pecado su desprecio formal, o si su transgresión se realizara con un motivo o con un fin no recto, o si produjese escándalo: en estos casos, habría pecado contra las virtudes correspondientes (cfr. Statuta, n. 183 § 3).

14. En consecuencia, por lo que se refiere a las implicaciones morales de lo señalado en los nn. 10‑ 13:

  1. el incumplimiento de los deberes que son propios a todo cristiano (cfr. n. 11) no comporta una duplicidad ni numérica ni específica de los correspondientes pecados, por lo que, al confesarlos en el sacramento de la Penitencia, no sería necesario mencionar el compromiso vocacional (cfr. p. 101 § 3 de este Vademécum);
  2. si se faltase a los deberes peculiares o específicos, es decir, a los indicados en el n. 12 y, en los casos en que fuese pecado, a alguno de los indicados en el n. 13, en la Confesión bastaría referirse a las virtudes correspondientes (cfr. pp. 101 § 4 y 102 § 1 de este Vademécum).

15. Teniendo siempre muy presente la seriedad del compromiso vocacional ‑también en sus repercusiones morales‑, no se puede olvidar nunca el hecho fundamental de que nuestro compromiso es un compromiso de amor, de tal manera que nuestro espíritu nos lleva a vivir plenamente sus exigencias, por amor y, por tanto, con plena libertad:

Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad. Mirad, cuando una madre se sacrifica por amor a sus hijos, ha elegido; y, según la medida de ese amor, así se manifestará su libertad. Si ese amor es grande, la libertad aparecerá fecunda, y el bien de los hijos proviene de esa bendita libertad, que supone entrega, y proviene de esa bendita entrega, que es precisamente libertad (Amigos de Dios, n. 30). ¡Tantos hogares que son uno solo!, como somos muchos corazones y tenemos un solo corazón, una sola mente, un solo querer, una sola voluntad, con esta obediencia bendita, llena de voluntariedad, de libertad. No quiero que nadie se sienta coaccionado; en todo caso, sólo por la coacción del amor, sólo por la coacción de saber que no acabamos de corresponder al amor que Jesús tiene con nosotros, cuando nos ha buscado. Ego redemi te, et vocavi te nomine tuo: meus es tu! (Is 43, 1) (En diálogo con el Señor, p. 222).

16. Hemos, pues, de considerar todas las exigencias concretas y diarias de nuestra vocación, sean cuales fueran las implicaciones morales de unas y otras (cfr. nn. 11 ‑ 14), como llamadas del Amor de Dios a nuestro amor, y vivirlas porque nos da la gana, con voluntariedad actual, porque queremos responder libremente ‑por amor‑ a la vocación divina de ser Opus Dei y hacer el Opus Dei hasta en los detalles más pequeños.

17. Esta fidelidad, que por nuestra personal debilidad exige un continuo comenzar y recomenzar, hace crecer más y más nuestra alegría, porque la fidelidad es felicidad; una alegría que no se traduce necesariamente en algo sensible, y que muchas veces se encuentra, sin consuelo alguno, en el amor a la Cruz (cfr. Camino, n. 178).

Ser fieles, hijos, no significa que las cosas no cuesten. A mí me cuestan; y sin embargo, tengo la conciencia clara de que Dios se ha fijado en mí y me ha elegido; y este argumento —incluso humanamente— me sirve de acicate para responder que sí, también cuando hay que dejar jirones al caminar. ¡Duele, pero es dolor de Amor! (...). Con esto no penséis que el camino es difícil; estoy convencido de que es más llevadero que el de cualquier otra persona, siempre que vivamos ese compromiso de Amor y queramos estar atados por Amor. La fidelidad es felicidad, incluso padeciendo. Dios no abandona, aunque cueste encontrarle en algunos momentos (Notas tomadas en una conversación, 27-VII-1968).

Anexo 4. Declaración para hacer antes de la fidelidad

Con la ayuda de Dios Nuestro Señor, para quien es toda la gloria, confiando en la intercesión de Santa María, de nuestros Patronos y de mi Santo Ángel Custodio, yo ..., por mi honradez cristiana, me comprometo a cuidar con especial diligencia lo que sigue:

1º con respecto a la Prelatura: evitar sinceramente, por mi parte, todos aquellos hechos o palabras que, en cualquier modo, puedan atentar a la unidad espiritual, moral o jurídica del Opus Dei. Y si estas cosas fueran hechas o dichas por otros miembros, no tolerarlas y corregirlas, según parezca oportuno en la presencia del Señor;

2º con respecto a todos y cada uno de los Directores del Opus Dei: a) evitar cuidadosamente, por mi parte, las murmuraciones que pudieran disminuir su fama o restar eficacia a su autoridad; y, de modo semejante, rechazar las murmuraciones de los otros, y no consentirlas en ningún modo; b) ejercitar la corrección fraterna, según el espíritu del Opus Dei, con mi inmediato Director, cuando, considerado el caso en la presencia de Dios, la corrección parezca conveniente al bien de la Prelatura. Si, pasado un prudente espacio de tiempo, advirtiera que la corrección no ha sido atendida, y el bien evidente del Opus Dei lo exige o aconseja, daré a conocer todo el asunto al inmediato Director Regional o Central o al Padre, dejaré la cosa plenamente en sus manos, y no Volveré a preocuparme más de ello;

3º con respecto a mí mismo: procurar esmerarme aún más en ser fiel a la doctrina de la Iglesia y al espíritu del Opus Dei, en mi actividad, [238] libre y personalmente responsable. Teniendo en cuenta el deber de formar bien mi propia conciencia, pediré consejo cuando sea menester, de acuerdo con las normas de la moral católica y de la ética cristiana, y conservaré rigurosamente, por tanto, el secreto natural, el comisorio, el profesional y cualquier otro tipo de secreto cualificado. Recordaré siempre que también soy completamente libre y responsable sobre el modo de aplicar los criterios doctrinales generales a cada caso concreto, sin pretender descargar mi responsabilidad en la persona que ocasionalmente, a petición mía, me haya ayudado a formarme una conciencia recta.

[239]

Anexo 5. Declaración para los inscritos y para los que han de recibir órdenes sagradas

En la preparación necesaria para el nombramiento de Inscritos se procede de la misma forma que al hacer la Fidelidad, pero están presentes el Director del Centro y otro Numerario. Conviene que los que sean nombrados lean y lleven pausadamente a la oración el texto de la declaración correspondiente, contenida en el Caeremoniale Operis Dei, que aquí se recoge en la traducción castellana.

Con la ayuda de Dios Nuestro Señor, para quien es toda la gloria, confiando en la intercesión de Santa María, de nuestros Patronos y de mi Santo Ángel Custodio, yo..., por mi honradez cristiana, me comprometo a cuidar con especial diligencia lo que sigue:

1º mantener firmemente, como uno de los pilares del Opus Dei, la práctica de la corrección fraterna; procurar con todas mis fuerzas que se conserve vigente con toda integridad; y ejercitarla siempre fielmente, según nuestro espíritu, cuando la considere necesaria o muy conveniente para las almas de los miembros o para el bien de la Prelatura;

2º no ambicionar tener o retener cargos en la Prelatura, ya sean de gobierno o de formación;

3º conservar fielmente en mí el espíritu de la primitiva pobreza, Y no permitir en absoluto ni cooperar en ninguna forma a que se mitigue la práctica de esa rígida pobreza nuestra: sino, por el contrario, luchar con todas mis fuerzas para que se conserve íntegra e intacta, tal como fue vivida desde los comienzos de la Obra, sin ninguna especie de peculio personal.

[240]

Anexo 6. Modo de dirigir el círculo breve y el círculo de estudios

El Círculo se da siguiendo el guión señalado en el Caeremoniale o la correspondiente traducción aprobada.

Durante el Círculo hay que santiguarse en tres ocasiones, cuando se reza: 1. In nomine Patris ... ; 2. Adiutorium nostrum ... ; y 3. A vinculis...

Al rezar el Confiteor y los versículos siguientes, los sacerdotes no deben estar con las manos juntas ‑en actitud de orar‑, puesto que no se trata propiamente de un acto litúrgico.

Como la jaculatoria que cierra nuestras reuniones familiares se reza ya en la primera parte del Círculo, no se repite al terminar; se acaba con las palabras Pax, in teternum.

Siempre se rezan en latín las oraciones del comienzo, así como el Confiteor, Misereatur y A vinculis.

Para facilitar que todos obtuviesen el máximo provecho del examen del Círculo, nuestro Fundador dispuso que, en determinadas circunstancias, las preguntas pudieran leerse en lengua vernácula, en lugar de hacerlo en latín. De acuerdo con este criterio, también señaló que:

a) se leen siempre en latín en las sedes de las Comisiones Regionales y de los gobiernos de las Delegaciones dependientes;

b) se usa siempre la lengua vernácula cuando asistan Numerarios que aún no han pasado por el Centro de Estudios, y Agregados que no tengan preparación suficiente para entender bien el latín; [241]

c) en los demás Centros ‑y en los Cursos anuales‑ se alternan el latín y el idioma del país, pero tendiendo a utilizar sólo el latín en los Círculos Breves en los que se presupone que los asistentes lo entienden bien: los Centros de Numerarios mayores y los de Agregados que hayan cursado estudios superiores;

d) desde el segundo año del Centro de Estudios, se empieza a emplear el latín, alternándolo con la lengua vernácula.

Además, para facilitar que todos vayan entendiendo bien el texto latino del examen, en las clases de esa lengua previstas en los Centros de Estudios, etc., se explica la traducción de las preguntas; en los Centros donde se alternen las dos lenguas, quien dirige el Círculo traduce algunas preguntas; por ejemplo, las que desee comentar.

En el Círculo de Estudios de Supernumerarios se utiliza la lengua vernácula en la lectura del plan de vida y en el examen.

La duración del Círculo Breve y del Círculo de Estudios, incluidas las Preces, no pasará normalmente de 40 minutos. No importa, sin embargo, que se prolongue algo más en los Cursos anuales y Convivencias, así como en los Centros de Estudios y en los Cursos de Estudios.

Cuando un Numerario o Agregado dirige el Círculo Breve o el Círculo de Estudios, o da una charla de formación a miembros de la Obra o una clase de San Rafael, en días no festivos, lleva el cilicio durante ese rato, además del tiempo diario previsto. No se procede de este modo al explicar una clase de los cursos filosóficos o teológicos, ni en las de Doctrina Católica (apartado IV del Programa de formación inicial). Si una persona da varias charlas o Círculos en el mismo día, puede contar la duración de alguna de esas actividades como parte del tiempo diario de llevar el cilicio. En caso de duda, se consulta al Director, pero evitando caer en la casuística.

Como siempre se ha hecho, el que dirige el Círculo pone el crucifijo sobre la mesa, después de besarlo (cfr. De Spiritu et de piis servandis consuetudinibus, n. 102).

[242]

Anexo 7. Sufragios por los fieles difuntos

Desde el principio, nuestro Fundador ha recomendado, como un deber de caridad e incluso de justicia, la aplicación de muchos sufragios por el eterno descanso de todos los difuntos, especialmente de los fieles de la Prelatura y de los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, de los padres de estos fieles y socios, de los Cooperadores, asistentes eclesiásticos, bienhechores, etc.

La aplicación de los frutos de la Santa Misa por las personas fallecidas puede hacerse aunque la Misa no sea de difuntos.

Siempre que fallece un Romano Pontífice, en cada Centro se celebra una Misa por el eterno descanso de su alma. Además, los miembros de la Obra ofrecen privadamente los sufragios que les dicten el cariño y la veneración al Vicario de Cristo, que nuestro Padre grabó tan profundamente en los corazones de sus hijos.

Por el alma de cada Numerario o Agregado difunto, aunque no hubiera hecho la Admisión, se aplican en el Centro al que estaba adscrito, además de la Misa de requiem, treinta Misas gregorianas y una Misa en el primer aniversario de su fallecimiento. En los demás Centros de la Región, se celebra también una Misa de sufragio, en cuanto se recibe noticia de su muerte.

Por cada Supernumerario difunto se celebran tres Misas; los de su Grupo ofrecen además las oraciones y los sufragios que les sugiera la caridad fraterna. [243]

Por los aspirantes se ofrecen los mismos sufragios establecidos para los fieles de la Prelatura y para los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Por el padre o la madre de cada Numerario o Agregado se aplican nueve Misas, en el Centro al que pertenece su hijo, si tenía varios hijos de la Obra, se celebran nueve Misas en cada Centro en el que viva o al que esté adscrito uno de sus hijos Numerario o Agregado. Por un hermano o una hermana de un Numerario o Agregado se aplican tres Misas, en el Centro del hermano.

Con motivo del fallecimiento del cónyuge o de los hijos de un Supernumerario, se aplican los sufragios que la caridad dicta a cada uno de los miembros del Grupo.

Las Misas en sufragio de un Supernumerario pueden encargarse, por medio de la Colecturía (oficina de la Dirección Espiritual de la Región, que distribuye los estipendios recibidos para Misas) a sacerdotes Agregados y Supernumerarios, aunque, como será lo habitual, las celebren fuera de los Centros.

Si, en cambio, se trata del fallecimiento de Numerarios, de Agregados, o de sus parientes, los sufragios se celebran en el oratorio del Centro de la persona interesada o ‑si no es conveniente‑ en otro oratorio de la Prelatura. En este caso, es mejor no encargarlos ordinariamente a sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, porque no podrían fácilmente celebrarlos en el oratorio del Centro.

De todas formas, lo importante es aplicar los sufragios cuanto antes, adoptando el modo más oportuno para lograrlo.

En todos los Centros, el día 2 de noviembre se reza o se canta un responso, con tres oraciones: por los miembros de la Obra difuntos, por los padres y hermanos y por todos los fieles difuntos; en donde es posible ‑por las condiciones del oratorio, y por el número de sacerdotes‑, se celebra una Misa solemne en sufragio de todos los fieles di [244] funtos, seguida de un responso también solemne, con las tres oraciones señaladas.

Aparte del 2 de noviembre, también se puede rezar o cantar un responso en otras ocasiones: cuando ha fallecido alguien del Centro, cuando se celebra una Misa solemne de requiem, etc. De ordinario, los sacerdotes de la Prelatura celebran durante el mes le noviembre:

‑ una Misa por los miembros de la Obra, que hayan fallecido desde el 2 de noviembre del año anterior;

‑ una Misa por los difuntos de la Región;

‑ un novenario de Misas por todos los Numerarios y Agregados fallecidos

‑ un novenario de Misas por todos los miembros de la Obra difuntos

‑ una Misa por los Cooperadores, asistentes eclesiásticos y bienhechores fallecidos

‑ una Misa por los padres difuntos de todos los miembros.

Los seglares ofrecen por estas intenciones ‑el mismo número de días‑ la Santa Misa que oigan, la Comunión y la parte del Rosario que recitan.

Los sacerdotes ‑Numerarios y Agregados de la Prelatura y los Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz‑ que reciban estipendios, ofrecen, por las intenciones señaladas más arriba, solamente esa parte del Rosario.

Todos estos sufragios se aplican ‑respectivamente‑ por los fieles de la Prelatura, Cooperadores, padres de los miembros, etc., tanto varones como mujeres, y también por los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, por sus padres y por los Cooperadores

Nadie debe inquietarse si, por olvido o por otras circunstancias justas, no cumple alguna de estas indicaciones, que se recuerdan a todos, cada año, en el último Círculo Breve o de Estudios del mes de octubre.

[245]

Anexo 8. Algunas experiencias sobre el desarrollo de retiros espirituales y cursos de retiro para fieles de la Obra

'El examen de conciencia, si se tiene en familia, se hace ordinariamente después de las dos primeras meditaciones y de la charla, dejando a continuación algún tiempo libre, para que puedan considerarse con más detenimiento los puntos del examen.

En los cursos de retiro para fieles de la Obra, cuando se reza en familia el Rosario, se sigue la costumbre de leer ‑antes de cada decena- las consideraciones de nuestro Padre en el libro Santo Rosario.

La lectura espiritual en familia, durante esos días, dura quince minutos, y se procura que tenga relación con los temas del retiro. Al comenzar y al terminar, se reza de rodillas la oración acostumbrada al Espíritu Santo.

Cuando se reza colectivamente el Vía Crucis, suele hacerse poco después de comer, cuando el retiro empieza a primera hora de la mañana y termina a media tarde; pero puede tenerse a cualquier otra hora. Se utiliza, como es lógico, el texto de nuestro Padre. No es necesario leer los puntos de meditación ‑que cada uno puede considerar por su cuenta‑, para no alargarlo excesivamente. Si en alguna ocasión, por falta de tiempo o por otra causa, no se puede rezar el Vía Crucis del modo tradicional, se omite el Padre nuestro y el Ave María que suelen decirse en cada Estación, rezando, por ejemplo, sólo las invocaciones que se acostumbren (Adorámoste, Cristo ... ; Señor, pequé..., u otras habituales). [246]

Si los asistentes son personas mayores, es aconsejable que cada uno haga el Vía Crucis privadamente o con otros; también pueden rezar el Rosario dos o tres juntos. Sin embargo, hay plena libertad para seguir o no este consejo, pero sin reunirse más de tres para estas prácticas piadosas. En cada curso de retiro, el Director recordará esta orientación.

Si en los retiros mensuales hay alguna comida ‑que no sea una simple merienda o desayuno‑, se puede leer en la mesa algún artículo de Crónica, de Obras, una biografía de nuestro Padre, de un santo, etc.; en cualquier caso, debe mantenerse el silencio, con el fin de que todos puedan guardar recogimiento.

Al final del retiro mensual, después de la última meditación, si las circunstancias lo permiten, se oficia la exposición simple del Santísimo, con el rezo de las Preces de la Obra. En los cursos de retiro, siempre que sea posible, también conviene tener diariamente la exposición simple el Santísimo, en el momento más oportuno.

[247]

Anexo 9. Experiencias sobre el modo de organizar la proyección de filmaciones de tertulias con nuestro padre o con sus sucesores

Es necesario que el local resulte acogedor y digno, en consonancia con lo que se va a ver, y con el número y la condición de los asistentes; se utilizará un proyector de calidad y en buen estado, que reproduzca fielmente la imagen y el sonido, y no estropee la película o el vídeo. Siempre se ha de saber quiénes acuden a la proyección: para que participen los que puedan entender, y vayan todos con rectitud de intención‑, es preciso asegurarse de que nadie utilice registradores u otros aparatos para hacer copias de la imagen o del sonido.

El que proyecte ha de cuidar con esmero todos los detalles: por ejemplo, haber enfocado antes de que entren a la sala las personas; tener regulado previamente el volumen del sonido; evitar que salgan en la pantalla las colas del principio o del final de la película, etc. Las películas están en los lugares donde se proyecten sólo el tiempo necesario, y se devuelven cuanto antes a donde indique la Comisión Regional.

Si a la proyección asiste gente que aún tiene poca relación con la Obra, se suele comenzar con una breve charla introductoria ‑ordinariamente bastan cinco o diez minutos‑, para ayudarles a aprovecharla mejor. Se les puede explicar la ocasión en que fue tomada la película, y decirles además, si se trata de la película de una tertulia con nuestro Padre, que practican sus enseñanzas miles de personas de toda raza, len [248] gua, nacionalidad, condición, estado, edad y profesión, que, cuando el Señor quiso llevarse a nuestro Padre al Cielo, el Opus Dei estaba extendido por los cinco continentes, y había personas de la Obra de ochenta nacionalidades diferentes; que ellos participarán de esa incansable predicación de nuestro Padre, que va, con la gracia de Dios, a charlar con cada uno, en la intimidad del alma; a hablar de Dios, para que veáis cómo El os quiere; que han de procurar aprovechar las palabras de nuestro Fundador para mejorar, para hacer propósitos, como a veces decía a mitad de una tertulia: pero propósitos... Que yo no hablo por hablar.

De modo análogo se procede en la proyección de vídeos.

[249]

Anexo 10. Calificaciones y abreviaturas de la guía bibliográfica

Significado de las calificaciones

1ª: sin inconvenientes;
2ª: sin inconvenientes, pero exige buena formación doctrinal en el lector, por el tema o modo de tratarlo;
3ª: ligeros inconvenientes que, además de buena formación doctrinal, exigen cierta capacidad crítica en la lectura;
4ª: serios inconvenientes que, además de buena formación doctrinal, exigen particulares cautelas y un motivo proporcionado para la lectura;
5ª: libros de doctrina confusa y peligrosa que, en principio, no es oportuno leer; si, por motivo proporcionado, se leen, exigen especiales medidas de prudencia;
6ª: libros expresamente contrarios a la fe o a la moral.

Se utilizan también en ocasiones calificaciones intermedias: 1ª-2ª, 2ª-3ª, o bien 3ª-4ª, para significar en el primer caso obras que requieren cierta formación; en el segundo caso, que los «ligeros inconvenientes» son mínimos; en el tercero, que son de mayor entidad.

Abreviaturas

La Guía Bibliográfica contiene calificaciones definitivas y provisionales. Estas últimas se indican con “p” junto a la calificación: se refiere a libros sobre los que no ha sido posible emitir todavía una valoración definitiva.

Además, junto a algunas calificaciones, figura a veces la sigla “nb”, “r” o “rp”, para indicar que existe, respectivamente, una nota breve, un recensión definitiva o una recensión provisional.

[250]

Anexo 11. Posible redacción de solicitud del imprimatur

Minuta del documento que, en caso necesario, puede acompañar a a solicitud del Imprimatur para un libro escrito por un fiel de la Prelatura:

TITULUS OPERIS:------------------------------------------------------

AUCTOR:----------------------------------------------------------------

Nihil obstat quominus imprimatur:


(1)



(2)

El papel no lleva ningún membrete, y va firmado, en (1), por el Director Espiritual de la Región o por el sacerdote de la Prelatura que ha echo la revisión del libro. No se pone ningún sello al documento, que tampoco lleva número de registro, pues se trata simplemente de proporcionar a la Curia diocesana la ayuda del testimonio del sacerdote que revisó el trabajo.

Como es lógico, el nombre del lugar y el del mes (2) van redactados en latín. Por ejemplo: Romae, die 14 martii 2001.

Conviene cuidar que no se deslicen erratas, tanto de escritura como de sintaxis.

[251]

Anexo 12. Orientaciones sobre el modo de escribir el texto del mandatum novum

MANDATUM NOVUM DO VOBIS: UT DILIGATIS INVICEM, SICUT DILEXI VOS, UT ET VOS DILIGATIS INVICEM. IN HOC COGNOSCENT OMNES QUIA DISCIPULI MEI ESTIS, SI DILECTIONEM HABUERITIS AD INVICEM (Ioann. XIII, 34-35).

A new commandment I give to you, that you love one another; even as I have loved you, that you also love one another. By this all men will know that you are my disciples, if you have love for one another (John XIII, 34-35).

MANDATUM NOVUNI DO VOBIS:
UT DILIGATIS INVICEM,
SICUT DILEXI VOS,
UT ET VOS DILIGATIS INVICEM.
IN HOC COGNOSCENT OMNES
QUIA DISCIPULI MEI ESTIS,
SI DILECTIONEM HABUERITIS AD INVICEM
(Ioann. XIII, 34-35).

A new commandment I give to you, that you love one another; even as I have loved you, that you also love one another. By this all men will know that you are my disciples, if you have love for one another (John XIII, 34-35).

[252]

Anexo 13. Sobre la naturaleza civil y profesional de las labores apostólicas promovidas por fieles de la prelatura

La naturaleza civil y profesional de las labores apostólicas promovidas por fieles de la Prelatura ‑como las de los demás ciudadanos, nuestros iguales‑ responde a un modo normal de actuar de cualquier fiel corriente, está plenamente de acuerdo con un derecho fundamental de todo fiel cristiano (cfr. CIC, can. 216), y corresponde a un espíritu y modos apostólicos específicos, explícitamente aprobados por la Santa Sede.

Por estas razones, ninguna labor de ese tipo puede calificarse como oficialmente ni formalmente católica o confesional, no obstante el sentido apostólico que ‑según el espíritu de cristianos corrientes‑ cada fiel del Opus Dei procura vivir en todas sus acciones. Tenemos derecho pleno ‑que es también un deber‑ a que se respete esta característica esencial, fundacional, de nuestro espíritu.

Si alguien pretendiera incluir una obra corporativa de enseñanza entre los centros católicos, se le aclara, con delicadeza y siempre de palabra, que:

a) estas labores, por el espíritu que las anima, dentro de su marco jurídico de entidades estrictamente civiles, no son centros de la Iglesia; aunque, con el mayor respeto a la libertad de las conciencias, promueven entre los padres de los alumnos, los profesores, el personal no do [253] cente y los alumnos una fiel adhesión a la doctrina de la fe y de la moral católicas, de acuerdo con las enseñanzas de la Jerarquía de la Iglesia, a la que respetan y veneran con la máxima lealtad;

b) este modo de actuar no supone de ninguna manera distanciamiento de las demás instituciones oficialmente católicas, o deseo de singularizarse, etc., sino que proporciona a la Iglesia un instrumento nuevo de particular eficacia apostólica, plenamente de acuerdo con un derecho de todos los fieles y con un servicio concreto que la Iglesia reconoce y pide expresamente (cfr. Concilio Vaticano II, decr. Apostolicam actuositatem, n. 24);

c) los directivos y promotores de estos centros asumen la responsabilidad de una tarea educativa o formativa, sin comprometer a la Jerarquía en esa labor ‑que tiene tantos aspectos meramente profesionales‑, y evitando que sus posibles problemas, incluso económicos, puedan repercutir negativamente de alguna manera en la Iglesia;

d) de ningún modo se pretende eludir la vigilancia que el Ordinario diocesano tiene el deber y derecho de ejercer ‑por razón de la materia‑ en cualquier centro de enseñanza. Por ejemplo

‑ los textos de Religión son siempre escogidos entre los aprobados por la Jerarquía;

‑ se respeta el derecho del Obispo diocesano en lo que se refiere al oratorio y al confesionario (cfr. Decl. Praelaturae personales de la Congregación para los Obispos, 23‑VIII‑ 82, n. V a);

‑ los colegios dan siempre toda la información específica que el Ordinario diocesano les pida sobre la enseñanza de la doctrina cristiana (cfr. CIC, can. 804 § 2): textos, profesores que imparten esa asignatura, etc.;

‑ si las normas vigentes en la Diócesis así lo establecen, se pide al Ordinario diocesano la aprobación correspondiente (que es distinta del nombramiento, que corresponde al Ordinario de la Prelatura: cfr. Statuta, n. 121 § 2) para los profesores de Religión; [254]

e) los can. 803 § 3 y 808 del CIC reconocen que pueden existir escuelas y universidades (etsi reapse catholicae) que no sean "oficialmente" católicas, aunque acomoden sus enseñanzas a la doctrina católica, y sean llevadas por católicos.

Para las labores personales sirven también ‑servatis servandis estas mismas orientaciones; con la diferencia de que la entidad gestora pedirá la autorización del Ordinario diocesano, para tener ‑en su caso‑ reservado el Santísimo en el centro. Naturalmente, al dar estas explicaciones, se debe aclarar que ‑en las labores personales‑ la Prelatura del Opus Dei se ocupa de la atención espiritual, porque lo solicitan las personas ‑en los colegios, los padres de familia‑ que integran la entidad propietaria o gestora (cfr. Statuta, n. 121 § 2).

Si, en algún caso, se previera que no se va a entender fácilmente este planteamiento civil, se puede dejar, de momento, de insistir en la distinción entre "centros católicos" y centros promovidos por fieles de la Obra junto con otras personas, pero nunca se puede permitir que incluyan una obra corporativa o una labor personal de enseñanza entre los colegios católicos.

Para evitar equívocos, convendrá hablar, por ejemplo, de centros "de inspiración católica", promovidos por católicos, que desean "cumplir con fidelidad y competencia sus funciones temporales ... como un fermento en el mundo, en la vida familiar, profesional, social, cultural y política..., asumiendo en todos estos campos la propia responsabilidad, siguiendo como guía el espíritu del Evangelio y la doctrina de la Iglesia... Y, mientras desarrollan estas actividades, actúan por iniciativa propia, sin mezclar la responsabilidad de la Jerarquía eclesiástica, aunque en cierto modo, comprometen la responsabilidad de la Iglesia, en cuanto son miembros suyos" (III Sínodo de Obispos, 1971: La misión de la Iglesia, de la Jerarquía y de los cristianos).

Naturalmente, todas estas explicaciones han de ir siempre acompañadas de un trato personal, real y constante, con quienes llevan estos temas en las Diócesis. Además: [255]

a) los sacerdotes de la Prelatura que son capellanes de colegios, participan activamente en las reuniones diocesanas que les correspondan‑;

b) los profesores de Religión de colegios labores apostólicas procuran asistir a las reuniones que se convoquen para ellos, siempre que quienes acudan no sean exclusivamente profesores de escuelas oficial mente católicas, etc.

Con delicadeza, conviene recordar, en las conversaciones con esas personas, aspectos concretos que sean más o menos conocidos sobre los muchos servicios que ya se prestan, y explicar que es ése el modo en que trabaja cada uno profesionalmente: en la Obra recibimos una sólida Y honda formación, y luego cada uno lleva esa vida cristiana a los lugares de trabajo, sintiendo su responsabilidad personal. Este modo, esta ratio essendi et agendi, es de Dios, querida por Dios, y está por encima de cualquier reacción o de cualquier estrategia humana (Instrucción, 9‑1‑1935, nota 76).

No hay que olvidar que estas relaciones se han de llevar con visión universal, de conjunto, considerando las circunstancias locales pero sin dejarse condicionar por la situación de un momento o ambiente singular pues, a la larga, podría ser contraproducente.

[256]

Anexo 14. Indulgencias

1. Todos los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz pueden lucrar indulgencia plenaria los días señalados a continuación siempre que, además de cumplir las condiciones establecidas por la Iglesia, renueven por devoción las obligaciones propias de la Admisión, de la Oblación o de la Fidelidad.

14 de febrero: Aniversario de la fundación de la Sección femenina y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
19 de marzo: Solemnidad de San José.
29 de junio: Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.
14 de septiembre: Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
29 de septiembre: Fiesta de San Miguel, San Gabriel y San Rafael, Arcángeles.
2 de octubre: Aniversario de la fundación de la Obra. Fiesta de los Santos Ángeles Custodios.
27 de diciembre: Fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista.
el día de la Admisión, de la Oblación y de la Fidelidad, así como en el 25º 50º 60º y 75º aniversario de la Admisión.

2. Los Cooperadores, asistentes eclesiásticos y sacerdotes con Carta de Hermandad, pueden conseguir una indulgencia plenaria los días señalados a continuación siempre que, además de cumplir las condiciones establecidas por la Iglesia, renueven por devoción las obligaciones adquiridas como Cooperadores, Asistentes eclesiásticos o sacerdotes con Carta de Hermandad.

19 de marzo: Solemnidad de San José.
29 de junio: Solemnidad de los Apóstoles San Pedro ' y San Pablo.
14 de septiembre: Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
29 de septiembre: Fiesta de San Miguel, San Gabriel y San Rafael, Arcángeles.
27 de diciembre: Fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista.
el día de su inscripción como Cooperadores, Asistentes eclesiásticos o sacerdotes con Carta de Hermandad.

Si alguna de estas fiestas se traslada litúrgicamente, la indulgencia se lucra en la fecha a la que se traslada.

3. Entre las indulgencias que, de acuerdo con el Enchiridion Indulgentiarum del 16‑VII‑ 1999, pueden ganar todos los fieles y, por tanto, los miembros de la Obra al cumplir las Normas y Costumbres, al realizar el trabajo, etc., se encuentran las siguientes:

a) Concesiones más generales

  • Indulgencia parcial al fiel que, al desempeñar sus tareas y sobrellevar las dificultades, levante el corazón a Dios con confianza y diga ‑aunque sea sólo mentalmente‑ alguna invocación (bajo este concepto se incluyen las jaculatorias, etc., que se dicen a lo largo del día).
  • Indulgencia parcial al fiel que, movido por el espíritu de fe y con ánimo misericordioso, trabaja, o emplea algún bien suyo, en servicio de quienes estén en alguna necesidad.
  • Indulgencia parcial al fiel que, con espíritu de penitencia, se abstiene de alguna cosa lícita y agradable.

b) Indulgencias que se pueden conseguir en el cumplimiento de las Normas y Costumbres

Diarias
Ofrecimiento de obras: indulgencia parcial.
Oración: si se hace media hora ante el Sagrario, indulgencia plenaria; en otros casos, indulgencia parcial.

Visita al Santísimo: indulgencia parcial.
Angelus o Regina Coeli: indulgencia parcial.
Lectura del Santo Evangelio: indulgencia parcial.
Preces: varias invocaciones (por el Papa, por los bienhechores, Requiem aternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis, Requiescant in pace y Actiones nostras) tienen indulgencia parcial.
Santo Rosario: si se reza en familia, o en una iglesia u oratorio, indulgencia plenaria; en otros casos, indulgencia parcial.

Semanales
Examen previo a la Confesión: indulgencia parcial.
Rezo de la antífona mariana los sábados: indulgencia parcial.
Adoro te devote: indulgencia parcial.

Mensuales
Retiro mensual: indulgencia parcial.

Anuales
Curso de retiro de tres o más días: indulgencia plenaria.
Te Deum el último día del año: indulgencia plenaria; en otros días, indulgencia parcial.

Siempre
Comunión espiritual: indulgencia parcial.
Actos de contrición, usando una fórmula aprobada (por ejemplo, Confiteor, Domine Iesu ... ): indulgencia parcial.
Oración saxum: indulgencia parcial.

c) Otras oraciones

Agimus tibi gratias, omnipotens Deus ... : indulgencia parcial.
Anima Christi (después de la Comunión): indulgencia parcial.
Angele Dei...: indulgencia parcial.
Actos de fe, esperanza y amor: indulgencia parcial.

Credo: indulgencia parcial.
En ego, después de la Comunión, ante un crucifijo: indulgencia plenaria los viernes de Cuaresma; parcial los demás días.
In nomine Patris ... (al santiguarse): indulgencia parcial.
Letanía del Rosario: indulgencia parcial.
Magnificat: indulgencia parcial.
María, Madre de gracia ... : indulgencia parcial.
Miserere (Salmo 50): indulgencia parcial.
Tantum ergo: indulgencia parcial.
Veni, Creator: indulgencia parcial.
Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum ... : indulgencia parcial.
Sub tuum praesidium ... : indulgencia parcial.
Vía Crucis: indulgencia plenaria, si se recorren las estaciones erigidas ‑cuando son varias personas, basta que haga el recorrido una sola‑; puede hacerse con lecturas referentes a cada estación y algunas oraciones vocales, pero es suficiente la meditación de la Pasión y Muerte del Señor, y no es preciso considerar cada una de las estaciones.

d) Otras concesiones

Se concede indulgencia parcial al fiel que enseña o recibe la doctrina cristiana, y al que asiste con atención y devoción a la predicación de la palabra de Dios.

Cuando falta un sacerdote que pueda administrar los sacramentos y dar la bendición apostólica, la Iglesia concede indulgencia plenaria a quien se encuentre in articulo mortis, con la condición de que haya rezado algunas oraciones habitualmente, durante su vida. Es aconsejable que, para conseguir esta indulgencia, el enfermo tenga el crucifijo, lo bese, lo mire con veneración, etc. La condición de haber rezado habitualmente algunas oraciones suple en este caso las tres condiciones usuales para conseguir la indulgencia plenaria. Esta indulgencia puede obtenerse aunque en el mismo día se hubiera obtenido otra indulgencia plenaria.

Además, todos pueden lucrar indulgencia plenaria, en la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, utilizando los objetos piadosos bendecidos por un Obispo (crucifijo, rosario, medalla, etc.) y empleando alguna fórmula de la profesión de fe, entre las aprobadas por la Iglesia (por ejemplo, el Símbolo Apostólico, el Credo de la Misa, el Símbolo Quicumque, etc.).

4. En los Centros de la Prelatura en los que se conserve una reliquia insigne de un Santo o Beato, los fieles que residen allí pueden lucrar una indulgencia plenaria el día de la fiesta de ese Santo o Beato.

Anexo 15. Relación de siglas

ac Asesoría Central

ad Admisión

agd Agregado

ahr Archivo Regional

ao Administración ordinaria

aop Apostolado de la opinión pública

ap aspirante

apm aportación mensual

apr Administración provisional

asp Administración especial

asr Asesoría Regional

av Aviso

ax Administración extraordinaria

bnt bienes no procedentes del trabajo profesional

ca Curso anual

cb Círculo Breve

cdc casa de Convivencias

cdr casa de retiros

ce Centro de Estudios

ceagd Curso de Estudios de Agregados

cefi Centro de formación más intensa

cel Celador

ees Círculo de Estudios

cesg Curso de Estudios de Supernumerarios

cfi Confidencia

cg Consejo General

cgi colegio

el Consejo local

en Crónica

cof corrección fraterna

cp Cooperador

cr Comisión Regional

crs+ Colegio Romano de la Santa Cruz

crt curso de retiro

ctm Catecismo de la Obra

ctr Centro

cv Convivencia

cve Convivencia especial

d Director

dagd-cr Director de Agregados de la Comisión Regional

dagd-dl Director de Agregados de la Delegación

der Director Espiritual de la Región

des Dirección Espiritual

desr Dirección Espiritual de la Región

dest Delegación de Estudios

df Defensor

dg Delegado

di Delegación

dle Delegado de Estudios

dr Director Regional

dre Director Espiritual

eap encargo apostólico

egr encargado de Grupo

fl Fidelidad

gp Grupo promotor

gr Grupo

im intención mensual

in Inscrito

Ip labor personal

n Numerario

nn Normas

nt Nota

o Oblación

obr Obras

oc obra de apostolado corporativo

ocsr Oficina Regional para las Causas de los Santos

of Oficial

osn obra de San Nicolás

pa petición de admisión

pat Patronato

pi publicaciones internas

r Región

rs Residencia

rt retiro

s Supernumerario

sacd sacerdote

scdl Secretario de la Delegación

sel Secretario local

ser Secretario de la Comisión Regional

sd Subdirector

sem Semestre

sf Sección femenina

sg San Gabriel

sm San Miguel

soi Sección de Obras e Instalaciones (Oficina Regional)

sr San Rafael

sss+ Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz

stgr Studium Generale de la Región

str Semana de trabajo

sv Sección de varones

use Pontificia Universidad de la Santa Cruz

ve Vicarios

ved Vicario de una Delegación dependiente de la Comisión Regional

vcg Vicario General

ver Vicario Regional

vcsc Vicario Secretario Central

vcsd Vicario Secretario de la Delegación

vcsr Vicario Secretario Regional

vest Vocal de Estudios de la Delegación

vsg Vocal de San Gabriel

vsm Vocal de San Miguel

vsr Vocal de San Rafael

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