Pertenecí a un sistema ideológico?

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Por Castalio, 15 de agosto de 2007


La ideología es un concepto que acuñó el francés Destutt de Tracy a principios del siglo XIX. La palabra parece provenir del griego, y se refiere a los ídolos o falsas apreciaciones de Dios. Pero para De Tracy, significa una reordenación general del lenguaje y de los códigos de comprensión del mundo. Él aconsejaba que la indoctrinación política de los pueblos (especialmente la revolucionaria de 1789) se hiciera a través de la enseñanza de una gramática controlada por el Estado.

La ideología se vale para ello de dispositivos simbólicos orientados a crear atmósferas favorables o adversas, según convenga a una causa política determinada. Para ello se crean e imponen cantos, emblemas y divisas, mitos, rituales, calendarios, héroes y otros instrumentos artificiales que sirven como anteojos para el común de la gente. Pero sobre todo, se controla el uso del lenguaje cotidiano. Se proscriben palabras y expresiones, se interviene en la determinación de sus contenidos semánticos y se fiscalizan los modos como se comunican las personas en reuniones sociales e incluso en el diálogo privado y amistoso.

A partir de los años de la posguerra las ideologías cobraron nueva vida. Quizá porque de algún modo sustituyeron a los enfrentamientos violentos entre los diversos pueblos. Fue así como el espionaje se convirtió en la nueva armadura de los sistemas políticos de izquierda y de derecha. La persuasión disimulada, los juegos de decodificación de claves y los lenguajes crípticos, formaron parte fundamental del aparato ideológico con que contaron los países en la guerra fría. Las policías secretas, los informes clasificados sobre la actividad diaria de los ciudadanos, las redes de informantes y las detecciones de mensajes ocultos, estuvieron a la orden del día...

Fue en esa época cuando san José María Escrivá de Balaguer se manifestó como un gran legislador y constructor de sistemas. Abandonó aquella imagen de fundador carismático, idealista y obsequioso, que sólo hablaba de Dios, y que es como le conocemos en la gesta del paso por los Pirineos y en los primeros años de la reconstrucción de España, para asumir el papel de arquitecto de una ideología. La Obra pasaba así de un periodo de derecho agraz y carismático a una etapa de institucionalización y formalización jurídica crecientes. La exigencia se fue haciendo mayor en aquellas primeras reuniones del fundador con delegados y directores de comisiones regionales, en las que les exigía con dureza ceñirse a sus esquemas comunicativos; les explicaba claves y sistemas clasificatorios y de reserva para el uso de la información, formas de decir las cosas en las notas y cartas, así como los criterios competenciales de las diversas instancias de gobierno.

Sin duda alguna el fundador recibió la influencia de su entorno, en el que imperaba la ley de la sospecha y el doble lenguaje. Adoptó medidas que son típicamente ideológicas, y que en no pocas ocasiones rayaban en el espionaje característico de los gobiernos y grupos de poder de entonces. Para el común de los miembros (que no ocupaban cargos de gobierno) la nueva etapa formalista se manifestó en un aumento de medidas disciplinares y conductuales que pueden quedar resumidas en una expresión muy característica de la Obra: el tono humano.

Efectivamente, el tono humano es más que urbanidad en el comedor o fineza en el trato personal. Es un modo de conducirse que obedece a unas reglas preventivas de la conducta contenidas en un sinnúmero de documentos de gobierno. Por lo general se expresa en criterios tendentes a configurar un modo de ser. El tono humano tal como se entiende y practica en la Obra implica comportamientos y formas de decir, de expresarse, de saludar, de recibir visitantes en los centros, de responder a las críticas, de sonreír al enemigo y al hostil, de hablar entre los miembros, de conversar en las tertulias y en el comedor, de vestir, de ordenar las cosas personales, de tratar a los amigos y familiares, e incluso de dormir y de ducharse por la mañana.

Es suficiente con leer 1984 de Orwell o El Juego de los abalorios de Hesse, para hacernos una idea bastante de la enorme cantidad de elementos ideológicos que implica la conservación del tono humano. Pero de esto ya hablaré en una próxima ocasión.

Por ahora me es suficiente con señalar que, en lo personal y a pesar de lo evidente de sus rasgos ideológicos, considero que la Obra no es un sistema puramente ideológico. Como he dicho, contiene elementos ideológicos, pero creo que su realidad eclesiológica y teológica es mucho más compleja que eso. Así pues, si alguien se siente triste o abatido por pensar que pasó pocos o muchos años de su vida sometido a un sistema ideológico desarrollado a la sombra de la Iglesia, creo que se equivoca. No es así. Aunque en la Obra se disimula y se miente en algunos aspectos, no creo que pueda ser calificada esencialmente de una gran mentira. Pertenecimos a un movimiento cuya naturaleza es de una enorme complejidad, y parece que merece la pena detenernos en ello antes de dictar sentencia de cosa juzgada sobre nuestro terrible pasado.

La carga ideológica e ideologizante del Opus Dei, es tan evidente como lo es la que en su tiempo tuvieron los jesuitas o los oratorianos, que adoptaron los modos de conducirse de las cortes barrocas de Europa. Pero sería injusto y poco apegado a la historia afirmar que en ello se agotaba su actividad evangélica y pastoral. Y algo similar puede decirse de la Obra. Es evidente que muchas de las disposiciones disciplinares y de gobierno fueron tomadas por el fundador del modelo benedictino, de los usos del monacato, de las costumbres de las órdenes mendicantes, y especialmente de la Compañía de Jesús, así como de los movimientos religiosos laicales de su tiempo. Hay incluso elementos que pueden remontarse sin demasiada imaginación a los Caballeros Templarios y a las logias de la masonería.

Por otra parte, la mayoría de estos componentes ideológicos en la Prelatura, se reflejan en la disciplina y en esa tendencia a hacer de la vida espiritual un sistema clausurado, autorreferencial y hermético.

La sistematización y sus formas racionales han ido aumentando con el paso de los años. La fidelidad al espíritu fundacional se expresa a través de la creación de más reglas destinadas a prevenir cualquier fisura en el edificio institucional. A esto hay que añadir cierto espíritu empresarial que se ha introducido en un buen número de los que gobiernan, que les lleva a buscar la eficacia por medio de un aumento de abreviaturas procedimentales, del cuidado extremo de la nomenclatura y de los controles por medio de estadísticas y otras formas de medición y cálculo, que vienen a fortalecer la ideologización institucional. Es así como los directores de la Obra han caído en el burocratismo más lamentable que haya registrado una institución en la Historia de la Iglesia. Ni la misma Compañía de Jesús llegó a esos excesos. Y eso es decir mucho.

En suma, la ideología y su rémora, el burocratismo, no lo son todo en la Obra, si bien su adopción como forma de gobierno ha hecho un daño enorme. A partir de mi experiencia puedo decir que con el paso de los años me fui alejando de la institución, no por decepción, sino porque seguía pensando en que algún día volverían aquellos tiempos en que había imperado el espíritu sobre la letra. Pero al final hube de aceptar que me había vuelto un reaccionario del Opus Dei. Quizá no supe distinguir los signos de los tiempos. La institución se había vuelto tan organizada, tan extraordinariamente sistemática, que se olvidaron de aquella máxima fundacional de que la Obra era y debía ser una organización desorganizada. Consecuentemente, dejaron de lado la primacía de la gracia en aquellas labores que por su naturaleza no han de depender de los hombres (y sus sistemas ideológicos) sino de la acción providencial de Dios. Lo más duro, por sus consecuencias quizá irreversibles, es que la organización se volvió tan sofisticada que cayó, primero, en una profunda crisis de gobernabilidad, y más tarde, evidentemente, de gobierno.

La ideología de la Obra es un sistema inconsciente que no admite discrepancias ni disconformidades; a las sugerencias y comentarios para la mejora de sus prácticas apostólicas o de gobierno les llaman crítica, o más aun espíritu crítico, cuando no falta de unidad (el crimen más grande e imperdonable en un sistema ideológico). La Obra, sin embargo, aún mantiene elementos que no son ideológicos –cada vez menos–, por lo general debido al sentido común de algunos numerarios y sacerdotes escépticos y marginados que intuyen que algo pasa. Pero mientras siga gobernada por personas que dicen haber hecho doctorados en Roma y no hicieron sino estudios al vapor; por personas con una visión poco eclesiológica y casi nada teológica, por profesionales de la administración y la optimización de recursos ajenos a la cultura y a la realidad, la institución que tanto bien pudo haber hecho a la Iglesia, se irá en picada por el camino del pelagianismo moral y de las prácticas disciplinares sin más objetivo que su cumplimiento y apego a la letra muerta de la ley.

El problema más grave, como dice Ratzinger, es que estas formas de sistematización ideológica del cristianismo y de la fe (llamadas genéricamente pelagianismo) terminan por olvidar la esperanza cristiana, basada en la primacía de la gracia, para exaltar un optimismo humano, basado en la confianza en sus dispositivos de control de la vida y el pensamiento. Por ello, ante la terrible crisis por la que atraviesa la Obra (evidente para cualquier persona con un mínimo de libertad de conciencia y de criterio), los que la dirigen se obstinan en afirmar que su sistema ideológico, cumplido a pie juntillas, será su tabla de salvación.

Quizá muchos de los que aquí escriben y de los que leen estas páginas entendieron y entienden mejor que muchos directores el espíritu evangélico que subyace en la ideología del Opus Dei. Por eso he dicho que no formamos parte de un sistema ideológico ni necesariamente estuvimos alienados en él, sino que el trato con Dios y la lectura del Evangelio, así como las experiencias personales en las diversas labores, nos llevó a rebelarnos contra lo que nos parecía, con justicia, triunfalismo basado en la ideología y en la creciente sistematización de la fe, a través de estrategias e instrumentos meramente humanos.




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