Otro más que se fue (Perú)

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Por GM, 15.09.2008


Este primer testimonio va dirigido a los peruanos que están frecuentando los centros, sobre todo a los que ya “pitaron”, llevan poco tiempo en el Opus y están empezado a tener dudas y a analizar las cosas de manera crítica y que obviamente no pueden discutirlas abiertamente con los otros de la obra sino que deben llevar el tema de manera silenciosa y callada. No eres el único, todos hemos pasado por eso pensando que somos los únicos con esas dudas en la cabeza.

Conocí Opuslibros en internet y ya no visitaba la página hasta que el mes pasado me enteré de la salida de Nico Wong (una raya más al tigre). Tantos casos está habiendo que ya no me sorprende cuando alguien con muchos años en el Opus finalmente se va...

Puse el nombre de Perú para llamar la atención de los peruanos que leen Opuslibros comenzando por la comisión regional y del encargado de AOP, pues con toda seguridad son los primeros en leer la página. Y después para animar a los otros peruanos que se han ido a que digan algo. A los que como yo conocieron y pasaron tiempo con el Opus en centros como Los Andes, Saeta, Tradiciones, La Colina, Vallegrande, etc.

Mi historia es como la de todos, que siendo estudiante, fui por primera vez al centro de la obra a la meditación de fin de semana para muchachos. Estaba alejado de la religión pero me gustó la manera de hablar del cura, a oscuras con su mesita y lamparita. Y también lo buena gente que era el pata que me “trataba”, lo cual en la jerga interna quiere decir, el que me iba enseñando las cosas de la obra. Lo demás se deduce, poco a poco: cogí el “plan de vida” en cuestión de semanas, a los pocos meses “agarré viada”, y finalmente “pité”.

Pero lo más importante es: POR QUÉ ME FUI

El Opus es un universo de cosas y debo decir que nadie me ha contado nada. Yo mismo lo viví todo de principio a fin. Con mis ojos lo vi todo, con mis oídos lo escuché todo. En esta ocasión sólo mencionaré las ideas principales y en otra ocasión espero contar detalles y hasta anécdotas.

DIRECTO AL GRANO:

  1. Me fui porque no era feliz. Así de simple. Para pertenecer a algo hay que estar muy contento y vivir muy tranquilo con lo que uno es. En el balance total yo no tenía ninguna de las dos cosas.
  2. Me fui porque no era libre. Te repiten cientos de veces que eres muy libre, que eres del Opus Dei porque “te da la gana”, que tienes la libertad “de los hijos de Dios” y todo. La realidad es otra: El Opus intenta controlar la vida y calendarizar el tiempo de la persona hasta el límite. Los que no pertenecen al Opus lo encuentran difícil de creer porque no lo han vivido y dicen que mentimos. No importa. Porque este testimonio lo dedico a los que siguen adentro y necesitan despejar sus dudas. Tú, que sigues adentro, sabes a qué me refiero con control excesivo. Tú me entiendes pues lo vives, te incomoda, te parece demasiado y tienes dudas de contarlo o quejarte abiertamente pero no puedes por el temor y atrevimiento que significaría. Esa manera de vivir hace sufrir en silencio a todos.
  3. Me fui porque no era ningún cristiano “común y corriente”. No hay manera de que uno lo sea con todo lo que la obra intenta hacer de uno: una persona que no debe pensar por sí misma sino que debe someter su voluntad a la de la obra. Todo lo debe someter a criterio de la obra. Consultar todo, pedir permiso para todo. Llega un momento en que cuando piensas por ti mismo, sientes que estás obrando mal porque crees que todo lo que haces debería contar con aprobación de los directores.
  4. Me fui porque la doctrina de la Obra se contradice. Con mi sentido común vi que los contenidos de las charlas, meditaciones, círculos e incluso lecturas y cartas se contradecían. Lo que en algún momento justificaba una cosa luego contradecía otra. Esto sólo lo pueden notar los que han estado por lo menos año y medio adentro. Repito, no soy ni nunca seré experto en cosas de doctrina. Me di cuenta de esto simplemente con mi sentido común: viendo y escuchando. Hay decenas de ejemplos pero algunos son:
    1. Las normas. Se aprende desde el comienzo y con mucha firmeza que Las normas son lo primero, lo más vital del día. Sin embargo en otras ocasiones quienes dicen eso en otras oportunidades bajan el tono de tal afirmación para decir que las normas son tan sólo medios. No son sólo palabras. Esto está en material escrito y lo he leído. Dependiendo de la situación se usa el concepto que más se adecúe al momento. Resultado: Confusión porque no sabes finalmente qué es qué.
    2. No somos como los demás. Somos los demás. Mentira. Ya lo dije antes. Hacia afuera hay que proyectar la imagen de que no pasa nada, de que todo es muy normal. Hacia adentro, ya conocemos la manera en la que la obra quiere ser dueña de todo nuestro tiempo y todas nuestras acciones.

Tengo mil cosas más por contar pero esta primera entrega la voy a detener aquí para no aburrir y para que lean lo que pienso mandar en una próxima oportunidad. Quiero decir que si hubo buenos momentos con el Opus fueron cuando NO era miembro, cuando era sólo un pata que iba por el centro a escuchar su meditación y a hacer un poco de vida social y de vez en cuando alguna que otra actividad. Estando adentro las cosas cambian.

Lo que más me descuadra es por qué a tantos les ha tomado muchos años o varias décadas el darse cuenta de cómo era en realidad la vaina mientras que a mí y a otros más sólo cuestión de meses. En mi opinión ha sido el libre y fácil acceso a la información que hoy tenemos. Ahora todo se sabe, todo está a la mano y es imposible ocultar la verdad. Es muy cierto que “LA VERDAD OS HARA LIBRES”.

Cuando ya no queda nada

Recuerdo mi último día en el Opus. Fue el día del círculo, un día cualquiera y para nada un día de fiesta tipo “A” o “B” o “C” como les llaman en el Opus a aquellos días en los que recuerdan algún suceso especial de la historia de la obra no sólo en los aspectos jurídicos de la institución como la primera aprobación llamada “Pía Unión” o la erección de la prelatura en 1982 sino también eventos particulares como el matrimonio de los “abuelos” (los padres de Escrivá) , el fallecimiento de “Tía Carmen” (la hermana de Escrivá), o el aniversario de su llegada al Perú en 1974. Dependiendo del grado de importancia de la fecha se le asigna un nivel, C, B, o el más alto, “A”, en el cual es permitido no llevar el cilicio ni usar la disciplina.

El último día en el Opus no llega después de haberlo discutido con la almohada el día anterior ni después de haberlo pensado bien el fin de semana. El último día en el Opus se hace esperar, llega lentamente tras una solitaria agonía de mucho, mucho tiempo en las que la misma obra, con su pétreo e inflexible sistema se ha encargado de martillar de a pocos la ilusión inicial de la “entrega total” hasta erosionarla por completo y no dejar nada. En el último día en el Opus no queda más que hastío, hartazgo y las mismas ganas de apagar la luz y cerrar la puerta de la manera más simple como cuando sales de la oficina el viernes por la tarde a disfrutar el fin de semana.

Ese día la presión sicológica de la “traición a la vocación” que tiempo atrás era un motivo de retención efectivo muy usado en meditaciones y charlas para hacerte sentir que si lo hacías ibas a ser un alma descarriada, un ingrato que le dio la espalda a Dios y todo eso ya no da miedo ni crea dudas existenciales. Simplemente ya no es nada y sólo te preguntas cómo pudiste comerte el cuento tanto tiempo. ¿Y por qué lo llaman “traición”? Jurídicamente está contemplado todo el procedimiento de salida y consta en los documentos como el catecismo de la obra y Escrivá mismo lo dice en una de sus tertulias que a los que se van hay que tratarlos “con mucho cariño” ¿Entonces por qué los sacerdotes en sus meditaciones y los numerarios en sus charlas usan tan repetidamente esa palabra tan fea “traición”? ¿Cariño es convertir al que se fue en una especie de ser que nunca existió cuyo nombre y persona no vuelven a ser mencionados en ninguna circunstancia?

En el último día en el Opus todas las cosas que escuchaste en las meditaciones y charlas que en su momento tomabas como verdades absolutas a ser llevadas a la oración y al examen de conciencia para reflexionar cuán poco entregado eras ahora se han reducido a simple floro, chamullo, que ya no tiene valor espiritual pero sí como bibliografía y como material de referencia para escribir en el futuro sobre tus vivencias para que otros como tú se enteren de lo que pasaste siendo miembro de la obra en tu mismo país, Perú, y que sepan que no son los primeros ni los únicos en sufrir dentro de la obra. Si estás leyendo está página inquieto y desesperado por tratar de encontrar entre tantos escritos alguien con quien identificarte, entérate que antes que tú hubo otros que pasaron por los mismos centros, las mismas casas de convivencias, los mismos partidos de fútbol con su respectiva pausa para el Angelus, las mismas conferencias, los mismos conflictos con la familia.

El último día en el Opus, del cual no vale la pena ni acordarse la fecha exacta, todos tus hermanos “de vínculo sobrenatural” con vínculo “mayor que la sangre” lo serán sólo hasta ese día. Súbitamente aquel vínculo supuestamente tan fuerte y tan sobrenatural desaparecerá por completo para convertirse a partir del día siguiente en nada porque no existirás para ellos. Y entonces te darás cuenta que la familia llamada “de sangre” siempre fue la única y verdadera familia que tuviste y que el vínculo de sangre y genes que te une a tus padres y hermanos es más fuerte que todo y que no desaparece jamás porque aún después de muertos el ADN de dos cadáveres puede hablar del vínculo entre padre e hijo, hermano y hermana, madre e hija.

El último día en el Opus ya no hay nada más que hablar con los directores ni con el cura del centro, a quienes dijiste lo que pensabas y quienes obviamente nunca iban a aceptar tus argumentos porque no están para eso. Para ellos no hay argumento que valga, no sueltan prenda, no hay motivo para dejar la obra, porque para ellos tú siempre eres el que está equivocado, confundido, desorientado. La obra nunca.

Recuerdo que durante el último círculo, y como ya venía siendo la tónica en las últimas semanas, el estar allí fue sólo estar de cuerpo presente calentando un asiento mientras las palabras del que dirigía la charla entraban por un oído y no encontraban resistencia alguna para salir por el otro. Mirando las caras serias de todos, aquellos rostros serios, casi de velorio de pariente lejano que hay que poner en los círculos, me di cuenta de que sería la última vez que los vería y así ha sido desde entonces. No he vuelto a ver a ninguno de los que allí estaban. Mi última reflexión sobre ellos es que no son malas personas. Porque en mi percepción en la obra el problema no son tanto las personas pero sí el sistema principalmente. El sistema. El sistema.

Y entonces llega el momento final. Preparo todas mis cosas para salir de la casa y me alisto. Bajo las escaleras y salgo y camino con naturalidad sin mirar atrás. No hay ninguna pena ni ninguna tristeza.

Se acabó. Todo quedó atrás.

La otra sección

Obviamente como hombre, apenas sabía de la sección femenina. Sabía que existía y que estaba completamente separada de la de varones. Y esa instrucción rígida de los 5000 Km de distancia convertía cualquier cosa sobre ellas en un tema que despertaba curiosidad. Porque somos así: lo que está prohibido siempre despierta mayor interés, mayor curiosidad. Me la imaginaba la misma cosa que la de varones sólo que con faldas (debajo de la rodilla por supuesto) o pantalón bombacho, como una vez me dijo uno “de casa” ya mayor, de forma sarcástica y cachacienta, refiriéndose al estereotipo que él tenía de una numeraria y su forma de vestir.

En esta ocasión tan sólo deseo hacer un escrito ligero y colocar algunos recuerdos de mis encuentros, anécdotas y enojos con “ellas”...

Encuentro 1

Una vez estaba bajando las escaleras desde el segundo piso del centro de estudios Los Andes hacia el primer piso cuando en eso comenzó a sonar el teléfono. Los teléfonos allí son viejazos, años ‘70, de los que hay que discar para llamar. Pero como todavía funcionan seguramente permanecerán allí por pobreza, funcionando hasta que sus partículas se desintegren de vejez.

Yo bajaba la escalera a paso normal mientras el teléfono seguía sonando y no tenía ganas ni interés en contestar. Al terminar de bajar la escalera con un veloz salto de pronto me encontré cara a cara con la numeraria auxiliar quien acababa de salir de la portería para contestar el teléfono. Lo primero que vi en ella fue la cara de desconcierto de la pobre mujer quien seguro no esperó un encuentro súbito así. Al mirarme se detuvo y dio un paso atrás con miedo como si hubiera visto al cuco. Y es que casi, casi eso era yo. Físicamente a tan sólo 3 losetas de distancia pero mental y sicológicamente a 5000 kilómetros. Y ella con un uniforme súper recatado de blusa holgada de cuello alto, manga larga y falda suelta, debajo de la rodilla por supuesto. Y pantimedias para cubrir las pantorrillas. Para que no se vea nada de piel.

Encuentro 2

Fue durante el curso anual en Vallegrande, Cañete. Por algún motivo me equivoqué dos veces con la hora en la que debía abandonar mi cuarto para que entraran las de limpieza. La primera vez no me di cuenta de la hora y estando en mi cuarto empecé a oír voces femeninas acercándose. “¿Y ahora qué hago?” Sólo se me ocurrió encerrarme en la habitación. Escuché que la auxiliar quiso entrar pero se encontró con el pestillo de la puerta bloqueándola. No pasó nada más que aburrirme una hora adentro hasta esperar el momento en que se fueran y no contar nada a nadie.

La segunda vez, sin darme cuenta había llegado la hora de dejar las habitaciones y otra vez no había salido. Pero esta vez pensé que si caminaba rápido y bajaba las escaleras sin ruido para salir no pasaría nada. Después de pensarlo y repensarlo unos minutos así lo hice y fui rápido hacia la escalera con éxito. Nadie me vio porque ellas estaban dentro de las habitaciones limpiando. Bajé escalón por escalón y todo bien solapa hasta el último piso cuando me di cuenta que justo al pie de la escalera había una mujer acomodando bateas de ropa. Para entonces era imposible disimular que alguien estaba bajando la escalera porque los escalones de madera crujían. La auxiliar, una mujer vieja y bastante fea, me miró con asombro y estupefacta y en silencio contempló cómo yo terminaba de bajar la escalera tranquilamente, de la manera más fresca y natural, pasaba a su lado, quitaba el seguro de la puerta que ella había puesto y me iba con toda paz. Fue lo único que me quedaba. Ser un desvergonzado. ¿Qué habrá pensado? No sé.

Mini encuentro 1

Sucedió brevemente en un pasillo mientras una numeraria auxiliar, con traje negro de doncella, colocaba algunos bocaditos y agua. Por algún motivo estaba yo en el pasillo y ella me miró, pero no con la típica mirada inexpresiva y hasta asustadiza de las auxiliares cuando ven a un hombre, sino con toda normalidad y hasta podría jurar que se quería reír, a mi parecer, de lo gracioso que se veía en ese traje de sirvienta del siglo XIX. Fueron unos pocos segundos pero su mirada de ingenuidad y de “mírame y ríete de lo huachafa que me veo” justifica este pequeño párrafo que inicialmente no pensaba incluir.

Enojo 1

De las labores de las auxiliares las más duras deben ser las de la lavandería. Recuerdo que al momento de instalarme lo primero que me dijo el director fue que entregara mi ropa para que fuera marcada y así identificar mis prendas. Y que fuera ropa limpia pues obviamente es de lo más chacra entregar ropa sucia para eso.

Nunca tuve problemas entregando mi bolsa de ropa sucia y recibiendo todo muy limpio y planchado sobre mi cama pero una vez mi mejor camisa desapareció y no recibí ninguna explicación. Se lo dije al director para que les avisara pero ellas no respondieron. Pasaban las semanas y silencio total de parte de ellas. En teoría nada se debe perder y puedo entender que entre tanta ropa haya una confusión. Pero en mi caso, nada, ni siquiera una disculpa diciendo que se había perdido, que lo sentían, y que harían lo posible por encontrarla. Nada de nada. Así no es pues. Me queda hasta la ahora la duda de si es que alguna de ellas se la quedó para algún hermano necesitado porque la camisa era de muy buena calidad y muy cómoda y no he encontrado desde entonces una igual.

Anécdota 1

Ya se sabe que cuando salen de la cocina a servir la comida con su uniforme de doncellas típico de embajada inglesa nunca nos dirigirán ni una sola palabra. Transportarán bandejas y platos y servirán los alimentos en completo silencio y con mirada seria. Creo que por sus mentes quizá pasen pensamientos de saber cómo somos pues a pesar de no hablarnos nunca ellas nos conocen muchísimo y nosotros nada a ellas. Ellas conocen nuestros cuartos, saben qué sábanas tenemos en nuestras camas, qué alimentos nos caen mal y hasta qué calzoncillos usamos. Y de qué marca.

Por eso esa incomunicación total es extraña. La escena más tirada de los pelos que he visto es cuando estamos todos en el comedor y sucede que es el cumpleaños de alguno de los que vive en la casa y entonces al momento del postre sale de la cocina la numeraria auxiliar cargando un colorido pastel de cumpleaños con velas encendidas ante los aplausos de todos y dirigiéndose al cumpleañero. Pero la mujer tiene las expresiones borradas del rostro y sin emociones. Sí pues, 5000 Km. Creo que no hay otro lugar en el mundo donde se vea a alguien cargar una torta de cumpleaños con cara de piedra.

Pero reconozco que la comida era muy buena, algo que todas las mujeres peruanas hacen bien y con mucha naturalidad gracias a nuestra fantástica y espléndida gastronomía.

Anécdota 2

Una vez fui testigo de una escena que sería muy natural para cualquier persona pero no para alguien de la obra: un numerario y una numeraria conversando entre ellos de cosas de la obra. Yo los escuché porque sucedió en un salón de clase que se estaba desocupando para un evento. El numerario le recomendaba a la señora que consideraran la opción de utilizar la casa de convivencias y retiros Sierralta, en Chaclacayo, para una actividad que planeaban hacer y le insistía que les convendría mucho para lo que tenían pensado y demás mientras la señora le contaba que ya lo tenían pensado en Miralba y bla bla. (¿Cómo sabía un numerario los detalles de las actividades de un centro de mujeres?) No escuché más porque iba a ser muy obvio. ¿Y los 5000 Km que con tanta insistencia y mucha dureza repite hasta el prelado? Esa vez parecieron sólo papel con tinta. Días después supe que aquella numeraria era una señora Aguirre. Y el numerario era un abogado mayor, uno de los más secos y “pecho frío’ que he conocido, quien suele dar conferencias sobre la “lógica de la razón” y la “lógica del sentimiento”.

Nunca he entrado y nunca entraré a un centro de “ellas”. No sé dónde quedan. Pero he escuchado los nombres de sus centros en Lima como Ausangate, Cerros, Alcabor, Las Flores. Me los imagino súper mejor decorados que los centros de varones en donde he visto cuadros horribles sobre las paredes, adornos que piden chepa y baños que dan pena. Los hombres no tenemos el gen de la decoración.

Lo demás sobre la sección de mujeres lo he conocido a través de Opuslibros como que duermen sobre tablas y cosas así y que la institución es exactamente la misma. Pensaba que quizá por ser mujeres habría un poco más de consideración, afecto, cariño y de la delicadeza natural femenina pero veo que no ha sido así después de haber leído extensamente sus escritos. De hecho los relatos más duros y sórdidos que he leído en la página fueron sufridos y luego escritos por mujeres.

“Mujer, mujer
Si existe un paraíso
Existe en ti, mujer”

Los Rancheros, 1994



Original