Rehén del cariño propio y ajeno

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Por Rueco, 27 de septiembre de 2010


Leyendo las decenas de testimonios que hay sobre la salida de OD, a mí me sorprende que a pesar de lo mucho que se parece la mayoría de las historias, incluida la mía, hay un aspecto en el que por lo visto no coincido. Yo me fui básicamente porque no quería pertenecer a una institución tan institucionalizada como la Prelatura, y tan opuscentrada sobre sí misma (Opus Dei por aquí, Opus Dei por allá, identificarse con el Opus Dei, ser tú mismo Opus Dei, tu madre la Obra…), y porque si había que vivir una unidad de vida, yo no podía casar mi vida personal con todo lo que se exigía a un numerario. Creo que con matizaciones y con explicaciones más o menos personalizadas, muchos se han ido por esto.

Pero muchos también añaden como motivos de la salida el ambiente de su(s) centro(s), la falta de caridad de los “hermanos”. Pues yo tengo que decir que precisamente el ambiente de los centros donde viví y el cariño de la gente con la que conviví ha sido lo que más dificultó mi marcha.

Creo que soy una persona cariñosa. No es una cualidad que yo fomente intencionadamente, porque soy más bien tímido y reservado, pero por algún motivo, por mi temperamento o por lo que sea, siempre y en todo lugar se me ha querido con calor humano y yo siempre que sentido un gran cariño por la mayoría de los que han estado a mi alrededor. Es algo que me ha ocurrido también en los otros ámbitos de la vida (el trabajo, la familia auténtica). Desde muy “pequeño” en el OD (yo pedí la admisión exactamente a los 14,5) sentí el cariño de todos, y con el tiempo, al ir adquiriendo cierta madurez humana, fui siendo yo el que desbordó su cariño hacia los demás (repito que sin ser algo buscado por mi parte, porque me molestan los dulzones), especialmente hacia los adscritos, que en uno de los centros incluso me nombraban con un mote que connotaba esa cercanía...

Nunca tuve ningún problema de convivencia con los residentes de los centros en los que viví. Con los directores siempre me llevé bien y, quitando alguno demasiado estirado y con muy poca cintura (duró un año y luego no supe más de él), todos me parecieron bien elegidos para su cargo, precisamente porque eran muy comprensivos, buenos escuchadores. Durante el largo tiempo que estuve en un centro de agregados pasó lo mismo; además, como yo no ostentaba (gracias a Dios) ningún cargo, yo era para ellos un numerario atípico y tal vez por eso más cercano a ellos.

En las terribles celebraciones en las que había que preparar algún número, como yo era de los “creativos” llegué a hacer gansadas en las que la gente no es que se riera por “caridad”, sino se partía el bazo de verdad. Lo digo sin jactancia. Me salían muy bien. En correspondencia, en mis cumpleaños se hacían gansadas alusivas muy acertadas que reflejaban el afecto que se me tenía. Incluso un día antes de dejar de vivir en mi último centro (había escrito la carta de dimisión y me aconsejaron vivir fuera del centro en espera de la dispensa), coincidiendo con mi cumpleaños, se hizo una parodia graciosísima de mis desayunos y uno de los actores era uno de los menos aptos para este tipo de actuaciones, lo que hacía el número más cómico.

Pero aquello era solo una parte de la vida. La otra estaba totalmente desquiciada. Mi vida cotidiana de puertas afuera del centro era una continua búsqueda desesperada de esa tan predicada unidad de vida que yo no podía lograr, porque yo nunca me sentí identificado con mi condición de miembro del Opus Dei. Muy pocas veces dije a mis amistades que yo pertenecía al OD y casi nunca llevé a un amigo por el centro. En los últimos meses hablé del OD a algunos de mis amigos solo porque, agotada la vía de hacerme entender por los directores, necesitaba alguien más con quien hablar de lo que llevaba dentro.

Durante mis tiempos de colegial el hecho de ser opuseto ya te marcaba frente a los demás y no había nada que odiara más que me etiquetaran. Además la amistad con mis amigos quedó bastante mermada porque mi condición de numerario suponía unas limitaciones (no poder ir a tales o cuales sitios, tener que meterse en intimidades enojosas para los dos por imperativos apostólicos...) que me distanciaban de los demás. Afortunadamente algunos de esos amigos respetaron mis peculiaridades y de uno de ellos conseguí al cabo de cuatro años que fuera a una meditación. Lo hizo por pura amistad, solo por complacerme.

La universidad fue un continuo ir de tumbos entre la realidad (la convivencia diaria con gente muy diversa, y entre ellos, las chicas) y los puñeteros criterios por los que se debe regir la vida de un numerata. Como único ejemplo diré que en una charla de comienzos del centro de estudios se nos dijo que “a las chicas, ni saludarlas”… y yo, buen chico, al menos al principio lo cumplí, aunque me parecía totalmente desproporcionado. En general cada vez que iba a clase me sentía como un marciano y me resultó muy difícil hacer amistades (especialmente, porque yo no era de esa ciudad, y los compañeros tenían ya sus amigos). Por eso yo volcaba todo mi afecto en los del centro. El cura del centro de estudios supo expresarlo muy bien: “lo que te pasa es que en casa tienes cubiertas tus necesidades afectivas”.

En el tercer curso de la carrera (ya sin la presión agobiante del centro de estudios), después de haber experimentado todo tipo de complejos, hice de mi capa un sayo y me puse a tratar a unos y a otras con naturalidad. Me encontraba tan a gusto con mis compañer@s que el lunes era el día que más esperaba de la semana. Pero entonces me pasó lo que a veces ocurre: que me enamoré de una. La verdad es que aquello no pasó de un amor platónico, porque nunca intimé con ella. Sólo llegamos a charlar juntos un día en compañía de otro compañero. Todos mis devaneos amorosos se limitaban a leer con avidez las matrículas de todos los opel corsa blancos que pasaban en busca de la matrícula del opel de mi amada (ya se me ha olvidado, claro); y una vez la fui siguiendo de lejos para ver a dónde iba (fijaos qué amante más osado). Bueno, pues para cortar aquello (y no poder en peligro la “fidelidad” que por entonces tocaba formalizar) me “castigaron” sin dejarme ir a clase durante dos o tres meses. Solo iba para los exámenes. Y por supuesto, al terminar el curso, me devolvieron a mi ciudad.

En mi ciudad llegué a un centro que desde el principio me encantó, en parte por ser mi ciudad, pero también por su gente (había residentes divertidísimos, de los que aún tengo recuerdos muy entrañables) y especialmente por sus adscritos, que me trababan como si fuera su tío. En la universidad seguía sin encontrar el norte. El cura (éste bastante peculiar, pesado él, un caso para el estudio…, pero también le quiero mucho) me llegó a decir que cada vez que hablara con una compañera me confesara (?????????). Recuerdo que un día que me había quedado un rato solo en un bar con una compañera, al volver en metro al centro iba convencido de que estaba en pecado mortal.

El encargo apostólico lo cumplía bajo mínimos. Daba el círculo de San Rafael, no hablaba demasiado con los chicos y creo que tuve uno o dos despachos en los que no conté mucho, porque realmente no sabía gran cosa de mis pupilos. En el club tenía un nivel de chavales y con él hacía bien lo programado, bien lo que se me ocurría sin calentarme demasiado los sesos. Pero realmente nunca me lo tomé demasiado en serio.

Coincidiendo con mis primeros pasos profesionales, al llegar al último centro en que estuve antes de marcharme al extranjero, empecé a poner por escrito todo lo que chirriaba por dentro. Como la charla no daba para mucho, aprovechaba todos los cursos de retiro y anuales para contar todo lo que iba sacando en claro, que eran todas las confusiones y contradicciones que descubre cualquiera a poco que se ponga a pensar en lo que se dice y se hace en el OD (todo ello extensamente explicado en esta web). En el fondo yo lo que ansiaba al hablar de estas cosas era pedir que por favor me dejaran salir, es decir, que ellos mismos me facilitaran la salida. Iluso de mí. ¿¡Cómo iban a echar, aunque fuera por las buenísimas, a un chico tan majo, tan cariñoso, que daba tan buen ambiente!? A mí mismo me resultaba implanteable la salida, porque había llegado un momento en que casi todo mi entorno estaba de un modo u otro vinculado al OD y me sentía totalmente atrapado como en una malla. Por eso yo intentaba convencer a directores (de centro y de delegación), curas y todo el que quisiera escucharme, que yo había tocado fondo y que no me quedaba más remedio que buscar una alternativa, pero como no me ponía terco, no les creaba ninguna preocupación seria.

Como en ese centro pasé bastantes años para lo que es normal en un numerata, el cariño mutuo por residentes, agregados, adscritos y niños del club se fue ahondado (alguno me escribe de vez en cuando desde el Roman College, otros me cuentan que también se han marchado y los que fueron niños de vez en cuando te ponen al día de sus bodas). No fue todo una compañía ideal porque el último año que viví en España hubo un cura maniático que en cada meditación a los residentes arremetía contra el uso de los vaqueros en el centro y había algún que otro residente hiperactivo que te crispaba los nervios, pero en el fondo eran gente bienintencionada que solo querían ayudar. En lo profesional andaba desencantado porque había tenido que aceptar un trabajo en una obra corporativa y buscaba la manera de no sepultar ahí mi vida. Y en general, la política, la economía y la sociedad española me tenían bastante hasta las narices.

Y en esas se produjo un milagro: me surgió la posibilidad de irme a trabajar al extranjero, un trabajo específico de mis especialidad, sin ninguna vinculación con el OD y en un país donde se había empezado la labor hacía poco, es decir, un lugar donde la obra no era conocida y uno no tenía por qué andar diciendo que era del OD, ya que para qué explicar algo que nadie conocía y con la que yo no me identificaba. Para justificarme ante mí y ante los demás, me dije que ahora tenía la oportunidad de ver lo que son unos comienzos de la labor. Pero en el fondo me alegraba infinito de que ahí todo el OD lo constituían cuatro gatos (todos ellos de gran valía) y poco más, sin el aparato agobiante de comisiones, delegaciones, cadenas de centros, obras corporativas, familias vinculadas a los centros, etc., etc.

Al ser pocos, los lazos son muy estrechos y a pesar de las barreras del idioma y de las diferencias culturales había un ambiente sano y se hacían cosas poco imaginables en las grandes urbes del OD. Yo me escudaba en el desconocimiento del idioma para no implicarme mucho en encargos apostólicos y pasé unos meses de idilio existencial, entre el asombro de vivir en un país distinto y la satisfacción de experimentar una libertad que nunca había sentido. Pero, como el mal, tampoco hay dicha que cien años dure. A los cinco o seis meses empezaron a llegar los que muy poco después ostentarían cargos internos de gobierno (y otros tantos que con el tiempo se fueron del barco). Aquel sueño se me derrumbó. Y esa libertad que yo vivía en ese trabajo desvinculado de la Obra se vio amenazada. Como digo, la vida en familia seguía siendo sin fisuras: ningún problema serio, ningún roce (alguna que otra imprudencia o broma pesada, pero nada más), pero las contradicciones que había ido exponiendo en mi país, ahora demandaban una toma de postura definitiva, porque ya no veía otra escapatoria.

Mi salida formal (mentalmente llevaba mucho tiempo fuera) la provocaron la oposición de los directores a que fuera a visitar a mi familia después de un tiempo bastante razonable de estar en el país, y una orden tajante de reconducir por derroteros distintos mi trabajo, el único trabajo en el que por fin me encontraba a gusto. Respecto a lo primero, como era muy ingenuo, pensaba que en un mundo tan globalizado los viajes al país de origen, antes muy espaciados, ahora serían más frecuentes y normales. Pero me estrellé contra la rigidez del OD. Entonces entendí que terminaría marchándome. Tardé muchos meses en formalizar mi salida, porque llevaba ya muchos años dentro y cuanto más tiempo, más cuesta irse y además, siendo de los pequeños de una familia numerosa y habiendo vivido siempre con gente, y gente con la que me había llevado siempre bien, la soledad se me hacía muy cuesta arriba. Fue pura cobardía, porque pensaba que era un paso en el vacío. Pero cuando se me dio la orden de realizar mi trabajo como ellos decían dí el paso definitivo. Podía haberlo dado antes, pero tenía un miedo atroz. Pero lo al menos lo dí. Una vez fuera pasé unos primeros meses muy duros y poco a poco pude superar la ansiedad que me producía ese cambio tan radical de vida. Ahora han pasado muchos años y puedo recordarlo sin retortijones en el estómago, pero de entonces me han quedado unas alteraciones grastroesofagales que no me las cura nadie.

Dicen los psicólogos que la memoria olvida más fácilmente los malos recuerdos. En mi caso esto es muy cierto. Para mí el pasado es pasado e intento sacar lo mejor de él para no amargarme la vida. Y lo mejor ha sido la gente. Por eso nunca he sentido resentimiento por nadie [bueno, casi nunca: recuerdo a uno que en el centro de estudios me obligó de malas maneras a ir a cortarme el pelo cuando aún no lo tenía largo, y además en la charla me dijo que le contara todas las tonterías que se me pasaran por la cabeza, cosa absurda que jamás he podido entender; reconozco que no le he perdonado. Muchos años después me le encontré en mi ciudad, en un autobús y me mostré bastante frío con él]. Los directores de mis últimos centros (que han sido también con quienes hacía la charla, por cierto, casi nunca semanal) siempre fueron ante todo, como los demás residentes, compañeros con los que compartí viajes, excursiones, risas y cabreos.

Ni siquiera siento rencor por el que en los últimos años llevaba mi charla y veía que no me iba a apear de la burra y se negaba rotundamente a comprenderme. Ni siquiera por el cura del centro de estudios, que en el curso de retiro del segundo año se dedicó monográficamente a maldecir a los que “tiran por la borda” la vocación, contando historias como la de un numerario que murió poco después de irse de la obra (¡¡es que empezó a hablar de eso ya en el autobús, en el viaje de ida al curso de retiro, en un corrillo que se formó en torno a él!!). Decía que lo más importante era que al cabo de los años coincidiéramos en un curso anual y nos diéramos un abrazo. Este cura después ha sido director de muchas delegaciones y es muy improbable que algún día nos encontremos, dado que vivo fuera de España, pero le guardo un gran afecto. Y si se da la casualidad de que me lo encuentre, de verdad que le daré un abrazo muy fuerte y le diré que gracias a Dios yo me fui del Opus Dei y, al mismo tiempo, que me alegro infinito de verle.

Como me alegré hace unas semanas en el tanatorio donde hacíamos mis hermanos y yo compañía a mi madre recién fallecida. Apareció un residente del centro donde fui adscrito: más de veinticinco años sin vernos. Un hombre de gran corazón, franco, sencillo, de mirada directa. Apareció como una exhalación, rezó un padrenuestro por mi madre, nos dimos un abrazo, me llamó por el apelativo cariñoso con me llamaban entonces y desapareció, porque había aparcado el coche en doble fila. Y las compañeras de centro de mi hermana numeraria, las que más tiempo estuvieron con nosotros (hubo decenas de mujeres, seguramente numerarias y n.auxiliares y agregadas y super, qué sé yo, que pasaron por el velatorio, simplemente para rezar, cosa que yo personalmente agradecí), unas chicas simpáticas, muy humanas, muy naturales: yo estaba de primeras como acechando sus reacciones y su modo de actuar, pero las encontré auténticas y además atractivas, a pesar de la edad. A lo mejor pensáis que soy idiota. Me da igual, es que me encariño con facilidad. Hoy he visto cuatro segundos de un video de Carmen Charo, no he querido oír más, porque puedo adivinar todo lo que dice, y me ha parecido una chica la mar de maja y muy natural.

O sea, que leyendo lo que muchos escriben en este foro he llegado a la conclusión de que he tenido bastante suerte con la gente con la que he convivido. Lo cual ha tenido su contrapartida, porque al sentirme tan a gusto en las relaciones interpersonales, me supuso un desgarrón afectivo renunciar a esa convivencia para salir de una institución que en los demás aspectos de mi vida me la había extrangulado.



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