Saben que lo quiero dejar, pero no me dejan

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Por Iedsupo, 18.02.2008


Tengo poco más de quince años y medio (como bien me recordó el conveniente día el director de mi centro con una llamada telefónica felicitándome un año en la obra y que concluía en un "ventalcírculo") y, pese a no tener casi ninguna experiencia -basta con leer cualquier otro artículo de la página- dentro del Opus Dei, hay múltiples aspectos que me han ido llenando, poco a poco, de un odio, o mejor dicho, rabia, que intento hacer estallar escribiendo este pequeño artículo, en el que voy a intentar expresar, de la mejor manera posible, mi corto camino por la Obra y, sobre todo, qué pienso y por qué.

Todo comenzó hace bastante tiempo, cuando un amigo mío me invitó a un plan. Yo ya había estado alguna vez en un centro del Opus, con la edad de diez años (típico plan al que invitan, emocionados, a mil niños), pero nunca había cuajado. Entonces, como decía, me invitaron a un plan en un club en el cual nunca había estado (donde vivo hay cuatro "asociaciones juveniles") y yo, inocente y con doce-trece años aproximadamente, fui. El plan consistía en juegos varios y chistorrada. Cual fue mi sorpresa cuando llegué y vi que tan solo había un niño y dos monitores en mi nivel aquel día, y eso me causó pena -es una verdadera lástima ser tan sensible- y compasión. Y después de tomarnos las chistorras, lo que ahora recuerdo como mi pacto de sangre, decidí que me haría socio del club. Y eso hice. Y entonces, toma, que si técnicas de estudio, que si plan el sábado, que si convivencia a Madrid, a Torreciudad, a Barcelona... Y luego se pusieron a hablar conmigo: un preceptor, el cura, el típico chico de tu nivel que, inocente, se hace el "mayor" y, armándose un jersey al cuello, te da consejos sobre la vida, y también comenzaron los chistes malos característicos de esta gente (espero que sepáis a qué me refiero, ese sentido del humor que no tiene ni pizca de gracia y que sin embargo todo el mundo sonríe y suelta risitas), y mil cosas más.

La cosa se empezó a poner algo seria cuando, en una convivencia, mi preceptor me comenzó a hablar de la sexualidad. Yo alucinando en colores, el tipo ahí, explicándose con todo lujo de detalles... A partir de ahí, las charlas se hacían más íntimas, y yo comenzaba a darme cuenta de que aquello no me gustaba en absoluto. Más tarde, mi preceptor me dijo que le preguntara al director si podía ir a círculos. A esas alturas yo ya estaba un poco cansado de todo, pero no sabía como decirle que no quería más. ¡Ojalá lo hubiera hecho entonces! Le pregunté al director si me dejaba ir al alabado, secreto y envidiado círculo. Tenía gracia: había algunos niños que deseaban ardientemente ir a un círculo y, por razones que aún desconozco, no les dejaban. Y yo, que se notaba a la legua que todo aquello no me iba, ¡pof! a círculos. Un compromiso más.

Entonces, llegó el verano, con sus convivencias y demás. Yo y un amigo habíamos empezado a reírnos un poco de los numerarios, pero nada grave. Entonces, una vez, volviendo yo a casa, de un círculo casualmente, me topé con unos vecinos (y vecinas) amigos. Empezamos a hablar, y me preguntaron qué llevaba en la mano. Era la agenda, marrón, en la que apuntaba las conclusiones que sacaba de los círculos (realmente creo que nunca he sacado nada que me haya servido). Yo les expliqué, como dándome importancia -todavía me da vergüenza cuando lo recuerdo- como si fuera un enviado especial de Dios, que iba a los círculos del Opus Dei. Ellos no lo conocían, pero había una chica, de unos quince años, que sí. Me dijo: "¿Son esos que se autoflagelan?". Yo me quedé bloqueado, y expliqué que no, que eso sería en alguna secta con nombre parecido. Por supuesto, no sabía nada sobre cilicios y disciplinas. Luego, me junté con mi amigo, con el que me solía mofar de vez en cuando de algún numerario, y le comenté esto. El se quedó tan asombrado como yo, pero juntos sí que comenzamos a elaborar teorías y a pensar: "¿y si es verdad?". Buscando en Google encontré OpusLibros. Y comencé a leer y a informarme. Y a asombrarme, y a alucinar como nunca. Pero entonces...

Vocación. "¿Cuál crees que es tu misión en la vida? Fíjate: Dios te ha puesto en este contexto por algo... ¿No querrá que seas de la Obra?". Yo no sabía que hacer. Más concretamente: no sabía como decir que no. Y al final, dije que sí. A los catorce y medio, siendo de las pocas personas que iba a entrar en el Opus Dei conociendo como es realmente, estaba sentado como un completo imbécil con un boli de tinta negra y medio folio escribiéndole a un tal Don Ramón para pedirle mi admisión como aspirante a numerario del Opus Dei.

Joder. Ahí estaba. ¿Y ahora qué? Pues a esperar para poder salir a la primera de cambio. Que me echen. Y pasó el tiempo. Y que si círculo breve -breve lo que yo te diga- y que si preces -solo las rezaba cuando estaba con algún numerario- y entonces... ¡Mi preceptor me dice que se va a Roma a hacerse cura! Era un preceptor bastante majo conmigo (aunque ahora dudo si lo era por obligación y no por amistad) aunque nunca llegué a experimentar pena por su ausencia, creo que sentí alivio. Y luego, en verano, el Curso Anual. No sabía qué narices inventarme para no ir, así que, una vez más y por no saber decir "NO", me vi en un maldito Colegio rodeado de niños mayormente repelentes y estupideces por todos sitios. Y entonces, comenzó el curso. Mi preceptor se iba a finales de septiembre, y fue precisamente septiembre cuando empecé a desconectar completamente del Opus Dei. Recuerdo nuestra última conversación. Me dijo que tenía que "volver a pitar en mi corazón" yo le dije que sí, cosa que, bien clarito tenía, no iba a mantener. Se fue, y yo era un poquito más libre, aunque seguía recibiendo llamadas de uno y de otro, aunque no les hacía ni caso. Se fue terminando el año, y para Enero estaba programado un Curso de Retiro para adscritos. Yo hacía meses que no iba a un círculo ni pisaba un centro, pero ellos no dejaban de llamarme y darme la brasa. Y me llamaron para animarme a ir al curso de retiro. Me llamó el director. Y por fin, por primera vez, conseguí decir que NO.

Y ahora estamos en febrero. Me siguen llamando. Mañana es Domingo, me llamarán para preguntarme por qué no he ido hoy al retiro mensual y me invitarán al plan de adscritos de mañana. Saben que lo quiero dejar, pero no me dejan.

Muchas gracias por leer mi historia, y gracias por publicar, heróicamente, las vuestras. Un abrazo a Antonio Petit, que está en los Cielos, y cuya historia si que conmueve.



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