Farmacología espiritual y Recomenzar

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Por Rafinosa, 20 de abril de 2009


Muchas gracias, Buenladron por tu testimonio del pasado miércoles: es vital, es divertido –veníamos necesitando ese punto de humor-, es personal e íntimo y está contado con un talante muy positivo y relatado como algo prolongado y duro que, sin embargo, se ha superado y de lo que se ha extraído una lección; todo eso me transmite a mí tu escrito, Buenladron.

Su lectura me ha empujado también a escribir sobre algo que hace tiempo vengo dando vueltas: la dirección espiritual que hace la obra; fundamentalmente en la que se realiza en personas que llevan muchos años de entrega y presentan problemas que se ”enquistan”, se prolongan mucho en el tiempo y que, además de no mejorar, todavía van a peor. Me parece que es un caso bastante frecuente y, que además de reportar mucho sufrimiento al dirigido, no se colman para toda esa gente, las aspiraciones de perfección y santidad, que es lo que te puede dar la obra ¿no?.

En el relato de Buenladron se trata de la pureza durante casi 18 años: he conocido más de uno y de dos casos similares al suyo. Pero en muchas otras ocasiones se trata de otra materia. Por ejemplo, en una referencia del escrito de Sinmiedo, del pasado día 15 de abril, se menciona lo siguiente: “Más aún, puede ser el modo de servir mejor a Dios y a la Iglesia: como le sucedió a un amigo que tuvo que saltar de la barca del Opus Dei -como San Pedro el día de la tormenta en el lago-, para poder avanzar sobre las olas y encontrarse verdaderamente con Jesús y con su vocación sacerdotal, que se le negaba dentro.”

Me ha impresionado esta referencia determinada porque, en estos momentos, también yo estoy en contacto con una persona –gracias a opuslibros: no olvidemos que lo publicado aquí es solo la punta del iceberg de lo que esta página mueve y genera- que tras más de 20 años en la obra se marcha para poder ser sacerdote, ya que la institución le ha cerrado las puertas a esa vocación. Por cierto: me pregunto si estas cosas las saben los obispos, que no andan muy sobrados de curas...

En mi caso, la salida estuvo también determinada por una situación de vida interior, que se prolongó a lo largo de casi veinte años, que no tenía pinta de mejorar y para la cual la dirección espiritual que da la obra te termina produciendo desesperanza ya que pasado el tiempo todo se reduce a consejos conformistas del tipo: “Dios te quiere a ti con esta situación, con esta falta, con este pecado. Viene a ser como el aguijón de la carne que tenía S. Pablo; ya ves, ahí le tienes, a pesar de todo fue santo”. Te ves condenado a llevar eso de por vida, sea un defecto como la pureza, o conformarte con no ser sacerdote “porque el Padre o los directores no te ven”, o lo que sea. Sólo te queda ya el ABANDONO en manos de la Providencia. Todo, no porque lo tuyo sea imposible de arreglar, que puede hacerse, si no porque la obra, por el modo y el contenido de la dirección espiritual que te imparte, no puede solucionarte.

En demasiadas ocasiones además, y viendo que aunque, “tenemos toda la farmacopea para los avances y retrocesos de la vida interior”, esa botica espiritual no basta, se acude también a la química. Muchas personas que se medican en la obra lo hacen como parte de la dirección espiritual que les da la obra: guarda la vista, evita tal compañía y tómate esta pastilla dos veces al día.

Me gustaría ayudar a mucha gente que sufre en su carne y en su alma una dirección espiritual predeterminista (precocinada en lo que es o no es de nuestro espíritu, derecho y praxis) en sus consejos, sin adaptarse en realidad a las necesidades del individuo y sin poder dar auténtica solución a muchos temas.

La obra, no lo olvidemos, es la obra quien quiere llevar la dirección espiritual de los miembros aunque luego cada uno hable con su director o cura de turno; y la obra se ofrece a sí misma un margen de maniobra estrechísimo a la hora de dar consejos y, frecuentemente lo hace pensando primero en sus intereses institucionales (de modo que todos puedan sentirse “dichosísimos” sacrificándose para que la obra se realice).

Por poner ejemplos, refirámonos al caso que relata Buenladrón, 18 años de caídas frecuentes, poca autoestima… yendo de mal en peor. Si el celibato es un don de Dios como dice la Iglesia y mantiene la obra, está claro que hay personas que no reciben ese regalo y cabría plantearse por parte de los directores de Buenladron si él lo había recibido o estamos empeñándonos pese a quien pese en que sea célibe. Nadie puede en la obra decirle “mira, lo tuyo no es el celibato ni ser numerario, ¿por qué no te planteas dejarlo o pasar a supernumerario? ya que si según parece, el espíritu del opusdei te ayuda en tu vida en muchos otros aspectos y no en este… Ya se ve que tienes grandes dificultades en esta materia y estar más libre para manifestar tu afectividad y entablar relaciones normales con el otro sexo, podría ayudarte”.

No, aunque una propuesta de este tipo parecería lógica en una persona que lucha, tiene buena voluntad y, pasados muchos años sigue erre que erre, la dirección espiritual que te da la obra no puede ir por este camino ya que lo primero es que la institución no pierda a nadie ni se vaya contra ninguno de los infinitos reglamentos, praxis y costumbres establecidos; además si ya has hecho la fidelidad como numerario, la obra no tiene más que ofrecerte en este caso que la salida, no hay nada que replantear; sería como reconocer que alguien se ha equivocado al aprobar las incorporaciones de ese sujeto en el pasado. Solo te queda coger la puerta: tú verás cómo lo haces y cuándo.

La obra no es libre al dirigir las almas ni su dirección espiritual es una carretera ancha y expedita para dejar que el Espíritu Santo sople en cada alma, detectar donde te lleva y secundarlo en su acción; dicen que es así, porque verdaderamente no puede ser otra la dirección espiritual tal como se entiende en la Iglesia, pero ellos no la viven así. No, para la dirección espiritual que hace la obra, el Espíritu Santo ya ha soplado todo lo “soplable” en el alma y mente del fundador; los demás tienen que ajustarse a esas inspiraciones recibidas., escritas y esculpidas. Por eso el margen de maniobra es muy pequeño en la dirección espiritual y, cuando llevas un tiempo recibiéndola, es absolutamente previsible en lo que te dirán.

Si alguien de la obra quisiera rebatir esto me podría decir que cada uno actúa como lo hace porque quiere, que somos libérrimos, etc. Me gustaría recordar que la máxima expresión de libertad que admite el fundador y, por tanto la obra, es entregarse uno entero para que sean los directores quienes te moldeen, te lleven y te traigan.

Además, por lo que sé, los cristianos que tienen dirección espiritual, acompañamiento o como queramos llamarlo, fuera de la obra, reciben unas indicaciones generales para unos campos de mejora, se les invita a participar o poner en marcha una serie de actividades, les sugieren unos libros que leer o unas prácticas piadosas orientativas: no suelen concretar hasta el último detalle cuál debe ser la vida de esa persona de la mañana a la noche. La periodicidad es mensual y no hay convivencia entre el dirigido y el director ni más nexo que las propias conversaciones o entrevistas de dirección espiritual.

En la obra, la dirección espiritual es continua –en algunos periodos de tu vida puedes tener hasta dos conversaciones semanales: director y cura, sin contar la confesión-, abarca todos los campos de tu vida; en muchos casos se da entre personas que viven y trabajan juntas en casas e instituciones de la obra. Si a esto unimos que constantemente estás oyendo hablar de perfección, santidad, etc. Y semana tras semana compruebas que no arrancas, la situación para tu autoestima se puede volver insoportable. Aunque le pase a otro millón de personas en tu centro, como no hay comunicación posible de este tipo de cosas, salvo pena de mal espíritu, te sientes lo peor de lo peor del opusdei.

Cuando terminé la carrera, me adelantaron la “preparación previa a la fidelidad” (o sea el compromiso de guardar la unidad, no murmurar de los directores, vivir la corrección fraterna a los directores y la pobreza) varios meses para enviarme de director a un centro. Pensaba yo que estaba muy tierno para eso y lo dije, pero no se consideró y… adelante. Vas y aceptas, claro ¿si no para que porras te has hecho numerario? piensas.

El marrón fue de órdago: era de los más jóvenes del centro, había poca labor, no tenía club y había que empezarlo… De todos modos lo peor eran los residentes, de los doce que vivíamos allí cuatro dejaron la obra ese año –no cuento los adscritos-. Además, a lo largo del curso la delegación nos mandó algún que otro transeúnte que venía a “morir en nuestras playas” porque venía absolutamente “pinchado” (palabra de argot que significa, flojo y planteándose la marcha).

Cada nuevo día no sabía desde donde me las iban a dar. Afortunadamente atendíamos una labor en otra ciudad y había que ir dos veces por semana. En el centro nadie, aparte de mi, tenía carnet de conducir y tiempo simultáneamente para poder atender ese lugar. Eso me permitía liberarme del agobio de estar en el despacho de dirección hablando con todo el mundo y esperando el siguiente huerto. Me iba a un sitio donde solo me tenía que ocupar de conocer gente, dar círculos y montar actividades. Era todo un relajo.

Me culpaba a mi mismo, de lo que les pasaba a los residentes: la culpa la tenían mi inexperiencia, mi falta de preparación, de santidad… falta de todo. A mi vez hacía la charla con el director de un centro de mayores cercano al que no conocía de antes, se limitaba a escuchar mis 20 minutos semanales y darme palmaditas…” tú vales muchacho”. Esta persona dejó la obra unos años después. No digo que haya relación causa-efecto entre lo que yo le contara y su decisión posterior: solo apunto el hecho de que se fue.

Como estaba empezando la moda lo de ser director profesional –moda que no ha pasado si no que se ha consolidado como práctica habitual- para lo cual tú te dedicas media jornada, cuando todos están en su “curro”, a una tarea interna y luego diriges tu labor apostólica que te han encargado. A mi me tocó ser oficial de la delegación por las mañanas, tarea en la que me aburría como una ostra. Menos mal que se dieron cuenta y solo estuve un curso.

Total que ese curso, que recuerdo con pánico, comenzaron para mí los problemas. Buenladrón, permitirás que sea más pudoroso que tú y no los concrete: te diré que son muy diferentes, no acabaron con riesgo de hacerme consumidor de “Women’s Secret”, pero igualmente frecuentes e insistentes.

El cura de ese centro, era un tipo estupendo y sensato al que le contaba mis guerras, aunque también recibía su charla con lo que compartíamos nuestras respectivas “porquerías” como hacen los drogatas con el material.

La delegación, terminado mi primer curso en ese lugar, no vio conveniente sacarme aunque conocían mi situación; es más, hicieron un balance bastante positivo del curso “porque había pitado gente”. Además se vino al centro un sacerdote recién ordenadito, extranjero él, que, como yo seguía con mi tema, me miraba cuando se lo contaba como si fuera el violador del estilete. Aunque la situación de la casa era mejor, a mi ya me había dejado “tocado” el año anterior; eso, unido a lo que el cura contó de mi en la dl [delegación], hizo que me sacaran de ese sitio.

Nunca más estuve en el consejo local de un centro: en decenas de actividades sí, pero no en un centro –lo cual es de agradecer: así Dios no podrá pedirme cuentas más que de los desaguisados conmigo mismo-. Aunque desde luego, las cosas estaban más tranquilas, no podía deshacerme de la herencia de esos cursos. Como dice Buenladron, también yo era sincero hasta el color amapola y… que no había forma. Semanalmente o más frecuentemente tenía que acudir a la confesión y a la charla… Así durante 18 años. Por cierto, por si alguien ha sido capaz de llegar hasta aquí y todavía se plantea seguir leyendo adelantaré que sí, que desde que me he ido de la obra se han terminado mis problemas. Luego, imposible no era.

Uno puede pensar que el hecho de hablar en la dirección espiritual con unos y con otros, cambiando de centro, en cursos anuales o de retiro, no ayuda a dar continuidad y conseguir dar soluciones a este tipo de problemas. Contestaré que no es mi caso. Dudo que haya mucha gente en el opus que haya hecho la charla y la confesión con las mismas personas tanto tiempo como yo. Diez años la charla y casi quince la confesión, con la particularidad que además el sacerdote me conocía desde niño.

Cuando ya llevaba unos cinco seis años con el tema y las mismas personas oyéndome el rollo, aparte de la vergüenza de volver sobre lo mismo semana tras semana o a confesarte dos veces al día en ocasiones –sí, lector yo tampoco lo veo normal, no te preocupes- los consejos se volvieron del tono ya indicado: abandónate, Dios quiere esto para ti, es la cruz en tu vida, etc. Todo menos esperanzadores.

El sacerdote, una vez al año al menos, y pretendiendo vacunarme contra la tentación de que abandonara la obra –por cierto que no era una tentación que tuviera, ni siquiera pensaba en ello entonces: solo me agotaba terriblemente ese asunto existente entre Dios y yo- me citaba a San Pablo bastante torticeramente. Venía a decirme “San Pablo en su epístola dice esto, pero para ti eso es una tentación diabólica –tal cual lo cuento-; conocí a un numerario que se lo tomó al pie de la letra y abandonó la obra”. En ese momento piensas que abandonar la obra es lo peor que te puede pasar y entonces: “¡vade retro, San Pablo!”

Por lo tanto yo sí tuve una constancia en la dirección espiritual. Ya me decían que en los cursos anuales no hablara de mi problema ¿para qué escandalizar o preocupar a alguien con quien hablaría solo 3 semanas?. En cambio en los cursos de retiro sí se lo contaba al cura: siempre. Me encantaba el momento en que el presbítero ponía cara de “¿qué hace este pibe jugando en el equipo opusdei?” y me decía que aquello estaba mal y que había que “cortar de una vez”. Como si no fuera lo que más quisiera yo en el mundo, dejar de sentirme un perfecto, total y esférico capullo!

A estas alturas os preguntareis –yo me lo preguntaba y me he contestado al irme- por qué no me invitaban a abandonar la obra. En primer lugar porque no había ningún escándalo, eran asuntos personales, –este tema es muy importante para los dires- y después porque era un “killer”, como decía el maestro Satur: donde ponía el ojo, ponía la bala, traía mucha gente por el centro, pitaban muchos de los que trataba, daba tres-cuatro círculos semanales, me comía centenares de actividades lúdico-espirituales; Si me había entregado era para ese tipo de cosas, quería seguir en el opusdei y hacer lo posible por extender su espíritu.

Viendo que no se enderezaba el asunto a base de consejos, el sacerdote me animó a visitar a Manolo Alvarez. Este es un numerario sevillano, médico, no psiquiatra, que recibía a gente de la obra que podían necesitar, literal, ”una ayuda química en su lucha interior”. Debo decir que vi a Manolo dos veces en mi vida y me parece un tipo simpático, que sabe escuchar y que pretende ayudar a la gente de esta manera. La primera vez que le visité fue en Torreciudad –coincidimos en algo- y yo no tenía mucho más de 30 años.

Me recetó Seroxat –antidepresivo- y orfidal e ir a verle cada 3 meses. Por mi formación y experiencia siempre he sido muy escéptico con la farmacología y con psiquiatras y psicólogos –por estas culpas pido perdón y penitencia-; jamás he tenido tendencia ni episodios de depresión ni entonces ni en los momentos más negros –por cierto fueron cuando finalmente me marché y me quedé más tirado que una colilla en muchas cosas- y dormía como un lirón. Con lo que, viendo que la situación no remitía, acabadas dos cajas dejé de tomarlo. A Manolo ya digo que le vi otra vez que coincidimos en algo, se reafirmó en su diagnóstico y receta y yo en mi escepticismo.

Llegados a este punto de la narración podéis amonestarme diciendo –aparte de que corte el rollo- que cómo iba a mejorar si no tomaba las medicinas. Como ahora SI ha desaparecido del todo la dichosa cuestión, tras mi marcha y sin ninguna medicina es cuando puedo decir que lo que ha cambiado mi vida es cambiar de vida y abandonar esa rigidez infame. Eso ha mejorado definitivamente mi relación con Dios. Pero lo dejo para el corolario –si os atrevéis a llegar-.

De vez en cuando en la dirección espiritual, cuando el problema era más chungo o frecuente, me preguntaban por la medicación. Yo decía que no la tomaba y todo acababa en un vago “a ver si visitas a Manolo” o “cómpratela”… “hace falta receta y tal...” o algo así.

Llegué por fin a la cuarentena -por edad, no vía sanitaria- y me fui a un centro de mayores. Allí conocí en todo su esplendor el mundo de las enfermedades psíquicas: la depresión, los terrores nocturnos, conocí a personas que pasaban temporadas todos los años en la planta psiquiátrica de Pamplona… y di gracias al Señor por no haber tomado aquellas medicinas. En mi centro había 5 personas medicadas por distintos motivos. En el siguiente centro de mayores que estuve, casi una tercera parte tomaba psicofármacos y otras lindezas.

Fue en esta época donde ya sí tuve varios directores espirituales, los cuales tampoco sabían qué hacer conmigo y mi problema. Uno de ellos, pensando que la cosa iba a mayores, me volvió a llevar al psiquiatra. Por cierto, este director rompió su secreto natural conmigo, ya que le pedí que no contara algo a la delegación porque no creía que fuera a solucionarse el problema, antes lo contrario. Él no me hizo caso y lo contó “para quedarse tranquilo”, según me dijo cuándo le pedí explicaciones. Por desgracia tenía yo razón y el problema se complicó gracias a la “delicada” intervención de la delegación, manual en mano.

Pues bien este muchacho decidió que volviera al psiquiatra. Viajamos a Madrid para visitarme en la Clínica Salvia –sucursal en Madrid de la clínica universitaria y casi tan cara como ésta- por un psiquiatra que era numerario. Mi director estuvo presente en la entrevista, cosa que hubiera preferido no hiciera; no por nada, pues no iba a contar nada que no supiera, por aquello de que somos adultos. No recuerdo su diagnóstico, probablemente porque sería el mismo de Manolo. Me recetó otra cosa distinta –creo que lo mismo pero de otra generación más moderna- y quedamos que iría a verle para ajustar dosis.

Cambié de centro, me alejé del director chivato y no volví nunca al médico. De todas maneras, en la última conversación con un director de la delegación, antes de abandonar la obra, me dijo algo parecido a “ya sabes que tienes este problema; si quieres llevar una vida normal tendrás que tomar la medicación y seguir yendo al médico”. Como comprenderéis no le hecho ningún caso.

Debo decir también que, aunque los seis meses después de mi marcha de la obra fueron los más duros de mi vida por diversos motivos, el principal problema que tenía, ese que desde mi punto de vista me alejaba de Dios y dificultaba mi amistad con Él, ese problema fue desapareciendo hasta esfumarse del todo hace ya tres años; ni siquiera me acuerdo de él.

Me parece que la dirección espiritual de la obra no tuvo la libertad de decirme: vete, te estás haciendo daño. Prefieren que seas tú el que lo hagas y cargues con la culpa. Pues bien, a mi me ha funcionado; me he ido, se ha arreglado y soy feliz. Tú puede que dudes, que pienses que aun yéndote puede que tu problema te acompañe luego. Ahí está el testimonio de Buenladron y aquí tienes el mío; tú verás.

Lo que sí te digo y puede que te suene mi inspiración es, conocerás varios prelados-presidentes-del-opusdei, vicarios decenas, personas para recibir tu confidencia, centenares y curas miles, pero a la hora de presentarte ante Dios sólo tú darás cuenta de lo que ha sido tu vida y del estado de tu alma.

Es muy certero el consejo de Escrivá, hay que comenzar y recomenzar millones de veces, hacer de hijo pródigo; para mi la página más hermosa del Evangelio. Pero hay que atreverse a hacerlo con más radicalidad de la que aquél aconsejaba. Escrivá decía que comenzar y recomenzar era entregarse de nuevo y abandonar muchas cosas que todavía no se habían entregado; lo que nunca dijo, porque él y sus sucesores se reservaron el derecho de admisión o rechazo de las personas en la obra, fue que no en pocas ocasiones ese recomenzar supondría abandonar muchos aspectos de la vida en el opus que atenazan a la persona o incluso la propia pertenencia a la organización, para de verdad cambiar y mejorar en su vida. También en su vida de santidad.

Me parece que esta decisión deberían tomarla muchas persona, cuando el problema se prolonga y comienza a aparecer la química en su dirección espiritual. Pero claro, esto solo lo digo basándome en mi experiencia particular, la teoría que se predica en la obra es otra.




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