Guión para una charla sobre la separación entre hombres y mujeres de la prelatura

From Opus Dei info

(Anexo 3 a las Experiencias de las labores apostólicas, Roma, 2003)

El siguiente guión contiene algunas ideas, que pueden servir de pauta a los Consejos locales para una o más charlas en los Cursos anuales y en las Convivencias de Supernumerarios, o en el Círculo Breve y Círculo de Estudios. Se ha de tratar con detenimiento, para que se ayude a afinar. También es conveniente abordar este tema en las Convivencias de sacerdotes: ellos, en primer lugar, han de ser ejemplares e intransigentes en cumplir y en impulsar que todos respeten esa separación.

Conviene citar algunas manifestaciones concretas, sin pretender exponer un elenco exhaustivo de situaciones posibles: la casuística sería enorme. Pero interesa, al comentar estas consideraciones, dejar también claro lo que no se debe hacer.

A lo largo de su vida terrena, nuestro Padre se esforzó heroicamente por corresponder a las luces y gracias que Dios le daba para fundar el Opus Dei. Fruto de su continuo desvelo ha sido que el fin, el espíritu, la fisonomía y los modos de apostolado peculiares de la Obra hayan quedado —como solía decir— esculpidos.

Por eso, repetía con profunda convicción: en nuestro Derecho, todo está cuajado de una manera tan divina, que yo os aseguro que no es mío. ¡Es de El! ¡Amadlo! ¡Veneradlo! Es el medio que nos ha dado Dios Nuestro Señor para que vosotros y yo vayamos por ese camino y no nos podamos descaminar[1].

Como afirmaba don Álvaro con delicada exigencia, es preciso permanecer «en vigilia de amor y de correspondencia, defendiendo —primero con la piedad, luego con las obras— el genuino espíritu del Opus Dei. Alimentando —como hasta ahora— este empeño en el cuidado de la Prelatura, en que nada se desvirtúe, en que todos los detalles se conserven tal como Dios se los mostró a nuestro Padre, evitaremos siempre que se produzcan pequeñas fisuras que, adquiriendo luego más profundidad, anchura y relieve, desharían o dejarían inhabitable esta Casa de Dios»[2].

La labor apostólica de la Prelatura es el resultado de la colaboración orgánica de todos sus fieles, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres. «La eficacia proviene del mutuo complementarse de las actividades apostólicas que —con la gracia de Dios, y con correspondencia personal de cada uno— se llevan a cabo en tantos ambientes. La unidad de la Obra se realza y resplandece más mediante la multiplicidad de situaciones que existe entre los fieles de la Prelatura. Y el tapiz primorosamente acabado que, entre todos, procuramos ir tejiendo día tras día para Dios, se enriquece con belleza nueva en cada jornada, hasta el fin de los tiempos»[3].

A la vez, junto con la unidad, se presenta como característica esencial de nuestro espíritu la rigurosa separación que, por voluntad divina, existe entre los apostolados de los hombres y de las mujeres. Éste es el sentido en que nuestro Padre se refería a las dos Secciones de la Obra, de las que afirmaba que son como dos borriquillos que tiran de un solo carro en la misma dirección. Tiran juntos, uniendo fuerzas en el mismo sentido: con unidad de espíritu, con una sola cabeza[4].

Desde el principio, y hasta el último día de su vida en la tierra, nuestro Fundador nos enseñó, con su palabra y su ejemplo, a vivir con una delicadeza extrema esta separación, sin admitir ni permitir excepciones. En los [[Estatutos del Opus Dei 1982|Estatutos de la Obra], sancionados por la Santa Sede al aprobar su configuración jurídica definitiva como Prelatura personal[5], aparece también recogido este rasgo fundacional para que se cuide como se ha hecho desde los comienzos, produciendo, gracias a Dios, multitud de frutos en servicio de la Iglesia y de las almas[6].

No se trata, en consecuencia, de una mera razón de elemental prudencia en el trato —que evidentemente es siempre necesaria—, sino de algo más esencial: define una condición de la eficacia misma de toda nuestra labor, porque responde al querer positivo de Dios, tal y como lo recibió y nos lo ha transmitido nuestro Padre. No podrá, por eso, modificarse con el paso del tiempo, ante nuevas circunstancias históricas, o por una equivocada pretensión de adaptarse mejor a determinados ambientes o a presuntas exigencias profesionales, o por una falsa naturalidad: las mujeres y los hombres del Opus Dei tienen sus propios apostolados, entre los que no hay interferencias.

A propósito de las manifestaciones concretas de esta separación, el Catecismo de la Obra señala —entre otras— las siguientes: «Ayudan al Prelado y a sus Vicarios —para atender a los hombres o a las mujeres— los propios organismos de gobierno, en sus tres grados: general o central, regional y local. También es independiente el régimen económico. En fin, no se da de hecho la más mínima interferencia, porque se evita el trato entre personas de las dos Secciones»[7].

Por lo que se refiere a este último aspecto, conviene tener presente que, con la extensión de la labor apostólica, es cada vez más frecuente que lleguen a coincidir en una misma empresa o lugar de trabajo fieles de la Prelatura varones y mujeres, como consecuencia de la propia carrera profesional o laboral.

De otro lado, se han multiplicado también en todo el mundo las iniciativas apostólicas, de diversa naturaleza, promovidas por fieles de la Obra con otras personas, o que cuentan con su participación, y que conllevan situaciones semejantes: obras corporativas de enseñanza, entidades culturales, ONGs, asociaciones pro-vida, etc.

Como es lógico, el empeño personal por asimilar y conservar la separación, llevará a todas y a todos a vivirla con extremada fidelidad, siempre y en cualquier circunstancia, de manera que sepan descubrir prontamente aquello que pudiera suponer menoscabo, también en el ámbito del ejercicio profesional, para no ceder ni un milímetro.

Precisamente por ser un rasgo constitutivo del Opus Dei, afecta por igual a todos — Numerarios, Agregados y Supernumerarios, sacerdotes y seglares —, porque todos nos movemos con el mismo espíritu. Se trata de respetar con especial finura cuanto dispuso nuestro Padre; por eso, los Directores han de saber dar criterio en las charlas, Círculos y otros medios de formación personales y colectivos, diciendo también de modo neto lo que no se debe hacer. Lógicamente, cuando sea preciso, hay que ayudarse con la corrección fraterna. Sin exageraciones, es preferible que se caiga en un aparente rigorismo a cualquier cesión por pequeña que parezca.

Cuando se trata de personas que se encuentran en condiciones laborales en las que se hace particularmente importante cuidar estas medidas, será necesario que quienes atienden su charla fraterna sepan preguntar cómo afrontan las situaciones que se les presentan, para darles criterio y ayudarles a superar aquello que pudiera antojárseles como una dificultad.

Además, conviene que los Directores repasen con frecuencia las disposiciones contenidas en las Regulae Internae pro Administrationibus, así como lo que está recogido en Vademécum, 19-III-2002, pág. 207, 3 — 210,1, y las comenten con la periodicidad prevista (cfr. ibid., pág. 207, 3).


Hemos de pedir al Señor que infunda, en cada uno de nosotros, el mismo afán que impulsó a nuestro Padre a defender con toda su alma la fisonomía de nuestro espíritu, como comentaba en alguna ocasión: Invocad a la Virgen Santísima con esta jaculatoria: Cor Mariae Dulcissimum, iter para tutum! Es un grito filial que me venía constantemente al corazón y a la boca, en unos momentos muy concretos de la historia de nuestra Obra; algún día, cuando yo ya no esté aquí, lo sabréis (...). Querían romper esta bendita unidad de las dos Secciones, que era lo mismo que partirme el alma (...). No teniendo a quien recurrir aquí en la tierra, acudí a nuestra Madre del cielo, para que las dos Secciones de la Obra sigan siempre como dos borriquillos tirando del mismo carro divino adelante por un camino seguro que se va abriendo con la suave violencia de las obras de Dios (...). No olvidéis, hijos, que la seguridad de ese camino depende también de vosotros, del empeño que pongáis en ser fieles, en ser santos[8].




  1. San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 12-IV-1954.
  2. Don Alvaro del Portillo, Carta, 24-1-1990, n. 35.
  3. Don Alvaro del Portillo, Carta, 24-1-1990, n. 36.
  4. San Josemaría, Palabras publicadas en Noticias VIII-69, p. 76.
  5. «In utraque pariter Operis Dei Sectione, virorum scilicet ac mulierum, eadem est unitas vocationis, spiritus, finis et regiminis, etsi unaquaeque Sectio proprios habeat apostolatus» (Statuta, n. 4, § 3).
  6. «Todos sabéis y lo habéis agradecido al Señor conmigocon cuánta delicadeza se ha vivido siempre esta separación: gráficamente os he dicho en muchas ocasiones que es como si viviéramos a quinientos, a mil, a cinco mil kilómetros de distancia, sin dejar por eso de tener unidad de espíritu» (San Josemaría, Carta 19-III-1954, n. 12).
  7. Catecismo de la Obra, 7a ed., n. 15.
  8. San JosemarÍa, Notas de una conversación, tomadas en el año 1956.
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