Mi experiencia de cuando me fui de la Obra

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Por Exnume, 29.08.2007


Corría el verano del 98 y llevaba ya varias semanas barruntando mi continuidad en la Obra, después de llevar más de 10 años con la Fidelidad hecha. Estaba confuso, nervioso, pensativo, no sé cómo expresar aquí por escrito todo lo que pasaba por mi mente y por mi corazón. El caso es que seguía haciendo vida normal en el centro, y apenas decía nada en la charla semanal… esperaba el momento, no sé qué momento, pero estaba seguro que habría un momento en el que expresaría a alguien con criterio y sentido común todo lo que llevaba dentro...

Y esa ocasión no tardó en llegar. Quedaban pocos días para irme de curso anual y me enteré de algunas personas que irían. Entre ellos había un sacerdote docto, de mente preclara, con años de experiencia y vida interior. Me alegré mucho de poder estar con él en esos días. Dado que en la Obra siempre había oído que uno / una puede hablar de vida interior con el sacerdote que le dé la gana, me acogí a ese "derecho" -por llamarlo de alguna manera- sabedor que no contravenía ningún punto del Espíritu de la Obra. Así que, al día siguiente de llegar, después de la primera charla matutina le cogí por banda, le manifesté mis dudas e inquietudes interiores que venían de lejos, de muy lejos, y desde entonces hablamos todos los días, siempre que yo lo necesitara. Ni que decir tiene el cariño con el que me trató y me trata –sigue dirigiendo mi alma.

Pedí hacer la charla con él, a lo que el director del curso anual no puso ningún inconveniente. Le dije que no quería hacer la charla con otra persona que no fuera él, y que no estaba dispuesto a "remenar" mis interioridades con el primero que me pusieran delante. Lo entendió perfectísimamente y así lo hicimos.

Durante todos los días que duró el curso anual, me fue "desmontando" pieza a pieza, engrasando todos los componentes, quitando todos los tornillos, precintos y remaches de mi alma. Hablamos en esos días lo que no está escrito. Desde el primer momento que empezamos a charlar me dijo que el veía claro, por todo lo que yo le iba explicando, que mi sitio no era el Opus Dei, que mi vocación no era la de numerario. Fui sincero, totalmente sincero con él, me abandoné en sus consejos, desnudé totalmente mi alma, salieron cosas que habían sucedido diez, quince, veinte años atrás… Hablé de todo, conté todo. Consideré absolutamente necesario contarle todo a aquel santo sacerdote de Dios, porque así me podría ayudar mejor, como luego se verá.

A aquel curso anual asistía también una persona de mi Delegación. Era y es una persona razonable, asequible, con la que se puede hablar. Una persona de la que diría que es buena. Sólo hasta el final del curso anual, no empecé a hablar con él y le dije que al regresar a mi ciudad, si con alguno de Delegación tenía que hablar debería ser con él, aunque él no fuera el de numerarios, a lo que no puso ninguna objeción.

Transcurrieron los 21 días del curso anual –era de repaso—conversando con el sacerdote en cualquier momento y lugar que me fuera menester, rezando mucho –quizás no he rezado tanto en mi vida como aquellos días-, haciendo deporte y participando de todos los actos propios de una actividad como es un curso anual. Lloré, pregunté a Dios, me encaré cariñosamente con Él, le pedí luces, acierto. Le decía: "Si me tengo que quedar, dame paz, alegría y serenidad. Si me tengo que ir, dame paz alegría y serenidad". Esa era mi oración. Y la oración cuajó fuerte, robusta. Sólo conseguía tener esas tres cosas cuando pensaba en irme, en vivir fuera de la Obra. Para mi la Obra era –y es- algo bueno y de Dios, aunque admito que hay gente que mejor sería que no estuviera, porque hace daño, da mala imagen, prostituye el espíritu, confundiendo una sarta de criterios en el meollo fundacional que nos transmitió nuestro Padre.

Sin embargo, tenía miedo, mucho miedo. Miedo a equivocarme. Sabía que si me iba no había marcha atrás. Era un billete de ida, pero no de vuelta. Por el contrario, si me quedaba, aún tenía la oportunidad de comprar el billete de ida.

Así pasaron los días, las semanas, los meses… Ya en mi ciudad, fui a ver al de la Delegación un par de veces. Luego no me llamaban para nada. Vivía en el centro, hablaba con el director y de vez en cuando me cogía mi coche y me iba al centro de aquel sacerdote. Cuando regresaba de hablar con él, llegaba a mi casa con paz, con alegría, viendo ya alguna luz dentro de aquel largo túnel. Nunca recibí presiones de nadie, jamás me dijeron que me quedara. Me dejaron hacer la mía, aprender a tomar mis decisiones, me dejaron a solas con Dios. Sólo fui a ver a un psiquiatra –a petición mía- para ver si existía alguna razón médica que hiciera irrefutable mi salida. No había nada. Gracias a Dios, soy una persona normal. He de decir que jamás volveré a pisar la consulta de ese psiquiatra, quien me puso en cuarentena algunas afirmaciones de nuestro Padre sobre el matrimonio. Huelga decir que el susodicho psiquiatra es supernumerario. Y también quiero añadir aquí que al psiquiatra fui yo porque quise, y que fui yo quien lo escogió. Nadie me obligó a visitarlo ni nadie me impuso uno en concreto. Por lo tanto, quiero decir aquí alto y fuerte que en ningún momento me sentí presionado por esto o por otra cosa por parte de la gente de la Obra. Viví en libertad total a solas con Dios. Y aunque parezca una perogrullada, en los meses que estuve cavilando sobre mi vida entendí algo que no había entendido en todos mis años en la Obra –casi 20-: que lo que importa en la vida es Dios y tú, tú y Dios.

Siguieron pasando los días, las semanas, los meses… Llegó Navidad y tocaba ir al curso de retiro. Escogí el del 1 al 6 de enero, porque era de un día menos y no estaba dispuesto a estar 5 días enteros de retiro. Así de simple lo manifesté y con la misma sinceridad y cariño me lo aceptaron. En el curso de retiro recé mi oración de siempre, seguí pidiendo luces a Dios, descansé y retomé fuerzas para afrontar lo que –aún sin saberlo- iba a ser la recta final de mi salida de la Obra.

Quiero hacer aquí un inciso. En ese curso de retiro estaban dos directores de la Delegación: el de San Miguel y el que estuvo en mi curso anual de verano y del que ya he hablado. En ningún momento ni me miraron mal, ni me llevaron a hablar del tema, ni me comentaron nada… Para mi fue una lección de amor a la libertad, de saber dejarme estar a solas con Dios, de dejarme rezar, de permitirme ver por mi mismo lo que Dios quería que hiciera con mi vida. Pues no sólo no hubo presión de ningún tipo por parte de estas personas o de ninguna otra, sino que palpé el cariño humano, la delicadeza, los detalles, el amor verdadero de hermanos. Y mira que ya es difícil experimentar eso en un curso de retiro en el que casi ni te hablas ni convives con la gente, ni haces deporte, ni excursiones, ni tertulias, etc.

A los dos días de regresar del retiro me fui a ver a mi "curita". Al comprobar que lo único por lo que yo me quedaría en la Obra era por ese cariño humano que experimenté, me dijo con seguridad que definitivamente ese no era mi sitio. Me animaba a dejar la Obra, que él lo veía claro, que lo siguiera viendo a solas con Dios y rezándolo, pero que él ponía la mano en el fuego de que aquella no era mi vocación.

También vi que Dios, en su bondad infinita, permitió que yo estuviera tantos años en la Obra para protejerme, para darme formación, para hacerme madurar, para conocer a mucha gente, para vivir muchas situaciones distintas… para tantas y tantas cosas que hoy, después de más de 8 años de haberlo dejado, me sirven, me ayudan y hacen que sepa buscar la santidad en otra situación tan distinta.

A todo esto, además de hablar con mi "curita" hacía la charla con el director del centro. Por su parte, él no veía claro que yo me fuera, por parte de la Delegación no decían nada de nada, por su parte, mi "curita" era el único que se atrevía a poner la mano en el fuego y darme aquel consejo de abandonar la Obra.

Un día casualmente me encontré con un viejo amigo mío, hoy sacerdote diocesano. Un santo varón, bueno y piadoso. Sin venir a cuento, y sin saber nada de mi situación, me habló de la soledad de Cristo en la Cruz. Vi que podría hablar algún otro día con él. Lo pregunté en el centro y no me pusieron ningún problema. Me dijeron que podía hablar del tema con quien me diera la gana, pero que en ningún momento podía dejar que nadie decidiera por mi. Debía ser yo quien decidiera. Así que en más de una ocasión nos vimos y charlamos largamente. Como este amigo es de vida interior, cuando le comenté mi situación, me dijo que ya se había dado cuenta el primer día que me vio. En fin, que se me notaba que algo me estaba pasando.

También supo de mi estado una hermana mía, numeraria. Fue una de las personas que más me ayudó y me comprendió. Me dio paz hablar con ella y desde el día que le expliqué el punto en el que estaba, me escuchó, me cogió del brazo, me ayudó, rezó por mi, y me dio ánimos para dar el paso. Ella sigue siendo de la Obra y es muy feliz con su vocación.

Finalmente, a finales de enero y en vísperas de un viaje profesional, escribí una larga carta al Padre pidiendo la dispensa de mis compromisos. Aquel domingo me fui tarde a dormir, con gran gozo interior y una inmensa paz en mi alma. Había dado el paso que tanto ansiaba dar desde que empecé a plantearme seriamente mi salida siete meses atrás, en aquel curso anual. Al día siguiente madrugué –tenía que conducir varias horas- pero me fui con la carta en mi maletín. No me atreví a dejarla en la mesa del director de mi casa. Me hice una fotocopia para quedármela de recuerdo y poderla leer al cabo de los años, fotocopia que rompí al cabo de pocos días, como muestra de que iba sin ningún "enganche" a nada. Hice mi viaje, regresé al centro y ya, finalmente, hice entrega de la carta. Pedí quedarme en el centro hasta que llegara la contestación del Padre. Quería esperar hasta el último instante, hasta el último suspiro en la Obra, por si Dios, en ese momento, me pedía que me quedara. No me pusieron ninguna objeción y continué haciendo vida en el centro, asistiendo a todas y cada una de las reuniones de familia que en él había.

Un día de la segunda quincena de febrero de 1999 me llamaron de la Delegación, pues quería verme el de San Miguel. Allí fui, no sin estar nervioso como una pila. Llamé antes a mi "curita" y me dijo que fuera tranquilo, que no pasaba nada y que seguramente me llamaban para transmitirme la concesión de dispensa del Padre. También llamé a mi hermana para que supiera que aquella tarde todo llegaba ya a su punto final. Me animó, trató de calmar mis nervios y me dijo que estaría rezando por mi. Allá fui y efectivamente me dijeron que el Padre había contestado y que me concedía la dispensa. Antes de irme, le hice a aquella persona una última

pregunta: "Mira, desde el principio de esta historia se me dijo que si hacía una locura se me diría y que si se comprobaba que no tenía vocación, también se me diría. Han pasado siete meses desde entonces y nadie me ha dicho ni una cosa ni otra". Me contestó: "En tu vida dices que hay algo que no va, y tú no sabes qué es. Si tú no lo sabes, nosotros tampoco, por lo tanto respetamos tu soberana decisión". Otra lección de amor a la libertad. Así las cosas, le dije que allí me tenía para lo que necesitara, puesto que quería quedarme como Cooperador. Me comentó que ahora era yo quien debía "empujar la puerta" para asistir a medios de formación, o pedir ayuda espiritual. Nos levantamos, nos estrechamos la mano y salí por la puerta. Allí empezó mi nueva vida de la que estoy feliz, compartiéndola con mi esposa –que es a quien más amo en este mundo- y esperando mi cuarto hijo.

Nunca, después de irme, he tenido nostalgia de mi vida pasada. Por el contrario, he agradecido a Dios –y sigo agradeciéndoselo- los años pasados en la Obra y todo lo que en ella he recibido. Sin embargo, la Obra, aunque la quiero y la respeto, no es para mí. Dios me quería en otro sitio y tardé muchos años en darme cuenta de lo que me realmente me pedía. Comprobé aquello de que Dios escribe recto con la pata de una mesa.

Ahora compruebo que la vida es como un puzzle. A veces intentas encajar una pieza donde no debes, parece que encaja, la fuerzas, y en un primer momento queda bien. Luego, sigues pasando las horas delante del puzzle y te das cuenta que aquella pieza no iba allí. La pones en su sitio, en su lugar pones otra y se arregla todo como de repente. Así es la vida. Yo era una pieza de un gran puzzle que durante mucho tiempo pensé -y muchos pensaron- que estaba en mi sitio.

Es posible que estas líneas -disculpad si me he alargado- no todos las compartáis. Sólo os pido respeto y que intentéis meteros en mi piel en aquellos días, pues fueron días duros, pero a la vez maravillosos que recuerdo ahora con cariño, pues allí tomé realmente la decisión de mi vida, a solas con Dios, cosa que no había hecho cuando era un joven estudiante de bachillerato de 15 años en 1981.

Quizás algún día os pueda seguir explicando más cosas.



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