Las distorsiones de las campañas contra el Opus Dei durante el gobierno franquista

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Por Ramon Rosal Cortés, del libro Naufragio y rescate de un proyecto vital, capítulo 5: Factores que contribuyeron a la prolongación de mi permanencia en el Opus Dei, a pesar de mi estado habitual de decepción.


En España principalmente, y de forma notablemente menor en una parte de los numerosos países donde alcanzaba a propagarse la Institución, se produjeron –particularmente acentuadas durante la dictadura franquista– campañas sucesivas de críticas muy duras en la prensa y a través de algunos libros, descalificando los fines y medios del Opus, atribuyéndosele consecuencias destructivas por sus actuaciones y actitudes éticamente rechazables a sus miembros.

Apenas aparecían aquellos puntos que constituyen, según mi experiencia, los que deberían ser el centro de cualquier contribución crítica sobre la Institución, por ejemplo: 1) La contradicción entre su autodescripción y las actitudes excesivamente conservadoras, autoritarias, y controladoras que la caracterizan. Habría que comprobar si, actualmente, la autodescripción que presenta se acerca más a la realidad; 2) Actitud proselitista coactiva; 3) Provocar en todo joven –más bien adolescente– que haya escrito la solicitud de admisión, el sentirse ya totalmente comprometido (desapareciendo la idea de encontrarse solamente en una etapa de prueba), de forma que cualquier duda sobre continuar o no habrá que verla como una tentación contra la fidelidad; 4) Praxis real difícilmente compatible con una espiritualidad auténticamente secular de un “cristiano corriente”. Fue en Alemania donde por primera vez algunos de estos aspectos fueron objeto de crítica por parte de Hans Urs von Balthasar, aunque no todo lo que dijo lo consideré acertado.

Después de mis veintitrés años de experiencia en el Opus Dei, dieciocho de ellos dedicados a tareas presbiterales, y de haber dedicado una media de cuatro horas diarias al asesoramiento y orientación continuada de un total de cerca de quinientos socios, un tercio de ellos numerarios – en cuatro ciudades andaluzas y en Barcelona – puedo dar fe de poseer una abundante experiencia en cuanto al conocimiento profundo de las actitudes interiores de una gran variedad de socios y socias de la Institución.

A partir de aquí puedo atestiguar que la casi totalidad de los juicios de valor condenatorios que se vinieron produciendo en los medios de comunicación españoles fueron falsos, partían de prejuicios, y se apoyaban casi exclusivamente en los típicos rumores, cuya frecuencia es comprensible que abunde más en los sistemas políticos sin libertad de asociación y de reunión como son las dictaduras.

Entre las críticas que se sucedían respecto a la Institución, con la pretensión de referirse a actitudes generalizadas en la misma, y no sólo a errores aislados, y que resultan básicamente injustas, o por su falsedad o su interpretación distorsionada, están las que sostenían que el Opus Dei es una Institución cuyos socios:

  1. Han buscado sistemáticamente al menos años atrás alcanzar puestos de poder, como por ejemplo cátedras universitarias, ministerios en los gobiernos de la dictadura franquista, poder financiero, etc., y que estos objetivos los lograban con métodos contrarios a la ética, y al servicio de sus intereses.
  2. Han supuesto, de forma generalizada, un apoyo al régimen de la dictadura, y a su pervivencia, no habiendo contribuido al retorno del régimen democrático.
  3. Han obtenido apoyos económicos injustos de gobiernos de la dictadura, para el mantenimiento de algunas de sus instituciones.
  4. Han prescindido frecuentemente de las orientaciones de los obispos en sus respectivas diócesis, aunque se tratase de orientaciones que les concerniesen.
  5. Se han desinteresado habitualmente de emplear energías y recursos en iniciativas, obras e instituciones – salvo algunas excepciones – que contribuyesen a reformas sociales en vistas a una mayor justicia social y a una promoción y defensa de los derechos humanos.
  6. Han vivido de acuerdo con unas actitudes contrarias a la "pobreza evangélica" que pretenden asumir.


Mi interpretación es que buena parte de los críticos de la Institución han adolecido de una actitud un tanto paranoica y maniquea, en especial los españoles, complicados durante cuarenta años por los efectos distorsionantes derivados de un régimen de dictadura en el que, a causa de la ausencia de las libertades democráticas, la tendencia española a sentirse enfrentados ante amenazadores gigantes donde sólo hay a veces molinos de viento (como le ocurría a Don Quijote de la Mancha), se manifestaba de forma acentuada.

Hay que dar por supuesto que a lo largo de la historia del Opus Dei habrá habido posibles actuaciones aisladas en algún miembro (incluso en alguno de sus directivos) que hayan dado pie a estas interpretaciones distorsionadas, que podían tal vez haberse evitado y a las que podrían corresponder algunas de esas atribuciones críticas. De pretenderse lo contrario tal vez nos encontrásemos con el primer caso en la historia universal en que en una institución de tal volumen no se da nada de ello. "El que sea libre de culpa que tire la primera piedra". Sin embargo estas posibles actuaciones equivocadas no tendrían nada que ver con la vida cotidiana de las decenas de miles de miembros vinculados a la Institución. Tengo datos sobrados, a partir de mi abundante experiencia en el trato confidencial con numerosos miembros, para probar la falsedad implicada en estas acusaciones, salvo en la e). Sobre ésta ya me he manifestado en -las páginas 111 a 116 -, que titulo: Escasa sensibilidad respecto a los problemas de la justicia social y los derechos humanos. Al exponer ahí como un rasgo negativo esta característica de la Obra me refiero también, sin embargo, a su eficacia respecto a la promoción y dirección de numerosos Centros superiores de formación profesional para la clase trabajadora de elevada calidad técnica y pedagógica, en distintas poblaciones, y que contribuyen con ello a la promoción profesional de sus alumnos, aunque no, al parecer, a la formación ético-social y a la promoción de posibles líderes cristianos.

Respecto a las tres acusaciones 1), 2) y 3), mi respuesta es la siguiente:

El que algunos miembros del Opus Dei lograsen llegar a ocupar puestos de responsabilidad en la vida política, económica o cultural, yo, en principio, lo veo como algo positivo en un colectivo de laicos con vocación de evangelizar en el mundo y desde el mundo. Los políticos que llegaron a ser ministros durante el franquismo fueron economistas –tecnócratas–, que lograron una notable mejoría económica y laboral en el país, y dieron los primeros pasos para la apertura a Europa. Stanley G. Payne, historiador que durante el franquismo sólo pudo publicar libros en lengua castellana en la editorial comunista “Ruedo Ibérico”, manifiesta lo siguiente respecto a la contribución de esos ministros del Opus Dei.

Este giro se consideró un gran éxito de los ministros de Economía que se ganaron el sobrenombre de tecnócratas. Después de sus dudas, Franco dio todo su apoyo a esta nueva política. Durante la década que siguió a estos cambios, la economía española disfrutó de la mayor prosperidad de toda su historia, con una tasa de crecimiento sólo superada por la de Japón (Payne, 2005, pp. 95s.).
La transformación de la sociedad y la cultura que tuvo lugar en la generación de después de 1959 marcó el camino hacia una sociedad diferente, más acorde con la Europa socialdemócrata de la época, y un sistema político más libre; ambos darían paso a una era completamente nueva en la Historia de España (Ibidem, p. 97).

Asimismo, Pío Moa, historiador ex-comunista estalinista, y cofundador del Partido Comunista Reconstituido –más a la izquierda que el Partido Comunista Español– y posteriormente investigador crítico sobre los errores de los políticos de izquierdas durante la Segunda República, se refiere a los esfuerzos que tuvieron que realizar esos ministros para que el general Franco aceptara que se llevase un cambio en la política española.

De modo que en 1959 el Caudillo pudo percibir el agotamiento del modelo anterior y terminó por aceptar, la propuesta de Ullastres, Navarro Rubio y otros, unos cambios que en principio le repugnaban. Navarro ha relatado la pequeña lucha que hubo de sostener con Franco para convencerle de la necesidad de reorientar la economía. El general se resistía, pero, confrontado con los riesgos crecientes del momento, terminó por inclinarse ante los hechos. Tanto Navarro como F. Estapé y otros más o menos implicados en la nueva política económica coinciden en describirlo como hombre realista y cuerdo […]
Por otra parte, a partir de 1960 España iba a crecer económicamente a un ritmo nunca visto antes o después en el país, acortando con rapidez las distancias en renta per cápita con la Europa opulenta […]
Y si establecemos la comparación con los países del Este europeo todas las ventajas caen del lado de la España franquista, tanto en el plano económico como en el político. La comparación es pertinente porque el grueso de la oposición a Franco comulgaba, y lo haría hasta el final, con el marxismo, e incluso los sectores menos operativos y más burgueses de dicha oposición solían exhibir notable respeto y comprensión hacia los regímenes de “democracia popular” satélites de Moscú (Pío Moa, 2005, pp. 145s.).


Por su parte, otros políticos miembros numerarios del Opus Dei, en una línea de oposición al régimen, (de los que destacaron los catedráticos Rafael Calvo Serer y Antonio Fontán) entre otras cosas fundaron el periódico Madrid, que -debido a su actitud crítica hacia la tardanza en la restauración de las libertades democráticas- fue expedientado y suprimido (incluso demolido su edificio), por órdenes procedentes de un gobierno con algunos ministros vinculados, como ellos, al Opus Dei, pero políticamente adversarios de estos “hermanos” de la Obra. Fontán fue el primer presidente del Senado, restablecida la democracia. Calvo Serer, en sus actuaciones para la implantación de las libertades democráticas, fue uno de los cofundadores –junto con el comunista Carrillo, entre otros– del colectivo de políticos de la oposición que se denominó popularmente “la Platajunta”.

Aparte de esto, al menos cuatro profesores y preceptores del futuro Rey –que luego demostró poseer sensibilidad democrática– eran numerarios del Opus Dei, y fue un supernumerario –Herrero Tejedor– el principal responsable de la formación y promoción del que posteriormente fue el valioso líder de la transición, Adolfo Suárez, ya que aquél –en quien se había pensado para ello– murió en un accidente de coche.

El lograr verse implicados en puestos de responsabilidad política, económica y cultural, era, ante todo, resultado de una espiritualidad que –en aquellos primeros años de la institución– se centró sobre todo en fomentar una dedicación profunda a los estudios universitarios y post-universitarios de sus socios y en una convicción de que el trabajo es una vía importante para la santificación. Por otra parte, estos numerarios en situación de poder político o económico, en medio de estos ambientes era conveniente que ejercitasen aquella directriz de Jesucristo “sed sencillos como palomas, pero astutos como serpientes”. No es nada extraño que en algún caso su “astucia” pudiese haberse deslizado hacia alguna práctica discutible para una ética cristiana, pero habitual en todos los grupos con poder político o económico. Mas, según mi información, esto nunca fue la actitud predominante.

La acción evangelizadora en el mundo de una institución auténticamente laica debe poder implicar la presencia de socios integrados no únicamente en actividades educativas, docentes, o de asistencia social (como en el caso de los religiosos y de los miembros de institutos seculares) sino en todos los ámbitos de la sociedad civil –incluidos los corruptos: “No pido que los apartes del mundo, sino que los libres del mal” (Jn 17, 15)– y si alguno, gracias a su valía, alcanza puestos de responsabilidad, mucho mejor.

Personalmente, no pocas veces manifesté que -cuando se produjese la transición a la democracia- lo más probable es que votase a un partido de línea socialista (siempre y cuando respetase el régimen democrático parlamentario, no como Largo Caballero con su socialismo prosoviético). Sin embargo, en las dos primeras elecciones generales voté con gusto al centro de Adolfo Suárez, cuyo estilo de discursos respetuosos y no agresivos con la oposición he echado luego de menos en la mayoría de los líderes de los diversos partidos. Pero a partir de las terceras voté al Partido socialista, tanto en las generales como en las autonómicas y las municipales, lo que no significa que estuviese de acuerdo con todas sus actuaciones. Calculo, por lo tanto, que debí votar a su favor en unas quince elecciones. Posteriormente en las dos últimas ya he dejado de hacerlo, por varias razones de las que señalaré aquí sólo cuatro: 1ª. El modo unilateral y maniqueo como se ha entendido y aplicado la denominada “Ley de la Memoria Histórica”. 2ª No haber logrado –tras muchos años ejerciendo el gobierno- tomar medidas eficaces para que disminuya más el fraude a Hacienda. Como muestra diré que, durante los años en los que se mantuvo la obligación de declarar los bienes patrimoniales, algún periódico informaba que llegaron a producirse los siguientes niveles de ocultación: a) del 85% de los bienes superiores a los diez millones de euros; del 45% de los bienes entre uno y diez millones de euros; del 18% de los bienes entre medio y un millón de euros. 3ª No establecer que los gastos por servicios de profesionales liberales desgraven, con lo que se contribuiría a disminuir la generalizada ocultación en la declaración de renta de dichos profesionales. Con ello se da pie a que los que tenemos como norma declarar todo tengamos a veces la sensación de estar “haciendo el primo”. Y 4ª, la reciente propuesta de modificación de ley del aborto. No me ha sorprendido que la valiosa militante socialista, la bióloga Mercedes Aroz -que ha sido la política con mayor número de votos en el conjunto de elecciones para el Senado- haya renunciado por este motivo a sus cargos políticos, posteriormente a su puesto de parlamentaria y finalmente a su militancia en el PSC.

[…]

La convicción de que la gran mayoría de las campañas críticas españolas a la Institución erraban de blanco y resultaban injustas por calumniosas, dio lugar en mí – y seguramente en otros socios – a que se cumpliese lo que, si no me equivoco, fue una teoría del filósofo de la historia ArnoldToynbee. A lo largo de la historia de la humanidad, cuando un colectivo humano o una Institución –que tenga una base suficiente de vitalidad–, como ya dije en la introducción, es acosada en abundancia por sus detractores o sus enemigos, dicho colectivo o Institución, contra la intención de aquellos, queda fortalecida, y todavía más si una parte importante del acoso supone una clara injusticia. Así ocurrió en la historia del cristianismo durante los tres primeros siglos, a partir de las sucesivas persecuciones promovidas por los emperadores romanos. Fue a continuación, tras la conversión al cristianismo del emperador Constantino, cuando los cristianos, que hasta entonces habían experimentado una profunda unión entre ellos frente al enemigo común, pudieron dirigir por fin con más tranquilidad la atención hacia sí mismos, y comprobar que entre ellos se daban divisiones que cristalizaron en herejías y cismas. Así ocurrió también con la historia del pueblo judío, que "gracias" a las sucesivas persecuciones colectivas a las que se ha visto sometido, ha podido mantener su identidad cultural a pesar de haber perdurado veinte siglos (hasta hace poco tiempo) sin territorio propio. Así, pienso yo, le ocurrió en cierta medida al Partido Comunista español, que durante la etapa final de la dictadura protagonizó las actuaciones más eficaces para desestabilizarla –con la colaboración secundaria de otros grupos políticos o personas independientes–sintiéndose amenazado y perseguido constantemente por la policía de la dictadura. Sin embargo, una vez reestablecida la democracia, y legalizado su partido por el gobierno del presidente Suárez, inició un rápido proceso de debilitamiento ("contra Franco vivíamos mejor", dijeron algunos de ellos) y de divisiones internas.

Desconozco con precisión la teoría de Toynbee, ya que me llegó de segunda mano, pero en cualquier caso la hipótesis descrita arriba se cumplió al pie de la letra en mi proceso personal y fue uno de los factores principales que retrasó mi retirada del Opus Dei. La llegada incesante de juicios de valor que en su gran mayoría percibía – y sigo percibiendo – como injustos por su falsedad me despertaban cierto sentimiento de lealtad y de necesidad de aclarar malos entendidos, y me desviaban hacia esto las energías que debería emplear para afrontar y consumar mi crisis con la Institución y mi conveniente separación de la misma.

De ahí que cuando, ya desvinculado, alguna persona me animó a escribir en un libro mi interpretación crítica sobre la Institución, dije que esto sólo lo haría cuando se apaciguasen los ánimos, pues no quería contribuir a retrasar el proceso de crisis de otros miembros. Además, mi reflexión crítica se referiría tanto al Opus Dei como a sus detractores.