La divertida historia de un bala perdida que termina bien

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Por Buen Ladron, 12.04.2009


Leo y releo tantos y tantos testimonios y siento muchas ganas de aportar mi granito de arena. Ojalá lo que cuente le sirva un poco a alguien o por lo menos, le levante una sonrisa y le ayude a quitarle algo de hierro a tanto tremendismo. Aún así, viendo algunas cosas que se cuentan, entiendo que hay casos muy dramáticos. Y no seré yo quién los relativice.

Veo que mucha gente habla de su paso por la Obra con bastante rencor. Sus testimonios dejan, sin duda, una sensación amarga. Entiendo casi todos los puntos de vista, aunque unos los comparta y muchos no. Explicaré por qué.

Yo me hice numerario de la Obra en el año 78, después de un retiro a La Estila, en Santiago de Compostela. Cuando me fui de la Obra con 34 años, me había pasado dentro más de la mitad de mi vida: 18 años.

Un lluvioso domingo de diciembre, mientras todos cenaban, me fui sólo del centro: metí todo mi mundo en una bolsa grande, fui al oratorio a despedirme y salí por última vez de mi casa en dirección a una pensioncilla, que era lo más que podía alquilar. Cuando cerré la llave de mi nuevo hogar, noté que el mundo se me venía encima. Un mundo para el que no estaba preparado, pues nadie, cuando sale de la barca, es tan ingenuo como para pensar que no se hundirá.

Mi salida, como la de todos no fue ni fácil ni cosa de un día: aunque suene extraño y diga poco de mí, comencé a salir desde el momento que entré. Me explico:

Yo siempre fui un poco tonto, o más que tonto, bastante manejable y apocado. Tímido, sin personalidad y muy indeciso. Mi falta de carácter me costó más de un disgusto y muchas lágrimas. Con quince años, es muy difícil saber lo que quieres. Más, cuando todos menos tú ven las cosas con una claridad que te deja pasmado. Cuando me plantearon la vocación, aquello me sonaba a chino. En realidad, aunque era un chico practicante, nunca había conseguido tener un nivel de intimidad con Dios suficiente como para “hablar con él”. A esa edad, lo más que conseguía en mi vida de oración era expresar vagamente mis sentimientos, algo parecido a hablar yo solo, pero sin percibir ningún eco del otro lado. De tanto oír hablar de rezar el rosario, la Misa, la oración personal, etc., pensé que a base de repetirlo conseguiría captar aquella longitud de onda sobrenatural. Lo cierto es que en mis 18 años en el Opus Dei, estuve a ciegas. A ciegas y a sordas.

Ahora lo pienso y me doy cuenta de que sencillamente, nunca fui una persona idónea. Lo grave del caso es que, en 18 años, nadie se dio cuenta nunca.

15 años, tiene mi amor

Las semanas antes de hacerme de la Obra, en el Club se habían fijado un objetivo de veintitantas vocaciones. Aquello era una red barredera que enganchaba a peces, murciélagos y todo lo que pasara por allí. Y ahí estaba yo.

Recuerdo que hablaba con un “mayor” que vivía en el centro y también con el sacerdote. Los dos coincidían en que lo mío estaba cantado. Yo la verdad, ver nunca vi nada. Es más, ni lo ví en aquel momento ni lo vi nunca. Recuerdo que me decían que si sentía miedo, ésa era la señal de que tenía vocación. Y recuerdo que sí, que efectivamente, más que miedo sentía pavor, un sudor frío mezclado con vértigo, pues la entrega que me planteaban pensaba que me venía grande y me parecía que no podría aguantarla.

Con quince años, nunca había tenido novia, pero soñaba con tenerla, con salir, con ligar, con vivir la vida. Sabía que ésa era mi vida, mi ilusión, lo que de verdad ansiaba e intuía que era para lo que de verdad estaba hecho. Soñaba viéndome casado, con niños y me hervía el corazón en ganas de vivir.

Ante mi negativa, “me llevaron” (porque entonces era un chico portátil) a un curso de retiro. Mi “amigo” del alma recuerdo que me hablaba de los romanos, de los leones que se comían a los primeros apóstoles y de que sería un cagado y un egoísta si me negaba a enrolarme en aquella legión que se disponía a comerse el mundo. Y uno, como siempre quiere terminar en el equipo ganador, pues va y se apunta. Con 15 años, ¿alguien puede encontrar una razón mejor? Yo, que era un chico con ideales, con muy buen corazón, alegre, divertido y con ganas de ayudar a los demás, pensé que aquello era lo mío. Ni idea de lo que implicaba aquello, pero con tal de no quedar como un caguica, firmé como un valiente dispuesto a dejarme devorar por los leones y la Mar en Verso. A tomar por saco. Ahora que han pasado tantos años, tengo 43, me alegro de haber entregado a Dios, a mi manera, toda mi adolescencia y mi juventud. Sé que a alguno le parecerá un sinsentido, pero así lo siento. Un numerario viejo con el que tenía confianza un día me dijo, con ironía amiga: “a nadie le hacen mal 20 años en el Opus Dei”. Maldita la gracia, pensarán algunos, pero le doy la razón.

Sólo en el mundo

A veces pienso que si algún día hay un terremoto y me quedo sólo en el mundo mundial, iré a Bruno Buozzi, la sede central de la Obra, porque me muero de curiosidad por ver mi hoja de servicios: no creo que haya otra igual, porque mis 18 años en la Obra fueron realmente calamitosos. Es más: me atrevo a decir que nadie de los que escribe aquí hizo tan poco en la Obra como yo.

A pesar de que terminé mi carrera de Ingeniería a año por curso, (tonto, tonto, no debía ser) jamás tuve ningún cargo de nada, ni lleve ninguna charla, ni me dejaron leer ningún documento interno de esos que ahora leo aquí, ni nunca dije lo de Santa María Spes nostra… en el oratorio, ni nunca tuve la llave de la tele, ni vi el ABC sin censurar, ni nada de nada. Lo único así “importante” que hice en 18 años fue dar un círculo para cinco personas un día que el director estaba afónico, dos numerarios deprimidos y el cuarto que tenía que darlo avisó diciendo que llegaba tarde. Como nunca más me invitaron a darlo, no debí hacerlo muy bien.

Durante 18 años viví muchos momentos de felicidad e hice grandes amigos. Creo que en estas páginas, con tantos testimonios, se comete la gran injusticia de no reconocer que en la Obra hay gente muy buena y muy entregada. Yo al menos, sí los conocí. Es cierto que también abundan los “talibanes” y los kamikazes, pero la mayor parte de la gente que yo conocí eran normales. Es más, entre los agregados, más que los numerarios, me encontré con gente muy buena, muy sana, muy cordial y cariñosa, chicos que vivían su entrega en condiciones ejemplares y sin mucho reconocimiento de cara al resto. También me encontré con auténticos locos, con directores temerarios que hablaban de oídas y con gente con un carácter sencillamente aborrecible.

La Pureza, mi talón de Aquiles

Mi gran problema en la Obra era la pureza y la imaginación. Desde que entre como adolescente hasta el día que me fui, nunca fui capaz de pasar mucho tiempo sin que se me fuera la mano. Siempre fui sincero en ese aspecto, y siempre me confesé de mis caídas. Tuve etapas más relajadas, donde lograba distanciar más mis pifias, pero tarde o temprano volvía a las mismas. Eso me pasaba desde antes de pitar, pues me masturbaba algunas veces por semana.

Cualquiera que haya estado en la Obra sabe lo que me pudo haber costado tantos años de lucha. Una y otra vez trataba de levantarme y veía que no lo conseguía. Otros planteaban la lucha en pronunciar correctamente la “ts” del Sedes Sapien”tsie”. Yo, en hacerme cuantas menos pajas, mejor.

Como tenía esa carencia, el resto de mi vida interior se limitaba a eso: a no caer. Es triste, pero es así. Mi vida de “unión contemplativa” se resumía en contar los días hasta la siguiente caída.

En algún documento que he visto por aquí, alucino con todo lo que leo, me he maravillado al encontrar la respuesta a mi problema: según la experiencia de siglos de la Iglesia, con respecto a la idoneidad de las vocaciones, el candidato que no sea capaz de vivir la castidad está claro que no tiene vocación.

Ahora lo leo y lo entiendo, pues es bastante de cajón y de sentido común.

Lo que no termino de comprender es cómo, tras 18 años de castañazos semanales, nadie, ni el gato, ni los más sesudos y experimentados directores del centro de Estudios, ni los sacerdotes más curtidos en mil batallas del alma fue capaz de decirme, “chico, esto no es para ti: el tejado no lo vamos a poner porque los cimientos ceden”.

Algo tan sencillo podrían habérmelo dicho antes de hacer la admisión, la oblación o la fidelidad. ¿Por qué insistieron tanto en no querer ver mi problema? Nunca lo sabré.

Con el paso del tiempo, la cosa fue empeorando. Como era simpático y tenía un aire, alguna compañera de estudios me llevó al huerto. En algún trabajo que tuve me pasó lo mismo. Y cuando no fue así, como notaba que estallaba por dentro, me fui de putas –con perdón de la expresión- unas cuantas veces.

Además, en las novenas de la Inmaculada, en el UNIV y en las Bibliotecas de la Universidad, no había numeraria de la que no estuviera enamorado y soñaba despierto con caer en los brazos de alguna de aquellas angelicales criaturas que eran como yo, pero con faldas largas.

Con el paso del tiempo, comencé a vivir dos vidas: una real, mi vida como numerario en un centro, y otra imaginaria, donde me veía fuera de aquel mundo, feliz y contento. Mi cabeza daba vueltas y vueltas tratando de ver la luz al final de un túnel que ya se me estaba haciendo demasiado largo. Pero la verdad, nunca lo plantee con crudeza, pues en el fondo, pensaba que incluso decirlo era malo y síntoma de debilidad. Yo decía lo que sentía, que aquello me venía grande, que no quería, que aquello no era para mi, pero la única respuesta que obtenía siempre era la misma: si te vas, prepárate, porque un numerario que se fue, a la semana lo atropelló un autobús, otro se caso con una numeraria muy mona que a los nueves meses explotó de gorda y quedó viudo y otro se le paró el corazón cuando compraba “El País” en el kiosco.

Esto suena a risa, pero una vez en La Estila, el sacerdote del curso de retiro nos contó que un numerario que lo había dejado, había sido encontrado con la cara agusanada, (sic) dentro de un plato de sopa, a la semana de morir de infarto, sólo, en la habitación de la casa en la que vivía. Puede parecer fuerte, pero es real. Yo aquella imagen la tengo aún grabada y evidentemente, no me atrevía a dejar la Obra porque, honestamente, prefería para mí un final más romántico o heroico que morir ahogado en Sopa Knorr.

Viendo las cosas con perspectiva me doy cuenta de que lo que tenía de débil lo tuve también de sincero y jamás me callé nada ni en la charla ni en la confesión. Como cualquiera comprenderá, no me hacía ninguna gracia ni confesarme ni hacer la charla, pero la hacía, lloviese o tronase. En mis 18 años jamás la hice a gusto y con nadie que me cayera bien ni que sintiera que realmente me comprendía. Además, siempre me confesé con verdadero propósito de la enmienda y jamás perdí la esperanza de desandar mis malos pasos, por excesivos que a alguien les puedan parecer.

A veces me pregunto qué criterio tuvieron los directores para alentarme a que siguiera un año tras otro. Viéndolo ahora con el paso del tiempo me parece de una crueldad supina, de una inconsciencia muy grande. Y lo que más me temo es que fue, más que por verdadero amor hacia mi persona, por un desinteresado interés por mi alma, era por una cuestión de número, o de inercia.

Estoy convencido de que muchos de los directores que tuve tendrán que dar cuentas a Dios de lo mal que me orientaron. Pero yo, que di muy malos pasos, les perdono de corazón pues si Dios mismo me perdono a mí con su infinita misericordia, con más razón debo yo perdonarles a ellos.

La Pamela Anderson del Opus Dei

Antes de ser de la Obra tenía una vida de lo más normal. Con mis luces y mis sombras, pero normal. Tras tantos años de ascetismo asfixiante, la obsesión por el sexo llegó a bloquearme. Todo en mi vida eran piernas largas, chicas que me cruzaban una mirada, revistas de tetonas que cobraban vida y me sonreían pícaras cuando iba a comprar tabaco.

Yo, que no me daba al desaliento, luchaba y luchaba a brazo partido por espaciar mis caídas, por pedir la pureza que nunca llegaba, por entrar a la facultad sin la sensación de estar metiéndome en el probador de Zara-Women. Y terminé, como muchos otros, rumbo a la Clínica, a ver si la Madre del Amor Hermoso, a la que tengo devoción, y el doctor Sarrais, podían enderezarme.

Cuando fui a ver al psiquiatra a la Clínica de Pamplona, me recetó además de pastillas para dormir, SEDOTIME, un antiandrógeno que se llamaba ANDROCUR, que como se puede inferir, significa Cura para la Hombría, o algo así: un inhibidor de la testosterona. Recuerdo aún como si fuera hoy –y no miento- lo que me dijo el director: “con esto, aunque es artificial, ya no tendrás que luchar por la pureza”. Dicho y hecho, pues con aquellas pastillas el pájaro no volvió a salir del nido hasta que me terminé la caja. Es más, a veces pensé que había perdido el riego, pues la cosa no daba señales de vida.

El problema fue, me río al contarlo, que al poco de tomar aquellas pastillas ¡¡empezaron a crecerme las tetas!! Que nadie se ría, por favor, por que es cierto y eso se llama “Ginecomastia”. ¡Ay, Señor!

Ante la disyuntiva de convertirme en la Pamela Anderson del Opus Dei o volver a ser yo mismo, dejé de tomarlas y volví a las andadas.

Alguien que me lea podrá pensar que no era normal. Yo, como nunca supe cuales eran las luchas de los demás, no sé si mi caso era único o eso nos pasaba a muchos. No sé. Lo que sí se es que mi historia acabó bien. Como premio a mi insensatez, a la ceguera de los directores, a la denegación de auxilio a una persona claramente no idónea, el panorama comenzó a aclararse poco a poco.

Cuando salí de la Obra, al tiempo me casé con la mujer más guapa del Hemisferio Norte, tengo un niño deficiente al que adoro, llevo una vida sexual absolutamente normal, soy fiel, y disfruto la vida como nunca lo había hecho hasta entonces.

Después de tantos años de incertezas, de angustias, de frustraciones, sentí una gran liberación al poder vivir mi vida por mi mismo. Suena a egoísta, pero en mi caso no lo es, pues antes mi vida no tenía ningún mérito, ni sentido, pues no era yo el que la vivía personalmente sino otros que la vivían por mí. Y sin libertad, aún me acuerdo del Cuatrienio, no hay mérito.

A mi tampoco me gusta eso de “Gracias a Dios nos fuimos”. Me suena a rencoroso y estéril. Yo no podría vivir considerando que he perdido la mitad de mi vida ahí. Todo lo contrario: Dios, que es señor de nuestras historias particulares, sabrá porqué nos tuvo allí el tiempo que nos tuvo. Yo creo que cada uno es feliz cuando sigue su camino. A veces nos liamos mucho la cabeza y tratamos de justificarnos echándole la culpa a la Obra. Yo no la culpo: si acaso, me culpo a mí y a mi debilidad, a mi falta de carácter, a mis neuras y a mi falta de determinación para decir en cada momento lo que quería.

Ahora, vivo la vida muy feliz y muchas veces a lo largo del día me sorprendo repitiendo jaculatorias y frases a Jesús y a la Virgen, que antes repetía por obligación y ahora me salen solas y llenas de sentido.

Decía nuestro Padre, al que nunca, pero nunca, tuve verdadera simpatía, que la verdadera señal de la vida interior era la presencia de Dios. Os parecerá irónico pero yo la tengo. Fui una mezcla de San Agustín, Mal Ladrón y Judas de Plástico, pero a veces pienso que Dios me sonríe, pues escribió conmigo una maravillosa poesía con unos renglones, no torcidos, sino ¡VERTICALES!

La Chispa de la Vida

Creo sinceramente que la Obra, después de la Coca Cola, es el mejor invento del siglo XX. Una fórmula idónea, perfecta, al alcance de cualquier fortuna, para encontrarse con Dios –no creo que haya cosa más grande- en medio del mundo. Sólo eso, creo, merece toda nuestra consideración.

La idea de poder santificar el trabajo y las pequeñeces diarias es de una sublimidad sobrecogedora, por no decir acojonante, que suena muy fuerte. Yo tardé 20 años en descubrirlo, y tal vez sea la persona menos indicada para recomendarlo, pero a mi me ayudó. Todos aspiramos a darle un sentido a nuestras vidas. El tiempo pasa y si no lo hacemos, corremos el riesgo de llenarlas de “nada”, de ver cómo nos pasan los años y malgastamos nuestra libertad en ir y venir a ningún lado. Yo ahora, lleno todos mis días de amor por los demás.

Decía antes que la Obra era un buen invento. Lo creo. Pero también la dinamita y las bacterias fueron grandes descubrimientos, aunque a veces se haga un mal uso de ellas. Yo lamento que la Obra, en muchos casos, incluido el mío, haya sido una buena medicina, aunque mal aplicada.

A mí 20 años en casa me hicieron mucho bien. Soy quien soy gracias a eso, o a pesar de eso, no lo sé. Desearía que los que están dentro sean felices. Muchos lo son y me alegro por ellos. Me llevo mucha alegría cuando los veo en sus sitios de siempre, felices, entregados. Otros no, los veo tristes, muertos vivientes.

En el fondo, uno elije cómo quiere que le vaya en la vida. Conozco muchos casos de gente que se fue y aterrizó en la vida con los dientes por delante y ahora les va, francamente mal. Estar dentro o fuera no te garantiza nada: es cuestión de estar bien, dentro o fuera, pero bien, a gusto, considerando las cosas con madurez y con valentía.

Desearía que los que ya no lo estamos, miremos atrás sin rencor, como dice Oasis, “Don´t look back in anger” (No mires atrás con odio) Es una canción bonita y en el caso de los que perdimos nuestros mejores años en el Vietnam del alma, una canción con mucho mensaje.


PD: Cuando dejé de ser numerario me nombraron Cooperador. Ahora que lo pienso, se me olvidó preguntarle al director si había alguna cuota mensual. De ser así, con los retrasos que llevo… me va a salir por un pico la broma.