Mi testimonio: otro mundo es posible al margen del Opus Dei

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(Para quienes estando dentro no renuncian a pensar por sí mismos)

Por Humberto, 23 de septiembre de 2008


Me marché de la Obra después de muchos años dentro. He tenido la oportunidad de leer bastantes testimonios publicados en esta página y diversos artículos de fondo que analizan con precisión los males que aquejan a esta institución de la Iglesia. Con algunos de los escritos se me han saltado las lágrimas: tienen la autenticidad, la fuerza y el dramatismo de lo vivido. Otros me han confirmado lo que ya sabía o sospechaba. Los hay llenos de humor, divertidos. No han faltado tampoco los que transmiten paz, una paz que brota de la verdad, de la verdad que libera. Y muchos de ellos tienen todos los ingredientes juntos.

Los problemas y abusos están tan bien descritos en algunos de los artículos y testimonios que por mucho que me empeñara no podría añadir nada más ni explicar mejor las cosas. Por eso nunca había pensado escribir en esta página. Hay algo que me ha movido, sin embargo, a hacerlo: la lectura de algunos escritos de personas que están dentro y relatan sus perplejidades, desconciertos y dolores, así como las respuestas que dichos escritos han ido generando en unos y otros...

Contaré algo de mi experiencia interior en los últimos años de estancia en la institución mediante la transcripción de unas notas que fui tomando entonces para aclarar mi propia conciencia, por si pueden ayudar a alguien que esté pasando por unas circunstancias parecidas. Las notas cubren un espacio temporal de varios años y en ellas he prescindido de nombres, lugares y fechas. Pido disculpas de antemano por lo que de falta de pudor puedan transmitir. Mi única intención con ellas es exponer de algún modo mi estado interior en aquellos momentos: cuáles eran las luchas, sentimientos, perplejidades y temores, que precedieron y rodearon mi salida del Opus Dei.


NOTAS:

I. Tengo grandes deseos de felicidad. Dios me llena de alegría. No tengo motivos más que para ser feliz. No vale la pena quejarse, fijarse en lo negativo de las cosas o de las personas. Respecto a las deficiencias que veo en la Obra, ya se han encauzado del modo que está a mi alcance. Llega un momento en que yo ya no puedo hacer más y debo dejarlo en las manos de Dios. Lo que no debo hacer es seguir dando vueltas a eso porque me resta energías vitales para hacer el bien, para ayudar a otros. Consciente de los problemas que veo en Casa, debo ya centrarme en ayudar a otros, en primer lugar mis hermanos y luego todas las personas que conozca. Tengo claro en todo caso que nunca debo actuar en contra de mi conciencia. Me ayudará mucho también el considerar las cosas buenas que hay en Casa. Personalmente debo estar agradecido a la Obra. Voy a quedarme con lo bueno y a ignorar lo malo, una vez hecho lo humanamente posible para corregirlo. Otro aspecto a tener en consideración es que debo ver en mis hermanos todo lo bueno que hay, fijarme más en sus virtudes que en sus defectos. Siento ganas de ayudar, necesito vitalmente ayudar a otros, tener amigos, y estoy convencido de que, en efecto, puedo ayudar a gente a crecer espiritualmente, a ilusionarse por las cosas de la vida.


II. ¿Cómo es posible que en un mismo día pase de una situación de deseo de ayudar, de deseo de encontrarme a gusto en la institución, de morir en ella, a otra de salir corriendo, de encontrarme ajeno y distante a todo esto? Debo reconocer que estos vaivenes han sido frecuentes a lo largo de mi vida en la institución. Durante temporadas he estado a gusto pero siempre salpicadas por acontecimientos que me han hecho saltar hasta el punto de querer huir. Estos acontecimientos han sido en ocasiones cosas fuertes, especialmente en los últimos años, sobre otras personas. A veces en cambio han podido ser asuntos banales cuya importancia he podido exagerar pero que a pesar de su posible intrascendencia me han hecho revirarme. Escribo esto con paz interior, interiormente estoy firme, pero comienza a resultarme muy oneroso este ambiente que encuentro cada vez más enrarecido. Quiero hacer lo que Dios quiera. Si tengo que seguir aquí, seguiré. Mi pregunta es: ¿me mantiene el Señor aquí porque puedo ayudar a alguien? ¿me mantiene aquí porque fuera estaría peor y me perdería? ¿quiere que me purifique interiormente con todo esto? ¿Es esto una simple pataleta que se me pasará, a la que no hay que darle más importancia?

Casi siempre me han molestado las “tertulias apostólicas”. He pensado que obedecía a que constituían un reproche por mi inactividad en este aspecto. Creo que, en efecto, así era. Hoy día, sin embargo, no me inquieta el asunto apostólico –al menos, mucho menos que antes- porque después de años en la institución llego a la conclusión de que lo único que deseo es querer a las personas a las que me encuentro en el camino de la vida, ayudarlas en lo que pueda y nunca instrumentalizarlas para ningún fin, por bueno que sea éste último. Deseo la verdadera amistad con las personas, una amistad desvinculada de la institución, no mediatizada por ella. Hasta tal punto deseo esto que no puedo evitar el rechazo al escuchar los “temas apostólicos”. Me pregunto: ¿querrán de verdad a esas personas de las que hablan?

Siento la necesidad de querer, de ayudar a otros, de hacerlos felices, y tantas veces no sé cómo. El sentido de mi vida es amar, vivir el momento presente amando a las personas que están cerca de mí. Debo rechazar como acción del maligno todo pensamiento negativo sobre el sentido de mi vida o la falta de frutos. Los frutos son los del espíritu, los que se producen en mi alma, hacer la vida amable a los demás, el amor a Jesús que El pone en mi corazón. La acción del maligno genera inquietud, la de Dios da paz y mueve amablemente, suavemente. Tengo que saber diagnosticar, para no dejarme arrebatar el gozo que el Señor pone en mi alma. Inquietarme porque hago poco, porque debería hacer mas, esconde una actitud de orgullo, de buscar quedarme satisfecho con las obras. Si busco amar a Dios en todo, El pondrá en mi corazón el afán de ayudar a otros y me mostrará el modo de hacerlo.


III. Anoche mismo, de madrugada, me desperté y me volvieron los pensamientos sobre mi no perseverancia en la Obra. Son pensamientos que me inquietan. En realidad lo que me da miedo es equivocarme y hacer lo que Dios no quiera que haga. Hoy mismo he leído en el Diario de la Divina Misericordia algo que me llena de tranquilidad: punto 800. Cuando no se sabe qué es mejor, hay que reflexionar y examinar y pedir consejo porque no se puede actuar en la duda de la conciencia. En la incertidumbre, decirse a sí mismo: cualquier cosa que haga estará bien hecha, tengo la intención de hacerla bien. Dios acepta lo que nosotros consideramos bueno, y Dios lo acepta y considera bueno. No preocuparme si después de algún tiempo, aquellas cosas no resultan ser buenas, Dios mira la intención con la cual empezamos y según ella dará la recompensa. Es un principio al que debemos atenernos.

Durante el día, cuando analizo más fríamente los datos y leo la web, me afianzo en las posiciones que he ido tomando a lo largo de estos años. El asunto es que hoy por hoy no me llena estar aquí. No pretendo ahora analizar los problemas que aquejan al OD. Están ya muy vistos. El asunto ahora es que me ahogo dentro. No recibo una dirección espiritual que pueda llamarse tal. Los medios de formación son muy pobres y nada animantes. En realidad no puedes hablar con nadie porque no escuchan. Pienso que la institución es un obstáculo para la verdadera amistad con las personas: no puedo faltar a la verdad con las personas con quienes hablo. Todo es auto bombo, la humildad colectiva brilla por su ausencia. La 'formación', las lecturas de las mañanas, los círculos, se me hacen insufribles. Es tremendo que algunos de los que llevan haciendo cabeza durante años sean personas ignorantes e insensibles para las cosas del Espíritu.

En la Misa de hoy, celebrada por el Obispo, ¿habrá sido casualidad que haya hablado de que Dios es lo primero, de que antes está Dios que los mandatos de Dios, de que antes que los esfuerzos humanos está la gracia, de que no hacemos las cosas para seguir a Cristo sino que las hacemos porque amamos a Cristo, de que en la catequesis habría que hablar de Dios antes que de los mandamientos? Ha sido una homilía muy profunda y bonita en la que ha centrado la santidad en la acción del Espíritu en las almas. Nada que ver con lo que se oye dentro habitualmente. Vine a mi habitación con la idea de escribir una carta a X comunicándole mi decisión de marcharme. No lo hago porque estoy cansado y no quiero hacerlo después de una situación molesta. Pero llega un momento en que la atmósfera se me empieza a hacer irrespirable. Sólo pensar en el curso anual me deprime.'


IV. Desde hace ya algunos años vengo considerando algunas cuestiones del modo de hacer en casa que no comparto: falta de confidencialidad sobre las cosas que se manifiestan en la charla, falta de transparencia en el trato, una fraternidad sin comunicación, una ascética donde la gracia de Dios es un medio humano más, una predicación poco centrada en Nuestro Señor, un apostolado interesado. Ha habido también golpes fuertes por la marcha de personas que han dejado la Obra y a las que apreciaba mucho. Todas estas cosas me hacen sufrir y mi lucha -que le pido al Señor- es vivir la caridad con todos, que esto no enfríe mi caridad. Nuestro Señor me ha ayudado mucho en este sentido y procuro ser amable en la vida de familia, aunque note el pinchazo de los modos de hacer, en mi opinión desacertados. Al mismo tiempo El, por gracia suya, me ha hecho ahondar mucho en la vida de oración, con una actitud de abandono y filiación como yo nunca había conocido. Me ha mostrado el camino de buscarle en el fondo del propio corazón y mi oración transcurre de manera muy simple pero me reporta una gran paz interior. Creo sinceramente en la presencia de Dios que no me mueve la soberbia ni el orgullo en mi modo de pensar. A veces he deseado volver a la "comodidad" de tiempos pasados, renunciando a pensar por cuenta propia, a olvidarme de todo, a no poner la cabeza en las cosas. Pero para mí eso ya no sería vivir y sé que no hay vuelta atrás. No puedo dejar de pensar lo que pienso: no me da miedo la verdad. Pese a que tengo paz en el alma, el contraste diario con esos enfoques y modos de hacer y sentir "oficiales" me genera inquietud, porque pienso si no debería irme sin más. Decidí quedarme mientras considere que puedo ayudar a alguien sin que corra riesgo mi equilibrio psíquico.


V. Ayer comencé el curso de retiro y me costó. Hace no muchos días deseaba que llegara este momento, necesitaba parar la actividad, descansar, olvidarme de todo y quedarme a solas con el Señor. Ya la noche del final de año me encontré desganado. El día de año nuevo también. Lo atribuyo al cansancio.

He comenzado a leer -a releer- el libro de N. Caballero sobre Santa Teresa. Desde hace bastante tiempo me sucede algo que creo que no es malo pero que debo contrastar. Durante las meditaciones - y en todos los ratos de oración- me recojo interiormente con rapidez. Miro dentro de mí y busco al Señor y me dirijo a El, habitualmente con palabras breves y muchas veces con el corazón bastante seco. En otras ocasiones el Señor pone en mi corazón afectos y la oración transcurre con ternura. Pero aunque estos afectos no vayan acompañados del sentimiento mi oración pasa siempre por ese recogerme dentro de mí y dirigirme al Señor. A veces tengo dudas de si no debería invertir de otro modo el tiempo de mi oración. Pero de hecho no cambio la manera de hacerla porque si escucho al sacerdote es como si no rezara, como si dejara a Jesús de lado para atender otras cosas. Lo que si le digo a Jesús casi siempre es que me enseñe a rezar, que me lleve El en mi oración.

Últimamente las meditaciones sobre los novísimos me hacen poco efecto (en realidad casi no atiendo a ninguna meditación, sea cual sea el tema, como ya dije antes). Sobre la muerte he pensado y, sobre todo, he tenido experiencias que me la recuerdan constantemente. Por las noches son duras porque se presentan con toda su crudeza, sin atisbo de esperanza. Por el día se presentan como llamadas a aprovechar el tiempo amando a las personas; el tiempo que se escapa sin amar es tiempo perdido. Pero no me impone temor la muerte. La veo ya como un estar junto a Jesús, en sus manos, sumergido en su amor. Tampoco mis pecados, abundantes, me quitan la paz. Se hace más grande mi confianza en Su misericordia.

Meditación sobre obediencia. Al final el sacerdote ha venido a advertirnos de esa tendencia que todos tenemos a poner nuestro sello personal, haciendo hincapié precisamente en nuestra particular manera de hacer las cosas. Es verdad, recordaba el sacerdote, que nuestro fundador hablaba de variedad, de respeto a la personalidad de cada cual, pero a veces podemos querer remarcar nuestro modo particular de ver las cosas, en lugar de preocuparnos de hacer la Obra de Dios. Puede tener razón el sacerdote si alguien se empecinara en su modo peculiar de hacer, imponiéndolo a otros, o no admitiendo otra posibilidad. Pero fuera de esos casos me parece que hay que fomentar ese sello personal cuando es auténtico, es decir, cuando obedece a una convicción profunda. Es más, pretender que alguien renuncie a su manera personal de enfocar las cosas, también las que tienen que ver con el espíritu -que es abierto, apto para encarnarse en personas que por únicas son necesariamente diversas- es como pedirle que renuncie a su propia conciencia, sometiéndose en todo a una especie de conciencia colectiva, concretada por una especie de espíritu común, encarnado en todo momento por quienes ostentan cargos de gobierno.

Sigo con mis asuntos sin resolver y a medida que pasa el tiempo y oigo más y más predicaciones las dudas se confirman. Una meditación sobre el cariño fraterno. Todo lo que se dice está bien, cosa distinta es que sea cierto en todos los casos. Es verdad que la caridad está -como se dice- en los detalles, en el servicio, en preocuparse de los demás. Pero la pregunta que me hago es: ¿qué es preocuparse de los demás? ¿Qué sabemos de los demás? ¿Qué nos interesa de los demás? Si el amar sigue al conocer, es necesario conocer para poder amar. ¿Qué significa conocer a una persona? ¿Saber cuáles son sus gustos y aficiones? Sin duda, pero, ¿sólo eso?. ¿Conocer sus defectos y ayudarla a corregirlos? También, pero, ¿nos quedamos ahí en el conocimiento? ¿Tiene sentido que dos personas unidas por lazos de fraternidad no conozcan sus mundos interiores? Que es posible, es evidente, pero, ¿tiene sentido?. ¿Cómo puede decirse en el Catecismo de la Obra que los miembros no comparten siquiera una preocupación personal?

¿Por qué ese empeño en asociar necesariamente la obediencia a los directores con el querer de Dios? ¿Por qué no limitarse a plantearla como ejercicio de virtud cristiana del que se derivan muchos bienes, por ejemplo, la humildad? ¿Por qué se habla tan poco sobre la obediencia a los dictados de la propia conciencia?

¿Debo renunciar a mi manera particular de pensar? ¿Hago mal pensando de esta manera? Pienso que no, porque no encuentro argumentos racionales que me indiquen que el camino oficialmente admitido en esas cuestiones es el adecuado. No podría pensar de otra manera, y menos todavía enseñar a otros a obrar de esa otra manera en los medios de formación. Sería como una contradicción interna. Sería un camino más cómodo, dejarse llevar y hacer, pero yo ya no puedo seguirlo; antes tendría excusa -ignorancia-, ahora, ya no. Mi camino es intentar encontrar una respuesta a todas estas cosas. Si no la encuentro tal como institucionalmente son planteadas, rezar, y vivir la caridad, no buscando la confrontación.


VI. Veo que debo mirar hacia adelante y no entretenerme en pensar y repensar las deficiencias que observo. No se trata de mirar para otro lado pero sí de no gastar las energías vitales en cambiar algo que a mí no me compete. Voy a procurar vivir la caridad con todos. Voy a procurar ayudar a todos, en primer lugar a mis hermanos. La vida se pasa volando y hay mucho por hacer. Tengo que hacer más apostolado, salir de mí mismo, ayudar a otros. Retomo la lista de amigos. Son pocos pero hago el propósito de no dejarlos, de verlos, de crecer en amistad, de hablarles de Jesús.


VII. Tenía ganas de hacer el curso de retiro para estar tranquilo, rezando, en la presencia de Dios. Han transcurrido ya dos días y me encuentro muy seco. No experimento ningún consuelo sensible en la oración. Las meditaciones no me aportan nada, no tanto por su contenido sino porque no las escucho. Procuro recogerme interiormente y quedarme a solas con Jesús y así transcurre mi oración, con bastante sequedad, sin consuelos sensibles, pero con paz y con la certeza de que Jesús está dentro de mí y me escucha.

Voy leyendo los libros que me traje. El de M. contiene frases brillantes, que me ayudan. Una de ellas hace referencia a que los modos de oración pueden ser muy variados. En concreto, me tranquilizan unas palabras sobre la oración ante el Santísimo Sacramento. Dice el autor: "Para algunas personas la presencia eucarística es una gran ayuda, y por este motivo deberían orar delante del Santísimo. Esto no significa necesariamente que ésta sea la única forma adecuada de orar para todos, aunque, como acabo de decir, para algunos -entre los cuales me incluyo- es una ayuda". Me tranquilizaron estas palabras porque a veces siento una cierta ansiedad en el sentido de tener que estar casi de continuo en el oratorio para hacer bien el curso de retiro. Me doy cuenta de que me gusta recogerme interiormente y orar en el silencio de mi habitación.

Interrumpo los comentarios sobre el libro para reflexionar a partir de la charla que R. ha impartido en este tercer día y que trataba sobre apostolado. Se refirió casi en exclusiva a la convivencia de hace unos meses que tuvieron con el Padre los directores de todo el mundo. Estuve muy sereno, escuchando con atención. Fue una continua insistencia en que hay que hacer mucho más: ver todo desde el punto de vista del apostolado, cuñas apostólicas que podemos meter hoy, etc.. Dejó caer que hay diversas clases de amigos. Percibí una vez más lo de otras veces: manejo de gentes, mover cosas, acción a tope. Inicialmente se recordó, como siempre en este tipo de charlas, que hay que poner los medios sobrenaturales. Pero luego, ¡vamos al tajo! Dejó en mi alma un poso de tristeza porque percibí que la amistad no importa nada, que está al servicio de los objetivos de la institución, que se trata de mover gente, con una presumible buena intención, pero sin considerar el respeto que cada persona merece y sin querer a la persona por sí misma. Me quedé tocado, ingenuo de mí. No sé qué esperaba. Tuve un sentimiento de rechazo, de que esto no es mi sitio, de que esto no me ilusiona lo más mínimo, de que esto no es para mí. No me enfadé interiormente. Me mantuve sereno, pero me dije que más tarde -y aunque me cueste sangre- debo tomar una decisión en conciencia sobre mi continuidad en la Obra. Estoy cómodo como estoy. La vida me resulta mucho más fácil permaneciendo en la Obra y, además, evitaría una cierta sensación de soledad. Pero debo estar dispuesto a tomar una decisión en conciencia, delante de Dios, sobre si debo continuar o no. No soy capaz de manejar a las personas de ese modo. Anhelo la verdadera amistad, la valoro entrañablemente. No puedo poner nunca los intereses de la institución por encima de los de las personas. Dejo el asunto en las manos de Dios para retomarlo con calma y serenidad, sin precipitaciones.

Esta noche, del tercer al cuarto día de retiro, dormí mal. El estómago andaba un poco revuelto pero, sobre todo, me asaltaron pensamientos negros sobre mi vida fuera de la Obra. Acudí al Señor intentando dejar todo en sus manos.

La primera lectura de la Misa del Sábado primero de Adviento me ha dado paz. Es de Isaías 30, 19-21.23-26. Así dice el Señor, el Santo de Israel:...... Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: "Este es el camino, camina por él". Pienso que el Señor me conduce y me mostrará el camino en cada momento. He dejado en sus manos los pensamientos de ayer, provocados por la charla, no estando dispuesto a que me roben la paz y la alegría.

Me ayuda también lo que escribe M. en su libro sobre la posibilidad de discrepar con otros cristianos sin que se resienta el sentido de seguridad y unidad que nos aúna. Me ayuda a sobrellevar mis "discrepancias" internas aunque no sé si en el fondo lo que hay es miedo a tomar una decisión drástica o inseguridad.

Estoy con paz. No tengo que tener miedo a nada ni a nadie. Me fío del Señor. En El he puesto mi confianza.


VIII. Después de escuchar la charla del retiro he decidido poner por escrito estos pensamientos.

Llevo tiempo, años ya, con la inquietud interior de mi continuidad en la Obra. En ocasiones lo único que me retenía era pensar en la soledad como compañera de camino para el resto de mis días o en la posibilidad de equivocarme y contrariar al Señor con el consiguiente sentimiento de culpa.

Desde hace pocas semanas contemplo mi salida con mucha serenidad. No cabe duda de que hay inconvenientes, de que no resulta fácil, pero me doy cuenta de que tengo que ser consecuente conmigo mismo y con los demás y sobre todo de que el Señor me quiere feliz, contento en mi camino hacia El, un camino no exento de sacrificios y renuncias pero recorrido con la alegría de quien se sabe querido entrañablemente por Dios. Me digo a mi mismo que mi deseo y propósito vital es seguir como hasta ahora, viviendo junto a Jesús, dentro de mi pobreza y tosquedad. No voy a hacer cosas distintas, seguiré viviendo con mi corazón para el Señor y buscándole en lo ordinario. Mi vida no cambia en lo sustancial, sólo en determinadas circunstancias.

Cuando escuchaba a Z. en la charla se ha afianzado en mí, todavía más si cabe, la percepción de que no debo continuar. Ha hablado sobre la afectividad y ha intentado hacer un poutpurri entre lo leído en el libro de Martí y la vocación al OD, con el lenguaje habitual. Parecía como el intento de hacer una síntesis imposible entre una cosa y otra. Daba por sentado que nuestra vocación nos lleva de hecho hacia esa afectividad madura. Resultaba algo patético. En ese momento supe que no debía continuar aquí, que otro mundo es posible, que hay algo antropológico que falla dentro. Se habla de la charla como del medio espectacular que tenemos en Casa para expresar nuestros sentimientos, nuestras resonancias interiores. Visto lo visto, me digo, otro mundo en efecto es posible, el mundo real, con muchos problemas, con sacrificios, con todo lo que se quiera de miseria y grandeza, pero eso sí, un mundo real, donde la gente es real, donde las relaciones son auténticas, donde las personas son personas, donde hay tanto por hacer. Gracias, Señor, porque llevo tiempo pidiéndote que me muestres el camino y lo vas haciendo. Hace unos días te lo pedía en la oración y tomé el libro que estoy leyendo y quise ver en lo que leí que Tú me respondías. Era el 26 de enero y lo que leí se titulaba 'Fiel a la verdad'.


IX. Quiero recogerme para pedir luces al Señor sobre el camino a seguir. Ayer asistí a una reunión con dos directores de la delegación sobre la labor. No pude evitar la sensación de estar completamente fuera de lugar. Allí se hablaba de las personas como si fueran mercancía. Percibo una obsesión por conseguir resultados como sea. No consigo vislumbrar ni de lejos algo que parezca una preocupación real y auténtica por las personas, por su bien más profundo y ontológico. Se habla de números, de encargados para controlar la dirección espiritual, de encargados para ‘mover’ los cursos de retiro, etc. Parece una reunión de comerciales de una multinacional viendo cómo pueden vender más neveras. No soy ya capaz de someter a las personas a este tratamiento persuasivo para que vengan a la Obra. Deseo su bien, su cercanía a Dios, pero hoy por hoy pienso que la formación y los modos de hacer establecidos en Casa manejan a las personas para lograr resultados y no para que busquen realmente a Dios.

Ayer vi con claridad que debo tomar una decisión en conciencia sobre mi continuidad en esta institución. Hasta ahora he decidido seguir con la actitud de vivir la caridad y de intentar ayudar a otros a profundizar en su vida de oración y a custodiar su paz interior. Pero después del despacho de ayer creo que ya no cabe una actitud digamos neutral ante los modos de hacer institucionales. No siento la menor sintonía con estos planes de manejos de almas, de agitación continua, de desasosiego permanente en busca de resultados, donde cada vez veo más claro que lo único que importan son los resultados institucionales.

Sólo me queda decir que mi salida de la Obra estuvo llena de paz, que nunca he tenido el más mínimo sentimiento de culpa por la decisión que tomé; que soy exactamente el mismo que antes –aunque ahora muy feliz y libre de tantas esclavitudes tontas que aherrojan el alma-; que he descubierto el valor y la alegría de la verdadera amistad; que doy gracias a Dios por haberme sacado de allí sin ningún tipo de secuela psicológica; que me siento el más normal y común de los mortales perdido en un recóndito lugar de nuestro mundo, con una vida -ahora sí- corriente y ordinaria, sencilla pero gozosa y, finalmente que, contra lo que pueda parecer dentro de esa atmósfera enrarecida de los centros del Opus Dei, otro mundo es posible: el mundo real. Soy plenamente consciente de que si mi salida de la institución no fue traumática y si mi vida actual al margen de ella es plenamente feliz -mucho más dichosa y libre que antes- ello obedece a que mientras estaba dentro pude ir haciendo una crítica teológica de tantos modos de proceder institucionales que chocaban frontalmente con la praxis y la pastoral de la propia Iglesia. Eso fue lo que me permitió superar el inicial sentimiento de culpa e inseguridad tan fomentado por la ascética particular del Opus Dei –convencido de que no era yo quien tenía el problema- y mirar los acontecimientos con la conciencia clara, serena y tranquila de quien sabe que actuó rectamente. Gracias sean dadas a Dios y a todas las personas que con sus clarificadoras y sustanciosas colaboraciones me ayudaron a discernir desde esta página. Recomiendo vivamente, a quienes se fueron y a quienes siguen dentro, su lectura detenida. Es un ejercicio maravilloso de higiene mental. Y gracias, también, a quienes con sus testimonios en esta web, en los que dejaron plasmados pedazos de sus vidas, me dieron ejemplo de coherencia y valentía.




Acabo de encontrar unas notas que estaban perdidas en el ordenador en un formato extraño. Las tomé en uno de los últimos cursos anuales a los que asistí antes de dejar el Opus Dei. Es extensa pero quizás pueda ayudar a alguien. Creo que arroja luz sobre el itinerario que algunos hemos atravesado, no sé si muchos o pocos, con síndrome de Estocolmo incluido, hasta la salida de la institución. Al transcribirla prescindo, como en las notas anteriores, de fechas, lugares y nombres. Pero son notas tomadas en diversos momentos de ese curso anual en mi etapa final.

I. Al llegar al curso anual pensé en poner por escrito las impresiones que iba recibiendo, pero decidí no hacerlo porque me pareció que invertiría demasiado tiempo y quería centrarme en otras cosas. Ahora, cuando tan sólo han transcurrido cuatro días desde nuestra llegada, me decido finalmente a redactar algunas cosas con la idea de rumiarlas y contrastarlas y así, intentar, con la ayuda de Nuestro Señor y de los amigos, aclararme por dentro y comprender qué pasa o qué me pasa.

II. El ambiente a mi alrededor es de gente convencida. Creo que todos son directores a distintos niveles. Ya desde el comienzo se piden noticias del Padre. He podido escuchar relatos sobre virtudes del Padre, muchas cosas buenas. No puedo evitar confrontar todas esas noticias con mi experiencia de su visita en el pasado a mi ciudad. Las primeras tertulias fueron en este sentido muy duras porque me sirvieron para contrastar lo distante que me siento de todo eso. Me dio tristeza. Tuve ganas de salir corriendo. Luego, con el día a día, las aguas volvieron a su cauce. Me doy cuenta de la herida tan profunda que me produjo la visita del Padre a mi ciudad. No consigo cerrarla. Es más, cuando escucho alabanzas al Padre, más se me abre esa herida. Ahora pienso que quizá la herida se había abierto antes de esa visita, con los acontecimientos que pude conocer y vivir sobre otros y sobre mí mismo...

III. Siento una cierta envidia de los demás, en el sentido de que me gustaría tener el convencimiento que veo en ellos, los afanes apostólicos que transmiten, el amor por su vocación, que parece les sale a borbotones. Y, sin embargo, no puedo evitar pensar como pienso. Ojalá pudiera volver a esa vida “cómoda”, en el sentido de “vida sin problemas existenciales”, donde todo parece de color de rosa, donde todo está bien, donde uno siente lo que parece que hay que sentir. Digo ojalá, guiado exclusivamente por el temor al sufrimiento, porque supongo que mi naturaleza se resiste a padecer y busca lo más llevadero, porque, por otro lado, la cabeza me dice que no, que no quiere renunciar a dar su parecer. Quizás hasta ahora he intentado conciliar ambas cosas, y sin embargo, al estar aquí, experimento cada vez más que no puedo. No puedo dejar de preguntarme, Señor, ¿qué he hecho mal?, ¿qué me pasa?, ¿por qué no siento lo que otros sienten? Intento reafirmarme en mis ideas, contrastadas con amigos, pero no puedo evitar el pensar en tantos que, sin embargo, no piensan ni viven como yo y parecen inmensamente felices y satisfechos. Y lo cierto es que yo triste no me siento. Tengo la certeza de que quiero a Nuestro Señor. Soy consciente de que quizás no me exijo como los otros. No me mueven ya las llamadas a las luchas y exigencias en tantas cosas. Es como si desde hace algún tiempo me bastara con sentirme querido por Dios. Intento quererle con las cosas que de ordinario debo hacer pero sin dar importancia a estar continuamente haciendo cosas. Dejarme amar por Dios y vivir la caridad con los demás: esto es lo que intento vivir con la ayuda del Señor. Esto contrasta con lo que oigo. Lo que oigo es luchar, hacer, moverse, no perder ni una oportunidad .... Yo le pido al Señor por la salvación del mundo, pero no me muevo tanto. Quiero que aquellos a quienes conozco, conozcan y amen a Jesús. Pero siento tal incapacidad de convencerles que solo confío en que Dios les remueva, les haga ver. A veces pienso si todo esto que veo no será simplemente que me he buscado una excusa para no luchar: con el pretexto de que Dios hace las cosas, yo no hago nada. Y sin embargo, hago lo que hacía antes: normas, trabajo, encargos... Y también puedo decir que Dios ha puesto en mi corazón el deseo de amarle y de tratarle, con más fuerza que nunca. Y veo también que me esfuerzo, por gracia de Dios, por mirar con ojos de misericordia a los demás. ¿Es que todo esto es falso? ¿Será una tentación del demonio para apartarme del camino? Y, sin embargo, tengo paz. Sólo estos días, al comienzo y por la noche, he sentido inquietud, la inquietud de verme distinto, de no sentir igual, de tener el corazón distante de los demás. ¿Será soberbia de creerme mejor que los demás o por encima de ellos? Aunque pueda tener razón en algunas cosas, ¿no debería pasarlas por alto y ser más comprensivo? ¿Serán avisos del Señor para que rectifique y encuentre la paz? Y, sin embargo, miro hacia atrás y veo personas del centro y directores y es como si algo por dentro me dijera: yo no quiero vivir así.

IV. No voy a tratar de manera sistemática mis impresiones, aun a riesgo de ser desordenado. Intento solo transcribir lo más fielmente posible el sentir de mi alma. Hace un par de días hice mi charla. Me ha tocado hacerla con un sacerdote que está en una delegación. Yo había preparado mi charla con la idea de contar tantas cosas que no veo, y llegué a decir, porque así es, que pensé en su momento en la posibilidad de dejar el Opus Dei. En particular mencioné el contraste entre lo que oigo aquí sobre el Padre y lo que viví en mi ciudad. El contenido de mi charla es más o menos el que se adjunta en documento aparte (nota IV de mi testimonio anterior), por lo que no me repito aquí. Creo que transmití mi estado actual: paz y serenidad interior pero una cierta inquietud al ver como si la distancia con el sentir de la Obra se hiciera cada vez mayor. También mencioné mi sensibilidad hacia la falta de confidencialidad en la charla fraterna. Me aconsejó el sacerdote que me esforzara por darme a los demás en el curso anual (al hilo de las carencias que veo en casa sobre la fraternidad) y que sea dócil a las indicaciones de la dirección espiritual, que no desprecie esas mediaciones humanas que el Señor pone a nuestro lado. Me llegó a reconocer algunas cosas que comenté, aunque nada en concreto, sólo invitando a decirlo y corregirlo. Incluso me dijo aquello que yo había pensado a veces de “que se vayan ellos” (de la Obra). Le pedí con sinceridad que rezara por mí, porque veo mi futuro con incertidumbre.

V. Paso ahora a comentar una charla —serán cuatro— que nos ha dado un director central sobre el libro Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas. Me he quedado muy sorprendido. Ha hablado, entre otras cosas, de que con buenas personas no vamos a ningún lado, de que no basta con cumplir las normas, de que hay que hacer mucho más. Salieron a relucir los llamados “consejos imperativos”, que no serán lo normal —se dice— pero que a veces pueden darse y que muchas veces han salvado vocaciones. Al final, casi al acabar, dijo que ahí —en esas Experiencias— se hablaba también del fuero externo e interno y que el que quisiera que lo leyera, que él no lo consideraba importante. Dijo que hay gente que “se lía” con esto del fuero externo e interno, que está claro que en Casa quien hace la charla sabe que lo que pueda decir, si es importante, será comentado por quien la recibe al director, para que le ayuden. Que la dirección espiritual la lleva la Obra, que a nosotros no nos importa nada lo que diga Menganito, que nuestra dirección espiritual la lleva la Obra. Que, eso sí, debemos cuidar mucho y hacer corrección fraterna en el tema del respeto al silencio de oficio. Me sorprendió, además de esa indiferencia hacia el asunto del fuero interno, el hecho de que en ningún momento oí hablar de ayudar a crecer en la unión con Dios, en el amor a Jesucristo. Iba todo enfocado a ayudar a los demás a hacer su charla para ser más eficaces apostólicamente. No hace falta decir que el tema de las 500 vocaciones es omnipresente aquí. La charla, la verdad, me pareció de una gran pobreza.

VI. Hoy hemos tenido otra sesión sobre la charla fraterna. Han sido consideraciones —en general— positivas, llamadas a comprender a las personas, etc. Se ha recordado también la importancia de la confianza en los directores, porque éstos son el cauce por el que viene la gracia y entonces ... si falta la confianza ... Esto no me parece acertado, francamente, no porque la gracia de Dios no nos pueda llegar a través de ellos, sino porque son considerados como cuasi-sacramentos, lo cual me parece un exceso.

VII. Hoy nos han dado una charla sobre responsabilidad e iniciativa. El que la daba, además de hacerse eco de muchas cosas dichas antes por otros ponentes, especialmente los máximos dirigentes, hizo consideraciones grandilocuentes sobre libertad y verdad en torno a la célebre frase de “hacer el Opus Dei siendo nosotros mismos Opus Dei”. Insistía con vehemencia: ¡Cuanto más apostolado hagamos, cuanto más esfuerzo pongamos, cuanta más gente tratemos, cuantas más iniciativas tengamos, no sólo seremos más santos sino que seremos también más felices! Comparó la libertad con el uso de una determinada cantidad de dinero que nos toca en la lotería y que puede ser usado para fines mejores y peores. Ha sido una llamada a hacer más, lo cual me parece bien, pero pienso que se olvida con frecuencia la acción de Dios en las almas. No sé qué me habría respondido el ponente si en ese momento me hubiera levantado y le hubiera dicho que soy tetrapléjico y que no puedo levantarme de la cama. Bueno, sí, entonces me habría dicho que podría hacer mucho rezando, ofreciendo mis dolores, etc. Tengo la sensación de que para algunos la oración es el recurso de los incapacitados e inútiles físicos.

VIII. Sigo con el sufrimiento de fondo por sentirme distante. Me da miedo en realidad hacer un disparate, marcharme de casa y arrepentirme luego. No puedo dejar de pensar en tantos años gastados en el Opus Dei y en la posibilidad de contrariar el querer del Señor. A veces me pregunto si la solución no estará realmente en olvidarme de mí, de lo que siento, de lo que me parece, de una vez por todas, y lanzarme a un apostolado continuo y tenaz como veo que hacen otros. Que Dios me ayude.

IX. He hecho mi segunda charla del curso anual. He continuado manifestando el estado de mi alma. Me han aconsejado que me prepare una lista de todos los temas que me preocupan y los hable convenientemente con quien haga falta hasta que los aclare.

X. El encargado de tertulias me ha dicho hoy que si me animo a contar esta noche en la tertulia. Le he dicho que no tengo inconveniente, pero que me lo diga cuando ya no tenga ningún “tertuliante” más. Me ha comentado además que las instrucciones del director son que los que den la tertulia toquen temas apostólicos, en vista de lo cual le he dicho que se olvide de mí. Ha sido como un “puyazo” más para sentirme mal, en vista de lo cual me he ido solo a dar una vuelta y liberarme. Tampoco es que la gente aquí se prodigue en ofrecerte planes. Nadie te sugiere nada. Algunos se lo montan y se van, pero no estoy en ese grupo.

XI. Después de mi última charla estoy pidiendo al Señor que me ayude a convertirme, que me ayude a cambiar. Quizás soy culpable de haberme metido en líos dando demasiadas vueltas a las cosas y olvidando lo importante: el apostolado y los demás. Confío de verdad en que Él me saque de este embrollo porque a mí cada vez me resulta más difícil. Cada vez me siento más extraño y distante. Esto no puede ser normal. Ojalá pudiera cambiar mis sentimientos y comportarme como todos, pero no lo consigo. Deberá resolver el Señor las cosas. Así se lo pido. Me han tranquilizado mucho unas palabras del libro de André Louf que estoy releyendo: Tendremos que apoyarnos sobre estos muros en ruina, llenos de esperanza y de abandono, con la confianza de un niño que sueña con que su padre lo arreglará todo, porque sabe que todo puede reedificarse de otra manera, mucho mejor que antes.

XII. Hoy ha predicado la meditación Don X., un sacerdote mayor que comenzó la labor en un país europeo. Es un hombre bueno y muy entrañable. Ha sido sobre fraternidad. El tono ha sido amable. Me ha gustado escucharle lo siguiente: que aunque no podemos hacernos confidencias de vida interior, podemos ayudar a algún hermano nuestro que vemos necesitado comentándole alguna confidencia de otro tipo, pidiéndole su parecer y su ayuda (parece como el intento desesperado —de alguien con más humano y sentido más común— por “salvar” el disparate de que los miembros de la Obra no se hacen confidencias de vida interior ni de preocupaciones personales, recogido en el Catecismo de la Obra).

XIII. Después de desayunar nos han dado una charla —serán dos— sobre tono humano. No es que quiera poner “peros” o ser crítico. Sobre el contenido no los tengo apenas. Es, sobre todo, lo exterior lo que más me ha chocado. El ponente pertenecía al consejo local de una delegación. Ha aparecido encorbatado, de punta en blanco. Ha adoptado un tono que yo, en las escasas ocasiones que le he oído, no conocía. En el fondo me parece que falta naturalidad, manifestarse como uno es. Para qué la corbata si en otra circunstancia no la llevaría. Me parece que hay bastante de pose en los modos. En realidad pienso que los ponentes de las distintas charlas se sienten algo constreñidos —con la consiguiente falta de naturalidad— por la presencia de mandos muy altos que hay aquí.

XIV. Nueva charla sobre el modo de llevar charlas fraternas: se ha comentado que hay que entrar a fondo en los casos de personas que manifiestan un cierto espíritu crítico hacia cosas de la Iglesia, del espíritu de la Obra... Hay que abordar estos temas porque, si no, luego a veces no tienen solución. Suelen ser personas más intelectuales; otras, en cambio, por ser más superficiales o a lo mejor más sencillas no les pasa esto. Hay que entrar.

XV. Hay clima de euforia porque habrá en una casa de retiros no muy lejana una tertulia con el Padre. Yo había previsto no ir. No tuve posibilidad de quedarme porque fue todo el mundo. Me encontré tenso en el lugar: tenía la sensación de estar fuera de sitio, de verme como un bicho raro entre toda esa gente radiante. Noté el bajón. La tertulia transcurrió con normalidad y en unos términos de menor ansiedad de los que preveía. La impresión que saco es que toda la pastoral —incluyendo ahí este tipo de tertulias, los medios de formación, etc— no son sino una constante insistencia en buscar la eficacia y resultados apostólicos. Todo es lo mismo: el más difícil todavía.

XVI. Comentario de un sacerdote, en la cena, que se había desplazado con un grupo de gente a un encuentro multitudinario con el Papa: contaba que una chica le pidió confesarse diciendo que podía hacerlo en inglés o italiano. El sacerdote vive en Roma. No la atendió, diciendo que no conocía el idioma para confesar. El nos dijo que temía que después de ésa viniera otra y le entretuvieran. No juzgo, pero creo que debería haberla atendido. Era más importante que cualquier otra cosa.

XVII. Esta noche en diversas ocasiones me ha venido a la cabeza, en el duermevela, el amargo pensamiento de marcharme del Opus Dei. Me hace sufrir. Quizás sea la actitud natural de huida del sufrimiento. En otros momentos, ahora por ejemplo, mientras escribo, no deseo marcharme. No sé qué me pasa pero tan pronto me viene el impulso de dejarlo todo como el de quedarme y volver a empezar de algún modo que no me obligue a renunciar a opiniones que creo razonadas, razonables y fundadas. Estoy cansado. Querría ser y estar feliz. No dejo de pensar en la idea de renunciar con humildad a todo lo que he pensado y pienso, y acometer lo verdaderamente importante: darme a los demás. Pienso si no estaré perdiendo el tiempo con tantas vueltas y revueltas en el fondo sobre mí mismo, sobre lo que a mí me parece. Me gustaría ayudar, echar una mano, no ser el continuo espíritu crítico, ayudar de verdad. Me pregunto si puedo compaginar mi modo de pensar con esta actitud de ayudar a otros, hecho todo de manera que el trato con los directores sea transparente y cordial, sin tener que reservarme cosas. Sigo pidiendo al Señor que me haga ver el camino a seguir. Un ejemplo más de lo que me pasa: ayer mismo, sin ir más lejos, tuve ganas también de echarlo todo a volar. Fue día de excursión y me enfadé un poco porque las personas con quienes iba me informaron mal sobre el plan que iban a hacer y tuve que acomodarme al de ellos. Noté por dentro una rebelión de querer hacer lo que yo quisiera, de marcharme y organizarme yo la vida. Este impulso, lo veo ahora, me parece egoísta.

XVIII. Escribo hoy, finalizando ya mi estancia aquí. Estoy ya muy tranquilo. No ha sucedido nada especial; creo que el Señor se ha compadecido de mí y me ha serenado por dentro. Hoy mismo la meditación me ha cansado. Sin embargo no puedo dejar de ver cosas buenas en el Opus Dei, en mis hermanos. Decido volver a cuidar algunas cosas descuidadas, la charla, las mortificaciones pequeñas, algún encargo apostólico que me ilusione. Voy a intentar ver lo bueno de las cosas, lo que une. No quiero pasarme la vida amargado, en una continua queja. Voy a intentar compaginar la autonomía espiritual con los modos de hacer oficiales, intentando corregir lo que vea que está mal. Voy a intentarlo al menos. Intentaré volver a hacer una charla confiada. A hacer lo que me indiquen —siempre que mi conciencia me lo permita— por crecer en humildad. Me ilusiona poder ayudar a los demás, poder ayudarles a que se acerquen al Señor. Pienso que puedo ser más sacrificado y buscar modos de ayudar.



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