Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, Roma, 2001/Contenido de la confidencia

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CONTENIDO DE LA CONFIDENCIA


Contents

Aspectos generales

Quien ha recibido el encargo de atender las charlas fraternas de otros fieles de la Obra debe tener muy presente los temas que se han de tratar, los requisitos para obtener el mayor fruto posible de este medio de dirección espiritual, y los defectos que deben evitarse con el fin de hacerla bien.

El Catecismo de la Obra indica que:

«1) antes de hacerla hay que persuadirse de sus ventajas y de su necesidad;

»2) durante la charla fraterna se ha de hablar con sencillez, humildad y confianza, y se han de aceptar los consejos como si vinieran del mismo Jesucristo, Señor Nuestro;

»3) después de la Confidencia, hay que dar gracias a Dios, grabar en el corazón los consejos recibidos y tratar de ponerlos en práctica»[1].

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Además, para obtener los mayores beneficios de la charla, «es menester desearla ardientemente y examinar en la presencia de Dios los puntos que se deben tocar»[2]. No es necesario, por tanto, que en cada conversación se hable de todos y cada uno de los aspectos indicados en el Catecismo -que se expondrán en el apartado sucesivo-, ni que se haya de seguir siempre un esquema fijo, como si se pretendiera encapsular la riqueza de la vida corriente en moldes.

A la charla se va con el firme propósito de dar a conocer las reales y fundamentales disposiciones de fondo que nos mueven, y por las que atraviesa nuestra alma en cada momento de la vida. Por eso, se prepara teniendo presentes los temas dominantes de la lucha ascética del periodo que media entre las dos últimas Confidencias: la charla ha de entenderse como algo vivo, que dispone al alma para recibir las gracias convenientes con el fin de avanzar en el personal camino de la vocación cristiana.

La distinción entre aspectos que deben ser tratados y otros de los que es oportuno hablar, obedece a la libertad y buen espíritu con el que se ha de acudir a la conversación fraterna. En todo caso, ha de quedar claro que quien recibe la charla no puede pedir cuenta de conciencia, sino que debe ayudar a que la sinceridad plena de quien la hace nazca del convencimiento de que sólo así se asegura la fidelidad y la felicidad. Ésta es parte de la labor de los que forman: persuadir de sus ventajas para el desarrollo de la vida interior y de su necesidad para la perseverancia, de modo que todos la busquen y aprendan a examinar en la presencia de Dios las cuestiones que desean comentar, con plena libertad de espíritu.

El Catecismo de la Obra señala, también, otros puntos en los que conviene estar vigilantes para que no se introduzcan manifestaciones de «falta de sentido sobrenatural», que terminarían por convertir esta

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práctica «tan santa y eficaz» en «un medio simplemente humano»[3]. En concreto, es preciso excluir de la Confidencia los siguientes defectos:

«1) la locuacidad, porque es preciso hablar con humildad y brevemente;

»2) referir con complacencia las propias virtudes o trabajos, para recibir alabanzas;

»3) decir las penas que puedan tener, en son de queja, para que les compadezcan, porque esto muchas veces es señal de orgullo;

»4) aceptar los consejos tan sólo para aprender y no para mejorar, lo que indicaría falta de verdadero afán de santidad»[4].

Contenido habitual de la charla fraterna

En el Catecismo de la Obra se especifican los temas de los que se debe hablar y los que pueden ser materia de la Confidencia. En concreto, «se trata:

»1) del cumplimiento de las Normas y Costumbres;

»2) de la realización de las labores apostólicas, y en especial del encargo apostólico concreto;

»3) del empeño por santificar el trabajo, santificar a los demás y santificarse con el trabajo;

»4) y de la ejecución de las tareas encomendadas por el Consejo local.

»Si se desea hacer la Confidencia con la máxima sencillez, que es señal indudable de buen espíritu y ayuda a progresar en el camino espiritual, convendrá tratar también:

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»1) de cuanto se refiera a la fe, a la pureza y a la vocación;

»2) del modo de cumplir las Normas y, de manera especial, de la Santa Misa, de la oración, de la mortificación y de los exámenes de conciencia;

»3) del amor a la Santa Iglesia y a la Obra; de la petición por el Romano Pontífice y por los Obispos en comunión con la Santa Sede;

»4) del espíritu de filiación a nuestro Fundador y al Padre, de fraternidad y de proselitismo; de las preocupaciones, tristezas o alegrías;

»5) de la oración y mortificación por el Padre y por todos los miembros de la Obra.

»Y todo con brevedad y humildemente»[5].

Aunque puede ser habitual que no se converse en la misma charla de todos estos temas, sino más bien de los puntos destacables en un determinado periodo, es también importante que tanto el que hace la charla como el que la recibe consideren si se van comentando periódicamente todos los argumentos. Así se podrá asegurar que la dirección espiritual alcance a cada uno de los aspectos de la vida ascética de un fiel del Opus Dei. A continuación, se recuerdan algunos de estos puntos, con orientaciones concretas.

Modo de cumplir las Normas, en especial, la Santa Misa, la oración, la mortificación y los exámenes de conciencia

Para ir adelante en el camino del Opus Dei, nuestro Fundador nos dejó unas precisas Normas de vida y unas Costumbres, que son manifestación de la Voluntad de Dios para nosotros. Estas Normas y Costumbres constituyen los medios mediante los que podemos alcanzar

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vida contemplativa[6] en medio de la calle, en el trabajo ordinario, en la vida en familia y en cualesquiera circunstancias personales: Todos, en la Obra, tenemos la gracia de Dios especial y suficiente para vivir con delicadeza nuestra dedicación a Dios en el mundo. En la calle tenemos nuestra celda, y en la calle somos contemplativos: basta cumplir con delicadeza las Normas, concretas y amplias a la vez, que se pueden observar -se adaptan como un guante a la mano- en cualquier ambiente[7] .

Las Normas no obligan bajo pecado; sin embargo, su incumplimiento constituiría, una falta -incluso grave-, si significara desprecio formal por el camino, ocasión de escándalo o desvirtuación de la entrega. A la inversa, nuestro Padre aseguraba la perseverancia final al que las cumpliera: Si las cumplís, tenéis la garantía de perseverar, porque son como la mano de Dios, que -aunque caigáis- os sujetará paternalmente, para que no os descaminéis: 'iustus, cum ceciderit, non collidetur: quia Dominus supponit manum suam (Ts. 'XXXVI, 24)[8].

No se trata sólo de decir si se han cumplido o no todas las Normas, de quedarse en un mero cumplo y miento. Hay que hablar del modo como hemos buscado el amor de Dios en las Normas: si hemos

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sido piadosos y puntuales, si las hemos hecho con cariño y esfuerzo, las causas de posibles retrasos o incumplimiento, etc.[9]

Es natural que nos detengamos en la charla en el empeño que ponemos para que la Santa Misa llegue a ser el centro y la raíz de la vida interior, cada día[10]. Conviene señalar la devoción con que se viven las diferentes partes, la atención que ponemos en seguir las rúbricas, las industrias humanas que concretamos para sacar todo el provecho posible de la acción litúrgica: adorando a la Trinidad Beatísima, dando gracias, pidiendo y reparando; los medios empleados para que los diez minutos de acción de gracias después de la Misa estén llenos de delicadezas con el Señor; y cómo es la preparación remota del Santo Sacrificio, especialmente a través de las Normas de siempre y del tiempo de la noche, que tanto ayudan a luchar por ser almas de Eucaristía.

En relación con la Santa Misa, se puede tratar también de una de las propiedades esenciales de la filiación divina: el alma sacerdotal[11], como fuente unitaria del dinamismo de la vida espiritual en el camino de identificación con Cristo. El cristiano, decía nuestro Padre, ha de servir a Dios no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en

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un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida[12]. Por el sacramento del Bautismo, como piedras vivas, hemos sido incorporados a Cristo, en orden a un sacerdocio santo, y deputados para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo[13]. En unión con el sacrificio de Cristo, que se hace presente de modo sacramental en la Santa Misa, los cristianos podemos dar un verdadero sentido sacerdotal a toda la existencia[14], de modo que las obras del cristiano adquieren valor de eternidad[15].

Sobre la oración, hay que ver si es auténtica oración de hijos de Dios que hablan cara a cara, sin anonimato, personalmente, como se habla con un amigo, con un hermano, con un padre amantísimo que está loco por sus hijos[16]. Oración viva, hecha de diálogo personal que nace -muchas veces- de las incidencias de la jornada: alegrías, tristezas, acontecimientos del apostolado, trabajo y descanso, aspectos de la fraternidad...: todo puede ser motivo para hablar con el Señor.

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De ahí surgirán los propósitos -con frecuencia pequeños, concretos- que dan el tono a la lucha de cada día por alcanzar la santidad.

El que recibe la charla ha de saber valorar si la oración influye eficazmente en la vida real, en los quehaceres acostumbrados de las personas que dirige espiritualmente; si constituye un momento privilegiado de búsqueda activa de la presencia de Dios; si lleva a la conversión personal, a la purificación y al desagravio, a la rectificación de conductas menos acertadas, a pedir perdón al Señor y a otras personas a las que se ha podido ofender con un determinado comportamiento; si tiene contenido apostólico; etc.

La oración debe ser origen de disposiciones ante la vida -generosidad para la entrega, para recibir los hijos que Dios mande, etc.-, y de comportamientos que ayudan a entender cuáles son los motivos de fondo que mueven a las personas: si tienen deseos de estar a solas con Dios, para conocerle más, para tratarle con mayor intimidad, para entender con más hondura su amabilísima voluntad; y, por tanto, si se ponen los medios para empezarla con puntualidad o para adelantarla si se prevé que habrá dificultades, para hacerla en el lugar más apropiado, etc. De modo semejante, la falta de verdadera oración en algunos casos se manifestará en actitudes de escasa visión sobrenatural ante los acontecimientos de la vida, desaliento ante las dificultades, desgana para recomenzar la lucha, falta de fortaleza para terminar bien el trabajo profesional o apostólico, etc.

En definitiva, se trata de conseguir que lleguen a ser almas de oración, porque sólo así se puede ser contemplativos en las ocupaciones cotidianas, y esto es lo único verdaderamente necesario[17]: la fe pone en juego la oración, la oración da el incremento a las obras, y las obras constituyen la perfección de la fe[18]. De aquí la importancia de la

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oración, que es como el cemento de la unidad de vida, sin la cual -a su vez- es imposible "hacer el Opus Dei".

Por lo que se refiere a la mortificación, hay que asegurarse -en los más jóvenes especialmente- de que entienden que es imprescindible para llegar a la plena identificación con Cristo[19]. Sin mortificación es muy difícil que pueda haber oración. La mortificación prepara a la oración[20]; y es senda para morir al propio yo y hacer que el alma crezca más rápidamente en amor de Dios, pues en toda situación hemos de buscar obrar por amor de Cristo y no por amor a la propia conveniencia[21]. La mortificación ayuda a responder con prontitud y generosidad a los planes de Dios, sobre todo cuando pide sacrificios concretos -pequeños deseos del amor propio, de apegamientos a juicios o los propios talentos, de comodidad, etc.- para unirnos más a Él[22].

Se entenderán entonces las palabras del Señor: mi yugo es suave y

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mi carga ligera[23]. No se trata sólo de exigir una lista de mortificaciones[24] como de vivir un auténtico espíritu de penitencia[25], que lleve a buscar positivamente la expiación en la vida ordinaria, aceptando por amor las contrariedades que puede llevar consigo el cumplimiento de los deberes de la personal condición o estado, los sufrimientos físicos o morales que lleva consigo la vida ordinaria, el cuidado de la familia, el cansancio en el trabajo, etc., o las pruebas -del alma y del cuerpo, interiores y exteriores- que el Señor quiera enviar, viéndolas como una oportunidad de mayor unión con El[26].

De hecho, en la práctica cristiana, la lista de mortificaciones pequeñas constituye también una preparación para aquellas otras no esperadas, quizá más penosas de recibir[27]. En todo caso, sin una mortificación externa habitual, hecha de pequeñas renuncias será casi impo-

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sible vivir la penitencia interior[28], mucho más difícil de reconocer y de aceptar porque el yo impide ver con claridad: Sabéis, como yo que lo que más cuesta es vencer la vanidad y la soberbia, porque el orgullo ciega, y es como fuente malsana, de donde proceden todas nuestras miserias. Luego es especialmente ahí donde debemos vigilar[29]. Es todo lo que hace referencia al juicio crítico no tamizado por la caridad ni la corrección fraterna, al resentimiento por desaires no perdonados, a indicaciones no asumidas -porque no se terminan de entender o porque uno no quiere enmendarse; incluso respecto a temas opinables, o a decisiones prudenciales que se podrían haber solucionado de otra manera-, etc. En el fondo, si faltara esta mortificación, en la que entran en juego todas las virtudes y las disposiciones más íntimas, se estaría obstaculizando seriamente la acción de la gracia[30].

Los exámenes de conciencia -los tres momentos de examen[31]-son muy necesarios para progresar en la unión con Cristo. Decía nuestro Padre: el examen lo han hecho siempre todas las criaturas, que han tenido discernimiento e interés, por cosas de Dios o por cosas de la tierra[32].

Con una cierta periodicidad conviene comentar cómo se hacen los exámenes de conciencia. Y esto porque el examen, como las demás Normas, ha de adaptarse a la vida de cada uno como el guante a la

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mano, así que, el modo de hacerlo dependerá de las circunstancias por las que atraviese la lucha interior en cada periodo[33]. No es sólo cuestión de usar o no la hoja de Normas (que a veces puede ser muy conveniente), sino de hacer a conciencia el examen de conciencia, siempre[34], sin soslayar ningún aspecto de nuestra entrega, para que -con la ayuda del Espíritu Santo- podamos discernir los puntos de amor propio, los pecados de acción y omisión, las faltas de presencia de Dios durante el día, etc. Y demos gracias al Señor por su continuo desvelo de Padre. Característica importante de los exámenes es que sean sinceros, humildes, profundos, con verdadero dolor y deseos de rectificar, que se manifestarán en propósitos concretos de mejora.

Como es lógico, siempre se prestará especial atención al examen particular, que debe ser un lugar vivo de lucha y bien elegido, que responda a las necesidades reales de cada uno. Se procurará ayudar a enlazar el examen general y el particular, de modo que se centre derechamente en lo que más precise el alma en cada momento: una virtud determinada, arrancar un defecto que predomina, mejorar un determinado aspecto de una Norma o de una Costumbre, etc. Es normal que el que hace la charla sugiera con iniciativa temas para el examen particular.

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Trabajo: santificarlo, santificarse, santificar a los demás

Nuestra actuación es, como veis, en todo plenamente laical: porque es la misma que la de los demás ciudadanos, aunque, con la ayuda de la gracia divina y con nuestra correspondencia a la gracia, se haya elevado al orden sobrenatural. Se lleva siempre a cabo en el ámbito de las actividades temporales, para que todas las almas en medio del mundo se unan más entre sí y con Dios, y así pongamos a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann. XII, 32). Y esto porque somos instrumentos de Dios, para cooperar en la verdadera consecratio mundi; o, más exactamente, en la santificación del mundo ab intra, desde las mismas entrañas de la sociedad civil; para que se cumpla lo que dice San Pablo: instaurare omnia in Christo (Ephes. I, 10)[35].

El trabajo es el quicio de nuestra santidad y afecta a toda la vida espiritual y al apostolado[36]. En la charla se debe hablar de cómo se trabaja y se aprovecha el tiempo, buscando la perfección humana y sobrenatural, cuidando las cosas pequeñas, y poniendo interés y empeño por alcanzar prestigio profesional, necesario para poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres[37]. La ocupación profesional es un gran campo para ejercitar todas

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las virtudes y dar ejemplo de cristianismo que desea ser coherentemente vivido.

El sentido apostólico en el trabajo ha de llevar a realizarlo con rectitud de intención, ofreciéndolo a Dios con deseos de santidad, sin buscar una realización meramente humana o por afán desordenado de autoafirmación propia. Por eso, hay que fomentar personalmente la disponibilidad para dejarlo cuando existan razones apostólicas -o de otro tipo- que lo justifiquen.

En este sentido, el que lleva la charla debe comprobar que se lucha por que haya unidad de vida: si no, se crean compartimentos estancos entre la profesión y las relaciones familiares o sociales. El trabajo ha de ser ocasión de encuentro con Cristo y de servicio a las almas: Toda nuestra preparación intelectual y humana, hijas e hijos míos, tiene una finalidad apostólica. No hay compartimentos estancos en nuestra vida, ni podemos distinguir -insisto- dónde acaba la oración ni dónde empieza el trabajo, ni dónde se encuentran los límites del apostolado. Porque el apostolado es Amor de Dios que se desborda, dándose a los hombres; y la vida interior contemplativa es clamor de almas; y el trabajo, un esfuerzo sostenido de abnegación, de caridad, de obediencia, de comprensión, de paciencia y de servicio a los demás[38]. Por consiguiente, el hecho de que una cuestión de carácter profesional (cultural o social, etc.) sea opinable, no significa que haya de defenderse como un "coto cerrado", donde no tenga acceso la luz de la gracia a través de los medios de dirección espiritual.

Es importante que se cuide la formación profesional de las personas que se acercan a la Obra, primero, procurando que hagan bien los estudios civiles, trabajando con profundidad e intensamente; y después, cuidando de que sigan formándose permanentemente para llegar a ser profesionales de prestigio que luchan por trabajar bien y con

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sentido moral. El Director ha de tener la preocupación del futuro profesional de las personas que dependen de él, aconsejando a los más jóvenes, ayudando a que completen su preparación con estudios y lecturas de calado humanístico cristiano, etc.[39]

Una parte esencial de la lucha por santificar la profesión y santificarse en la profesión es vivir de modo cabal las exigencias de la justicia y de la caridad en las relaciones laborales, siendo modelo de honradez cristiana. Esto requiere, entre otras cosas, el conocimiento de los deberes deontológicos del propio oficio, especialmente en aquellos casos en que puede ser más difícil el respeto de las normas morales[40].

Las personas que se dedican a trabajos internos han de realizarlos con mentalidad y dedicación profesionales. En la charla hay que preguntar si se pone el mismo interés y responsabilidad que se pondrían en otra ocupación; sin sensación de "provisionalidad", con espíritu de sacrificio e iniciativa para sacar adelante esos encargos.

Todos han de guardar el natural silencio de oficio en lo que afecte al desempeño de su trabajo. Por eso, nunca se desciende a detalles técnicos, que no forman parte de la materia de dirección espiritual[41]. Los Directores jamás intervienen en asuntos temporales, de contenido

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laboral, social o político, de los fieles de la Obra, y siempre tienen presente que cada uno goza de completa libertad para elegir -según su conciencia bien formada y con personal responsabilidad- los criterios que juzgue más oportunos en el desenvolvimiento y resolución de las cuestiones profesionales y laborales, dentro de la fe y la moral católicas. Los fieles de la Prelatura se refieren a su trabajo, en la charla fraterna sólo en cuanto se relaciona con su vida interior y su tarea apostólica.

Si alguna vez un fiel de la Obra pidiera un consejo profesional en la Confidencia, se le recordaría inmediatamente que esas cuestiones no son propias de la dirección espiritual. Por este motivo, el que lleva la charla fraterna no enjuicia nunca la eficacia de un determinado trabajo; sólo sabe, y no para comunicarlo a nadie, si esa persona procura realizarlo con rectitud de intención, convirtiéndolo en medio de santificación propia y ajena[42]. En todos estos casos, puede tenerse siempre una conversación fraterna sincera sin descender a esos detalles: se habla del modo en que se trabaja, sin tratar del objeto del trabajo.

Fe, pureza y camino

La llamada divina exige de nosotros fidelidad intangible, firme, virginal, alegre, indiscutida, a la fe, a la pureza y al camino: el que persevere hasta el fin, será salvo (Matth. XXIV, 13), fieles hasta el último momento, y así seremos santos[43].

Fe, pureza y vocación son tres puntos fundamentales sobre los que se apoya, de modo decisivo, la construcción de la santidad en la vida de los fieles de la Obra. Al que es fiel, sin quiebra, en estos tres

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aspectos, el Señor le concederá la felicidad en esta tierra y el premio en el Cielo[44].

La charla debe mostrar si se vive realmente de fe, si es operativa[45]: la confianza en Dios con que se reciben los diversos acontecimientos, la visión sobrenatural con que se obedece, la seguridad y audacia en el apostolado, etc. Una fe que se apoya en la conciencia de la filiación divina y va emparejada con la búsqueda amorosa -presencia de Dios en toda circunstancia- del Señor a través de las Normas de siempre: actos de contrición, de desagravio, jaculatorias, comuniones espirituales... Fe y presencia de Dios se alimentan mutuamente: la fe ha de mover a la oración continua y confiada, y la oración se apoya en la fe y al mismo tiempo la nutre y fortalece.

También conviene señalar la actitud de fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia. Algunas manifestaciones concretas de esto son el modo como se realizan los estudios de filosofía y teología previstos, el esfuerzo por profundizar en las cuestiones de actualidad que tienen que ver con la fe y la moral, el acatamiento de los criterios establecidos sobre lecturas con implicaciones doctrinales y morales, etc. En definitiva, si hay unidad entre doctrina y vida, precisamente, porque la doctrina informa profundamente la vida en todos sus aspectos[46].

Las materias relacionadas con la santa pureza se tratan con sentido positivo y delicada educación, pero con claridad y, si es necesario, con sinceridad salvaje[47]. Hay que evitar la "psicosis" obsesiva so-

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bre este tema, al mismo tiempo que se asegura que los más jóvenes tienen ideas claras sobre la sexualidad humana y sobre las exigencias del sexto y noveno Mandamientos de la Ley de Dios: la vocación a la castidad[48]; qué son y como se presentan las tentaciones; las ocasiones de pecado; pecado venial y mortal; voluntario directo, indirecto y en causa; diferencia entre sentir y consentir; condiciones para la Comunión y Confesión.

La lucha en este terreno, como hemos aprendido de nuestro Padre, está en estrecha relación con el amor a Dios, fundamento de todas las virtudes. Por eso, la mejor defensa contra las tentaciones y el mejor modo de ser cada vez más delicados en esta virtud es mantener una honda vida de piedad, luchando por cumplir fielmente las Normas[49]. Es también ese amor, el que lleva a actuar en la vida social con un incisivo apostolado -comenzando por el ejemplo de una vida coherente; con comprensión, cuando sea preciso, sin juzgar a las personas, pero sin transigir en comportamientos que desdigan de las exigencias de la fe-, para devolver al mundo el ambiente cristiano que da esta virtud, que hace a los hombres recios y señores de sí mismos, les da optimismo, alegría y fortaleza; les acerca a Jesucristo, Nuestro Señor, y a nuestra Madre Santa María; y es condición indispensable para nuestro servicio a la Iglesia y a las almas[50].

También, a propósito de esta virtud, es fundamental enseñar a querer a Dios y a los demás, con corazón grande; a formarse una conciencia delicada, que no hay que confundir con los escrúpulos; la guarda del corazón y de los sentidos, con naturalidad; la custodia de la imaginación y de la memoria; y todo lo que tiene que ver con espectáculos, lecturas, y trato con personas del otro sexo, especialmente las

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colegas de trabajo y la familia natural[51]. Por eso, hablar de pureza en la charla fraterna no supone, como es lógico, decir algo negativo, sino sobre todo qué medios se ponen para crecer en esta virtud, cómo se encomienda a los demás, etc.[52]

Es preciso explicar[53] que si una persona busca compensaciones en materia de castidad se está incapacitando para tener verdadera vida contemplativa[54]: no hay términos medios, al menos en cuanto a las disposiciones, aunque en la práctica haya fallos. Con frecuencia, en

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muchos ambientes se trata de desfigurar esta virtud, bajo capa de una falsa naturalidad y espontaneidad, de estar al día, etc.; ceder a ese engaño sería hacer el juego al enemigo de Dios y de las almas: lo verdaderamente natural en la persona es la reserva de la propia intimidad -a quien no tiene derecho sobre ella-; y el pudor es la virtud que la custodia y la protege[55].

Para afrontar algunas cuestiones de templanza y desprendimiento de los bienes terrenos relacionados con la virtud de la santa pureza es preciso ir a fondo en los planteamientos, y considerar que el fin que da razón de toda nuestra vida -también en lo que se refiere a aspectos pequeños o que pueden parecer intrascendentes- es la búsqueda sincera de la identificación con Cristo. Al mismo tiempo, hay que tener presente que la santidad no se alcanza sin esa libertad de espíritu que tienen los hijos de Dios y que el mismo Cristo nos ganó desde la cruz[56].

A este respecto es bien claro el criterio que nos dejó nuestro Padre: Hijas e hijos míos: escarmentemos en cabeza ajena. No nos fiemos jamás de nuestra opinión. Aunque pasen los años y se cuenten por decenas los de fiel perseverancia, ¡no os fiéis!: estad alerta sobre vosotros mismos, y ayudaos mutuamente. Hemos de luchar hasta que nos muramos. Os lo volveré a recordar: lo que es una mancha para un hombre joven, mancha también a un viejo; no penséis nunca que a nosotros ya no nos causan perjuicio ciertas concesiones[57]. Y por esto, como deseamos hacer uso de la libertad únicamente para amar al Señor y a los otros, cada vez hemos de querer con más eficacia los medios que contribuyen a mantener encendido ese amor.

No ha de extrañar que, a veces, al hombre viejo le cueste dejarse guiar, y experimente una reacción de rebeldía, o piense que se limita

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su libertad, su autonomía, su condición de persona adulta -son tentaciones-; o que las pasiones, más o menos solapadas, busquen el respaldo o la justificación de la libertad. En esos momentos, los Directores han de estar atentos para que todos graben de manera indeleble en la inteligencia que las exigencias de la vocación cristiana en la Obra son el camino que el Señor nos marca para que expresemos la propia libertad. Por esto, no tendría sentido que los que llevan la dirección espiritual se dejaran condicionar por una falsa prudencia: tienen el deber de ayudar a los demás a corresponder heroicamente al amor divino, y han de advertir con fortaleza los posibles peligros y tentaciones que se pueden y se deben evitar.

En ciertos casos, algunas circunstancias de la vida pasada pueden tener influencia actual. El camino para superar esos errores no es "olvidarse", como deseando que "nada hubiera ocurrido", o "quitarles importancia", como si fueran normales; sino, la sinceridad, la lucha humilde -que cuenta con la gracia de Dios[58]-, y el recurso al sacramento de la Penitencia, cuando sea el caso. El que recibe la charla no puede juzgar con ligereza o superficialidad estas situaciones: buscará -si es oportuno- el consejo del sacerdote, y tendrá presente que siempre la mejor ayuda es la Confesión[59].

Al dar consejos relacionados con esta virtud, se recordarán los medios de que disponemos para vivirla: el recurso confiado y humilde a la Santísima Virgen; la mortificación de los sentidos, especialmente de la vista, aun en cosas indiferentes; no dejarse engañar por la imaginación que pinta con colores atractivos situaciones corroídas por la

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mentira; el aprovechamiento del tiempo con un trabajo intenso; vivir muy bien el tiempo de la noche, etc.

Al tratar de la vocación no basta con decir simplemente si ha habido tentaciones -que, por lo general, sucederá pocas veces-; hay que mantener una lucha positiva por el crecimiento en la virtud sobrenatural de la fidelidad. Esto ayuda a descubrir las causas de posibles faltas, cuando las haya[60]. Pero, lo habitual será hablar del agradecimiento al Señor por el don recibido: la justicia y lealtad con Dios que nos ha llamado, y por El, con la Iglesia, con la Obra, con nuestros hermanos, con las almas. Así, aparecerán otros aspectos relacionados con la fidelidad a la vocación, como posibles apegos desordenados a la familia, a la profesión, a gustos o aficiones, etc. La vocación debe representar en la vida de cada uno la "armadura" para la lucha y el "argumento decisivo" frente a cualquier tentación contra la perseverancia [61].

Es importante tener siempre en cuenta que el compromiso de amor por el que nos unimos a la Obra genera un vínculo que se formaliza mediante una declaración de carácter contractual, que nos obliga a una dedicación plena y total a los fines de la Prelatura. Compromiso firme y estable con un contenido teológico, moral y ascético bien preciso que tiene todo el vigor y la obligatoriedad de un compromiso

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vocacional y que comporta serias y graves obligaciones, en el que se empeñan enteramente tanto nuestra honradez de cristianos, como la fidelidad que se debe a una llamada específica recibida de Dios. Las consecuencias derivadas de este compromiso, obligan en la conciencia y en el fuero externo.

Amor a la Iglesia y a la Obra

El amor a la Iglesia se ha de manifestar, en primer lugar, en oración y mortificación generosas, y en un interés real por la vida de la Iglesia, pues cada cristiano incorporado a Cristo forma parte de su Cuerpo Místico[62]. Este amor se concreta también en un verdadero afecto por todas las instituciones que trabajan en su favor: rezamos por la eficacia de sus apostolados y huimos de todo lo que pueda sonar a desafecto o murmuración, pues todo reino dividido contra sí mismo queda desolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir[63].

Conviene señalar en qué momentos se reza por el Romano Pontífice, por su persona y sus intenciones, como hijos fieles. Y por los Obispos, hacia los que sentimos una veneración y un respeto que excluyen el más ligero asomo de crítica o de comentario negativo.

El amor a la Obra se muestra, entre otras cosas, en el modo de asumir los encargos apostólicos que nos confían los Directores; y en cómo se sienten propios los apostolados que realiza el Opus Dei[64], en la ilusión humana y sobrenatural por la expansión apostólica en el propio lugar de residencia y en todo el mundo, en las iniciativas per-

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señales para dar a conocer a nuestra Madre Guapa, y -si en alguna ocasión fuera necesario- en el modo de defenderla[65].

Espíritu de filiación y fraternidad: unidad con el Padre y los Directores

Se trata de una consecuencia directísima del amor a la Obra: En tu empresa de apostolado no temas a los enemigos de fuera, por grande que sea su poder. -Este es el enemigo imponente: tu falta de "filiación" y tu falta de "fraternidad"[66].

En primer lugar, convendrá puntualizar la devoción a nuestro Padre -y a don Álvaro- en la propia vida interior. De este modo, en el apostolado de amistad y confidencia, será espontáneo explicar cómo se acude a su intercesión, para pedirle ayuda en la lucha y en las cosas ordinarias de cada día.

La filiación al Padre, que es identificación efectiva y afectiva hacia su persona, con la consiguiente responsabilidad de ser "buenos hijos", se muestra en la actitud con que se reciben las indicaciones que vienen del Padre y de los Directores. Algunos ejemplos pueden servir de pauta para asegurar que esa unión no se queda sólo en un deseo vago: si estamos unidos a su Misa, y en el caso de los sacerdotes si la ofrecen por las intenciones del Padre, cuando es posible; el empeño por llevar a la oración y convertir en vida propia los escritos de nuestro Fundador y de sus sucesores, en especial sus Cartas; el interés en seguir las tertulias del Padre y lo que se refiere a nuestro Padre y a la historia de la Obra; la fe y prontitud con que se hacen propios los criterios y las metas apostólicas que marcan los Directores, la intención

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mensual, etc.; y, por supuesto, la oración y mortificación concretas que se ofrecen por la persona del Padre, cada día.

La frecuencia con que se escribe al Padre manifiesta también las disposiciones interiores de filiación. Si alguno se mostrara reacio, quizá se pudiera deber -aunque no siempre, naturalmente- a un cierto distanciamiento o enfriamiento del amor no sólo al Padre, sino a la Obra y a la vocación.

Respecto a la unión con los Directores, conviene tratar de la delicadeza, finura y prontitud con que se obedece, que es visión sobrenatural; si se aceptan las indicaciones concretas que se reciben, en temas como el uso de la televisión o las lecturas, manifestaciones de templanza y desprendimiento, las metas apostólicas...: si surgen posibles actitudes de rebeldía o de pasividad. Puede comentarse si se consulta corrección fraterna a los Directores, y cuáles son las causas de las posibles omisiones.

Hay que procurar darse cuenta de si alguno se siente herido por algún Director, el Consejo local, o la Comisión regional; y si admite pensamientos de tristeza interior: "no me tienen confianza", "o no me dan encargos importantes". En algún caso, puede suceder que esa persona -sobre todo si tiene ya cierta edad- se sienta "aparcada"; entonces, será preciso hacerle ver que en esos juicios hay envidia y amor propio[67]. En las situaciones difíciles, si fuera necesario, habría que hablar con la Comisión regional.

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Al tratar de la fraternidad hay que comprobar que existe preocupación concreta por la santidad de los demás: oración y mortificación diarias por todos los del Centro; detalles de caridad, de servicio y de delicadeza en el trato; si el día de guardia es un punto de referencia habitual, etc. Ese interés se plasma especialmente en la corrección fraterna: quien recibe la charla ha de saber cuánta hace esa persona, si pone los medios para hacer más, y qué motivos puede haber cuando la omite.

En todo este apartado -como también en los demás-, es muy importante que los Directores velen por la salud espiritual de sus hermanos sacerdotes, debido a la particular ejemplaridad con que han de acatar los mandatos o consejos recibidos, a la que están llamados en el ejercicio de su ministerio.

Apostolado y proselitismo

El proselitismo debe ser tema de todas las charlas; si en algún momento faltara esta preocupación, querría decir que la vida interior está comenzando a languidecer. En los posibles casos en los que se pueda observar falta de vibración, además de buscar las causas, hay que mover el corazón hacia el celo por las almas[68].

Por eso, es preciso hablar del apostolado de modo concreto: si se trata de forma habitual a 12 ó 15 personas, y qué metas se ha determinado en esa semana; iniciativas para ampliar la base de conocidos, y acercarlos a los medios tradicionales de la labor apostólica: catequesis, círculos, meditaciones o retiros, Confesión y dirección espiritual con

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el sacerdote. Ayudar a precisar un plan apostólico diario es especialmente importante con los más jóvenes. Además, se debe mencionar siempre el modo en que se lleva el encargo apostólico y la intención mensual.

Del apostolado y el proselitismo en la charla se trata siempre con fe y visión sobrenatural; es un estupendo campo para el ejercicio de la virtud de la paciencia, sobre todo si surgen dificultades o se observa una aparente falta de frutos[69].

Preocupaciones, tristezas y alegrías

En muchas ocasiones será el tema del que arrancan los otros. Nuestro Padre se ha referido de muy diversas maneras a la necesidad de manifestar claramente nuestro estado interior: No guardéis nada en el corazón. (...) Contadlo todo en la Confidencia; si no, viene el demonio mudo. Tenéis que hablar: para eso nos dio el Señor la lengua, y nos da su gracia constantemente. Hablad, hablad, hablad. Lo primero que debemos decir es aquello que no quisiéramos que se supiese. Es una regla buena, una regla de oro[70].

Las preocupaciones, a veces, pueden indicar estados de ánimo, fruto del carácter. En otras ocasiones, se deberán a problemas familiares, profesionales, etc., o estarán causadas por el cansancio o la enfemedad. Cabe también que procedan del amor propio: en estos casos puede ser que no se quiera reconocer su origen. En último término, denotan a dónde se dirigen la cabeza y los sentimientos: Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón, y más adelante, explica el Señor que de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno del

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buen tesoro saca cosas buenas, pero el hombre malo del tesoro malo saca cosas malas[71]. En cualquier caso, hay que aclarar bien qué es lo que sucede. De ordinario, la tendencia en los jóvenes es hablar poco de este aspecto, quedándose en la anécdota. En cambio, los mayores corren el riesgo de centrarse sólo en esos temas, dándoles quizá excesiva importancia, y no llegan a puntualizar debidamente la lucha de esos días.

La alegría, Norma de siempre, es medio de santidad y de apostolado; la tristeza en cambio, es aliada del enemigo. No hay que esperar "a que la alegría venga sola": hay que fomentarla positivamente, considerando el Amor que Dios nos ha manifestado y la filiación divina, y -si es el caso- el valor del sufrimiento unido a la Cruz de Cristo. Quien recibe la charla fraterna ha de poner los medios sobrenaturales y humanos para que si alguien está momentáneamente triste, aparte enseguida los obstáculos que le alejan del Señor y vuelva con espíritu deportivo a la lucha alegre y filial.

Humildad y afán de santidad

Aunque, al tratar de todos estos temas, quedará claro si existe verdadero afán de santidad, a veces conviene fomentarlo y evitar el riesgo de una posible tibieza. Algunas manifestaciones de estos deseos pueden ser: la manera en que se examina y se concreta la lucha interior, procurando puntualizar; si se habla -y cómo- de los puntos tratados en conversaciones anteriores y concretamente del examen particular y de los objetivos apostólicos; si se muestra iniciativa para que el examen particular sea vivo y esté bien elegido; cómo se aprovechan otros medios de formación, si se confiesa con puntualidad y se practica la corrección fraterna. Es también un buen termómetro de la vida interior el cuidado de las cosas pequeñas, materiales y espirituales.

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Al tratar de las tentaciones, se ha de valorar si se lucha eficazmente contra ellas, con la confianza puesta en los medios sobrenaturales y en la acción del Espíritu Santo que es quien obra la santidad en las almas. También por eso, no hay que confundir la tibieza con el cansancio o con una lucha que aparentemente no da frutos de mejora.

Un punto muy unido a lo precedente -y que es central para la vida interior, en cualquier edad- es la exigencia que hemos de sentir para profundizar en el conocimiento propio, condición de la humildad personal y colectiva. Y un modo concreto de adquirirlo es ver cómo se reacciona ante los defectos o los errores personales: si son motivo de lucha optimista y esperanzada, o por el contrario producen desasosiego. Ante las derrotas, grandes o pequeñas, es lógico que haya dolor y espíritu de penitencia, que hay que encauzar hacia la Confesión sacramental contrita, hecha con deseos de purificación.

Otras manifestaciones de humildad son el modo de hacer y recibir la corrección fraterna, las indicaciones y sugerencias de los Directores, si saben escuchar a los demás y aprovechan los otros medios de formación, etc.

De la charla se desprenderá si hay verdadera confianza en Dios y en los auxilios sobrenaturales, o si existe tal vez una falsa seguridad en sí mismo. A veces, junto a la falta de confianza en Dios, se da una inseguridad personal que lleva al desaliento; es el obstáculo más difícil de vencer en la lucha interior: soberbia disfrazada de humildad. Para evitarla, hay que dejarse ayudar siendo muy sincero y dócil en la charla fraterna, y rectificando con frecuencia la intención: pedir al Señor la sencillez sin complicaciones.

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Espíritu de pobreza y desprendimiento

La pobreza es esencialísima. La tengo metida en lo más hondo de mi alma. Redunda en la vida de entrega y en la eficacia o en la ineficacia de nuestro apostolado. ¡Bendita pobreza! ¡Amadla![72].

La pobreza es una virtud que han de practicar todos los cristianos[73]. No es la virtud más importante, como es sabido, pero sí que entraña una especial radicalidad precisamente por los bienes fundamentales que protege, pues es como la puerta de la llamada divina: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme (...) Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna[74]. De hecho, en la práctica, la virtud de la pobreza es de una necesidad vital para cualquier cristiano que quiera recorrer el camino hacia la identificación con Cristo, porque está íntimamente conectada con la templanza y el desprendimiento del propio yo[75].

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Así lo explicaba don Álvaro en una nota de la Instrucción para los Directores, donde comenta el criterio de nuestro Padre de que los Directores no deben tener ninguna clase de comida en sus habitaciones (...) Y han de prohibir que los demás tengan alimentos en sus cuartos: «Para dejarnos bien clara la delicadeza con que hemos de vivir todas las virtudes, usa el Padre, en este número de la Instrucción, unos ejemplos bien gráficos a propósito de la pobreza: ni un terrón de azúcar, ni un caramelo. Ciertamente son cosas bien pequeñas, pero para un alma que quiere dar todo a Dios no hay cosas pequeñas: todo es grande (Camino, n. 813)»[76].

Y más adelante recoge unos criterios sobre el modo de vivir la pobreza en medio del mundo, para personas de cualquier condición, que serán siempre actuales: «Por eso, también el Padre suele decir: aquí tenéis algunas señales de la verdadera pobreza: no tener cosa alguna como propia; no tener nada superfino; no quejarse cuando falta lo necesario; cuando se trata de elegir algo para uso personal, elegir lo más pobre, lo menos simpático»[77].

En la Obra, la práctica del desprendimiento tiene algunas manifestaciones concretas: consultar los gastos extraordinarios, llevar una vida templada y sobria evitando las cosas superfluas, los caprichos y

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hasta el menor gasto innecesario, etc.; y para los Numerarios y Agregados, hacer la cuenta de gastos y entregarla con puntualidad[78]. Es pobreza bien vivida también el modo de vestir adecuado, cuidando la dignidad en el porte externo, procurando que la ropa dure en buen estado, sin acumular un guardarropa excesivo. En la charla, hay que ayudar a sacar consecuencias prácticas.

Quienes por su trabajo, etc., desarrollan más relaciones sociales deben cuidar la pobreza todavía con mayor esmero, y comentar claramente si siguen bien las indicaciones en esta materia, que constituyen estupendas ocasiones de apostolado.

Denota verdadero amor a la Obra sentir la responsabilidad económica, según los diversos casos (estudiantes, profesionales, etc.) y circunstancias vocacionales (Numerarios, Agregados y Supernumerarios): además de sostenerse económicamente, han de buscar los medios para sacar adelante las labores apostólicas; y han de ocuparse de las cosas materiales de su Centro, colaborando en su manutención, haciendo arreglos, etc.

Los criterios que nos ha enseñado nuestro Padre para ejercitar esta virtud, esencialísima para la vida interior y para la eficacia de nuestro apostolado, resultan muy claros. A la vez, para aplicarlos en la diversidad de situaciones de la vida -por ej., conveniencia de utilizar determinados instrumentos de trabajo, como ordenadores, etc.- se requiere un esfuerzo muy sincero por buscar cumplir la voluntad de

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Dios para cada uno: de lo contrario, es fácil crearse necesidades superfluas, que en realidad proceden del capricho o de la vanidad.

Salud y descanso

Los Directores tienen la obligación grave de velar por el descanso y la buena salud de sus hermanos. Con todo, si alguna vez las exigencias del trabajo o de nuestra pobreza nos impidiesen descansar lo debido, no hemos de inquietarnos ni dar pie a un falso -por exagerado- "complejo de víctimas"; interesa recordar aquí las palabras de nuestro Padre sobre el modo de trabajar de bastante gente: En la vida social, todos trabajan, sean o no jefes de familia: no sólo están en su labor las horas razonables, las que tienen todos, sino que muchos de ellos, llevados por su pasión, o por la necesidad de obtener mayores beneficios, dedican más tiempo todavía al ejercicio de su profesión.
No hacemos un favor al Señor, cuando estamos sujetos a una labor intensa, con sus exigencias de horario, de puntualidad, de eficiencia; nuestra actitud debe ser la que el Señor pone en labios de aquellos siervos de la parábola: 'serví inútiles sumus: quod debuimus facere fecimus (Lúe. 'XVII, 10), somos siervos inútiles: no hemos hecho más que aquello que teníamos obligación de hacer.
Trabajar, Muchas horas de trabajo al día, sintiendo la urgencia de las necesidades, también económicas, de esta familia sobrenatural que formamos: esto es tener sentido de responsabilidad, esto es querer ser santos y servir a Dios[79].

En todo caso, hay que comprobar que se cumplen los criterios -manifestación concreta del cariño y desvelo de nuestro Padre por sus hijos- indicados para Numerarios y Agregados de la Prelatura sobre las horas de sueño, el paseo semanal, la excursión mensual; y estar al

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tanto para detectar cuando hay una situación de excesivo trabajo, que pueda ocasionar un daño físico y espiritual.

Referencias

  1. Catecismo de la Obra, n, 210. Se vuelve a recoger aquí el enunciado de algunas preguntas del Catecismo para hacer presente su contenido, aunque ya se haya tratado en apartados anteriores.
  2. Ibid.
  3. Ibid., n. 211.
  4. Ibid.
  5. Ibid., n.209.
  6. Nuestras Normas y costumbres son el camino para llegar a esa unión íntima y constante con el Señor. Hay, entre todas ellas, una continuidad, una trabazón: están perfectamente dispuestas y el hilo que las une es la vocación contemplativa (de nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 69).
  7. 'Ibid.,n. 11.
  8. Ibid., n. 69. Y respondiendo a una pregunta sobre cómo lograr la fidelidad a la vocación cristiana en la Obra, comentaba: Te diré una cosa, que a lo mejor te parece pequeña y sin importancia: vivir todas las Normas todos los días; lo mismo ahora que eres joven, que cuando seas viejo; lo mismo estando sano, que enfermo; con buen y con mal tiempo. No es pecado dejarlas de cumplir, pero hay que decirlo al Director, cuando se descuida alguna, incluso la más pequeña. Y hay que cumplirlas, porque está establecido que se hagan. Si eres fiel al plan de vida todos los días, nos veremos allá arriba, en el corazón de Dios. ¡Qué maravilla! (apuntes tomados en una tertulia, 15-VIII-1968, en Crónica XI-1968).
  9. Así lo explicaba don Álvaro: «Hijos míos, nada de cumplo y miento. Hemos de ver si procuramos encender el diálogo con Dios en la meditación, si pusimos más empeño en rechazar las distracciones en la oración vocal, si fuimos más constantes en las Normas de siempre, si hemos dado muchas alegrías a Jesús, María y José, o tienen alguna queja de nosotros» (Cartas de familia (1), n. 8).
  10. Consideramos la Santa Misa como el centro y la raíz de nuestra vida interior: encendeos en el deseo de ofreceros con Cristo sobre el Altar para la salvación de todas las almas. No os 'acostumbréis nunca a celebrar o a asistir al Santo Sacrificio: hacedlo, por el contrario, con tanta devoción como si se tratase de la única Misa de vuestra vida; sabiendo que allí está siempre presente Cristo, Dios y Hombre, Cabeza y Cuerpo, y, por tanto, junto con Nuestro Señor, toda su Iglesia (de nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 5).
  11. «El alma sacerdotal consiste en tener los mismos sentimientos de Cristo Sacerdote, buscando cumplir en todo momento la Voluntad divina, y ofrecer así nuestra vida entera a Dios Padre, en unión con Cristo, para corredimir con Él gracias a la acción del Espíritu Santo» (Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 375).
  12. En diálogo con el Señor, p. 98.
  13. Cf. 7 Pe 2,5.
  14. Así rezaba San Gregorio Nacianceno: «ofrezcamos a Dios todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones» (Oratio 45, 23: PG 36, 655). Cf. también, la Const. dogm. Lumen 'gentium: en los nn. 10 y 34, señala que cuando se renueva sacramentalmente el Sacrificio del Calvario, Cristo se ofrece en el altar con los miembros de su Cuerpo místico.
  15. Mira que sobre el altar Cristo se vuelve a ofrecer por ti y por mí. Y sentirás un deseo grande de imitar su humildad, su anonadamiento en la Hostia; y te llenarás de acciones de gracias, de adoración, de deseos de reparar, de peticiones. Y te ofrecerás, con los brazos extendidos, como otro Cristo, ipse Christus, dispuesto a clavarte en el dulce madero, por amor a las almas (de nuestro Padre, apuntes tomados de una meditación, 14-IV-1960).
  16. De nuestro Padre, apuntes tomados de una meditación, 4-IV-1955, en Crónica IV-1969, p. 11. Y continuaba: ¡Tú, Señor, eres toda la Grandeza, toda la Bondad, toda la Misericordia! Por eso, yo me enamoro de Ti, con la tosquedad de mis maneras, de mis pobres manos llenas de polvo del camino. Y entonces es gustosa la abnegación y es gustosa la humillación y es gustosa la vida de entrega (ibid.).
  17. Cf. Lc 10,42.
  18. Cf. Sant 2, 22 y 5,15.
  19. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta (Mt 16,24-27). Así lo ha sentido siempre la Tradición, que se hace presente de modo particular en la vida de los santos. Nuestro Padre comenta en Camino: Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida (n. 210). También, Forja, n. 431: Para acercarte a Dios, para volar hasta Dios, necesitas las alas recias y generosas de la Oración y de la Expiación. En definitiva, el cristiano padece con, en y por Cristo, como la parte del cuerpo que está unida a su Cabeza: Las ansias de reparación, que pone tu Padre Dios en tu alma, se verán satisfechas, si unes tu pobre expiación personal a los méritos infinitos de Jesús. -Rectifica la intención, ama el dolor en El, con El y por El (Forja, n. 604).
  20. Si no eres mortificado nunca serás alma de oración (Camino, n. 172).
  21. Es necesario que él crezca y que yo disminuya (Jn 3,30).
  22. Cuando el alma decide obstinadamente negar al Señor alguna cosa que sabe que le está pidiendo, se termina por perder la confianza y el abandono en su paternal providencia –que es el fundamento de la unión con Él-, y la oración encuentra graves obstáculos para desarrollarse y llegar a empapar la vida contemplativa que ha de tener un hijo de Dios. Es como si se olvidara la exhortación de San Pablo a buscar los dones mejores (cf. 1 Cor 12,31).
  23. Mt 11,30.
  24. Es muy conveniente y ayuda a fortalecer el carácter y a realizar la unidad de vida: esmerándose en las cosas pequeñas de la casa -en la limpieza, los arreglos, la presentación de la mesa, el cuidado de la ropa, etc.-, del trabajo -puntualidad, intensidad, poner las últimas piedras, compañerismo—, del aseo personal, del espíritu de servicio -generosidad-; y de modo especial, las mortificaciones corporales previstas en el plan de vida.
    También es particularmente importante la mortificación interior: guarda del corazón, de la imaginación y de los sentidos, de la memoria, de la inteligencia y de la voluntad, para obrar, en definitiva, con sobriedad en todo lo que hagamos.
  25. Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).
  26. Un buen modo de hacer examen de conciencia:
    -¿Recibí como expiación, en este día, las contradicciones venidas de la mano de Dios?; ¿las que me proporcionaron, con su carácter, mis compañeros?; ¿las de mi propia miseria?
    -¿Supe ofrecer al Señor, como expiación, el mismo dolor, que siento, de haberle ofendido ¡tantas veces!?; ¿le ofrecí la vergüenza de mis interiores sonrojos y humillaciones, al considerar lo poco que adelanto en el camino de las virtudes?
    (Forja,
    n. 153; cf. también, Surco, n. 258, Forja, n. 225).
  27. A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros. Y si acaso ante esa Cruz inesperada, y tal vez por eso más oscura, el corazón mostrara repugnan-cia... no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz! (Vía Crucis, V estación).
  28. Cf. entre otros textos: Ps 39,7-9; 50,12; Ez 11,19 y ss.; Heb 10,4-10.
  29. De nuestro Padre, Carta 17-VI-1973, n. 3.
  30. Rezaba nuestro Padre, en una ocasión, dirigiéndose a Jesucristo: Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).
  31. Cf. De spiritu, nn. 15 y 117.
  32. De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 71. Y en el mismo lugar, explica: Los exámenes de conciencia no se descubrieron en la Edad Moderna de la Historia. No los ha inventado nadie; en todo caso, si no los practicaba ya el primer hombre, los inventó el primer cristiano: probet autem seipsum homo (I Cor. XI, 28), examínese a sí mismo el hombre, decía el Apóstol a los de Corinto. Y aun los hombres honestos paganos han examinado también su espíritu. La última castañera que vende su mercancía modesta junto al Tevere, cuenta el dinero que ha sacado al acabar la jornada, y lo que le han costado las castañas, y el tiempo que ha empleado en venderlas.
  33. Hay un enemigo pequeño, tonto, pero eficaz, que es el poco empeño en examinarse. Los exámenes están puestos dentro de nuestras Normas por una razón de eficacia. Si tenemos algún momento de escrúpulo, el examen ha de ser muy breve: ¿qué he hecho mal? Perdón, Señor. ¿Qué he hecho bien? Dar gracias. ¿Qué podría haber hecho mejor? Un propósito. Dos minutos, medio minuto. Y el examen particular de la cosa concreta, del punto en el que vosotros habéis presentado batalla al enemigo, para que el enemigo no la presente donde no os convenga. ¡Jamás lo dejéis! (de nuestro Padre, apuntes tomados en una meditación, 4-III-1960, en Crónica IV-1968, pp. 6-7).
  34. «Ésta es la lucha nueva que yo os propongo para el resto de nuestra vida: hacer a con'ciencia el examen de conciencia. Entended esta lucha como exigencia de Amor, porque el examen es el paso previo y el punto de partida cotidiano para encendernos más en el amor a Dios con realidades -obras- de entrega. Cuidar esta Norma, procurando cumplirla con profundidad, impide que en nuestra alma arraiguen los gérmenes de la tibieza y nos facilita vivir lejos de las ocasiones de pecar» (de don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 116; cf. también, ibid., (2), n. 125).
  35. De nuestro Padre, Carta 14-II-1950, n. 20.
  36. Por eso, hay situaciones -de búsqueda de un primer empleo, de paro forzoso, de enfermedad, o incluso de jubilación- que pueden ser especialmente difíciles de encauzar en un primer momento. El que lleva la dirección espiritual debe ser muy prudente para animar y exigir con fortaleza: todas las circunstancias son santificables, porque pueden ser ofrecidas a Dios como trabajo.
  37. Así simplemente, trabajando y amando a Dios en la tarea que es propia de nuestra profesión o de nuestro oficio, la misma que hacíamos cuando El nos ha venido a buscar, cumplimos ese quehacer apostólico de poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres: porque ninguna de esas limpias actividades está excluida del ámbito de nuestra labor, que se hace manifestación del amor redentor de Cristo (de nuestro Padre, Carta 11-III-1940, n. 12).
  38. De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 40.
  39. Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:
    -amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;
    -afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...;
    -una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;
    -y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida
    (Surco,
    n. 428).
  40. Sobre estas cuestiones, vid. Anexo II.
  41. De este aspecto de la dirección espiritual se tratará más adelante. Otra cosa es la consulta de temas relacionados con la ética profesional, que se pueden presentar con bastante frecuencia en el ejercicio de la profesión.
  42. Para evitar el más mínimo riesgo de que se mezclen las actividades profesionales con la dirección espiritual, siempre se ha procurado que una persona de la Obra no atienda la vida interior de otro fiel del Opus Dei que sea un subordinado inmediato suyo en su trabajo.
  43. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 43.
  44. Tu felicidad en la tierra se identifica con tu fidelidad a la fe, a la pureza y al camino que el Señor te ha marcado (Surco, n. 84).
  45. Cf. entre otros textos Amigos de Dios, homilía Vida de fe, nn. 190 y ss.
  46. No basta dar doctrina de un modo abstracto, despegado: antes os he dicho que es necesario hacer la más fervorosa apología de la Fe, con la doctrina y con el ejemplo de nuestra vida, vivida con coherencia. Hemos de imitar a Nuestro Señor, que hacía y enseñaba, coepit facere et docere (Act. I,I): el apostolado de dar doctrina está manco e incompleto, si no va acompañado por el ejemplo (de nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 28).
  47. Cf. entre otros textos, Forja, n. 127.
  48. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2337 y ss., 2520 y ss.
  49. De ahí el refrán: a olla que hierve, ninguna mosca se atreve (citado por don Alvaro, en Cartas de familia (3), n. 318).
  50. De nuestro Padre, Instrucción, mayo 1935/14-IX-1950, n. 66.
  51. En el caso de los Agregados, interesa estar muy pendientes -preguntando, si es preciso- de sus lecturas, del uso de la televisión en su lugar de residencia, etc., también para evitar posibles apegamientos desordenados. En este sentido, es asimismo importante cuidar la formación humana al hablar y al escribir: la espontaneidad es perfectamente compatible con la corrección y la buena educación.
  52. Es importante tener en cuenta, precisamente porque vivimos en la calle, que a veces no podremos evitar ver -luchando por no mirar- imágenes o escenas que por desgracia son frecuentes en muchos lugares. Los esfuerzos centrados en un simple "no ver", pueden resultar incluso imposibles o desanimantes: todo ha de ser transformado en industrias humanas, en ocasión para tratar más a Dios y a la Santísima Virgen. En este sentido, una afirmación del tipo "acerca de la pureza, todo bien porque esta semana no he salido de casa", ni es apropiada ni resuelve los problemas, si los ha habido.
  53. Si es el caso, descendiendo a ejemplos: evitar o cortar con la lectura de un libro o de un artículo de periódico inconveniente, apartar la vista ante una fotografía que atrae, anuncios televisivos o carteles propagandísticos, no crear "novelas" en la imaginación, formas de vestir en las que no se respeta el normal pudor, etc.
  54. No se puede olvidar que la pureza está íntimamente relacionada con la vida de fe y la rectitud de intención, que lleva derechamente a la unidad de vida. Así lo recuerda el Cate'cismo de la Iglesia Católica, n. 2518: «Los "corazones limpios" designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad (cf. 1 Tim 4,3-9; 2 Tim 2,22), la castidad o rectitud sexual (cf. 1 Tes 4,7; Col 3,5; E/4,19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf. Tit 1,15; 1 Tim 3-4; 2 Tim 2, 23-26). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, del cuerpo y de la fe: los fieles deben creer los artículos del Símbolo "para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen" (S. Agustín, fid. et symb. 10,25)».
    Y es condición para la bienaventuranza eterna
    porque verán a Dios (Mí 5,8): «La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un "prójimo"; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2519).
  55. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2522.
  56. Cf.Rom 8,21; Gal 4,31.
  57. De nuestro Padre, Carta 14-II-1974, n. 21.
  58. «Creía que la continencia dependía de las propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito (Sab 8,21): que nadie puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en ti mi cuidado» (S. Agustín, Conf. 6,11,20; cit. en Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2520).
  59. A veces, puede ser conveniente o necesaria una Confesión general; luego, aunque se renueve alguna vez genéricamente el dolor por lo ocurrido y sirva de experiencia, se corta con el pasado y se mira a la lucha de cada día, con nuevo optimismo y confianza en Dios.
  60. Con venceos, hijos míos, que en cuestiones de fe, de pureza y de camino no hay detalles de poca importancia. Si se escribiera el itinerario de los desertores, al principio de cada historia se encontraría siempre una reata de pequeños abandonos en materia de fe, por ejemplo, en el culto; o de pureza, porque se descuida la guarda de los sentidos; o de vocación, porque se dialoga admitiendo pensamientos contra la perseverancia, que habrían de rechazarse prontamente. Confirmo que, en estas materias, no se encuentran pormenores de poca monta, porque esta infidelidad se manifiesta muy pronto en una progresiva disminución de la alegría en el servicio de Dios (de nuestro Padre, Carta 14-II-1974, n. 21).
  61. Cuando viene la dificultad y la tentación, el demonio más de una vez nos quiere hacer razonar así: como tienes esta miseria, es señal de que Dios no te llama, no puedes seguir adelante. Nosotros debemos advertir el sofisma de ese razonamiento, y pensar: como Dios me ha llamado, a pesar de este error, con la gracia del Señor saldré adelante (de nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 47).
  62. Por eso, sería un error confundir la secularidad, como ámbito propio de santificación y de apostolado de todo fiel corriente, con la indiferencia respecto a los problemas de la Iglesia universal.
  63. Mt 12,25.
  64. No tendría ningún sentido que alguien conociera muy bien o estuviera muy interesado por el desarrollo de una determinada institución de la Iglesia, y manifestase menos interés por el de la Obra.
  65. También puede hablarse de los medios que se han puesto, si hubiese sido el caso, para proteger la libertad de actuación y de opinión -en cuestiones profesionales, políticas, etc.- de las personas de la Obra, evitando enjuiciar a nadie.
  66. Camino, n. 955.
  67. «La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad: "¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros" (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2540).
  68. Sed piadosos, esforzaos por mantener una continua presencia de Dios, y así no perderéis el sentido sobrenatural de vuestra vida: conservaréis siempre joven el amor que os movió a entregaros y el celo por las almas, que es su consecuencia necesaria. El aburguesamiento, hijas e hijos míos, la falta de celo y de vibración son una deslealtad con Dios. Y los que se aburguesan nos hacen daño: son un obstáculo para toda la labor (A solas con Dios, n. 78).
  69. Entre los Agregados, es de capital importancia el apostolado con la propia familia de sangre, dando a conocer con delicadeza y haciendo amar la Obra, y procurando activamente que su casa sea un verdadero hogar cristiano.
  70. De nuestro Padre, apuntes tomados en una tertulia, 17-X-1967, en Crónica XII-1967, p. 42.
  71. Mt 6,21 y 12,34-35.
  72. De nuestro Padre, palabras tomadas de una meditación, 12-VIII-1956, en Crónica, X- 1961, p. 12.
  73. «Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone renunciar a todos sus bienes (Lc14,33) por él y por el Evangelio (cf. Mc. 8,35). (...) El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2544; cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 42).
  74. Mt 19,21.29. Cf. también, Mt 19,16-29.
  75. Nuestro Señor Jesucristo siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor 8,9). «La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar para seguir la pasión de su corazón (Si 5,2; cf. 37,27-31) (...) En el Nuevo Testamento es llamada "moderación" o "sobriedad". Debemos vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente (Tt 2,12).
    "Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede derribar (lo cual pertenece a la fortaleza)" (S. Agustín, mor. eccl. 1,25,46)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1809; el subrayado es nuestro. Cf. también, ibid. n. 2407).
  76. Instrucción, 31-V-1936, nota 137. Y continúa: «En más de una ocasión el Padre ha hecho referencia a esos detalles de nuestro modo de vivir, cuando ha querido explicar, a alguien que no pertenecía a la Obra, que la pobreza en el Opus Dei es absoluta; prácticamente en todas esas ocasiones, las personas que escuchaban a nuestro Fundador se han quedado asombradas de que se viviera así: como vivían los primeros cristianos de aquella primitiva Iglesia de Jerusalén, en la que todos los bienes eran comunes: multitudinis autem creden- tium erat cor unum et anima una: nec quisquam eorum, quae possidebat, aliquid suum esse dicebat, sed erant illis omnia communia (Act. IV, 32)».
  77. Ibid. Y termina: «Para que aprendamos a vivir la pobreza con detalles prácticos, y también para que no perdamos nunca el sentido familiar en esa virtud: como un padre –a nuestras hermanas, les dice como una madre- de familia numerosa y pobre».
  78. Respecto a los Agregados, es importante conocer con claridad su situación familiar y profesional, de modo que entiendan las exigencias de pobreza y desprendimiento de la vocación a la Obra, según sus concretas circunstancias. Piden consejo sobre la oportunidad de instalar aparatos de TV, CD, etc.; y lo mismo acerca de la conveniencia de hacer regalos con ocasión de sus relaciones sociales o de acontecimientos familiares: bodas, bautizos, etc. Se han de esmerar en el cuidado, especialmente en sus casas, de las exigencias prácticas de la virtud de la sobriedad, privándose con alegría y señorío de las aparentes necesidades que se van extendiendo en la sociedad.
  79. De nuestro Padre, Carta 15-X-1948, n. 13.
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