En busca de la libertad perdida

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Por Salypimienta, 7.11.2008


El tema de la libertad es algo en lo que todos los seres humanos nos hemos cuestionado a lo largo de nuestra vida. La libertad es sumamente necesaria para la madurez de las personas, sin ella nunca podremos alcanzar la plenitud en ningún aspecto de nuestra vida. ¿Podemos vivir sin libertad?, ¡claro que si!, siempre y cuando no nos demos cuenta de que no la tenemos, de lo contrario, la buscaremos desesperadamente...

La libertad, al igual que el amor, están grabados en nuestra naturaleza, son, por así decirlo casi un instinto. Dependiendo de cada circunstancia en particular, podremos hacernos la ilusión de que nuestra realidad tiene esos dos dones y hasta podemos llegar a convencernos de que son nuestros. El problema viene cuando por cualquier motivo, enfrentamos ante nosostros mismos que en nuestra vida no existen.

Hace muuucho tiempo, en la universidad, leí un libro de Erich Fröm llamado El Miedo A La Libertad, no recuerdo textualmente lo que dice, pero a grandes rasgos explicaba que el ser humano tiene miedo de buscar su libertad personal, gracias a los patrones que teníamos debidos a nuestra educación. Me parece que esto es exactamente lo que nos ha pasado a todos cuando nos dimos cuenta de que dentro del Opus Dei, no ibamos a llegar a ningún lado.

Visto de manera sencilla, aunque nos parecía mal lo que vivíamos dentro de la institución, era más cómodo continuar llevando esa vida "superprotegida", que animarnos a enfrentar el mundo real. Nuestros esquemas de vida estaban perfectamente delineados, no teníamos ni siquiera que pensar, todo se nos daba resuelto por el/la dire. El único esfuerzo real que tuvimos que hacer dentro de la Prelatura fue cumplir las normas y el apostolado ¡y ya!. No nos dejaron conocer lo que había fuera, en todos los temas y asuntos había siempre lineamientos perfectamente definidos y si los seguías al pie de la letra, no había casi margen de error. Eso nos convirtió en adultos inmaduros e infantiles, pedíamos permiso para todo, casi hasta para ir al baño. Nos volvimos completamente dependientes de la institución.

Un día, por la razón que sea, a cada uno se nos reveló en forma particular, que nuestra libertad exigía ser ejercida, que debíamos bajar de la carreta y caminar nuestra vida con nuestros propios pies, y surgió una revolución en nuestra alma. Se nos abrían dos caminos: continuar protegidos en nuestras cuatro paredes viviendo en un micro-mundo, o salir a aprender a vivir. Entramos en pánico, ¡qué miedo tener que pensar por nosotros mismos!, ¡qué terror tener que tomar decisiones!, ¡qué agobio vivir nuestra propia vida como Dios nos daba a entender!. Nadie nos preparó para aceptar que nuestra vida, nuestras desiciones y nuestros actos dependían sólamente de nosotros. Nadie nos dijo que Dios no necesita de todas las normas del plan de vida para salvarnos, qué El nos va a salvar por que se le da la gana, por que nos creó para ser salvados y que lo único que espera de nosotros es que LE AMEMOS. Nadie nos avisó que TODAS las personas que no son del Opus Dei nos pueden enseñar cosas maravillosas y que a la gente hay que quererla por quien es y no por lo que es. Nos aterrorizaron haciendonos creer que fuera de la Obra no eáamos más que despojos humanos, indignos de cualquier cosa buena, y que los que se marchaban eran unos miserables traidores que se merecían todos los males de éste mundo... y del otro...

... Y llegó el momento en que por una inspiración divina -porque Dios nos habló al oido sin la intermediación del confesor de la obra ni de los dires.-, abrimos la puerta de la jaula de oro, muertos del miedo, sin saber a ciencia cierta cómo debíamos enfrentar ese mundo que se abría ante nuestros ojos y que sólo conocíamos por referencias más bién malas y en ese preciso momento, dió inicio nuestra vida, buscando el afecto real, de las personas reales; buscando nuestra verdad; siguiendo nuestro camino. Y nos dimos cuenta de que la vida en el mundo, en lo que se llama Planeta Tierra tiene mil matices para disfrutar, millones de cosas agradables y que Dios está muy por encima, MUY POR ENCIMA de cualquier plan de vida, criterio, instrucción, praxis y costumbre de casa.

En mi caso particular, descubrir el mundo de fuera ha sido como cuando de niña recibía los regalos de los Reyes Magos, todo es una sorpresa, todo es éxtasis. Algunos regalos no me han gustado tanto, pero eso no es lo que importa, lo importante es que los tengo, que son míos, que puedo encontrar la manera de jugar con ellos. Otros regalos han sido mi fascinación, y no me canso de jugar con ellos, de encontrarles cosas nuevas.

De haberme enterado antes de que el mundo de fuera era todo menos algo horrible, corrupto, miserable, sucio, pornográfico e inmoral, hubiesen pasado dos cosas importantísimas en mi vida: Me hubiese marchado mucho tiempo antes, y hubiese tenido una vida mucho más relajada y contenta de la que tuve que vivir entre los 19 y los 42 años.



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