Los pitajes a granel y la vocación al Opus Dei

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Por Castalio, 19 de septiembre de 2007


El celibato es un don que Dios concede sólo a unos cuantos, a los que llama a su servicio de un modo muy particular, sea en el monacato o en otras formas de vida consagrada.

Repartir a diestra y siniestra la “llamada” de Dios a una vida célibe es, no sólo sospechoso desde el punto de vista histórico, sino quizá profundamente inmoral. Sin embargo, en el Opus Dei se le “plantea” (sic) la vocación a cualquiera que no sea claramente un subnormal. Es suficiente con unas cuantas manifestaciones de “idoneidad” para producir la “crisis de la vocación” y hacer que los incautos que se acercan a los centros pidan su admisión...

A este propósito comentaba el otro día con un grupo de colegas que el Opus Dei no es una institución elitista, como se suele decir, sino todo lo contrario. Es profundamente popular; es un movimiento de masas que en ocasiones raya en la vulgaridad (en el sentido más pleno de la palabra). En una de las últimas Crónicas que leí este año, alguien le decía al prelado en una tertulia que, con motivo de su campaña para conseguir 500 vocaciones de numerarios en cada región o delegación, “le estaban hablando para pitar a todo lo que se moviera”. Si traducimos esto a un lenguaje menos prosaico, quiere decir que están moviendo a cualquiera que no represente mayores problemas de personalidad, según el baremo vocacional de Escrivá de Balaguer (trazado, por cierto, con un perfil muy bajo) a que viva el celibato apostólico por el resto de sus días.

Pitar, que es la expresión que se emplea en la nomenclatura de la Obra para designar el acto de inscripción como miembro; quiere decir “respuesta a una llamada”, o bien “correspondencia a la vocación”. De ahí que despitar, signifique hacer traición a la llamada de Dios. La consecuencia para la mayor parte de los que despitan es clara: La vergüenza y el remordimiento de “haber dicho que no” a Dios. Y quizá el alejamiento de Él, de Su Iglesia y de los sacramentos.

En una ocasión, cuando yo era director de un centro de san Rafael, le pregunté a un cura que había sido consiliario de España por muchos años, cómo era posible que pretendiéramos los pitajes por decenas. Me respondió: “No te preocupes, si pitan diez y queda uno, pues con ese y otros como él se van sacando adelante las labores. Y así, pitan muchos y quedan unos cuantos, pero sólidos”. “¿Y los que despitan? —pregunté—, “bueno, pues esos le dan gracias a Dios de haber intentado servir…” y añadió: “así se hace en España y funciona”.

Poco importa a los que gobiernan la Obra y deciden los pitajes, si aquellos a los que se les indujo a pedir la admisión incluso en la adolescencia temprana, creyeron en el carácter sobrenatural de la llamada y les quedó una cicatriz imborrable. Los despitajes en muchos países están a la orden del día, y sin embargo, el prelado sigue hablando con una especie de inconciencia o de desprecio por la realidad, de “las quinientas vocaciones”, llegando a convertir el número en cliché.

Considero que esta es la principal causa de muchos malestares en el Opus Dei; su fuente inagotable de inmoralidad, de ofensa grave a Dios. Cierto que muchas otras cosas que hace benefician a las personas. Cuántos no encontraron en sus apostolados el consuelo, la posibilidad de hacer algo por ellos mismos y por los demás. Muchos han encontrado a Dios y se han reencontrado con la Iglesia, gracias a su estancia en Navarra, o a su paso por Tajamar, la Panamericana de México, Piura en Perú, o por los centros de enseñanza de Fomento en España y en muchos otros países. Cierto, pero si ponemos en los platillos de una balanza sus bondades y sus destrozos por medio de pitajes sin consideración ni caridad alguna, creo que el maquiavelismo insitucionalizado jamás encontrará justificación en la moral de la Iglesia de Cristo. Simple y sencillamente porque es contrario la justicia y a la caridad. Y es que los fines, por muy buenos que se pretendan, no justifican los medios cuando estos son contrarios al Evangelio.

Se ha inducido a pitar de numerarios a muchos (¿la mayoría?), produciendo en ellos el temor a la deslealtad y a la falta de fidelidad a promesas y vínculos contractuales de derecho canónico. La mayor parte de las cartas mensuales del prelado giran en torno a los exhortos a la fidelidad y a la perseverancia. Se requiere incluso a las personas para que no piensen, para que “no se compliquen”, pues “la vocación no se toca”. Eso me recuerda a la famosa definición de tabú, que es la prohibición irracional e injustificada de ver, mencionar u oír algo. ¿Por qué no profundizar en las raíces de la supuesta llamada?

Después de tanta gente lastimada y golpeada por pitajes irresponsables; después de la cantidad de personas que sin deberla ni temerla se vieron atrapados en las redes de un discurso seductor sobre una posible “vocación”; después de tanto pitaje sin sentido, creo que a la Obra no le queda sino pedir perdón, retraerse y rectificar el rumbo. Sin embargo, en tono triunfalista, y bajo los efectos enervantes de un relato histórico desfasado de la realidad (jamás se habla de los que se han ido), el mismo prelado grita a los cuatro vientos que necesitan quinientos pitajes de laicos que vivan el celibato, acaso sin considerar la dimensión sacra y vocacional que éste tiene y ha tenido en la historia de la Iglesia.

El resultado está a la vista: se le “habla para pitar a todo lo que se mueva” (sic), sin considerar que aquello que se mueve, puede ser un hijo de Dios que está llamado a servirle de otra manera. En fin, que el Opus Dei se ha convertido en muchos casos en la institución configuradora de vocaciones espurias y de pitajes a granel. Eso es lo que deberían pensar antes de seguir actuando, pues ahí, precisamente ahí, surge la gran duda acerca de la naturaleza de la vocación de numerario.

Misterios de la historia…



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