Instrucción para la obra de San Gabriel, 1941

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Autor: Josemaría Escrivá, mayo 1941


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y de Santa María

Parvus fons, qui crevit in fluvium..., et in aquas plurimas redundavit.
La pequeña fuente ha crecido hasta hacerse un gran río.... y da aguas abundantes.
(Esth. X, 6)


1 Queridísimos: si el Opus Dei ha abierto todos los caminos divinos de la tierra a todos los hombres —porque ha hecho ver que todas las tareas nobles pueden ser ocasión de un encuentro con Dios, convirtiendo así los humanos quehaceres en trabajos divinos—, bien os puedo también asegurar que el Señor, por la labor de San Gabriel, llama con llamada vocacional a multitud de hombres y de mujeres, para que sirvan a la Iglesia y a las almas en todos los rincones del mundo.

Alguno podría pensar que nuestra Familia sobrenatural —y especialmente la obra de San Gabriel— es como un novum brachium saeculare EccIesiae, un nuevo brazo secular, fuerte y ágil, para servir a la Iglesia. Quien así pensara se equivocaría, porque somos mucho más: somos una parte de la misma Iglesia, del Pueblo de Dios, que, consciente de la divina vocación a la santidad con la que el Señor ha querido enriquecer a todos sus hijos, procura ser fiel a esa llamada, cada uno dentro de su propio estado y de sus circunstancias personales.

2 Quizá esta tarea, que es desarrollo interno —crecimiento— de la Obra, consecuencia de su espíritu, querer de Dios, no sea comprendida por todos, en sus comienzos. Es preciso, sin embargo, que muchas almas sean, por vocación, testimonio de Cristo en todas las actividades nobles y limpias de este mundo, con su conducta ejemplar y con su doctrina, que les llevan a divinizar lo temporal. Es necesario trabajar, ajenos a parlerías demasiado humanas y a juicios de estrecho horizonte.

3 Pasará el tiempo y, ante la eficacia y la generosidad de nuestra labor hecha por gentes de toda condición social, se calmará la preocupación infundada de los que han creído que —con esta obra y con la de San Rafael— veníamos a invadir un campo consagrado a las vocaciones religiosas, abriendo una especie de campaña contra ellas, cortando en flor y restando las más bellas esperanzas para la vida de convento.

4 Bien sabéis que, por el contrario, cuando caldeamos con nuestro apostolado un ambiente, vemos con alegría cómo se promueven vocaciones para el sacerdocio secular y para las órdenes y congregaciones religiosas, a la vez que otras almas comprenden y agradecen su vocación de padres o madres de familia cristiana. Y éstas —y otras más— son atraídas con llamada divina al Opus Dei, para vivir la perfección cristiana en el mundo, en celibato —seglares o sacerdotes—, o en el matrimonio, dentro de una de las distintas categorías de socios de nuestra Familia.

5 De este modo se logra una movilización general de almas, dedicadas al servicio de Dios en medio de todas las actividades terrenas. Y así se hacen realidad aquellas palabras del Señor: non rogo ut tollas eos de mundo, sed ut serves eos a malo; no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal (Ioann. XVII, 15).

Y aquellas otras: de mundo non sunt, sicut et ego non sum de mundo. Sicut tu me misisti in mundum, et ego misi eos in mundum; ellos no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo. Así como tú me has enviado al mundo, así yo los he enviado también al mundo (Ioann. XVII, 16 y 18).

6 Lo que más temen los enemigos de Dios es que llegue un día, en el cual todos los que creen en Jesucristo se decidan a poner en práctica su fe: y a eso vamos. Y aun más allá: a atraer a la luz del Evangelio a los que no conocen a nuestra Madre la Iglesia Católica.

Ecce ego, ecce ego ad gentem, quae non invocabat nomen meum; aquí estoy, heme aquí que voy al pueblo que no invoca mi nombre (Isai. LXV, 1). Porque cada uno de los hijos de Dios en esta Obra de Dios, sólo quiere vivir ut portet nomen tuum coram gentibus, para llevar tu nombre a todos los pueblos (cfr. Act. IX, 15) hasta lograr que omnes gentes agnoscant quia tu es Deus, que todas las gentes conozcan que tú eres Dios (Iudith IX, 19).

7 Y a medida que nuestro afán de amor y de paz se vaya extendiendo, como una consecuencia del espíritu cristiano que irá empapando todas las actividades del mundo, contribuiremos a que sean más fácilmente resueltos los grandes problemas que abruman a la humanidad.

8 Es la obra de San Gabriel, parte integrante del Opus Dei, un gran apostolado de penetración, que abraza toda la actividad humana —doctrina, vida interior, trabajo— e influye en la vida individual y en la colectiva, desde todos los aspectos: familiar, profesional, social, económico, político, etc.

9 Yo veo esta gran selección actuante: hombres y mujeres de empresa y obreros; mentes claras de la universidad, inteligencias cumbres de la investigación, mineros y campesinos; aristocracia —de la sangre, del ejército, de la banca, de las letras— y pueblo, con su mentalidad más rudimentaria: todos, cada uno sabiéndose escogido por Dios para lograr su santidad personal en medio del mundo, precisamente en el lugar que en el mundo ocupa, con una piedad sólida e ilustrada, de cara al cumplimiento gustoso —aunque cueste— del deber de cada momento.

10 Con el ejemplo y con una discreta labor de amistad, estas almas dedicadas a Dios en el mundo fomentan y difunden la perfección cristiana, entre personas de todas las clases sociales.

Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, todos pueden caminar por esta vía y hacer un apostolado individual y el apostolado colectivo que se les señale: por ejemplo, colaborar con todas sus fuerzas en las distintas obras apostólicas de educación de la juventud y de propaganda, y cumplir el mandato espiritual concreto que reciban, etc.

De manera especial sabrán fomentar la multiplicación de las vocaciones de Numerarios, y con este fin —sirviéndose oportunamente de nuestros chicos y de nuestras chicas de San Rafael— procurarán formar almas apostólicas aun entre los niños, metiéndolos poco a poco en alguna labor de apostolado propia de su edad.

11 Nuestra obra de San Gabriel viene a movilizar —lo hemos dicho antes— a todos los católicos que no tengan vocación de religiosos, pero que tengan vocación de tratar de adquirir la perfección cristiana.

12 Se creía que la perfección no fuese cosa asequible a las almas que se quedan en el mundo, y por esto era corriente entre los confesores no iniciar a estas almas en los caminos de la vida interior, a no ser que previamente hubieran dado señales suficientemente claras de su llamamiento al claustro.

El ascetismo de los demás no podía tener otro campo que el señalado al cristiano cuando es admitido en la Iglesia por el bautismo: si vis ad vitam ingredi, serva mandata; si quieres salvarte, guarda los mandamientos.

13 Ahora ha vuelto a sonar la voz de Jesús que dice a todos: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est; sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto (Matth. V, 48).

14 Jesucristo ama especialmente a aquellos que buscan tener la vida que El ha querido y predicado. Y el Opus Dei, sin normas accidentales rígidas, para no entorpecer con disposiciones anticuadas la adaptabilidad de la Obra al tiempo, con realidades de unión, de paz y de caridad, crea una organización, de católicos cultos y consecuentes, para la actuación social y pública, esperando que el Señor promoverá vocaciones de Supernumerarios y de Supernumerarias en número bastante para garantizar el triunfo de la verdad, del bien y de la justicia en la vida de cada nación, en provecho de todos los hombres.

15 Y no es éste un apostolado ejercido de manera esporádica o eventual, sino habitualmente y por vocación, tomándolo como el ideal de toda la vida.

16 Es necesario fomentar, defender y amparar los intereses de Cristo en la sociedad: por eso, estas almas actúan —siempre por medios lícitos y limpios— con toda clase de personas, en todos los ambientes, en todo lugar y tiempo, con renuncia expresa —al hacer su apostolado— de todo provecho material, y aun de toda satisfacción de amor propio.

17 Se respetan absolutamente las actividades temporales de cada uno de los Supernumerarios y su independencia personal económica, profesional y política; se les da una vigorosa y continua formación espiritual y doctrinal; y se les adscribe a un Grupo —a una familia— que hace posible y eficaz la colaboración de todos.

Y así, en la entraña de cada clase social, tiene la Iglesia testigos, testimonios, que con su vida hacen resplandecer el verdadero rostro de Jesucristo ante los ojos del mundo paganizado que les rodea, prontos para la acción, con una prontitud que no se espanta, que no se desanima, que remueve a los abstencionistas apáticos e inertes, para lograr el buen servicio de la Iglesia y del Vicario de Jesucristo, el bien temporal y el bien eterno de la humanidad.

18 Permitidme, hijas e hijos míos, que continúe señalando en líneas generales la figura de estas hermanas y de estos hermanos nuestros, Supernumerarios del Opus Dei.

No olvidéis que —solteros, casados, viudos o clérigos— continúan siendo miembros de su propio hogar, con dependencia plena de su familia de sangre y con los deberes y derechos que de ahí se siguen: ni se dedican a la Obra totalmente, ni hacen de su propia casa un convento, sino un hogar cristiano, luminoso y alegre.

19 Viven y visten con arreglo a su posición, cargo, edad y profesión: porque los socios del Opus Dei —y concretamente los Supernumerarios— se desenvuelven con toda naturalidad en público y en privado, lo mismo que un buen católico corriente: que eso son.

20 La mejor alabanza que se puede hacer de uno de los nuestros, porque este modo de proceder facilita su actuación apostólica, es decir que es como los demás ciudadanos y compañeros.

21 Con esta naturalidad y con espíritu de caridad y de sacrificio tienen presente su entrega al Señor, en la calle y en la oficina, en la universidad y en la fábrica, en el trabajo y en el deporte, en el hogar particular y en las relaciones sociales y en las actuaciones ciudadanas.

En una palabra, en toda circunstancia y en todo ambiente, recordarán los socios de la Obra que su vida está dedicada al servicio de Dios, y a este ideal conformarán sus pensamientos, sus palabras y sus acciones.

22 Muchas veces me habéis oído decir que el espíritu de nuestra Madre la Obra, es educarnos in libertatem gloriae filiorum Dei, en la libertad y gloria de hijos de Dios (Rom. VIII, 21). Y así nuestros hermanos Supernumerarios y nuestras hermanas Supernumerarias —lo mismo que los demás miembros del Opus Dei— continúan con una plenísima libertad profesional, social, económica, política, etc., sin más trabas que la fe y la moral católicas, como los demás fieles.

Pero no olvidéis que su dedicación bien vivida les debe hacer libres también de todas las pasiones de partido, de todos los prejuicios de época, de todos los intereses cerrados de clase.

23 Aunque he dicho antes que los Supernumerarios se dedican parcialmente al servicio de la Obra, su entrega de alguna manera es total, puesto que emplean —igual que los Numerarios— como medios de santificación y de apostolado sus personales ocupaciones, su familia, su profesión, su trabajo.

De manera que, permaneciendo en su propia ciudad y familia, desarrollan la labor apostólica principalmente desde la posición social que ocupen, con arreglo a las posibilidades de cada uno: fomentan y difunden la perfección cristiana en medio del mundo; especialmente procuran, como ya dije, la multiplicación de las vocaciones de Numerarios; y se esfuerzan en trabajar en los ministerios de apostolado que se les encomienden.

Viven los Supernumerarios el mismo espíritu y con todas sus fuerzas guardan las mismas costumbres que los socios Numerarios; pero tan sólo pueden ser destinados a aquellos trabajos que son compatibles con sus deberes en la propia familia natural y con sus tareas en la sociedad civil.

24 Y con el deseo noble y santo de cumplir el oficio que les corresponde con su familia, ejercitan su labor profesional, santificando ese trabajo, que es medio peculiar de santificación propia y de apostolado; y se afilian a las distintas instituciones legales corporativas —sindicatos, mutualidades, colegios, etc.— como lo harían si no pertenecieran al Opus Dei.

25 Sólo excepcionalmente pueden los Supernumerarios y las Supernumerarias hacer vida de familia en la Obra: para recibir la formación con más rapidez; para colaborar en los apostolados corporativos más intensamente; para ser atendidos mejor, en alguna circunstancia particular de su vida espiritual.

Y entonces vivirán siempre en determinadas casas, con el fin de que la práctica más o menos atenuada de nuestras Normas de piedad y de apostolado, aunque en ellos sea legítima, no perjudique el pleno cumplimiento de sus obligaciones a los Numerarios.

26 Dentro del espíritu de nuestra Familia, desde su fundación, se ha procurado fomentar como virtudes muy propias de nuestra vocación la humildad personal y la humildad colectiva.

Esta humildad colectiva llevará a mis hijos a vivir la vida que dedicaron a Dios con una cierta discreción, que nunca es misterio ni secreteo, y que es muy conveniente para la deseada plenitud del apostolado.

27 La falta de esta discreción podría a veces constituir un obstáculo grave, en el desarrollo de la labor apostólica —aun entre sus colegas católicos: lo hemos experimentado‑, o suscitar alguna dificultad en el ámbito de la propia familia natural o en el ejercicio de su oficio o profesión.

Por lo cual, tanto los socios Numerarios como los Supernumerarios han de guardar siempre un prudente silencio, evitando innecesariamente hacer alarde de su amistad o trato con los otros socios, a no ser que haya un motivo de parentesco, compañerismo, etc.

Y conviene en muchos casos que no manifiesten su dedicación a Dios —que es cosa de su intimidad personal, de su conciencia—, ni siquiera por motivos de proselitismo, sin expresa licencia de su Director local.

28 La Obra, los Directores y los domicilios de las obras corporativas deben ser siempre bien conocidos, porque todos nuestros trabajos se desenvuelven dentro del ámbito de las leyes civiles; y porque hemos de evitar absolutamente aun la apariencia de secreto o de clandestinidad, puesto que sólo la humildad y una más intensa y rica eficacia apostólica nos mueven a guardar esa razonable discreción.

29 Con esta manera de obrar y con el modo —que luego veremos— de organizar y formar a los socios y a las asociadas, se evita que nadie pueda venir a la Obra a buscar ayudas humanas, para sus ambiciones personales, que son incompatibles con el espíritu y la realidad de nuestra vocación.

30 En algunos casos, conviene que pase desconocido, aun para la familia con la que convivís, vuestro carácter especialísimo de almas entregadas al servicio de Dios. No olvidéis —insisto— que un detalle revelador de que se pertenece a una institución apostólica puede colocaros —y colocar a vuestros hermanos— en circunstancias desfavorables, para la tarea espiritual que debéis ejercer: que, para que os dejen libremente estar en contacto con la sociedad, para relacionar diversas asociaciones sin tocar a su independencia —contribuyendo así eficazmente a la paz y a la unidad de todos los hombres— sin despertar recelos ni envidias, para conocer los planes de los enemigos de Jesucristo y de su Iglesia Santa, y para oponeros legalmente a esos injustos abusos, llevar con reserva vuestra dedicación es un medio eficacísimo.

Es, pues, un grave deber ser prudente, si se quieren evitar incomprensiones, murmuraciones, molestias, obstáculos y aun contrariedades mayores, para el que no es discreto, para sus hermanos, para el apostolado y para toda la Obra.

31 Con el fin de lograr vivir esta prudente reserva, entre otras muchas precauciones que se podrán tomar con naturalidad a lo largo de nuestra labor, se me ocurre señalar las siguientes:

a) no deben saber los Supernumerarios obreros, empleados, etc., que la empresa en que trabajan es dirigida por otros hermanos Numerarlos, Oblatos o Supernumerarios, cuando esto suceda;

b) si se trata de sociedades auxiliares, se evitará especialmente tener en sus locales nuestros Círculos de Estudios;

c) nunca se hagan referencias por carta a cosas particulares de la Obra, como no sea muy veladamente;

d) no copien puntos de documentos internos —si alguna vez los necesitan, se los darán impresos—, ni de charlas de formación; ni tengan, en sus casas privadas, diarios o papeles de los tiempos de Convivencia;

e) si por excepción retienen escritos en los que se habla de asuntos de la Obra, entréguenlos cuanto antes al Celador del Grupo, que los dará inmediatamente a los Directores;

f) las Supernumerarias y los Supernumerarios casados nunca lleven sus hijos a los lugares donde se reúnen con sus otros hermanos de la Obra;

g) cuando alguno, que pretendió formar parte de la Obra, no vaya adelante en su vocación, el Celador o la Celadora del Grupo entregará cuanto antes al Director o a la Directora del Centro una nota —clara y breve— con el nombre y las demás circunstancias de la persona Interesada.

32 En más de una ocasión, se nos ha preguntado por qué no aseguramos la discreción de todos, particularmente de los nuevos socios Supernumerarios, con un juramento especial o con un voto.

Siempre hemos respondido que no nos gusta hacer votos, sino tratar de poner en práctica las virtudes correspondientes; y que nos basta con la hombría de bien, porque el hombre honrado procurará cumplir su compromiso de guardar silencio, y el que no lo sea, saltará por encima de todos los deberes de conciencia.

En todo caso, nada hay en la Obra que no pueda ser del dominio público: esa cautela, que recomendamos y que es de buen espíritu, es semejante a la que tiene —por pudor natural— una familia honrada con los asuntos limpios y nobles de su casa, que no los vocea a los cuatro vientos.

33 Es cierto que habrá ocasiones en las que no será posible evitar que se introduzcan, como dice San Pablo (Galat. II, 4), falsos hermanos, furtivamente, a espiar la libertad con que procedemos en Cristo Jesús, a fin de reducirnos a la servidumbre.

Para prevenir estos casos, buena táctica será no hablar fácilmente de personas y de labores concretas con aquellos que sean nuevos en el ambiente nuestro, hasta que pasado el tiempo den pruebas de merecer la suficiente confianza.

34 La organización de la obra de San Gabriel es muy sencilla. No repetiré aquí lo que escribí en otros sitios. Quiero solamente subrayar que se procura, en lo posible, quitarle cuerpo: por eso el Centro es una entidad moral y no supone siempre que haya materialmente una casa. Más: en muchos casos será mejor que no la haya.

35 Por eso también los Grupos deben estar formados por un número reducido de personas: para que así sea más fácil conservar la humildad colectiva, ya que no se trata de hacer ruido, sino de ser eficaces; es más fácil también la formación de los socios y el progreso y la conservación del espíritu de la Obra; se evita mejor que pretendan venir personas de poca rectitud, para buscar conocimientos sociales, amigos de quienes servirse en sus negocios personales; se sigue una norma tradicional en muchas asociaciones piadosas, por ejemplo en las conferencias de San Vicente; y se hace más segura la discreción.

36 El número concreto de socios o de asociadas que formen un Grupo, dependerá de las leyes del país —aunque sólo se trate de una reunión periódica de amigos—, de las circunstancias de la población, de la clase social de los miembros del Grupo y, en cada caso, se obrará conforme a las normas de la libertad y de la prudencia.

37 De ordinario convendrá formar Grupos bastante homogéneos, porque es menos trabajoso cuidar de su especialización para el apostolado de la palabra, de la prensa, de la enseñanza, de las obras sociales, etc.; pero no parece oportuno que sean, los socios de cada Grupo, de la misma profesión.

En cambio, se pueden constituir circunstancialmente comisiones formadas por socios de la misma profesión o de profesiones afines, sin que dejen de pertenecer a sus Grupos respectivos, que se dediquen al estudio de determinados problemas que los Directores les encomienden.

En la mayoría de los casos, sin embargo, estas comisiones serán innecesarias porque bastará pedir, a aquellos socios que tengan capacidad, un informe sobre el asunto de que se trate: y luego podrán los Directores Mayores, sin ruido y casi siempre con más eficacia, estudiar y resolver.

38 Los Celadores y las Celadoras: son pieza principalísima en la organización y en el apostolado de los Supernumerarios. Los hemos llamado Celadores, porque hemos buscado un nombre que se emplea corrientemente en las asociaciones de fieles.

Han de ser personas de probada vida interior, que conozcan la responsabilidad de su vocación, seguras, leales, constantes, optimistas; con virtud, prudencia, dignidad y crédito en el ambiente que frecuentan.

39 Es oficio de la Celadora o del Celador infundir en los socios Supernumerarios del Grupo, una intensa vida espiritual; preguntar por los ausentes, visitar a los enfermos; hacerles saber las cosas que se han tratado en las tertulias; darles información sobre otros socios que pertenecen al Grupo.

40 Conviene elegir Celadores y Celadoras de diversas clases de la sociedad, de diversas profesiones, de diversos tipos y valores: con talento, que sepan acomodarse a la mentalidad de aquellos hermanos suyos de quienes tienen que cuidar, y con el tiempo suficiente, para dedicarlo, como el mejor quehacer de cada jornada, a ese pusillus grex, rebañito (Luc. XII, 32), que con misión jerárquica se les encomienda.

41 Antes de admitir a un Supernumerario, hágase una encuesta que venga a subrayar la vocación que el aspirante pretende tener, exigiendo: una conducta moral irreprensible; sólidos sentimientos religiosos; carácter decidido, dócil, prudente y emprendedor; capacidad y situación adecuada, para colaborar en los apostolados según su clase social y para recibir la suficiente instrucción espiritual y religiosa.

Los habitualmente escrupulosos no deben ser admitidos como Supernumerarios; pueden quedar en la condición de Cooperadores.

42 Con claridad he señalado oportunamente, y la Santa Sede lo ha sancionado, que los Supernumerarios y las Supernumerarias, para venir a formar parte del Opus Dei, necesitan vocación divina y deseo de perfección.

Esta vocación a la santidad, conforme a su estado, les lleva a ponerse al servicio de la Obra sólo parcialmente —ya lo hemos dicho—, subordinando la personal labor apostólica, en las obras corporativas, a sus propias ocupaciones familiares y a su propia profesión o trabajo, que son también precisamente medios de santificación y de apostolado.

43 Recibida la oportuna formación —de la que luego hablaremos—, pasan los Supernumerarios a hacer la Oblación y, a su tiempo, si lo desean y son admitidos, la Fidelidad; contrayendo el vínculo que les une a la Obra de modo temporal o definitivo.

De esta manera hacen al Señor la oblación de ellos mismos y una entrega de su actividad, en todo o en parte; entrega que es el fundamento de su estado de vida de seculares puestos, por su voluntaria dedicación con ánimo de perseverar siempre, al servicio de la Iglesia.

44 Para lograr la eficacia de este servicio, procurarán incesantemente adquirir y perfeccionar y vivir el espíritu del Opus Dei: serán —ellos y ellas, y cada un en su estado— gozosamente castos, reciamente devotos, apostólicamente trabajadores; con una piedad sólida y práctica, con un celo activo y prudente, con una obediencia pronta y cordial.

45 No olvidarán que nuestra vocación de hijos o hijas de Dios en su Obra, nos ha de llevar a tener una vida contemplativa en medio de todas las actividades humanas —luz, sal y levadura, por la oración, por la mortificación, por la cultura religiosa y profesional—, haciendo realidad este gran deseo: cuanto más dentro del mundo estemos, tanto más hemos de ser de Dios.

46 El Señor promueve, para su Opus Dei, vocaciones en todos los. ambientes; y la Obra se ocupa de dar a esas almas la formación que necesitan, como instrumentos de santidad y de apostolado: formación personal y formación colectiva.

47 La Confidencia, llena de sinceridad y de sencillez; la corrección fraterna, hecha o recibida con humildad y sentido sobrenatural, las tertulias, los Círculos de Estudios y las conferencias, los cursos de retiro, los cursos especializados, para determinados socios, y las Convivencias anuales son medios de formación y transformación de nuestros hermanos Supernumerarios, para darles vida interior, doctrina y condiciones de capacidad para la tarea proselitista.

Nuestros Supernumerarios han de procurar siempre corresponder, al esfuerzo colectivo de la Obra, con un trabajo personal de asimilación, que promoverá su elevación espiritual, perfeccionará su conocimiento científico de la religión, mejorará sus métodos de acción apostólica y espoleará su celo en servicio de las almas.

48 Toda la formación espiritual de los Supernumerarios —como la de los otros socios del Opus Dei— va encaminada a simplificar su vida interior de hijos de Dios.

El conocimiento de esta filiación les da una fuerte y tierna devoción a la Madre de Cristo, Madre nuestra; les hace buscar una continua presencia de Dios, a través de todos los sucesos de su trabajo cuotidiano, que son como vehículos de la voluntad divina y deben ser recibidos con respeto y amor, con alegría y paz; y les mete en el alma un afán de desagravio y de santidad, que les lleva a cultivar expresamente, en su vida interior, el aborrecimiento del pecado venial.

49 A lo largo de estos tiempos dedicados a la formación, el dogma católico, la moral, la ascética, la liturgia, la historia de la Iglesia, junto con el estudio de los problemas religiosos y sociales de actualidad —Y, siempre y en todo, el espíritu propio de nuestra Obra‑, han de ser tratados oportunamente, acomodando este estudio a la mentalidad de las personas que componen los distintos Grupos.

50 De modo especial se dan normas prácticas, para que no se fragmente la dirección espiritual colectiva, y se hace presente que la dirección espiritual personal de los socios del Opus Dei pertenece exclusivamente a los Directores y a los sacerdotes de nuestra Familia.

51 Con esta dirección, que les llevará a cumplir con fidelidad amorosa nuestras Normas de vida, les será fácil adquirir las virtudes propias de nuestra vocación.

52 En primer término, aunque no voy a hacer aquí una completa enumeración —que exigiría la rigidez y el orden de un tratado ascético—, sino solamente indicar algunos puntos capitales, en primer término, decía, las virtudes morales, que son como el fundamento de las sobrenaturales: por eso es parte muy principal del espíritu del Opus Dei fomentar en la vida, en el carácter de mis hijos, las virtudes humanas: nuestra Madre la Obra nos quiere amigos de la libertad y de la responsabilidad personal, sinceros, leales, generosos, abnegados, optimistas, tenaces, decididos, con rectitud de intención y capacidad de trabajo.

53 Estas virtudes, sobrenaturalizadas, hacen de nosotros un terreno fértil para que podamos recibir con mayor eficacia las virtudes infusas, y son al mismo tiempo, de ordinario, una consecuencia de las virtudes teologales; porque el Espíritu Santo mora en el alma del justo —en la persona que cree en Dios, que espera en El, que le ama—, y actúa por las mociones de su gracia, comunicando una confianza filial en el Padre, y concediendo mayor facilidad para obrar el bien, incluso humanamente: operatur in vobis et velle et perticere; nos hace querer lo bueno, y perfeccionar nuestra acción (Philip. II, 13), ayudándonos de modo especial: postulat pro nobis gemitibus inenarrabilibus, pide por nosotros con clamores inenarrables (Rom. VIII, 26), para mejorar nuestra conducta humana.

54 El Señor nos quiere prudentes, ponderados, con medida en todas las cosas, con docilidad para aprender, y para llevar a cabo solícitamente cuanto se nos encomiende; prontos a evitar cualquier peligro con equilibrado espíritu de iniciativa; dispuestos a juzgar —si hay el deber de hacerlo—, cuando tengamos todos los elementos necesarios; y a huir habitualmente de la excesiva preocupación por las cosas temporales.

55 Debemos tener bien presentes en nuestros corazones aquellas palabras del Señor: Ideo, dico vobis, nolite solliciti esse animae vestrae quid manducetis neque corpori quid induamini. Anima plus est quam esca, et corpus plus quam vestimentum. Considerate lilia, quomodo crescunt... Si autem foenum, quod hodie est in agro et cras in clibanum mittitur, Deus sic vestit, quanto magis vos pusillae fidei? (Luc. XII, 22, 23, 27, 28): os digo que no os debéis preocupar demasiado por las cosas materiales, porque Dios tiene cuidado de vosotros, sino que habéis de recordar constantemente la promesa de nuestro Señor: beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum, bienaventurados los pobres de espíritu, los que están desprendidos de las cosas del mundo, porque de ellos es el reino de los cielos (Matth. V, 3).

56 Vivamos, pues, la virtud de la pobreza con generosidad, procurando estar personalmente desasidos de los bienes de la tierra. Para lograr este desasimiento, sin faltar a los deberes familiares, no habéis de dejar de poner en práctica las precauciones que en otros documentos se señalan.

Pero acordaos que no basta con querer vivir esta virtud: hay que aprender a vivirla. No basta querer ser pobre, hay que aprender a serlo. Y cada uno de vosotros ha de tener siempre presente, y sabrá enseñarlo a los suyos, que el trabajo es el más seguro capital.

57 La virtud de la justicia nos llevará, con alma sacerdotal y con mentalidad laical, a considerar nuestra dependencia del Señor en todas las cosas; a dar a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César.

Excitará en nosotros, hijas e hijos míos, el espíritu de devoción, de oración y el de piedad, que es útil para todo (1 Tim. IV, 8) y que nos hará tratar a Dios como procuro tratarle yo, con este pobre corazón mío de hombre —con el mismo con el que amé a mi madre y a mi padre, y con el que os quiero a vosotros‑, haciéndonos almas contemplativas en medio de los afanes del mundo.

58 Por la virtud de la justicia seremos amigos de la libertad —primero de la legítima libertad de los demás, porque sólo así tendremos derecho a defender la nuestra‑, la libertad que Jesucristo nos ha conseguido (Galat. IV, 31); seremos defensores de la verdad, que nos hará siempre libres —veritas liberabit vos (Ioann. VIII, 32); seremos agradecidos, afables, generosos, trabajadores; seremos amigos sinceros, leales, fieles —vos autem dixi amicos—, dijo Jesús (Ioann. XV, 15); seremos obedientes a nuestros Directores, dentro de los límites definidos por nuestro derecho peculiar; y sabremos reparar gustosos los errores que cometamos, recordando lo que os he enseñado tantas veces: que una de mis mayores alegrías es rectificar, cuando la rectificación es de justicia.

59 Hemos de trabajar: porque el Señor nos creó para el trabajo, aun antes del pecado original. Después del pecado original, el Creador mandó al hombre en castigo que trabajara, y estamos por tanto también obligados a trabajar por un deber de justicia: in sudore vultus Dei vesceris panem, comerás el pan con el sudor de tu frente (Genes. III, 19).

Trabajar, trabajar con optimismo. Ese es el milagro grande que el Señor espera de nosotros. Al ocuparse en su trabajo los hijos de Dios en el Opus Dei, procuran no limitarse a cumplir, sino que se esfuerzan en amar, que es siempre excederse gustosamente en el deber y en el sacrificio. Así, con la gracia del Señor, ningún día es igual al siguiente, aunque hagamos todos los días lo mismo.

60 La fidelidad en el Opus Dei es una virtud absolutamente necesaria, que nos confirma en nuestra misión de corredentores con Cristo. Y debemos tener presente que es una virtud humana: hay quienes no son buenos cristianos, que llevan mala conducta, que se portan mal en casi todos los terrenos, pero no toleran un ataque a su madre, porque la defienden con todas sus fuerzas. Hay gentes que son fieles a la patria, otros a la empresa en que trabajan: y muchas veces no son un modelo de otras virtudes.

Yo querría que lleváramos al terreno sobrenatural esa virtud humana de la fidelidad, para ser perseverantes en nuestro servicio a la Iglesia, a las almas, a la Obra, a la vocación. Por eso os pido, hijos míos, que no olvidéis nunca la lealtad humana, que es la base de la fidelidad. De una fidelidad que es felicidad.

61 La obediencia, con despego generoso de la propia voluntad, de los propios deseos y gustos: non mea voluntas, sed tua fiat; no se haga, Señor, mi voluntad, sino la tuya (Luc. XXII, 42). Obediencia confiada, serena, estricta y humana a la vez; obediencia que esté por encima de las dificultades, de las desilusiones, de las ingratitudes: porque mis hijos todo lo superan con generosidad, poniendo no sólo una buena voluntad exterior, sino todas las energías de su inteligencia y de su corazón.

Precisamente porque los socios del Opus Dei están de ordinario lejos de todo control, obran con más celo y exactitud en la obediencia: son diligentes —hoy, ahora— en el cumplimiento de los mandatos apostólicos que reciben; tienen deseos de entregarse, de estar a la disposición de sus Directores o de sus Directoras para las tareas espirituales; preocupados de las alegrías, de las penas, de los intereses de sus hermanos, de la Iglesia y de la Obra, para que cada uno se sienta comprendido y amado, como lo exige el espíritu propio de nuestra vocación, que hace que todos vivan el non venit ministrari, sed ministrare, no vino a ser servido, sino a servir (Matth. XX, 28).

Y habéis de llevar el ejercicio de la obediencia, hijas e hijos míos Supernumerarios, al empleo del tiempo, a las obras en las que prestáis vuestro concurso, a vuestras relaciones externas de visitas y amistad; y a las relaciones con la propia familia, de modo particular en todo lo que se refiera a vuestra vocación.

62 Ejercitaos también en la virtud humana de la fortaleza, que da vigor al alma para correr tras del bien, aunque sea difícil, sin que el miedo la detenga; y que os hará pacientes y perseverantes.

Pacientes, porque sabréis dominar vuestro carácter, vuestro genio —vuestro mal genio— y recibiréis con ánimo sereno los padecimientos físicos y morales, conformándoos en todo con la santísima y amabilísima Voluntad de Dios: si bona suscepimus de manu Dei, mala quare non suscipiamus?: si recibimos gustosos las cosas buenas, de las manos de Dios, ¿por qué no hemos de recibir con alegría lo que no nos parezca bueno? (Job II, 10).

Perseverantes, como hombres y mujeres de bien, que cumplen los propósitos que hicieron, cueste lo que cueste, particularmente en las cosas pequeñas de cada día: que siempre es bien poco, porque Jesús mismo, hijas e hijos míos, es nuestro Cireneo.

63 La fortaleza os dará también grandeza de alma, nobleza de carácter, magnanimidad, que es una disposición decidida de acometer grandes cosas por Dios y por el prójimo: vuestra vocación para servir al Señor y a su Iglesia, exige de vosotros esta situación espiritual. Y, con esa grandeza de alma, podréis ejercitar la virtud de la munificencia, de manera especial los que disponéis de suficientes medios económicos: es decir, emprenderéis, ayudaréis a emprender obras grandes, sin dejaros llevar por la soberbia.

No olvidéis que los pusilánimes, que por miedo al fracaso no hacen nada, desperdician su vida —que no es de ellos, sino de Dios— y cometen así el mayor de los errores.

Contrarias a la virtud humana de la fortaleza son la presunción —procurar hacer lo que claramente no está a nuestro alcance‑, la vanagloria, la ambición, la cobardía, la timidez, la audacia irresponsable e inconsiderada, la excesiva impaciencia, la insensibilidad, la inconstancia, la tozudez.

64 Trataremos también de ejercitar la templanza, que requiere que seamos modestos, sobrios, clementes, humildes; que amemos la honestidad, el pudor, la moderación, la mansedumbre, la mortificación.

Procuraremos dar en toda ocasión ejemplo de esta virtud. Hemos de poner, entre los ingredientes de la comida, por ejemplo, el riquísimo de la mortificación, recordando aquellas palabras de San Pablo a Tito: abnegantes ímpietatem et saecularia desideria, sobrie, et iuste, et pie vivamus in hoc saeculo (Tit. II, 12). Consejo que puede traducirse perfectamente así: que vivamos en medio del mundo sobriamente, siendo un ejemplo para los demás; y que de una forma piadosa y justa sirvamos a Jesucristo.

65 Los hombres esperan de nosotros, los hijos de Dios en su Obra, ese bonus odor Christi, que —apoyado en nuestra templanza— les encienda y les arrastre.

Procuremos hacer todo con medida, que en eso está la templanza. Virtud cardinal, de cardo, quicio, gozne: firme punto de apoyo. Y en la firmeza de esa virtud cardinal vuestra, se apoyarán vuestros amigos, sin darse apenas cuenta; y llevaréis de hecho la dirección espiritual de muchos que no saben lo que es dirección espiritual y que quizá no querrían tenerla.

66 Vivamos delicadamente la castidad —cada uno en su estado: solteros, casados, viudos, sacerdotes—, que hace a los hombres recios y señores de sí mismos, les da optimismo, alegría y fortaleza; les acerca a Jesucristo, Nuestro Señor, y a nuestra Madre Santa María; y es condición indispensable para nuestro servicio a la Iglesia y a las almas.

67 Permitidme que añada dos palabras sobre la humildad. Tratemos de ser humildes, porque bien sabemos que nuestra fortaleza no es solamente fruto del esfuerzo personal nuestro, sino que es también fruto de la gracia de Dios y de la caridad de nuestros hermanos.

Humildes, porque conocemos muy bien el barro de que estamos hechos, y tenemos experiencia de nuestra soberbia y de nuestra sensualidad: y no lo sabemos todo. ¡Que descubramos lo que estorba a nuestra fe, a nuestra esperanza y a nuestro amor!

68 Finalmente, fomentemos en nosotros la mortificación, que nos lleva a aceptar las dificultades y nos da serenidad para vencerlas, y suavemente nos conduce a adquirir el espíritu de penitencia, necesario para vivir cum gaudio et pace la perfección cristiana en los quehaceres de la tierra.

69 Si ponemos empeño en vivir estas virtudes humanas y hacemos esfuerzos para elevarlas al orden sobrenatural, estaremos siempre llenos de alegría; de esa alegría que es tan propia de nuestro espíritu, y tan agradable a Dios, porque contribuye a hacer amable el camino a los demás, y nos facilita el renovar constantemente nuestra entrega: in simplicitate cordis mei laetus obtuli universa, porque con sencillez de corazón habremos podido dar todo al Señor (1 Por. XXIX, 17).

Sin alegría no se puede servir: ¿os imagináis vosotros que alguien os sirviera entre penas y llantos? He hecho escribir en los edificios de nuestra Casa Central en Roma, estas palabras: servite Domino in laetitia, servid al Señor con alegría (Pa. XCIX, 2).

Estad siempre alegres. También a la hora de la muerte. Alegría para vivir y alegría para morir. Con la gracia de Dios, no tenemos miedo a la vida, ni tenemos miedo a la muerte. Nos falta la ocasión para estar tristes: ¡que estén tristes los que no quieran ser hijos de Dios!

Nuestra alegría no es una alegría fisiológica, de animal sano: tiene un fundamento sobrenatural, que es más fuerte que la enfermedad y la contradicción. No es una alegría de cascabeles o de baile popular. Es algo más íntimo. Algo que nos hace e ir serenos, contentos —alegres, con contenido‑, aunque a la vez, en ocasiones, esté severo y grave el rostro.

70 Estas virtudes humanas sobrenaturalizadas —os decía— nos llevan a ejercitar las virtudes teologales, a recibir con mayor docilidad los dones del Espíritu Santo; y hacen que los socios del Opus Del sean, en todos los sitios donde actúan, sembradores de paz y de alegría.

71 Debemos fomentar, hijas e hijos míos, con las virtudes humanas, las virtudes teologales —vuestra vida de fe, de esperanza y de caridad— que nos fueron dadas en el bautismo, por la acción inefable del Espíritu Santo. El Gran Desconocido —así me gusta llamarlo— vive, como os decía, en el alma de las personas que están en gracia de Dios, transformándolas en morada de la Trinidad Beatísima: templum enim Dei sanctum est: quod estis vos; el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros (1 Cor. III, 17).

72 Acrecentemos, en nuestras almas, la virtud de la esperanza, imaginando y deseando —para cuando Dios quiera— el premio eterno. Me podrá quizá decir alguno: ¿no es un poco de egoísmo eso de pensar en el cielo? —No: la esperanza es una gran virtud, que exige una fe recia. Y la fe y la esperanza requieren un amor grande al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Ved cómo así estamos viviendo las tres virtudes teologales. Este es el proceso espiritual que, si sois fieles, hacéis cada día casi sin daros cuenta, como no os dais cuenta de que respiráis.

73 Caridad con Dios, y caridad con el prójimo, procurando que sea generosa, sin límites ni cortapisas, con ánimo abierto y comprensivo. Primero, caridad con Dios, que es vinculum perfectionis (Colos. III, 14): la medida que os doy, para amar a Dios, es amarle sin medida.

74 Por amor de Dios, caridad con el prójimo: convivid, disculpad, perdonad. La caridad es el fundamento del ideal cristiano y la más amable virtud de nuestra religión. Sin embargo, da la impresión de que los hombres van olvidando aquel mandatum novum (Ioann. XIII, 34), que dio Jesucristo a los suyos, y que sigue siendo nuevo: in hoc cognoscent omnes quia discipuli mei estis, si dilectionem habueritis ad invicem; en esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros (Ioann. XIII, 35).

75 Parece como si escuchara a alguno, que me dice: amar a Dios sobre todas las cosas es fácil, pero amar al prójimo, a amigos y a enemigos... ¡eso es muy difícil! Si de veras amaras a Dios ex toto corde tuo, et ex tota anima tua, et ex tota fortitudine tua; con todo tu corazón, con toda tu alma y todas tus fuerzas (Deut. VI, 5), ese amor al prójimo, que encuentras tan difícil, sería consecuencia del Gran Amor: y no te sentirías enemigo de nadie.

Tengamos en cuenta que, en un alma enamorada de Dios —también en vuestras almas, hijas e hijos míos Supernumerarios—, el amor sobrenatural y el amor humano van de tal manera unidos que, en un acto cualquiera de fraternidad, la cabeza y el corazón no pueden distinguir en muchas ocasiones si se trata de servicio a Dios o de servicio a los hermanos: porque, en el segundo caso, lo que hacemos es servir a Dios dos veces.

76 Entre los actos de amor al prójimo, el de orden más elevado es la caridad espiritual. Por eso, sin dejar de dar el debido peso a las obras de caridad material —la limosna, por ejemplo‑, practiquemos con esfuerzo, especialmente, el proselitismo, la corrección fraterna, y la oración por todos nuestros hermanos, por todas las criaturas.

77 Tenemos nosotros especialmente, por tanto, un gran programa de acción: propagar, defender y vivir la verdad con caridad.

Con una caridad alegre, dulce y recia, humana y sobrenatural; caridad afectuosa, que sepa acoger a todos con una sonrisa habitual; que sepa comprender las ideas y los sentimientos de los demás, a quienes debe atraer para que colaboren.

Y así, suavemente y fuertemente, sin ceder en la conducta personal ni en la doctrina, la caridad de Cristo bien vivida nos da el espíritu de conquista, cada día con más hambre de trabajo por las almas.

78 Las consecuencias prácticas de este espíritu del Opus Dei son admirables: los Supernumerarios y las Supernumerarias, con su actuación personal —que es libérrima siempre y, por tanto, personalmente responsable— atraen a los acatólicos, en ese amadísimo apostolado ad fidem, porque prefieren trabajar en los ambientes más lejanos de la fe y usan una forma expositiva amable, simple, convincente; estimulan a los católicos, con su ejemplo y su actividad, y procuran eficazmente su unión —en la labor apostólica y en los corazones—, apagando divisiones y rencillas; promueven y mantienen, en la unidad de dirección y en la fidelidad al espíritu y a la tradición nuestra, a los demás hermanos de la Obra; y adquieren, conservan y fomentan nuestro espíritu de familia ut sint consummati in unum!, ¡para que todos sean una sola cosa! (Ioann. XVII, 23).

Unidad que, sin uniformar a los miembros del Opus Dei, les da la misma preocupación de pensar, querer, obrar, amar y sentir como Cristo y con su Iglesia, a través de las más diversas circunstancias de cada uno. Así, aun en medio de todos los apasionamientos nacionales o internacionales, se logra un remanso de trabajo y de paz, en el ambiente de nuestros Centros y en los lugares donde vivimos o donde ejercitamos la profesión.

79 De trabajo, de paz y de alegría: porque la alegría de vivir para Dios y para las almas es reflejo constantemente en el modo de ser de mis hijos, cuando de veras han cogido el espíritu de la Obra y saben que en todo momento tratan de cumplir la voluntad amabilísima del Señor.

80 En sus tribulaciones, esas hijas y esos hijos de mi alma, al sentir el gaudium tibi sit semper, que estés siempre alegre (Tob. V, 11), que se refleja en el ambiente de nuestras casas y en las caras de sus hermanos, quizá alguna vez contesten con la noble amargura de Tobías al arcángel: quale gaudium mihi erit qui in tenebris sedeo, et lumen casi non video?; ¿qué alegría voy a tener, si estoy asentado en tinieblas y no veo las luces del cielo? (Tob. V, 12).

Pero se recobran, para volver a su alegría y a su paz, porque saben ciertamente que la enfermedad, la pobreza, la humillación, la cárcel, la calumnia, y —lo que cuesta más— el sufrimiento de las personas queridas, son un bien —diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum; para los que aman a Dios, todo es para bien (Rom. VIII 28)—, son medio para una segura felicidad.

81 No envidian mis hijos Supernumerarios la más alta posición social o económica de los demás, lacra de estos tiempos, porque saben que allí donde se encuentran pueden y deben —por divina llamada— buscar la perfección de su estado, en aquella profesión que tienen, a pesar de todos los inconvenientes, spe gaudentes, in tribulatione patientes, orationi instantes; con la esperanza del premio, sufridos en la contradicción, y en la oración continuos (Rom. X II, 12).

Y saben también que tienen la misión apostólica de corredimir con Cristo, especialmente defendiendo la dignidad humana y cristiana de sus compañeros y amigos, en una labor social que les asegure la formación profesional, el trabajo y el descanso, con un bienestar económico razonable; las atenciones para el paro, la enfermedad y la vejez; el tiempo necesario para su instrucción, y para holgar y divertirse limpiamente; el derecho y el deber santísimos de no cegar las fuentes de la vida, y encontrar los medios para educar a sus hijos y encumbrarlos, cuando tienen dotes de inteligencia convenientes.

82 Por eso —perdonad, hijos míos, si me detengo gustoso en estos detalles— el obrero llamado por Dios a su Opus Dei tiene un orgullo santo de ser obrero: no es posible que sienta el sufrimiento moral de pertenecer a una condición humana dependiente e ínferior.

Se sabe otro Cristo —vivit vero in me Christus, Cristo vive en mí (Galat. II, 20)— y es él —¡él y Cristo!— quien mete la levadura en la masa, con la alegría de no ambicionar otra posición social —aunque esta ambición sea lícita y, en ocasiones, necesaria—, para que siempre esté patente ante sus compañeros el testimonio de sus manos.

83 Y la misma doctrina se aplican los demás socios del Opus Dei, contentos donde están, porque saben también que son Cristo; y los que abundan en bienes de fortuna nunca olvidan que son administradores de las riquezas de Dios.

84 El espíritu de la Obra, que nos hace vivir con alegría esta plenitud de caridad, con nuestros hermanos del Opus Dei y con todos los hombres, nos enseña también a amar a la Iglesia y a nuestra Obra.

En todo aceptamos cuanto la Iglesia acepta: en la fe, en la disciplina, en las costumbres. Y rechazamos cuanto la Iglesia rechaza, sin limitación alguna. Oímos la palabra del Papa con una adhesión religiosa, humilde, interna y eficaz. Y para nuestra Obra y sus Directores cultivamos sentimientos de piedad filial, de veneración, de docilidad y de cariño.

85 Como en los primeros tiempos del cristianismo los fieles ofrecían sus casas para la celebración del culto divino y lugar de reunión de sus hermanos en la fe, así por designio amoroso de Dios, en nuestros tiempos de paganismo creciente, nuestros Supernumerarios ofrecen sus hogares, para las periódicas reuniones de sus hermanos de Grupo, y, llegado el tiempo, en sus hogares ordinariamente hacen la breve ceremonia que les vincula con el Opus Dei.

De este modo formamos pequeñas comunidades cristianas, en todos los grados y en todos los planos de la sociedad, que son una fuente real de vida fraterna y de caridad, de cariño evangélico.

86 A personas de determinada posición social o a aquellos que tienen su domicilio en capitales grandes, no les resulta difícil reunirse para tener una tertulia por rotación en sus casas particulares y así hacer allí los Círculos de Estudios, sin llamar la atención de sus amigos o de sus familias.

Será conveniente que, en cada Grupo, como parte del apostolado dirigido, haya una labor apostólica externa y concreta —que puede cambiar periódicamente—, de carácter cultural, de propaganda, o literaria o deportiva, etc.; un ropero, si se trata de Supernumerarias, por ejemplo; en general, un trabajo que sirva de ayuda a apostolados corporativos o personales. De este modo se enriquece la eficacia espiritual de estas tertulias y de los Círculos de Estudios.

También, en otras ocasiones, se pueden aprovechar las sociedades de «Antiguos alumnos», «Amigos», «Padres de familia», etc., de nuestras Residencias, Colegios o instituciones culturales, para tener en esas casas las tertulias con los Círculos, si no se pudiera lograr que se tengan de modo rotatorio, en los domicilios de los socios, durante alguna temporada u ordinariamente.

87 Las Convivencias tienen una finalidad clara: piedad, formación, descanso; rehacerse, meterse bien en el espíritu sobrenatural de nuestra labor, estrechar vínculos; fomentar la disciplina con una vida de familia en la Obra, sin excesivas ataduras, confortante, expansiva.

Y adquirir cada año —¡bendita humildad colectiva nuestra, que nos lleva a la humildad personal de comprender la necesidad de una continua formación!— más vida interior, mayor cultura religiosa y social, mejor disposición para trabajar en las labores corporativas o colectivas que hacen o dirigen sus otros hermanos de la Obra, y en las tareas personales de cada uno; y una visión más amplia del apostolado.

88 Y volver a la lucha diaria —vulgar y heroica— por Jesucristo, como nos quiere nuestra Madre la Obra, con el corazón grande y los brazos abiertos, dispuestos a ahogar el mal en abundancia de bien: porque el Opus Dei no es antinada: es afirmación, juventud, optimismo, victoria siempre, y caridad con todos.

89 No hay inconveniente —al contrario— en llamar a las Convivencias —cuando no sea prudente designarlas así— Cursos de cultura religiosa, retiros espirituales, o Cursos profesionales especializados para obreros, intelectuales, estudiantes, mineros, campesinos, industriales, comerciantes, empleados, etc., anunciando conferencias de carácter profesional, que deben efectivamente tenerse como parte de la formación; sin que el anuncio en la prensa y en programas y hojas de propaganda (en algunos casos necesario) traiga inconvenientes para rechazar posibles polizones, por el número limitado de plazas.

90 Ordinariamente se pueden celebrar las Convivencias en las Casas de retiro que dirige la Sección femenina de la Obra, en nuestras Residencias y Colegios; y también en un hotel corriente o en un balneario, alquilándolos por un tiempo determinado.

Sería muy oportuno tener en cada Región un hotel, dirigido por mis hijas, junto a alguna Casa de retiro, para facilitar la labor de manera que familias enteras de Supernumerarios pudieran vivir allí, con sus hijos y sirvientes, de paso que el marido, la mujer o los dos acuden a las charlas de formación y a los actos comunes con los demás hermanos de la Obra que están en la Casa de retiro.

91 La eficacia, la fuerza de la labor apostólica de los Supernumerarios y de las Supernumerarias estriba: en la formación verdaderamente sobrenatural que reciben; en que los Grupos están constituidos cada uno por pocas personas, escogidas por su entrega al servicio de Dios, por su celo, por su actividad y por su prudencia; en la unión y afecto santo, que les lleva a tratarse como hermanos; en que no buscan recompensa, ni provecho material alguno; en que no se desalientan por los aparentes fracasos; en la perseverancia, para trabajar habitualmente en las reuniones con sus amigos y parientes —tertulias— y en las asociaciones civiles —oficiales o no— culturales, profesionales, económicas, políticas, etc., donde difunden con santa habilidad, con constancia y con don de lenguas las doctrinas y el sentir de la Iglesia Católica, sobre cuestiones de actualidad.

92 Todas las virtudes humanas y sobrenaturales, que la Obra fomenta en sus hijos y en sus hijas, van encaminadas a santificar a los socios del Opus Dei y a hacer más fecunda su actuación apostólica, que debe ser varonil, laboriosa, práctica, variada, dinámica, acometedora y gratuita.

93 Nuestro trabajo apostólico, por la misma naturaleza de nuestra vocación, no puede ir metido en carriles, ya que el modo de realizarlo depende de las circunstancias, de la oportunidad, del ambiente al que ha de adaptarse.

Pero siempre, en la labor de cada uno de mis hijos, es constante el método de actuar como ciudadanos —porque ciudadanos normales son‑, que les hace asumir valientemente la responsabilidad personal en la esfera de acción temporal, estar presentes en los problemas modernos del mundo y buscar lealmente el bien de la patria.

94 Y de esta manera, con un apostolado individual, silencioso y casi invisible, llevan a todos los sectores sociales, públicos o privados, el testimonio de una vida semejante a la de los primeros fieles cristianos, sin que ninguna obligación les haga abandonar el cumplimiento de nuestras Normas de vida interior, que son la fuerza para nuestras almas contemplativas: oración constante, mortificación habitual.

95 Las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo. Dios Nuestro Señor, si se exceptúan algunos casos a lo Saulo, cuenta también con el tiempo para santificar a los hombres.

Y con el tiempo hemos de contar nosotros, para la personal santificación y para lograr la madurez y la eficacia externa del apostolado en que trabajamos, seguros de la continuidad y de la fecundidad de la labor, aunque no lleguemos a ver los frutos maravillosos de nuestro esfuerzo.

Porque muchas veces alius est qui seminat et afius est qui metit, uno es el que siembra y otro es el que siega (Ioann. IV, 37), y debemos sentirnos de antemano dichosos con aquellos hermanos nuestros que oirán las palabras que Jesucristo —divino sembrador— les dirá por San Juan (IV, 38): ego misi vos metere, quod vos non laborastis; afi laboraverunt et vos in labores eorum introistis; yo os he enviado a segar lo que no labrasteis; otros hicieron la labranza, y vosotros habéis entrado en sus labores.

96 Mirad cómo será, cuando pase el tiempo, si somos fieles y generosos en la siembra —quae enim seminaverit homo haec et metet; porque lo que siembre un hombre, eso recogerá (Galat. VI, 8)‑, el buen grano, fruto de nuestros afanes: habremos metido un sentido de vocación en el trabajo ordinario, contribuiremos a que desaparezcan suspicacias y rivalidades, entre los católicos que trabajan juntos; empaparemos de espíritu cristiano el mundo de la Industria y del comercio; ayudaremos a dar unidad al pensamiento moderno, para defensa y servicio de Jesucristo y de su Iglesia; procuraremos hacer comprender a los católicos que ninguna diferencia de costumbres, razas o lenguas puede separar a los que son uno en Cristo Jesús; trataremos con delicada caridad a todas las almas, sin distinción de estirpe ni de credos —dentro del orden debido‑, acercándolas al Señor Dios Nuestro con esa luz y ese calor de nuestra vida cristiana; cooperaremos a crear un ambiente de serenidad, de limpieza y de comprensión en las relaciones internacionales, que facilitará la labor del Espíritu Santo en las mentes y en la vida de los estadistas, y traerá la paz y el bienestar a los pueblos.

97 No penséis, por lo que acabo de decir, que nosotros solos —con la gracia de Dios— nos bastamos para resolver todos los problemas del apostolado católico. Por eso he dicho que contribuimos, que ayudamos, que procuramos, que cooperamos: porque contamos con el trabajo de muchos otros —instituciones y personas privadas— que, siguiendo otro camino distinto del de nuestra Obra, laboran con empeño sobrenatural en servicio de la iglesia.

Y, cuando los encontremos a lo largo de nuestra jornada terrena, comprenderemos bien su tarea, dispuestos a vivir en algunas ocasiones aquella hermosa escena de la pesca milagrosa que nos cuenta San Lucas (V, 7), haciendo señas a los compañeros en la fe que estén en otras barcas, para que vengan y todos juntos llenemos de peces las naves.

98 Todos mis hijos Supernumerarios han de secundar eficazmente —cada uno en la medida que puede— las obras de formación de la juventud y de propaganda, y, en general, todas las labores apostólicas de la Obra; y han de hacer siempre su apostolado personal, conforme con las indicaciones que reciben de los Directores o de las Directoras del Opus Dei.

99 Pero solamente unos pocos —unas pocas— serán necesarios para una obra apostólica indispensable, que exige capacidad intelectual y particular, espíritu de sacrificio y humildad: la obra de colaborar, con algunos hermanos Numerarios y Numerarias, en la formación de todos los que trabajan en la labor de San Gabriel.

100 Porque, para que muchos conjuguen con toda su plenitud el yo, tú, él, de las labores personales, un grupo de mujeres y de hombres entregados, competentes y apostólicos, tiene que conjugar anónimamente el nosotros.

101 En la labor personal, que la totalidad de los Supernumerarios y de las Supernumerarias —como los otros socios de la Obra— ha de desarrollar, es cierto que ordinariamente no dirigen asociaciones piadosas, ni toman en ellas parte activa; pero, en cambio, procuran influir en asociaciones —y dirigirlas— de carácter cultural, social, público, económico, artístico, deportivo, etc., y, en determinadas circunstancias, también —por excepción— religioso.

102 Por esto —cada uno de los Supernumerarios dentro de su ambiente social— deben secundar toda iniciativa de cultura, poniendo un particular empeño en trabajar con espíritu de sacrificio en el gobierno de aquellas instituciones que tengan por fin educar a la juventud.

De modo especialísimo interesa la enseñanza oficial, desde la escuela primaria hasta la Universidad; y las escuelas profesionales Superiores; y aquellas otras de orientación profesional, y las de artes y oficios, y las de aprendices y campesinos: ¡qué buen servicio, para la humanidad entera, es éste!

103 Son objeto de nuestra acción apostólica todos las tareas sociales, en labores organizadas por el Estado o por entidades o por personas privadas, y especialmente en las obras promovidas o asistidas por mis hijos, que así ejercitan su libertad de ciudadanos: escuelas para formación de dirigentes, sindicatos, comedores, patronatos de obreros o estudiantes, casas de reposo, colonias de verano, casas de maternidad, etc.

104 Conviene, para esto, buscar empleos en organizaciones sindicales, actuando desde arriba unos, como asesores y técnicos, y otros desde el mismo plano, como compañeros: y todos con caridad y con competencia.

105 En la vida social hay una cierta propensión a esperarlo todo del Estado, y es cosa funesta. En general no sustentan este modo de pensar los que quieren servir al Estado, sino los que aspiran a servirse de él.

Es más grato y más conforme con la doctrina social católica —y más digno— ser para el Estado un alivio y no una carga. Conviene dejar hacer a la iniciativa privada todo el bien que por sí sola puede, y que el Estado ayude en lo que aquélla no puede, y la sustituya en lo que ni puede ni debe.

106 También son, para nuestros Supernumerarios y para nuestras Supernumerarias, ocasión de santidad y medio de apostolado las actividades económicas. ¡Cuántos creen que esta clase de labor es cosa bien ajena a la perfección cristiana!.

107 Permitidme que os diga, con palabras de San Pablo (Act.XX, 33‑35): argentum et aurum out vestem nufflus concupivi, sicut Ipsi sollis; quoniam ad ea, quae,mihi opus erant et his qui mecum sunt, ministraverunt mañus istae... meminisse verbi Domini Iesu, quoniam ipse dixit: Beatius est magis dare quam accipere: yo no he codiciado para mí, ni recibido de nadie, plata, ni oro, ni vestido, como vosotros mismos lo sabéis; porque, cuanto ha sido menester para mí y para mis compañeros, todo me lo han suministrado estas manos con su trabajo. Pero tened presentes las palabras del Señor Jesús, cuando dijo: mucha mayor dicha es el dar que el recibir.

108 Por lo que acabo de decir, no creáis que nuestra labor en este terreno se reduzca a la cosa simple de dar o recibir una limosna. No: se trata de convertir en instrumento de santidad y de apostolado —os lo dije antes— aun el mismo movimiento económico de los no católicos, tomando todas les precauciones profesionales y las que señalan las leyes de cada país.

109 El dinero proporciona los medios humanos indispensables, para desarrollar con amplitud y hondura y permanencia —sin agobios que agotan— la labor de almas: porque no se trabaja con ángeles y para ángeles, sino con hombres y para hombres, con las indispensables necesidades consiguientes.

110 Lo saben de sobra los enemigos de Jesucristo; y se afanan en la economía Internacional y en la de cada país, sirviéndose en muchos casos diabólicamente de las concupiscencias de algunos que se llaman cristianos.

111 Es ésta una razón más para que trabajemos con personas de todas las clases y condiciones sociales. Digo una razón más, porque esa tarea de santificarnos en nuestra propia profesión u oficio, cualquiera que sea, pertenece a la esencia de nuestra vocación.

Siempre será, pues, necesario, que haya socios y asociadas de la Obra que ejerciten spe gaudentes (Rom. XII, 12) labores aparentemente humildes, y que hagan proselitismo entre sus compañeros, según las normas de esta Instrucción, para atraerlos a la Iglesia y, si Dios quiere, para que lleguen a formar parte de nuestra Familia.

Y también es preciso que algunos se preparen para ir —con libertad y con personal responsabilidad— a ponerse a la cabeza de esas actividades de la banca, de la gran industria, del comercio internacional: labores que nada tendrán que ver con nuestro Opus Dei, aunque algunos de sus socios hayan contribuido a hacer esa función social honestísima y recta, porque es su vocación profesional. Esto, por tanto, no libra a mis hijos de la aportación de cada uno —pequeña o grande— a la empresa colectiva de proporcionar tranquilidad y estabilidad económica a los apostolados corporativos, propios de los socios de nuestra Obra.

112 La generosidad de las gentes corrientes de determinados países contraste con la tacañería que se ve en otras naciones, donde quizá en apariencia hay más solera cristiana.

113 Nuestro caso es distinto: todos con vocación divina, los Numerarios han de darse directa e inmediatamente al Señor en holocausto, entregando todo lo suyo, su corazón entero, sus actividades sin limitación, su hacienda, su honra.

Y los Supernumerarios, en la medida de lo posible, habrán de dar en apariencia una partecica de cada cosa, porque de hecho también lo dan todo, al ponerlo de algún modo el servicio de Dios.

114 Es vieja, en la Iglesia, la cooperación económica entre las distintas comunidades cristianas, la ayuda material para la extensión del Reino de Cristo.

Oíd al Apóstol de las gentes, tal como se lee en la primera epístola a los de Corinto (XVI, 1 y 2): de collectis autem, queo flunt ín sanctos, —sicut ordinavi eccIesfis Galatiae, ila et vos facite. Por unam sab bati unusquisque vestrum apud se seponat recondens quod oi bene plecuerit, ut non, cum venero, tunc collectae fiant: en cuanto a las limosnas que se recogen para los santos, predicadlo en la misma forma que yo he ordenado a la Iglesia de Galacia. El primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte y deposite aquello que le dicte su buena voluntad, a fin de que no se hagan colectas al tiempo mismo de mi llegada.

115 La colecta, entre los santos, para los santos, se hace un deber. Pero, con una doble delicadeza, San Pablo deja libres a sus cristianos: para que no pese la coacción de su presencia, pide que se tengan antes de su llegada; para que no se dejen de hacer, señala el día; para que no haya la frialdad oficial de una cuota fija, pide aquello que a cada uno le dicta su buena voluntad.

116 Mirad cómo da gracias a los de Filipo (IV, 1017), de paso que se queja con una elegancia encantadora, porque se olvidaron durante algún tiempo de enviar el fruto de sus colectas: yo por mi me alegro mucho en el Señor, de que al fin ha reflorecido aquel afecto que me tenéis, que siempre lo habéis tenido en vuestro corazón; pero no hallabais ocasión para manifestarlo. No lo digo por razón de mi indigencia, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé vivir en pobreza y sé vivir en abundancia, todo lo he probado y estoy hecho a todo... Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Sin embargo, habéis hecho una obra buena en concurrir al alivio de mi tribulación... No es que desee yo vuestras dádivas, sino lo que deseo es el provecho considerable que resultará para vosotros delante de Dios. ¡Otra razón hermosa, para que los cristianos sean generosos en el dar!

117 Bien sabéis que hay razones más hondas, para que estas hijas mías y estos hijos míos Supernumerarios tengan como un grato deber —no como una carga— su preocupación generosa por el Opus Dei.

118 Pero, volvamos a San Pablo, porque sé que podré decir con él en muchas ocasiones a esos hijos míos: colmado estoy de bienes, después de haber recibido... lo que me habéis enviado..., como una oblación de olor suavísimo (ibid., 18).

119 Es edificante, para mí que soy hombre —¡un pobre hombre!: pauper servus et humilis, pobre siervo inútil‑, ver de qué manera el Apóstol mezclaba los motivos humanos con los divinos, para mover a los corintios a ser dadivosos con sus hermanos de Jerusalén.

Porque —dice San Pablo— en orden al socorro que se dispone a favor de los santos de Jerusalén, para mí es por demás el escribiros. Sé bien la prontitud de vuestro ánimo, de la cual me glorío entre los macedonios, diciéndoles que la provincia de Acaya está pronta desde el año pasado a hacer esa limosna, y que vuestro ejemplo ha provocado la santa emulación de muchos.

Sin embargo, he enviado ahí a esos hermanos a fin de que no en vano me haya gloriado de vosotros en esta parte, y para que estáis prevenidos, como yo he dicho que estabais; no sea que cuando vinieran los de Macedonia conmigo, hallasen que no tenéis recogido nada y tuviésemos nosotros (ut non dicamus vos, por no decir vosotros) que avergonzarnos por esta causa.

Por tanto, he juzgado necesario rogar a dichos hermanos que se adelanten y den orden para que esa limosna de antemano prometida esté a punto, de modo que sea un don ofrecido por la caridad y no como arrancado a la avaricia.

120 Hasta aquí, el interés por su buena fama en la tierra. Ahora, el interés sobrenatural. Oíd: lo que digo es que quien escasamente siembre, cogerá escasamente; y quien siembra a manos llenas, a manos llenas cogerá. Haga cada cual la oferta conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o como por fuerza; hilarem enim datorem diligit Deus, porque Dios ama al que da con alegría (II Cor. IX, 1-7).

121 Precisamente hoy —estamos a cinco de septiembre de 1950— un Cardenal eminente, gran admirador y amigo de nuestra Obra, hablaba con un hermano vuestro y conmigo, y se quejaba con amargura de la falta de esplendidez de parte de muchos católicos, para las obras apostólicas y para la caridad privada. Daba la culpa de este ambiente a esos teólogos moralistas de juicio amplio, que señalan, como materia de justicia para el ejercicio de la caridad, un ridículo tanto por ciento de lo superfluo. Y preguntaba: hoy, la mayoría de las familias, ¿se puede decir que tienen algo superfluo?

122 Pero, dejemos a los demás y volvamos a nuestros Supernumerarios: estoy seguro de que, conocedores de la norma concreta que sobre vuestra colaboración económica hay en nuestro derecho peculiar, me preguntáis también por los modos prácticos de llevar a cabo esta contribución vuestra, para que sea más factible y más eficaz.

123 Antes de responderos, permitidme que abra el Santo Evangelio, por San Lucas, en el capítulo XXI: ¡Cómo brillan los ojos de Jesús, cuando la pobre viuda echa dos pequeñas monedas en el cepillo del templo! Vere dico vobis quia vidua haec pauper plus quem omnes misit, en verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos.

No se preocupen nunca esas hijas y esos hijos míos, que sólo podrán acudir con muy pequeña ayuda económica. Quizá ese esfuerzo, constante, es más desinteresado y liberal que el de todos los demás: seguramente no dan de lo que les sobra, porque nada les sobra. Estoy cierto de que ante estas dádivas volverán a brillar, con cariño divino, los ojos del Señor.

124 ¿Modos prácticos —me preguntabais— para cumplir vuestro deber con nuestra Madre la Obra?

Me los ha enseñado a mí vuestra conducta generosa: desde aquella aristócrata, de la sangre y del espíritu, que supo ceder su propio palacio en épocas bien duras de calumnia y de persecución, hasta los labriegos humildísimos, padres de una criadita, que venden su borriquillo y envían el dinero con alegría; desde aquel buen amigo americano del Sur, que tiene una de nuestras obras apostólicas, de acuerdo con su familia, como un socio más en los negocios —un socio que no está a las pérdidas —, hasta los niños, hijos de un hermano vuestro Supernumerario, que envían el dinero que recibieron como obsequio el día de su primera comunión; desde el que manda muebles, para poner una casa, hasta el que paga todos los gastos del pobre coche indispensable para la labor.

125 Sé que queréis directivas de más envergadura: que estáis dispuestos, en la medida de lo posible, a descargar a la Obra del peso enorme que supone, por ejemplo, pagar las rentas de esos grandes edificios, donde educamos a la juventud, proporcionando acciones de esas inmobiliarias, enviando en especie —¡cuántas veces providencialmente lo habéis hecho!—, los que lleváis empresas de ese estilo, mantas, sábanas, conservas, productos del campo, etc.

126 Más: una verdadera movilización económica ha sido precisa, en alguna Región —y luego será precisa en otras‑, para financiar determinadas actividades del apostolado.

Y entonces, unos buscan ayudas y subvenciones oficiales, porque son de justicia, ya que se trata de labores que benefician al país; otros amigos que adquieren acciones cuya renta se paga siempre, o las compran como capital seguro, para sí y los suyos; otros envían directamente sus limosnas, o hacen que sus amigos y parientes poderosos las envíen; aquél, ya lo hemos dicho, ayuda en especie; y el otro hace el propósito —que cumple— de dedicar a la Obra un tanto por ciento determinado de sus rentas.

127 No quiero dejaros de señalar un detalle interesante de nuestra vida económica: la Junta Nacional del Opus Dei ha de organizar una secretaría especial, o habilitar los medios que los Directores y las Directoras Mayores juzguen más oportunos, para atender con la máxima delicadeza —en la medida de lo posible y según su condición— a los Supernumerarios que estén necesitados, y a sus viudas e hijos menores, sin que con esto se cree una obligación jurídica para la Obra.

128 En el terreno político, dentro de la plena libertad de cada uno, se ve con claridad la gran labor apostólica que podéis y debéis hacer.

He dicho cada uno de vosotros, y no la Obra: porque el Opus Dei respeta completamente vuestra libertad en las cosas terrenas, en las que cada uno de vosotros —insisto— es, por tanto, personalmente responsable. Nunca el Opus Dei tiene ni tendrá vinculación con ningún partido político —aunque se llame y sea cristiano‑, y tampoco puede el Opus Dei ser un grupo de presión.

129 Convendrá editar revistas políticas —no de partido—, que orienten y despierten siempre; y que especialmente en épocas de elecciones, con oportuna y abundante propaganda oral, escrita y gráfica (hojas, carteles, etc.), remuevan la conciencia de todos los católicos y de las gentes honradas que tengan la desgracia de no profesar nuestra fe, se aparten de todo plan abstencionista.

130 El deporte, en todas sus manifestaciones, atrae hoy a muchedumbres, especialmente de jóvenes. Es preciso patrocinar las asociaciones deportivas, facilitar la labor apostólica que los chicos de la obra de San Rafael hacen con empeño entre los otros jóvenes amigos de la cultura física.

Así se hace moralidad, sin ñoñería, en ese ambiente; se evita que estas actividades atléticas sean instrumento de propaganda contra el espíritu cristiano; y muchas veces se logra que las asociaciones deportivas se conviertan en un magnífico medio de apostolado.

131 En pueblos pequeños seria desedificante que los miembros de la obra de San Gabriel se abstuvieran de hacer una labor religiosa directa.

132 Hay, efectivamente, una tarea que, vuelta a poner en marcha, será fecunda: dar vida en las parroquias a las viejas cofradías, que casi siempre se han dejado morir o han tomado rumbos que convendría rectificar; porque el laicado, al perder las cofradías su influjo en el pueblo, se ha apartado del culto y de las obras de celo y hasta de la frecuencia sacramentos, sin que las instituciones religiosas parroquiales modernas ordinariamente hayan podido llenar aquel vacío.

133 Han de procurar las Supernumerarias y los Supernumerarios, cuando sea posible —como ya he dicho —, tener la humildad de no ocupar puestos de dirección en esas asociaciones, y, en cambio, buscar otras personas que los desempeñen; y formarlas, y ayudar con constancia sobrenatural al cumplimiento de los fines de la cofradía: la del Santísimo Sacramento, la de la Doctrina Cristiana, una de la Santísima Virgen que sea tradicional en el lugar, la del santo Patrono del pueblo, etc.

134 Con esto hay base para que el párroco puede dar el alimento espiritual de la palabra, ver concurrida la Misa parroquial y los otros cultos, organizar obras de asistencia material —conferencias de San Vicente, por ejemplo— y espiritual —grupos de catequistas, si los necesita‑, y atraer a sus feligreses a la frecuencia de Sacramentos.

135 Más labores directas de los Supernumerarios y de las Supernumerarias en el campo religioso: organizar cursos de retiros espirituales fuera de nuestras casas, y ayudar activamente a los sacerdotes del Opus Dei que vayan a dirigirlos; hacer una discreta propaganda para que sus amigos y parientes vayan a los cursos de retiro, que se tienen en nuestras casas; invitar y llevar a los cultos, retiros mensuales, etc., preparados para los Supernumerarios, a otras personas ajenas a nuestra Obra, cuando convenga anunciar aquellos actos para darles publicidad y a la vez lograr mayor discreción; participar en los actos o misiones, que se dispongan con ocasión de inaugurar cruceros, monumentos a la Santísima Virgen, etc., hablando al pueblo.

136 Os conozco, hijas e hijos míos Supernumerarios, y sé que vuestra vocación os da el espíritu misionero del Opus Dei, sin que os podáis llamar misioneros, como tampoco podéis llamaros religiosos: porque no lo somos.

Dios Nuestro Señor no ha dado a ninguno en la Obra —ni a los Numerarios, ni a los Oblatos ni a los Supernumerarios— vocación de religioso, o vocación equiparable a la de los religiosos. Se trata de fenómenos distintos, heterogéneos.

Los religiosos se separan del mundo, y emiten diversas clases de votos: las personas equiparadas jurídicamente a los religiosos se alejan de las actividades temporales y viven ad instar religiosorum, a semejanza de los religiosos, para realizar su apostolado ab externo, desde fuera. Nosotros, en cambio, vivimos en medio de los afanes del mundo —continuamos en la calle, donde estábamos cuando recibimos la vocación—, para santificarlo ab interno, desde dentro: y bien sabéis que a mí —a la Obra: os lo vengo diciendo desde el año 1928— no me interesan los votos ni las promesas, aunque los venere, sino vuestras virtudes, hijas e hijos míos.

137 Y os digo que sois misioneros, con misión, sin que podáis nunca llamaros misioneros: directamente, cuando cumplís los deberes que habéis adquirido como hijos de Dios en su Obra; e indirectamente, moviendo a los demás a formar parte de las asociaciones que para esto tiene la Iglesia.

138 Pero hay también otra gran labor misionera que hacer: crear el ambiente cristiano en esos grandes territorios de América, de Australia, de Africa, casi sin habitar; y proporcionar el clero, que falta de una manera desoladora.

139 Yo os diré cómo emprenderemos esta faena divina, que además puede y debe ser la solución económica de multitud de familias y el medio de engrandecer naciones jóvenes, de paso que se extiende el Reino de Cristo: con una emigración científica y apostólicamente dirigida.

140 Sin prisa, con todas las garantías espirituales y humanas; sin ruido, sin dar estado oficial de grupo religioso ante las autoridades civiles de ningún país, pueden Ir familias enteras a un trabajo profesional serio —médicos, Ingenieros, periodistas, maestros, artesanos, labriegos— con sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, para ser todos comunidad cristiana, viviendo el espíritu y el modo de la Obra.

Esas hijas y esos hijos míos son levadura evangélica, que contribuirá a dar tono —sentido cristiano— a las instituciones y a las clases sociales del nuevo país, y será origen de muchos otros hogares santos y alegres y de muchas vocaciones para el clero —¡clero indígena será!— y para la perfección en el mundo.

141 Hay un gran apostolado personal que cada uno de los socios del Opus Dei se siente movido a hacer de continuo, como si oyera a todas horas aquellas palabras divinas: ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?; fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda? (Luc. X 11, 49).

Y el deseo de hacer arder en la tierra este fuego de Cristo convierte a mis hijos en propagadores, en misioneros de la perfección cristiana en medio de las tareas temporales; y, con su afán de proselitismo, atraen vocaciones a nuestra Obra; o, al menos, ayudan a otras almas a resurgir de la muerte del pecado, a despertarse del sueño de la tibieza, a elevarse sobre la mediocridad.

142 Las vocaciones de Supernumerarias y de Supernumerarios pueden buscarse y admitirse entre personas de toda clase social, de cualquier edad, de cualquier profesión, aunque sufran alguna enfermedad crónica, siempre que reúnan las condiciones que a lo largo de esta Instrucción hemos señalado.

143 La tierra es muy grande y son muchas las almas que no conocen a Jesucristo: por eso son necesarias también muchas vocaciones a la santidad y al apostolado: messis quidem multa, operarfi autem pauci; que la mies es mucha, diremos con el Señor, y pocos los obreros (Luc. X, 2).

Por eso, además de nuestro esfuerzo personal para el proselitismo, pediremos ayuda al cielo: rogate ergo Dominum messis, ut mittat operarlos in messem suam; rogad, pues, al dueño de la mies, que envíe operarios a su campo (Matth. IX, 38).

144 Con la gracia divina, olvidados de vosotros mismos, renovada la oblación de vuestra voluntad, dóciles a las indicaciones que recibáis de vuestros Directores o de vuestras Directoras, templando vuestro carácter con la bondad y la penitencia, dispuestos al sacrificio que sea preciso, llenos de alegría y optimismo, como medios necesarios para atraer a las gentes, duc in altum, et laxate retia vestra in capturam: mar adentro, y echad vuestras redes para pescar (Luc. V, 4).

Adentraos en el mar de todas las actividades del mundo, para pescar, para descubrir hombres y mujeres, para formarlos, para distribuirlos: vocaciones de Numerarios y de Numerarias, de Oblatos y de Oblatas, de Supernumerarios y de Supernumerarias de todas las clases sociales.

145 Para esto, es precisa vuestra santidad personal, dentro del espíritu del Opus Dei, y así sabréis introducir suavemente y reciamente a los demás en la vida interior.

146 Al hacer este gran apostolado proselitista, no olvidéis que la Obra ama con predilección el apostolado ad fidem —del que la Iglesia se ha hecho eco en el Decreto de aprobación definitiva— y dirige sus afanes ad gentes, a los gentiles que están lejos de Jesucristo.

147 Es de otra parte necesario este campo de labor, porque si es cierto que en bastantes ocasiones quizá el Señor no les da la gracia, para que se entreguen a su servicio con una dedicación permanente, en muchas otras los que se creen buenos cristianos rehúyen la gracia de la vocación: se imaginan perfectos, donde están; o confunden, por ignorancia, la busca de la perfección cristiana con las actividades de las ordinarias asociaciones de fieles; o prefieren, por comodidad o por soberbia, la ineficacia de un apostolado personal y anárquico.

Entonces volvemos a vivir, con Pablo y Bernabé, aquel pasaje que nos relatan los Hechos, en el capítulo XIII, y decimos a estos cristianos las palabras que antes hubieron de oír los judíos: vobis oportebat primum loqui verbum Dei; sed quoniam repellitis iilud... ecce convertimur ad gentes; a vosotros debía ser primeramente anunciada la palabra de Dios; pero, como la rechazáis... de hoy en adelante nos vamos a predicar a los gentiles (Act. XIII, 46).

148 He de hablaros finalmente de vuestro trabajo con los Cooperadores del Opus Dei, que constituyen —sin ser miembros de nuestra Familia— una asociación propia e inseparable de la Obra.

149 Siendo tan vastas las necesidades, tan extensa y tan honda la tarea, conviene que haya una gran colaboración a base de una sincera amistad, para aumentar el rendimiento y poner a los miembros de nuestra Familia en contacto con los elementos más representativos del mundo.

150 Con los Cooperadores y las Cooperadoras se ensancha esa base, se llega más lejos, siempre que los Numerarios, los Oblatos y los Supernumerarios dediquen una parte de su actividad de apóstoles a esta longa manus, hasta lograr, por su especial labor de amistad, que los Cooperadores, además de ayudar con su limosna y con su oración, se convenzan de que tienen el deber de hacer algo bueno por los demás hombres, por la Iglesia, sabiendo que la ayuda divina no les faltará; y que cada alma ha de ocupar un puesto en la lucha entre el bien y el mal, seguros de que con esta colaboración activa será posible cambiar la mentalidad del mundo.

151 Con las normas concretas señaladas por las Directoras y por los Directores, los Supernumerarios en Círculos de Estudios periódicos han de difundir, entre las Cooperadoras y los Cooperadores, el espíritu de nuestra Obra; los tendrán por compañeros y colaboradores en determinadas tareas de apostolado; procurarán sostenerlos en la gracia de Dios, ayudándoles a vivir su vida de cristianos; les darán a conocer los criterios y la doctrina de la Iglesia.

152 Para ser Cooperadora o Cooperador no es necesita vocación especial: se trata de pertenecer a una simple asociación de fieles.

153 Búsquense estos amigos entre personas rectas y de talento, que puedan con sus ideas promover la gloria divina; de influencia, que por su familia, por su posición o por sus relaciones, tengan fuerza social; de prestigio, que muchas veces un nombre es palanca que remueve obstáculos y vale mucho ante las corporaciones oficiales; de autoridad, porque sin comprometerse y sin comprometer pueden colaborar con eficacia; de tesón, que suplen con su noble terquedad y con su actividad sin atropello las rémoras de los demás, y sacan a flote empresas apostólicas y resoluciones difíciles.

Búsquense las Cooperadoras y los Cooperadores activos entre personas que tienen tiempo, cosa importante para muchos trabajos de apostolado; o que tienen el don de la palabra, que sepan hablar, explicar, entusiasmar; o que tienen dinero, si tienen también la capacidad de saber usar de su opulencia.

Búsquenlos, finalmente, entre aquellos que ejercitan profesiones, intelectuales o no, desde las cuales se influye habitualmente en gran número de personas.

154 Estos amigos nuestros Cooperadores, si los sabemos formar, si tenemos despierta su conciencia con reuniones periódicas —Círculos de Estudios —, con cursos de retiro espiritual cada cierto número de años, con prensa —diarios, revistas, boletines, etc.— y con vuestro gran apostolado silencioso de la amistad, serán eficacísimos auxiliares para nuestras obras apostólicas.

Los veo como una fuente de energías espirituales —se harán también ellos más buenos y más limpios— y materiales, que aprovechará Dios Nuestro Señor, por medio de nosotros, para el servicio de las almas, bajo la obediencia de la Iglesia, a través de los Directores internos de la Obra.

155 Pero vosotros, hijas e hijos míos Supernumerarios, que sois los que más directamente tenéis la misión de trabajar con las Cooperadoras y con los Cooperadores, no debéis olvidar, para que esta actividad dé todo su rendimiento, aquel conocido consejo: ciertamente vosotros tenéis que hacer, pero debéis dejar hacer, hacer, hacer y dar quehacer a los Cooperadores, con el fin de que sientan la alegría de ser útiles, de tener una responsabilidad en la gran batalla por el bien, por la recristianización de este mundo que se paganiza.

156 Recristianización: ¿no veis que se descristianizan la ciencia, el arte, el campo, la industria, los hombres que trabajan en esas actividades? ¿No veis cómo disminuyen las familias numerosas? ¿No sufrís, ante la incomprensión naturalista de la abnegación, de la dedicación oscura, de las virtudes evangélicas? ¿No sufrís, ante el desconocimiento de la grandeza sobrehumana del celibato apostólico?

157 Buen altavoz serán nuestros Cooperadores para lograr con su ejemplo, con su palabra, con su influencia, con su firmeza, con su lealtad a la amistad de Dios y a vuestra amistad, que la vida de los hombres en este mundo vaya por un cauce cristiano.

158 Conocéis bien, hijos míos, que el espíritu de nuestra Obra es de veneración, obediencia y cariño a la Jerarquía Ordinaria de la Iglesia.

Por esto conviene y subrayo que la posición canónica de los Supernumerarios y de los Cooperadores del Opus Dei, con respecto al Obispo diocesano y al párroco, en nada se modifica: quedan, por tanto, en la misma situación que los demás fieles.

Pero es preciso notar que los Supernumerarios, en cuanto a toda clase de apostolados, han de contar con las Directoras o con los Directores Internos —a través de ellos deben recibir la labor— y procuran en toda clase de trabajos no apartarse del espíritu que informa nuestra Obra.

159 Unas palabras más sobre los Cooperadores. Ha accedido nuestra Madre la Iglesia a mis deseos, repetidas veces manifestados a la Santa Sede, para que pudiéramos admitir entre esos amigos a los no católicos, que nos ayudan con su cariño noble o con su dinero o con su labor profesional o social, y siempre apostólica.

Mirad cómo lo escribí en nuestro derecho peculiar, que es tal como la Santa Sede lo aprobó: Hay otros que de diversas maneras están lejos de la casa paterna o no profesan la verdad católica, y que sin embargo ayudan a la Obra con su trabajo o con sus limosnas.

Estos pueden ser nombrados Cooperadores, y todos los socios del Opus Del, con su oración, con sus sacrificios, con su trato, deben actuar de modo que, por Intercesión de la Santísima Virgen, consigan de la misericordia divina la luz de la fe para estos Cooperadores, y los atraigan suave y eficazmente a la vida cristiana.

160 A vuestro lado, hijas e hijos míos Supernumerarios —de manera semejante a vosotros y a los demás miembros del Opus Del‑, serán para el servicio de Dios los Cooperadores con la formación oportuna en retiros espirituales, en Cursos y, cuando sea conveniente, en Convivencias, oradores y conferenciantes, polemistas, productores de películas, escritores para la prensa y la radio, médicos y enfermeras con sentido cristiano de su misión profesional, especialistas de obras sociales, directores de muy diversas organizaciones de seglares.

Y en la oficina y en el comercio, en el periódico y en la tribuna, en la escuela, en el taller y en las minas y en el campo, amparados por vuestra oración, por vuestros consejos, por vuestro ejemplo y por vuestro constante trabajo, serán también portadores de Dios en todos los ambientes de los hombres, según aquellas palabras de San Pablo: glorificate et portate Deum in corpore vestro (1 Cor. VI, 20), glorificad a Dios con vuestra vida y llevadle siempre con vosotros.

161 Convendrá que haya revistas de piedad y de apostolado, quizá de diferentes alturas intelectuales, pero asequibles a grandes estratos de la sociedad, con el fin de facilitar la orientación que nuestros Supernumerarios y nuestros Cooperadores necesitan para la vida interior y para la acción apostólica.

162 Son también necesarias revistas semanales, gráficas o no, que puedan ir a todas las gentes, en las que se remachen y se divulguen sin rarezas las doctrinas de actualidad que se hayan tratado en los Círculos de Estudio; que hagan considerar, haciéndolas entender, las materias de la intención mensual; y que estén como arropadas por servicios periodísticos atrayentes.

163 Quizá convenga tener —con el tiempo, en algunas o en todas las Regiones— un boletín interno de la Asociación de Cooperadores, vibrante y encendido, escrito de manera que sea instrumento apto.

Se podría hacer que llegue a manos de bastantes personas que no pertenezcan a la Asociación de Cooperadores, como una prueba más de que siempre somos ajenos a toda oscuridad o tapujo: esa publicidad oportuna asegurará más nuestra silenciosa y directa eficacia.

Este boletín se podrá hacer en alguna Región o en muchas, o no hacerlo: según aconsejen las circunstancias. Pero, en todo caso, no hay prisa: se decidirá sobre su oportunidad, en cada caso, después de haberlo estudiado con calma.

164 Hijos míos: la vida de renuncia, abrazarse a buscar la perfección cristiana en el mundo, es fruto de predilección divina, ¡vocación divina!: son precisas la gracia de Dios y la cooperación heroica, en quien recibe esa gracia.

165 Dada vuestra posición como Supernumerarias o Supernumerarios, nuestra Madre la Obra no ha querido para vosotros normas rígidas: nuestras normas son adaptables a todas las circunstancias de la vida y de la posición social de cada uno.

166 Sería, por esto, desamor, deslealtad, pérdida de gracia y de méritos, si alguno pensara en abandonar su vocación ante la imposibilidad de cumplir todos los actos dispuestos en nuestro plan diario, por razón de enfermedad, de aislamiento habitual o de lejanía del Grupo a que pertenece; por presión de la familia, por ocupaciones ineludibles: porque bastará en estos casos hablar con sencillez en la Confidencia, y los Directores o las Directoras señalarán cuáles son, atendidas las circunstancias, las prácticas suficientes —en cada caso— para garantizar la busca de la perfección cristiana.

167 Rechazad el pensamiento engañoso de que, trabajando una persona sola o en una simple asociación de fieles —sin responder a la vocación divina, sin vincularse con empeño sobrenatural, de modo firme, a buscar la perfección— lograría el mismo bien para sí y para las otras almas.

168 El celo individual se ve estrechado, encogido en grilletes: la labor, para ser permanente y eficaz, demanda en pos de sí precisamente certeza de ayuda: quien lo oriente, lo forme, lo tenga espiritualmente al día y le asegure en su vida interior; y quien le agencie los medios imprescindibles para sostener las obras apostólicas económicamente, quien le dé la seguridad de que si muere o envejece vendrá otro a regir el arado.

169 Considerad sobre todo, de nuevo, que habéis recibido una vocación divina, a la que habéis correspondido con vuestro sincero deseo de buscar la perfección cristiana; que habéis adquirido en vuestra conciencia un vínculo mutuo y estable con la Obra; que habéis hecho una plena dedicación al Señor, para lograr esa perfección cristiana a través de vuestros quehaceres humanos en medio del mundo.

170 Esta realidad ascética, que de ningún modo deseamos que tenga manifestación jurídica, es bien distinta de la que aparece —aunque sea muy laudable— en aquellos cristianos que se apuntan, que dan su nombre a asociaciones comunes de fieles, en las que basta entregar una determinada limosna y hacer unos determinados actos de beneficencia o de piedad.

Quienes se han inscrito en esas asociaciones pueden desentenderse de ellas con segura tranquilidad por cualquier razonable motivo, porque de ordinario nadie rectamente juzgará que abandonarlas es una infidelidad a una llamada divina.

171 Pensad finalmente que en el Opus Dei tenéis —igual que todos los socios— el deber de recibir no sólo una formación inicial, para aprender a adquirir la perfección cristiana y ejercer el apostolado a través de vuestro trabajo ordinario, sino que os es precisa una formación constante, que dura toda la vida.

172 Hijos míos: ha pasado casi un cuarto de siglo, desde la fundación del Opus Dei. Nació en el desamparo de Belén y ha tenido su pasión y su cruz, la Santa Cruz.

Contemplo la Obra como el Señor la quiso, y es preciso esperar: la veo proyectada en el tiempo —¡siglos!— y hacer en la historia de la humanidad —humilde y silenciosamente— un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, sirviendo a la Santa Iglesia de Dios.

173 Desde que se hizo pública la primera aprobación —appositio manuum— de la Santa Sede, en 1943, y luego el Decretum laudis en 1947, se logró aplauso de los defensores y amigos de nuestra Obra, el respeto de los Indiferentes y poco adictos, y el silencio de muchos de sus detractores.

174 Ahora el solemne Decreto de aprobación definitiva acabará de quitar esos obstáculos Incomprensibles: así lo esperamos con la ayuda divina.

Pero no olvidéis que, por afán de laicismo o de secularización, habrá seguramente en las naciones gobiernos temporales, y aun no pocos católicos —aunque parezca inexplicable— que continúen viéndonos con poca o ninguna simpatía.

Si esto alguna vez sucede en algún sitio, seguid roturando con sacrificio alegre todos los campos del mundo, y continuad sembrando —con amor cristiano y sin miras humanas— también donde no haya amor: y al cabo de un tiempo, el Señor de la mies, que habrá bendecido la besana con su mano llagada, hará que recojamos para su Iglesia Santa, cada día con abundancia mayor, aun en terrenos que parecían estériles, el fruto de esa siembra generosa.

175 Sed fieles a vuestra vocación, todos los hijos de Dios en esta Obra de Dios. Vivid, con las virtudes sobrenaturales, las virtudes humanas. Llevad la caridad de Jesucristo a todos los caminos de la tierra, caminos divinos de la tierra.

Y extended por todo el mundo el influjo —callado y fértil— de vuestro trabajo de apóstoles, quasi fluvium pacis, como río de paz (Isai. LXVI, 12).

Gaudium cum pace, emendationem vitae, spatium verae poenitentiae, gratiam et consolationem Sancti Spiritus atque in Opere Dei perseverantiam tribuet vobis omnipotens et misericors Dominus.

Mariano

Madrid, mayo 1935 — Roma, septiembre 1950



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