Experiencias de práctica pastoral/Predicación para diversas clases de personas

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PREDICACIÓN PARA DIVERSAS CLASES DE PERSONAS


Don de lenguas

Nuestro Padre enseñó desde el principio que en la Obra hay un solo puchero: «Tenemos un solo alimento, un solo puchero: es necesario decir a todos lo mismo, porque la Obra es para las almas, y todas las almas tienen la misma posibilidad para santificarse, con el espíritu y las Normas de vida en la Obra»[1].

Al mismo tiempo, es patente que las personas que participan en los apostolados de la Prelatura tienen las más diversas mentalidades, condición social, cultura, etc. «Es cierto, sin embargo, que mis hijos ejercen las más diversas actividades; que hay entre ellos gentes de muy variadas culturas y de edad y de estados diferentes -unos solteros, otros casados, otros viudos, otros sacerdotes-, y es cierto que no todos tienen el mismo temperamento»[2]. Por tanto, en la predicación se ha de transmitir ese único espíritu que nos ha sido entregado por Dios -en toda su integridad, sin ninguna falsa acomodación-, pero de acuerdo con las características de los que escuchan.

La capacidad de acomodarse a los diversos tipos de oyentes es el don de lenguas, que nuestro Padre quería para todos sus hijos. Hay que exponer las ideas con naturalidad y sencillez, sin retórica ni afectación, pero escogiendo los temas más adecuados para las personas que escu-

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chan, de acuerdo con su edad, formación intelectual y demás circunstancias.

Cuando se predica a personas jóvenes, hay que tener en cuenta que a esa edad destaca el ímpetu con el que se desean alcanzar los diversos fines o ideales. Son quizá más capaces de entender pronto que la vocación significa renuncia absoluta, trabajo constante, entrega sin condiciones.

Cuando la edad es más avanzada, hay experiencia de las dificultades de la vida y de los propios errores. La predicación, por tanto, será más reposada, más apoyada en la humildad y en la confianza en Dios, en la virtud de la esperanza.

Tratándose de mujeres, no se puede perder de vista su diferente afectividad, para predicar más a la cabeza (naturalmente, sin olvidar los afectos).

Si el público es heterogéneo -por ejemplo, una homilía en una iglesia-, hay que hablar con calor -poniendo el corazón en lo que se dice-, con naturalidad, pero con convicción -como siempre- y procurando captar la atención al comenzar. Se ha de transmitir una idea central precisa, para que los oyentes puedan formular algún propósito concreto. En estos casos, es especialmente necesario hablar con claridad, vocalizando bien, sin precipitaciones, y los períodos sintácticos han de estar bien construidos: por eso, aunque se lleve un guión, conviene sabérselo bien. Los gestos y ademanes son algo más cuidados y solemnes, naturalmente sin caer en el amaneramiento[3].

Predicación a personas de la Obra

La predicación es uno de los medios más importantes que tienen los sacerdotes para colaborar en la dirección espiritual de los fieles de la Prelatura. Por tanto, predican no sólo con la frecuencia establecida -y siempre que lo pida el Consejo local-, sino con la oportuna preparación y de acuerdo con sus necesidades: el don de lenguas se dirige en primer lugar a sus hermanas y a sus hermanos.

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En los Centros donde viven sólo Numerarios debe haber, al menos, una meditación semanal; durante los Cursos anuales, el sacerdote predica todos los días. En general, es conveniente que se tengan meditaciones especialmente dirigidas a los Agregados, y que éstos no asistan de ordinario a las que se dan para los Numerarios, pues -aunque el espíritu es el mismo y se dedican también plenamente al servicio de Dios en la Obra, como los Numerarios- su vocación peculiar tiene características propias; además, si son pocos, esto contribuirá a aumentar su deseo de que haya más vocaciones. A los Agregados y Supernumerarios seglares y a los de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz -distribuidos en los grupos que sean necesarios-, se les da la meditación con la frecuencia que, en cada caso, señale la Dirección Espiritual de la Región.

En las Residencias de estudiantes y otros Centros de San Rafael, cada semana se tienen: una meditación para las vocaciones recientes de Numerarios y Agregados; una meditación para el resto de los Numerarios y Agregados; una meditación para los chicos de la obra de San Rafael.

Se ha de procurar también que, en todos los Centros, el sacerdote dirija la meditación en las fiestas litúrgicas principales y en las fiestas de la Obra.

Al predicar a personas de la Obra -jóvenes o mayores, varones o mujeres- conviene tener siempre presentes los puntos centrales de nuestro espíritu, que se han señalado en la lección anterior: el sentido de la filiación divina, que debe informarlo todo; la unidad de vida; la santificación del trabajo; la Santa Misa, centro y raíz de la vida interior; la unión con nuestro Padre y con el Padre; el cumplimiento fiel y delicado de nuestras Normas y Costumbres; la fraternidad; el afán apostólico, que ha de traducirse siempre en manifestaciones concretas y en el empleo fiel de los medios tradicionales de apostolado; la sinceridad con Dios, consigo mismo y en la dirección espiritual personal, etc.

Vocaciones recientes

Las vocaciones recientes necesitan un cuidado especialísimo, y se les ha de predicar siempre con la frecuencia establecida: de ordinario, tienen una meditación semanal especial para ellos. Hay que llevarlos como por un plano inclinado; además de insistir en las facetas fundamentales de nuestro espíritu, se tratarán con frecuencia los principios básicos de la vida cristiana con hondura y claridad: gracia y sacramentos, acción de Dios y lucha ascética, pecado, sentido sobrenatural de la vida, amor a Cristo y a su Santísima Madre, virtud de la santa pureza, etc.

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Hay que desmenuzar los temas, sin dar nada por supuesto, haciendo ver lo central de cada asunto. Se trata, en definitiva de que la predicación sea una labor de formación orgánica, constante, profunda y clara. Naturalmente, por su condición de personas jóvenes, el sacerdote les hablará con más nervio y energía, y aprovechando las cualidades propias de la juventud: capacidad de entusiasmo, de sacrificio y de renuncia, etc. Pero se debe evitar la tentación de predicar basándose exclusivamente en este entusiasmo: hay que dar doctrina.

Centros de Estudios

Si la misión de estos Centros es la formación más intensa en todos los campos, se comprende que tenga que figurar en primer lugar la formación espiritual. Así, los sacerdotes predican dos o tres meditaciones semanales; y en los Centros de formación de las Numerarias Auxiliares lo hacen a diario, si es posible.

El plan de predicación del Centro de Estudios debe tener una gran unidad, coordinando bien los distintos medios de formación: meditaciones y pláticas, retiros y cursos de retiro, charlas. Por tanto, convendrá ajustarse al temario establecido, y desarrollarlo con hondura y claridad, no dando nada por supuesto, para que se asienten sólidamente los fundamentos de la vida cristiana y del espíritu de la Obra.

Los sacerdotes deben ayudar a que la doctrina informe la conducta: se ha de evitar que oigan muchas ideas, sin que se vaya formando una verdadera unidad de vida. Lógicamente, la labor de predicación en los Centros de Estudios exige una gran coordinación entre el Consejo local y el sacerdote. Si el que predica no atiende la dirección espiritual de los alumnos, preguntará cada vez al Director o al Director espiritual del Centro.

Mujeres

Cuando se predica en Centros de mujeres, además de todo lo señalado hasta ahora, conviene tener en cuenta que, frecuentemente, las Numerarias Auxiliares asisten junto con las Numerarias, y en estos casos la predicación ha de construirse pensando especialmente en aquéllas.

La diferente sensibilidad y afectividad de las mujeres, hace que el sacerdote deba cuidar más el tono: ha de ser menos afectivo o sentimental. También es oportuno poner más ejemplos o comparaciones, para ilustrar las ideas y para que queden más grabadas -no hay que olvidar que captan mejor lo concreto que lo universal-, y evitar el paso brusco de las

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ideas generales a lo concreto. Naturalmente, hay que ser muy delicado en las expresiones, incluso cuando se trata de algunos textos más fuertes de los Sagrados Libros, etc.

En ocasiones, el sacerdote podría pensar que no conoce suficientemente bien las necesidades y circunstancias de sus hermanas: esto le llevará a una preparación más atenta de la predicación, a preguntar a sacerdotes mayores, y en cualquier caso a una mayor humildad, dejando en manos del Señor la eficacia de sus palabras.

Mayores

Si se trata de personas con bastantes años en Casa, hay que considerar que cuentan con la experiencia de una larga práctica de amor de Dios, y saben de consolaciones y de lo que cuesta la lucha, de elevaciones espirituales y fidelidad, y también de posibles fracasos; por eso, son más realistas y quizá podría parecer -aunque de hecho sucede lo contrario-que tienen menos entusiasmo y más defectos que los jóvenes. La predicación debe contar con esta realidad, considerando el valor de una entrega ya cuajada en obras, de la lucha ascética, de la sencillez, de los medios sobrenaturales, que siempre son eficaces. Por tanto, se procurará ahondar mucho en la alegría, en la verdadera humildad, en el gozo de servir a los demás, en la auténtica visión sobrenatural, y en la intención, tantas veces manifestada, de renovar el amor a Dios y a la Obra. También hay que resaltar la responsabilidad personal, el valor del sacrificio, la confianza en Dios, la virtud de la esperanza cristiana -comenzar y recomenzar-, el afán apostólico, la necesidad de mantener una lucha interior vibrante, huyendo de cualquier síntoma de aburguesamiento, el cuidado de las cosas pequeñas en la piedad, en el trabajo, en la vida en familia.

El sacerdote joven que predica a mayores actuará con especial humildad, y sin salirse de su sitio. Sería ridículo adoptar posturas de autoridad o de dureza, delante de personas que llevan muchos más años trabajando en servicio de Dios. Por tanto, el tono será delicado, usando el «nosotros», sin alardear de lo que sabe de las enseñanzas de nuestro Padre o del Padre, etc. Esto no quita para que pueda y deba exigir, con sentido positivo y visión sobrenatural. Siempre, pero de modo aún más especial en este caso, el sacerdote tendrá presente aquel consejo de nuestro Fundador: «Sed muy positivos, haced amable la lucha; exigid con firmeza, pero sin acritud: suaviter in modo, fortiter in re»[4].

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Con estas disposiciones, la predicación a personas mayores en Casa será incluso más fácil, si está bien preparada. Puede ser más hondamente doctrinal, pero evitando de todos modos el intelectualismo, para que se despierten también afectos que es siempre, de algún modo, el fin de la predicación. Además, el predicador tendrá la prudencia de preguntar al Director qué temas interesa recordar.

Predicación en las labores de San Rafael y de San Gabriel

Como premisa para la predicación en la labor de San Rafael y en la de San Gabriel, hay que señalar algunas razonables precauciones, para evitar que las palabras del sacerdote puedan ser mal interpretadas o deformadas. Nuestras labores están abiertas a todos, sin discriminación de ningún tipo, pero sería una ingenuidad contar cosas íntimas de nuestra familia al primero que nos encontramos por la calle. En consecuencia, conviene tener presente que es un elemental detalle de delicadeza y educación no tomar apuntes o notas de la conversación de una persona, a no ser que ésta lo autorice o se trate de un acto público. Como las charlas, meditaciones, etc., que se dan en nuestras labores de apostolado no tienen nunca ese carácter público, conviene recordar a los asistentes este detalle, recomendándoles que no tomen notas, apuntes, durante esos actos. No hay inconveniente, al contrario, en que después, como fruto de su propia reflexión, saquen algunas notas que les sirvan luego para su consideración personal[5].

La predicación en la labor de San Rafael estará de acuerdo con el fin inmediato de ese apostolado, que es el mejoramiento de la vida cristiana de los jóvenes, dándoles a conocer y ayudándoles a practicar la vida interior. Por tanto, comprende una formación, de acuerdo con las características propias de esas personas: hay que exponer las verdades fundamentales de la fe, sin perder de vista que hoy -por desgracia- la falta de formación es muy grande, y que los distintos ambientes están llenos de prejuicios y de confusión doctrinal.

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Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que el fin mediato de la labor es «formar vocaciones para la Obra de Dios, inclinando a los mejores a dedicarse al Señor en un celibato apostólico (obra de San Miguel), o formándolos para padres de familia y colaboradores de nuestros apostolados (obra de San Gabriel)»[6]. Por tanto, cuando parezca oportuno, la predicación estará dirigida a hacer vivir los distintos pasajes evangélicos que hablan de llamamiento o de apostolado; presentando también la posibilidad de una entrega total, en medio del mundo.

En la labor de San Gabriel, la predicación girará habitualmente en torno a cuatro polos: vida espiritual, vida familiar, trabajo profesional, apostolado.

Predicación a sacerdotes

En su raíz, la predicación dirigida a sacerdotes diocesanos tiende, como toda predicación, a mejorar su vida cristiana: por su llamada especial hay que ayudarles a que hagan fructificar cada vez más la gracia de Dios recibida en la vocación. La predicación tendrá una doctrina sólida, con la terminología precisa, pero procurando que vaya dirigida a la vida de los oyentes; esto hay que recordárselo con alguna frecuencia, para que hagan oración personal, formulen propósitos concretos y no la tomen como una clase de teología.

Conviene recordarles que, al escuchar, deben poner mucha visión sobrenatural; pues, aunque hablarles a ellos pueda ser «vender miel al colmenero», el Señor les dará mucha luz con esas cosas que han oído ya repetidas veces. El sacerdote cuidará el estilo y la forma, pero también será oportuno advertirles que no se detengan en esos aspectos, sino que vayan con sencillez a asimilar el contenido. En el fondo, se trata de darles una predicación que les ayude a ser más sencillos, a mejorar realmente en su vida interior y en el ministerio sacerdotal. Unir el contenido más doctrinal con la sencillez y el calor, para mover los corazones al mismo tiempo que se iluminan las inteligencias, especialmente cuando se habla a sacerdotes que permanecen aislados en su trabajo: del clero rural, por ejemplo.

La confusión doctrinal que quizá puede encontrarse en algunos ambientes eclesiásticos requiere especiales precauciones: podría haberse infiltrado algún error o postura no acorde con la doctrina de la Iglesia;

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esto exige que el sacerdote con poca experiencia en esta labor pida consejo a otros sacerdotes mayores de la Obra.

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Referencias

  1. De nuestro Padre, Carta, 29-IX-57, n. 57.
  2. Ibid.
  3. Como es lógico, estas observaciones son sólo líneas generales, que han de adaptarse, además, a las personas que asisten: su grado de formación doctrinal religiosa; su mayor o menor relación con la Obra; su ambiente cultural, social y profesional, etc. Luego, el sacerdote debe pedir gracia y luz a Dios, y poner todos los medios de su parte para hacerse entender bien, con eficacia, por todas las personas.
  4. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 34.
  5. Otra consecuencia de este modo de proceder es que nunca se usan aparatos para registrar la voz, en las meditaciones, charlas, conferencias, etc., excepto en el caso de que se cuente con el permiso expreso de los Directores. Sería un abuso y una falta intolerable, que algún asistente usase alguno de estos aparatos a escondidas; si sucediera, habría que exigirle la entrega de la cinta, y si hubiera algo grabado, se borraría en su presencia. Después se le invitaría a que abandone la casa, acompañándole hasta la puerta.
  6. De nuestro Padre, Instrucción, 9-1-35, n. 66.