Querer al personá

From Opus Dei info
Jump to navigationJump to search

Por unonuevo, 17.09.2014


Ya he citado aquí algunas veces (Nunca es triste la verdad… 5 de septiembre de 2014) que en la Obra eché en falta en su momento, y ahora lo veo de forma muy nítida y clara, eso de QUERER AL PERSONÁ (en mayúsculas y negritas).

Pero al hilo del magnífico artículo de Heraldo (AD MENTEM PATRIS. 20/03/2013), que es de los escritos que conviene leer con calma y, si es posible, más de una vez, porque se abordan muchos temas “nucleares” y están perfectamente expresados por Heraldo, quiero aportar una visión complementaria a lo que en ese artículo él comenta...

Cito a Heraldo: “Quien conoce mínimamente los Evangelios sabe que Jesucristo actuaba guiado ante todo por el amor a la persona que tenía delante, mientras que la conciencia escrivariana nos lleva a actuar siempre en beneficio de la Obra-institución, aún a costa de la persona”. Cuatro líneas sin desperdicio, magistrales, en la diana, chapeau... Perdonad si cuento las cosas de modo desordenado porque me vienen (se me agolpan, que diría el cursi) muchos recuerdos a la cabeza.

Cuando a principios del año X de la década de los 80 me planteé mi salida, lo comenté en la charla/confidencia con toda sinceridad, pero reconozco que con escasa argumentación. En sucesivas charlas y en varias conversaciones con directores distintos de la delegación (sólo me faltó hablar con el portero, ahora llamado conserje, del edificio), yo me limitaba a decir que me sentía “ahogado, que me faltaba el aire, que estaba vacío… y que me quería ir”. Para ser sincero, entiendo que esos barandas estuvieran perplejos y algo confundidos con mis, aparentemente, “débiles motivos”. Para evitar que me dieran mucho la barrila, ya me encargaba yo de decir al principio de cada conversación que no había ninguna chavala de por medio. Un director de la dl me soltó, con bastante fuerza, aquello de las penas del infierno, lo desgraciados que son los que se piran (el famoso rejalgar aunque nunca había oído ese palabro hasta entrar en opuslibros)… Le corté en seco, y con cara de pocos amigos, le dije, rotundo, en voz más baja de lo normal (eso cabrea mucho al otro; probadlo) algo así: “Oye, Fulano, yo estoy actuando de buena fe, sigo siendo el mismo que hace dos o tres años, estoy teniendo una paciencia infinita porque he hablado con todos los que me habéis dicho y con alguno varias veces, estoy hasta el moño de repetir lo que pienso una y otra vez, cumplo aceptablemente bien y entero el plan de vida y los encargos apostólicos, doy buen ambiente en mi centro (nunca me ha costado mucho hacer algo el ganso para hacer un poco soportable la vida de los demás; sobre esto, volveré más adelante), curro bien en mi curro… O sea, que te agradecería que no utilices argumentos tan zafios y que afectan al más mínimo sentido común…” Me debió ver con tal cara de cabreo, con tal aplomo… que, amablemente pero muy serio, cortó la conversación en dos minutos. También debo reconocer que el resto de directores de la delegación me trataron correctamente y se limitaban a decirme lo ya conocido por todos vosotros: “pide luces, intensifica la oración, haz un curso de retiro (esto me gustaba menos), abandónate en las manos de Dios, no te tires de la moto (bueno, esto no es literal), etc.”. Así estuve casi un año, charla que te charla y con (santa) tozudez, al final, pedí en la dl 70.000 pelillas para mis primeros gastos de nueva instalación (en mi centro no lo pedí, ni por el forro), que me dieron sin ningún problema porque yo trabajaba en una empresa, me despedí de los de mi casa, de mis supernumeratas (con tres fueron despedidas demasiado emocionantes, porque atravesaban distintas situaciones dolorosas y eso genera abundante cariño mutuo), de mis amiguetes y me fui tan campante a otra ciudad, ya que la versión oficial fue que me habían trasladado en mi curro.

¿Qué produjo ese ahogo, ese faltarme el aire…? Entonces ni yo mismo sabía las causas pero, con el paso de los años y, sobre todo, con lo mucho que he leído aquí, ahora sí que lo tengo muy claro: percibía en aquellos lejanos años (años queridos por mí, no guardo especial resentimiento, porque en el Opus Dei aprendí muchísimas cosas, a veces me lo pasé muy bien, hice grandes amistades, pasé de tarugo intelectuá a ser un poquito menos tarugo intelectuá…), que en el Opus Dei NO SE QUERÍA AL PERSONÁ. Creo que debajo de lo que Heraldo llama “conciencia escrivariana que lleva a poner siempre por delante el bien de la Obra-institución que el bien de la persona”, si se escarba, encontramos un tema que es para quedarse perplejo, confundido, profundamente j…… ¿Cómo gentes que se entregan hasta situaciones heroicas (me impresionó mucho, muchísimo, el testimonio de Novaliólapena (Mi vida: otra historia que tampoco valió la pena, 15 de junio de 2011), que rezan con sinceridad que etc. etc. son capaces -fuimos capaces, aquí lo hemos reconocido muchos- de hacer burradas (hay otra palabra mucho más adecuada en castellano, pero le he prometido a Agustina no poner tacos) al prójimo y no sólo a prójimos lejanos, sino muy cercanos porque son tus padres, tus hermanos de sangre y tus hemmmmanos de la Prelatura…? ¿Qué extraño gap se produce para que gente que en teoría está cerca de Dios trate de ese modo tan salvaje a sus cercanos? ¿Pero no habíamos quedado en que el amor a Dios hace más ancho el corazón para querer a los demás? Corto, que esto empieza a ser una meditación en toda regla y nunca me han gustado los troncos (tenéis una magnífica definición de tronco, tan magnífica que es mía, en Nunca es triste la verdad... 5 de septiembre de 2014).

¿Qué es lo que me pasó a mí en aquel lejano año? Pues sencillamente, y creo que esto fue bastante decisivo, que ese año pasé de la labor de San Rafael a la de San Gabriel (me imagino que porque curraba en una empresa), lo que conlleva, impepinablemente, pasar de convivir con numeratas de veinte – veintitantos años, en un ambiente de cierta alegría (excusiones, cachondeos varios, mucho deporte…) a convivir con numeratas de treinta y muchos a sesenta años, en un ambiente absolutamente distinto, pelín amuermado y bastante coñazo. Yo intentaba animar mucho y, como he dicho antes, hasta hacer un poco el ganso (no tengo que hacer mucho esfuerzo), por varios de mi centro que estaban en situación delicada. No voy a dar pistas por razones evidentes. Pero uno era un tipo de unas 35 primaveras sobre el que me dijeron al llegar al consejo local que llevaba casi dos años con depresiones, tristeza, muchas pastillas, que asistía a las tertulias, con costoso esfuerzo, pero absolutamente mudo… y que apenas si comía. (MariPaz contaba que en situaciones similares se las ingeniaba para sacar, de prisa y corriendo, otro plato de comida que le pudiera gustar más a la persona que ella percibía que lo estaba pasando mal). Pero la nax / numeraria auxiliar que nos atendía maravillosamente y que intentó hacer lo mismo con ese hemmmmano “doliente” no pudo adivinar que el director de mi centro era un auténtico cafre y cortó, radical, ese pequeño detalle de cariño, pienso que para evitar que se extendiera a los demás inquilinos o para cortar con comparaciones y/o piques... O un cura majo, muy leído y viajado, de unos cincuenta y pico tacos, muy cariñoso con la gente (se llevaba a muchos supernumeratas de calle por su modo de tratarles, por eso me recordaba a D. Antonio Ruiz Retegui; algún día escribiré mis vivencias con él. Me enteré aquí de su muerte y de sus difíciles últimos años; q.e.p.d.). Y otro… que da igual, no os voy a aburrir con tantas descripciones. No quiero exagerar: los pinchaos eran tres y el resto, pues más o menos bien. Y claro, el cambio de centro fue para mí un mazazo en plena cara. Los consejos locales eran muy tirantes porque, como ya he dicho, el director era bastante cafre y alguna vez fui a la dl para intentar que me hicieran un poco de caso en temas concretos que afectaban a esos hemmmmanos que lo estaban pasando francamente mal y que, sin querer, nos lo hacían pasar mal a los demás (por lo menos a mí). Pero ese cafre y los de la dl no sólo tenían la “conciencia escrivariana”, sino que, además o quizá sea lo mismo NO QUERÍAN AL PERSONÁ. Toma hipocresía: “Hijos míos, hay que poner el corazón en el suelo para que los demás pisen blando”: Viviendo con numeratas jóvenes conoces un Opus Dei. Cuando te toca vivir von gente de más edad conoces otro Opus Dei porque con el paso de los años se afianza y se enquista la “conciencia escrivariana”. Entonces lo tenía difuso, ahora lo veo mú claro. Por eso, cuándo me preguntaban, campeón ¿qué te pasa?: ¿te molesta obedecer?, ¿no te mola tener que decir al baranda de turno que sales del centro o acompañar a un hemmmano a comprar ropa?, ¿te cuesta entregar cada mes la pasta gansa que ganas?, ¿te picaste cuando el verano pasado te enviamos por las localidades de veraneo a cazar a lazo a supernumeratas que estaban un poco pinchaos, así, a pelo, delante de sus mujeres y de sus hijos? Mi respuesta era que unas de esas cosas son auténticas paridas y otras me costaban; pero que ninguno de ésos eran los motivos de fondo por los que yo quería abandonar esos años que, en realidad son muy especiales: últimos cursos del cuhillerato, estudios universitarios e inicio de una carrera profesional. Ahora doy muchas gracias a Dios, porque si en aquel entonces hubiera percibido esto y hubiera dicho que me piraba porque en la Obra NO SE QUIERE AL PERSONÁ, no sé qué reacción hubieran tenido los directores, ni cómo hubiera actuado yo (quizá dando un portazo en las narices y montando un pequeño pollo, pero esto no me mola: era y soy un tío tranquilo y paciente).

Aquí se han contado, muchas veces, vivencias que ponen los pelos de punta hasta a un calvo bola de billar: numerarias auxiliares explotadas hasta el agotamiento, sin ver a su verdadera y única familia durante tropecientos años, con depresiones serias, apastilladas, a las que ninguna de sus queridísimas hemmmanas le subían la comida (a lo mejor, o mejor dicho, a lo peor, también esas directoras eran una cafres y daban órdenes taxativas: prohibido llevar la comida a Zutanita…) (toma hipocresía: “Hijos míos, por un hemmmmmano vuestro que está enfermo yo sería capaz de robar hasta un pedacico de cielo”). Pero sobre la sección femenina, la “nuestra” no la de Falange Española, ya escribiré otro día (puff, se me acumulan los temas). O un queridísimo amigo mío, que a principios de los 80 me citó en una terraza para libar unas birras y me soltó, sin yo esperarlo y a bocajarro: “unonuevo, quiero informarte de que me piro (vampiro, esto es un añadido mío) porque he descubierto, recientemente y de modo muy contundente, que la Obra no es una familia ni para mí ni para nadie (éste sí que lo tuvo claro; no como yo). El problema que tengo es que voy a dar un buen disgusto a mi anciana madre y que me tengo que buscar la vida, a mi edad”. (Añado que llevaba unos años con “cargo” en una delegación, nunca había ejercido su carrera y tuvo que reciclarse, urgentemente, en una profesión de Ciencias). Otro, y en éste me voy a extender un poquito más. Un numerata con el que hice muy buenas migas (eso que ellos llaman en extraña jerga “una amistad particular”, pero a mí nunca me hicieron la “oportuna” cof / corrección fraterna, ni me comentaron nada; mejor, porque me la hubiera pasado por el forro de los… pantalones) que le llamaron a la dl para informarle, con unos “santos güevos” (perdón, se me ha escapado), que, ¡después de unos quince años! debía abandonar los trabajos internos y buscarse un curro… Fue una escena dantesca: el pobre Zutanito nos contó en la tertulia, con una sonrisa que quería ser natural pero, ¡qué remedio! le salió forzada, la injusta decisión (tenía “muy buen espíritu” y un aguante a prueba de bombas nucleares). Encima, tuvo que soportar, impertérrito pero medio sonriente, que un hemmmmano nuestro, muy tontolaba (por no decir otro adjetivo más fuerte) y bastante más joven que el otro, se permitiera el lujo de, en plena tertulia, darle consejitos y orientaciones para encontrar un curro; p’a matarlo en pleno sofá. El sábado o domingo siguiente, en eso tan cursi que llaman “paseo semanal”, me dijo, literal: “unonuevo, estoy acongojado (ya me entendéis), ¿a dónde coño me dirijo yo para hacer gestiones de curro?, ¿cómo me pongo al día de mi profesión después de quince años?, ¿qué puedo poner en mi curriculum o contestar en una entrevista de trabajo cuando me pregunten en qué he trabajado o a qué me he dedicado en estos años? Puff, yo lo pasé muy mal porque tocaba su angustia y su sufrimiento; reconozco que me faltaron balones (de nuevo, ya me entendéis) para ir a la dl y partirle la cara al baranda de San Miguel o al baranda ídem de la cr / comisión regional o al de Villa Tevere… Para que no os quedéis intrigados, os cuento que, después de dos o tres semanas enviando curriculums, haciendo gestiones y llegando al centro a comer muy derrengado, aunque intentaba disimularlo, “alguien” (nunca lo supe, ni le pregunté) le enchufó como colaborador externo en una empresa propiedad de un supernumerata (típico, ¿verdad?). No sé cómo acabó esta triste y lamentable historia, especialmente para el numerata pero también para el supernumerata -me temo que nada bien- porque lo que había estudiado mi buen amiguete hace veinticinco años era una carrera técnica, muy especializada, precisamente con no muy buenas notas porque lo tuvo que simultanear con cargos internos mientras hacía el ce / centro de estudios; vamos que desde los 17 añitos en que Zutanito acabó el PREU, la vida de Zutanito fue pringar en tareas internas. Zutanito, si ya estás en el otro barrio o cuando accedas a él dentro de unos años, como seguro que desde allá arriba leerás opuslibros, te envío un fortísimo abrazo, y si tengo la enorme chamba de poder estar allí después de espicharla, ya me contarás, haciendo el “paseo semanal” por una nube y con un buen par de enormes jarras de cerveza, (Miguel Delibes cuenta que su “cielo” sería estar todo el puñetero día cazando y abatiendo tropecientos bicharracos; yo soy más humilde y, por ello, me conformo con menos), cómo acabó esa historia y que fue de tu vida en el Opus Dei o fuera del Opus Dei.

Termino ya, porque, como siempre, me estoy enrollando mucho y al contrario de lo que decís algunos aquí (eso de “me estoy divirtiendo mucho”, creo que el copyright es de Santa Teresa de Jesús; me imagino que veis que manejo con soltura un puñao de idiomas), yo lo estoy pasando un poquito mal, aunque reconozco, también lo habéis dicho muchos aquí, que recordar y escribir estas vivencias es una magnífica terapia.

Cuando dediqué unas líneas, a las increíbles declaraciones del Prelado Echevarría que nos contó Josef Knecht (El debate sobre la paternidad responsable 10 septiembre 2014) en relación a impureza antes de casarse = hijos discapacitados (¡puff!) ya os previne que os iba a dar mucho la barrila con San Juan Pablo II. Al grano. Era absolutamente llamativa la mirada de profundo cariño que te dirigía, incluso cuando estaba enormemente cansado por jornadas agotadoras, o, años antes de su muerte, cuando estaba profundamente enfermo. Tengo guardadas en mi retina, muy nítidas (lugares, situaciones…), las que me dirigió a mí en diversas ocasiones. Pero lo que ya era la milk, eran sus miradas profundas, cariñosísimas, penetrantes… cuando se cruzaba -aceleraba el paso, iba “flechao”- con un “discapacitado” o un enfermo al que se dirigía flechado. Ni te cuento si, además, era un niño o chaval joven… En estas situaciones, reconozco que no me podía controlar y -en España se dice así- lloraba a moco tendido, pero -puñetera vergüenza- lo disimulaba con un pañuelo haciéndome el duro y el machote. O cómo se volcaba en los actos con los enfermos, que él mandaba organizar, en sus decenas de viajes internacionales (104 para ser exactos + docenas de visitas a las diocésis italianas). En dos palabras, que diría er Jesulín de Ubrique: I-ne-na-rra-ble. Pues ¡hala!, he aquí un magnífico ejemplo para todos -Opus y no Opus- de un ser humano -absolutamente excepcional- que sí QUERÍA AL PERSONÁ, a tope (como la COPE).

Y por último, ya de verdad, en estas páginas de libertad descubres a magníficas plumas -ahora, lo correcto, sería decir “magníficos teclados”-; expertísimos historiadores que dedican muchas horas a investigá lo del marquesado, lo de los sucesivos cambios de nombre del P. Escrivá, lo de sus pretensiones de ser nombrado Obispo; otros que tienen la paciencia, esta sí que es santa, de comparar Vademécums, Instrucciones, Cuadernos y demás escritos palizas; aquel que se ha fijado -y pone fotos- en un escudo sospechosamente idéntico al de “ellos” en una reja, creo que del monasterio de El Escorial; otro que te describe con tal lujo de detalles el oratorio del “Padre” que lo estás viendo delante de tus ojos; sesudos intelectuales, que envían larguísimas, interesantísimas y trabajadísimas colaboraciones; un gachó que se ha tomado la molestia de comprobar cuándo una iglesia concreta de los Madriles celebra esa fiesta que lleva su nombre y, por ello, toca sus campanas (coño, no lo celebraba el 2 de octubre como nos habían contado) y si es factible que se oigan las susodichas desde x metros que la separan de la calle García de Paredes; cachondos integrales que, entre coña y coña, desternillantes e hilarantes, con un agudo sentido de la realidad y con un “magnífico teclado”, escriben verdades como puños; etc., etc. A todos, muchas gracias. Pero a mí lo que más me mola, me encanta, me “sulibeya” que decía una canción carroza de Carlos Mejía (son tus perjúmenes mujer, los que me sulibeyan, tralará, tralará) es cuando me topo con un escrito, y aquí hay p’a dar y tomar, que denota ternura, apoyo, comprensión, sensibilidad enorme con los que escriben dolidos o confusos… en definitiva, orejas que, de verdad, demuestran que QUIEREN AL PERSONÁ. Y eso, ¡vaya si se nota en cuanto lees las tres primeras líneas!

Pues como dice una de mis hijas al despedirse, ¡con Dió! (no sé dónde lo habrá oído porque es frase antigua, en desuso y de zonas profundas de la España real, pero a mí me encanta la expresión).





Original