La trata de almas

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Por E.B.E., 26 de septiembre de 2014

«La inmensa mayoría de la gente (…) mira la Obra como una señal de esperanza para la Iglesia» (A. del Portillo, carta, 9-I-1993)

«De pocas cosas puedo ponerme de ejemplo. Sin embargo, en medio de todos mis errores personales pienso que puedo ponerme como ejemplo de hombre que sabe querer» (J.M. Escrivá, Crónica, 1971)


A principios de este año, el Papa Francisco mantuvo un diálogo con un gran número de superiores religiosos, cuyo contenido ha sido recogido en un artículo, elaborado por el director de la revista La Civittà Cattolica, el padre Antonio Spadaro. En esa conversación se refirió a la vida religiosa, tocando diversos aspectos. En un momento recordó algo que habían denunciado los obispos filipinos en el Sínodo de 1994 dedicado a la vida consagrada: “la trata de novicias”. Con esas palabras, los obispos filipinos se referían a un preocupante desembarco, por parte de congregaciones religiosas extranjeras, para reclutar vocaciones filipinas y llevárselas a Europa. El Papa se hacía eco de dicha denuncia y agregaba que se debía estar atento frente a este tipo de situaciones.

Trata de vocaciones

Es conocida la maniobra usual que utilizan quienes comercian con personas: convocan para una cosa (generalmente muy atractiva, vinculada a la idea de éxito) y luego resulta ser para otra (más emparentada con situaciones de esclavitud), pero dicho descubrimiento se lleva a cabo cuando ya es tarde. La gran diferencia, en el caso de la “trata de novicias” a la que se refería el Papa, es que difícilmente podría darse de manera brusca o con violencia física, como sucede en los escenarios propios de la prostitución.

Sin embargo, tomando pie de las palabras de los obispos, el Santo Padre no deja de calificar de “trata” a cierta codicia proselitista, cuyo fin es reclutar vocaciones en gran cantidad, para luego trasplantarlas a otro país.

¿Qué decir entonces, de aquellas situaciones donde, mediante engaño, las personas son obligadas a cargar con una vocación que no es apropiada para ellas (cfr. Castalio)? Pues dicha conducta es contraria al amor de Dios, quien «no avasalla a nadie ni trata de poseerle» (Cfr. «Congregavit nos in unum Christi amor», n. 38, Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, 2-II-1994).

Resulta sorprendente cómo la figura del engaño vocacional, en el caso particular del Opus Dei, se ajusta a ese mecanismo propio de la trata de personas: convocar para una cosa que, luego, resulta ser muy diferente, o incluso opuesta. Por lo general, la toma de conciencia sucede luego de abandonar la institución, casi nunca mientras se está dentro de ella.

El proselitismo del Opus Dei conduce a los candidatos –mediante seducción y confusión- hacia una situación de desprendimiento y vulnerabilidad, de la cual normalmente no se pueda volver –la vocación es presentada irreversible–, al menos hasta pasados varios años. A ello contribuye especialmente el aislamiento (razón por la cual, entre otros motivos, Escrivá no quería que los integrantes de su organización consultaran con sacerdotes externos al Opus Dei y recibieran consejos contrarios a su criterio). La falta de ayuda, a la hora de abandonar la institución, no hace más que acentuar y confirmar el carácter nocivo de todo el proceso de reclutamiento inicial.

El Opus Dei convoca para una magnífica vocación laical que, en realidad, es una exigente vocación de tipo conventual, no apropiada para la mayoría de los laicos (Cfr. Gato por liebre). A ello se le suma el modo en que se impone la vocación (el discernimiento lo hacen los superiores) y el modo en que se les amenaza (de manera muy sutil) a los candidatos que quieran liberarse del yugo de dicha vocación conventual (ni deseada ni consentida), llevándose a acabo un escenario muy semejante al de una cierta esclavitud, cuyo objetivo no pareciera ser otro que la explotación espiritual de las personas (lograr que entreguen todo a la organización, especialmente su persona, y por supuesto, sus pertenencias).

La explotación espiritual

Cuando Josef Knecht se refería días pasados al “discurso pantalla” del Opus Dei, por mi parte me preguntaba: ¿“pantalla” de qué? ¿Qué cosas se están tapando? Dicho de otra forma: ¿para qué el Opus Dei simula frente a sus «novicios» y no les presenta claramente el panorama que tendrán por delante, a futuro? No sólo los desorienta, al no hablarles claramente, sino que incluso les promete –y los compromete- a un modo de vida contrario a lo que ocurrirá: «no serían nunca religiosos, no vivirían a semejanza de los religiosos, ni podrían ser -en alguna manera- equiparados a los religiosos» (“Carta”, 29‐XII‐1947/14‐II‐1966, n. 84).

El discurso teológico y apostólico, detrás de la santificación del trabajo, pareciera ser una pantalla de la trata de vocaciones, cuyo nombre propio es proselitismo.

¿Y cuál es el fin de dicha “trata”? Usufructuar espiritualmente de las personas en beneficio de la institución, que va desde el sometimiento de la conciencia hasta la entrega de todo lo material. De lo contrario, ¿qué explicación inocente podría tener el engaño vocacional? ¿De qué manera se podría justificar o considerarlo necesario?

El Opus Dei claramente dice y sostiene -implícitamente- que todo es secular y que por lo tanto nada de conventual (por lo tanto, no hay engaño alguno). Pero los hechos hablan por sí mismos y el discurso del Opus Dei no se sostiene, si se lo analiza seriamente.

Ni se puede hablar de errores aislados ni de problemas de interpretación (al estilo “los miembros del Opus Dei no son canónicamente religiosos ni tampoco usan hábitos”, como si ese argumento pudiera ser una defensa razonable frente al patente cambio vocacional “de hecho”, sin tocar la cuestión de la declaración de la Oblación o la Fidelidad como verdaderos votos).

Esencial al Opus Dei

El problema, en el caso del Opus Dei, es que la “trata de vocaciones” no es un hecho circunstancial, como parece haber sido en el caso denunciado por los obispos de Filipinas: el Opus Dei funciona a partir de algo semejante a «la trata de novicios y novicias».

Mención especial merece aquí el caso de las numerarias auxiliares, quienes son convocadas para una vocación muy particular, que consiste en trabajar para el Opus Dei en el servicio doméstico a cambio de la propia subsistencia (no cobran un sueldo, salvo en sentido formal (por razones de contaduría interna), ni menos aún tienen capacidad alguna de ahorro).

«Se llama Numerarias Auxiliares a las que, con idéntica disponibilidad que las demás Numerarias, se dedican principalmente a labores manuales o a trabajos domésticos en las sedes de los Centros de la Prelatura. Las Numerarias Auxiliares asumen voluntariamente esas tareas como su trabajo profesional, y colaboran con las demás Numerarias en todos los apostolados, según lo requiera el bien de las almas» (Catecismo del Opus Dei, ed. 2010, nro. 50).

No es cierto que asuman voluntariamente esa tarea: es constitucional a la vocación de numeraria auxiliar (salvo excepciones) y por eso mismo, normalmente no existe ningún tipo de “movilidad social” para las numerarias auxiliares. Están obligadas a asumir esa tarea por haber aceptado la vocación de numerarias auxiliares (aquí, nuevamente, habría que analizar la cuestión del discernimiento personal). En cambio, para el caso de la castidad por ejemplo, el Catecismo no dice que asumen voluntariamente el celibato, habla más bien de obligación, por la sencilla razón de que el celibato es constitucional a la vocación de miembro numerario y agregado.

«La virtud de la castidad obliga a los Numerarios y Agregados, por el don divino del celibato apostólico, a una completa continencia de cuerpo y de espíritu» (Catecismo del Opus Dei, ed. 2010, nro. 153).

Como bien afirma Gervasio, «se identifica indebidamente santificar la propia profesión u oficio, con trabajar para el Opus Dei». Estaríamos frente a una “trata de empleadas del hogar”. Recordemos que, por la dificultad para reclutar mujeres dispuestas a dedicar su vida entera a las tareas domésticas, renunciando para siempre a toda posibilidad de movilidad social, el Opus Dei suele desembarcar en zonas rurales, o de escasos recursos (Latinoamérica, África, etc.), para abastecerse de empleadas domésticas y trasplantarlas a otras regiones, repitiéndose así la práctica denunciada por los obispos filipinos y recordada por el Santo Padre. Pero hay más.

¿Qué decir, entonces, de los sacerdotes ordenados sin tener vocación sacerdotal?

Este es otro punto muy delicado de -lo que podríamos llamar- “la trata de seminaristas”, pues recordemos que, quien manifieste vocación para el sacerdocio, usualmente no se le permitirá formar parte del Opus Dei (salvo después de haberse ordenado en alguna diócesis, y tampoco formaría parte del Opus Dei propiamente, sino de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz), del mismo modo que:

«No será admitido en el Opus Dei quien haya sido miembro, novicio, postulante o alumno de una escuela apostólica de algún Instituto religioso, o Sociedad de vida en común; ni quien haya pedido la admisión o haya estado en periodo de prueba en algún Instituto secular» (Estatutos, 1982, Cap. III, art. 20, §2)

¿Por qué no será admitida la persona proveniente de algún instituto secular? Pues porque probablemente diría “¡pero esto es lo mismo!”. La razón para no admitir a esas personas, en teoría, es “custodiar” la mentalidad laical, pero ese motivo no sería otra cosa que “una pantalla” más para encubrir la trata de almas (laicos convertidos en religiosos a la fuerza, para, a su vez, convertir a una minoría de ellos en sacerdotes). Quien proviniera de un instituto religioso o un instituto secular, se daría cuenta de que una cosa es lo que se predica y otra lo que se vive (cfr. Religiosos disfrazados) y, por lo tanto, sospecharía estar siendo engañado y probablemente denunciaría la situación.

Por otro lado, al ingresar al Opus Dei cambian las condiciones y sucede lo propio de una trata: al principio se convoca a todos para ser laicos (a nadie el Opus Dei convoca para ser sacerdote), pero una vez adentro, todos (al menos los Numerarios) han de estar ordinariamente dispuestos a ser ordenados sacerdotes. En realidad, ordinariamente no debería estar dispuesto ninguno a ordenarse en absoluto (dejo al margen la existencia real de vocación sacerdotal de cada caso particular):

«Todos los Numerarios y muchos Agregados están ordinariamente dispuestos —con plena libertad, para aceptar o no esa llamada— a ser sacerdotes, si son invitados por el Padre» (Catecismo del Opus Dei, 5 ed. n. 44).

Es decir, no hay nada de espontáneo (o de “evolutivo”) en el origen de la vocación sacerdotal: es compulsiva su creación. El Opus Dei decreta que existe dicha vocación sacerdotal, del mismo modo que decreta las “vocaciones laicales” al Opus Dei, sin importar mucho el discernimiento del candidato. Desde el momento en que se es Numerario –al menos- el Opus Dei determina que hay predisposición al sacerdocio, o sea, que es constitucional a la vocación de Numerario estar ordinariamente dispuesto a ser sacerdote.

Añade el libro de Meditaciones:

«Es necesaria la confluencia de tres voluntades: la de Dios, la del Padre y la del propio interesado» (Med. V, pág. 481).

Pero si tenemos en cuenta que “los directores representan a Dios”, según palabras de Escrivá, difícilmente sucederá que Dios y el interesado opinen de una forma y el Prelado de otra. Lo que suele suceder es que Dios y el Prelado opinan de una forma y el interesado debería adecuar su voluntad a la del Prelado, salvo que estuviera dispuesto –“con plena libertad”- a ir en contra de Dios y del Prelado. Recordemos, además, que el Opus Dei les adoctrina a sus integrantes para que repitan como jaculatoria: “queremos lo que quiera el Padre” (Prelado), por lo cual ¿de qué forma será posible rechazar esa llamada del Prelado (al sacerdocio) si el ideal espiritual es identificarse con la voluntad del Padre? (en este caso, el Padre-Prelado, no el Padre-Dios).

Por lo cual, cuando el Catecismo agrega “con plena libertad para aceptar o no esa llamada” se trata de un escenario que se da en contadas ocasiones, y usualmente, es más bien una utopía.

¿Entonces todos los sacerdotes del Opus Dei no tienen vocación sacerdotal?

No es la pregunta adecuada. El punto interesante es que las vocaciones sacerdotales que se originan dentro de la prelatura del Opus Dei nacen de una manera muy extraña, por no decir contradictoria: para ser sacerdote del Opus Dei es requisito no tener vocación sacerdotal y, al mismo tiempo, estar ordinariamente dispuesto a ser ordenado, si ese es el deseo del Prelado.

La causa de este origen problemático, de la vocación sacerdotal, hay que buscarla en la “trata de seminaristas”, es decir, en la voluntad del Opus Dei de crear sacerdotes a la medida de sus objetivos de gobierno (objetivos que tienen que ver con el proselitismo, es decir, con la “trata de almas”).

Es lógico, entonces, que la formación (¿adoctrinamiento?) tienda hacia el cultivo de una extraña mezcla de mentalidad clerical, conventual y laical, más que una mentalidad plenamente laical. Este es otro punto importante, que hace a la esencia de la engañosa convocación planteada por el Opus Dei.

«Apelar al “carácter secular” del Opus Dei para exigir que no se aplique a sus miembros la normativa de los religiosos resulta improcedente. Es al clero secular al que primariamente se prohíbe el ejercicio del comercio, los negocios, determinadas profesiones y cargos públicos (…). Escrivá era el que nos obligaba a vivir como curas. Los numerarios debíamos estar en preparación para el sacerdocio y cursar el correspondiente bienio filosófico y cuatrienio teológico. Pero no contento con eso, Escrivá por añadidura aplicaba e imponía —tanto a los clérigos del Opus Dei como a los laicos del Opus Dei— obligaciones y exigencias propias de los religiosos» (cfr. Gervasio, “El irresistible episcopado”).

No es casual que el Opus Dei sea una prelatura (aunque sin pueblo, contrariamente a lo que deseaba A. del Portillo).

«A menudo no se dice que el Opus Dei era una institución clerical y se olvida igualmente con frecuencia de especificar que la primera aprobación [1943] fue como sociedad clerical de vida común sin votos públicos» (Cfr. Rocca G. “El Opus Dei - Apuntes y documentos para una historia”, publicado en Claretianum XXV, 1985, Introducción).

Es decir, no es casual que el Opus Dei sea una estructura clerical. Por una parte, los laicos se “reciclan” con una periodicidad mucho mayor al porcentaje de sacerdotes que abandonan la prelatura.

Por otra parte, en este caso particular, la columna vertebral de la prelatura del Opus Dei no son los laicos (aunque sean mayoría), como aparentemente podría creerse (es la imagen que promociona la organización), sino es el estrato clerical junto al estrato de los directores laicos, quienes viven al modo de los religiosos, según señalaba Gervasio más arriba. A largo plazo, el objetivo de la prelatura del Opus Dei es su ejército de sacerdotes, seleccionados de entre los laicos formados durante años, según los principios doctrinales peculiares del Opus Dei y reclutados mediante los mecanismos propios de una trata (es decir, del engaño).

Pero además, en cualquier prelatura personal la columna vertebral la forman los clérigos, porque el Código de Derecho Canónico considera como miembros de una prelatura a los sacerdotes, mientras que los laicos son considerados como “cooperadores orgánicos” (Cfr. CIC, can. 296).

Respecto de las prohibiciones (al comercio, determinadas profesiones, etc.) bien podría decirse que canónicamente no existe para los integrantes laicos del Opus Dei, pero lo cierto es que existen de manera ascética: los directores tiene la capacidad de intervenir y desaconsejar ciertos trabajos (no sólo por razones morales sino especialmente por intereses del gobierno de la prelatura) y a los integrantes del Opus Dei se les dice que ordinariamente han de estar dispuestos a seguir los “consejos” de los superiores, incluso en materia profesional (si las razones son “espirituales”). Rigen sin embargo otras prohibiciones para los integrantes célibes, como la de no asistir a espectáculos públicos, algo que ha sido tomado de los clérigos y de los religiosos e incorporado a la vida “laical” de los numerarios y agregados del Opus Dei (cfr. Gervasio, “El irresistible episcopado”).




Al hablar de trata y de explotación, bien podrían asociarse a dichos conceptos imágenes que no son adecuadas para el contexto del Opus Dei. Hay que tener presente algo esencial: el Opus Dei está diseñado para el largo plazo –por sus propios objetivos de expansión y permanencia-, por lo tanto los movimientos de la institución suelen ser sutiles y lentos, con la mentalidad del constructor que edifica para miles de años. El entramado es complejo, pero eso no impide percibir puntos críticos y elementos inadmisibles ya señalados.

Por eso, sería erróneo buscar comparaciones precisas entre lo que sucede dentro del Opus Dei y otras organizaciones que puedan practicar la “trata de novicias” o la trata de personas, en el sentido corriente. El caso del Opus Dei ha de estudiarse en su propio contexto peculiar (donde por todos los medios se evita el escándalo) para que dicho análisis no derive en imprecisiones o afirmaciones inadecuadas. Aunque no se produzcan situaciones groseras visibles, sí existen elementos precisos para plantear la existencia trata de almas, empezando con el reclutamiento engañoso, con el fin de aprovecharse de la capacidad de donación de las personas. Mediante el doble mecanismo del engaño (primero) y la coacción moral (después), lo que se busca es que entreguen todo y especialmente entreguen su persona.

También cabría aclarar que esos dos mecanismos se pueden analizar de diversas formas: si bien es posible distinguir cronológicamente una primera etapa de seducción, para atraer a «los novicios», y luego una segunda etapa de sometimiento a un riguroso sistema de obediencia conventual, lo cierto es que esos dos mecanismos se despliegan a lo largo de todo el tiempo que se permanece en esa organización, conjugando así las amenazas con los consuelos, los miedos hacia la institución con los amores por la institución, la realidad vivida con las promesas incumplidas pero en espera de que se cumplan algún día.

Otro elemento a señalar es la confusión: por mi parte no conozco a nadie que, habiendo abandonado el Opus Dei, tuviera clara conciencia de lo sucedido y de dónde había estado. Más bien, suele reinar la confusión, la falta de claridad y el desconcierto, como quien hubiera recibido una golpiza sin saber de dónde provenían los golpes, resultando muy difícil la reconstrucción de los hechos, aunque no de los dolores.

Conclusiones

Cuando Escrivá se proponía como ejemplo de hombre que sabía querer, no estaba diciendo una simpleza, aunque el tono pareciera sensiblero y aparentemente humilde: se proponía a sí mismo, nada más ni nada menos, como modelo de santo (Dios es Amor y el primer mandamiento se refiere al amor; la santidad consiste, sobre todo, en amar), de la misma forma que otras veces se situaba como mediador entre Cristo y los integrantes del Opus Dei («si no pasáis por mi cabeza […] no tenéis a Cristo», cfr. “Meditaciones” IV, p. 354), como diciendo «sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

Si realmente el amor de Escrivá por sus seguidores hubiera sido tan grande, como él mismo dice, les habría dicho la verdad acerca del camino que estaban por abrazar. Lejos de inducirlos de manera seductora, les habría advertido con claridad acerca de las exigencias -propias de religiosos- que estaban por asumir. Sin embargo, lo distintivo de Escrivá –y de la organización fundada por él- no fue –ni es- promover el discernimiento, como bien lo recordaba Heraldo, sino difundir la confusión y la falta de claridad.

«Hay en mi alma una gran devoción a San Francisco, a Santo Domingo, a San Ignacio; pero nadie en el mundo me puede forzar a hacerme franciscano, dominico o jesuita. Como nadie me puede obligar a tener mujer, a que me case (...). El derecho natural, el derecho divino positivo, la moral cristiana y los derechos adquiridos se opondrían —repito— a una violencia de ese tipo» (Escrivá, J.M., “Carta”, 25‐V‐1962, n. 35)

Es notable que siendo consciente de la violencia que implica imponer una vocación que no es la apropiada, Escrivá mismo procediera de esa misma forma.

«Después de ser él [Escrivá] el que exige a los miembros laicos del Opus Dei que cumplan normas propias de los clérigos y también normas propias de los religiosos, afirma tener un deber de conciencia de defender la secularidad y la laicidad del Opus Dei» (cfr. Gervasio, “El irresistible episcopado”).

¿Cuál podría ser, por lo tanto, la razón de Escrivá para proponer una cosa y luego –por la vía de los hechos- cambiar diametralmente la propuesta, pero, a su vez, seguir afirmando –por la vía de las palabras- que nada había cambiado sino que, al contrario, su compromiso –en el que decía «se jugaba el alma»- era mantenerse fiel a la propuesta inicial? Es demasiado entreverado el planteo de Escrivá como para encontrarlo coherente, y por lo tanto, inocente.

Se podría pensar –para desmentir el engaño vocacional- que Escrivá podría haber sido víctima de la mentalidad dominante de su tiempo, es decir, controlada por los religiosos, impidiéndole transmitir a su organización una mentalidad propiamente laical, aunque se lo propusiera con todas sus fuerzas (pues así de tajantes son sus afirmaciones: «jamás seréis religiosos», etc.). Además de ir en contra de todos los escritos institucionales, dicha postura explicaría el fracaso de Escrivá, no su logro, aunque sin dudas lo absolvería de toda culpa.

Más allá de los cuestionamientos hacia Escrivá, una tarea urgente es reformar el espíritu con el cual fue creado el Opus Dei. Bien podría decirse que la esencia del Opus Dei es “la trata de novicios y novicias”, al margen de los fines nobles con los cuales se quiera idealizar los abusos sobre las personas.

El problema es cómo reformar lo que espiritualmente nació tan torcido. Podría ensayarse una respuesta viendo lo sucedido con la fundación de Marcial Maciel. Lo más factible es que podría hacerse con el Opus Dei lo que se hizo con la Legión: reformarla mirando más hacia el futuro que hacia el pasado (aunque esta solución no dejará conformes a muchos, por cierto).



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