Una salida más

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Por Pipas, 25 de julio de 2008


Primero de todo, agradecimientos (y no miento) a los responsables y a todos los participantes de esta iniciativa. A muchos nos sirve oír, bueno, leer experiencias parecidas (o... ¡no!) para ir colocando cada cosa del pasado en su sitio e ir madurando para vivir el presente. Muchos de vosotros le llamáis reconstrucción, pero a mi me gusta más llamarle: ¡adolescencia tardía! Se ajusta más a mi caso, de pura “construcción” (sin el re-), pues con catorce años ya vivía en un centro, estudiaba y trabajaba. De la infancia pasé directamente a la “adultez”. Se me decía que era muy responsable, pero, ¿quién era, yo?

Hace años que sigo la página, me reía mucho con Satur desdramatizando situaciones tan ridículas... todavía canturreo alguna de sus canciones aprendida de mis hermanos (ja ja ja) y últimamente estoy disfrutando al leer a Maripaz. Plasma tan bien lo cotidiano de la vida de una numeraria auxiliar, me identifico tanto en mil detalles, que me he animado a transmitiros algo de mi experiencia,(sois muchos los que me habéis ayudado, dejado mella y de alguna manera sois algo de mí).


Os cuento mi salida. Reconozco que no fue un caso muy “típico”. Conozco personalmente otros casos bien diferentes y, no digamos ya, la mayoría de los que aquí se publican...

Cuando a mí me recomendaron irme porque “era voluntad de Dios” (con la vocación nunca supe qué pasó), yo puse una condición... tenía derecho a estar hasta el siguiente 19 de marzo ¿no?, y eso lo utilicé. Me explico, la situación en mi familia no era nada fácil por motivos que no vienen al caso... Pero lo que tenía muy claro es que a esas alturas, (hacía casi 10 años que era independiente) no les iba a causar "gasto", así que la condición era que no me iba hasta que encontrara trabajo. Además, intuía que lo necesitaba para no pararme a pensar: qué era todo lo que me estaba pasando y por qué, ¡si yo no había hecho nada!... ¡hasta entonces, era feliz!... Me sentía casi como Abraham, Dios me pedía que me desprendiera de lo que más quería (ya no me quedaba nada más por entregarle, ¡os lo aseguro!) y que me había regalado El mismo: ¡la vocación!... Si la quieres, tómala. Tuya es, mía no.

¡A buscar trabajo! Eso suponía una dedicación de tiempo en llamadas, entrevistas... y si recordáis las auxiliares no tienen tiempo libre y siempre están rodeadas de una u otra hermana.

Sugerí que para evitar sobrecargar a mis dos compañeras de casa pequeña (entonces trabajaba en un centro cultural universitario) me pasaran a la plantilla de la casa, así pasaban más desapercibidas mis escapadas para hacer gestiones... de paso estaba más disponible para ir a hacer sustituciones, a mí no sólo no me importaba cambiar, ir de aquí para allá, sino que me gustaba. Un comodín apunto.. Además, me servía de tapadera.

Recuerdo que para llamar a las empresas se me pidió que lo hiciera en la calle (entonces no había móviles) desde una cabina, por discreción, porque el teléfono estaba en el pasillo... (joé, las otras nax estaban en el piso de arriba limpiando... el centro ocupa un edificio de dos plantas de una extensión de cinco porterías, casi una manzana completa) le pedí que me dejara llamar desde los despachos de dirección o secretaría... y no, porque si alguien acude se va a extrañar de que esté yo sola con la puerta cerrada... ¿cómo no se iban a extrañar de que ya no estuviera días más tarde...?

Qué decir que no tenía experiencia en buscar trabajo, ni hacer un currículum presentable. Lo hice lo mejor que pude, tuve el morro de ir a todos los clubs o centros que hubiera hecho un curso de lo más peregrino a buscar un diploma, de restauración de muebles, cocina tradicional, internacional, con microondas... todo era válido. Ni que decir que de hacer entrevistas no tenía ni pajolera idea, y no podía compartir mis dudas, fracasos o dificultades, con nadie... ahora, en cualquier cursito de formación ocupacional hay una asignatura dedicada a “saber venderse” ¡quién lo hubiera pillado entonces!... Por fin... ¡¡¡Conseguí un trabajo!!!

Un día, antes de irme, me llamó mi última administradora, nunca he sabido si de motu propio o por indicación... me tenía preparado el finiquito e una indemnización, firmada por el numerario que me tenía contratada como empleada de hogar. Entonces en mi ignorancia monetaria me pareció una cifra generosa y me llené de agradecimiento, pues me daba cierta tranquilidad no llegar a brazos de mis padres con las manos vacías. Supongo que esa debe ser la diferencia entre irte y que "te vayan"... o no, no sé. Quizás fue esa administradora (la hija mayor de un conocido arquitecto) que actuó en justicia con la colaboración de la dirección de los residentes, nunca lo comenté con mi consejo local... ¿habría pasado por delegación?... Hace tiempo que quería compartir esta experiencia con vosotros, porque yo no he sabido de más casos...

Sigo. Era media semana y me incorporaba el lunes, así que el fin de semana debía hacer el traslado. Decidieron que el sábado, que era 18 de marzo, (bien justo me fue lo de encontrar el trabajo). Era un día "especial", se casaba la infanta Elena y varias de plantilla habían adelantado trabajo y organizado ya las comidas. Pidieron permiso (ja, ja) para seguir, más o menos, la boda por la tele... Era el momento adecuado para que yo bajara y saliera con mis maletas (me las compraron nuevas y bonitas, ¿no sería para cuidar la imagen ante mi familia?, uy! ¡que malos pensamientos!...). Eso sí, por la puerta de proveedores, no fuera a cruzarme con alguien por la puerta principal o, lo que es peor, me viera alguna vecina. Así se aseguraban de que no me despidiera de nadie...

Lo que no supondrían es que yo con todo mi morro aparecí varias veces por el centro, “como Pedro por su casa”, a acabar temas con algunas de la casa... y recuerdo que hasta les pedí equipos de nieve para irme con mis hermanos en Semana Santa a esquiar, debían estar a cuadros... y en otra ocasión las bicis... pedí cualquier favor que hubiera pedido a una amiga si la hubiera tenido... ¡Hasta hacía muy poco me sentía en mi casa!

En lo que sí me sentía muy incómoda desde que me dijeron que eso no era ya para mí, era en todo el terreno espiritual... A pesar de que me concedían el honor de seguir teniendo acceso a las publicaciones internas, igual que algunas privilegiadas “muy de S. Rafael”. Sentí un especial rechazo a todo lo interno. Dejé de bajar a hacer la oración en el oratorio por no oír los libros de meditaciones, yo la hacía en la sala de estar... si es tu voluntad, ¡hágase!... si es lo que quieres para mí, ¡yo también lo quiero!... Aunque casi oía crujir cada uno de mis huesos. Mi abandono en las manos de Dios era total, aunque no entendía nada.

Me sugerían la carta del padre y me ardía en las manos, él ya no era mi padre... o yo ya no me sentía su hija.

No acudí a ninguna meditación de la casa, sí a alguna de San Rafael... ni a los círculos... Yo con toda jeta... no me apetecía y punto, nadie me pidió explicaciones, me respetaron...

No sé si escandalicé a alguien y qué les dirían en dirección cuando, supongo, fueran a consultar correcciones fraternas...

Recuerdo que al hacer horario irregular en la casa me quedaban más ratos libres... Cogía la máquina de abrillantar los suelos y gastaba mis últimos minutos en acristalar las habitaciones, por hacer algo “a mi bola”, nunca había estado sin hacer nada...

También, me dediqué a acompañar a las enfermas, había varias... algo no permitido sin previa consulta. Sentada con las piernas debajo de la cama para estar más cerca, pasamos largas horas de charloteo... Me dolió que, cuando después me vio por la calle una de ellas y me ignoró, la paré y me puso excusas para saludarme siquiera, la disculpé del todo, pues sé que "no es ella", no es dueña de sí... (otro tema muy extenso)...

En diferente ocasión me ignoró otra y cambió de acera en una calle estrecha, nunca nos habíamos llevado demasiado bien, no sé por qué; en el trabajo me había hecho pequeñas chiquilladas, (eso que me saca más de diez años...) pero sospecho que no iban los tiros por el tema laboral... A la semana siguiente me acordé de que era su santo y “lo celebraba” (expresión curiosa). Compré una caja grande de bombones y ni corta ni perezosa, me planté en la casa pequeña a la hora de la tertulia para unirme a la celebración. La que me abrió la puerta se quedó helada y antes de que dudara entré, con toda mi naturalidad. Se pusieron tan nerviosas que llamaron a la administradora y vino sin haber comido siquiera, (las numerarias comían después). Llegó y se unió a la tertulia, con su presencia se fue relajando la situación (era la misma que me había arreglado el papeleo, ¿o era porque mi padre había sido un prestigioso economista en una multinacional?... ¿O porque mi familia casi al completo es “de casa”?... Uy!, que me vuelven los malos pensamientos...) Les conté de mi trabajo... me contaron de las chicas de San Rafael... Sólo pretendía darle a la homenajeada una bofetada sin mano y creo que lo logré...

Con decreciente frecuencia, me seguía viendo con la directora del centro. Hablábamos de todo, ella también... la conocí más en esos encuentros, que en cuatro años que habíamos vivido juntas en dos casas distintas. Entre muchas cosas le dije que me estaba sacando el carné de conducir y estaba haciendo un curso de inglés, que me parecía imprescindible para encontrar un trabajo mejor, me ofreció dinero y le dije que gracias, días más tarde me ingresó en mi cuenta otra cantidad parecida a la primera... Esta vez ya no me pareció tanto, enseguida había aprendido lo que valía un peine, pero llamé para agradecérselo, pues yo no se lo había pedido... ¡Suficiente para cubrirme esos dos gastos!

Le hablaba de mis descubrimientos en el mundo real, sobre todo en el terreno afectivo, en el plano “más limpio”... de cuán grande me sentía cuando recibía cariño de la gente, compañeros de trabajo, nuevas amistades... ¡¡¡esto de querer era mucho más que ofrecer el trabajo y mortificarse mecánicamente por los demás!!!... ¡¡¡esto de sentirse querida, molaba!!! Ni te das cuenta de la sequía afectiva que se padece... Ni os cuento cuando intuí que empezaba a enamorarme... Alucinaba conmigo, porque nunca me he callado, le mostraba las diferencias de dentro y de fuera, le tenía al día de mis “descubrimientos” y mi “apertura”, el velo de mis ojos empezaba a caerse y con ella tenía tanta confianza que ni me acordaba de qué era o qué cargo ocupaba...

No me discutía nada, me escuchaba...(y le dije cosas fortísimas) Ella me hacía sentir bien. No recuerdo que me diera consejos, o quizás como siempre me ha pasado, lo que no me interesa me resbala... pero si me los hubiera dado, me hubiera hecho sentir incómoda y ya digo que no fue así.

En una ocasión satisfecha yo de nuestra “nueva amistad” (ella también se había abierto y me había hecho partícipe de cosas suyas y de su familia) le manifesté mi alegría de poder quedar como amigas y no como directora y “atendida”. Y de broma, reconozco que puntillosa, dejé caer que esperaba no ser ya su plan apostólico... ¡Qué fui a decir!... Aún espero alguna llamada más o felicitación de Navidad, o cualquier señal de que está viva, ja ja ja.

Interpretaciones, las que se quieran dar: se dio cuenta de que era una amistad “particular”, empezaba a ser “no recomendable”, le afectaban mis ”evoluciones personales” (por llamar de alguna manera al nuevo sentido crítico)... Si os digo la verdad: ¡me da igual!, ¡no necesito saberlo!...

Aquí se acaba mi relación personal con, porque familia “en el ambiente” aún me queda para años, confío que no toda la vida...

El proceso de “desconexión y desintoxicación” fue largo y aunque me cueste aceptarlo, aquella persona era un apoyo y la eché a faltar. Fue una etapa muy dura, casi me cuesta la vida... Pero ahora estoy aquí contándolo con suma tranquilidad, felizmente casada con una persona maravillosa y un hijito que me agota, pero ya os imagináis lo que se le quiere... con ese querer y dejarse querer auténtico, del que tardé tanto en saborear... ¡eso ya es el cielo en la tierra!

Gracias por haber leído un texto tan largo, pero me parecía importante sacar a la luz otro caso, no tan frecuente... lo reconozco.


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