Experiencias de práctica pastoral/Contenido y modo de la predicación

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CONTENIDO Y MODO DE LA PREDICACIÓN


Contents


Contenido de la predicación

Transmitir el mensaje cristiano

«La predicación sacerdotal, para que mejor mueva a las almas de los oyentes, no debe exponer la palabra de Dios sólo de modo general y abstracto, sino aplicar a las circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del Evangelio»[1]. Por tanto, el contenido de la predicación puede resumirse así:

  • ha de ser la exposición de una doctrina viva, atractiva, que mueva a las almas;
  • se apoya directísimamente en la vida y en la doctrina de Jesucristo. «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Nuestro Señor (II Cor. IV, 5): por eso, de ordinario la trama de nuestras meditaciones está formada por el Evangelio, con enseñanzas y ejemplos de la vida de Jesucristo, que desarrollamos según los temas propios del espíritu que Dios nos ha dado»[2];
  • deriva de la propia lucha por ser contemplativos en medio del mundo: quien predica traduce -como decía nuestro Fundador- en ruido de palabras su oración personal;

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  • ha de tener sentido inmediatamente práctico, de acuerdo con las necesidades de los oyentes, que el predicador tiene que conocer, sabiendo colocarse en su situación[3];
  • la exposición está llena de naturalidad, de sencillez, sin afectación ni grandilocuencia.

El sacerdote debe transmitir el Evangelio de Cristo según la doctrina de la Iglesia, «de modo que nunca se crea de otra manera, ni se entienda de otro modo la absoluta e inmutable verdad predicada por los Apóstoles desde el principio»[4]. Y nuestro Padre nos enseña: «vuestra pasión dominante ha de ser el afán de dar doctrina: doctrina católica, que esté plenamente de acuerdo con el sentir de la Iglesia y que siga con toda fidelidad el Magisterio de Pedro: porque hay falsos doctores, que introducirán sectas de perdición (II Petr II, 1): osados, pagados de sí mismos, que blasfemando no temen originar sectas (II Petr II, 10), y la confusión doctrinal es el mayor enemigo de Dios, peor aún que la misma ignorancia»[5].

Pero no basta con transmitir la doctrina segura, hay que explicarla con la terminología clara y tradicional -que no significa usar arcaísmos innecesarios-, asequible a todos, evitando expresiones insólitas o inadecuadas[6].

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Exponer los puntos centrales del espíritu de la Obra

Los sacerdotes de la Prelatura transmiten siempre el mensaje evangélico de acuerdo con el espíritu de la Obra, pues es lo que Dios quiere que presentemos a todos los cristianos, de cualquier condición, aunque no pertenezcan al Opus Dei[7].

Por tanto, en la predicación se subrayarán los siguientes temas básicos:

  • la consideración de la filiación divina; el amor profundo a la Trinidad Beatísima; la llamada universal a la santidad;
  • la vida de oración y la búsqueda de la presencia de Dios continua;
  • la santificación del trabajo profesional, cada uno en su estado y a través de la vida ordinaria; la unidad de vida;
  • el apostolado, como consecuencia del afán de santidad, que es responsabilidad de todos los cristianos;
  • un amor grande a nuestra Madre Santa María, a nuestro Padre y Señor San José, y a los Santos Ángeles Custodios;
  • una visión universal -católica- y un amor hondo a la Iglesia y al Papa;
  • un ascetismo sonriente -centrado en la participación personal en el Sacrificio de la Cruz: en la Santa Misa-, y vivido principalmente en los detalles del trabajo y de la vida ordinaria, en los deberes de estado; un sincero espíritu de contrición;
  • las virtudes humanas, necesarias para el ejercicio de las sobrenaturales: amor a la libertad y a la responsabilidad personales, sinceridad, etc.;
  • la devoción a nuestro Fundador, el ejemplo de su vida santa.

Todos los sacerdotes cuentan con los temarios generales que envía la Dirección Espiritual, y los siguen de acuerdo con las indicaciones recibidas en cada caso, pero de modo activo y con iniciativa. Un mismo tema

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puede enfocarse de muchos modos, y su preocupación apostólica le hará buscar el planteamiento más apropiado para cada caso, teniendo en cuenta las necesidades de las personas. Por eso, los guiones que se reciban deben ser estudiados por el sacerdote que va a utilizarlos, haciéndolos suyos, y no limitándose a una repetición sin vida de lo que viene dado. Esta misma iniciativa y vibración llevará al sacerdote a enviar sugerencias a la Dirección Espiritual sobre posibles guiones o temas de predicación. Junto al espíritu de iniciativa, el predicador debe ceñirse al tema previsto, si forma parte de un plan orgánico de predicación, y más si se ha de desarrollar entre varios sacerdotes.

Otras recomendaciones

Antes de terminar la meditación, es ya tradicional en la Obra tener un coloquio encendido, lleno de confianza filial, con nuestra Madre Santísima, poniendo en sus manos el fruto y las resoluciones concretas de ese rato de oración. Esta invocación se hace con naturalidad y espontaneidad, auténticamente: poniendo de manifiesto la virtud correspondiente en la Virgen, utilizando la advocación mariana más apropiada al tema tratado (por ejemplo, tomada de la Letanía Lauretana), etc.

Ha de tenerse en cuenta que hay ocasiones -un curso de retiro, por ejemplo- en que el tema de cada meditación debe estar muy bien centrado; pero en otros casos -las grandes fiestas litúrgicas o de familia- hay que evitar el «reduccionismo»: como sería, por ejemplo, el día de la Inmaculada Concepción de la Virgen limitarse a hablar de la santa pureza. Especialmente en las fiestas de mayor solemnidad, y sin caer en el extremo opuesto -una exposición tan difusa que los que escuchan no sepan de qué se ha tratado-, hay que saber poner a las almas ante el misterio y la grandeza de Dios.

Ayuda a dar viveza a la predicación engarzar, con naturalidad, las diversas circunstancias de entidad que concurren en el momento de predicar. Por ejemplo, al desarrollar un tema previsto en un retiro mensual para personas de Casa -una virtud, algún aspecto del espíritu de la Obra, etc.-, y sin que la meditación pierda unidad o trabazón, convendrá tener en cuenta las indicaciones concretas que en esa temporada están dando los Directores, o si está próxima una fiesta importante, etc.

Como es lógico, los sacerdotes no han de tratar en la predicación de cuestiones opinables. Del mismo modo, son ajenos a la predicación sacerdotal los temas de sociología, política, psicología, etc. «Los sacerdotes sólo debemos hablar de Dios. No hablaremos de política, ni de socio-

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logía, ni de asuntos que sean ajenos a la tarea sacerdotal. Y haremos así amar a la Santa Iglesia y al Romano Pontífice»[8]. Pero hay cuestiones morales que se refieren a la coherencia y autenticidad de la vocación cristiana, deberes de justicia, temas sociales tratados por el Romano Pontífice o por el episcopado, etc., que han de abordarse cuando sea oportuno, siempre desde la perspectiva sacerdotal: «El sacerdote debe predicar -porque es parte esencial de su munus docendi- cuáles son las virtudes cristianas -todas-, y qué exigencias y manifestaciones concretas han de tener esas virtudes en las diversas circunstancias de la vida de los hombres a los que él dirige su ministerio. Como debe también enseñar a respetar y estimar la dignidad y libertad con que Dios ha creado la persona humana, y la peculiar dignidad sobrenatural que el cristiano recibe con el bautismo»[9].

También debe evitarse la tentación de «hacer fácil» o «disminuir» las exigencias de la religión. Ya el Papa Benedicto XV reprobaba la actitud de aquellos predicadores que «habiendo como hay entre las verdades reveladas por Dios, algunas que aterran a la débil y corrompida naturaleza del hombre y que, por lo mismo, no son las más apropiadas para arrastrar multitudes, con toda prevención las orillan y tratan materias que, si se exceptúa el lugar en que son tratadas, nada tienen de sagrado. Y no es raro el que a la mitad de un sermón sobre verdades eternas, se pongan a hablar de política, sobre todo si el auditorio está apasionado por algún estímulo de este género. El único afán de éstos parece ser complacer a los oyentes y dar gusto a aquéllos de quienes dice San Pablo: "sienten verdadera comezón por escuchar novedades"»[10].

Estilo de la exposición

Para mejorar en los aspectos que se señalan en este apartado, puede ser conveniente estudiar con detenimiento la «estructura» de las meditaciones de nuestro Padre, y ver cómo compagina la doctrina teológica con la aplicación ascética personal; el comentario del Evangelio («meterse como un personaje más»), con la anécdota sacada de la vida ordinaria o de la historia; los horizontes amplios de santidad, con el propósito concreto e inmediato. Así mejorará nuestra predicación, dentro del modo particular de hablar y expresarse que tenga cada uno.

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El sacerdote ha de poner los medios para ser buen instrumento

Todos los sacerdotes pueden llegar a adquirir un estilo suficientemente digno, correcto, que ayude a las almas a hacer oración. Se trata de preparar bien las meditaciones y dejarse ayudar con la corrección fraterna. Una nota característica del modo de predicar que nos enseñó nuestro Fundador es la naturalidad y la sencillez -que no están reñidas con la elegancia-, y siempre el don de lenguas: «Hemos dado origen en Casa a un modo de predicar que está lejos de la retórica decimonónica, de la palabrería hinchada, del sentimentalismo inconsistente, de exhibicionismos de ciencia humana»[11].

No basta con dar doctrina segura, clara y práctica; es necesario que esa doctrina persuada y convenza, para que los oyentes se decidan a cumplirla. Llevar a las personas por caminos amables, sin despreciar la forma que reviste la verdad para hacerse asequible, para presentarse, ante los ojos humanos, grata y atractiva. Nuestra condición humana impone esa necesidad de adoptar diversas maneras, enfoques distintos, para que los sentidos -externos e internos- que son como las puertas del alma, perciban la belleza de la verdad, y la reciban con gozo. De este modo se logrará que veritas placeat vel delectet.

El predicador hace su oración personal

Pero, además, es necesario que la verdad moveat et flectat- porque, en último término, el fin de toda predicación es mover el ánimo[12]. Para esto, en primer lugar, es necesario que el sacerdote sienta y trate de vivir lo que dice, que esté bien convencido de aquello, y al predicar procure hacer su propia oración: «El sacerdote que dirige la meditación, ha de tener presente que hace entonces su oración personal, cuajando en ruido de palabras -como suelo decir- la oración de todos, ayudando a los demás a hablar con Dios -si no, se está perdiendo el tiempo-, dando luz,

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moviendo los afectos, facilitando el diálogo divino y, junto con el diálogo, los propósitos»[13].

Tiene que notarse, en efecto, que el sacerdote hace su oración; por esto, es lógico que de vez en cuando se dirija con naturalidad al sagrario, formule en voz alta un afecto personal, un propósito sin miedo y sin vergüenza, con autenticidad: «Me produjo alegría lo que decían de aquel sacerdote: "Predica con toda el alma... y con todo el cuerpo"»[14].

Por tanto, el predicador debe aplicarse a sí mismo lo que va diciendo a los demás. A la vez, ha de ayudar a los que escuchan a hacer oración, tratando de mover los afectos, de provocar el diálogo con Dios. Para esto, la meditación ha de distinguirse -por la forma y por el contenido- de una plática o de una charla, en que se expone la doctrina sobre algún punto determinado.

Mover a los oyentes a formular propósitos de mejora

El predicador ha de mover siempre a que los oyentes hagan propósitos. «Así como se ha de deleitar al auditorio a fin de que atienda a lo que oye, del mismo modo se le ha de convencer, para que se mueva a ejecutar lo que ha oído»[15]. Si se trata de una meditación, los propósitos estarán unidos o seguirán a los afectos, siempre que éstos no sean puro sentimentalismo. Si se trata de una plática o de una predicación más doctrinal, las resoluciones son consecuencia de la fe mejor conocida y con deseos de llevarla a la práctica.

En cualquier caso, como ya se ha dicho, el sacerdote ha de proponerse, en cada predicación, unas metas concretas: por ejemplo, si se habla de penitencia, que los oyentes salgan dispuestos al arrepentimiento y a una buena confesión; si se habla de trabajo, que formulen el deseo de aprovechar mejor el tiempo o de renovar con más frecuencia el ofrecimiento a Dios. Para lograrlo, el sacerdote sabrá descender de la doctrina general a las aplicaciones prácticas, adecuadas a las personas que le escuchan, pero sin convertir la predicación en una lista de cosas concretas.

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Para conseguir este fin -dada su condición de instrumento del Espíritu Santo-, es él mismo quien primero tiene que procurar salir de la meditación con propósitos de mejorar en esos aspectos. Entonces, además, hablará con un tono convincente y persuasivo. Y cuando el sacerdote sea más consciente de sus limitaciones y miserias personales, predicará más abandonado en las manos de Dios, pidiendo la gracia de que el particular estado de su alma no sea obstáculo para hablar, como siempre, con convicción.

Animar y exigir, con sentido positivo

Para que la predicación sea eficaz, hay que animar y exigir, con vibración y don de lenguas: «Reza así, alma de apóstol: Señor, haz que sepa "apretar" a la gente y encender a todos en hogueras de Amor, que sean el motor único de nuestras actividades»[16].

Es preciso hablar siempre de modo muy positivo, con un sentido deportivo de la vida y de la lucha ascética; apoyándose en la filiación divina: así se moverá más fácilmente al trato personal con el Señor.

Algunas veces conviene «demostrar las ideas centrales de la predicación, según los temas y personas a quienes se dirige: importancia de una virtud, señalar que una afirmación es verdad de fe o enseñanza de la Iglesia ayudando a entenderla hasta donde se pueda, etc.[17].

Aunque en ocasiones haya que mencionar los errores dogmáticos o morales, es preferible hacer hincapié en lo positivo. Igualmente, no puede adoptarse un tono polémico para afirmar una verdad. Tampoco conviene exagerar nunca en los defectos, en la parte negativa del tema, sino insistir en la belleza de la virtud, en el modo de vivirla. Cuando haga falta, se ha de compaginar la claridad para decir la verdad más fuerte o exigente, con la caridad más delicada; pero evitando un tono recriminatorio o de queja.

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El sacerdote tendrá siempre presente que los oyentes están, de ordinario, en buena disposición y con deseos de mejorar[18].

Naturalidad y sencillez en la exposición

La exposición ha de ser adecuada a las personas a quienes se dirige: «Esforcémonos por exponer las ideas con naturalidad y sencillez, usando, como es lógico, para dirigirnos a los que nos escuchan, las expresiones apropiadas a cada tipo de personas. Es ésta otra manifestación más del don de lenguas, que siempre pido para todos mis hijos»[19].

Dentro de la naturalidad y la sencillez, el estilo de la predicación debe ser elegante, usando un lenguaje bien construido, con sintaxis correcta, rico en vocabulario y expresiones, variado, a la vez que sencillo y llano.

Interesa la precisión terminológica, sobre todo en cuestiones más estrictamente teológicas, jurídicas o del espíritu de la Obra. Hay que evitar el uso de expresiones estereotipadas, y también que se pueda formar una especie de argot[20].

Este lenguaje, sencillo, natural, rico y preciso, debe acomodarse a las personas que escuchan; por ejemplo: si se habla a personas de menor cultura, se evitará usar conceptos abstractos, en la medida en que esto es posible, o términos filosóficos o teológicos técnicos[21]; si se habla a sacerdotes, es necesario cuidar más la precisión teológica.

La predicación de nuestro Padre se caracterizó por dirigirse a cada oyente en particular, ayudándole a ponerse ante las exigencias de Dios. El sacerdote ha de facilitar a los que escuchan a sentirse destinatarios, en primera persona, del contenido de la predicación, para que brote en ellos

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su oración personal con el Señor, del mismo modo que él procura hacerla. Para esto, es oportuno que, de vez en cuando, se dirija al auditorio de un modo más directo, utilizando el «nosotros» o el «tú y yo» («¿No es verdad que nosotros podemos mejorar en...?»; «Y tú y yo formulamos el propósito de...»)[22].

Además, el estilo debe ser personal y adecuarse a la materia que se trata en cada momento. El sacerdote ha de predicar con rectitud de intención, no preocupándose del «resultado» de la meditación; si se pone empeño en mejorar y ayudar a mejorar, y se hace cara a Dios, la predicación es siempre eficaz. El mejor estilo -distinto para cada predicador- es el que es fruto de la oración personal del sacerdote mientras predica.

Comparaciones, ejemplos, anécdotas

Es importante materializar al máximo las ideas centrales, como nos ha enseñado nuestro Padre: «Para facilitar la oración, conviene materializar hasta lo más espiritual, acudir a la parábola: la enseñanza es divina. La doctrina ha de llegar a nuestra inteligencia y a nuestro corazón, por los sentidos»[23]. Para esto, el sacerdote puede intercalar comparaciones, metáforas, frases gráficas:

  • comparaciones con el cuerpo humano: vida interior y función del corazón; unidad y variedad de miembros del cuerpo y variedad y unidad de los miembros de la Iglesia o de la Obra;
  • ejemplos de barcas y redes en el apostolado; la Obra como barca; el apostolado y el proselitismo como labor de pesca; las redes como instrumento, que sin vida interior no sirven;
  • analogías de caminos: señales, dificultades, etc.;
  • metáforas relativas a la vida interior, tomadas de la edificación material, de la agricultura;
  • comparaciones con la vida física: crecimiento, alimento, salud, enfermedad, medicina;
  • comportamiento de los niños, etc.

Las parábolas evangélicas deben utilizarse frecuentemente, explicándolas bien, situándolas en el ambiente evangélico.

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Las anécdotas son muy útiles también para dejar bien grabada una doctrina y especialmente alguna de sus consecuencias prácticas. Han de ser siempre adecuadas: «Poned ejemplos, intercalad alguna anécdota -que mantenga la atención y haga descansar a los que escuchan-, pero con gravedad sacerdotal, huyendo de toda vulgaridad»[24]. Hay que cuidar, desde luego, que los ejemplos que se pongan tengan siempre el tono apropiado para una meditación[25], y que no rompan el hilo, de modo que, aunque pueden y deben ser distensivas, no corten la conexión de las ideas. Han de ser adecuados a los asistentes, según su cultura, el ambiente en que se mueven, su formación doctrinal-religiosa, etc. No se trata de contar chistes o bromas por el simple afán de quitar tensión y menos por hacer gracia, aunque no hay inconveniente en que las anécdotas, siendo oportunas, alguna vez hagan reír de buena gana a los oyentes.

Posibles defectos que conviene evitar

Aun teniendo en cuenta la orientación práctica que ha de tener la predicación, hay que evitar cuidadosamente incluso la apariencia de referencias personales -ni de alabanza ni de censura-, o de que se intenta corregir alguna situación concreta de una persona o de varias. Esta delicadeza se extremará cuando se trate de algo que, incluso remotamente, podría dar la impresión de pertenecer al fuero interno.

No tendría sentido usar un lenguaje vulgar, con expresiones de la calle, o demasiado «desgarradas». También hay que estar atentos para que no se introduzcan «muletillas» (¿no...?, no sé..., pues); o se repitan en exceso unas determinadas palabras, expresiones hechas o tópicos[26].

Debe evitarse el personalismo, tanto si se refiere a una virtud como a un defecto: «a mí me ha pasado...», «a mí me cuesta...». Tampoco se cuentan anécdotas propias, «familiares», ni se cita a personas de Casa, dando sus nombres[27]. Tanto menos se refieren cosas de una Sección, cuando se está predicando a personas de la otra.

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Tonos de voz y gestos corporales

Se han de emplear también los distintos tonos de voz, adecuados a las ideas que se exponen, para no caer en la monotonía -uso constante de un mismo tono-, de manera que «la música vaya de acuerdo con la letra». Conviene pronunciar bien, evitando tanto la excesiva lentitud como la precipitación en el modo de decir. Hay que evitar siempre lo artificioso, y por tanto el engolamiento, el tono altisonante, declamatorio o retórico; lo mismo que un monótono y rebuscado intimismo: predicar no es susurrar. En definitiva, se trata de ser naturales y hablar en presencia de Dios.

Es preciso tener en cuenta las condiciones acústicas del lugar donde se predica. Si se utiliza el micrófono, no se puede olvidar que para que se entienda bien y para evitar ecos o ruidos en los altavoces, es necesario pronunciar de modo más pausado que lo habitual.

Por lo que se refiere al movimiento de las manos, hay que ser siempre correctos, decorosos y discretos, procurando no distraer. Se ha de evitar cubrirse la cara con las manos, hablar con las manos delante de la boca, jugar con el reloj, con el crucifijo, con la lámpara.

También hay que procurar mirar a los oyentes, recorriendo con la vista todo el lugar, evitando fijarse en un sólo punto o en una persona determinada, mirar al infinito, fijar los ojos todo el tiempo en el guión, o tenerlos siempre cerrados.

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Referencias

  1. Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 4.
  2. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 26.
  3. Para esto, además de la experiencia personal, conviene que, de vez en cuando, pregunte a los Directores; también, en alguna ocasión aislada, puede ser oportuno que lo haga cuando predica en Centros de mujeres, pues las Directoras -por convivir con las personas a quienes se dirige la predicación- conocen mejor determinados matices y aspectos en los que convenga insistir. De todos modos, si se trata del sacerdote que atiende el Centro, apenas tendrá necesidad de hacerlo, porque ya conoce lo que es más conveniente.
  4. S. Pío X, Motu pr., Sacrorum antístitum, 1-IX-1910. Por tanto, en la predicación nunca se expresan opiniones particulares de teólogos, o teorías más o menos de moda.
  5. De nuestro Padre, Carta, 28-III-55, n. 7.
  6. Conviene cuidar la terminología en todo momento, pero especialmente si se habla de temas dogmáticos o morales, al dar definiciones, etc.: es preferible llevar todo esto escrito, o utilizar los libros precisos. A este respecto, se puede emplear el Catecismo de la Iglesia Católica, de un modo apropiado a las circunstancias de las personas a quienes se dirige: por ejemplo, no es necesario citarlo siempre textualmente, basta exponer con claridad el contenido, haciendo notar -cuando sea preciso- las verdades que son de fe, dentro de un contexto ascético y apostólico, con don de lenguas. También es necesario usar versiones adecuadas de la S. Escritura: por ejemplo, el Nuevo Testamento preparado por la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.
  7. En consecuencia, es de justicia que al explicar nuestro espíritu, se cite la fuente siempre que sea necesario: las enseñanzas orales y escritas de nuestro Fundador, poniendo todo el cuidado filial para no atribuirse ideas y expresiones que no tienen otro autor que nuestro Padre. Naturalmente, esto se ha de hacer con sentido común y teniendo en cuenta a los oyentes. Por ejemplo, si se trata de personas con cierto tiempo en Casa, no es necesario estar diciendo continua y expresamente: «como ha dicho nuestro Padre...», al repetir ideas, frases, puntos de Camino, etc., que todos saben perfectamente que son de nuestro Fundador.
  8. De nuestro Padre, Carta, 10-VI-71, n. 9.
  9. De nuestro Padre, Conversaciones, n. 5.
  10. Benedicto XV, Enc. Humani generis, 15-VI-1917, AAS 9(1917), p. 305.
  11. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 26.
  12. «Cuando la enseñanza versa sobre cosas que basta creer o conocer, sólo se pide al auditorio que confiese ser verdad lo que se propuso. Cuando se enseña lo que ha de hacerse, y se enseña para que se haga, en vano se inculca que lo que se dice es verdadero, en vano se les agrada con el modo de decirlo, si no lo aprende para practicarlo. Conviene, pues, que el orador sagrado, cuando aconseja alguna cosa que debe ejecutarse, no sólo enseñe para instruir y deleite para retener la atención del auditorio, sino también que mueva para vencer» (S. Agustín, De Doctrina Christiana, libro IV, cap. XIII).
  13. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 27. Cuando el sacerdote dirige la meditación está haciendo, en primer lugar, su oración personal: por tanto, cumple la Norma de la oración mental.
  14. De nuestro Padre, Forja, n. 967. Es necesario que estos afectos sean auténticos y llenos de naturalidad, no como una técnica. Por tanto, no es éste un recurso fácil; es preferible no abusar de él, aun cuando el sacerdote lo hiciera con muy buena intención.
  15. S. Agustín, o.c., libro IV, cap XII.
  16. De nuestro Padre, Forja, n. 968.
  17. En cualquier caso, las pruebas han de ser breves, de acuerdo con la capacidad de los oyentes, profundas, incisivas, seguras, sin multiplicarlas demasiado. Naturalmente, a este respecto, no es lo mismo una meditación que una plática; ni que se trate de personas de Casa o de personas de poca formación, de un ambiente católico o de un ambiente con mayor confusión doctrinal. Los argumentos serán sobre todo sobrenaturales, no sólo humanos, y menos psicológicos o sociales, aunque pueden aportarse algunos datos de estas ciencias como simples ejemplos.
  18. A este propósito, señalaba San Agustín: «Los abusos no se atajan, a mi entender, con aspereza, rigor y modos imperiosos. Más que mandar, hay que enseñar; más que amenazar, hay que amonestar (...) Si nos vemos en la precisión de amenazar, hagámoslo con dolor, anunciando con textos bíblicos el castigo futuro» (Carta, 22, 5).
  19. De nuestro Padre, Carta, 2-II-45, n. 34.
  20. Así, por ejemplo, para designar a Nuestra Señora, se usan todos los términos cristianos: la Madre de Dios, Santa María, La Virgen Santísima, etc., sin limitarse a usar una forma sólo (la Señora, por ejemplo); lo mismo, para referirse a los Santos Angeles Custodios: Los Angeles de la guarda, los Santos Ángeles Custodios...
  21. Lo que no quiere decir que haya que hablarles como a niños: se trata sólo de cuidar el vocabulario, de simplificar y adaptar más las expresiones técnicas al lenguaje ordinario, etc.
  22. En este contexto, es lógico que alguna vez se dirijan a sus hermanas o hermanos con este nombre: «hermanas mías» o «hermanos míos».
  23. De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, nota 179.
  24. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-56, n. 27.
  25. Pocas veces, por ejemplo, será conveniente comentar una noticia aparecida en un periódico.
  26. Pero los acentos regionales, si no son excesivamente marcados, no hay por qué tratar de eliminarlos: resultaría poco natural, afectado, y además no se consigue.
  27. Ha de tenerse muy en cuenta esta indicación, cuando se predica a mujeres, porque entonces resulta especialmente chocante esa referencia a cosas personales o familiares.


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