Experiencias de práctica pastoral/El curso de retiro espiritual

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EL CURSO DE RETIRO ESPIRITUAL


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Sobre este tema, vid. Glosas, 29-IX-87, 15-18; Glosas, 24-III-87, 36-40; Glosas, 24-X-87, 40-44; Glosas, 14-II-87, 41-45; Vademécum, 19-III-87, 85-87, y Vademécum, 25-VI-87, 50-51.

Introducción

Esta labor ha sido siempre muy querida en la Obra, y nuestro Padre impartió este medio de formación a innumerables personas, renovándolo profundamente tanto por lo que se refiere al modo de predicar, como por el enfoque que dio desde el principio al curso de retiro espiritual.

Todas las almas piadosas han sentido siempre la necesidad de la oración y el examen para mejorar su vida, y, por eso, puede decirse que estos medios tradicionales -cualquiera que sea la denominación que se les dé-, «no los ha inventado nadie; en todo caso, si no los practicaba ya el primer hombre, los inventó el primer cristiano: probet autem seipsum homo (I Cor. XI, 28), examínese a sí mismo el hombre, decía el Apóstol a los de Corintio. Y aun los hombres honestos paganos han examinado también su espíritu»[1].

El curso de retiro es, pues, un medio de formación, de purificación y progreso espiritual de las almas, que no puede encerrarse en unos moldes fijos. «En la Iglesia terrena, no de otra suerte que en la celestial, hay muchas moradas y la ascética no puede ser un monopolio de nadie. Uno

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solo es el Espíritu, el cual, sin embargo, sopla donde quiere, y por varios dones y caminos dirige hacia la santidad a las almas por El iluminadas. Téngase por algo sagrado su libertad y la acción sobrenatural del Espíritu Santo, que a nadie es lícito, por ningún título, perturbar y conculcar»[2].

Este medio de formación es un camino eficaz y recomendado por la Iglesia para el progreso espiritual; pero hay otros muchos instrumentos para lograr también esa finalidad[3]. Por eso, ningún fiel corriente tiene obligación alguna de asistir a retiros, ejercicios, etc., y, mucho menos, de hacerlos con una periodicidad o duración fijas. El Derecho Canónico impone ese deber únicamente a los seminaristas y clérigos. Así, en el Código leemos que los clérigos «están obligados a asistir a los retiros espirituales, según las prescripciones del derecho particular»[4]; y que «todos los que van a recibir un orden deben hacer ejercicios espirituales, al menos durante cinco días, en el lugar y de la manera que determine el Ordinario; el Obispo, antes de proceder a la ordenación, debe ser informado de que los candidatos han hecho debidamente esos ejercicios»[5]. Respecto a los seminaristas, la ley canónica indica que, en los seminarios, «los alumnos harán cada año ejercicios espirituales»[6]. Pero en ningún momento se prescribe que los simples fieles tengan obligación de asistir, aun cuando se indica a los párrocos que organicen ejercicios espirituales, misiones sagradas, etc., para ellos[7].

Por tanto, en nuestra labor apostólica no imponemos a nadie la obligación de hacer un curso de retiro espiritual. Pero sí lo aconsejamos, y procuramos poner todos los medios, con la oración y el trato personal, para que sean muchos los que asistan a este medio de formación, que tanto ayuda a la vida espiritual y ha sido tan encomiado por la Iglesia.

Por este amor a la libertad de las conciencias, es muy conveniente dejar claro a todos los que deseen enviar personas a los cursos de retiro

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que organicemos, que los asistentes sólo deben tomar parte si libremente lo desean. Y, a la vez, tenemos en tanta consideración el valor de cada alma, que se dan estos cursos aunque los asistentes sean pocos: una o dos personas. No cerramos nunca la puerta cuando vienen muchos, ni rechazamos a uno solo. Así se ha trabajado desde el comienzo y éste es el espíritu que se debe mantener siempre en la Obra.

Los cursos de retiro no son mixtos -nunca lo hemos hecho-, ni siquiera para matrimonios, sino sólo para hombres o sólo para mujeres.

El sacerdote que dirige el curso ha de cuidar muy bien su plan de vida. Como siempre, cuando predica hace su oración personal, y cumple así la Norma de nuestro plan de vida; pero, de todos modos, conviene que dedique algún momento del día a hacer un poco de oración en silencio junto al sagrario, y que rece mucho por los frutos de ese medio de formación.

Finalidad

El objeto del curso retiro es mejorar la formación y la vida cristiana de los participantes, para ayudarles a buscar la santidad en su profesión u oficio. Para esto se requiere, en primer lugar, una labor de purificación que, en la inmensa mayoría de los casos -si libremente lo desean-, se manifestará acercándose al sacramento de la Penitencia; después, el conocimiento -a través de la oración y del examen de conciencia- de lo que Dios pide a cada uno, dentro de su estado, disponiéndose a poner los medios para descubrirlo y llevarlo a la práctica.

Como es natural, estos fines generales se concretarán después, adaptándolos a los variadísimos tipos de personas que participan en el curso de retiro; ésta es la razón por la que existen indicaciones sobre temarios, modo de tratar las materias, etc., dentro siempre de ese enfoque positivo y esa finalidad principal.

Lógicamente, en el curso de retiro -entre otras razones por su corta duración-, no se logran del todo esas metas y es preciso que la labor de formación se continúe después, mediante la dirección espiritual periódica y a través de otros medios. Será luego cuando, con la ayuda de la gracia, se irán ajustando y acomodando los propósitos hechos a la situación real de cada uno en el mundo, a su entorno, a su trabajo ordinario. En el ambiente recogido de los días de retiro, Dios hace ver muchas cosas -en no pocas ocasiones, se descubre la posible vocación a la Obra- y los propósitos surgen espontáneos. Pero no es solamente ahí donde han de

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cumplirse esas resoluciones, sino en la vida corriente, y, además, a lo largo de muchos días de lucha y de esfuerzo. Por eso, cuando no se trate de miembros de la Obra, una meta importante del curso de retiro es procurar que los asistentes se propongan confesarse con la frecuencia conveniente y tener una adecuada dirección espiritual personal: «Así logramos que la labor de los cursos de retiro tenga continuidad, porque esas almas vienen luego a recibir de vosotros la dirección espiritual. Y no son pocos los que dan esperanza de una posible vocación a la Obra o, al menos, de una activa colaboración en nuestras tareas apostólicas»[8].

Contenido

El sacerdote que ha predicar un curso de retiro debe poner especial empeño y fervor en preparar bien -con estudio, oración y mortificación-las meditaciones y charlas, para facilitar a los asistentes un nuevo y más profundo encuentro con Jesucristo. Es ésta una premisa necesaria para todos los cursos de retiro, independientemente del tipo de personas que participen.

«De los cursos de retiro quiero ahora deciros solamente que hay muchos métodos, muchos modos de darlos; y que nosotros tenemos el nuestro. Hacemos meditar sobre las verdades eternas, y sobre otros temas espirituales que ayudan a vivir cara a Dios, con amor (...) preparemos a la gente a vivir como cristianos, en el mundo y en su oficio y en su estado, sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte»[9]. Este método que nos ha enseñado nuestro Padre, se apoya en la ascética cristiana y en las características específicas que el Señor ha querido para la Obra. Tiene una parte relativa a las verdades eternas y a los obstáculos para la vida cristiana; y otros temas espirituales: virtudes, etc., que ayudan a vivir cara a Dios, con amor; todo ello bien apoyado en el Evangelio -en la meditación de la vida del Señor-, y siempre con el enfoque y las características propias de nuestro espíritu.

Cursos de retiro en las labores de San Rafael y de San Gabriel

Como ya se ha indicado, conviene acomodar el temario a la duración del curso de retiro y a las circunstancias particulares de los asistentes, de modo que se dé una estructura coherente y unitaria a todo cuanto vaya

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a decirse, procurando llevar un orden lógico en la exposición y haciendo ver las relaciones de unos temas con otros[10]. Siempre quedarán claros, como aspectos importantes:

  • la doctrina sobre la creación, la elevación sobrenatural, el pecado y los novísimos;
  • la consideración de los obstáculos para la vida cristiana: causas, medios para superarlos, especialmente la oración y los sacramentos, etc.;
  • finalmente, la contemplación de las virtudes y de la vida de Cristo.

Además, como ya es tradicional, suele darse una meditación preparatoria la noche anterior al primer día de retiro, y otra conclusiva antes de la Misa, en la mañana siguiente al último día.

En las primeras meditaciones sobre el fin del hombre y sus postrimerías, hay que procurar que cada uno se enfrente decididamente con esas realidades, de modo que -siendo muy positivo cuanto se dice- se provoque una reacción interior que estimule a vivir cara a la realidad sobrenatural que Dios ha querido para nosotros: somos hijos de Dios. Por tanto, no se rebajará lo que pueda parecer duro en esas verdades, y se tratarán con toda la profundidad que requieren esos temas.

Al tratar del pecado, hay que dejar clara su naturaleza de ofensa a Dios, haciendo ver sus causas, efectos, etc., de modo que resalte la referencia a Dios de cualquier acto desordenado. La humildad y sinceridad revisten especial importancia para ayudar a que los asistentes afronten claramente ante Dios su estado interior y las disposiciones que han de mejorar; aquí puede hacerse también una referencia a la pérdida del sentido del pecado producida por la deformación de la conciencia en muchas personas. La confesión es el medio concreto para dar cumplimiento a los deseos de purificación y a la sinceridad.

En las meditaciones sobre la vida de Cristo, se hará hincapié, según nuestro espíritu, en virtudes y aspectos centrales: caridad, trabajo, obediencia, entrega a los demás, pobreza, alegría, castidad, laboriosidad, etc.

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La Pasión de Cristo y la Santa Misa, como centro y raíz de la vida interior, son temas que no han de faltar, sin olvidar tampoco alguna meditación -ordinariamente al final- sobre la Santísima Virgen.

Aparte de la unidad que ha de darse a cada meditación, la estructuración indicada también permite dar coherencia a todo el conjunto de meditaciones, sea cual fuere la acomodación que se haya hecho. Hay que evitar la tentación de decir en los primeros días todo lo que parece importante: conviene ceñirse bien al tema correspondiente, profundizando en él para sacar el mayor fruto posible.

Cursos de retiro para personas de Casa

En la meditación preparatoria de un curso de retiro, el 1 de abril de 1973, decía nuestro Padre: «Vamos a dejar en manos de Dios las cargas de nuestra vida, a abandonar las preocupaciones -si las tenemos-, y a salir más decididos a ocuparnos sólo de Jesucristo, Señor Nuestro»[11]. Se trata de «unos cuantos días dedicados a considerar la vida del Señor, para conocerle más, para tratarle más, para amarle más, para seguirle más (...) Conocerle, tratarle, amarle, seguirle, para cumplir lo que El nos ha señalado con nuestra vocación concreta»[12].

Se procura, por tanto, centrar muy bien los días del curso de retiro en un profundo encuentro con Cristo y, en El, con el Padre y el Espíritu Santo. Para esto, la predicación ha de estar alimentada en el Evangelio desde el primer día. No se trata de predicar una serie de meditaciones simplemente exhortativas sobre diversas virtudes, sino que el curso ha de tener una clara unidad orgánica, con una predicación bien fundada en la Sagrada Escritura y en los escritos de nuestro Padre, para sacar el fruto que Dios nos pide: una nueva conversión que nos lleve a identificarnos más plenamente con Jesucristo y a aproximarnos más decididamente al fin al que Dios nos llama.

Como el fundamento de nuestra vida espiritual es el sentido de la filiación divina, es necesario tratar muy bien esta gozosa realidad. Para profundizar cada vez más en este principio, conviene recurrir a la doctrina paulina y a los textos de San Juan sobre la elección a la santidad en Cristo y nuestra adopción filial.

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La vida y la piedad cristianas han de edificarse sólidamente: no se pueden reducir a unas prácticas de devoción poco fundadas y que no incidan eficazmente en la vida y en el quehacer cotidiano. En la predicación, se debe insistir, con textos de nuestro Padre, sobre esta solidez de la piedad cristiana, que está muy lejos de una falsa piedad superficial o sentimental.

Hay, por tanto, que exponer con claridad y buena base nuestra vida injertada en la de Cristo -especialmente en su Muerte y Resurrección- y tratar de las exigencias de nuestra condición de cristianos y de nuestro compromiso vocacional -las obligaciones específicas que, en virtud de la llamada a la Obra, concretan para nosotros el modo de vivir las virtudes cristianas-, ayudando a hacer un serio examen de conciencia, lleno también de confianza filial. Es necesario resaltar, con vigor y sentido positivo, esas exigencias en el ambiente social en que nos movemos, aunque esté -en tantos lugares- fuertemente impregnado de materialismo y de relativismo. Con la tensión de fe y de amor de los primeros cristianos, hemos de llevar el mensaje de Cristo a un mundo para el que la Cruz es y será siempre una locura.

La contemplación de la Pasión y Muerte del Señor -que ocupará, como es lógico, el importante lugar que le corresponde-, se proyectará en la vida diaria, facilitando también una creciente y eficaz comprensión de que la Santa Misa, renovación sacramental del Sacrificio del Calvario, es centro y raíz de la vida interior.

De la manera que sea más oportuna, es necesario hacer ver el contraste entre la nueva vida en Cristo, nuestra identidad cristiana, y la vida del hombre viejo. Se hablará, por ejemplo, de la «falsa naturalidad» que sería dejarse llevar por modelos de comportamiento ajenos al espíritu del Evangelio. El cristiano encuentra hoy -la ha encontrado y la encontrará siempre- mucha presión del ambiente para asimilar actitudes y modelos de vida que no tienen una matriz cristiana. Hay pues que facilitar un sincero examen sobre si hay algo en nuestra vida que supone la absorción de esos modelos ajenos al cristianismo.

Se ha de subrayar constantemente la naturaleza apostólica de nuestra vocación -sin limitarse a predicar una meditación sobre ese tema-, haciendo hincapié en las consecuencias que esta llamada tiene en cuanto a nuestra actitud con los demás en las relaciones diarias, en el ejercicio de la profesión, en la vida familiar, etc. También en este contexto, habrá de tratarse con profundidad de la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo y Communio sanctorum.

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Es importante considerar detenidamente la presencia del Espíritu Santo en el alma, su acción en la obra de nuestra santificación y el modo de seguir sus luces y gracias. De este modo, se facilitará el examen sobre la vida de oración -pieza maestra de la configuración con Cristo-, sobre nuestra llamada a ser contemplativos en medio del mundo, para decidirse una vez más, con renovada profundidad, a recorrer este camino de amor a Dios.

El ejemplo y la mediación materna de la Santísima Virgen han de estar bien presentes al tratar los diversos temas, y no sólo en una breve invocación piadosa al final de cada meditación.

Cuando se medite sobre la santificación del trabajo, se pondrá de relieve la unidad de vida, que nos lleva a enfocar cristianamente todos nuestros deberes profesionales, sintiendo la responsabilidad de dar un claro testimonio de rectitud, de justicia y de caridad en el ambiente de cada uno, sin temor a chocar con el ambiente si la conciencia cristiana lo exige.

Naturalmente, el tono ha de ser el propio de un curso de retiro: no se trata sólo de exhortar, sino de exponer, con adherencia a la Revelación y a la enseñanza y a la vida de nuestro Padre. Hay que ayudar a reflexionar, a afinar la conciencia, y a hacer mucha oración y examen. Todo ha de estar empapado de la esperanza que proviene de la Resurrección del Señor y de la realidad de nuestra filiación divina, haciendo ver que el itinerario vital del cristiano podría condensarse en las palabras que Jesucristo dijo de sí mismo: Exivi a Patre et veni in mundum; iterum relinquo mundum et vado ad Patrem[13]. El triunfo de Cristo no se completó en la Resurrección, sino en su Ascensión ad dexteram Patris, que ha de ser también objeto de honda meditación: quae sursum sunt quaerite, ubi Christus est in dextera Dei sedens[14].

Charla con el sacerdote y confesión

Igual que para la asistencia al curso de retiro, también hay que respetar la libertad de los asistentes para que charlen y se confiesen con el sacerdote. Sin embargo, lo lógico será que deseen hacerlo para concretar sus disposiciones, pedir más orientación, etc. En concreto, por lo que se refiere a la charla, interesa facilitarla de diversos modos. En algunas oca-

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siones, el Numerario laico puede sugerirles que hablen con el sacerdote y dar a éste alguna delicada orientación sobre cada caso; también lo puede anunciar diciendo que el sacerdote está disponible para conversar con cuantos lo deseen, o para atenderles ante cualquier duda.

El sacerdote, por su parte, puede provocar la charla directamente, si ya conocía de antemano a las personas porque hubiese hablado otras veces con ellas o por haber concretado, de común acuerdo, que lo harían en el curso de retiro. De todos modos, cuando son varones los que asisten al curso, interesa que el sacerdote, sin salirse en ningún momento de su sitio, «se deje ver»: por ejemplo, haciendo alguna Norma en el oratorio o rezando una parte del Breviario en el jardín -si lo hay-, o en la sala de estar. Puede ser éste un buen modo de animar con su presencia para que espontáneamente se le acerquen e iniciar así la conversación[15].

Otra manera de facilitar la charla con el sacerdote es que las mismas personas de Casa -por ejemplo los Supernumerarios que asisten con amigos suyos a este medio de formación-, comiencen a conversar con él, animando así a sus amigos.

En general, es mejor comenzar esas charlas el segundo día, para dar tiempo a que las personas hagan examen e inicien sus propósitos; como es lógico, podrá variarse esa norma general: por ejemplo, si se ve que alguno está poco centrado o que le cuesta más sintonizar con el ambiente de recogimiento y oración.

Para dar mayor eficacia a la charla y, en general, a todo el curso de retiro, es importante que el sacerdote tenga breves y frecuentes cambios de impresiones con el Director del curso: así se pueden señalar aspectos y detalles concretos que aumenten el aprovechamiento en los asistentes.

Si alguno de Casa ha invitado a amigos suyos al curso de retiro, será muy oportuno, ordinariamente, que dé una breve orientación sobre esas personas al sacerdote que lo va a dirigir o al Director del curso.

Todo lo anterior es aplicable, servatis servandis, cuando se predica a mujeres; pero la conversación de temas espirituales se tendrá siempre en el confesonario. En este caso, suele costar un poco más que las perso-

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ñas acudan, especialmente en la labor de San Rafael. Por eso, la iniciativa de las personas de Casa que atienden el retiro habrá de suplir las menores posibilidades que tiene el sacerdote para iniciar la charla espiritual; si el sacerdote observa que acuden pocas personas al confesonario, deberá advertirlo a la Directora.

Corresponde a cada sacerdote juzgar sobre la oportunidad de que algún penitente, si lo desea, haga una Confesión general: en ocasiones quizá sea aconsejable o incluso necesario; otras veces, por el contrario, no será preciso.

Otras experiencias sobre los cursos de retiro

Personas que tienen poca formación

Suele tratarse de campesinos, empleadas del hogar, obreros manuaes, padres de alumnos que frecuentan obras corporativas donde se imparten enseñanzas técnicas, o personas de nivel social más alto, pero igualmente con escasa formación.

Como ordinariamente les falta una preparación mínima para aprovechar bien los cursos de retiro, hay que adaptarlos a sus circunstancias, de modo que saquen todo el provecho espiritual posible. Puede aprovecharse alguno de los ratos en que no se guarda silencio -después del almuerzo y de la cena, por ejemplo- para tener una tertulia, preparando previamente el tema, que puede ser variado. Si se trata de padres de alumnos, se les explica más a fondo y con muchas anécdotas la tarea que se hace con sus hijos; diciéndoles que ese mismo tipo de labor se realiza también en otras ciudades; cómo pueden cooperar a mejorar la eficacia de ese trabajo, etc. A empleadas del hogar, se les puede hablar de la formación que se da en los Centros dedicados a enseñanzas que a ellas les interesan; como es lógico será una Numeraria quién dirija la charla, pues el sacerdote no asiste a esas tertulias.

Se darán las pláticas y meditaciones características de los cursos de retiro, pero en menor número; y, sobre todo, tendrán algunas clases o charlas de formación[16].

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Resulta especialmente provechoso, para todo este tipo de personas, hacerles ver el valor grande que tienen las virtudes humanas -muchos las han adquirido y las viven con sencillez, sin darles gran importancia- para la santidad en medio del mundo, y del trabajo ordinario como camino para acercarse a Dios.

Conviene también darles alguna plática sobre el sacramento de la Penitencia, y dejarles algún libro o guión expresamente pensado para ellos -que devolverán después-, para que preparen mejor el examen de conciencia antes de la Confesión; sin embargo, es preferible y mucho mejor, que compren Catecismos u otras publicaciones de doctrina segura, donde puedan encontrar guiones sobre la Confesión.

Más adelante, continuando la formación recibida durante esos días, estarán en condiciones de aprovechar también un curso de retiro dado del modo ordinario.

Sobre libros de lectura espiritual

Para que los asistentes al curso aprovechen mejor el tiempo y no se dispersen con excesivas lecturas, lo más aconsejable es dejar en alguna sala un número reducido de libros: el Nuevo Testamento, publicaciones de nuestro Padre, y otras sobre la naturaleza de la Obra; y aquellas que, por el tipo de personas que han de utilizarlas, se juzguen más oportunas[17].

Cuando los asistentes no sean de la Obra, se les debe recomendar que utilicen el libro Santo Rosario para su meditación privada: les ayudará a sacar siempre más fruto del rezo contemplado del Santo Rosario.

Además de las lecturas que cada uno desee hacer personalmente, en las dos principales comidas del día -que serán en silencio- conviene leer algún libro: si se trata de personas de Casa pueden ser artículos de las Publicaciones internas. El sacerdote puede sugerir -de acuerdo con el Director- lo que estime más eficaz para los asistentes.

Existen libros de lectura de un tono más sentimental, que no son convenientes para mujeres. Interesa tener muy en cuenta lo que diga la Directora del curso a ese respecto: ordinariamente será ella quien deter-

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mine, según las indicaciones recibidas, lo que haya de leerse en cada caso, aunque puede ser útil que el sacerdote sepa qué se está leyendo, por si se lo comenta en la charla alguna de las que asisten, etc. A veces, suelen leerse artículos de Noticias, también cuando las asistentes no son de la Obra.

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Referencias

  1. De nuestro Padre, Carta, 29-IX-57, n. 71.
  2. Pío XII, Litt. Ene. Mediator Dei, 20-XI-1947, AAS 39 (1947) p. 530.
  3. El Conc. Vaticano II, en su Decr. Apostolicam actuositatem, n. 32, ha señalado textualmente que «los laicos que se dedican al apostolado disponen ya de muchos medios -tales como reuniones, congresos, ejercicios espirituales, asambleas frecuentes, conferencias, libros, comentarios para conseguir un conocimiento más profundo de la Sagrada Escritura y de la doctrina católica-, para alimentar la vida espiritual».
  4. CIC, c. 276 § 2.
  5. CIC, c. 1039.
  6. CIC, c. 246 § 5.
  7. Cfr. CIC, c. 770.
  8. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 28.
  9. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 28.
  10. Naturalmente las adaptaciones que se consideren oportunas, interesa tratarlas con los Directores del Centro que haya organizado el curso de retiro. El sacerdote también tendrá en cuenta en sus meditaciones las charlas que vaya a dar el Numerario laico que sea Director del curso.
  11. De nuestro Padre: en Crónica, XI-1988, p. 9.
  12. Ibid. Cfr. otros textos de nuestro Padre en Crónica, XI-88, pp. 6-13 y XII-88, pp. 6-13.
  13. lo 16, 28.
  14. Col 3. 1.
  15. «Para cuando hay muchos te aconsejo -es el consejo de un sacerdote que tiene siete años- que los sigas uno a uno, como se sigue a cada una de las ovejas de un rebaño. Yo iba detrás de los que no venían a verme; con una excusa cualquiera -un pitillo, un libro-, con una sonrisa: ¿le va bien?, ¿come bastante?, ¿le cuidan?» (De nuestro Padre, Dos meses de catequesis, II, p. 750).
  16. Esas clases o charlas de formación -muy bien pensadas, casi siempre de Doctrina Católica básica, de acuerdo con las circunstancias de los que asistan- irán dirigidas a la cabeza y al corazón, con don de lenguas, en las que se tienda a darles esa formación fundamental que les falta, explicando las verdades elementales de nuestra fe, algunos principios de moral y las aplicaciones prácticas que necesiten. Es muy útil facilitar folletos o publicaciones con doctrina sencilla más asequible para ellos.
  17. Aunque esos libros y publicaciones están a la venta en la biblioteca-tienda que suele haber en las casas de retiro, los que se dejan en la sala de estar pueden llevarse del mismo Centro que organiza el retiro; otras muchas veces, en la misma casa, hay ya un conjunto de libros destinados a este fin.


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