El sentido del éxito en el Opus Dei

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Por E.B.E., 15 de abril de 2004


Preliminares

Antes de comenzar a desarrollar este escrito quería hacer una aclaración importante: una cosa es la Obra que muchos quisimos y en la cual pusimos nuestras esperanzas y otra muy distinta es la Obra que resultó ser realidad. Muchos aún transitan –o acaban de empezar- el camino idealizado de una Opus Dei maravillosa, mientras que para otros ya no queda nada que idealizar. En honor y tributo a aquélla Obra que no fue –pero que pareció ser- es que van escritas estas líneas como así también los anteriores escritos. Tanto esa Obra que no fue como nosotr@s, aquell@s que pusimos toda nuestra confianza, nos merecíamos otra cosa y no la Obra que ahora es.

Justamente porque siento una necesidad de rescatar todo lo bueno que hubo es que veo necesario señalar con la mayor precisión posible los errores y las incoherencias que llevaron a la Obra por un camino tan distinto al que nos presentaron.

Es necesario hacer una crítica a la Obra, sin exageraciones –en lo posible- ni sentimientos desbordados, porque le quitarían legitimidad y precisión. Una crítica forzada es una crítica sin fuerza.




La Obra para muchos –me parece- fue un tiempo de idealismo tan fuera de la realidad como una psicodélica década de los sesenta. No eran malos los ideales, simplemente estaban rodeados de una realidad muy distinta y hasta opuesta –en nuestro caso, el rostro pragmático de la Obra-; también una cierta ceguera inmanente a los ideales impedía ver lo que estaba sucediendo y adónde iban a terminar esos ideales. Estos fueron otro de los anzuelos –importante, sin duda- con los que la Obra nos pescó. Porque la Obra primero se presentó como una Promesa, a la cual le siguió unas Prácticas que fueron justificadas por unas Explicaciones, cerrando así un círculo dinámico que marearía a cualquiera y le llevaría tiempo salir de ese laberinto.

La Promesa era la mística, el «Espíritu de la Obra», aquello que todos esperábamos que algún día se daría en plenitud. Aquello por lo cual cada uno se entregó, en definitiva.

Las Prácticas eran el conjunto de acciones (mandatos y normas) para –supuestamente- alcanzar la Promesa.

Las Explicaciones fueron el lazo que unió las Prácticas con la Promesa, porque la lógica por si misma no lograba hacer congruente una cosa con la otra. Solamente por las Explicaciones podría salvarse la distancia entre la Promesa y las Prácticas, haciendo de la vida en la Obra un estado de excepción permanente.

El problema sucedió cuando las Explicaciones fueron insuficientes o necesitaban a su vez más Explicaciones (problema inflacionario).

El problema se presentó cuando las Prácticas no sirvieron para alcanzar la Promesa sino que estaban puestas al servicio de otros fines (los corporativos) y la Promesa vino a ser la excusa (malversación de la confianza). El problema surgió cuando las Prácticas llevaron a la depresión y a la autodestrucción, empañando así la Promesa.

Generalmente las Explicaciones tenían un carácter de autoridad y no de razonamiento, lo que permitía salvar la distancia irracional entre Promesa y Prácticas.

El plano de las Prácticas tenía que ver justamente con el plano político y de gobierno. Las Explicaciones eran el aspecto «legislativo» de las Prácticas políticas. El de la Promesa era el plano propiamente espiritual.

Es interesante observar que la Promesa fue un llamado desde el Amor mientras que las Prácticas y las Explicaciones tenían que ver más con el Temor. Frente a la frustración de los ideales, lo único que quedaba era el consuelo de pensar en la Promesa como quien piensa en el Cielo: algo con lo cual ilusionarse pero que se alcanzaría después de la muerte. Había otra posibilidad, y era renunciar al empeño de alcanzar una Promesa mediante unas Prácticas tan enfrentadas con los ideales que decía promover.

Si bien «renunciar» es el paso más importante para volver a la realidad, la desintoxicación no es instantánea. Pasará mucho tiempo hasta superar la enorme frustración sufrida.

La otra llamada

Ahora voy a desarrollar una idea que no es mía, la he tomado prestada. Me ha gustado mucho por su originalidad y porque también ayuda a ver las cosas desde otro ángulo, probablemente inesperado.

Es posible que no sea una idea «universalizable» y que muchos no se sientan identificados para nada. Pero otros sí.

Hay un “llamado” consciente al que se le denomina vocación. Pero también hay otro “llamado” al que se puede denominar seducción.

Aquél apunta a los altos ideales de santidad. La seducción, en cambio, es un llamado en forma de tentación: apunta a las debilidades, a las pasiones, a las conveniencias, a las patologías, por qué no.

Así como la Opus Dei significó un llamado a dar lo mejor de nosotros, un llamado a la santidad, de alguna manera también pudo ser –según sea el caso- una convocación a lo peor de nosotros. No necesariamente en el sentido moral –aunque también lo incluyo- sino en cuanto a debilidades y defectos.

Creo que aquí está otra de las «razones irracionales» por las que nos hemos vinculado a la Obra y aún puede permanecer vivo e invisible ese vínculo.

En la Obra se “reciclan” ciertas tendencias y defectos que de otra forma –si no hubiéramos estado en la Obra- muy probablemente no se habrían “despertado” o desarrollado tanto. Tal vez, habrían sido vistos por nosotros como un problema a resolver, pero nunca a «elevarlos» al orden de la santidad.

Quien posee ciertos defectos, los potencia con su ingreso en la Obra, ya que en la Obra se vuelven “santos” (santa coacción, santa indiscreción, santa desvergüenza y tantas otras “santidades”). El problema de estos «binomios» es que en nombre de la santidad se permite hacer cosas «non sanctas». Más claro –por ejemplo- es hablar de valentía y no de «santa desvergüenza». Es una perversión de los términos y una puerta abierta hacia conductas ambiguas que esconden intereses bien concretos de manipulación.

Estas tendencias son útiles al funcionamiento de la Obra, por eso ella las explota. Son como nervaduras de su armazón viviente. Y así estas tendencias al potenciarse –si ya las teníamos- nos hacen más daño que si no hubiéramos pertenecido a la Obra. Y más cuando en la Obra encuentra legitimación.

Por eso el paso por la Obra puede resultar tan dañino sin saber bien por qué, al menos mientras está sucediendo.

La Obra se sirve –aunque no exclusivamente- de tendencias patológicas tan diversas como: obsesiones compulsivas; inseguridades (favoreciendo la dependencia total respecto de la Obra y debilitando aún más a la persona insegura); tendencia a la pasividad y a la falta de iniciativa (convertidas en virtud de la “docilidad”); tendencia a la autoexigencia desmesurada; problemas afectivos no resueltos (como la búsqueda de un «padre» o «madre» incondicionales, y para estos casos, la Obra viene como anillo al dedo); ambiciones de éxito (al estilo de ciertos cruzados que con la excusa del Evangelio iban tras otras realidades); ambiciones de poder e influencias (tendencias manipuladoras y a la coacción, búsquedas de ascenso social).

Aquí sólo desarrollaré uno de esos puntos: la “santa codicia” como afán de éxito puesto “al servicio de Dios”.

La búsqueda de éxito como «gancho»

Por lo que he ido observando y conversando, la aspiración al éxito es uno de los «ganchos» más importantes y atractivos de la vocación a la Obra. Por supuesto, no dejo de tener en cuenta la enorme rectitud de intención que supone aceptar una vocación a la santidad por parte del aspirante. Pero esto nunca fue «un gancho» sino una aspiración llena de rectitud. En cambio la idea de «gancho» está asociada a la idea de seducción y manipulación. La palabra «gancho» se lleva muy bien con la palabra «trampa».

Mientras, por un lado, nos sentíamos llamados a entregar nuestra vida a un camino de santidad en medio del mundo, por otro lado la Obra misma emitía un mensaje de seducción sobre la conquista de ese mismo mundo.

De alguna manera, era la Conquista unida a la Evangelización, como siglos atrás. Fórmula que nunca funcionó sino al contrario, le trajo graves problemas a la Iglesia una y otra vez, por los cuales ha pedido perdón en estos últimos años. Pero la Opus Dei parece reproducir esta mentalidad. Un modelo de sociedad verticalista y cerrada, asfixiante, donde es imposible que sobreviva la idea de pluralismo, ya que «nosotros tenemos la verdad» y el resto de la sociedad –los no católicos- es el enemigo al cual «nosotros tenemos la misión y la obligación» de convertir o combatir:

«Este sueño malo, de la irresponsabilidad de los que debían vigilar, ha permitido que el enemigo sembrara tanta cizaña. Especialmente responsables son los católicos laicos, a quienes compete más directamente lo temporal, las cosas de la tierra, las estructuras humanas.

Allí debían estar presentes y activos, y no dejar que dominaran los que no conocen a Dios o le combaten. La situación actual —la que os acabo de dibujar— es la señal de un tremendo fracaso de los laicos en la tarea de la consecratio mundi. Es el pecado de la poltronería, del absentismo suicida.

Decidme cuántos grandes periódicos —de éstos que tienen millones de lectores, y hacen y deshacen la opinión pública mundial— conocéis vosotros, que estén llevados por católicos practicantes: no hay ninguno. En cambio, esa prensa está dirigida por protestantes, por judíos, por masones o por marxistas practicantes (…).

En todas partes se han dejado preceder los católicos. Si los enemigos de Dios no han ocupado todos los puestos, no es porque hayan encontrado en algún sitio a los católicos trabajando ya con eficacia, sino porque no les estorba en lo más mínimo que haya otros en posiciones periféricas. Ellos [los enemigos de Dios] han concentrado el esfuerzo en conquistar los puntos neurálgicos, y desde allí lo controlan todo, dejando que los demás se muevan sólo lo imprescindible para dar una apariencia de variedad, para disimular el monopolio (…).

Tened la seguridad de que, a medida que este apostolado se vaya extendiendo, llevando la buena doctrina por todos los cauces que ofrecen hoy las estructuras de la sociedad, se verán solucionados los grandes problemas de la opinión pública, como consecuencia del espíritu cristiano que irá empapando todas estas actividades. Se llevará a cabo una cruzada de virilidad y de pureza, que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. Se llenarán de caridad las relaciones entre los hombres, y se aplacarán los odios, las luchas fratricidas, las divisiones.

No os dé miedo, por tanto, la situación actual, ni penséis que no tiene remedio. No os asusten las olas embravecidas por la tempestad en el océano del mundo. No tengáis deseos de huir, porque ese mundo es nuestro: es obra de Dios y nos lo ha dado por heredad»
(Carta, 30-IV-1946, n. 37 y ss.).

Verdaderamente me preocupa mucho la parte que dice «se verán solucionados los grandes problemas de la opinión pública». ¿Cuál problema? ¿El pluralismo? Es muy preocupante el carácter totalizador de tal afirmación. Casi podríamos decir: «ya no existirá más la opinión pública». Por supuesto, de «ecuménico» el texto no tiene nada sino todo lo contrario.

Este planteo desarrolla el itinerario mental –e ideológico- de cómo el fundador sitúa a la Obra frente al mundo, itinerario contrario a los ideales que, por otro lado, la misma Obra proclama y hace de ellos su bandera:

«…ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es decir, el pluralismo.» (Conversaciones, n. 67);

«…debemos ser muy amigos de la libertad: enamorados de la libertad, defensores de la libertad, propagadores de la libertad. De la libertad de todo el mundo: primero la de los demás; después, la nuestra» (Obras II-1965 p. 13);

«Esta entraña efectivamente católica del Opus Dei nos exige tener un ánimo grande, universal (…) para superar y abatir las numerosas barreras mentales y psicológicas que los hombres ponen a la fraternidad de los hijos de Dios» (Carta, 11-III-1940, n. 63).

No se entiende cómo de una misma persona pueden haber surgido textos tan enfrentados entre sí. Esta dualidad es la que hace de la Obra una institución poco confiable.

Es que una cosa son los ideales y otra la ideología. La Obra «pesca» con ideales como carnada pero luego gobierna desde la ideología, la cual no revela de manera abierta sino bajo formas de adoctrinamiento y de los llamados “criterios”. Esto es lo más peligroso de una institución como la Opus Dei: su rostro externo es muy loable pero luego sus comportamientos «ad intra» tienen una lógica muy distinta.

La ideología es lo determinante, lo que en definitiva cuenta y define quién se queda y quién se va. Ya el mismo planteo -tradicional en la Obra- de «salir a pescar» implica una disposición de seducción –engañar con alguna carnada- que poco puede tener que ver con el Evangelio.

La Obra –bajo la pantalla de un camino espiritual- es un proyecto de conquista basado en una fuerte ideología, «demasiado humana» al decir de Nietzsche.




Creo que la gran «pegada» de la Obra fue unir la búsqueda de la santidad a la búsqueda del éxito. Predicar una especie de calvinismo católico y de conquista evangelizadora con cierto aire de cruzada.

Fue toda una «fórmula existosa», a la que se unió el uso de influencias (instrumentalizar la amistad y las relaciones para sus propios fines corporativos) asociado al apostolado, entendido como «influir en la sociedad».

Creo que este punto es clave para entender –si así fue el caso- dónde comenzó a dividirse el camino interior de cada uno, entre las aspiraciones espirituales personales y la problemática con la Obra al resistir su ideología.

La Obra es atractiva porque plantea la santidad de manera exitista. La vocación a la Obra es una vocación al éxito, como veremos. Y específicamente, las vocaciones de numerari@ y agregad@ son las que han de llevar la «mayor ganancia»: el ciento por uno en vida y la salvación eterna después de la muerte. Es un incentivo –sacado del contexto evangélico- muy materialista, «aunque se vista de ceda».

Hay ciertamente una falta de rectitud de intención en el ejercicio de la ascética cristiana para alcanzar la santidad, y es creer que «debe» llevar al éxito.

La insistencia en la «eficacia» (cfr. Seréis eficaces) apunta a crear una asociación unívoca entre santidad y resultados, entre santidad y éxito, entre espiritualidad y ambiciones materialistas «elevadas al orden de la gracia».

Las escuelas de negocios que promueve la Opus Dei no son una casualidad o «una labor más». Son la «síntesis perfecta» del éxito con la santidad. No critico el que existan como tales, sino el que sean una iniciativa «tan particular» de la Obra.

El sentimiento de éxito está más cercano a la inmadurez que a la sabiduría. No pienso que el éxito sea malo, es insuficiente. Es una etapa, algo a experimentar pero no donde quedar estancado o peor, ser la meta vital.

Una exhortación al éxito en nombre de Dios

«Hay que poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas» (Carta, 9-I-1932, n. 2);

«La Obra de Dios viene a cumplir la voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice» (Instrucciones, 19-III-1934, n. 47).

«Hemos de trabajar como el mejor de los colegas. Y si puede ser, mejor que el mejor. Un hombre sin ilusión profesional no me sirve» (Carta, 15-X-1948, n. 15).

«Yo os digo que si sois sinceros, si os mostráis como sois, (…) vosotros y yo estaremos seguros en cualquier ambiente, y podremos hablar siempre de victorias, y nos llamaremos vencedores» (Meditación, 6-IV-1965).

«Si sois fieles, podréis llamaros vencedores. En vuestra vida no conoceréis derrotas. No existen fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la Voluntad de Dios. Con éxito o sin él hemos triunfado, porque hemos hecho el trabajo por Amor» (De nuestro Padre, n. 265).

De cualquier forma, el éxito es inevitable para un miembro de la Obra. Qué sentido de predestinación.

La pregunta es ¿a qué responde la necesidad de plantear la santidad en términos de triunfo? ¿Por qué el fundador lleva la cuestión de la santidad al terreno del «éxito inexorable»?

Este planteo exitista de la santidad es esencial en la mentalidad del fundador, no se trata de una metáfora marginal o una comparación que surge únicamente por hablar de la santidad en términos de milicia y batallas.

No es que «no existen fracasos» porque uno plantea la santidad en otros términos: no existen porque «con éxito o sin él hemos triunfado». Esto es lo que desconcierta al analizar en profundidad el discurso del fundador.

La Obra entabla alianzas no explícitas con aspectos personales «muy humanos» y que guardan una rectitud de intención muy dudosa. Son alianzas que más tarde pasan a ser pactos de silencio, que permiten la doble vida: el caso del numerario que hace «su vida» a cambio de aportar medios materiales para mantener las obras corporativas, por ejemplo.

El éxito es una condición indispensable de la vocación a la Obra, definida en términos de aspiraciones. Es impensable la renuncia al éxito. Es de las pocas cosas que no sólo «no se entregan» sino que además se potencian.

Es más, la persona que no es exitosa, de alguna manera termina «afuera». Es necesario, frente a la Obra, demostrar la utilidad y la ganancia que alguien como miembro le retribuye. Quien no es útil o «eficaz», termina siendo una pérdida para la Obra. «Todos mis hijos pueden y deben sacar adelante todas las labores de la Obra. Si no lo hicieran, se irían enmoheciendo poco a poco, y llegarían a ser instrumentos inservibles, que se tiran a un rincón» (Tertulia, 26-VI-1972). No es sólo una advertencia de “buen pastor” en forma de metáfora. Si bien un miembro puede ser el que se vuelve «inservible», la pregunta es ¿quién es el que «lo tira» a un rincón? La Obra se justifica en ese argumento para tirar a sus miembros “inservibles”. El fundador juega permanentemente entre el elogio y el desprecio. Depende de cómo se le caiga en gracia.

La Obra no tolera perder como tampoco tolera la autocrítica. La Obra no tolera que ella misma sea la causa de tantas depresiones y por eso a «esos enfermos» no los señala como un «tesoro» sino que los arrincona como residuos, esperando que ellos mismos se hagan cargo de lo que es producto de la Obra.

La competencia y el sentido de Élite

En la Obra se fomenta el que cada uno sea «el mejor» dentro de su carrera profesional. Rienda suelta a los afanes más materialistas. Pero con sus límites, como veremos luego.

Esta exhortación a competir y ganar siendo los mejores, no se limita al campo profesional. La Obra misma compite dentro de la Iglesia.

«Queremos, por el contrario, ser con la gracia del Señor —que me perdone esta aparente falta de humildad— los mejores hijos de la Iglesia y del Papa» (Carta, 9-I-1932, n. 1). Sin embargo, en Camino aspiraba a todo lo contrario: n. 284 «Aspiración: Que sea yo bueno, y todos los demás mejores que yo». Valdría aquí confrontar una reflexión del mismo fundador: «¿Por qué somos tan tontos? Siempre convencidos de que lo nuestro es lo mejor» (Meditación, 25-XII-1972). Lamentablemente esa frase tiene un contexto que no acompaña: no se trataba de una autocrítica corporativa sino de una meditación sobre humildad destinada a «someter el yo» de cada miembro al Yo colectivo de la Obra.

Es indudable que la búsqueda del éxito implica competir.

¿A qué responde esa necesidad de compararse y sentirse superior al resto de la Iglesia? La necesidad de éxito lo abarca todo. Es una patología.

En este caso, se trata de competir con el prójimo y ser mejor que él. El prójimo como adversario.

Ser mejor, no para servir sino para tomar distancia y sentirse «inalcanzable».

Responde a un sentimiento de superioridad y de elite. Se entiende ahora que la Obra genere su propio sentido de rechazo.

Éxito y filiación

«Os aseguro que seréis felices (…) Además, os prometo el Cielo» (Crónica, 1971, p. 12). Ser hijos del fundador implicaba heredar su sentido de predestinación y elección que él había tenido acá en la tierra.

La razón última del sentido exitista de la propia vocación era el mismo fundador: si lo decía «el Padre» entonces «debía ser» así. El éxito de la vocación estaba arraigado en el mismo vínculo de filiación con el fundador. No tenía ningún fundamento racional. Era sólo la palabra del fundador, su sentido «profético», lo que sustenta ese éxito. Y por supuesto, nuestra fuerte predisposición a creer que todo esto «venía de Dios».

Dicho de otra forma, la filiación condicionaba el éxito porque en la medida en que se era buen hijo, en esa misma medida se participaba del sentido triunfador que el fundador ha recibido de Dios.

Éxito y fidelidad

La búsqueda del éxito es legítima y santificable dentro de la Obra en la medida en que se someta a los intereses corporativos.

Para que nadie pudiera «extralimitarse», el fundador puso límites claros al afán de éxito. Necesitaba que fuera «señuelo» pero nunca algo más fuerte que el anzuelo. Por eso, cuando el señuelo se volvía demasiado placentero o apasionante, el fundador hacía sentir el «dolor del anzuelo».

Si hacia fuera éramos «los mejores» como corporación, hacia adentro (como individuos frente a la Obra) éramos aún peores que los de «afuera». No tenía mucha lógica, simplemente esta idea tenía un sentido de advertencia. Se trataba de un ejercicio de humillación personal: «Tu humildad, hijo, no tiene de humildad más que las apariencias. Te crees un hombre excepcional» (Instrucción, 9-1-1935, n. 292). A veces me pregunto: ¿a quién le está hablando? ¿a quién tiene delante en su imaginación? Pareciera ser más bien un monólogo interior.

En algunos momentos, contradictoriamente, parecía preferible no haber experimentado nunca el éxito, por miedo a un posible castigo: «unas veces es que el gran amigo que tuvimos en el mundo, luego hermano en la Obra, o el hermano que fue instrumento de Dios para traernos a su apostolado, flaquea, no corresponde a la gracia...y se queda en el mundo como mundano. No, vacilaciones: raíces profundísimas de humildad, que fortalezcan nuestra vocación, hemos de sacar ante casos tan lamentables. Ellos... quizá fueron mejores que nosotros: si in viridi ligno haec faciunt, in árido quid fiet?; si eso pasa con el leño verde, ¿qué se hará con el seco? (Luc. XXIII, 31).» Si uno al principio aspiraba al «éxito», ahora entonces aspiraba a rasguñar el Purgatorio.

Don Alvaro trató el tema del éxito en su carta de 1992 diciendo que el quicio de la santidad «es el trabajo, no el éxito o el triunfo. (…) Que no os invada el deseo de afirmación personal, el afán de demostrar el propio valor a los demás y a uno mismo, y otras tentaciones semejantes. Rectificad constantemente la intención, contrarrestando con espíritu deportivo la vana pretensión del éxito a cualquier precio, mientras procuráis que nadie os gane en intensidad y competencia en vuestra labor». La negrita cursiva no es del original sino un resaltado con el cual quiero señalar la contradicción. Por más que se quiera criticar y negar el exitismo, pareciera que al mismo Don Alvaro le traicionara el subconsciente de manera irreprimible.

El sentido de la competencia está metido en lo más profundo del modelo de santidad enseñado en la Opus Dei.

El éxito en la Obra es legítimo en la medida en que está al servicio de la Obra.

En forma más suave que el fundador, Don Alvaro estaba exhortando «a ser mejores» dentro de los cánones de la Obra. Ser mejores como «corporación», sí; ser mejores como afirmación personal, no.

El éxito como ética

La insistencia en el enfoque exclusivamente positivo de las cosas, pueden llevar a creer que uno es puramente bueno «sin mezcla de mal alguno». La otra cara de la moneda es una absoluta falta de autocrítica: «no os escondo que yo he aprendido, en mi propia carne, lo que cuesta el no ser comprendido. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes se han empeñado en no entenderme» (Carta, 9-I-1932, n. 67 y Es Cristo que pasa, n. 124). «No me he encontrado nunca solo. Esto me ha hecho callar ante cosas objetivamente intolerables: ¡hubiera podido producir un buen escándalo! Era muy fácil, muy fácil... Pero no, he preferido callar, he preferido ser yo personalmente el escándalo, porque pensaba en los demás» (Meditación “Señal de vida interior”, 3-III-1963).

Es propio de los gobiernos dictatoriales o imperiales este tipo de conductas ausentes de autocrítica, para producir en la opinión pública un efecto de bienestar («está todo bien») y evitar así toda conciencia reflexiva.

El enfoque optimista a ultranza es agradable y da seguridad. Pero hace a la conciencia más débil, le quita capacidad de análisis, y la vuelve proclive al engaño y al fraude. Produce una gran insensibilidad y favorece un gobierno sin «auditorías» (así lo ha logrado hasta ahora la Obra).

Muy atinado fue el comentario en su momento de Otaluto (19/02/04) sobre la frase «si no puedes alabar, calla», frase que se puede traducir llanamente como «si no puedes ser obsecuente, calla». Es una frase tan extremista como «obedecer o marcharse». No hay puntos medios, «alabar o callar», cuando en el mundo real –fuera de la Matrix- hay tantas posibilidades, tantos matices. Además, en muchos casos, callar es ser cómplice de los abusos de autoridad. Pero así funciona la Obra. Caracteriza muy bien una parte importante de su ideología: se está a favor de ella de manera absolutamente ciega o hay que callar todas las críticas que se puedan tener (para que la Obra no le retire al miembro en cuestión «la visa de residente», de otra forma es expulsado; lo que muestra cómo en la Obra no existen los derechos ni la «ciudadanía», solamente las «visas a discreción»). «Alabar o callar» parece el mandato de un dictador arrogante y ególatra. Mientras muchas personas –sin reflexionar- traducen ingenuamente esa frase como una máxima virtuosa, en realidad es el enunciado de una postura soberbia al máximo.

La Obra se retrata a sí misma como “víctima” cuando es criticada y como vanidosa-narcisista cuando habla de sí misma. Basta releer las citas del comienzo de este capítulo. Es un retrato un tanto desequilibrado, retrato que no sólo lo presenta cuando se lo piden sino que además lo publicita por adelantado (cfr. las citas iniciales de [[#Éxito y persecución|]]).

Ese principio «alabar o callar» se aplica de manera puntual a los «diarios» que se escriben en los centros de la Obra relatando la historia cotidiana: sólo hay que anotar lo positivo, no lo negativo. De esta manera se escribe la historia de la Obra, una verdad a medias o más bien tendiendo al cuarto de su peso. El resto es un gran silencio y lo que se cuenta es una gran exageración bondadosa.

Cuestionar, entonces, es ir contra «el progreso», es poner obstáculos al «éxito». Y la docilidad que se inculca en la Obra tiene la función de impedir cuestionamientos que «arruinen» el clima de optimismo y unidad.

«Un sarmiento que no está unido a la vid, en lugar de ser cosa viva, es palo seco que sólo sirve para el fuego, o para arrear a las bestias, cuando más, y para que lo pisotee todo el mundo. Hijos míos ¡muy unidos a la cepa!, pegadicos a nuestra cepa, que es Jesucristo, por la obediencia rendida a los Directores» (Crónica, VI-1961, pág. 13). Me pregunto: ¿era necesario agregar el «que lo pisotee todo el mundo»? No describe una situación, ni demuestra una pena sino –sorprendentemente- expresa un desprecio y profetiza un destino.




Dentro de esta ética del éxito (del «nunca fracasamos» o del «esto nunca sucederá») estaba incluida la “infalibilidad” del fundador. Sus palabras eran indiscutibles y un «camino seguro» para «triunfar»: muchas veces debían ser temidas y también obedecidas como verdades dogmáticas, más cuando tenían el perfil categórico de una definición de fe:

«Yo he tenido que enjugar muchas lágrimas de personas que se han perdido por no hablar a tiempo. A los quince días están asqueados, vienen llorando, arrepentidos. No conozco a ninguno que sea feliz» (Tertulia, 17-III-1969);

«Cuando algún hijo mío se ha perdido, ha sido siempre por falta de sinceridad o porque le ha parecido anticuado el decálogo. Y que no me venga con otras razones, porque no son verdad» (Meditación El talento de hablar, abril de 1972).

«Si el alma en circunstancias particulares necesita una medicación —por decirlo así— más cuidadosa, esto es, si se hace necesario el oportuno y rápido consejo, la dirección espiritual más intensa, no debe buscarla fuera de la Obra. Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo» (Carta, 28-III-1955, n. 19).

El éxito sólo debía ser posible «dentro» de la Obra y por ello –necesariamente- los que se iban debían «fracasar» de manera fatal e ir al «abismo».

Abismo –en el lenguaje de las Escrituras- es sinónimo de Infierno. Abismo es una imagen terrorífica. Caer en el abismo no es «perder la vocación»: es perder la Salvación para siempre y de manera irrevocable. Junto a otras expresiones similares por parte del fundador, habría que pensar si no son formas de un discurso intimidatorio.

No estaría de más preguntarle a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe qué opina de la «abismal» afirmación del fundador.

Si buscar ayuda «afuera» era el abismo, se entiende mejor ahora que tanta gente haya durado tanto dentro de la Obra. Para buscar ayuda había que caer en el abismo…

¿Cómo duramos tanto? Porque los ideales nos atrajeron y la ideología nos atrapó.

En otras palabras, para todo miembro de la Obra el resto de la Iglesia -que no es la Obra- forma parte de ese abismo. Si el fundador usa palabras fuertes hay razones para interpretarlas en sentido fuerte. No se puede buscar un «efecto fuerte» y pretender luego una interpretación «indulgente».

Del mismo modo, los santos canonizados –por ser figuras públicas eminentes con altísima exposición- no pueden ser icebergs que -a sabiendas- oculten y no aclaren todo un pasado que no parece condecir con la santidad que detentan. No puede darse una formula del tipo «es santo pero no pregunten cómo». Es abusar de la fe –como virtud humana y como virtud sobrenatural- cuando se pide que se crea lo que se puede demostrar y se debe explicar.

Lo peor que puede suceder es creer que «como ahora es santo entonces ya no se puede revisar su pasado». Sin duda sería un problema para la misma Iglesia comenzar a encontrar cosas que no se vieron antes o no se quisieron ver.

No se trata de ponerse en el lugar de Dios y juzgar la conciencia de quien fue declarado santo, sino de no permitir que su actuación pública sea calificada “de conciencia” y así librada de todo juicio. Emitir activamente juicios para obtener una canonización y luego abstenerse de juzgar cuando se trata de aspectos negativos externos es una aberración del sentido de la justicia. Pedir la «suspensión del juicio» en nombre de la conciencia cuando se trata de actuaciones públicas demuestra una gran ignorancia o una mala intención.

Este es –en parte- el escándalo que produce la canonización de Escrivá. Habiendo la Iglesia propuesto su figura como ejemplo de santidad y digna de veneración, el resto de los cristianos tenemos derecho a saber sobre su pasado de manera completa, más aún cuando se sabe que el fundador –aunque a su favor él mismo dé razones de caridad y humildad- ha manipulado ese pasado premeditadamente (cfr. Tertulia, 14 de junio, 1972: «[la historia de la Obra] es muy bueno desear conocerla. Lo he dicho siempre, de palabra y por escrito; y eso que sufro recordando tantos sucesos buenos de estos cuarenta y cuatro años. De bastantes no sabréis nada, porque he procurado que no quedase rastro; pero conoceréis los suficientes para vibrar muchísimo y dar muchas gracias a Dios». No de «algunos» sino de «bastantes», dice, expresando un claro dominio sobre la manipulación del registro histórico).

El que haya sido declarado santo le puede reportar muchísimo prestigio público a su persona y a la institución, pero su altísimo grado de exposición pública implica una gravísima exigencia de dar a conocer todos sus escritos doctrinales y pastorales, los llamados «internos» de manera particular, que permanecen aún «bajo el nivel del mar». El efecto «iceberg» es moralmente improcedente.

Éxito y persecución

Parte del sentido de predestinación de la Obra consiste en sentirse objeto de envidia por parte de los demás y en objeto de persecución. El error siempre es atribuible al «afuera», a los demás, y quien es predestinado muestra su «grandeza» al «perdonarlos».

Una gran vanidad y narcisismo, volcados en una autoalabanza permanente, en un intento por anticiparse y ganar la confianza de un público potencialmente adicto.

El sentido de predestinación es un modo más de evitar toda autocrítica y dirigir los cuestionamientos hacia fuera.

«No hay que extrañarse de la cerrazón de algunos, ni de la polvareda de críticas y calumnias que levantan. Las sufrió el Señor» (Don Alvaro, Carta, Marzo de 1992)

«Hemos aprendido a tener paciencia y el perdón fácil cuando algunos —movidos por el diablo o ingenuamente equivocados— nos calumniaban con perseverantes campañas denigratorias» (Don Alvaro, Carta, 28-XI-1982, n. 25)

«A ti, Señor, he elevado mi alma: a lo largo de estos años, ésta ha sido nuestra oración, en el momento de las intrigas y de las calumnias incomprensibles, no pocas veces brutales» (Carta, 14-IX-1951, n. 6).

«¿sabéis por qué la Obra se ha desarrollado tanto? Porque han hecho con ella como con un saco de trigo: le han dado golpes, la han maltratado, pero la semilla es tan pequeña que no se ha roto; al contrario, se ha esparcido a los cuatro vientos» (Crónica, 1972, p. 19).

«Yo pedía (…) la paz de la Obra, para que ciertas personas, que durante años nos han calumniado de modo sistemático, se dedicasen a servir a Dios y nos dejaran realizar tranquilamente nuestra labor apostólica» (Tertulia, 9-XI-1959).

«Vosotros no sabéis que por muchos años hemos sufrido la persecución, también de los buenos. No lo sabéis, porque el Padre [Escriva aquí habla en tercera persona] ha prohibido que se hable o se escriba de esas cosas. Fue una persecución como la que sufrió Jesús de parte de los sacerdotes y de los príncipes del pueblo: calumnias, mentiras, trapisondas, insultos; en la prensa, en las conversaciones... Éramos la burla de todo el mundo. Todos se sentían con derecho a escupir encima» (Meditación, 29-III-1959).

En general, cuando alguien no quiere que se sepa algo, no dice que no lo va a decir. De lo contrario, el mensaje es otro: puede ser crear un misterio, una imagen de víctima que no quiere esclarecer los hechos pero que tampoco los quiere dejar de mencionar (para obtener una ganancia de algún tipo, sin duda). De cualquier manera, es un modo de proceder claramente injusto, en particular para aquellos a los que se les reclama creerle a una víctima que no está dispuesta a presentar nunca las pruebas. Parece una manipulación propia de una personalidad narcisista.

En el caso de la Obra, creo que se trata de instaurar una visión angelical y de víctima inocente. Instaurar una santidad a priori y también una conciencia indulgente hacia la Obra (lo que le evita exigencias y le otorga excepciones). Toda crítica, entonces, será un nuevo ataque hacia la «victima permanente».

Por eso es importante «adelantarse» a dar una imagen de víctima pero también parece importante que no se aclaren las circunstancias en que fue victimizada. Un modelo arquetípico de canonización anticipada que dice mucho sobre lo que sucedió después con la canonización oficial.

La Obra ha sido un «adelantase» constante, posiblemente porque detrás de la gran publicidad que hace de sí misma está el vacío. No hay nada.

Éxito y encubrimiento

Es parte del marketing dar a conocer las bondades del producto y ocultar sus defectos. Es parte de la lógica del éxito encubrir aquello que le pueda restar o disminuir el valor de la imagen que tiene una “marca registrada”.

Hace un tiempo una persona amiga me expresó su preocupación por no hacer circular información que pudiera perjudicar a la Iglesia –en ese caso concreto, se refería a una serie de delitos cometidos por un clérigo- ya que podría hacer que mucha gente se alejara de la Iglesia o no se terminara de acercar. Lo más preocupante fue su comentario posterior: «eso ya se sabía» en un ambiente eclesial determinado, pero nadie pensó en hacer la denuncia y luego cuando fue inevitablemente público –gracias a la prensa- obviamente «nadie había sabido nada nunca».

Esta es una mentalidad muy difundida dentro de la Iglesia, el encubrimiento «en bien de la corporación» para no darle motivos de ataques a los «enemigos de la Iglesia». Como si pudiera existir la «doble moral», como si los que no comparten o no tienen la fe católica no tuvieran derecho a exigirles a los católicos los mismos deberes a los que ellos están sometidos como simples ciudadanos. Como si ciertos católicos tuvieran el privilegio de no ser juzgados por los tribunales seculares y formaran parte de «una sociedad dentro de la sociedad». El encubrimiento es la mejor forma de corromper a la Iglesia y enfrentarla con el resto de la humanidad no católica.

La misma idea se aplicaba –y se aplica- a la Obra: todo lo que era elemento de crítica había que callarlo o silenciarlo, decirlo a los directores y a nadie más. Era un deber de fidelidad «encubrir» a la Obra o a su fundador si se habían descubierto «defectos».

Si sólo se tratara de defectos, claramente habría que resolver ese asunto en privado. Pero como se trata de algo que trasciende lo privado-institucional y afecta directamente a la sociedad, el callar es encubrir.

Hablar abiertamente de estos temas dentro de la Obra era (y es) imposible y quien lo hacía era aconsejado para que renunciara, o bien a los «juicios críticos» o bien a la Obra.

A veces no quedará otra que hacer como Emile Zola: ocultarse en Londres para luchar por la verdad en Francia.

Del éxito al abismo

«Puedo decir que el que cumple las Normas, el que lucha por cumplirlas (…) ése está predestinado, si persevera hasta el fin» (De nuestro Padre, Meditación, 4-III-1960). Predestinado, nada más ni nada menos.

¿Y si no persevera? También está predestinado, pero a la perdición en medio del océano (cfr. La barca del Opus Dei). «Convéncete, hijo mío, de que desunirse es morir» (Crónica, IX-1958, pág. 7).

Quien está predestinado produce «fruto» y si alguien no produce fruto es porque no está predestinado…

Por eso, si bien el éxito era toda una motivación para la vocación a la Obra, ya dentro de «la Barca» el fracaso era su cara opuesta: un terror a no perseverar, a perderlo todo y además «ganar» el castigo eterno.

El éxito tiene sentido y atractivo en la medida en que existe el fracaso y alguien que pierde. Alguien que se lleva consigo la encarnación de todo lo negativo para que así el paraíso ganado sea todo bien sin mezcla de mal alguno.

Si mal no recuerdo, Sartre decía «el infierno son los otros». Pues bien, no queríamos por ninguna razón llegar a ser «los otros».

Éxito y propiedad

No hay leyes ni derechos escritos. Lo único escrito no está al alcance de los miembros: los Estatutos de la Obra permanecen en latín para quien los quiera leer (salvo que acceda a ellos por otros canales, como esta web, y lea su traducción).

Hay criterios que imparte la autoridad para que sean obedecidos. Ella tiene el control total de la situación jurídica de los miembros de la Obra mientras que éstos –posiblemente para facilitarles la obediencia ciega- no tienen ningún dominio sobre su situación dentro de la Obra.

El gobierno de la Obra es una especie de Inteligencia del Estado: funciona en las sombras y los miembros no tienen derecho a saber nada acerca de su funcionamiento y principios que la rigen sino sólo de sus escritos doctrinales y sus resoluciones ascéticas, las cuales deben obedecer o marcharse.

Un vacío legal dentro de la Obra es la cuestión de la propiedad: ¿de quién son las cosas que cada uno usa? Porque la Obra no tiene nada y sus miembros –me refiero a los célibes- tampoco. Las propiedades de la Obra están a nombre de sociedades y asociaciones para cumplir corporativamente el «no tener nada», aunque se sabe que el dominio lo posee la Obra y esas asociaciones le obedecen. En cierta manera este mecanismo más que proteger la virtud de la pobreza parece más bien una pantalla para actuar anónimamente y mediante testaferros, ya que el fin de vivir el desprendimiento no lo cumple sino sólo en los papeles.

Volviendo a la pregunta: ¿de quién son las cosas que cada uno usa? ¿De las asociaciones propietarias de los automóviles y casas de la Obra? No, sin duda. Porque sería de una burocratización interminable el hacer figurar, por ejemplo, la ropa de cada miembro en los informes anuales o mensuales de la asociación en cuestión. Los regalos que se deben “entregar” siempre al director, ¿de quién son? No pueden pasar a ser de la Obra ni del director. ¿Entonces?

No son de nadie. La autoridad administra los bienes que no tienen propiedad y los que también la tienen (en las asociaciones).

La propiedad, entonces, es reemplazada por un criterio de posesión más importante aún: el mando. Y éste deriva de la autoridad que «lo posee todo», resumiendo en sí la idea de posesión. O sea, nadie puede poseer nada en la Obra: la propiedad como tal está prohibida y descartada. Y esto de alguna manera entra en contradicción con el éxito que la Obra promueve. Es que, en definitiva, el éxito individual es un señuelo más. Sólo está permitido el éxito con sentido «corporativo».

La propiedad es el fundamento para el progreso material en cualquier sociedad capitalista. En el feudalismo existía la “posesión de hecho” y no la propiedad como derecho. En este sentido la Obra es una estructura feudal clerical inserta en una estructura capitalista (mediante testaferros civiles) con la cual dice no sentir necesidad de “aggiornamento”. Es que la Obra vive perfectamente aislada, «fuera del tiempo» y por eso la idea de “cambio” no la afecta, detentando así una especie de cualidad divina.

La falta de un ordenamiento jurídico claro deja indefenso o vulnerable a los miembros –especialmente a los numerari@s y agregad@s-, al amparo de señores feudales –grandes y pequeños-, como son los directores, quienes deciden sobre la posesión de los bienes arbitrariamente. Sólo hay “relaciones personales” (del tipo feudal) miembro-director y no un ordenamiento jurídico claro que comprometa a las dos partes: a la Obra y a sus miembros, y donde la Obra no pueda ejercer modificaciones arbitrarias y ocultamente.

Psicológicamente, con la propiedad existe la posibilidad de «asirse» de algo como uno de los caminos para tomar conciencia de sí y dominio de sí. En la Obra, sin la propiedad sólo queda la autoridad que fija los criterios de «administración de los bienes» (un modo de asignar una especie de propiedad temporal sobre los bienes). La ausencia de propiedad, o mejor, la ausencia de criterios jurídicos claros sobre la cuestión de la propiedad, fomenta el uso irresponsable de los bienes porque, cuando todo es de todos, no es de nadie.

La “indefinición” sobre la propiedad es una decisión consciente, no una omisión. Este modo ambiguo de propiedad dentro de la Opus Dei impide señalar quién es “el dueño” de todo y como el dueño es quien ideó este orden, claramente es funcional a sus intereses de anonimato, de manejarse de manera invisible al orden jurídico secular. Ser libre y moverse dentro de la sociedad sin ser reconocido ni tener obligaciones («yo puedo ver a todos pero nadie me puede ver a mí»). Una especie de poder por encima del poder.

Consecuencias: el irrealismo

«Cuando pasen los años no os creeréis lo que habéis vivido; os parecerá que habéis soñado» (del fundador, Crónica, 1971, p. 12).

Hace poco Gustavo hacía una observación acertada: «Es notable la diferencia entre las expectativas que a uno le crean en la opus con lo que realmente pasa después».

Estábamos llamados a un “destino de grandeza” según la propia vocación a la Obra y según los horizontes delineados por el fundador. Una vez descubierto el fraude: ¿Cómo bajarse de semejante altura sin estrellarse? ¿Cómo no deprimirse? ¿Cómo volver a la vida de todos los días? ¿Cómo pasar de ser piloto de avión supersónico a simple persona que camina? ¿Cómo abandonar la ficción (que supuso la Obra) sin más? ¿Cómo abandonar semejante estándar de grandeza? ¿Cómo vivir sin una «misión»?

«Nunca, para la Obra, habrá problemas de adaptación al mundo; nunca se encontrará en la necesidad de plantearse el problema de ponerse al día. Dios ha puesto al día su Obra de una vez para siempre, dándole esas características seculares, laicales (...). No habrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque somos del mundo; ni tendremos que ir detrás del progreso humano, porque somos nosotros —sois vosotros, mis hijos—, junto con los demás hombres que viven en el mundo, los que hacéis este progreso con nuestro trabajo ordinario» (Carta, 9-I-1932, n. 92). Está claro que con los «jamás» y los «nunca» quería asentar una doctrina cuasi-profética y la firme convicción de que la Obra nunca necesitará pasar por un «Vaticano II».

Lo que no se entiende, entonces, es la fuerte sensación de falta de adaptación que sufren muchas personas al dejar la Obra.

Es que la vida en la Opus Dei –especialmente para l@s numerari@s que viven en centros de la Prelatura- es de un gran aislamiento y de una gran ficción: se vive en medio de una estructura que lo tiene ya todo elaborado, vivienda, comidas, lavado de ropa, pago de impuestos y servicios, electricidad, teléfono, gastos para el mantenimiento de la casa. Transcurre la vida sin conocer cómo se mantienen las estructuras en las cuales uno se mueve y vive. Y querer saberlo «es de mal espíritu», salvo que se tenga el cargo de secretario del centro (porque ahí ya no sería un derecho sino un deber).

Los fabuladores nunca entregan realidad sino promesas y estiran las respuestas en el tiempo, tiran el problema para adelante. En la Obra sucede lo mismo: no hay respuestas sino promesas a futuro, cheques incobrables.

Creer o reventar

Primero creer, luego reventar. Por eso muchos estiran el creer, para no reventar, porque saben que no hay nada detrás de las promesas especulativas.

No es extraño encontrar en uno mismo o en otras personas que han dejado la Obra, una dosis importante de irrealismo, de mundo ficcional. Es un modo de seguir estirando el «creer». El convencimiento de estar llamado a vivir en un estándar a la altura de las expectativas creadas en la Obra (cfr. “Quién me ha visto y quién me ve!”, especialmente el comienzo).

Una consecuencia de ello, en el caso de quienes dejan la Obra y pierden por ello el empleo, es comenzar a buscar un trabajo que «colme sus expectativas» y mientras tanto vivir de prestado o endeudado sin tener conciencia de las consecuencias. O sea, no estar dispuesto a tomar cualquier trabajo. Como quien sigue a raja tabla el dicho de Camino: «se gasta lo que se deba aunque se deba lo que se gasta».

Si los recursos con los que una persona vive no son generados por ella (recursos genuinos), hay que preguntarse quién la está «manteniendo».

Vivir en la ficción es posible porque alguien externo a la ficción la alimenta (una herencia, por ejemplo). Por eso es importante preguntar «quién financia mis fantasías».

Si es uno mismo, la ficción no es tal, la situación es probablemente saludable en la medida en que uno reponga lo que gasta.

Si es alguien de afuera, se puede tratar de un manipulador o de alguien con buena voluntad al cual podemos defraudar si nos volvemos deudores «patológicos».

En el caso de la Obra su sentido de manipulación está claro por el modo en que desecha a quienes no sirven más.

La Obra nos alimentaba la ficción porque nos usaba como baterías (como sucedía en Matrix).

También es posible que se dé este mismo aspecto en el campo afectivo: tener una expectativa muy alta sobre la persona con la cual uno quiere entablar una relación afectiva o directamente casarse. Si es una mujer, que reemplace a la Administración. Si es un hombre, no lo sé, porque no soy mujer…

Es una característica típica de este irrealismo la resistencia a abandonarlo. Es como si se le pidiera a alguien que dejara de respirar. Le parecería una locura.

Exit

Toda esta reflexión quedaría incompleta si terminara con la crítica al exitismo de la Opus Dei y nada más.

Lo que queda del «éxito» de la Opus Dei somos nosotros. ¿Cómo continúa todo para nosotros, ahora?

Después de haber estado sometido a los parámetros exitistas, reconozco que es difícil ir más allá del éxito, medir las palabras y no buscar «ganarle» a la Opus Dei (revanchismo). Es difícil, pero al menos debemos intentarlo.

Terminaré comentado otra idea que tampoco es mía, sino de la misma persona que me prestó la idea del comienzo.

Me hablaba de la importancia de no quedar estancado en el fracaso, en este caso, la experiencia de la Obra. No creo que haya que tenerle temor a la palabra fracaso, porque el «fracaso personal» habrá de verlo cada uno. En la mayoría de los casos no creo que haya habido un fracaso personal sino una «experiencia de fracaso», en la medida en que muestra de rectitud de intención fue defraudada: confiamos plenamente en una institución que nos pidió todo y nos dejó sin nada. Que a mitad de camino cambió lo ideales por ideología.

Por eso hay que tener cuidado de no instalarse en el lugar de la curación. Sentirse cómodo con el tratamiento, puede ser un signo de que las cosas no van bien.

Hay que pasar por la curación pero no quedarse.

Si OpusLibros sirve para recuperarse, habrá cumplido su misión. El sentido de comunidad sirve a los efectos curativos pero puede resultar un problema si para conservar la comunidad hay que prolongar la vida de la patología. Esta web –me parece- es como un tratamiento para dejar de fumar: no tiene sentido «continuar fumando para reunirse» sino reunirse para dejar de fumar. En todo caso habrá que buscarle una continuidad distinta a ese sentido de comunidad.

Es necesario llegar al fondo de las cuestiones para solucionarlas. A veces no hacerlo permite seguir dándole vueltas al problema indefinidamente. Este, entonces, pasa a ser una fuente de recursos (convertido en una justificación para vivir).

Y se corre el peligro de ocupar el lugar de víctima crónica. Esto ya no tiene nada que ver con curarse sino con prolongar una situación que –por alguna razón- se vuelve beneficiosa. Los psicólogos le llaman «los beneficios secundarios» de la enfermedad, que terminan volviéndose un fin en sí mismo.

Lo que más complica la situación es que generalmente ese «no curarse» es más inconsciente que deliberado. Y a quien se le plantea esta posibilidad, cree que a continuación será declarado culpable de esa situación, lo que es un tormento el sólo pensarlo. De todas maneras, no creo que tenga que ver con culpas sino con «aceptaciones»: aceptar que existe un problema y que hay que transitar la solución. La culpa que impide curarse es parte del problema, no de la solución. Es una culpa que «no sirve».

Parte de la ficción o irrealidad, señalada anteriormente, es evitar la curación. O también, la ficción es producto de huir del tratamiento. Todo tratamiento de curación lleva necesariamente a conectar con la realidad.

Quien vive en la irrealidad intenta incorporar el tratamiento a su ficción para así enmascarar su firme voluntad de no avanzar. Destrabar esta situación es parte importante del trabajo de toda psicoterapia.

OpusLibros es un lugar para pasar y contribuir. Y tal vez quedarse, pero no como víctima. Perdería su esencia sanadora y sería una justificación o pantalla para seguir destruyéndose.

Posiblemente esta tendencia hacia la autodestrucción es una continuidad de la patología sufrida en la Obra y un signo de falta de esperanza en una curación final.



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