Josemaría Escrivá y Pedro Arrupe: cara y cruz ¿de una misma Iglesia?

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Nuevo libro de Isabel de Armas, 2009

460 páginas, Editorial IEPALA

Image:Cara cruz isabelarmas.jpg


Reproducimos la introducción


INTRODUCCIÓN


José María Escrivá y Pedro Arrupe nacieron en la primera década del siglo XX, en 1902 y en 1907 respectivamente; uno, al pie del pirineo aragonés, en Barbastro, población de unos cinco mil habitantes, otro, en una villa tranquila y lluviosa, Bilbao, ciudad de ochenta y dos mil habitantes. José María era el segundo, pero el primer varón, de los seis vástagos que llegaron a tener José Escrivá (o Escriba) y Dolores Albás, y Pedro, el quinto y único varón, después de cuatro niñas, de los hijos de Marcelino Arrupe y Dolores Gondra. El padre de José María tenía en Barbastro un comercio de telas que quebró, su infancia fue, por tanto, la de un niño de pueblo en un hogar con serios problemas económicos. El padre de Pedro era arquitecto de profesión y, su infancia fue la de un niño de ciudad en un hogar de clase media bien instalada. Los dos formaban parte de familias muy religiosas, y ambos fueron educados en colegios de curas. José María deseaba ser arquitecto, después pensó hacerse carmelita y, por fin, y a pesar suyo, optó por el sacerdocio, tal vez por ser la salida más realista dadas sus circunstancias personales. Pedro eligió la carrera de Medicina, para curar cuerpos, pero, en cuarto curso descubrió que lo suyo era la cura de almas, y también decidió hacerse sacerdote; el primero, del clero regular y, el segundo, de la Compañía de Jesús. Escrivá cursó sus estudios en Logroño y en Zaragoza. Arrupe lo hizo en Loyola, en San Salvador de Oña y, más tarde, en Bélgica, Holanda y Alemania...

Ya sacerdotes, los dos jóvenes recién ordenados, soñaban con ensanchar su mundo hasta llegar a ser universales, para hacer llegar a Cristo hasta el último rincón de la tierra en un siglo dominado por los grandes descubrimientos de la ciencia y de la técnica; en un tiempo en el que el pensamiento y las ideas desbordantes son cada vez menos fijas; en un mundo dominado por guerras y masacres, y también por un utópico deseo de paz. José María Escrivá, hoy San Josemaría, fundó el Opus Dei para "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas", y su organización consiguió convertirse, en pocos años, en la institución religiosa de la Iglesia católica más exitosa del pasado siglo. Pedro Arrupe, para seguir a Jesús y hacer que otros le siguieran, quiso ser misionero-jesuita, y lo fue durante veinticinco años, hasta el momento de ser elegido General de la Compañía, la orden religiosa y con más prestigio de la Iglesia católica.

Escrivá y Arrupe fueron hombres de fe; de esa fe que mueve montañas. El hacer de ambos nacía de su identificación personal con Jesucristo como viviente. Místicos: sus palabras brotaban de las comunicaciones del Señor en la oración y, aún más, en la contemplación. Ambos querían ser fieles a Dios que se les manifestaba con proximidad y luminosidad. Creían en un mismo Dios Trinitario: Dios creador de cielos y tierra, Dios con nosotros Jesucristo-, y Dios en nosotros -el Espíritu dador de vida-. Sin embargo, sus praxis acabaron por ser bien distintas.

Esto, en principio, no tendría que suponer mayor problema. En la Iglesia católica, a pesar de su estructura jerárquica, siempre ha habido un amplio pluralismo, expresado a través de escuelas teológicas, corrientes de espiritualidad, Iglesias nacionales, etc. Lo que quizá no había habido antes, o había habido en menor grado, era un pluralismo en el que las diversas instancias operan desde distintos paradigmas y se refieren a creyentes que, aun viviendo en el mismo meridiano de la historia occidental, parecen situados en mundos de valores distintos.

Un Dios con muchos nombres o con muchos rostros no es especialmente problemático mientras no sean recíprocamente excluyentes. En cambio, un Dios con dos rostros enfrentados sí que es desconcertante, problemático, y puede llevar a fuertes desaguisados y rupturas. Escrivá y Arrupe, en su madurez, llegaron a adoptar, en el terreno de la acción, posturas contrapuestas, hasta llegar a ser como la cara y la cruz de una misma moneda; dos estilos de vida, de praxis, dentro de una misma Iglesia.

La institución más nueva y la institución con más solera nunca se llevaron bien. Entre el año 1939 y el 1946, sus relaciones, en su momento, fueron calificadas de "tempestuosas". ¿Razones, motivos? Por competencias y semejanzas, por paralelismos. En los años de la posguerra española de 1936, los jesuitas tenían en España el monopolio en el apostolado universitario y en los núcleos dirigentes de la sociedad, y el Opus Dei llegó dispuesto a comerles todo el terreno posible. Con el paso del tiempo, los jesuitas sufrieron muchos cambios, sobre todo a raíz del concilio Vaticano II (1962-1965), y se abrieron, con el padre Arrupe ya al frente, a nuevos apostolados, dejando mucho campo libre; todo un campo que el Opus Dei ha ido, gradualmente, ocupando. Muchas fueron las razones religiosas y políticas que marcaron la controvertida trayectoria de Pedro Arrupe al frente de la Compañía de Jesús, durante los años clave del postconcilio. El interés que despierta su trayectoria está aún marcado por el entusiasmo de sus seguidores y por las reticencias de sus detractores. Para los primeros es "profeta de nuestro tiempo" y "testigo de justicia", para los segundos, pieza clave de todos los "desastres" y "tensiones" ocurridos en la Compañía durante sus años de generalato. El presente trabajo quiere ser un intento de aproximación al sacerdote, al misionero, al místico y al gobernante, dispuesto a afrontar, con creatividad y fidelidad, los retos que a su vocación como cristiano y como religioso planteaba la irrupción de un nuevo paradigma a escala mundial.

De San Josemaría, personaje complejo donde los haya -sobre todo por la gran leyenda que montó, o dejó montar, en torno suyo a lo largo de su vida-, de lo que no cabe duda es que, en su momento histórico, supo aglutinar y coordinar las tendencias de un importante sector de la sociedad -primero española y más tarde internacional- que necesitaba ser motivada, impulsada, pues notaba, de alguna forma, que el viejo régimen no tenía reprise. Cambiar la fachada, de momento, era suficiente para inyectar marcha al mismo: un traje nuevo para aparecer como algo novedoso por fuera pero, por dentro igual.

Comparando a los dos personajes, puede comprobarse que Arrupe era tradicional en lo íntimo y del todo avanzado en lo evangélico, y ahí radica su misterio y su magisterio. Renovador de la Compañía de Jesús con la histórica conjunción entre fe y justicia, conjunción absolutamente revolucionaria de la Iglesia contemporánea; un sacerdote místico que encontraba en la Eucaristía el referente esencial de su acción evangelizadora. Pedro Arrupe intentó por todos los medios que la Compañía fuese en su generalato como la que había sido durante varios siglos: la fuerza dinámica de la Iglesia, dispuesta a ocupar los puestos de vanguardia y abrir nuevos caminos de cara al futuro. Escrivá, por el contrario, estaba convencido de que lo importante era volver a lo de antes, a "lo de siempre", pero esforzándose para que eso fuera, o mejor, pareciera lo más "in"; que apareciera como tal. Eso le hizo decir a sus hijos, con dolor y amargura, en marzo de 1975, tres meses antes de morir: "Cuando yo me hice sacerdote, la Iglesia de Dios parecía fuerte como una roca, sin una grieta. Se presentaba con un aspecto externo que ponía enseguida de manifiesto la unidad: era un bloque de una fortaleza maravillosa. Ahora, si la miramos con ojos humanos, parece un edificio en ruinas, un montón de arena que se deshace, que patean, que extienden, que destruyen..."(AGP, RHF 21164, 28 de marzo).

Uno ofrece a los suyos un mundo de inseguridades y contradicciones, mientras que el otro les presenta un mundo de seguridades. Efectivamente, Escrivá ofrece un mundo de seguridades, mientras Arrupe anima a salir de éstas y entrar en caminos desconocidos. ¿Peligros? Inmovilismo, fundamentalismo y fanatismo, uno; activismo irresponsable, liberacionismo, y fanatismo también, otro. Arrupe sentía temor a "dar respuestas de ayer a cuestiones de hoy y de mañana". Escrivá tenía la seguridad de estar "puesto al día para siempre". Arrupe vivió preocupado por una puesta al día permanente. Escrivá lo hizo empeñado, sobre todo en los últimos años de su vida, en volver a lo de siempre: "aggiornamento es fidelidad", decía. Son como cara y cruz de una misma Iglesia.

La existencia o coexistencia de diversas doctrinas y, en ocasiones, hostiles entre sí no es necesariamente una calamidad. La variedad es a menudo una manifestación de vigor. En todo caso, es dudoso que la religión se pusiera más saludable y lustrosa con sólo que los creyentes se plegaran a una concepción única, o con sólo que consintieran en adoptar una nomenclatura unificada. La Iglesia es por esencia múltiple, multiforme, plural y pluralista. En ella han de caber desde los más conservadores hasta los más progresistas, pasando por todos los estadios intermedios y sin que ninguno de ellos se haga dueño absoluto de la situación.

Con mi trabajo no pretendo abarcar la totalidad de los aspectos de las ricas vidas de mis personajes ni de sus obras. Para ello haría falta un mayor volumen de páginas y una erudita formación multidisciplinar de la que, para desgracia del lector y de mis personajes, carezco.

He dividido mi libro en dos partes:

En la primera trato las líneas exteriores, la vida externa de mis personajes; y, puesto que ambos han recorrido la casi totalidad del siglo XX (Josemaría Escrivá falleció el 26 de junio de 1975, y Pedro Arrupe el 5 de febrero de 1991), comienzo cada capítulo de esa primera parte presentando un resumen de los acontecimientos históricos, culturales, políticos, militares y religiosos más importantes de cada decenio de ese siglo.

En la segunda parte trato las líneas interiores, la vida interior de los mismos. A través del contenido de su obra escrita, pretendo poner de manifiesto la interioridad de uno y de otro, apuntando similitudes y diferencias.

Un escéptico amigo me preguntó recientemente: -¿Qué quieres conseguir con este difícil trabajo? ¿Conciliar dos posturas que, hoy por hoy, son irreconciliables? Es una tarea complicada porque puede resultar una historia del bueno y el malo; historia en la que se noten demasiado tus simpatías y tus antipatías, con lo cual puede ocurrir que no satisfagas ni a los partidarios de uno ni a los del otro.

Mi respuesta fue: Bueno, aun así, correré el riesgo.


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