Instrucción para la obra de San Miguel, 1941

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Autor: Josemaría Escrivá, 8 - XII - 1941


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y de Santa María

Nos vos me elegistis; sed ego elegi vos et posui vos, ut eatis et fructum afferatis, et fructus vester maneat, ut, quodcumque petieritis Patrem in nomine meo, det vobis.
No me habéis elegido vosotros a mí, sino que he sido yo el que os ha elegido a vosotros; y os he destinado para que vayáis por todo el mundo, y deis fruto, y vuestro fruto sea duradero: a fin de que, cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, os la conceda.
(Ioann. XV, 16)

1 Queridísimos: sabéis muy bien que el trabajo no sólo es indispensable para los hijos de Dios en la Obra de Dios, sino que es el eje, alrededor del cual gira la propia santificación personal —la de cada uno— y toda su labor apostólica.

Por tanto, dondequiera que haya un trabajo humano honesto, allí debería haber —y la habrá, con el tiempo— un alma del Opus Dei dispuesta a dar, con el testimonio de su vida, la sal y la luz de la doctrina de Jesucristo.

2 Los socios de la Obra no excluimos de nuestra acción ninguna tarea honrada —intelectual o manual—, porque eso sería tanto como excluir un medio de apostolado y abandonar una parte del servicio que debemos a Dios.

De este modo —respetando y defendiendo siempre la libertad personal de las gentes—, tratamos de acercar a Cristo todas las almas. Todas las almas, porque todas nos interesan: unas, para llevarlas al bautismo; otras, al fervor cristiano; otras, cuando el Señor quiera, a buscar la perfección cristiana en el mundo, en su propio estado y en la labor que ejercitan en medio de los hombres. Y a las que se sienten con vocación religiosa, con alegría las vemos seguir su camino: ir al convento y apartarse de las cosas terrenas, puesto que tienen que vivir el contemptus mundi.

3 Vuestra labor y la mía debe ir dirigida, repito, a todas las criaturas: a los parientes, a los amigos, a los convecinos, a los colegas, a los de nuestro país, a los que son ciudadanos de otros países; a los católicos, a los cristianos disidentes, a los no cristianos: siempre conviviendo con amistad leal y veritatem facientes in caritate, siguiendo y propagando la verdad del Evangelio con caridad (Ephes. IV, 15).

Somos, no lo olvidéis, como una brasa encendida: dondequiera que se la deje, si no se apaga —¡y qué pena, si tu alma o la mía se apagasen!—, si no se apaga, tiene que quemar o, por lo menos, elevar la temperatura de lo que está a su alrededor.

4 Por eso, hijas e hijos míos, tened siempre en cuenta lo que San Pablo decía a Timoteo: predica la palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en el que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que teniendo una comezón extremada de oír teorías que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios, para satisfacer sus deseos desordenados, y cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas (II Tim. IV, 2-4).

5 Vosotros y yo hemos sentido una llamada divina, una vocación divina, para que busquemos en la calle —en el trabajo ordinario, corriente, profesional, laical, secular— la santidad, la perfección cristiana.

Y después, mejor dicho, simultáneamente, para que procuremos cuando llegue el tiempo que haya otras almas, en todos los estados —solteros, casados, viudos, sacerdotes—, que puedan recibir esta misma vocación divina y quieran, como nosotros queremos, ser fieles a esta llamada de una manera permanente, con un compromiso personal y responsable, que dure toda la vida.

6 Y entonces, por nuestra entrega completa, por nuestro voluntario holocausto, habremos de ser in gaudio semper et pace, siempre con paz y alegría y con la gracia de Dios, como el muro en el que se puedan apoyar —para su fortaleza— todas esas almas, que serán también hermanos vuestros en este Familia unidísima, que es el Opus Dei.

Habrá llegado el momento de cumplir con otro deber, que nos corresponderá de modo específico y principal: formar a todos los que se sientan sobrenaturalmente empujados a pertenecer a la Obra. Formarlos espiritualmente, en la vida de piedad; científicamente, en la religión; antes, en las virtudes humanas; y mover, a cada uno, a que sea cada vez más docto, más apto, para ejercitar su profesión o su oficio con perfección humana.

7 Luego —sigamos soñando, con la mente y el corazón en Dios— tendremos que distribuir esas fuerzas espirituales, y habremos de procurar que, por su valía y con la gracia del Señor, se coloquen en las encrucijadas de todos los caminos de la tierra.

Para que puedan desarrollar —unidas a nosotros— sus apostolados de convivencia humana y de siembra de la paz de Jesucristo, diciendo con El, de palabra y con las obras: pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis; os dejo mi paz, mi paz os doy (Ioann. XIV, 27).

8 Habéis comprendido, hijas e hijos míos, que os hablo de la obra de San Gabriel, que es de hecho parte integrante del Opus Dei. Espero de la misericordia del Señor, para poder cumplir su Voluntad Santísima, que pronto y a pesar de tantas dificultades de todo género, esos amigos vuestros de la obra de San Gabriel, lleguen a ser hermanos vuestros e hijos míos.

Porque también de derecho se obtenga su vinculación a la Obra de una manera permanente, aunque muchos de ellos —en las dos Secciones— hayan contraído o contraigan matrimonio, formando un hogar cristiano lleno de serena alegría.

9 Eran los primeros días de octubre de 1932, cuando, haciendo un retiro espiritual en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, con un aislamiento completo según era mi costumbre, sin que nadie me acompañara ni me diera conversación o plática alguna, pasaba largos ratos de oración en la capilla donde se guardan los restos de San Juan de la Cruz: y allí, en esa capilla, tuve la moción interior de invocar por vez primera a los tres Arcángeles y a los tres Apóstoles —cuya intercesión pedimos cada día todos los socios de la Obra en nuestras Preces—, teniéndoles desde aquel momento como Patronos de las tres obras que componen el Opus Dei.

Dejadme ahora que invoque de nuevo con todo el fervor de mi alma a San Gabriel y a San Pablo, para que esa parte de nuestra Familia sobrenatural se desarrolle apostólicamente y jurídicamente: y así pueda yo repetir, a pesar de saber cómo soy y de sentirme lo que soy —un pobre hombre: pauper servus et humilis!—, las palabras que dijo mi Señor Jesucristo al Padre: opus consummavi quod dedisti mihi ut faciam; tengo acabada la Obra, cuya ejecución me encomendaste (Ioann. XVII, 4).

10 Esa variedad de miembros exige que todos en el Opus Dei sepamos convivir, comprender, escuchar, disculpar: y no sólo para el apostolado con nuestros iguales del mundo, sino para el trato interno entre los socios de la Obra.

Hace años, decía yo a vuestros hermanos que cada uno de nosotros hemos de saber manejar una vihuela, para —con la gracia de Dios— tocar en cada momento con el ritmo que pidan las circunstancias de las personas, con quienes convivamos: esto es, ni más ni menos, el don de lenguas.

11 Por esa misma razón —la variedad y la complicación aparente, que en realidad es la misma de una familia numerosa—, tampoco la Obra puede ser anárquica. Tiene que tener una desorganizada organización, porque necesitamos hacer valer nuestras condiciones de igualdad con los otros ciudadanos, como laicos y seculares, para que no se nos pueda cerrar ninguna fuente de trabajo y de servicio a las almas, en estos momentos tremendos de laicismo y anticlericalismo malvado: yo —y, como yo, vosotros— soy anticlerical con un anticlericalismo bueno, que nace de mi amor al sacerdocio.

El Opus Dei no puede ser anárquico, tiene gobiernos locales, intermedios y centrales —en sus dos Secciones—, y todos esos gobiernos, para hacer imposible la tiranía, ejercitan su labor de manera colegial.

12 Siendo el trabajo, hijas e hijos míos, la base y el fundamento —el eje, el quicio, os he dicho— de toda nuestra razón de ser, de nuestra vocación, de la eficacia cristiana de nuestra labor, cuando comencemos en una ciudad no podéis dar la impresión, ni a la gente que os mira, ni a las nuevas vocaciones, de que no se hace una tarea profesional externa.

Desde el primer momento necesitamos que una parte de vuestros hermanos desempeñe las tareas propias de su oficio o de su profesión secular y laical.

13 Al mismo tiempo, precisamente por nuestro laicismo, habéis de tener la valentía, que en ocasiones no será poca, dadas las circunstancias de los tiempos, de hacer presente —tangible, diré mejor— vuestra fe: que vean vuestras obras buenas y el motivo de vuestras obras, aun cuando venga a veces la crítica y la contradicción de unos y de otros a morder, porque nunca faltan quienes confunden la jícara con la jácara.

Confesad vuestra fe sin alardes de pietismo, simplemente cumpliendo vuestro deber de católicos y de trabajadores. Nunca como los fariseos que omnia opera sua faciunt ut videantur ab hominibus, que hacen todas sus obras para que sean vistas por los hombres (Matth. XXIII, 5), sino ut videant opera vestra bona, et glorificent Patrem vestrum, qui in coelis est; para que vean vuestras obras buenas y den gloria al Padre vuestro que está en los cielos (Matth. V, 16).

14 Si después llega el momento de la desilusión o de la tentación, porque pensáis u os parece ver que no es eficaz en aquel lugar la labor apostólica, clamad con la oración sincera y confiada, que es propia de los hijos de Dios en su Opus Dei, y decidle al Señor: emitte lucem tuam et veritatem tuam; envía tu luz y tu verdad (Ps. XLII, 3).

15 Tenéis ya la experiencia de que a todo se llega con nuestra pobreza, que será siempre magnífica, sin manifestación externa: somos pobres vergonzantes, que hemos sabido —y sabemos y sabrán siempre los hijos míos— ocultar su indigencia, como lo han hecho otros hermanos vuestros conmigo: me da alegría deciros que, en más de una ocasión, hemos pasado verdadera hambre y hemos carecido hasta de la ropa más indispensable, entre otras manifestaciones claras de escasez, que no son para recordar aquí con más detalle, que no nos quitaban el amor de Dios ni la alegría ni las ganas de trabajar.

Pero aprovecho la ocasión, que me proporciona lo que os acabo de decir, para dar gracias al Señor Dios Nuestro, porque la Obra será siempre pobre: siempre necesitará más de lo que tenga, si ha de cumplir sus fines apostólicos, por muy abundantes que parezcan nuestros medios a los extraños.

Sois muchos los que, al pedirme la bendición para extender esta batalla de amor por el mundo, habéis recibido como medio material —con el que habíais de comenzar la labor— la señal de la cruz, una imagen de Nuestra Señora y una sonrisa. Quizá habré dicho a alguno: hijo mío, ¡gracia de Dios y buen humor! A otro: ¡Dios y audacia! A un tercero: hijo mío, omnia in bonum! Y otras veces: todo tiene arreglo, menos la muerte; y la muerte nos lleva a Dios. Nada más, o poco más, se os ha podido dar ordinariamente.

16 Estoy contento de la formación filosófica, teológica y profesional que recibís, como fundamento de vuestra vida de almas entregadas a Jesucristo, de vuestra vida de piedad, de vuestro trabajo con vuestros iguales en el mundo.

Ya no es pequeña la experiencia, y pronto haremos un Plan de Estudios, para cada una de las dos Secciones, que mejorará —si cabe— esa formación.

17 Después de toda esta preparación espiritual y humana, si alguno de vosotros pensara que él no es un instrumento a propósito para esta labor universal, porque su humildad —quizá es su soberbia— le hace ver sus propios defectos, quiero recordarle aquellas palabras de San Pablo: yo tengo para mí que Dios a nosotros, los apóstoles —solo apóstoles— nos trata como a los últimos, como a los hombres más viles, como a los condenados a muerte, haciéndonos servir de espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres (I Cor. IV, 9).

18 Es evidente que todos nosotros tenemos defectos. Pero —no lo digo para consolaros—, todos los hombres tienen miserias. Los santos también las tuvieron, han tenido errores hasta última hora. Si no hubieran tenido conocimiento de sus faltas, hubieran sido unos soberbios.

Por eso hemos de trabajar, a pesar de nuestros defectos y de nuestros errores, tratando de irlos venciendo poco a poco con nuestra lucha interior, cortando ahora una y después otra de las cabezas del dragón.

19 El deseo vuestro y mío, que no es el de vivir la vida de perfección evangélica, sino el de buscar la perfección cristiana en medio del mundo, trae como consecuencia la necesidad —ya os lo dije— de formarnos: de aprender a obedecer, de aprender a mandar, de aprender a ser pobres, de aprender a hacer el bien a todas las almas, discite benefacere! (Isai. I, 17).

Nadie nace sabiendo las cosas: ni las temporales, ni las del espíritu. Ese es el motivo por el que la Obra ha de proporcionarnos una fuerte formación, que dura toda la vida. Especialmente nos da los medios para conservar y mejorar nuestra entrega personal, al servicio de Dios y de su Iglesia Santa.

20 Y entre esos medios, la práctica de la Confidencia: esa charla clara, breve, sincera, sobrenatural y apostólica, que es para el alma tan necesaria; ese abrir el corazón —porque el pobre corazón de las criaturas necesita un desaguadero—, para recibir el consejo oportuno.

Tenéis experiencia, como la tengo yo, de que después de una Confidencia bien hecha nos quedamos cum gaudio et pace, dispuestos para el trabajo fervoroso y sereno. En esa Confidencia el Señor nos da luces para saber —para aprender— lo que hay que hacer para portarse bien, con perfección cristiana, en un caso determinado.

Si —lo que Dios no permita— alguno se portara mal, recibirá al menos en la Confidencia luces, para entender que hay otros que se portan bien; que su conducta personal nada añade ni quita a la buena doctrina de la Obra; y aprenderá, en su misma carne, que los que no viven sobrenaturalmente su vocación sienten, para tranquilizarse con una tranquilidad que no es de Dios, un espíritu crítico que les arranca de cuajo la objetividad, la paz y la alegría.

21 Si un socio de la Obra no pudiera con las cargas, si durante esos largos años de prueba él mismo o sus Directores vieran que no puede ser fiel a la vocación, se le facilitará libérrimamente la salida. Y en su corazón no podrá quedar enemistad: quedará un afecto grande, porque recordará que se le ha tratado siempre con cariño; y que si él no ha sabido o no ha querido corresponder, los demás han sabido y han querido agradecer al Señor la gracia divina de la vocación. Y tendrá también la certeza de que él, con la ayuda de Dios y de los que han sido sus hermanos —que no le negarán la ayuda y el afecto—, puede llegar a vencer, y a seguir sirviendo al Señor en el mundo de otra manera.

22 Aunque no dedico este documento a hablar de los medios espirituales, que la Obra proporciona a sus hijos, convirtiéndolos a ellos mismos en medio espiritual para extender el conocimiento de Dios entre los hombres, siento la necesidad de tocar brevísimamente dos puntos.

23 El que recibe la Confidencia ha de procurar hacer que los consejos que dé sean siempre optimistas, que tengan contenido sobrenatural, que sean una realidad pastoral, que tengan eficacia apostólica, incluso que diviertan; que den ánimo, al que hace la Confidencia, y no le produzcan fastidio o desgana.

24 El que hace o recibe la corrección fraterna, que es siempre eficaz si se cumple lo que está dispuesto, no debe olvidar que esa norma de nuestra vida espiritual es caridad de Cristo, cariño humano; y que, a veces, tanto para el que la hace como para el que la escucha, es heroica.

25 Hijas e hijos míos: servir a Dios, entregarse a Dios, quiere decir en primer término conocer a Dios. De ahí la necesidad de la formación filosófica y teológica, y del trato con Nuestro Señor: mediante la frecuencia de los Sacramentos, de la oración y de la mortificación, que es la oración de los sentidos.

26 Dios nos escucha siempre: con El no hay que hacer antesalas. Vedlo los humildes y alegraos; y reanimaos los que buscáis a Dios. Porque el Señor escucha a los afligidos y no desprecia a sus prisioneros... Porque Dios ha de salvar a Sión, ha de edificar las ciudades de Judá, y han de habitar allí. Y la poseerá y la heredará la descendencia de sus siervos, y los que aman su nombre vivirán en ella (Ps. LXVIII, 33-37).

Dios nos escucha, repito: cuando te sientas verdaderamente humillado por tus errores, haz lo que hacía Moisés (cfr. Exod. XXXII): poner los méritos de otros delante del Señor. Moisés presentaba los de su pueblo. Yo tengo costumbre de poner, en la presencia de Dios, las virtudes y los servicios de mis hijos. Suelo decir: Señor, ne respicias peccata mea, sed fidem. Después añado: mira a estos hijos y a estas hijas, ¡cómo te aman, con qué alegría te sirven, qué ilusión tienen de extender por el mundo tu Nombre y tu Amor, con qué empeño y fidelidad obedecen a la Santa Iglesia y al Papa!

HacedIo vosotros así in conspectu Domini, en la presencia del Señor (Ps. CVIII, 14), y si verdaderamente en aquel momento nuestro acto de humildad responde a una realidad objetiva —porque no nos encontramos con las condiciones propias de los buenos hijos de Dios—, ante esta oración, ante el propósito firme, ante la Confidencia que haréis inmediatamente y ante la contrita confesión, sucederá también lo que se lee en el Exodo: placatusque est Dominus, porque el Señor se aplacará (XXXII, 14).

27 Os hacía notar hace un momento que es oración la mortificación de los sentidos y, ciertamente, en nuestras Normas de vida espiritual —que no atan, que son amplias, que se acomodan a cada uno como un guante a la mano—, tenemos determinadas prácticas tradicionales en la ascética cristiana, que nos llevan a adquirir el espíritu de penitencia.

Pero, al mismo tiempo, os digo que la penitencia más hermosa, que la mortificación más eficaz es aquella que consiste en aceptar con alegría lo que lleva consigo el oficio o el trabajo profesional que cada uno, en tan diversas manifestaciones de la labor humana, realiza en medio del mundo y en su propio estado, tratando a su familia y a sus colegas: mortificate ergo membra vestra, quae sunt super terram; mortificad los miembros del hombre terreno, que hay en vosotros (Colos. III, 5).

28 No me cansaría de hablar del trabajo, pero no es éste el momento. Sólo os recuerdo que no comprendo que haya un hijo mío que sea capaz de vivir sin trabajar intensamente: labora sicut bonus miles Christi Iesu, soporta el trabajo y la fatiga como buen soldado de Cristo Jesús (II Tim. II, 3). No he podido entender nunca cómo por siglos los cristianos hayan llegado a pensar —y a practicarlo de este modo— que el trabajo envilece.

El trabajo ennoblece, porque es el cumplimiento de un mandato de Dios, un servicio hecho a Dios, y hemos de servirle con alegría, servite Domino in laetitia (Ps. XCIX, 2). Sirvámosle en una constante labor profesional —con la cabeza o con las manos—, dándonos cuenta de que esa tarea humana es el eje de toda nuestra vida de almas entregadas al servicio de Jesucristo, non quasi hominibus placentes, sed Deo qui probat corda nostra; no para agradar a los hombres, sino a Dios que lee en nuestros corazones (I Thes. II, 4).

29 Ciertamente en nuestras Normas hay unas prácticas de piedad, necesarias para facilitar la búsqueda de la perfección cristiana en el mundo. Todas estas prácticas pueden resumirse en una sola palabra: oración. Porque somos contemplativos, en medio de la calle: y los retiros anuales, los retiros mensuales, los Círculos, lo mismo que el trabajo de cada uno, todo es ocasión de un trato constante con Nuestro Señor, de una continua invocación a la Madre de Dios que es nuestra Madre, de una amistad con los Santos Angeles Custodios y con nuestros Santos Patronos.

30 No olvidéis que la eficacia del trabajo no depende del más o del menos, de que las actividades parezcan grandes o parezcan pequeñas: depende de la rectitud de intención y del amor a Jesucristo, con que las practicamos. La eficacia de las reuniones periódicas que debéis tener, para mejorar vuestra doctrina, para estar al día y acrecentar vuestra vida espiritual, tampoco depende del número mayor o menor —siempre ha de ser pequeño— de los que os congreguéis.

Es tradición, desde nuestros principios —por ejemplo—, que no se deje de hacer el Círculo aunque solamente hayan podido asistir dos personas. Si se dejara alguna vez de dar por este motivo, parecería oírse una música de fondo, cantando en honor de la pereza y del desorden.

31 Sentíos siempre en la presencia de Dios y engrandeced los detalles mínimos de vuestros deberes, haciendo con un ofrecimiento constante —que os será tan connatural como el latir de vuestro corazón— que resuene en vuestra alma aquel benedicam Dominum in omni tempore, semper laus eius in ore meo; bendeciré siempre al Señor, su alabanza estará siempre en mi boca (Ps. XXXIII, 2).

Oración, pues, hijas e hijos míos, de tal manera que elevéis al orden sobrenatural vuestra labor terrena, diciendo: meditabar in mandatis tuis, quae dilexi: et levavi manus meas ad mandata tua; he meditado sin cesar en tus mandatos, que he amado siempre: y para cumplirlos, no he estado mano sobre mano (Ps. CXVIII, 47 y 48).

¡Las manos, hijos míos, las manos! Yo, muchas veces, he besado las manos de un pobre enfermo o de un trabajador —unas manos llenas de heridas o de callos—, porque estaban santificadas, martirizadas, por el trabajo. Me parecía que eran las manos de Cristo, cosidas con hierros a un madero.

32 La Obra continuamente da la formación humana a sus socios, pero sobre todo en las Convivencias, para tenerlos al día en todas las cuestiones candentes; de modo que, conociendo la verdad de lo que pasa en tierras lejanas o en la propia, cada uno pueda formar libremente su juicio según su propia conciencia.

Con el fin de que todos mis hijos y mis hijas puedan, de una manera capilar, dar doctrina cierta a millones de almas, tenéis —tenemos— obligación de estar al día sobre los asuntos, también temporales, que de algún modo tocan a la Iglesia, al Papa, a las almas.

33 Las vocaciones nuevas, en su entusiasmo, parece que exclaman: exsultent et laetentur in te omnes qui quaerunt te, et dicant semper: magnificetur Dominus; alégrense en ti, Dios mío, todos los que te buscan, y digan siempre: sea alabado el Señor (Ps. LXIX, 5). Sin embargo, como les falta una buena dosis de formación, necesitan más ayuda que los demás: es preciso tratarlos, sin que ellos se den cuenta —porque, si no, creerán que es paternalismo — como trata un padre a sus hijos. Que el que tiene el deber de mandar sea un padre para sus hermanos, no quiere decir que practique el paternalismo; y, puesto que en el Opus Dei no lo ejercitamos, procurad que no parezca que se ejercita.

Conviene, sin embargo, que leáis las cartas que escriban o reciban los socios jóvenes, para daros cuenta del ambiente de donde vienen, de su familia, de sus amigos, de sus compañeros: es un medio eficaz para formarlos, para darles criterio. Haced esto con delicadeza, pero no lo dejéis de hacer.

A los que son nuevos en nuestra Familia —porque fácilmente les entra un amor clamoroso y un desprendimiento, que después tiene sus quiebras si no se les prepara‑, debéis aconsejarles que, especialmente en el examen del retiro mensual, se hagan algunas preguntas sobre el comportamiento que tienen con su familia de sangre. Es preciso que se porten bien con sus familias: que no olviden que, cuando los padres necesitan algo que no se opone a nuestra vocación, nos apresuramos a dárselo: porque los tenemos como parte muy amada del Opus Del. Ya en el primer Reglamento que escribí hace no pocos años, al cuarto Mandamiento lo llamó dulcísimo precepto del Decálogo.

34 Hijas e hijos míos, desde que ponéis los pies en el Opus Dei —y al Opus Dei lo extenderá el Señor, como una bendición suya, por todo el mundo‑ debéis sentir siempre en vuestro corazón este grito, que tengo como esculpido en mi alma: omnia in bonum!, todo es para bien. Es San Pablo el que nos da esta doctrina de serenidad, de alegría, de paz, de filiación con Dios: porque el Señor nos ama como un Padre, y es sapientísimo y todopoderoso: omnia in bonum! (cfr. Rom. VIII, 28).

Al considerar, en este siglo y en los que vendrán, el abandono de tantas almas, que no se acuerdan de que son de Dios, hijos de Dios; el triste modo de comportarse de tantos gobiernos, en tantas naciones; las heridas que tiene la Iglesia, en su Cuerpo Místico; las difamaciones y las calumnias que, por el amor de Dios, en no pocas ocasiones hay que sufrir; es la hora de meditar el salmo número dos, como lo hacemos cada martes después de cantarlo o recitarlo.

Y nos quedaremos llenos de un gran amor a los hombres, también a los que no nos aman, aunque habremos de practicar lo que os he dicho más de una vez: que hemos de tener cariño hasta al pus, pero que el pus lo queremos fuera del cuerpo. Quare fremuerunt gentes et populi meditati sunt inania?; ¿por qué se amotinan las gentes y las naciones trazan planes vanos? (Ps. II, 1).

35 Quizá alguno de mis hijos, llevado de su fervor, de su celo y de su entusiasmo, si pudiera hablar ahora conmigo me preguntaría, con gran respeto para Dios Señor Nuestro, cómo es que tantos malos en la tierra triunfan en su vida personal, y tienen todo: riquezas, honores, mando, goces para su sensualidad. Y seguiría preguntándome cómo es que tantos gobiernos —lo vemos a lo largo de la historia‑ pueden por años y años atropellar la libertad de los hombres, de pueblos enteros, que —avasallados, violentados‑ tienen que vivir heroicamente su fe.

Sólo daré a este hijo mío una razón: no hay nadie tan malo en el mundo —a mí no me gusta hablar de gente mala y de gente buena: no divido a los hombres en buenos y malos —, no hay gente de intención tan ruin y miserable, que no haya hecho algo virtuoso en su vida. Dios tiene también que premiar ese bien, que han hecho, y el premio se lo ha de dar en la tierra, porque después ya no será posible: también se engorda al buey que se va a llevar al matadero.

36 Nosotros venimos de la calle, y en la calle nos quedamos. No es posible que no tengamos, en nuestra vida, algo que cambiar. Por eso, renovamini autem spiritu mentis vestrae, et induite novum hominem, qui secundum Deum creatus est in iustitia et sanctitate veritatis; renovaos en el interior de vuestra alma, y revestíos del hombre nuevo, que ha sido creado conforme a la imagen de Dios en justicia y santidad verdadera (Ephes. IV, 23 y 24).

Esta renovación se manifestará en la unidad de vida. Os diré con San Pablo a los Gálatas: spiritu ambulate et desideria carnis non porticistis; proceded según el espíritu de Dios, y así no satisfaréis los apetitos de la carne (V, 16). Ved a Dios en todas las cosas, mortificaos con alegría cuando hay obstáculos que vencer para el buen servicio de las almas y de la Iglesia, y si quid patimini propter iustitiam, beati; si padecéis algo por amor a la justicia, sois bienaventurados (I Petr. III, 14).

Porque no podéis olvidar que vos estis sal terree: quod si sal evanuerit, in quo salietur? Ad nihilum valet ultra, nisi ut mittatur foras et conculcetur ab hominibus. Vos estis lux mundi..., ut luceat omnibus...; habéis de ser la sal de la tierra: y si la sal se hace insípida, ¿con qué se le volverá el sabor? Para nada sirve ya, sino para ser arrojada y pisada por las gentes. Vosotros sois la luz del mundo... para que alumbre a todos (Matth. V, 13-15).

37 La Obra es eminentemente laical y secular, hecha por ciudadanos, entre sus iguales y en la masa de los otros ciudadanos, que actúan en el taller, en el despacho, en la fábrica, en el tajo, en la escuela, en la universidad; en una palabra, en la vida.

Y actúan con plenísima libertad personal en las cosas temporales, y con la consiguiente responsabilidad personal, procurando hacer de los lugares de trabajo ocasiones de convivencia, sin implicar jamás ni a la Iglesia ni a la Obra en esas tareas profesionales o sociales libérrimas, que son siempre oración y apostolado.

38 Laical y secular, he dicho. Pero no pasará mucho tiempo sin que en la Obra de Dios se verifique una nueva maravilla: y es que cada año, en una o varias promociones, en uno o varios países, se acercarán a recibir el sacerdocio, primero hombres que habrán hecho su tarea humana en las profesiones universitarias; y más adelante llegarán también a las órdenes sagradas obreros del Opus Dei, perfectamente preparados con un doctorado eclesiástico, para que nunca puedan admitir un sentimiento de inferioridad delante de los otros sacerdotes.

Pero, de todas formas, entonces y siempre la Obra será laical: porque los sacerdotes han de ser un tanto por ciento muy pequeño de los socios, y todos —sacerdotes y laicos‑ tendremos alma sacerdotal y mentalidad laical.

39 Os he llamado tantas veces sal y luz: porque lo somos, cuando respondemos a la llamada del Señor, con el deseo de perseverar toda la vida; tratando de lograr en la calle, en el mundo, en la labor de cada uno —trabajando entre nuestros iguales—, la perfección cristiana.

Y yo os digo que con eso, sois testimonios de Cristo, testigos de Cristo, y a cada uno de vosotros se podrá decir cuando os abrís en abanico, para la acción sobrenatural capilar en todos los ambientes de la tierra: diffusa est gratia in labus tuis, propterea benedixit te Deus in aeternum; se derramó la gracia en tus labios, por eso te bendijo Dios para siempre (Ps. XLIV, 3). Pero fijaos cómo: propter veritatem, et mansuetudinem, et iustitiam: et deducet te mirabiliter dextera tua; por medio de la verdad y de la mansedumbre, y de la justicia: y te guiará admirablemente tu diestra, tu rectitud (Ps. XLIV, 5).

Dios Nuestro Señor os da el espíritu de la Obra, que es el espíritu de la Iglesia Santa, y la facilidad para comunicarlo a los demás —diffusa est gratia in labus tuis!‑, porque aislarse no es digno del cristiano, porque hay que vencer la incapacidad de acercarse serenamente al coloquio con otros, porque hay que procurar estar en situación habitual de recibir de buena manera los sucesos y las personas.

Pero praescientes custodite, ne iniquorum errore simul abducti excidatis a propria firmitate; estad alerta, para no ser seducidos por los insensatos, no vaya a ser que vayáis a caer de vuestra firmeza (II Petr. III, 17).

40 De pasada, sólo de pasada, ya que de esta materia no me gusta hablar más que afirmativamente, os recuerdo el consejo de San Pablo a Timoteo: teipsum castum custodi, conservaos limpios y puros (I Tim. V, 22). Y aquel otro consejo: exemplum esto fidelium in verbo, in conversatione, in caritate, in fide, in castitate; sed ejemplo para todos en el hablar, en el trato, en la caridad, en la fe, en la castidad (I Tim. IV, 12).

La pureza de nuestra vida, la sujeción de los sentidos es condición indispensable para nuestra eficacia como instrumentos de Dios, porque quaecumque sunt vera, quaecumque pudica, quaecumque iusta, quaecumque casta, quaecumque amabilia, quaecumque bonae famae, si qua virtus et si qua laus, haec cogitate; todo lo que es conforme a la verdad, todo lo que respira pureza, todo lo justo, todo lo que es santo o santifica, todo lo que os haga amables, todo lo que sirve al buen nombre, toda virtud, toda disciplina loable, eso es lo que debéis practicar (Philip. IV, 8).

41 Acordaos de aquella parábola, en la que el Señor cuenta que un hombre noble, que iba a tomar posesión de un reino, repartió dinero entre varios de sus siervos. Cuando volvió, al que no hizo que el dinero se multiplicara —no supo negociar‑, le hizo entregar la cantidad que había recibido, a quien habla ganado como diez.

Se pasmaron todos, y Jesús dijo: dico vobis: Omni habenti dabitur; ab eo autem, qui non habet, et, quod habet, auferetur; yo os digo que a todo aquel que tiene, se le dará más; pero al que no tiene, se le ha de quitar aun lo que parece que tiene (Luc. XIX, 26).

42 Ya que hemos hablado de negociación, es la hora de hablar un poquito más de pobreza: ¡Cómo me gustaría que me escucharan o me leyeran los murmuradores, los hipócritas que dicen lo que no hacen, los malhechores ¡y bien que hay por esos mundos!

Hijas e hijos míos, pensad en aquel fidelis dispensator et prudens, quem constituet dominus super familiam suam, ut det illis in tempore tritici mensuram; aquel hombre fiel y prudente, a quien su señor puso a gobernar la casa, para que dé a cada uno según su necesidad (Luc. XII, 42).

Y es que cada uno de vosotros ha de tener mentalidad de madre o de padre de familia cristiana, numerosa y pobre: ésta es la medida de nuestra pobreza. Doy gracias a Dios Nuestro Señor porque veo que vivís así.

No en vano habéis oído el consejo de Jesús al joven rico que quería ser perfecto: si vis perfectus esse, vade, vende quae habes, et da pauperibus, et habebis thesaurum in caelo, et veni sequere me; si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, ven después y sígueme (Matth. X IX, 21).

43 La pobreza personal que vivimos está acorde con nuestra pobreza corporativa. Cuando leo en San Lucas cómo el Señor misit illos praedicare regnum Dei et sanare infirmos, envió a sus discípulos a predicar el reino de Dios y a curar a los enfermos (IX, 2); y cómo les dijo nolite portare sacculum neque peram neque calceamenta, no llevéis dinero ni alforjas... (Luc. X, 4), me conmuevo.

Porque en estos primeros tiempos, de la misma manera que el Señor envió a sus discípulos, envío yo a mis hijos a abrir nuevas obras de apostolado: tan pobres como los primeros discípulos, con la bendición que el Señor les da desde el cielo y la que yo les doy en la tierra.

44 No han faltado, sin embargo, quienes se escandalizan porque no comprenden nuestra pobreza. No entiendo qué es lo que esa gente piensa sobre esa virtud, y cómo la practica. Ni entiendo, cuando nosotros llevamos una vida de sacrificio y ellos no se privan de nada, por qué nos miran con el prejuicio de creer que somos religiosos que encubren su condición.

Con este prejuicio, que es falso desde la raíz, y confundiendo la pobreza con la marranería y la miseria, ponen sus ojos en nuestras casas y en nuestros Centros y en nuestras personas.

Se pasman de que los Centros y las casas del Opus Dei estén limpios, de que sean más o menos agradables, y de que vosotros —hijos míos‑ os cambiéis de ropa con frecuencia, os duchéis, y os vistáis con una cierta elegancia como vuestros iguales del mundo.

No se dan cuenta de que somos del mundo sin ser mundanos, y de que —por nuestra divina vocación‑ ni queremos ni podemos salir del mundo. Se nos han de aplicar aquellas palabras del Señor recordadas por San Juan: porque no son del mundo, así como yo tampoco soy del mundo (Ioann. XVII, 14). Y aquellas otras: así como tú me has enviado al mundo, así yo los he enviado también a ellos al mundo (Ioann. XVII, 18).

Están acostumbrados a que las obras que se llaman católicas sean tristes, sin el calor de hogar, con la limpieza —cuando la hay‑ de un hospital o de un cuartel. Y no les cabe en la cabeza, porque parecen gente sin hogar, que las casas del Opus Dei sean hogares nuestros. Y por eso hay calor, flores, aseo, ambiente alegre de familia; pero no hay en nuestras casas, riqueza.

45 No toleréis que llamen riqueza a la limpieza. Si alguna cosa de valor hay en nuestras casas, está en los oratorios, para el servicio de Dios, para el culto divino. Lo demás lo hemos puesto acogedor, sencillo y alegre, con la gracia de Dios y con vuestra gracia humana, para que cada Centro y cada casa pueda ser un lugar atrayente, que se acomode a la finalidad concreta de aquella labor, con el propósito de que sea un sitio de trabajo apostólico y un rincón apacible de familia, en el que puedan vivir y descansar los hijos de Dios.

Mirad: sabéis muy bien cuánto amo a los religiosos sin excepción, pero cuando veo sus conventos y monasterios, me da alegría pensar que en la celda de un fraile caben cinco o seis habitaciones de mis hijos. Somos pobres, vivimos pobres, pero limpios: queremos no sólo la limpieza en el corazón, sino la limpieza en nuestros cuerpos y en nuestros instrumentos de trabajo.

46 Tenemos pobreza colectiva, y tenemos pobreza personal: una pobreza real y absoluta, aunque revestida de una forma exterior amable, de acuerdo con la misión que hemos de realizar. Y tenemos también limpieza colectiva, como tenemos limpieza personal. Es una exigencia de nuestra labor amar el agua clara y el aire libre.

Desconcierta contemplar a tantas personas de ánimo apostólico, que evidentemente —lo atestigua enseguida el olfato — van mal ventiladas. Son ellos, y otros como ellos, los que tienen que aprender en qué consiste la pobreza: cuando intenten hacer este aprendizaje, se pasmarán de la edificante pobreza de los miembros del Opus Del y de todo el Opus Dei.

47 Otros dicen que no somos pobres, porque pagamos con arreglo a la justicia, a los que nos sirven, a los que trabajan profesionalmente a nuestro alrededor. Esta sí que es una excelente manifestación de nuestro buen anticlericalismo.

No podemos hacer como hacen algunos clérigos de todas las alturas, que no pagan o pagan mal a los que tienen a su servicio. He oído constantemente de labios de médicos, abogados, arquitectos, profesores y obreros manuales, la misma queja. Pagan los servicios, en cambio, cuando el que se los presta no es católico: no comprendo esa discriminación.

48 No faltan eclesiásticos que fingen un escándalo farisaico, hablando de nuestra riqueza —saben bien que no la hay‑ y, mientras nosotros peleamos en servicio de la Iglesia esta guerra de paz y de amor, ellos nos calumnian.

49 Permitidme que os cuente, para que os sonriáis, que una vez me dijeron que yo no había hecho testamento y debía hacerlo. Tuve que contestar: ¡si no tengo nada! No tengo nada y lo tengo todo, nihil habentos et omnia possidentos (II Cor. VI, 10): ésta es la posición de los hijos de Dios en su Opus Del. Porque nos acordamos de aquello que dice Jesús por San Mateo: no os acongojáis por el cuidado de hallar de comer para sustentar vuestra vida, o de pensar de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. ¿Acaso no vale más la vida —el alma — que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros sin comparación más que ellas? Buscad el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No andéis acongojados, pensando en el día de mañana: basta a cada día su propio afán, su propia tarea (Matth. VI, 25, 26, 33 y 34).

50 Naturalmente, cuanto más se extienda la Obra, más necesidad habrá de medios terrenos, que siempre trataremos de santificar. No hay en la tierra nadie que haga algo, y no emplee los medios humanos, por noble que sea el fin. En nuestro caso, he de señalar un detalle muy particular: que esos medios materiales, que empleamos para servir a Nuestro Señor, no son ni serán nunca del Opus Dei, a no ser por muy rara excepción.

51 Los que se ocupan de la administración económica en nuestras casas han de procurar especialmente ser espirituales, santos. Y no han de confundir nuestra auténtica pobreza con el abandono y la suciedad, ni la alegría propia de los hijos de Dios con el ambiente mundano. Han de tener siempre presente que somos gente de la calle, y que tenemos —toda la Obra — un solo hogar y un solo puchero.

52 En ese hogar, después de trabajar intensamente cada uno en su profesión o en su oficio, es de caridad y de justicia que encuentren todos mis hijos un puesto tranquilo, para seguir trabajando o para el estudio o el descanso: conviene que los pocos que viven en familia y todos los demás socios de la Obra, cuando van a un domicilio en el que los miembros del Opus Dei desarrollan su labor apostólica, se encuentren en su casa, con un ambiente sereno, de paz, de alegría. Por eso, no importa —al contrario — que se conserven en nuestras casas muebles u objetos que vienen de nuestras familias, que contribuyen a dar reposo a nuestros ojos cansados y a hacer más entero el calor de nuestro hogar cristiano.

53 Hijas e hijos míos, sé cómo cuidáis la mortificación en la comida, que debe ser sana y, sobre todo para la gente joven, abundante. Sé también cómo procuráis gastar lo menos posible, al viajar por motivo apostólico o por vuestras labores profesionales, aun cuando en algunos casos no tenéis más remedio que hacer lo que hacen vuestros compañeros de profesión.

Sin embargo, me consta que no os permitía ese gesto —que parece señorial y es de locos‑ de pagar o firmar una cuenta sin echar una mirada, para ver si se equivocaron. Sé, del mismo modo, que evitáis absolutamente en nuestras casas gastos innecesarios, con la excusa de agasajar a otras personas, a no ser que se trate de algo conveniente para nuestra labor apostólica: con esto no quiero cortar la noble hospitalidad, que es tradicional en el Opus Dei.

54 Los que lleváis poco tiempo en Casa, lo mismo que los que llevan mucho, habéis podido experimentar que la pobreza del Opus Del está llena de verdad, que la vivimos. Tanto que, a pesar del empeño que ponen mis hijos en su trabajo profesional, no podríamos sacar adelante las obras apostólicas sin la ayuda de esas personas, que de alguna manera podemos llamar cooperadores de la Obra.

55 Ya llegará el tiempo, en el que a esos amigos podremos llamarles jurídicamente cooperadores; y también llegará el tiempo —recemos‑, en el que a los que se sientan con hambre de más, dejaremos de llamarles amigos para llamarles hermanos: exteriormente nada de su vida se modificará, pero se habrá encendido dentro de ellos una luz, la luz de la vocación divina.

56 Decid a esos grandes amigos nuestros, que he llamado cooperadores, que es conveniente que se coordinen con vosotros, para proporcionar a la Obra los instrumentos necesarios desde el comienzo, y facilitar la tarea apostólica: que con el dinero de ellos y el de otras personas, católicas o no, asegurando un prudente Interés económico y sin que haya posibilidad de pérdidas —porque el Instrumento material estará siempre en sus manos‑, participarán de nuestros bienes espirituales y obtendrán para ellos y los suyos las más grandes bendiciones del Señor.

57 Es la hora de deciros que tengo una triste experiencia de cómo algunos católicos entienden el apostolado y la caridad. No hace falta recordaros, porque estáis viviéndolo, que el Opus Dei nació entre los pobres de Madrid, en los hospitales y en los barrios más miserables: a los pobres, a los niños y a los enfermos seguimos atendiéndolos. Es una tradición que no se interrumpirá nunca en la Obra, porque siempre habrá pobres —también pobres de espíritu, que no son los menos necesitados‑ y niños y enfermos: en las catequesis, que sostenemos en las parroquias más menesterosas, y en las visitas a los pobres de la Virgen.

No entendían algunos católicos el apostolado nuestro, porque aparentemente no se hace más que con obreros, que defienden dignamente su vida, con empleados y universitarios.

Con dureza y claridad os he de decir que muchos no querían ayudarme, porque para su mentalidad desviada, hacían falta en nuestras casas los piojos y la sarna.

Otros pensaban que yo me dedicaba a los ricos: ¡cuántas angustias, cuántas penurias y cuánta pobreza sin espectáculo hemos podido remediar!

Y algunos se oponían, porque se daban cuenta de la selección, del trabajo bien hecho de los que había a nuestro alrededor; y se empeñaban en ver, en las personas formadas por nosotros, a futuros competidores.

No faltó quien me llamaba —esta vez con cariño — el apóstol de los pollos pera, como se decía entonces para hablar de los chicos de buena casa. Y yo, en mi soledad, me preguntaba, considerando que la mayor parte de aquellos chicos ricos no eran ricos: aunque fuera así, ¿es que los ricos no tienen alma?

58 Pero sigamos hablando de aquellos amigos o cooperadores; debéis atenderlos con sobrenatural cariño fraterno, tratando de que —en lo posible— vivan nuestra misma vida. De entre ellos, hay algunos que no son católicos, y cada día habrá más: a la vuelta de los años, serán muchísimos. Tratadlos con afecto, con nobleza, con una amistad leal.

Al acercarlos a la Obra, los acercáis a la Iglesia, los acercáis a Dios. El Señor, con nuestras oraciones y por la mediación de nuestra Madre Santa María, mandará las luces de la fe a tantas, y a tantos. Sin ruido, con nuestra fraterna convivencia, estamos preparando un eficacísimo apostolado entre los que están lejos.

59 Siempre os hablo de libertad. El amor a la libertad es parte principal del espíritu de la Obra: no es una cosa humana, es una cosa divina, porque es la libertad que Cristo nos ganó en la Cruz. Es la libertad que tenemos obligación de vivir nosotros, cada uno, para no sentirnos atados a la tierra, si no está por medio la caridad de Jesucristo.

60 La caridad que hemos de propagar entre los hombres no es un sentimiento seco y oficial, sino efectivo, basado en el servicio hecho con alegría. De esta manera, no seremos temidos más que por los que quieran fingir ese temor, cuando les convenga para sus bajezas. Ni seremos despreciados por el corazón o por la mente de ninguno.

Seremos amados por Dios, y por todas las criaturas que vean con rectitud las personas y los sucesos de la vida, aunque no dejen de ver también nuestros errores personales; y se unirán a nosotros como todos aquellos, de los que se lee en el Exodo:

Omnes viri et mulieres mente devota obtulerunt doneria, ut fierent opera quae iusserat Dominus per manum Moysi. Cuncti filii Israel voluntaria Domino dedicaverunt; todos los hombres y mujeres ofrecieron dones con alma devota, para que se hicieran las obras que Dios había mandado por manos de Moisés: todos los hijos de Israel consagraron al Señor ofrendas voluntarias (XXXV, 29).

61 La libertad va unida a la caridad: por eso, nuestra libertad llega hasta donde comienza a perderse la lealtad. La lealtad es una de las más atrayentes virtudes humanas: un hombre leal, sincero, aunque a veces en su conducta tenga equivocaciones, es un hombre en el que se puede confiar.

La Obra, que sabe pasar por encima de nuestros errores personales, necesita también de la lealtad vuestra. Pido a Dios Nuestro Señor que viváis, también en lo sobrenatural, ese sentimiento de lealtad que tienen los ciudadanos honrados con su patria: lealtad humana, hijos míos, que es la base de la fidelidad.

62 De una fidelidad que es felicidad. Con este amor a la legítima libertad de los demás y a la propia, no os faltarán en la tierra sufrimientos; pero tampoco os faltarán ocasiones constantes de ejercitar la caridad, oponiéndoos a la tiranía. Porque hay muchos que no entienden la pluralidad y, con un sentido de falsa unidad, querrían un cuerpo que fuera todo orejas, o todo manos, o —perdonadme‑ todo estómago: porque lo digieren todo.

No deja de haber dentro de la Iglesia de Dios quienes se dedican a ahogar todas las manifestaciones de apostolado, de tal manera que el bien, si no lo hacen con sus manos, dicen que es un mal.

Y de paso, tratan de copiar sin éxito lo mismo que denigran, cuando lo hacen otros. Hacen la labor del perro del hortelano, que ni come el fruto ni lo deja comer: prefieren que se pierdan las almas.

Es curioso señalar que estos tales, de los que vengo hablando, que tienen un sentido tiránico en la vida religiosa, piden que el Estado haga todo lo contrario de lo que ellos hacen. En esto aciertan: pero no tienen derecho a pedirlo, mientras ellos mismos no respeten la libertad de las conciencias.

63 Non enim dedit nobis Deus spiritum timoris, sed virtutis et dilectionis et sobrietatis; porque a nosotros no nos ha dado el Señor un espíritu de temor, sino de fortaleza, de caridad y de templanza (II Tim. I, 7).

Por eso quiere que vivamos, en todo, el amor el prójimo por amor de Dios; y que, mientras tenemos tiempo, hagamos el bien a todos, principalmente a aquellos que son de nuestra misma familia; ergo dum tempus habemus, operemur bonum ad omnes, maxime autem ad domesticos fidei (Galat. VI, 10).

Esa caridad de Dios, que ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, caritas Dei diffusa est in cordibus nostris por Spiritum Sanctum (Rom. V, S), hemos de practicarla en primer término con los de Casa.

Por esta razón deseo que descanséis: lo exige nuestro trabajo incesante y nuestra oración, porque el Señor necesita la fortaleza de nuestros nervios y nuestra serenidad.

Aunque este cuidado de los demás pertenece especialmente a los Directores, todos tenéis la obligación de preocuparos de vuestros hermanos, advirtiendo al Director de la casa o del Centro, si os perece que alguno necesita descansar.

64 Nuestra vida no es más que una fraterna colaboración de caridad en el trabajo humano, dando con cariño la doctrina de nuestra Madre la Iglesia. Para no desviarnos de este fin, además de las otras Normas espirituales, empleamos la Confidencia, la corrección fraterna —que es crítica sobrenatural y positiva‑ y el asesoramiento interno para nuestros escritos.

Así vivimos in caritate non ficta, con caridad sincera (II Cor. VI, 6), y vivimos también eamdem caritatem habentes unanimos, Idipsum sentientes; nihil per contemptionem neque per inanem gloriam, sed in humilitate superiores sibi invicem arbitrantes, non quee sua sunt singuil considerantes, sed ea quee allorum: teniendo una misma caridad, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos, no haciendo nada por disputar ni por vanagloria; sino que cada uno por humildad mirará como superiores a los otros, atendiendo cada cual, no solamente al bien de sí mismo, sino a lo que redunda en bien del prójimo (Philip. II, 2‑4). Implete gaudium meum, llenadme de alegría (Philip. II, 2), y haced que ningún hijo mío —nadie en la Obra — sienta la crueldad de la indiferencia.

65 Si los Hechos de los Apóstoles dicen de los primeros cristianos: credentium erat cor unum et anima una (Act. IV, 32), puedo yo decir lo mismo de mis hijos, porque tenemos un pequeño común denominador —que no es opinión, sino creencia‑, que es la unidad; y después, un numerador diversísimo: cada uno tiene su personalidad, su modo de ser, su trabajo, su opción libre personal en las cosas temporales.

Pero el común denominador hace que vivamos aquel alter alterius onera portate, llevad los unos las cargas de los otros (Galat. VI, 2), que no es sólo saber soportar: es saber cargar gustosamente el peso que otro hermano, otro hombre, no puede llevar por su escasez de fuerzas.

Pido al Señor que siempre se pueda decir de mis hijos: congregatusque est omnis populus quasi vir unus, que estáis unidos como un solo hombre (II Esdr. VIII, 1), para las cosas espirituales, en lo que se refiere a la ley de Dios.

66 Me diréis que, por odio a Cristo y a su Iglesia santa, hay muchos en la tierra que se ayudan, unidos contra la Cruz del Señor: y es cierto. Pero estoy seguro de que los hijos de Dios en su Opus Dei no seremos más cortos en amar que aquellos otros en odiar: si spiritu vivimus, spiritu et ambulemus. Non efficiamur inanis gloriae cupidi invicom provocantes, invicem invidentes. Fratres, etsi praeoccupatus fuerit homo in aliquo delicto, vos, qui spirituales estis, huiusmodi instruite in spiritu tenitatis considerans te ipsum, ne et tu tenteris. Nam, si quis existimat se aliquid esse, cum nihil sit, ipse se seducit.

Si vivimos por el Espíritu de Dios, hemos de proceder también según el mismo Espíritu. No seamos ambiciosos de vana gloria, provocándonos los unos a los otros, y envidiándonos recíprocamente. Si alguno como hombre que es, cayera desgraciadamente en algún delito, vosotros, los que sois espirituales, amonestadle e instruidle con espíritu de mansedumbre, reflexionando cada uno sobre sí mismo, y temiendo caer también en la tentación. Porque si alguno piensa ser algo, se engaña a sí mismo, pues verdaderamente de suyo es nada (Galat. V, 25, 26; VI, 1 y 3).

67 Más de una vez en estos años se me va ocurriendo —y a vosotros se os ocurre, y me lo decís‑, que sería necesario ir escribiendo la historia interna de la Obra. Ya llegará el día, hijos míos, a la vuelta de años y sin prisa, en el que se hará la historia de las misericordias del Señor, a través de su Opus Dei.

Ahora no, por caridad con algunos que nos calumnian en el mundo entero, acudiendo incluso a la Santa Sede, según me dicen. Ahora no, porque no quiero que haya nunca en vuestros corazones deseos de represalia, sino de caridad y de amor para todos sin excepción.

Alguno me ha dicho que esa caridad con los demás, con los que no la tienen con nosotros —puesto que nos juzgan, nos calumnian y nos difaman sin tener en cuenta el mínimo sentido de justicia‑, es falta de caridad con la Obra.

Creedme: nuestro silencio, nuestro trabajo, nuestra alegría, nuestra sonrisa, nuestro servicio a las almas compensan de sobra espiritualmente a la Obra, de esto que me han dicho que es falta de caridad con el Opus Dei.

68 No os arrepentiréis jamás de haber tenido caridad, de vivir la caridad: es necesario perdonar, es necesario comprender, es necesario disculpar, y es necesario también convivir, si quieren convivir. Sin embargo, quizá más adelante, luego de mucho tiempo, os tendré que decir que es necesario hablar: llamar a la verdad, verdad; y a la mentira, mentira.

Porque la Obra es y será siempre menor de edad, necesita y necesitará de nuestro cariño y de nuestra defensa; y el mejor modo de manifestar ese cariño y de defender la Obra, es procurar vivir con empeño las virtudes características de esta Madre nuestra.

Pero no olvidéis que en la tierra siempre hay gentes que calumnian y persiguen lo que resulta incómodo para su egoísmo o para su soberbia. Después, aunque los calumniadores sean poderosos, si alguno se atreve a replicarles, invocan a su favor la caridad cristiana, la mansedumbre: pretenden aprovecharse de la bondad de los demás y seguir haciendo daño.

Por eso, si con el tiempo nuestro silencio nos puede convertir en cooperadores del mal por omisión, no os extrañe que os haya dicho que llegará el momento en el que no podremos callar, y cuando obréis con esa rectitud, no pocas veces los difamadores se tendrán por ofendidos. Es viejo el sistema.

69 Pero entonces y ahora sed humildes, porque el Señor nos ha dicho: discite a me quia mitis sum et humilis corde, aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Matth. XI, 29); y tened en cuenta aquellas otras palabras: estote parati, quia, que hora non putatis, Filius hominis veniet; estad preparados, porque en la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre (Luc. XII, 40).

Por tanto, si llega la hora de hablar después de este silencio que sencillamente es heroico, al tratar la doctrina y los hechos según la verdad objetiva, según nuestra conciencia y oídas todas las campanas, sed prudentes y misericordiosos.

70 Deseamos que todos los fieles católicos, todos los hombres y todas las mujeres, sea cualquiera su situación en el mundo y su estado —solteros, casados, viudos, sacerdotes‑, si el Señor les da la vocación para adquirir la perfección cristiana en el lugar donde están, sin tener que retirarse a un convento y sin vivir una vida semejante a la de los religiosos, puedan venir al Opus Dei: para hacer en la entraña de la sociedad civil y de modo capilar —almas contemplativas, metidas en los afanes de la tierra‑ un apostolado eficaz entre sus iguales, con el testimonio de su vida y de su doctrina, cada uno en el ejercicio de su profesión y de su oficio.

Y no buscarán una perfección inferior a la de los religiosos, sino que tratarán de adquirir con nosotros la perfección cristiana con las características propias del Opus Dei para las almas que están entre sus iguales, junto a los otros ciudadanos; algunos llegarán más altos, otros menos, pero toda comparación del Opus Dei con el estado religioso es inútil y es además infructífera, porque tanto en el Opus Dei como en la vida religiosa —indistintamente‑ unos pueden ser más santos y otros menos.

71 Siento ganas de ir gritando por toda la tierra: estote ergo vos perfecti, sicut Pater vester caelestis perfectus est (Matth. V, 48). Y añadir, a grandes voces: laetetur cor quaerentium Dominum, quaerito Dominum et confirmamini, quaerite faciem eius semper; confitemini Domino, et invocate nomen eius, annuntiate inter gentes opera eius. Alégrese el corazón de los que buscan al Señor, de los que buscan la perfección cristiana, buscad al Señor y sed fuertes, buscad siempre el rostro del Señor, caminad en su presencia; alabad al Señor e invocad su nombre, y dad a conocer a los pueblos su doctrina (Ps. CIV, 3, 4 y 1).

Aunque algunos muchas veces tengan que decir como yo: ego sum pauper et dolens, yo soy pobre y enfermo, podrán añadir con el salmista: salus tua, Deus, suscepit me; tu ayuda, Dios mío, me sostendrá (Ps. Mill, 30). Y a pesar de nuestra flaqueza, al tratar de buscar con la ayuda divina la perfección cristiana a través de todas las actividades terrenas, podremos dedicar, consagrar a Dios la humanidad entera y todas las tareas honradas de los hombres, y hacer amables a los demás los caminos divinos de la tierra.

72 No os preocupe si no nos entienden: ya os he dicho que, durante siglos, se ha mirado despreciativamente el trabajo; y oír hablar ahora de la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo, tiene que ser para muchos una doctrina chocante, aunque esté enraizada en el ejemplo del Divino Maestro y en el que dieron sus primeros discípulos.

Me atrevo a decir, sin embargo, que la vocación profesional para nosotros es parte de la vocación sobrenatural, que hemos recibido de Dios. No podemos dejar el trabajo, sólo así llevaremos a Dios todas las cosas de la tierra: et Ego si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum; cuando Yo seré levantado en alto, atraerá a mí todas las cosas (Ioann. XII, 32).

Y para poner a Jesucristo en el colmo de todas las actividades humanas, los socios del Opus Del se hacen presentes en todas las tareas de la tierra: por eso, las actividades apostólicas personales de los miembros del Opus Dei serán siempre incontables.

E incontables, como un mar sin orillas, serán también las actividades corporativas de la Obra —de enseñanza, de beneficencia, de propaganda católica escrita y hablada, etc.‑, que tomarán muy diversas formas según las circunstancias de la geografía y del tiempo.

73 Nunca serán fines de la Obra esas actividades de apostolado personales o corporativas: son y serán medios, trabajo, que hay que santificar y con el cual nos santificaremos, y santificaremos a los demás.

El fin del Opus Dei es santificar el trabajo ordinario —la profesión o el oficio — de cada uno, la tarea humana intelectual o manual; y por el trabajo santificado, cada uno en el lugar que en la vida le corresponde, dar a los demás de modo apto la doctrina de Jesucristo, siempre en tareas laicales y seculares, hechas por vosotros como ciudadanos, entre vuestros iguales.

74 Hijas mías, hijos míos, nuestra vocación no es un estado de ánimo. El Señor quiere una organización sobrenatural, universal y permanente. Pero no veo la conveniencia de obligaros con muchos reglamentos y observancias, que embaracen al alma en su fervor. Como de costumbre, me explicaré con parábolas.

El Opus Dei es una barca grande; se puede estar en cualquier lado de la barca, y sólo hay dos cosas importantes: estar dentro o estar fuera. El que está fuera de la barca ha perdido la vocación. El Opus Dei es un gran camino, ancho, muy ancho — con esto no quiero decir que sea fácil, porque arta via, quae ducit ad vitam, porque a la vez es difícil y estrecho este sendero del Opus Dei, que conduce a la vida eterna (Matth. VII, 14) —; y por ese camino se puede ir como se quiera: por la derecha, por la izquierda, por el centro, andando, corriendo, derecho, dando vueltas. El que se salga del camino ha perdido la vocación.

Con esta elasticidad, acompañada de pocas normas espirituales muy concretas, evitamos que haya dentro de la Obra burócratas de la vida Interior: gentes con una formaci6n deformada, que tienen como punto principal de sus conversaciones y de sus prédicas, por ejemplo, la impureza, y se olvidan de otras virtudes que son capitales no sólo para un cristiano, sino para la convivencia entre los hombres.

75 La santa pureza es indispensable para perseverar en el apostolado, pero nosotros no hemos de hablar de la impureza: cuando sea necesario, hablaremos de la pureza, de una manera positiva: porque la pureza es consecuencia del amor, con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. En cambio, hablaremos siempre y mucho de caridad, de justicia, de evitar la murmuración y la difamación; y enseñaremos que la calumnia es un gran pecado, que exige la reparación oportuna.

76 Hijas o hijos míos, ahora se persigue a la Iglesia con más violencia que en los primeros siglos del cristianismo; los perseguidores aparecen —descarados o encubiertos‑ en más sitios, con más fuerza y con más medios. Si pueden, evitan hacer mártires, porque quieren hacer apóstatas; o al menos, que aparezcan como apóstatas — no siéndolo a los ojos de los cristianos y de los no cristianos.

El comunismo y los que le abren las puertas en las diversas naciones, que son todos los partidos políticos que tienen una solución materialista de la vida, forman organizaciones internacionales que pasan a través de las fronteras, a través de las barreras de la lengua y de las diferencias de clase y de educación, con una especie de ascética —son como una religión sin Dios‑, proporcionando medios abundantes y hombres formados especialmente para perseguir la religión, la moral, la verdad, la ley, el honor, y para aprovechar las debilidades del cuerpo y las dudas del entendimiento de la humanidad.

Es necesario, hijas e hijos míos, que nos unamos a los demás hijos de la Iglesia, no sólo para contrarrestar la acción de esas organizaciones del mal, si no para atraer a todas las almas — también a las que forman parte de esas organizaciones‑ con una tarea de amor, de caridad, de comprensión: de doctrina.

77 Para estar bien dispuestos a llevar a cabo esta unidad en el apostolado, basta obedecer a la Iglesia Santa de Dios y al Romano Pontífice, porque con esta buena disposición secundaremos siempre los deseos de los obispos en comunión con la Sede Apostólica. Y parecerán dirigidas a nosotros aquellas palabras de la Sagrada Escritura:

Beati, qui custodiunt vias meas; audite disciplinam, et estote sapientes, et notite abilcere eam; beatus homo qui audit me, et qui vigilat ad fores meas cotidie. Bienaventurados los que siguen mis caminos y los custodian; escuchad la doctrina, sed sabios y no queráis desecharla; bienaventurado el hombre que me oye, y que vela a mis puertas cada día (Prov. VIII, 32‑34).

78 La obediencia obcecada para fines perversos, que estamos contemplando en el mundo, debe hacer callar nuestra boca dentro de la Iglesia o de la Obra, cuando por motivos insignificantes nos viene el prurito de protestar. Hay quienes protestan siempre, reciben mal todas las cosas, y eso es una manifestación de infantilismo, como cuando un niño — porque sí — dice a su madre: no quiero.

En las personas mayores, la desobediencia ordinariamente tiene su fundamento en la falta de unidad de vida, en que no corresponde la conducta a la fe. Si conocéis algún caso de éstos, ayudadlos; decidles, para que lo repita el interesado, el criticón impertinente y habitual: Domine, probesti me et cognovisti me; Señor, me has examinado y me has conocido: haz que sea humilde. Tu cognovisti sessionem meam et resurrectionem meam, tú conoces cuando caigo y cuando me levanto. Esta segunda parte la podrá decir, si realmente quiere perseverar en el servicio de Dios (Ps. CXXXVIII, 1 y 2).

79 La obediencia a la Iglesia y al Romano Pontífice nos dará seguridad y firmeza, en los principios intangibles de la fe y de la moral: esta docilidad nuestra es parte de nuestro común denominador.

En cambio, cuando se trata de doctrinas opinables, cada uno de mis hijos puede y debe formar su criterio personal; pero un criterio sin tozudez, que se sepa modificar, cuando aparecen nuevos razonamientos que rectifican el modo de plantear el problema de que se trate. La testarudez suele ser manifestación de poca inteligencia.

80 Somos vino viejo, hijos míos: porque nuestro espíritu es la doctrina del Evangelio, y nuestro modo de obrar es el modo de obrar de los primeros cristianos. Necesitamos un vaso que nos pueda contener: que pueda contener, dándole jurídicamente una forma concreta, todo este afán, todo este sacrificio, todo este amor de eterna juventud al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, a Santa María, a la Iglesia, al Papa.

81 Antes de recogernos en ese recipiente jurídico, han de tener presente, y nosotros también, que los primeros fieles cristianos —incluso aquellos ascetas y aquellas vírgenes, que dedicaban personalmente su vida al servicio de la Iglesia — no se encerraban en un convento: se quedaban en medio de la calle, entre sus iguales. Este es nuestro caso, puesto que no nos hemos de diferenciar en nada de nuestros compañeros y de nuestros conciudadanos.

82 Como aquellos primeros fieles, no podemos tener costumbres o modos de decir de convento; hemos de hablar la misma lengua de nuestros colegas y, con la libertad de hijos de Dios, hemos de procurar que no falte nunca en nuestros labios una sonrisa, un chispazo de buen humor y de comprensión: porque somos Cristo que pasa, por el camino común a los hombres del mundo (cfr. Luc. XVIII, 37).

Más: somos también Cristo Jesús que se detiene a comer, quia hic peccatores recipit et manducat cum illis, que trata a los pecadores y come con ellos (Luc. XV, 2). Me han acusado muchas veces, todas las que han querido — y os lo cuento, para que lo sepáis —, unos, de que soy monárquico; otros, republicano; otros de que soy masón, porque recibo a los masones.

No hago, ni puedo hacer política alguna. No me preocupan las cosas de la tierra: sólo me preocupa que los hombres se amen o que, al menos, se conlleven. Recibo a todo el mundo: tengo el corazón y las puertas de nuestras casas abiertas siempre a toda la gente, porque no puedo hacer la injusticia de privar a nadie de la caridad de Jesucristo. He tenido siempre presente lo que el Señor enseña, por San Mateo (IX, 12): non est opus valentibus medicus, sed mole habentibus: que el médico no es necesario para los que están sanos, sino para los enfermos.

83 Vosotros y yo seguiremos padeciendo esa crítica Injusta y chismosa, farisaica, falta totalmente de buen espíritu, y trataremos de vivir nuestra vida de cristianos con perfección, con sencillez, con dominio de nosotros mismos, oyendo en el fondo de nuestra alma aquellas palabras que nos relata San Juan: qui sequitur me, non ambulat in tenebris; sed habebit lumen vitae. Quien me sigue no anda en tinieblas, porque tendrá la luz de la vida eterna (VIII, 12).

Si por estas incomprensiones alguna vez comenzáis a sentir pesadumbre, yo os digo: quia sanctus dies Domini est, et nolite contristar: gaudium etenim Domini est fortitudo nostra: estad siempre alegres, porque el día del Señor es santo, no queráis estar tristes: la alegría es vuestra fortaleza (II Esdr. VIII, 10).

84 A lo largo del camino —del vuestro y del mío — solamente veo una dificultad, que tiene diversas manifestaciones, contra la cual hemos de luchar constantemente. Me refiero ahora a vosotros, no a esos cooperadores, a esos amigos nuestros, que algún día —espero que pronto‑ formarán parte de nuestra Familia y serán un medio maravilloso para extender el reino de Dios, para hacer amar a la Iglesia de Dios y al Romano Pontífice, para contribuir eficazmente a que los hombres se comprendan.

Esa dificultad es el peligro del aburguesamiento, en la vida profesional o en la vida espiritual; el peligro de sentirse solterones, egoístas, hombres sin amor. Tened siempre presente que es el Amor —el Amor de los amores‑ el motivo de nuestro celibato: no somos por tanto solterones, porque el solterón es una desgraciada criatura que nada sabe de amor.

Si alguno cayera en el lazo de esta tentación, acudid en su ayuda prontamente; porque — si no desecha ese pensamiento — saldrá fuera de la barca, se marchará fuera del camino, fuera de nuestro hogar: perderá la vocación.

85 Esa dificultad y ese peligro, de que hablamos, suele tener dos claras manifestaciones: la tibieza y la inconstancia en la tarea apostólica. Por eso decidle al oído con caridad fraterna, para remover su conciencia: scio opera tua, quia neque frigidus es neque calidus: utinam frigidus esses aut calidusi sed, quia tepidus es et nec frigidus nec calidus, incipiam te evomere ex ore meo. Conozco bien tus obras, que ni eres frío ni caliente: ¡ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, y no eres frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca (Apoc. III, 15 y 16).

Y, si es necesario, decidle también qui enim haesitat similis est fluctui maris, qui a vento movetur et circumtertur. Vir duplex animo inconstens est in omnibus viis suis. Quien anda dudando, es semejante a la ola del mar alborotado, llevada de una parte a otra por el viento. El hombre de ánimo doble, insincero, es inconstante en todos sus caminos (Iacob. I, 6 y 8).

86 En este camino nuestro, en esta barca nuestra, camino de Dios, barca de Dios —¡cómo me gusta hablar de caminos, de barcas y de redes!: el Señor dice que El es el camino, Ego sum via (Ioann. XIV, 6), y a Jesucristo Señor Nuestro se le veía muchas veces en la barca con los apóstoles que pescaban—, decía que, en esta barca y en este camino de la Obra, nos interesan todas las virtudes de los que están dentro de la barca, de los que andan por el camino.

No nos interesan en cambio las promesas, ni los votos, aunque sean teológicamente dignos de todo respeto, y con mucho respeto los veamos en los demás: si los miembros del Opus Dei personalmente hacen promesas o votos, esos votos y esas promesas son una devoción particular de ellos, cosa de la conciencia de cada uno: la Obra los ignora.

Lo que a la Obra y a nosotros importa es sabernos hijos de Dios, trabajar constantemente, amar la voluntad del Señor, tener una habitual preocupación por los demás y un olvido de nosotros mismos, vivir en una devoción fiel a la Madre de Dios y a la Iglesia, conservarnos en la alegría y en la paz de Cristo.

87 Tanto dentro de la barca como andando por nuestro camino, como el Señor nos dio la vocación para que le sirvamos en medio de los quehaceres de la tierra, ciudadanos entre los otros ciudadanos iguales a nosotros, no podemos prescindir —en medio de nuestra pobreza personal y corporativa de los mismos medios que emplean los demás hombres del mundo para la convivencia y la cortesía.

88 Esta es la razón de que, siendo pobres nosotros personalmente y pobre la Obra, despegados de todas las cosas de la tierra, hayamos de observar en nuestro trato la corrección propia de la situación que ocupamos, con limpieza en la casa, en el vestido, en la comida, en el cuerpo: con agua clara, que es casta, y con el uso de aquellos productos de limpieza y de higiene que emplea la gente corriente.

No podemos oler — y que me perdonen los religiosos, que amo tanto, y me da alegría decir que a bastantes no se les puede aplicar la frase que sigue‑, no podemos oler a hábito de fraile mal ventilado, porque no somos frailes, ni lo podremos ser, puesto que Dios no nos ha dado esa vocación.

89 Aunque la mayor parte de los socios de la Obra viven con sus familias o en los lugares donde ejercen su profesión, a todos los que formamos parte de esta Familia sobrenatural nos da alegría que nuestro hogar —los domicilios, en los que se desarrolla nuestra tarea profesional de apostolado corporativo‑ sea digno y acomodado a las necesidades de la labor que allí se realice.

Es preciso que en nuestras casas haya un ambiente de serenidad y de paz, de modo que podamos decir al Señor con el salmista: melior est dies una in atrus tuis super milia; mejor es estar un día en tu casa —nuestra casa, nuestra barca, nuestro camino está en todas las encrucijadas de la vida de los hombres‑ que millares de días fuera (1‑XXXIII, 11).

90 Con este espíritu, con este ambiente no rechazaremos ningún trabajo profesional, ni el que parezca más modesto, ni el que parezca más encumbrado: no sé con cuál de estas actividades podemos lograr más almas para Cristo Señor Nuestro, si con un cargo en las grandes organizaciones internacionales, o en la modestia maravillosa del trabajo en el campo o en la fábrica. La eficacia depende de la gracia de Dios y del buen espíritu de cada uno.

91 He hablado del campo y de la fábrica, porque quiero aprovechar este momento para decir a esos amigos nuestros obreros —que más adelante espero que llegarán a ser hermanos vuestros e hijos míos‑ que las doctrinas sociales ateas, y en especial el comunismo, no lograrán jamás hacer que haya una sola clase social.

Donde esas doctrinas se imponen por la fuerza es Imposible dejar de ver que hay un grupo de jefes; alrededor de ellos, otro formado por técnicos y burócratas; y después una gran muchedumbre, el pobre pueblo, gentes que ni siquiera pertenecen al partido y que son como los villanos de otros tiempos, los parias, los desgraciados esclavos del Estado.

92 Los hijos de Dios en el Opus Dei hemos de procurar que todos los hombres tengan derecho a un mínimo de bienestar, al trabajo y al descanso, a la instrucción; a ocupar todos los cargos de la sociedad, si tienen condiciones personales; a constituir una familia y a educar a sus hijos.

93 Mi experiencia sacerdotal me ha enseñado que, muchas veces, en puestos humildes se encuentran almas muy delicadas; y que, en cambio, no es difícil encontrar, en otros ambientes, almas vulgares y toscas: porque es el trato con Dios, la vida interior, la mejor escuela de finura y de cortesía.

Lo ordinario es que cada uno se comporte exteriormente con arreglo a la clase social, a la que pertenece: yo he hablado hasta ahora de comportamiento interior, de la vitalidad del alma. Y es bastante corriente que haya una contraposición, entre la educación humana de clase y el comportamiento ascético.

94 El Opus Dei se presenta a todas las almas como un mensaje universal, y con el tiempo —ya os lo he dicho‑ dará facilidades a hombres y mujeres de toda condición, para que puedan lograr la perfección cristiana precisamente a través de sus circunstancias de familia, de trabajo, y de su situación personal en la sociedad.

95 Sería poco prudente no ayudar a quitar algunos defectos, algunas manifestaciones de falta de educación, a las personas —a nuestros amigos‑ que hay a nuestro alrededor, siempre que sean defectos de importancia, y con más motivo si son o parecen una ofensa a la ley de Dios.

Pero si no son ofensa de Dios o no hacen ingrata la convivencia, dejadlos: dejadlos con su modo de hablar, con su modo de comportarse, con aquella noble tosquedad encantadora.

Así no se salen de su sitio, continúan dentro de su marco, y pueden hacer mejor labor entre sus compañeros. Si hablaran como habla un intelectual, aprenderían una lengua diversa, y con esta lengua no se podrían entender con los de su ambiente.

96 Hijas o hijos míos, me da mucha alegría poder deciros que no me he negado nunca a servir a todas las sociedades y entidades eclesiásticas, gratuitamente y con mucho gusto. Me ha bastado que me llamara un obispo, para ir a su diócesis a trabajar: muchísimas veces en la Acción Católica o en otras organizaciones de fieles, o directamente con sacerdotes diocesanos.

Amo a todas las asociaciones de la Iglesia, y sé que vosotros también las amáis y las amaréis siempre. Pero no olvidéis que las sociedades que nacen como impuestas por la autoridad, exigen de esa autoridad un continuo gasto económico: hay que pagar —y es razonable — a los sacerdotes, a los laicos que son dirigentes; hay que pagar los gastos que ocasionan las reuniones de los miembros de cada asociación —cuando las tienen‑ para prepararse mejor, de modo que desarrollen la actividad que pretenden con más eficacia.

97 De otra parte, el pueblo mira con recelo lo que es o parece una imposición: dicen que ya hay bastantes mandamientos, entre los del Decálogo y los de la Iglesia. Y en el fondo de su conciencia sienten la seguridad de que la ley natural les da derecho a no participar en esas organizaciones que vienen impuestas desde arriba, y a participar — porque sienten esa atracción espiritual‑ en otra clase de sociedades o asociaciones, que quizá exigen de parte de ellos mayores esfuerzos económicos y espirituales.

Por eso, hijas e hijos míos, cuando necesitáis organizar económicamente las cosas para sostener nuestras obras apostólicas, no busquéis nunca la violencia que viene de arriba; haced ambiente, para que la ayuda venga desde abajo, para que no parezca ni sea impuesta.

Cuando os escribo esto, pienso que algunos, que no conozcan el espíritu del Opus Dei, no me entenderán: pero los que no me entiendan es seguro que son de aquel triste grupo de hombres de pequeña estatura moral, que no son capaces de comprender la libertad de los demás.

98 Alabo y bendigo, porque he conocido a muchos de ellos y les he ayudado espiritualmente a Ir adelante, a los que trabajan en esas sociedades y organizaciones que de algún modo están Impuestas por la autoridad, que vienen de arriba a abajo.

Pero alabo y bendigo también a las otras asociaciones de fieles, que vienen de abajo a arriba, que nacen como una pequeña planta que tiene que romper la tierra dura, para asomar fuera un tallo débil, absorber un rayo de sol, y esperar una gota de agua: son organizaciones que económicamente no cuestan nada a la autoridad.

99 Este es el caso del Opus Dei: sus miembros viven libres como pájaros, en medio de todas las actividades humanas, sin haber podido sentir coacción alguna de parte de los que gobiernan. Y vienen a darse, a entregarse, a servir: yo no digo con esto que los miembros de otras sociedades de fieles no vayan a servir, pero afirmo que el Opus Dei es perfectamente compatible con las actividades de todas las otras asociaciones de fieles.

100 Todos estamos en las manos de la Iglesia de Dios, y merecen respeto los dos modos de asociarse los católicos: el que está promovido desde arriba, por la autoridad; y el que de modo espontáneo — no hablo en este instante del Opus Dei, porque tendría que decir, con todas las letras, de modo divino‑ nace y se desarrolla en medio de tantos sacrificios y tribulaciones. En el caso de la Obra, tendríamos que añadir: en medio de tanta y tan continuada alegría, en el servicio del Señor.

101 Pero volvamos a lo que os dije antes: no deseo fórmulas rígidas en el Opus Dei. Dios Nuestro Señor quiere, en la Obra, la caridad cristiana y la natural convivencia, que se hace fraternidad sobrenatural, y no el convencionalismo de la forma.

Esa es la razón, por ejemplo, de que en los Círculos y en las reuniones de socios del Opus Del no se hagan actas: no se necesitan. Aquel de mis hijos que piense de otra manera, es que está saliéndose de la barca, que está poniendo el pie fuera del camino: tenéis el deber de pensar como acabo de decir.

102 Las criaturas y las entidades morales, si tienen vida, desean que aquella vida sea cada vez más intensa, más capaz de acciones eficaces y de labores que tengan perennidad: de ahí, la necesidad del proselitismo que es también una norma de derecho natural.

Os he enseñado en estos años, expresándome con buen humor, que cada uno de vosotros debe traer a Casa tres amigos o parientes, o conocidos, o compañeros, pendientes de cada dedo. Con esto os he indicado la necesidad de orar, de sacrificarse, de trabajar, de comprender a los demás, de sentir la libertad de los otros y la eficacia de la amistad leal; y también la necesidad de huir del fanatismo, de la agresión y de la violencia, porque en el Opus Dei todo es voluntario.

Estábamos en la calle, y en la calle continuaremos: sin muros, sin vestidos chocantes, con nuestro mismo modo de vivir, iluminado y elevado por la llamada de Dios, que robustece nuestra fe y nos llena de amor y de contento.

103 Cuando contemplo las escuelas apostólicas de los religiosos y los seminarios menores del clero diocesano, los bendigo, los amo: porque los veo convenientes y aun necesarios, puesto que de ahí salen miles y miles de religiosos y de sacerdotes ejemplares. Pero ese procedimiento no lo quiero para el Opus Dei.

104 Sin embargo, ha comenzado la calumnia más o menos organizada —ya veremos hasta qué punto está organizada: yo todavía no puedo creerlo—, y han hablado de falta de libertad, en nuestra Obra.

Estamos en la calle, sentimos y tratamos de corresponder a nuestra vocación en una edad adulta, cada uno de nosotros tiene su carrera civil y su independencia económica; y cada uno sabe que le basta pedir la salida, si es tan desgraciado para desearlo, que inmediatamente se le concede.

105 Sigo contemplando a esos niños que sus piadosas madres llevan de la mano, al convento o al seminario, y me da la impresión de que, a partir de ese momento, empiezan a andar entre paralelas —como se hace en una estación de ferrocarril para llegar a la taquilla‑, hasta que toman el hábito, hacen la profesión religiosa o reciben las órdenes sagradas.

Y he de decir, he de clamar a los cuatro vientos: si nosotros no tenemos libertad, si dicen que no somos libres para dedicar nuestra vida al servicio de Dios, hay que concluir que ninguno de los que, de cualquier otra manera, tratan de ponerse al servicio de la Iglesia con una vocación, es dueño de su libertad cuando se consagra al Señor como religioso, como religiosa, o como sacerdote secular.

106 Por tanto, hijas e hijos míos, partiendo de la libertad de los demás y abominando del fanatismo, con el mayor respeto a ese libertad de las conciencias y procurando en absoluto no agredir, debéis tener presente que —por vuestra dedicación personal al servicio de las almas: vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus; no soy yo el que vive, sino que vive Cristo en mí (Galat. II, 20) sois en la tierra cada uno de vosotros otro Cristo.

Y acordándoos de la voz del Señor, que dice a Zaqueo testinans descende, baja deprisa (Luc. XIX, 5), habéis de hacer bajar a muchas almas de su soberbia, de su mundanidad, de su confusionismo.

Para esto, tened trato con muchas personas, —sabed acoger a los que os rodean, reuníos en tertulia con los amigos, fomentad la amistad leal con todos los colegas de profesión: tenemos que comprender — repito — y disculpar, convivir y perdonar. Y, sobre todo, hay que atreverse: iatreveos!

107 Hay muchos lugares, naciones enteras, en las cuales el ambiente hace que la gente no se atreva a hablar de temas espirituales. El laicismo ha llegado hasta los tuétanos de la sociedad actual, y presenta incluso como una falta de buena educación promover conversaciones religiosas: cada ciudadano se encierra — ¡sólo para esto!‑ en la frialdad, como en un bastión inexpugnable.

Es una falsa amabilidad no hablar, es una falta de cordialidad y de afecto, es una cobardía espiritual, puesto que tenemos obligación de ayudar a ser mejores a todos los que nos rodean; y de hacerles participar de la alegría y de la serenidad de nuestra entrega a Dios. Sólo los que se sienten desgraciados, en su vocación, no son proselitistas.

108 Si alguno pensara que hacer proselitismo, dar ocasión a que se verifique el fenómeno vocacional es complicar la vida de la gente, le dirá que va mal, porque le falta amor de Dios y amor a las almas: que haga una buena Confidencia y una buena confesión, para volver a su fervor.

No somos nosotros los que complicamos la vida de la gente: es Dios Señor Nuestro, puesto que la vocación al Opus Dei es una llamada divina. Mi Señor Jesucristo no me pidió permiso para meterse en mi alma y en mi vida, y hacerme dar una vuelta completa: con vuestra experiencia personal, complicad la vida de los demás; complicadla, que es nuestro deber.

109 No os olvidéis de que, al Opus Dei, pueden venir lo mismo los doctos y los sabios que los ignorantes. Dejadme que os haga sonreír, diciéndoos que sólo con sabios, que suelen estar en la luna, ni siquiera podríamos decir que éramos todo cabeza: bienvenidos sean los sabios a la Obra, pero nos conformamos con que la mayoría —todos los demás‑ sean doctos en su profesión o en su oficio.

Por eso, como una exigencia de nuestro amor a la Santa Iglesia y a la Obra, hemos de fomentar la vida interior con las características de nuestro espíritu, también en los niños y en los adolescentes; en los estudiantes y en los profesores, en los obreros y en los empleados y en los dirigentes de empresas, en los viejos y en los jóvenes, en los ricos y en los pobres: hombres y mujeres, porque de hecho todos caben. La solución jurídica ya vendrá.

110 Es razonable que, cuando echéis la mirada a vuestras compañeras, a vuestros compañeros, os ocupéis especialmente de los que tienen virtudes humanas: reciedumbre, lealtad, rectitud. Es natural que os fijéis en las personas que no rehúyen el trabajo profesional, en las que van comenzando a sentir un verdadero afán de apostolado, en las que son sinceras.

111 Pero jamás olvidéis, para respetar el camino de los demás —la libertad de las conciencias‑, lo que San Pablo escribió a los de Corinto: sicut enim corpus unum est et membra habet multa, omnia autem membra corporis cum sint multa, unum tamen corpus sunt; ita et Christus. De la misma manera que el cuerpo humano es uno y tiene muchos miembros, todos los miembros aun siendo muchos, son un solo cuerpo. Lo mismo sucede en el Cuerpo místico de Cristo (I Cor. XII, 12).

Por eso, mis hijos han de ser siempre defensores de la libertad personal de todos los hombres sin excepción. Amad y respetad, en todas las ocasiones, todas las vocaciones cristianas, de manera que se vea que lo hacéis así. Tened en cuenta que Dios Señor Nuestro nos tiene contados desde la eternidad: elegit nos in ipso ante mundi constitutionem, ut essemus sancti et immaculati in conspectu eius in caritate: que Dios Padre nos escogió por el mismo Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha por la caridad en su presencia (Ephes. 1, 4).

112 Al mirar alrededor de vosotros para encontrar almas que puedan llegar a ser hijos de Dios en su Opus Del, no busquéis personas que no tengan defectos, porque no las hay.

Acordaos de lo que rezamos en la Misa, al recitar el Gloria: Tu solus Sanctus! Sólo Dios Nuestro Señor es santo: las criaturas —los hombres, las mujeres‑ tenemos defectos, todos tenemos errores personales y, a pesar de eso, podemos ser llamados y podemos formarnos como buenos instrumentos de Dios en la Obra.

113 Tened también mucho empeño en tratar a esos amigos y cooperadores, a esas amigas y cooperadoras, porque pueden ser futuras vocaciones. Al menos, siempre les podréis ayudar espiritualmente, correspondiendo a la generosidad que demuestran proporcionándonos los medios materiales de apostolado; y muchos de esos amigos y cooperadores participan, y participarán más cada día, en nuestras tareas espirituales.

114 Con mucha pena, tengo que hablaros de lo que llamo el fracaso del espíritu de Cristo en las familias cristianas. Unas veces son las mismas familias, las que se oponen a la vocación de los hijos; otras, son sus consejeros religiosos, que me presentan como un hereje — dicen que soy hereje, y la Obra una herejía — y así quitan la paz de muchos hogares, aunque de ordinario no logran debilitar la vocación de vuestros hermanos, sino que la fortalecen.

No os puedo ocultar estos hechos, porque son completamente públicos y ocasionan verdadero escándalo en el pueblo cristiano. Rezad, que así el Señor pondrá fin a esta prueba.

115 Ved, pues, hijos míos, que el corresponder a la llamada divina, siguiendo nuestra vocación para entregar al Señor y poner a sus pies todas las actividades humanas, no le hacemos ningún favor. Decid a esas familias, a las que han tratado de engañar, que la vocación de sus hijos no es una desgracia: es una maravillosa elección, que deben agradecer a Dios.

Decidles también, a esos buenos padres y madres de familia, que tanto han sufrido por las acusaciones difamatorias e irresponsables, que perdonen como nosotros perdonamos: que no tengan en cuenta esa especie de perversidad, que presenta todo el aspecto del odio, sobre el cual no se puede jamás apoyar la justicia —y mucho menos la defensa de la fe‑, porque destruye el fundamento de la convivencia cristiana. Y que se unan a nosotros, si no en el silencio — porque yo no tengo autoridad para hacerlos callar, cuando defienden la paz de su casa y la honra de sus hijos —, al menos en la oración y en la caridad con todos, sin exceptuar a nadie.

116 Que son jóvenes: demasiada juventud. Esto propalan, como si fuera una cosa denigratoria, los que ven con celotipia esta Obra de Dios. Después de responderles que esa dificultad, que señalan, la va arreglando el tiempo, recordadles lo que San Pablo escribía a Timoteo, a quien echaban en cara que no era hombre maduro por los años: nemo adolescenflam tuam contemnat, que nadie te menosprecie por tu poca edad (I Tim. IV, 12).

Si a pesar de todo siguen murmurando, nos encogeremos de hombros y los dejaremos murmurar por ahora. Cuando pase el tiempo, todo se arreglará.

117 Hijas e hijos míos, ante esas contradicciones, lo mismo que ante otras dificultades que el Señor pueda permitir en el futuro, no desmayéis: ideoque et nos tantam habentes impositam nubem testium, deponentes omne pondus, et circumstans nos peccatum, per patientiam curramus ad propositum nobis certamen, aspicientes in auctorem tidei et consummatorem Iesum, qui, proposito sibi gaudio, sustinuit crucem, contusione contempta, atque in dextera sedis Dei sedet. Recogitate enim eum qui talem sustinut a peccatoribus adversum semetipsum contradictionem, ut ne fatigemini animis vestris deficientes. Ya que estamos rodeados de una tan grande nube de testigos, descargándonos de todo peso y de los lazos del pecado, corramos esforzadamente al término del combate, a la meta que nos ha sido propuesta —al servicio de Dios, con nuestra vocación en la Obra —, poniendo siempre los ojos en el Señor, autor y consumador de la fe, que en vista del gozo que le estaba preparado en la gloria, sufrió la cruz sin hacer caso de la ignominia, y en premio está sentado a la diestra de Dios. Considerad atentamente cómo sufrió Jesús tanta contradicción contra su misma persona, para que no desfallezcáis, perdiendo vuestros ánimos (Hebr. XII, 1-3).

118 Tened presente lo que Jesús dijo de la cepa y de los sarmientos: Ego sum vitis vera, et Pater meus agricola est. Omnem palmitem in me non ferentem fructum tollet eum, et omnem qui tert fructum purgabit eum, ut tructum plus afferat. Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí, que soy la vid, no lleva fruto lo cortará; y a todo aquel que diere fruto, lo podará para que dé más fruto (Ioann. XV, 1 y 2).

Esos obstáculos e inconvenientes, con los que topamos a lo largo de nuestro camino, no son otra cosa que la poda: para que demos más fruto.

119 No olvidéis que todo lo bueno encuentra dificultad en la vida, y que esos contratiempos que parecen organizados de un modo universal por la ceguera de determinadas personas, son para nosotros y para la Obra un gran bien; aunque en sí y objetivamente no se pueda negar que esas gentes cometen un gran pecado, que en conciencia exige reparación.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que, por su obcecación, cuando mienten no es que mientan: es que son incapaces de decir la verdad.

120 No temáis nunca a nada ni a nadie: ni a Dios que es nuestro Padre. Nolite timere eos qui occidunt corpus, animam autem non possunt occidere; no temáis a los que pueden matar el cuerpo —hacer daño en la tierra —, y no pueden matar el alma (Matth. X, 28).

En medio de nuestra continua alegría cuando servimos al Señor, no perdáis el sentido de nuestra filiación divina, puesto que non enim accepistis spirítum servitutis iterum in timore, sed accepistis spiritum adoptionis filiorum; no hemos recibido ahora el espíritu de servidumbre para obrar por temor, sino que hemos recibido el espíritu de adopción de hijos (Rom. VIII, 15).

121 Sed optimistas, ved la mano de Dios detrás de cada persona y de cada suceso; vigilemus et sobrii simus, estemos en vela y vivamos con templanza (T Thes. V, 6). Acordaos que el Señor ha dicho: ecce ego mitto vos sicut oves in medio luporum. Estote ergo prudentes sicut serpentes et simplices sicut columbae. Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, habéis de ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Matth. X, 16).

Y a continuación el Evangelista recoge las palabras del Maestro, que llenarán siempre de paz y de tranquilidad a sus discípulos de todos los tiempos cuando hayan de padecer contradicción: nolite cogitare quomodo aut quid loquamini; debitur enim vobis in ¡fla hora quid loquamini: non enim vos estis qui loquimini, sed Spiritus Patrís vestri qui loquitur in vobis. No os dé cuidado cómo y qué es lo que habéis de hablar; porque os será dado en aquella misma hora —cuando llega la dificultad Injusta — lo que hayáis de decir: puesto que no sois vosotros quien hablará entonces, sino el Espíritu de vuestro Padre, que hablará por vosotros (Matth. X, 19 y 20).

122 Hijas e hijos míos, han murmurado algunos —repito‑ fingiéndose farisaicamente escandalizados, por nuestra ambición, porque dicen que tenemos codicia —es la apetencia que ellos tienen de ocupar cargos. No os puedo ocultar que primero me pasmé, y después, al escuchar esas acusaciones me he sonreído: porque se quedan cortos.

Nuestra ambición, la vuestra y la mía, es tan grande que queremos decir con San Pablo, haciendo de la doctrina del Apóstol alma de nuestra alma y carne de nuestra carne: mihi enim vivero Christus est, et mori lucrum; nuestro vivir es servicio de Cristo y unión con El, y morir para nosotros es una ganancia (Philip. 1, 21).

123 No quiero deciros con esto que hemos de desear la muerte: si el Señor nos diera a elegir, estoy seguro de que vosotros conmigo pediríais al Señor vivir y trabajar para extender su amor en provecho de todas las almas.

Vivir sabiendo que seremos olvidados en la tierra, sin esperar recompensa humana, perseverando hasta el fin, de modo que con nuestra conducta podamos decir: laboramus operantes manibus nostris; maledicimur et benedícimus... ; tanquam purgamenta huius mundi tacti sumus, omnium peripsema usque adhuc. Nos afanamos trabajando con nuestras propias manos; dicen mal de nosotros y bendecimos...; somos tratados como el estiércol del mundo, como la escoria de todos (I Cor. IV, 12 y 13).

124 Con ese fundamento de verdadera humildad —lo natural en el hombre es el egoísmo, el altruismo no se da sin esfuerzo‑ y con la mortificación cristiana y la continua oración, iremos adelante en el camino que el Señor nos ha señalado, buscando el reino de Dios y su justicia, poniendo al servicio de esa tarea un esfuerzo, que en nuestro caso es vivir las virtudes propias de la Obra.

125 La virtud etimológicamente significa fuerza viril. La gracia de Dios y el ejercicio de esa fuerza espiritual harán que, siendo nosotros del mundo y estando en el mundo, demos a las cosas y a los sucesos de la tierra solamente la importancia que tienen, diciendo: verurntamen existimo omnia detrimentum esse propter eminentem scientiam Iesu Christi Domini mei, propter quem omnia detrimentum teci et arbitror ut stercora, ut Christum iucrifaciam. Verdaderamente todo lo tengo como pérdida —como desventaja‑, en comparación con el sublime conocimiento de mi Señor Jesucristo, por cuyo amor he abandonado y perdido todas las cosas, y las miro como basura, por ganar a Cristo (Philip. III, 8).

126 No querría dejar en vuestro ánimo un poso amargo. Por eso, porque nuestra dedicación a Dios Señor Nuestro es un sacrificio lleno de alegría gustosa, os seguiré recordando palabras de mi Señor Jesucristo, que son más dulces que la miel y el panal, dulciora super mei et tavum (Ps. XVIII, 11).

127 Fe: si potes credere, omnia possibilia sunt credenti; si puedes creer, todo es posible para el que cree. Decid —yo también lo digo — lo que dijo el padre de aquel muchacho enfermo: credo, Domino; adiuva incredulitatem meam; creo, Señor; pero ayuda mi incredulidad, fortalece mi debilidad (Marc. IX, 22 y 23).

Y con esa fe nos llenaremos de esperanza, oyendo como dirigidas a nosotros aquellas palabras de la Escritura, que nos harán soñar un sueño de amor y de misericordia, viendo ya hecha realidad en la tierra la misión que tenemos encomendada.

Ecce dies veniunt, dicit Dominus: et comprehendet arator messorem, et calcator uvae mittentem semen; et stillabunt montes dulcedinem, et omnes colles culti erunt. He aquí que se acercan los días, dice el Señor: y el que ara alcanzará al que siega, y el que pisa las uvas del que siembra; y los montes destilarán dulzura, y todas las colinas serán cultivadas (Amos IX, 13). Muy pronto os llenaréis de acción de gracias, contemplando el fruto espiritual de vuestro apostolado.

128 Cuando hablo del fruto de vuestro apostolado, se entiende el fruto de vuestro trabajo profesional en el mundo, porque hemos de tener siempre en cuenta aquel precepto del Señor: operamini non cibum qui perit, sed qui permanet in vitam aeternam; trabajad no para tener el alimento que se consume, sino el que dura hasta la vida eterna (Ioann. VI, 27).

Porque nuestro trabajo profesional es la materia que hemos de santificar, la que nos santifica y la que hemos de emplear para santificar a los demás.

129 Este es la razón de que procuremos trabajar, cada uno en su profesión o en su oficio, buscando también la perfección humana en el trabajo. Y éste es también la razón, por la que — al trabajar — no pensamos jamás que hacemos un favor a la Iglesia, a la Obra o a las almas; puesto que estamos persuadidos de que, para nosotros, el trabajo no sólo es una virtud cristiana: es el fundamento, sobre el que se ha de apoyar toda nuestra tarea apostólica.

Así podremos repetir lo que escribía San Pablo a los de Tesalónica: neque gratis panem manducavímus ab aliquo, sed in labore et in fatigatione nocte et die operantes, ne quem vestrum gravaremus. Nam, et cum essemus apud vos, hoc denuntiabamus vobis, quoniam, si quis non vult operati, nec manducet. No hemos comido el pan de balde a costa de otro, sino con laboriosidad y fatiga, trabajando de día y de noche para ganar nuestro sustento, por no ser gravosos a nadie. Y así, estando entre vosotros, os ordenábamos esto: quien no quiere trabajar, que no coma (II Thes. 111, 8 y 10).

130 Que quede bien grabado, en vuestra inteligencia y en vuestro corazón, que nuestro trabajo humano, secular, es indispensable para el apostolado; que todas nuestras labores apostólicas son dar doctrina, hasta tal punto que, en cualquier lugar en el que desarrollemos nuestra tarea, no hacemos más que una catequesis. Y que no podemos perseverar en nuestra vocación si no somos contemplativos, si no convertimos nuestra vida en Amor.

131 Amor a Aquel quem, cum non videritis, diligitis, in quem nunc quoque non videntes creditis; credentes autem exsultabitis laetitia inenarrabili et glorificata, reportantes finem fidei vestrae salutem animarum; a quien amáis, sin haberle visto, en quien ahora igualmente creéis, aunque no le veis; pero porque creéis os gozaréis con júbilo indecible y colmado de gloria, alcanzando, por premio de vuestra fe, la salud de vuestras almas (I Petr. I, 8 y 9).

Ved, pues, que al corresponder a la llamada divina, siguiendo nuestra vocación para entregar al Señor y poner a su servicio todos los quehaceres humanos, aseguramos nuestra paz en la tierra y la felicidad eterna.

132 Hijas e hijos míos, gratia Domini Nostri Iesu Christi et caritas Dei et communicatio Sancti Spiritus sit cum omnibus vobis! Amen. ¡Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que la caridad de Dios Padre y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros! Amén (II Cor. XIII, 13).

Gaudium cum pace, emendationem vitae, spatium verae poenitentiae, gratiam et consolationem Sancti Spiritus atque in Opere Dei perseverantiam, tribuat vobis omnipotens et misericors Dominus.

Mariano

Madrid, 8 de diciembre de 1941

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