Tras el umbral/Venezuela (parte 3)

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VENEZUELA (fin de este capítulo)


Residencias universitarias: origen y metas

Sería poco menos que imposible hablar de las residencias del Opus Dei sin explicar primero el móvil que impulsó a monseñor Escrivá a empezar todos los apostolados "intelectuales".

Monseñor Escrivá quería ser el caudillo del cambio de la España liberal intelectual, quería demostrar que un "intelectual" podía ser también un hombre de Dios. Quería un grupo de intelectuales con una vida de entrega completa a Cristo. E incluso más: quería que estos "nuevos" intelectuales llevasen esta imagen de Cristo a la cúspide de todas las actividades humanas.

Institución Libre de Enseñanza

El ideal de monseñor Escrivá era tan bueno como ambicioso, pero había un problema en sus orígenes mismos: él quería ser el líder de este grupo, y el único líder. Es lo mismo que sucede en una secta cualquiera, que el líder, el fundador del grupo, considera que él es la única persona capaz de comunicar al mundo entero "el mensaje recibido de las Alturas". Por ello, la idea de empezar la labor con una residencia era crucial para él: tenía que convertir a los jóvenes intelectuales en discípulos de Cristo, formar un grupo bajo su dirección para hacer un mundo mejor. Dijo e hizo creer a la mayoría de los primeros miembros del Opus Dei que todas las cosas que él quería empezar eran por "inspiración divina". A unos cuantos miembros solamente, les expresó su deseo más íntimo: el de realizar una cruzada (sin llamarla así) contra la Institución Libre de Enseñanza (Vicente Cacho Viu, La Institución Libre de Enseñanza, Madrid (Ediciones Rialp), 1962) que, como es bien sabido, en 1876 fundó Francisco Giner de los Ríos, constante defensor de la idea de libertad en la cultura y en las humanidades que nunca invocó la libertad por una razón política o sectaria (Francisco Giner de los Ríos, La verdadera descentralización de la Enseñanza). Curiosamente, la "cruzada" que monseñor Escrivá se propuso para neutralizar la Institución Libre de Enseñanza no fue otra cosa que imitar cada uno de los proyectos de esta institución. Entre ellos las labores de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y, concretamente, una proyección de la junta: la residencia de Pinar. Esta residencia estuvo regida por una Fundación, cuyo presidente era don Ramón Menéndez Pidal y uno de sus miembros don José Ortega y Gasset. Residencia de sobra conocida en España porque albergaba no solamente estudiantes de las distintas facultades de la Universidad de Madrid sino también intelectuales españoles, poetas, científicos, filósofos, muchos de ellos de renombre universal, como don Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Federico de Onis, Negrín, Calandre, etc. También en la residencia de Pinar se hospedaban intelectuales de otros paises, como Albert Einstein, Wells, Henri Bergson, Paul Valéry, Marie Curie, Paul Claudel, Charles Edouard Jeanneret (Le Corbusier), Darius Milhaud, Maurice Ravel, etc.

Por su ambiente multicultural la residencia de Pinar era un lugar de encuentro para discusiones y tertulias de estos intelectuales y artistas.

No cabe duda de que el padre Escrivá quería tener residencias de ese estilo, pero es imposible comparar la "cruzada religiosa" y las metas de monseñor Escrivá con los objetivos intelectuales de un Menéndez Pidal o de un Ortega y Gasset. El fallo, y en cierta forma fracaso de las residencias del Opus Dei, es que nunca albergaron a gente de tamaña estatura intelectual, muy posiblemente porque monseñor Escrivá no era un intelectual de tal calibre, y así lo demuestran sus libros.

Junta de Ampliación de Estudios. Consejo Superior de Investigaciones Científicas

La Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas tenía entre otras proyecciones el Museo Pedagógico y la Casa del Niño en Madrid, y el Colegio de España en París, en la Ciudad Universitaria.

Esta junta fue abolida al terminar la guerra civil española por el gobierno del general Franco; y bajo su ministro de Educación Nacional, don José Ibáñez Martín, se fundó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El hecho fue un verdadero golpe de suerte para monseñor Escrivá, quien pudo poner inmediatamente al Opus Dei bajo el ala de esta recién nacida institución, dado que José María Albareda, uno de los primeros numerarios, era amigo íntimo de Ibáñez Martín y fue nombrado secretario general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. La operación fue extraordinariamente discreta: Albareda y Escrivá pudieron situar a sus primeros intelectuales jóvenes en puestos claves en el recién nacido Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Y empezar el apostolado intelectual a través de esta institución reciente. Aquí llegan los nombres de Rafael de Balbín, como director de "Arbor", la revista general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de Raimundo Panikkar, como vicedirector de esta misma revista. Curiosamente Panikkar recuerda bien la reunión que tuvieron en el Opus Dei y cómo él pensó en el nombre de "Arbor" para la revista general del Consejo, simbolizando las muchas ramas de dicho organismo y cuyo sello de árbol de la sabiduría se convirtió en el sello oficial -que aún hoy conserva- como símbolo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez Embid, Alvira, etc., todos ellos de los primeros numerarios del Opus Dei, fueron los "hombres importantes" de la nueva era intelectual de España. Como arquitectos de los nuevos edificios fueron asignados Miguel Fisac y Ricardo Vallespín, ambos numerarios, también de la primera fila del Opus Dei.

El Consejo Superior de Investigaciones Científicas fue el instrumento más importante que manejó monseñor Escrivá a través de sus miembros y que muy posiblemente aún maneje la Obra, siendo uno de los hechos más recientes el de que la Iglesia del Espíritu Santo, que pertenecía al Consejo, pertenece ahora al Opus Dei como una de sus iglesias públicas. Becas al extranjero, especialmente para el Colegio de España, así como recomendaciones a personas que se presentaban a cátedras dentro de la universidad española, recibían en muchos casos el auspicio de alguien del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Ahora comprenderá el lector mi sorpresa de primera hora que explico al inicio de este libro, cuando empecé a trabajar en dicho Consejo Superior de Investigaciones Científicas y supe de la proliferación de los miembros del Opus Dei en él.

Basado en la idea obsesiva de marcar la secularidad del Opus Dei, las residencias o labores corporativas de la Obra no llevan jamás como nombre el de santo alguno. El nombre lo suele dar la calle, o el barrio donde está ubicada esa residencia. "Zurbarán" fue la primera residencia de mujeres del Opus Dei y el nombre venía de estar ubicada en la calle de Zurbarán, 26, en Madrid. Ahora, aunque su ubicación ha cambiado y está en Víctor de la Serna, 13, ha continuado con el mismo nombre.

Las residencias de estudiantes son los lugares donde mayor proselitismo hacen las mujeres del Opus Dei entre las muchachas universitarias de 18 a 24 años de edad. Al principio de comenzar con esta labor, las residencias eran de una capacidad no mayor de treinta estudiantes y se acomodaban a esta necesidad edificios ya existentes. Actualmente el Opus Dei construye las residencias de planta, tanto para hombres como para mujeres. Se procura que los arquitectos sean del Opus Dei. Hace cuestión de un año murió una numeraria venezolana en un accidente que tuvo durante la construcción de una casa nueva, que han terminado hace poco en Caracas, y donde se instalará la Asesoría Regional del país. Los arquitectos están obligados a seguir las indicaciones que Roma ha enviado en los folletos llamados "Construcciones", algunos de los cuales se hicieron cuando yo estaba allá de directora de la imprenta.

¿Cómo es la vida en las residencias para mujeres estudiantes? ¿ Cómo recluta el Opus Dei a las universitarias? Las residencias universitarias del Opus Dei para mujeres tienen un gran paralelismo en todos los países. En ellas viven muchachas de diversas facultades de las diferentes universidades que pueda haber en aquella ciudad.

Las directoras de las residencias son siempre numerarias que tienen prestigio intelectual o profesional frente a las estudiantes. Unas veces poseen ya su título universitario y otras están en la última etapa para lograrlo. La directora de la residencia con otras dos numerarias forman el llamado "consejo local", que se encarga de dirigir todas las actividades y vida de la residencia como tal, de acuerdo con el sistema del Opus Dei indicado para esta labor.

Hay también otro grupo de numerarias que se ocupan de la administración de la residencia, con la responsabilidad de tener en perfecto orden todo lo material en esta casa: desde la limpieza hasta la preparación de las comidas y la contabilidad. Esta administración es independiente de la residencia en sí misma, excepto, naturalmente, en cuanto a cumplir las órdenes que le indica la dirección de la residencia. Dichas numerarias tienen su vivienda totalmente separada de la casa administrada, aunque ordinariamente está en el mismo edificio. En la administración suele también vivir un determinado número de sirvientas que pueden ser o no del Opus Dei.

No está permitida la entrada de nadie de la residencia en la administración, así como tampoco las numerarias que viven en esta administración participan en la vida de la residencia o conviven con las residentes. El régimen es igual al que se lleva en las casas de varones. La comunicación se tiene igualmente por el telefonillo interno, a través del cual no existe otro tema que los relacionados con la marcha de la casa.

Las residentes tienen que cumplir el horario estipulado para horas de comida y para guardar silencio por la noche. De esta forma se mantiene un clima de orden, silencio y estudio que repercute en beneficio de las residentes.

La hora de las comidas es importante en una residencia de éstas. Durante la comida, la conducta es, generalmente, correcta. Anteriormente era fácil guardar un clima familiar e íntimo durante las comidas. Actualmente, con un número de residentes bastante mayor, especialmente en las residencias construidas de planta, es difícil conservar un clima familiar cálido. Y, por añadidura, el autoservicio que se ha establecido ya en bastantes residencias del Opus Dei, no ayuda en verdad. Cuando no hay autoservicio, las residencias necesitan un comedor bastante mayor, ordinariamente con mesas para cuatro o para ocho comensales. Las sirvientas, de uniforme, sirven las mesas; y no se permite conversación alguna entre las residentes y las doncellas.

El consejo local trata de cuidar o vigilar a las residentes durante las comidas y no las suele dejar nunca en el comedor sin la vigilancia de alguna numeraria, bien sea por las asociadas que pertenecen al consejo local o por aquellas otras numerarias "no identificadas" frente a las mismas residentes, o sea numerarias que vienen a vivir a la residencia, generalmente por razones familiares, y que se mezclan y pasan inadvertidas entre las residentes, sirviendo de "informantes" al consejo local.

Los dormitorios suelen ser individuales o para tres personas, pero nunca de dos, a fin de evitar la más remota posibilidad de lesbianismo, "amistades particulares" se dice en el Opus Dei.

Hay círculos de estudio semanales dirigidos por uno de los miembros del consejo local, a los cuales se sugiere a las residentes que asistan. A estos mismos círculos se invita igualmente a una muchacha de san Rafael que sea estudiante, amiga de alguna residente y que no viva en la residencia.

Está recomendado en las residencias rezar el rosario en familia, o sea en el oratorio.

Hay misa diaria en el oratorio de la residencia, celebrada por un sacerdote del Opus Dei. Este sacerdote suele llegar habitualmente quince minutos antes de la misa por si alguna persona de las que viven en la casa -residente o no- quisiera confesarse. En cada país el vicario regional, antes llamado consiliario, es el que hace la selección de los sacerdotes de la Obra que deben atender las labores de la sección de mujeres. Los sacerdotes del Opus Dei seleccionados habitualmente para una residencia de mujeres pueden ser de dos clases: o el tipo de hombre más bien joven, no necesariamente guapo, pero con cierto encanto que le hace resultar una persona atractiva, una persona capaz de decir en un momento determinado a una muchacha con crisis vocacional que él también en su día dejó a una muchacha por seguir su vocación al Opus Dei, o bien el tipo de sacerdote "paternal", quizás una persona en sus cuarenta o cincuenta años, con experiencia no solamente por la edad sino también porque vivió en otros países, o quizás exitoso en su profesión, que tuvo que abandonar al hacerse sacerdote del Opus Dei. Una especie de persona pacífica, capaz de entender y hacer sentir a las residentes que es confiable.

En el trato con los sacerdotes del Opus Dei, ninguna mujer, de la edad que sea, puede tratar materias espirituales o no fuera del confesonario. Si, por una razón peculiarísima, el sacerdote tuviera que hablar con una mujer en una salita, pongo por ejemplo, la puerta tendría que estar abierta de par en par. Este es otro ejemplo gráfico y constante de la obsesión sexual que existe en el Opus Dei.

En las residencias se organizan también conferencias o ciclos de conferencias que suelen ser dadas por un profesor de la universidad o por personas de reconocida importancia en el campo de su profesión, o en el mundo de la economía o las finanzas. Estos conferenciantes no tienen que ser -ellos o ellas- miembros del Opus Dei, pero muy posiblemente son amigos o conocidos de algún supernumerario o supernumeraria o de una cooperadora. También puede darse el caso de que el conferenciante no conozca el Opus Dei y precisamente el invitarle sea ocasión de un acercamiento a la Obra. Para esta clase de trabajos las supernumerarias y cooperadoras son muy eficaces. Y sucede a veces que se asigna a un grupo de supernumerarias del que se preocupen de la labor de una residencia del Opus Dei organizando tal o cual acto durante el curso, de acuerdo por supuesto con el consejo local.

Además de la ayuda que proporcionan las supernumerarias a las residencias, existe también en algunas de ellas lo que podría llamarse "grupo académico", encabezado por una agregada. De esta manera el grupo colabora activamente en la labor de residencias y alivia el trabajo del consejo local.

En una residencia del Opus Dei, la habitación más importante de la casa después del oratorio es el cuarto de estudio. No voy a describir los cuartos de estudio de la primera época del Opus Dei, cuando unas mesas y varias sillas los amueblaban. Los actuales cuartos de estudio son muy cómodos y silenciosos, están apropiadamente iluminados y crean un ambiente serio. En las residencias del Opus Dei de construcción recentísima, el cuarto de estudio es más que una habitación: es un ambiente muy amplio que, en cierta forma, recuerda a la biblioteca de una universidad, con cubículos. En estas residencias se ha contemplado igualmente el que haya lugares apropiados para las estudiantes de arquitectura, donde estas muchachas puedan trabajar adecuadamente en sus proyectos. Tres de las residencias más modernas del Opus Dei están ubicadas: una en Buenos Aires, en Argentina; dos en Venezuela: una de hombres en Caracas, "Monteávila", y otra de mujeres en Maracaibo, "Albariza".

Reclutamiento externo

El sistema que habitualmente usa el Opus Dei para reclutar a muchachas que no viven en la residencia suele ser: una numeraria residente invita a una de sus compañeras de su Facultad o de otra facultad, si viene al caso, a estudiar "a su residencia". Muy seguramente la recién llegada se quedará impresionada por lo confortable y agradable del ambiente de la residencia, por la seriedad del estudio. Se suele invitar a la recién llegada a que tome algo a la hora de la merienda: té, café, un sándwich, etc. Esta invitación no es gratis: a la recién llegada se le hará ver, con toda la elegancia del caso, el lugar donde puede dejar el dinero para cubrir aquello que ha tomado.

El siguiente paso es invitar a esta recién llegada a que asista el próximo sábado a una conferencia dada en la capilla por un sacerdote. Y aquí esta nueva muchacha será informada con detalle de los atributos del sacerdote, al que oirá hablar, así como de la capacidad que él tiene para entender a la gente joven universitaria.

Al sábado siguiente se recuerda a la muchacha que la invitación para asistir a la conferencia o meditación sigue en pie; después de la cual se le preguntará oportunamente su opinión sobre lo que oyó.

Al sacerdote de la casa se le habrá informado de antemano, por supuesto, de que asistirá a su meditación esa estudiante a fin de que pueda enfocar lo que diga cara a esa "posible vocación". Y éste será el punto de partida para empezar la campaña de "pesca" hacia la estudiante recién llegada. Además la estudiante-residente-numeraria que la trajo a la residencia se mostrará durante la semana en la vida corriente de la universidad de lo más solícita. Esta numeraria nunca le dirá su pertenencia al Opus Dei hasta el momento en que, debido a la crisis vocacional de esta futura numeraria, pudiera ser una baza más a jugar para que se decida a dar el paso y entrar al Opus Dei.

Reclutamiento interno

En las residencias del Opus Dei, el modelo habitual para reclutar a una residente suele ser el siguiente: el consejo local asigna a cada numeraria conocida como tal en la residencia, así como a las numerarias no identificadas en la misma, un determinado número de residentes para que las "trate". Es decir para que se haga amiga de ellas y las conozca a fondo. Las numerarias del Opus Dei que viven en la residencia, a través de su oración y mortificación diaria de todo tipo, tratan de ganarse la confianza de las muchachas que les han sido asignadas. Una vez que lo logran, empieza la labor de "reclutamiento" a base de insinuarles la vocación al Opus Dei como un "problema de generosidad", conforme explicaba al principio en mi caso personal.

En las residencias del Opus Dei hay un rato de tertulia diaria, generalmente después de la cena o del almuerzo; esto depende de las costumbres del país. En estas tertulias es cuando las numerarias que viven en la residencia usan todo su encanto para acercarse de modo especial a las residentes que tienen asignadas.

Informantes

Sí: en las residencias de estudiantes femeninas del Opus Dei hay "informantes", sin ser llamadas así ni de ningún modo, pero de hecho es lo que son.

Estas personas son aquellas estudiantes, numerarias del Opus Dei, que sin ser identificadas como tales viven en la residencia. Por este motivo cualquier residente se siente libre y habla frente a ellas de lo que sea; de cualquier tema que pueda referirse o no a la residencia. Las "informantes" suelen ser vocaciones recientes cuyos padres no saben su pertenencia al Opus Dei, porque así se lo recomendaron las superioras a estas muchachas para que sus familias les costearan los gastos de una residencia en la ciudad donde decidieran de acuerdo con las superioras del Opus Dei cursar sus estudios universitarios.

El papel de las "informantes" es piedra angular para el consejo local de la residencia: a través de ellas es como el consejo puede estar al día de lo que pasa allí y de quienes podrían ser candidatas a nuevas numerarias.

Hoy día, pensando en estos hechos, considero que, si de una parte convertir a una persona en "informante" es ya un hecho deplorable, porque no hay fin que justifique esos medios; de otra, aceptar esa función manifiesta un triste aspecto de la condición humana.

Lo que me asombra aún más es que, cuando yo estaba en Venezuela, estas cosas sucedían y yo no puedo decir que no lo sabía y que no lo aprobaba. El hecho tristísimo en sí es que yo consideraba todo eso como natural, justificado por el afán de proselitismo. Tampoco puedo decir que la Asesoría Central desconociera los hechos, puesto que muchas de las asesoras vivieron en residencias como numerarias o fueron directoras en países donde hechos similares ocurrían. Lo que yo me pregunto una vez más es si no son éstas las cosas que, sin conocerlas, intuyen las personas de fuera, y que originan rechazo o duda sobre las formas de actuar del Opus Dei. Mi pregunta va incluso más allá: ¿son conocidos estos detalles por las altas esferas de la jerarquía correspondiente en la Iglesia de Roma?

A pesar de que el Opus Dei declara enfáticamente a las familias de las residentes y a cualquier persona que hay sinceridad y apertura en sus residencias, la verdad del caso es que nada es espontáneo en la vida ordinaria de una residencia del Opus Dei para mujeres universitarias, así como tampoco en la relación entre el consejo local y cada residente, porque cada paso ha sido perfectamente calculado y planeado con la meta exclusiva de reclutar a las mejores residentes para numerarias del Opus Dei. Y por supuesto, a aquellas residentes que, según la opinión de las superioras del Opus Dei, no reúnan las condiciones para ser numerarias, se les plantea el problema vocacional para que acepten ser agregadas o supernumerarias. Y, en el peor de los casos, cooperadoras.

Sexualidad

No conviene olvidar que el punto de monseñor Escrivá sobre el matrimonio ("El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo. Así, mientras comer es una exigencia para cada individuo, engendrar es exigencia sólo para la especie, pudiendo desentenderse las personas singulares. -¿Ansia de hijos?... Hijos, muchos hijos, y un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne." José María Escrivá, Camino, n° 28) está muy presente en la mente de las numerarias cuando hacen proselitismo.

Estas labores que realiza el Opus Dei con la juventud a través de los centros de enseñanza, residencias universitarias y escuelas especializadas, que de modo general acabo de explicar, es el patrón que de una forma u otra realizan las mujeres del Opus Dei en las naciones donde tienen labor establecida, contando igualmente con las diferencias lógicas de cada país.

Mi labor en Venezuela siguió los ritmos establecidos por los superiores del Opus Dei. La sección de mujeres tomó gran auge debido no solamente a que las numerarias eran de familias conocidas, sino también a que la mayoría eran profesionales y buenas profesionales. Vinieron muchas vocaciones.

El entonces consiliario, don Roberto Salvat Romero, quería a toda costa que hiciéramos labor con niñas, en la forma que describí anteriormente. Yo no veía muy clara esta labor con jovencitas sin conocimiento normal de la vida, pero él insistía en que era mejor que una muchacha "viniera al Opus Dei sin la menor experiencia", refiriéndose a la sexual, que en aquella época, y justo es aclararlo, no era la de hoy día. Yo era muy opuesta a la idea de vocaciones tan jóvenes, porque no haber tenido ocasión de tratar en su vida a un muchacho provocaba en ellas una serie de fantasías que las llevaban a imaginarse cosas que no son. Se daban dos casos: el de la muchacha escrupulosa y el de la que tendía al fanatismo desde temprana edad, convirtiéndose así en cuchillito afilado al juzgar a sus otras "hermanas" o a hechos cualesquiera de la vida en general. Recuerdo casos de algunas numerarias que a media noche me despertaban con un escrúpulo sexual sobre si habían ido con la imaginación más allá de lo debido al ver a alguno de los sacerdotes celebrar la misa o si al conocer al hijo o hija de una supernumeraria añoraron el no ser ellas también madres. De hecho estaba indicado en el Opus Dei que las supernumerarias no deberían traer nunca sus hijos a casa de las numerarias. Mi teoría estuvo siempre, basada en la experiencia, que aquellas que habían tenido una vida social normal en el trato con los muchachos, al entrar al Opus Dei sabían lo que dejaban. Más de una vez me he encontrado también en la obligación moral de aclararle ideas a una muchacha cuando iba a hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia. En cuanto a la pobreza y la obediencia, estaba claro. Pero respecto a la castidad, había numerarias que no tenían ideas tan claras de lo que dejaban, producto de que la mayoría no había tenido un trato normal social con un muchacho. Han sido bastantes las numerarias que, al hablarme de castidad, me indicaban que añoraban no haber besado nunca a un hombre, pongo por ejemplo.

También se daba el caso de numerarias que al oír en meditaciones, y con palabras de monseñor Escrivá, que "teníamos que amar a Jesucristo con corazón de carne", cuando besaban la cruz de palo que existe en todos los oratorios del Opus Dei, tendían a dar besos no muy castos. Y esto, a mi juicio, era más peligroso que el que hubieran tenido el trato corriente con un muchacho.

Centros de estudios internos

Llegó un momento en que la formación que recibíamos en el Opus Dei era muy deficiente: todo estaba basado en el "Catecismo" de la Obra durante los períodos de formación, la confesión y la charla semanal con el sacerdote -ambas cosas no duraban más de cinco minutos- y la confidencia, por supuesto, amén de la propia vida interior de cada una basada en la oración, mortificación, etc.

Por ello, después de pensarlo entre las que componíamos el gobierno regional, decidimos llevar a la sesión de Asesoría de aquella semana la idea de que deberíamos empezar los estudios internos contemplados en las Constituciones, y también ir considerando la posibilidad de erigir un centro de estudios para las nuevas vocaciones.

La verdad es que a don Roberto Salvat no le entusiasmó mucho ninguna de las dos ideas, pero dijo que tampoco ponía objeción (no hay que olvidar que el consiliario en el gobierno de mujeres tiene voto, pero también veto) a que empezáramos con los estudios internos de Filosofía.

Se calculó el tiempo de duración del curso conforme a las horas que para cada materia tenía marcado el programa de dichos estudios internos y se escogieron las asignaturas de Introducción a la Filosofía y Cosmología. El hecho de que hubieran regresado del Colegio Romano de la Santa Cruz los tres primeros sacerdotes venezolanos del Opus Dei, don Francisco de Guruceaga, que fue obispo años después, pero que abandonó el Opus Dei sin por ello abandonar su sacerdocio, don Alberto José Genty, que aunque era venezolano había nacido en Trinidad, y don Adolfo Bueno, también venezolano, pero de familia netamente colombiana, favoreció el que uno de ellos, don Alberto José Genty, fuera nombrado por el consiliario profesor nuestro de Cosmología. El consiliario decidió ser él mismo quien nos diese la clase de Introducción a la Filosofía. Y ése fue el arrancón de estos estudios internos en Venezuela. Después fue profesor nuestro, en casi todas las asignaturas de Filosofía, don Alberto José Genty. Excepto de las asignaturas de Ética y Crítica, que nos fueron dadas, la primera, por el consiliario, y la segunda, por el consiliario y don Antonio Torella, que era el visitador ordinario (llamado Missus), de la sección de varones.

Estas clases requerían horas de estudio que vivíamos con rigor. Y, naturalmente, una bibliografía que leer y estudiar, muy restringida, porque así lo indicaban de Roma. Incluso cuando en la Iglesia se suprimió el famoso "Índice" de libros prohibidos, en el Opus Dei sólo podíamos leer aquellos autorizados por la censura interna de la Obra. Un autor, por ejemplo, cuya lectura no se recomendaba, por ser "demasiado místico" para nuestro espíritu, era san Juan de la Cruz.

Al tener pocos libros de estudio procurábamos tomar muchos apuntes en las clases. De acuerdo con las actividades de cada una se fueron formando diferentes grupos que de manera aunada íbamos siguiendo estos estudios internos. En el mío estaba Eva Josefina Uzcátegui, Elsa Anselmi, Ana María Giben, Sofía Pilo, Alida Franceschi, Begoña Elejalde, María Margarita del Corral, Mercedes Mújica y alguna otra que no recuerdo en este momento, pero esencialmente éramos las que vivíamos en "Casavieja". Los exámenes se verificaban siempre por escrito y con la seriedad del caso por el profesor de la materia, y de ellos se extendían las correspondientes actas, como explicaba hablando de los documentos que se enviaban a Roma.

Los estudios internos del Opus Dei están organizados para los varones en un bienio de Filosofía y un cuatrienio de Teología, divididos en semestres. La sección de mujeres tenía un bienio de Filosofía y un bienio de Teología, aunque no sé si hoy día piden también el cuatrienio de Teología. Las materias de Filosofía eran: Introducción a la Filosofía, Cosmología, Lógica, Ética, Psicología, Historia de la Filosofía (dos cursos), Crítica, Teoría del Conocimiento, Teodicea y Metafísica.

Como apuntaba previamente, la bibliografía era restringida. Las religiones del mundo no se contemplaban en absoluto. No se nos explicaba nada de ninguna de ellas, en una época donde el ecumenismo era ya un tema de actualidad. No se mencionaba el judaísmo, ni tampoco el islam, mucho menos el hinduismo. Se hablaba por encima de Teilhard de Chardin, dándonos a entender que había errado, sin entrar en detalles. Por supuesto, cuando se habló del Christian Science o, mejor dicho cuando no se habló, nos dijeron que no podíamos perder tiempo en esas cosas porque eran "movimientos sin importancia". Curiosamente al llegar a Estados Unidos, años más tarde, vivía en Cambridge y el primer día que visité Boston, una típica mañana bostoniana con un sol precioso, la persona que me acompañaba, que por cierto era católica, me dijo: "Tenemos que empezar por el principio", y me llevó a visitar el Christian Science Church. Al ver el edificio y sus instalaciones, pensé en lo que años atrás me dijeron, que "era un grupo sin importancia...". La filosofía era tomista, o sea que Gilson estaba a la orden del día, y el Manser. Este último me lo solía llevar en el avión en mis visitas a Maracaibo. Y don Joaquín Madoz, que a veces venía en el mismo avión, solía decirme que nunca había visto un libro con más horas de vuelo que ése.

A partir de finales del 1961, o quizá mediados del 1962, los superiores en Roma empezaron a enfatizar el estudio del latín. En la sección de mujeres empezó años más tarde, posiblemente después de 1966. Hoy día es materia obligatoria, que se "refresca" en las épocas de formación.

La llegada de estos sacerdotes venezolanos fue muy positiva para la labor. La gente se encontraba con ellos mejor representada espiritualmente.

Las superioras tratábamos siempre con los sacerdotes a través de los asistentes eclesiásticos, y de ordinario en las reuniones semanales de asesoría. No se hablaba de la labor de gobierno en el confesonario ni con ningún sacerdote.

Hubo también cambio de sacerdotes. El irse a España don Rodrigo, el sacerdote español que estaba cuando yo llegué, originó un vaivén en la labor de san Rafael. Pero gracias a la llegada de don Joaquín Madoz, que vino de Ecuador, donde había abierto la fundación y estaba de consiliario, se consolidó la labor de san Rafael y la labor de san Gabriel (la que se hace con señoras). Don Joaquín Madoz era una persona muy humana, y su espiritualidad no le impedía ser afable con las personas, especialmente con las mujeres, a quienes trataba con el mayor respeto. Fue un auténtico puntal en la labor con señoras. Las supernumerarias y varias señoras amigas venían a confesarse a "Casavieja" con él.

Por otra parte, de la labor de san Rafael, o sea con las muchachas, empezó a ocuparse don Alberto José Genty, quien la llevó con eficacia: pidieron la admisión al Opus Dei bastantes muchachas de las que él dirigía espiritualmente. Este sacerdote se ocupó también de las sirvientas que vivían en "Etame", ya en la nueva casa. Las comprendía muy bien, las quería a estas muchachitas humildes, y ellas lo notaban y le correspondían.

Ocurrió un cambio más al ser destinado a España, creo, don Joaquín Madoz. Las señoras estaban desorientadas. No querían cambiar de confesor otra vez, porque "a todos los buenos se los llevan", me decían. A las supernumerarias, como en terreno espiritual deben obedecer, se les indicó que se confesaran con don Francisco de Guruceaga o con don José María Peña; pero a algunas de las cooperadoras no se las pudo convencer tan fácilmente. Entre ellas estaba la señora Ana Teresa Rodríguez de Sosa, a quien logré convencer de que se confesara con el consiliario, don Roberto Salvat, de quien no estaba previsto que saliera del país.

La señora De Sosa era una gran amiga mía a quien yo siempre quise mucho. Bastante mayor que yo. Una mujer muy bella, de gran clase, rica, y con resabio propio del pasado, habitual en países latinoamericanos: el racismo. No le gustaba la gente de color, aunque era capaz de reconocer sus virtudes en muchos casos. Era la señora a quien yo más trataba. De hecho mi salida semanal se la dedicaba a ella, y a veces también la llamada excursión mensual que debíamos hacer las numerarias. Su chauffeur solía venir a recogerme, para ir a su casa o para dar algún paseo por la costa, a Caraballeda, un club precioso, que solía estar muy solitario a esas horas de la tarde y que a mí me encantaba por la vista del Caribe desde la terraza.

Conocí mucho de Venezuela y sus familias conversando con Ana Teresa. Mis temas giraban alrededor de la casa de Roma, del Padre, de las nuevas vocaciones, de los proyectos apostólicos en Venezuela y, al mismo tiempo, procuraba que ella opinase. Solía ir a Roma, y conocía tanto la casa como al Padre. Se daba cuenta de que era importante conocerle, pero no estaba fanatizada por la figura de monseñor Escrivá. Yo solía criticarla fuerte, pero cariñosamente, cuando me decía algo peyorativo de una persona atribuyéndolo a que era "de color" o "tintica". Llegué a hacerle comprender que el racismo no es cristiano; aguantaba muy bien mis críticas. Éramos, como digo, buenas amigas y recíprocamente nos valorábamos. Una de las cosas que yo más le admiré fue su hablar frontal y sincero. Y ella sabía que yo actuaba con ella de la misma forma.

Me molestaba sobremanera que cuando había que pedirle dinero a la gente -porque fue mucha la gente a la que en Venezuela le pedimos dinero- el consiliario me dijese que se lo pidiera yo a la señora De Sosa, llamándola "vieja rica". Por dentro me enfurecía, porque si bien es cierto que la señora De Sosa, porque le apetecía, me solía dar para lo que hiciera falta en nuestras casas no menos de 30.000 bolívares cada año, no es menos cierto que mi amistad era sincera, y nunca me aproveché ni para mí ni para la sección de mujeres de las circunstancias de su riqueza. En cambio don Roberto Salvat, don Antonio Torella y un seglar iban a jugar a tenis semanalmente a su casa y a bañarse en la piscina. Y luego presumían de ello. Recuerdo muy bien que el consiliario no cejó hasta que conoció a Julio Sosa Rodríguez e hizo lo posible y lo imposible, basándose en la amistad con su madre, para hacerse también amigo de él. Efectivamente: al morirse la señora De Sosa recibió la sección de varones del Opus Dei una de sus propiedades, El Trapiche, en Caracas y, a través de su hijo Julio lograron también, no sé en qué forma, una serie de terrenos para la sección de varones.

Procuré inculcar en la sección de mujeres el espíritu de "unidad" con todas mis fuerzas y no evitaba ocasión de demostrarlo. Por ejemplo, cuando Hoppy Phelps, que era muy jovencita entonces, se iba a casar con un grande de España, Fernando Nestares, que había sido numerario, la trajo a nuestra casa porque Hoppy era entonces protestante y pensaban casarse por la Iglesia Católica. Ana María Gibert fue quien la preparó para su conversión y bautismo, e hizo la Primera Comunión en el oratorio de nuestra casa. La familia Phelps, que como se sabe es gente muy conocida en Venezuela, tanto en la esfera social como en el mundo financiero y científico, nos regaló un espléndido juego de cubiertos de plata, juego que enviamos completo a Roma, al gobierno central.

Después del matrimonio, Hoppy solía venir de vez en cuando a nuestra casa y la considerábamos amiga nuestra. Una de tantas veces en que había que pedir dinero para la Obra, me dijeron que le pidiera a Hoppy 10.000 bolívares. Yo me resistía un poco, entre otras cosas porque me daba cuenta de que al ser recién casados no tenían aún capital propio. No obstante, me indicaron que si ella me decía que no tenía dinero, insinuara que se lo pidiera a su padre. Y así lo hice, y por ello Hoppy dejó de venir por la casa con la misma frecuencia. Su marido fue a ver al consiliario y le dijo que no se volviera "nunca" a pedirle dinero a su mujer.

Cuando yo salí del Opus Dei siempre conservé mi amistad con Hoppy y con Fernando. A ambos los quería de verdad porque eran buenos amigos. Fernando, por desgracia, murió hace pocos años y Hoppy, por ley de vida, se volvió a casar. Y seguimos nuestra amistad. Hace pocos meses almorzaba con ella en Madrid y por cierto salió al tapete este suceso del dinero ocurrido en Caracas años atrás. Me contó que cuando iba a casarse su hija en Caracas, ella habló con Roberto Salvat para ver si podía casarla, ya que, habiendo muerto Fernando, le parecía bonito que un amigo de él la pudiera casar. La respuesta fue evasiva y no la casó. Hace pocos meses Hoppy sufrió un atentado en Caracas. Un disparo en la cabeza que no la mató pero la redujo a un estado de vida vegetativa.

También he mandado yo a numerarias, en momentos de crisis financiera, a pedir dinero. Y más de una vez se lo pidieron a antiguos novios o a muchachos que conocieron, y que para aquel entonces ocupaban ya cargos de cierto relieve. Y esto les suponía, lógicamente, gran esfuerzo.

El motivo de recaudar fondos era doble: por una parte nuestra contribución a Roma, para el Colegio Romano de la Santa Cruz y de Santa María que no bajaba de 600 dólares mensuales; y además agregábamos para "las obras de Roma" otras cantidades mensuales. El grupo de numerarias que tenían un trabajo profesional bien remunerado era aún pequeño. Hoy día el plan financiero de las casas del Opus Dei está bien establecido y se basa en que cada numeraria debe poder mantenerse por sí misma. Esto no quiere decir que ella se administre el dinero que recibe por su trabajo profesional, sino que, al hacer el presupuesto anual, la casa donde ella vive cuenta con un ingreso no solamente para mantenerse la numeraria sino para contribuir a la casa, si es que hubiera saldo positivo. La numeraria, por su parte, ha de hacer una cuenta mensual de sus gastos detallados y no dispone de dinero libremente, en virtud de su voto de pobreza.

Las supernumerarias, cooperadoras y señoras amigas de ellas colaboraban durante todo el año en el "Bazar". Era éste el nombre dado al conjunto de cosas, hechas por esas señoras, que se vendían antes de Navidad en los locales que nos prestaba para ello el marido de Beatriz Roche, José Antonio Imery. El resultado de las ventas de este "Bazar" no fue nunca menor de 10.000 dólares.

El "Bazar", a efectos públicos, se hacía para beneficio de la Escuela de Sirvientas que teníamos en "Etame", pero la realidad es que ese dinero se mandaba íntegro a Roma. Y lo mismo sucedió con rifas de coches que organizamos, etc.

Existen en algunos países, incluido Venezuela, las Escuelas para Empleadas del Hogar. En "Los Campitos", el colegio en Caracas del que hablé anteriormente, y como una actividad separada de las alumnas regulares del mismo, hay una escuela llamada "Los Samanes". Dicha escuela tiene un "pensum" de estudios de libre escolaridad, aprobado por el Ministerio de Educación del país, para facilitar que personas adultas puedan hacer el bachillerato libre, clases a las que acuden algunas, unas pocas, de las empleadas del hogar que viven en las administraciones del Opus Dei. Este "pensum" de estudios corresponde a lo que pudiera llamarse una educación media básica.

La escuela "Los Samanes" tiene varios núcleos. Uno de ellos localizado en Caracas, y otro en Maracaibo. El de Caracas está ubicado en la administración llamada "Resolana", que no es ni más ni menos que la administración de la residencia de estudiantes llamada "Monteávila", que el Opus Dei tiene para varones y que está ubicada en la avenida principal de la urbanización "El Cafetal".

En "Resolana", que como digo funciona como un núcleo de "Los Samanes", tienen las empleadas algunas clases más o menos teóricas, pero la realidad es que, con las prácticas, lo que hacen es atender centros de estudios o residencias de estudiantes, como en este caso, de los varones del Opus Dei, con lo cual a ellos les sale el servicio gratis. Además la escuela recibe subvenciones del gobierno y de particulares. Lo que hay que subrayar aquí es que el fin intrínseco de estas escuelas para empleadas del hogar no es formarlas para empleadas del hogar, sino para que sean auxiliares (sirvientas) del Opus Dei. Es decir, en estas escuelas el fin último es hacer proselitismo con estas muchachas para engrosar el número de auxiliares en el Opus Dei.

Las muchachas que están en estas escuelas son muy jovencitas, entre los 12 y los 15 años, y aún más jóvenes algunas veces. Son hijas en su mayoría de matrimonios andinos muy pobres y con muchos hijos que, felices de que sus hijas vayan a estudiar, las dejan ir con las numerarias del Opus Dei que visitan aquel pueblo; generalmente recomendadas por el párroco del lugar. Y no cabe duda de que al Opus Dei le sirven la mercancía en bandeja de plata: son niñas pequeñas, hijas en su mayoría de matrimonios legítimos y católicos practicantes, acostumbradas a obedecer.

Estas niñas son bien tratadas, van a vivir mil veces mejor que en sus casas y, efectivamente, también van a recibir clases. Son -sin duda- una masa propicia para ser moldeada. Pueden regresar a casa de sus familias cuando quieran. No están obligadas a quedarse en las casas del Opus Dei. Pero, por ser menores de edad, si quieren volver con sus padres, alguna numeraria o agregada debe acompañarlas de regreso.

Otro grupo de auxiliares vive en Caracas en una casa llamada "Mayal", que es la administración anexa al centro de estudios de la sección de varones, sede también de la Comisión Regional (gobierno regional de varones), llamada "Araya".

Al hablar de la escuela de sirvientas se me viene a la memoria un hecho ocurrido en Caracas el año pasado y conocido por muchas personas: Francisca, una de las sirvientas del Opus Dei, llamadas desde 1965, como dije, "numerarias auxiliares", venía sintiéndose mal de salud. Las numerarias la llevaron a un médico, supernumerario del Opus Dei, mexicano, que había revalidado su título en Venezuela y que está casado con una señora colombiana. Dicho doctor le daba tranquilizantes a Francisca, y le decía que todo era psicosomático. La pobre muchacha insistía en que seguía sintiéndose muy mal y que la llevasen a otro médico, pero continuaban llevándola al mismo, que la mantenía dopada. Tanto así que su madre, una vez que fue a visitarla, la encontró dormida artificialmente.

Un buen día Francisca dijo que quería irse del Opus Dei. La retuvieron a toda costa, le insistieron, le rogaron que se quedase, prácticamente le impedían irse. Hasta que un día, enferma como se sentía y todo, agarró lo que en la jerga venezolana se dice "una calentera" (un enfado mayúsculo) y se fue a la casa donde servía su madre por más de treinta años. La señora de aquella casa y la madre de Francisca la llevaron a un médico conocido, quien se quedó espantado con el cuadro: Francisca tenía un fibroma muy grande, el apéndice muy mal y piedras en la vesícula. Total que este médico les dijo a Francisca y a su madre que había que operar de inmediato.

Lógicamente el médico le preguntó por su seguro médico y Francisca respondió que no tenía ninguno. El médico no podía creerlo y le preguntó en consecuencia dónde había estado trabajando tantos años. Francisca le dijo al médico que en las casas del Opus Dei. Este médico no podía dar crédito a cuanto oía, especialmente al saber que esta muchacha no tenía seguro social de clase alguna. Esto sucede no solamente con las auxiliares, sino con todas aquellas numerarias que sólo trabajan dentro de las casas del Opus Dei, por ejemplo, las administraciones.

Al salir del Opus Dei las superioras le dieron a Francisca 3.000 bolívares equivalente a unos 60 dólares. El coste de la operación que tenían que hacerle no bajaba de los 3.000 dólares. Por fin y tras una serie de gestiones en diferentes centros médicos, se logró que le cobrasen muchísimo menos. Gestiones llevadas a cabo por la familia donde trabajaba la madre de Francisca y por una antigua numeraria del Opus Dei que también había dejado la Obra hacía poco. Pudo lograrse que la operasen y que la ayudaran durante la época de su restablecimiento.

Curiosamente, cuando estos hechos salieron a la luz pública, y aún hasta esta fecha, una numeraria del Opus Dei, Marisol Hidalgo, española y de Sevilla, anduvo y anda detrás de Francisca para que de una manera u otra se asocie de nuevo a la labor del Opus Dei. Afortunadamente Francisca tiene la cabeza muy en su sitio y les ha dicho a cuanta numeraria del Opus Dei se le ha acercado o se le cruza en el camino, pero especialmente a la sevillana que menciono, las verdades bien claras: desde que no tienen en el Opus Dei espíritu de caridad, hasta que con tantos aires de santidad no se preocupan nada de las personas humildes.

El caso de Francisca no es el único por desgracia. El Opus Dei ha puesto en la calle a numerarias sirvientas después de más de quince años de estar en la Obra, sin seguro social o médico de clase alguna, sin dinero y sin posibilidades de trabajo tampoco.

A lo más que han llegado, en algún caso concreto, ha sido a orientarlas hacia las casas de algunas supernumerarias, quienes tampoco las trataron nada bien y ellas tuvieron que irse.

Hay que tener en cuenta que estoy hablando de una institución que dice ser fiel a la Iglesia, que se dijo pionera de la secularidad del mundo, y cuyas críticas a los religiosos eran duras porque descuidaban a las personas como seres humanos. Por ello, esto que relato es una entre las muchas cosas que se descubren al cruzar el umbral del Opus Dei, unas veces de fuera a dentro y otras, como en este caso, de dentro a fuera.

Procuré por todos los medios acoplarme al espíritu de la Obra de acuerdo a las insinuaciones que nos hacía el consiliario y no regateábamos esfuerzo en tapizar muebles, limpiar casas e incluso dar para la propia casa del consiliario vajillas completas de gran calidad que nos habían regalado para nuestras casas.

La actitud del consiliario en las reuniones de Asesoría, como apuntaba al principio, era de menosprecio más o menos velado, dejándonos ver que las mujeres éramos poco listas o frívolas. Esto se manifestaba también en la forma que hablaba de la gente que pertenecía a la Obra. Era muy clasista. Para él, una numeraria como Teotiste Ortiz, por ejemplo, que no pertenecía a los altos estratos sociales, pero que era muy buena, "no debería estar en la Obra". Recuerdo que, cuando Teotiste se enteró de que me iba a Roma, habló conmigo y me decía llorando que tenía miedo que Eva Josefina Uzcátegui y don Roberto Salvat la mandaran a casa de su familia. Yo le refutaba su idea y ella sólo me dio una respuesta mientras lloraba:
-María del Carmen, ellos no me quieren.

No sé qué ocurrió con esta numeraria. Sólo supe que la mandaron a su casa y que falleció hace unos años.

En esto de los prejuicios clasistas y racistas, Eva Josefina Uzcátegui le hacía gran eco al consiliario. ¡Cuántas veces he oído yo a Eva Josefina Uzcátegui, en las reuniones de Asesoría, mencionar la palabra "tintico" para calificar peyorativamente a alguien! O la expresión acompañada del gesto: "Usted sabe, don Roberto; aquí en Caracas no son "gente"", refiriéndose a alguien de poco relieve social.

Puedo decir con verdad que al terminar las sesiones de Asesoría yo me sentía revuelta por dentro y procuraba irme a mi cuarto en silencio, pero recuerdo también a Elsa Anselmi decirme días después que tuvo que hacer esfuerzos para no darle una cachetada a Eva Josefina en la reunión de Asesoría. Y lo mismo las otras.

También había otras asesoras, un poco despistadas, como Sofía Pilo, que si se le decía algo al respecto respondía con verdad "que ella no se había dado cuenta".

No por virtud, sino porque nunca lo sentí, nunca tuve ningún prejuicio contra la gente de color. Antes al contrario me gusta el color de su tez y la gracia de sus movimientos.

Abrimos la residencia de estudiantes en Maracaibo, "Albariza", después de varios años de viajes periódicos a esa ciudad que solía hacer yo con María Margarita del Corral y en ella quedó María Margarita como directora. También estaba en ese consejo local una numeraria que vino de España, Amanda Lobo. Un elemento muy importante de aquella casa era Cecilia Mendoza, que ejercía su profesión de laboratorista. Se ocupó Cecilia de la labor con señoras. La gente en Maracaibo la adoraba porque era muy cariñosa y muy humana. La residencia en Maracaibo fue muy exitosa. La primera numeraria que pidió la admisión fue Marilú Colmenares, quien murió en Caracas después de haber pasado bastantes años en el Opus Dei. No puedo dejar de decir aquí que el alma de la labor del Opus Dei en Maracaibo fue Mana Betancourt. Se hizo supernumeraria, y siempre fue una persona tan buena como dedicada. Yo me hice muy amiga de ella y de su esposo Charles; les ayudé, recuerdo, a decorar su casa, que la estaban remodelando. Tanto ella como su marido fueron a Roma, cuando yo estaba, para ver al Padre. Ya sabía ella que le quedaban pocos meses de vida. Tuvo un cáncer fulminante.

En Maracaibo estuvieron de sacerdotes del Opus Dei, primero don Francisco de Guruceaga y luego don Adolfo Bueno.

Desde Caracas empezamos también con los viajes periódicos a Valencia y a Barquisimeto, donde solían ir los sacerdotes del Opus Dei con regularidad, ya que tenían allí una casa, la primera que abrieron en esa ciudad.

El número creciente de vocaciones nos hacía ver a las asesoras que el centro de estudios de numerarias era ya más que necesario. Esto nos costó grandes argumentos con el consiliario. Nunca supe por qué, pero él no quería que lo empezáramos y tampoco lográbamos que aceptara nuestros razonamientos. Por fin y tras meses de discusiones lo dejó pasar, y enviamos a Roma la propuesta, que fue aprobada, noticia que recibimos con enorme regocijo en la Asesoría Regional, pero no el consiliario. Y nunca supimos por qué.

Encontramos una casa para el centro de estudios en "Los Chorros", una urbanización muy antigua y muy bella de Caracas. Tuvimos mucha suerte porque precisamente al no ser nueva la casa tenía un gran encanto y un gran jardín. Recuerdo que logramos un alquiler bajísimo. Esta casa se llamó "Urupagua" (nombre de una fruta del estado Falcón, muy dulce por dentro aunque más bien espinosa por fuera).

Begoña Elejalde y yo le dedicamos lo mejor de nuestro tiempo al centro de estudios. Considerábamos que era crucial empezar esta labor para la formación de las numerarias del país, especialmente cara a su marcha al Colegio Romano de Santa María. Se nombró a Mercedes Mújica como directora de "Urupagua".

En el centro de estudios se seguían ordenadamente los estudios internos de Filosofía Escolástica que mencioné antes.

Coincidió también por esa época el nombramiento de delegada de Eva Josefina Uzcátegui y la marcha a Valencia de don Alberto José Genty, quien conocía muy bien a estas primeras alumnas del centro de estudios, ya que había sido director espiritual de muchas de ellas.

Julia Martínez solía venir a Valencia conmigo, un par de días cada dos semanas. Al principio solíamos ir a casa de una señora amiga de la familia Guruceaga, pero para mayor libertad de movimientos preferimos ir mas tarde a un hotel de esa ciudad. En nuestros viajes solíamos hablar con las señoras en el jardín de la iglesia mientras unas u otras se confesaban. Julia y yo pasábamos por el confesonario antes de que estas señoras llegasen, para obtener información acerca de las que había tratado don Alberto y aunar nuestros esfuerzos en pro de una labor proselitista. En realidad, es el sacerdote del Opus Dei quien guía los pasos de las numerarias cuando se empieza la labor del Opus Dei en cualquier ciudad.

Pidió la admisión como numeraria del Opus Dei en Valencia una muchacha muy jovencita de Barquisimeto, María Elena Rodríguez. O sea que en nuestros viajes atendíamos a las señoras y a esta numeraria.

Las señoras de Valencia nos empezaron a regalar ropa de cama y mesa; y las veces que eso sucedía avisábamos al sacerdote por teléfono para que recogiera las bolsas que, al pasar, habíamos dejado Julia y yo en el jardín de la casa de los varones.

Hubo cambios entre los asistentes eclesiásticos. A don José María Peña, que era muy bueno, muy pacífico y que había estado de secretario regional, es decir, encargado de las mujeres del Opus Dei por tantos años, lo dejaron de director espiritual regional.

El nuevo sacerdote era un español que se llamaba don José María Félix. La nueva casa del gobierno regional de varones la ubicaron en la urbanización La Castellana. La casa se llamaba "la Trocha" y las únicas sirvientas numerarias que teníamos las pusimos en esta casa del consiliario.

Y Venezuela empezó a "exportar" numerarias a países del continente. La verdad es que ofrecíamos lo mejor que teníamos de acuerdo con el país adonde iban a ir. Primero fue Marta Sepúlveda, una numeraria mexicana que estuvo varios años en Caracas. Su destino fue Uruguay. La siguiente numeraria fue a reforzar la labor en Estados Unidos cuando empezaron la casa en Boston. Enviamos a Berta Elena Sanglade, que sabía bastante inglés. Trabajó muchos años en Estados Unidos y después dejó para siempre el Opus Dei. Y a María Amparo, una muchacha española que conoció la Obra en Venezuela, la enviamos a Brasil.

Dieron una orden los asistentes eclesiásticos de que su tratamiento cambiaría; en vez de usar el español "don" anteponiéndolo al nombre, ahora tendríamos que llamarlos "padre" seguido del apellido correspondiente. Me alegró este cambio porque el "don" era totalmente extraño en Venezuela.

El nuevo sacerdote llegado, el padre Félix, nos escudriñaba al hablar. Venía con las tablas de la ley en la mano, sobre todo en lo relativo a las confesiones. Todo cuanto le decíamos lo ponía en cuarentena. En una ocasión ocurrió lo siguiente: estábamos haciendo los ejercicios espirituales en "Casavieja", las numerarias del gobierno regional, las directoras de las casas y alguna que otra numeraria de las mayores. Los ejercicios los dirigía el padre Genty. De acuerdo con los rescriptos de Roma sabíamos que las personas que hacen ejercicios deben confesarse con el sacerdote del Opus Dei que las dirige, pero que siempre tienen libertad para confesarse con cualquiera de los asistentes eclesiásticos o con el confesor ordinario de aquella casa. Siguiendo lo que es costumbre en el Opus Dei, habíamos dejado varias fichas encima de un mueble del corredor para que se fueran anotando las que quisieran confesarse, bien con el sacerdote que dirigía los ejercicios, el padre Genty en este caso, o con cualquiera de los otros dos asistentes eclesiásticos. Cada una fue poniendo su nombre y, cuando fui a escribir el mío, vi que, menos dos que iban a confesarse con el padre Félix, las demás nos habíamos anotado en la lista del padre Genty.

Al día siguiente, cuando el padre Félix dio una meditación, le entregamos las dos listas de confesiones. Naturalmente se enteró de que la mayoría nos habíamos apuntado para confesarnos con el padre Genty, incluidas todas las superioras del gobierno regional menos una.

Al otro día vino a la casa y dijo que quería hablar conmigo. Pasé a la salita con Eva Josefina Uzcátegui, y de buenas a primeras me dijo:
-Tú eres idiota. ¿Cómo es posible que des el mal ejemplo de quererte confesar tú y las demás con don Alberto Genty cuando él no es el confesor ordinario de esta casa?
Yo lo remití al rescripto de Roma sobre esto, y me contestó:
-Confesaros con don Alberto Genty es como confesaros con el párroco de la esquina.
Le indiqué que, al ser un sacerdote del Opus Dei y darnos los ejercicios, no podía ser considerado mal pastor. Y el padre Félix respondió:
-Todo aquél que no es confesor ordinario o extraordinario de una casa es mal pastor, según la doctrina del Padre.

Naturalmente todas tuvimos que confesarnos con el padre Félix. No obstante yo entré en el confesonario en otro momento y le expliqué al padre Genty lo ocurrido.

Respecto a la jerarquía eclesiástica, las superioras del Opus Dei no teníamos trato con nadie, excepto con el cardenal y con el nuncio apostólico. Eran visitas protocolares por sus santos, por Navidad o por Pascua, de acuerdo al rescripto del Padre. Como dato anecdótico recuerdo que siendo yo la directora de la región tenía un vestido, que por supuesto cambiaba cada año, que lo llamábamos "el vestido de los obispos". Era algo distinto en el ropero, discreto, pero de más empaque. En dichas visitas no se hablaba de temas serios, la indicación de monseñor Escrivá era que solamente deberíamos contarles "anécdotas simpáticas de nuestras sirvientas". Concretamente siendo nuncio apostólico de Su Santidad en Venezuela monseñor L. Dadaglio, con quien siempre guardé una relación personal muy sincera, me preguntó, en una de las visitas oficiales que yo le hice acompañada de otra numeraria, cuántas vocaciones habíamos tenido aquel año. De la manera más espontánea, le dije el número. La ficha, con el contenido de la visita, como estaba ordenado, la enviamos a Roma. Al poco tiempo don Roberto Salvat me hizo llegar, de parte de monseñor Escrivá la indicación de que había sido "muy indiscreta con el nuncio, porque a la jerarquía de la Iglesia no había que darle explicaciones de ninguna clase respecto a la Obra". Cuando yo pregunté la razón de ello, la respuesta fue: "Porque lo ha dicho el Padre y basta."

Recibimos otros rescriptos de Roma, concretamente del Padre, en que de forma clara nos decía: "Las nuestras no tendrán que responder a ninguna nota o carta que puedan llegar de los obispos ni de las Comisiones episcopales. Se las entregarán al consiliario para que él me las haga llegar."

Años después de salir del Opus Dei fui a visitar varias veces en Madrid a monseñor L. Dadaglio, que estaba de nuncio apostólico de Su Santidad en España. Siempre me recibió con gran cordialidad y recuerdo que en mi primera visita me dijo algo así como "hace cinco años no me hubiera creído nada y ahora me lo creo todo", refiriéndose al Opus Dei, claro. Lo tuve informado de lo que había sucedido en Roma, así como de la visita que, con el ánimo de intimidarme, me hizo don Tomás Gutiérrez en Madrid.

En Venezuela, y hacia finales de 1964 y comienzos de 1965, nos llegaron del gobierno central de Roma muchísimas notas, avisos, indicaciones, cartas, etc. Yo no veía clara la aplicación en nuestro país e incluso no veía la forma de su cumplimentación inmediata como nos pedían. Llegaron también otros documentos impresos, como "cartas del Padre", que me parecieron francamente duros hacia las personas que habían trabajado en nuevas fundaciones. Insistía mayormente en que tenían que dejar aquel país sin darle a su traslado la menor importancia. Dejé ver mis impresiones a las otras asesoras.

Pero lo que a mí me preocupaba en aquella época era el distanciamiento de los asistentes eclesiásticos, especialmente al regreso de Roma de Eva Josefina Uzcátegui. Tanto así que lo comenté un día en el confesonario con don José María Peña, el director espiritual de la región. Él me tranquilizó mucho y me dijo que ya sabía yo que la corrección fraterna nos obligaba a todos y que si yo hubiera hecho algo incorrecto, me lo dirían. Yo aún tenía fe en la Obra, y por ello le escribí una larga carta, cerrada, a monseñor Escrivá, en la que le abría mi corazón de par en par, y con toda sinceridad le decía cuánto había sufrido para lograr el centro de estudios y que la actitud del consiliario siempre era de censura hacia nosotras, específicamente hacia mi.

También le contaba la actitud un tanto suficiente y misteriosa con la que había regresado Eva Josefina Uzcátegui de Roma, dando a entender que, de ahora en adelante, las asesoras no teníamos que tener trato con nadie sino que, tomando ejemplo de la Asesoría Central, debíamos dedicarnos exclusivamente a trabajar dentro de las oficinas del gobierno regional. Y el que don Roberto Salvat me había dicho que "era una estupidez que hiciera yo apostolado con señoras yendo a Valencia".

Realmente siempre pensé que monseñor Escrivá enviaría unas líneas, como otras varias veces había hecho; pero nada llegó.

Yo comencé a pensar que tenía una imaginación calenturienta y, como las dudas o situaciones inestables no las soporté jamás en mi vida, quise afrontar la situación. De acuerdo con mi directora, llamé un día por teléfono al consiliario, don Roberto Salvat, y le pedí por favor que viniera al confesonario de "Casavieja" porque necesitaba hablar con él. Vino y le rogué que me aclarase si había hecho yo algo mal, y que me hiciera la corrección pertinente. Don Roberto me dijo que no pasaba nada, que si hubiera algo me lo diría, que esas ideas eran imaginaciones mías, etc., etc., etc., y todo en esta línea. Conociendo su estilo, debo decir que estuvo muy amable.

Sin embargo, dos días después, uno de los sacerdotes que venían a "Casavieja" para confesar a señoras me pidió que pasara al confesonario y me dijo algo que me asombró: Eva Josefina Uzcátegui se había acercado a su confesonario para decirle que le pasaba por debajo de la puerta una carta para que se la entregase al consiliario. Este sacerdote me dijo que prefería decírmelo porque aquello le había parecido muy raro y temía que algo se cerniera sobre mí.

En todos mis años en el Opus Dei era la primera vez que oía una cosa tal. Pensé que algo se estaba tramando sobre mí, pero no acertaba a comprender qué. Volví a hablar con don José María Peña como director espiritual de la región que era y me volvió a asegurar que no pasaba nada.

Yo me llevaba muy bien con mi directora, Ana María Giben, quien por cierto era y es una de las personas mas buenas e inteligentes que encontré en mi vida; ella también trató de disipar mis temores "infundados".

Si echo un vistazo a mis años en Venezuela, mis impresiones y reacciones son múltiples y complejas. Necesitaría otro libro para relatarlas. En cuanto a nación, tuve la suerte inmensa de presenciar el cambio del país de dictadura en democracia. Personalmente, tengo que reconocer que yo, por mi identificación completa con el espíritu del Opus Dei y por el entrañable amor y fe en monseñor Escrivá que entonces tenía, di a la labor del Opus Dei un empuje, auge y tono muy positivo, no sólo en la sección de mujeres sino en todo el país. Obtuve numerosas vocaciones de numerarias -muchas de ellas aún siguen-. Di gran aliento a las supernumerarias y cooperadoras. Inicié la labor con agregadas y auxiliares, y logré las primeras vocaciones entre ellas.

Fueron mías las iniciativas de empezar con dispensarios en barrios, nuevas casas y labores, incluso fuera de Caracas. El centro de estudios, la secuencia de alumnas enviadas al Colegio Romano de Santa María, el haber alcanzado estabilidad financiera, el haber enviado numerarias como refuerzo a otras naciones del continente. Y el haber hecho un auténtico apostolado de amistad con muchas personas del país.

Me encontré al llegar a Venezuela con que la mujer venezolana es muy única, convergen en ella muchas facetas: la de ser impetuosa -no se arredra por nada-, capaz, inteligente, fina. Por otro lado, es extraordinariamente femenina, suave, dulce, muy maternal en sus reacciones. Y todo ello con elegancia y con lealtad -cuando uno tiene un amigo venezolano, lo tiene para toda la vida, puedo asegurarlo por propia experiencia-. Los venezolanos son personas de una pieza.

A veces me aterra la responsabilidad que tengo frente a Dios de haber promovido tantas vocaciones al Opus Dei, especialmente en ese país, al darme cuenta ahora de que la Obra es capaz de mentir y de hacerlo públicamente, en especial cuando se refiere a personas que pertenecieron a ella; de que los superiores son capaces de teatralizar de semejante manera la vida de monseñor Escrivá solamente para "tener ellos también su santo". Y me aterra, digo, esta responsabilidad frente a Dios, porque hay personas que, al caerse el antifaz del Opus Dei, no tienen capacidad de afrontar lo que ven y, en su susto, desesperación e impotencia, se quitan la vida o tratan de quitársela, como sucedió en Inglaterra, España y Estados Unidos, que yo sepa.


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