Lo que está pasando con el Opus Dei

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Por Sinmiedo, 15 de abril de 2009


Hace tiempo se pudo ver una película –La isla– que reflejaba bien parte de lo que es la vida en el Opus Dei. El argumento trata de un lugar aislado y artificial en el que se encuentran muchas personas que no conocen otra realidad fuera de aquella en la que están inmersas, y a las que se les ha hecho creer que el mundo exterior a la isla es un mundo destruido y contaminado, donde no se puede sobrevivir. Pero resulta que los habitantes de la isla son clones de personas de la vida real, destinados a la muerte como donantes de órganos para trasplantar a sus dobles. Los ciudadanos de la isla viven en un entorno materialmente cómodo, pero virtual, completamente vigilados y sin libertad para decidir sobre su propia vida ni para salir de aquel lugar.

Muchos fuimos los que relacionamos todo esto con lo que sucede en el Opus Dei, ya que al nacer o “pitar” en la Obra se recibe una formación eclesial-religiosa, una configuración mental, que uno piensa que es la auténtica doctrina de la Iglesia, cuando, en realidad, no es así. Por ejemplo, en la Iglesia está prohibido imponer un director o directora espiritual, e incluso la misma dirección espiritual. Está prohibido que los responsables del gobierno de una institución sean a la vez los que llevan la dirección espiritual. Y está más prohibido aún exigir una completa apertura de la intimidad a los superiores y hacer informes a partir de lo conocido mediante esa dirección de conciencia.

En la Iglesia se respeta el ámbito de conciencia; la dirección espiritual es libre porque Dios así lo quiere: cada uno la tiene si quiere, cuando quiere y con quien quiere. Por lo tanto, la praxis del Opus Dei en estos aspectos es contraria a la ley eclesial, porque implica un sometimiento completo de la persona a la institución, conculcando la autonomía de conciencia de la que todo cristiano debe gozar, y dejando aislado e inerme a cada miembro frente a una omnipotente institución; pero también por la difamación que supone revelar la intimidad confiada en el acto de acompañamiento espiritual.

Estas prácticas fraudulentas, y otras más, han sido dolosamente ocultadas a la autoridad eclesial. Y, a los mismos miembros, siempre nos habían parecido algo bueno porque −según se nos decía- eran parte del espíritu de la Obra y voluntad de Dios para nosotros. Pero, como eran lejanas a la verdad, el engaño tenía que acabar destapándose ante los miembros de la Obra y ante la Santa Sede.

Con mayor o menor lucidez, muchos fieles de la Prelatura empezamos a cuestionar nuestra confianza ilimitada en ciertas prácticas de nuestros Directores. ¿O es que nunca hemos tenido la impresión de que algo no iba en nuestra vida porque asfixiaba nuestra libertad? Posiblemente, eso lo atribuíamos a los requerimientos de la entrega. Pero la entrega a Dios no asfixia, sino que libera. ¿Entonces?

Y no me extrañaría que esa disconformidad haya acabado trascendiendo a la autoridad de la Iglesia. Porque, ¿qué está pasando ahora con el Opus Dei? ¿Por qué el Prelado insiste en que recemos por el Papa y sus colaboradores? ¿No se deberá todo esto a que la Santa Sede esté poniendo su mano sobre las irregularidades de la Obra, que las hay -¡y muchas!-, como ya lo ha hecho con los Legionarios y con otras instituciones?

Si fuera así, no se podría decir que el Opus Dei esté siendo perseguido. Con ello tampoco se estarían negando las cosas buenas que esta institución ha realizado. Se trataría, simplemente, de que se estaría examinando todo lo que la Obra está haciendo mal. Y es que en el Opus Dei se cometen errores graves porque se vive una realidad virtual, principalmente en cuanto a la figura del fundador y a la historia de la institución. Ya hay abundantes pruebas para concluir que la Obra de Dios no es en realidad tan de Dios, y que la historia que nos han presentado poco tiene que ver con la verdad de los hechos. Es duro comprobar que uno ha sido engañado en estos puntos, tan decisivos para la propia visión del Opus Dei. Pero así es. Tan duro como ha sido para los Legionarios descubrir la verdad sobre su fundador y sobre su organización. Pero, no lo olvidemos, la verdad hace libres.

No hay que tener miedo a la verdad sobre la historia real del fundador y de la Obra. A unos esta verdad les llevará a seguir en el Opus Dei, pero abandonando los aspectos no compatibles con la fe católica. A otros, en cambio, les llevará a dejar una institución en la que, sin saber explicar por qué, no acababan de sentirse a gusto. Pues hay que decir que también existe vida fuera de la isla de la Obra. Y una vida hermosa. Que irse, cuando uno ve que no es lo suyo, no es ninguna traición a Dios ni a nadie. Más aún, puede ser el modo de servir mejor a Dios y a la Iglesia: como le sucedió a un amigo que tuvo que saltar de la barca del Opus Dei -como San Pedro el día de la tormenta en el lago-, para poder avanzar sobre las olas y encontrarse verdaderamente con Jesús y con su vocación sacerdotal, que se le negaba dentro.

Que cada uno siga los dictados de Dios a través de su conciencia. Y si ve que debe marcharse, es importante que tenga en cuenta que no existen razones “sobrenaturales”, cara a Dios o a los demás, para permanecer a disgusto; y que hay personas dispuestas a ayudar –psicológica, emocional, laboral y económicamente– en lo que puedan a los que salen en condiciones difíciles.

Por lo demás, si alguno o alguna puede facilitar a la autoridad eclesial documentos y praxis internos, que no dude en tomarlos antes de que los destruyan, pues hay que suponer que la Iglesia y sus instituciones se rigen por normas públicas debidamente aprobadas, y no por reglamentos secretos.

Es de justicia expresar estas ideas por si pueden ayudar a los que están dentro de “la isla”, para que sepan lo que está pasando y en manos de quién se encuentran.



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