Reconstrucción/Madurez y libertad interior

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RECONSTRUCCIÓN
(18 años en el Opus Dei)

MADUREZ Y LIBERTAD INTERIOR


En aquellos años aprendí a meditar y a rezar, y un día bello e inolvidable, de aquellas inciertas tentativas, algo nació dentro de mí completamente nuevo, aunque, probablemente, no completamente sobrenatural: estaba en la ribera de un lago, rodeada por un paisaje sereno y tranquilo; me transporté a dos mil años antes y casi veía al Maestro rodeado de sus amigos, hablándoles de su doctrina y llevando adelante la obra de la redención. A raíz de esa "experiencia" hice trabajar mi fantasía sobre el evangelio para mostrar en sugestivas historias a los oídos jóvenes que me escuchaban, la doctrina cristiana. Al hacer extremadamente asequibles y fascinantes las duras exigencias morales que quería transmitir a los que me escuchaban, esperaba que pudieran seguir a Cristo mediante la entrega total en el Opus Dei. Creo que lograba ser muy convincente porque creía firmemente en lo que decía, más que en las exigencias desmesuradas e injustificables, que otros quizá más preparados que yo, ponían alegremente sobre los hombros de los demás. Mi esfuerzo de racionalización resultó irresistible para muchos.

La fuerte propensión al racionalismo cristiano, cimentado por la apologética y sobre la dialéctica teológica que existen en el Opus Dei, acentuó mi tendencia a valorar mi dimensión intelectual en perjuicio de una afectividad cada vez más oprimida e inmadura, que durante mucho tiempo me creó grandes problemas. El apostolado de amistad y confianza se convirtió para mí una verdadera especialidad, puesto que, libre ya de las trabas paternales y justificada por una mayor gloria de Dios, podía y debía tratar y cultivar las más amistades posibles, naturalmente solo femeninas, para acercar a través de mi amistad, el mayor número de personas a Dios.

En suma, el Opus Dei resultó ser perfecto para hacer trabajar mi imaginación y tuve éxito: me dieron encargos cada vez más importantes y llegué muy joven a tener responsabilidades de gobierno a nivel nacional. En los 80, con veinticinco años recién cumplidos, terminada la licenciatura con mención de honor en Filosofía, me dieron el encargo de responsable nacional de las actividades apostólicas de la Obra con las chicas jóvenes.

Por mi padre había sido educada en la obediencia -a él y a la moral católica que me había inculcado-, como a una de las mayores virtudes cristianas, y sobre todo a ver en la desobediencia la raíz de cada desorden y de la imposibilidad de construir algo bueno en la sociedad. De la obediencia a él pasé a obedecer en nombre de un bien mayor, lo que supuso que seguía obedeciendo a otra entidad superior, pero obedeciendo y seguí creyendo que obedecer era lo mejor para aplacar mi 'yo' exigente. Sobre esos criterio se ha basado durante años mi moral. El Opus Dei acentuó esta deformación, y en la formación que recibí, como todas las otras personas de la institución, se enfatizó desmedidamente la importancia doctrinal y ascética de la obediencia, la sumisión total y sin crítica al magisterio eclesiástico (interpretado por el Padre y las indicaciones que éste hacía a los directores y que se basaban principalmente en una doctrina tridentina), la importancia de identificarse con el "buen espíritu" entendido como una jerarquía de valores, un conjunto de normas y de reacciones a las situaciones que acaban por ejercitarse de una manera instintiva.

En el Opus Dei se habla mucho de la libertad de la que gozan los miembros de la asociación. Yo debo reconocer que no he recibido nunca una indicación explícita respeto al partido político a quien votar y la carrera universitaria que estudié tuvo la aprobación de las directoras. Por lo que concierne el trabajo profesional, no lo ejercí nunca exteriormente durante los años que fui numeraria. Y como directora espiritual, evité siempre dar indicaciones concretas sobre el trabajo de las demás. Pero esto no significa que haya sido realmente libre en otros aspectos ni en otros ámbitos, porque los medios que se usan en la obra para controlar las decisiones y los comportamientos de los socios y los simpatizante es otro: el llamado "buen espíritu".

El "buen espíritu" es una especie de ley no escrita que se graba en lo más íntimo de cada uno por la formación impartida incesantemente en la obra. Es transmitida lentamente, de mil pequeñas maneras y detalles que se estratifican dentro de la persona llegando a formar una especie de segunda naturaleza y de una segunda conciencia. Se cultiva con métodos que son muy difíciles de definir: innumerables detalles que tienden a cambiar la forma de ser y de actuar para ser coherentes con el "buen espíritu" e igualmente innumerables, minúsculas (o no tan minúsculas) frustraciones y castigos para cuando no vives esa coherencia con el "buen espíritu". De este modo no hay necesidad de ponerlo por escrito para transmitirlo, y en efecto, los mil criterios y comportamientos de "buen espíritu", en su mayor parte, no están escritos en los documentos oficiales de la obra pero su existencia se mantiene en una especie de tradición oral: son ejemplos que se citan en las lecciones de formación, que practican adecuadamente las personas más integradas en el sistema y que se ponen de ejemplo a las otras. Hay todo un anecdotario de recuerdos, de comportamientos del fundador o de los más antiguos de la obra que se utilizan, dando por implícito, que aquellos comportamientos, aquellas orientaciones mentales, aquellos criterios y aquellos juicios son de "buen espíritu": los que satisfacen al Padre, los que hacen que la obra sea fecunda en sus apostolados, los que llevan a la santidad a la persona que los practica...

Reglas de este tipo, probablemente, se pueden encontrar en muchas otras organizaciones de la Iglesia. Lo que las convierte en criticables es la exagerada intolerancia, más silenciosa e implícita pero drástica, que lleva en el Opus Dei a la inexorable marginación de cualquiera que se aleje de los criterios del "buen espíritu" y esto se hace, paradójicamente, en una organización que tiene en la libertad y en el pluralismo, su estandarte.

De este modo, en la obra, se es prisionero y guardián de la misma prisión. Las personas, si tienen "buen espíritu", ejercen sobre ellos mismos una vigilancia estrecha, son censores despiadados de sus faltas y se convierten en sus propios delatores delante del tribunal de la dirección espiritual con el director laico.

Los directores son, normalmente, las personas que mejor encarnan los criterios del "buen espíritu", operándose así una especie de selección anti natural que hace crecer y prosperar la tipología del numerario que vive y exalta el "buen espíritu": una persona que no se hace nunca preguntas con respecto a la obra; que calla cada duda como si se tratara de una tentación; que rechaza como una infidelidad las individualidades de cada persona... porque lo más importante es la fidelidad al espíritu de la obra.

Estos comportamientos también están muy lejos de la virtud de la sinceridad. Cada virtud -cristiana o humana- para serlo realmente, tiene que estar sustentada en la libertad, no sólo en la libertad de los condicionamientos externos sino también y sobre todo en la misma libertad interior. En el Opus Dei, si se tiene "buen espíritu", esto no sucede así. No se puede prescindir de contar al director o a la directora, en la charla semanal de dirección espiritual, el más mínimo pensamiento que pueda suponer un atentado contra la fe o la pureza o la vocación o una crítica o una intolerancia hacia lo que hacen o dicen los directores o el Prelado.

No es posible ninguna mediación de sentido común en todo ello; los criterios predeterminados están demasiado claros. Cuando a veces he intentado administrar de manera más autónoma mi conciencia, no logré nunca superar un gran remordimiento que nacía a continuación, y al final tenía que volver, de manera compulsiva a la que se llama "la madre buena", a la obra, para encontrar así una especie de momentánea serenidad y paz interior.


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