El enmarañado lenguaje de los numerarios del Opus Dei

From Opus Dei info

Autor: Castalio, 25 de julio de 2008

Por todas estas cosas he resuelto de fabricarte este lampión
contra palabras morciélagas y razonamientos lechuzas.
Todo bajo la corrección de los clarísimos de Venecia. Y no es pulla.
Francisco de Quevedo
La culta latinparla (1626)


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El sociolecto del Opus Dei

Uno de los señalamientos que la Iglesia católica ha hecho reiteradamente a las sociedades secretas, como los clubes de ideas, algunas sectas o las logias de la masonería, es el referente a la forma arbitraria de tratar el lenguaje con fines particulares de cohesión interna y manipulación de la verdad. El deslizamiento de significados en el lenguaje de este tipo de sociedades forma una variedad lingüística a la que se conoce como sociolecto, es decir, una forma de hablar cerrada o privativa de un grupo o clase. Por principio esto no es raro ni antinatural sino sólo en la medida en que la incorporación creciente de palabras y expresiones, llega a formar un sistema cerrado de connotación gramatical, dando lugar a formas más finas de estratificación, adscripción y exclusión.

Algo parecido a lo que ha denunciado la Iglesia con respecto a este tipo de sociedades ocurre en el Opus Dei. Todo en esa institución se habla, como dice Quevedo, nublado y en retazos. Especialmente entre los numerarios, a quienes me referiré aquí de modo especial, pues lo cierto es que la mayor parte de los supernumerarios ignoran este lenguaje o lo hablan mal; y esto por la sencilla razón de que forman un estrato diferente –muy diferente– del numerariado opusdeíno.

La codificación lingüística y la abolición de significados constituyen las claves del proceso reductivo del sociolecto de los numerarios. Baste recordar la enorme cantidad de siglas, iniciales y abreviaturas que se emplean en la jerga de sus comunicaciones internas, escritas en una enorme cantidad de cuartillas y octavillas que semanalmente se envían a los centros de la Obra por correo interno, como el uso de la expresión procedan (c) para significar que se destruyan documentos o escritos que no conviene guardar. Esa y muchas otras siglas y claves pueden llegar a hacer ilegible un documento interno del Opus Dei, en el que se comunican cosas tan simples como que un numerario pasará un tiempo en otra ciudad, cambiará de residencia, vivirá en otro centro o tiene el deseo de estudiar un curso y lo ha consultado a las instancias superiores. Tratándose de los llamados informes ascéticos, el lenguaje se vuelve más recóndito: los directores los escriben numerando los temas sobre la vida íntima de los numerarios, con papeles anexos de referencia que vienen a completar la información del escrito principal. En este tipo de documentos se usan también gran cantidad de abreviaturas y claves, como N para decir normas de piedad, n para referirse a los numerarios, y B10- III- 28, que es el código de la castidad, derivado del lugar que le corresponde al tema en un documento normativo interno.

Fue el mismo fundador quien creó la mayor parte de esta forma críptica de comunicación institucional, instruyendo a los directores acerca de la manera de decir las cosas y expresarse, de modo oral y por escrito, en la práctica burocrática de las delegaciones y comisiones del Opus Dei.

Pero no me quiero detener mayormente en esas fórmulas de simplificación, que quizá podrían llegar a justificarse por una especie de economía del lenguaje, sino en la forma subrepticia como se dicen muchas cosas sin decirlas, especialmente cuando se comunican los numerarios entre sí de modo verbal. Se trata de un proceso de connotación o imposición de un segundo sentido al mensaje, parecido al que se emplea en los códigos semánticos de ciertas sociedades secretas o grupos ideológicos, que oscila entre el esteticismo ridículo y la alteración por medio de una variable sobreañadida a los significados del lenguaje. Dicho de otra manera, buena parte de la terminología que se usa como medio de comunicación entre los numerarios remite a significados funcionales y a valores institucionales de mayor complejidad que no corresponden con el uso denotativo común. Creo que sería necesario realizar una ardua tarea de decodificación e interpretación de tales expresiones para comprender su sentido profundo.

No contando con el tiempo ni el espacio para realizar esa tarea, me conformaré con destacar en estas notas el recurso constante de los numerarios del Opus Dei al empleo de un lenguaje rarificado, cuyo origen las más de las veces es la funcionalidad práctica y no la prescripción formal. Para ello me valgo fundamentalmente de la descripción de determinadas situaciones de hecho y de su connotación lingüística, las cuales, en mi opinión, constituyen una tópica muy expresiva de su comportamiento y lenguaje, es decir, de su rara mentalidad.

Advierto al lector, además, que por tratarse de un tema relacionado con el lenguaje, podrá encontrar matices diferenciales según la región de la Obra donde se use la terminología o el sociolecto opusino. Aquí haré referencia especialmente al que se habla y escribe en México, uno de los países done más se ha extendido la actividad de la Obra (aunque ahora muy venida a menos). No obstante el posible regionalismo en el uso de los vocablos a los que me referiré, creo haber escuchado y leído muchos de ellos sin demasiados cambios en varios países de Europa y América Latina, e incluso en Estados Unidos.

Ser muy de casa y estar en buen plan

La más conocida y recurrida de las expresiones que son asimiladas funcionalmente por los numerarios, es aquella con la que se expresa la lealtad institucional y la correspondiente discreción de un miembro en el desempeño de sus encargos. Por ejemplo, cuando están dos numerarios del Opus Dei reunidos, se refieren a otro de ellos, como una persona muy de casa, para dar a entender que no hace sino acatar ciegamente las reglas y los criterios interpretativos de éstas tal cual son emitidos por la infinita cadena de mando con que cuenta la institución. Se dice en ocasiones que alguien es muy de casa, porque no se atreve a hablar otro lenguaje que no sea el de la Obra; porque no cuestiona nada o porque no tiene criterio personal, o bien, si lo tiene jamás lo expresa. Se es muy de casa, porque en lugar de tener amigos verdaderos (lo cual sería altamente sospechoso) se tienen candidatos a numerarios o pitables, es decir, compañeros o conocidos a los que se trata para que piten, que es la expresión que en la jerihabla proselitista de la institución se emplea en vez de referirse a lo que en buen romance no es sino la típica inducción táctica que se realiza para que quienes rodean a un miembro, se hagan numerarios o supernumerarios sub specie vocationis.

Alguien es muy de casa porque hace constantes referencias a lo que dijo o no dijo el prelado en su última carta mensual; o porque, estando en la sede central de Roma, se coloca astutamente en lugares estratégicos para encontrarse con el padre y contarle espontáneamente una anécdota apostólica de la región a la que pertenece; o porque ríe nerviosamente en una tertulia cuando el Excelentísimo señor o los que con él hacen cabeza cuentan algún chiste, aunque éste no tenga la menor gracia o sea una auténtica simplonería; dicho en otros términos, porque se ríe cuando considera que debe reír o que conviene hacerlo para dar un cierto tono a una conversación o a una tertulia de casa.

Otra muestra de ser muy de casa es usar agenda para tomar notas en las tertulias y en los círculos semanales para numerarios, siempre con enorme interés; de preferencia cariacontecido por sus defectos contrastados con lo que ahí se dice o con gesto de profunda piedad filial. Se dice que esta práctica no es una obligación ni una costumbre (en el sentido jurídico del término), pero tras afirmar tal cosa se ponen ejemplos contundentes, como afirmar que el consiliario la usa, o que alguien que vivió en Roma vio la forma en que el prelado mismo o los mayores en Casa lo hacían con toda humildad y sencillez. Luego, es muy de casa quien funcionalmente lo haga aunque nadie lo prescriba formalmente.

Para ser muy de casa se necesita, en suma, hablar y comportarse según estereotipos comúnmente aceptados entre los numerarios y aplaudidos por los directores. No importa si se tiene una vida personal más o menos disipada o alguna conducta sexual anormal (como algunos casos que conozco); tampoco si se es injusto o torcido en las relaciones laborales o mediocre en el estudio (como muchísimos casos que conozco); incluso, como suele suceder en la región a la que pertenecía, si se es un déspota redomado con sus hermanos por el hecho de ser cura o vicario judicial de una diócesis. Lo importante –lo único importante– es hablar el sociolecto opusino con cierta apariencia de convencimiento o de preferencia con tono dogmático. Eso sí, para ser muy de casa, ha de renunciarse a cualquier forma de libertad expresiva; a la libertad de criterio y de pensamiento, salvo si se es delegado del prelado o privilegiado de una delegación. Por ello, muchos numerarios se convierten en verdaderos actores desde su más temprana juventud. No hace mucho tiempo que tuve la desagradable experiencia de estar en una convivencia de vocaciones recientes, en la que todo cuanto ahí se decía y hacía por parte de los que mandaban estaba enderezado a hacer de unos pobres adolescentes, personas muy de casa. Eso no me parecería mal si se dijeran las cosas claras como en los noviciados o juniorados de los religiosos, pero el afán que se tiene en el Opus Dei de revestir todo de falsa normalidad laical es lo que hace de esa institución un anfiteatro de apariencias y contradicciones. Además, se ha creado un molde de conducta tan universal que cabe cualquiera. Es para cualquiera. Por eso entra quien sea, con tal de que sea capaz de uniformar su vida y su pensamiento a través de un lenguaje ridículo y afectado, o sea, muy de casa.

El proceso inductivo para que la gente sea muy de casa es parecido al de cualquier fenómeno de cooptación masiva en el que las personas no tienen que hacer otra cosa que imitar, repetir, reproducir formas de ser y de comportarse. Recuerdo, por ejemplo, en esas convivencias a las que me he referido, a jóvenes de 15 ó 16 años, usando agenda con cuadritos de control y lista cuadricular de mortificaciones, de cumplimiento de normas, de nombres de amigos y del seguimiento apostólico que debían reportar en la confidencia semanal con el director de su centro. Era como ver a un niño vestido de corbata y chaqueta de adulto; como una comedia de opereta que ocasionaba risa y lástima. Era notorio como todo se les iba a los pobres chavales en aquellas convivencias, en aprender el papel que se les asignaba en ese teatro –Gran teatro– llamado Labor de san Miguel. Todo apariencia, todo ficción. Cristo, su Figura y su Imagen, se iban difuminando paulatinamente en la cuadrícula de la charla fraterna, en los diez mil criterios de la urbanidad de la piedad (modos de apagar velas, de prenderlas, de hacer genuflexiones, de ayudar a misa, etc.), en el hacer como que se hacían correcciones fraternas, en hablar el lenguaje de casa. En fin, un verdadero proceso de traducción del Evangelio y de la vida real al cursi sociolecto espiritual de Escrivá y sus exégetas.

Después de la calificación de los muy de Casa, podríamos hablar de los miembros que están en buen plan, que es otra expresión de esas que tienen gran versatilidad integradora y que se emplea a menudo en el lenguaje connotativo de los numerarios del Opus Dei; al menos en México. ¿Qué significa esa expresión? Estar en buen plan es que, aunque no se sea muy de Casa, se tiene al menos buena disposición (externa) para acatar lo que digan los directores de la prelatura, aun cuando lo que digan no sean sino necedades o simplezas, como ocurre a menudo. También se dice de una persona que está en buen plan cuando al menos guarda silencio y no pregunta nada que pueda resultar incómodo, aunque sus dudas provengan de su profunda incertidumbre acerca de la existencia real de la vocación que dice tener o cosas por el estilo. Y es que en el Opus Dei de los numerarios (que, insisto, no es el mismo que el de los supernumerarios), hacer preguntas, a menudo se confunde con cuestionar, esto es, con poner en tela de juicio algún dogma fundacional o algún aspecto que afecte a la fundolatría institucional. De ahí que la mayoría de la tropa numeraril prefiera callar antes de ser señalado como una persona que no está en buen plan o, lo peor, que no tiene buen espíritu, expresión ésta que equivale a la proscripción y al destierro y se suele usar como anatema.

Lo contrario, estar en mal plan, significa que un numerario expresa en la charla fraterna o en la dirección espiritual sus dudas personales, sus objeciones a aquellas disposiciones que percibe contrarias a su libertad, a su conciencia o al sentido común; en suma, que habla con veracidad o con lo que entiende como sinceridad salvaje.

El que está en mal plan por regla general no tiene buen espíritu. Y aquí cabría detenernos antes de seguir adelante: ¿qué significa eso de tener buen espíritu en el sociolecto del Opus Dei? Pues para un numerario, en primer lugar es una forma de encarnar la fidelidad, que se traduce, sobre todo, en hablar sin pensar demasiado o, mejor dicho, en dejar que el lenguaje institucional hable a través de él, aunque sea de manera inconsciente. La muestra más clara de ser un numerario en buen plan y con buen espíritu es que habla el lenguaje de los de casa, con el cual, además, siempre tiene o cree tener respuestas para aquellos que lleguen a cuestionar los significados de las palabras y expresiones de la Obra, sean éstas formalmente sancionadas o funcionalmente correctas. Tener buen espíritu significa también, y en un sentido más amplio, actuar normalmente bajo los códigos hermenéuticos de la institución; por ejemplo, se dice que un numerario puede confesarse con quien quiera, pero que es de buen espíritu hacerlo con los sacerdotes del Opus Dei. Esto, dicho en términos prácticos, significa que si algún miembro se confiesa en una iglesia cualquiera, lo ha de hacer avergonzado, pues al margen del perdón y de la gracia que recibe del sacramento, lo que ha hecho no es de buen espíritu.

Hay numerarios (sobre todo aquellos que han pasado los treinta años de edad o han ocupado cargos en las diversas instancias de gobierno de la Obra) que se vuelven expertos en el uso y abuso del lenguaje con el que se expresa el buen espíritu y el estar en buen plan. Normalmente lo usan cuando están frente a un director con la finalidad de sentirse bien o de ser aprobados por la jerarquía de la que dependen en su vida diaria. Es entonces cuando hablan de pitables, del ambiente positivo de los centros y del éxito de las convivencias de cooperadores; de alguna insignificancia de la última carta del padre, o traen a colación lo que decía nuestro padre [sic] acerca de las cosas más nimias, como, por ejemplo, el uso de las corbatas, los deportes, el orden de los libros o la forma de colocar un cuadro en la pared. La expresión común es esta: A nuestro padre no le gustaba que se hiciera así. Incluso algunos de estos viejos lobos son capaces de citar al fundador para salirse con la suya, amoldando alguna de las muchas frasecillas o los miles de dicterios normativos de Escrivá de Balaguer para hacer una interpretación conveniente a sus intereses. Estos numerarios pueden llegar a citar un punto de Camino sobre la cultura, para conseguir de los directores la autorización para asistir a un concierto o a una función de cine (a los cuales no les está permitido asistir a los numerarios) por razones profesionales o para fomentar la amistad, es decir, por razones apostólicas.

Otra forma de retorcer el lenguaje y expresar el buen espíritu, es el que se refiere al cumplimiento de los criterios y normas, es decir, del sinfín de reglas y prescripciones, especialmente en lo tocante a las prácticas de piedad y a la mortificación. En tal caso el barroquismo llega a extremos inauditos. Todo sea por tener buen espíritu. Por ejemplo, si es un día de fiesta (que en el Opus Dei los hay por montones) [Ver Tomo de Meditaciones V y VI, sobre los días de fiesta], hay que distinguir si se trata de una fiesta A, B, o C y aprenderse de memoria los innumerables criterios sobre las excepciones que comportan esas fechas para el uso del cilicio, de las disciplinas y del dormir en el piso una vez por semana. Si es A… (y empieza el casuismo y el lenguaje enredoso de los que tienen el buen espíritu) entonces no se usa el cilicio ni las disciplinas; si es B, pero cae en sábado, la mortificación especial de los sábados se puede sustituir por… si ese día hay retiro mensual, entonces… si es fiesta el que da el círculo no se pone el cilicio, pero se ha de procurar… ¡Vaya artificios y enredos en los que han envuelto el mensaje del Evangelio!

Los Gramáticos del Opus Dei

Hay algunos numerarios que se erigen en los intérpretes especializados en resolver de modo apodíctico la infinita casuística de las normas de piedad y de los criterios a seguir en la vida de los atormentados numerarios. Su distintivo es el dominio del lenguaje de casa y la cursilería aneja a éste. A éstos podríamos asignarles con toda propiedad el título de Gramáticos del Opus Dei. Por lo general son numerarios mayores en casa, con muchos años de fidelidad, o bien los que han estado viviendo en Roma, junto al padre, sean laicos o curas. Conozco a un laico, experto en finanzas, que se envejeció prematuramente por el ejercicio continuo y desgastante de su oficio de gramático-elector. Aunque por lo general son los curas los más autorizados en la gramática oficial o los que se sienten con mayor capacidad interpretativa. Recuerdo en este sentido haber escuchado muchas veces consultas de los numerarios acerca de los criterios a seguir con respecto a las normas de piedad, en el caso de que hubiera habido retiro mensual. Normalmente esta actividad se tiene los domingos y dura prácticamente todo el día. Además de la charla que da un laico, se dan tres meditaciones en el oratorio: dos en la mañana y otra en la tarde. La meditación, que da un sacerdote, cuenta como oración. Y como los numerarios tienen que hacer todos los días media hora de oración en la tarde, entonces los días en los que hay retiro mensual y, por tanto, meditación, se da por hecha la media hora obligatoria. El problema viene cuando concuerdan los días de retiro con una fiesta, pues entonces la actividad concluye antes de la comida y no se dieron sino dos meditaciones en la mañana. Pues bien, en esa terrible y peliaguda tesitura, los numerarios jóvenes y a veces los no tan jóvenes se plantean la siguiente cuestión: La última meditación, que fue al filo del mediodía, ¿valió por la oración de la tarde, o habrá que hacerla aparte? Ante tal cuestión, tan esencial a la práctica auténtica del amor a Dios, vienen los curas sabelotodo o, como he dicho, los Gramáticos y dicen con cara de circunstancia y buen espíritu: No. No vale, hay que hacer la oración de la tarde, como está dicho. Y se sienta jurisprudencia. Incluso hay quienes, para reforzar su fallo, traen a colación, como precedente jurisprudencial, lo que se hacía en el Colegio Romano en circunstancias similares. Esta era la especialidad, entre muchos, de un cura-ingeniero-tardío a quien luego me encontré en la puerta de salida ejerciendo fría e inhumanamente el mismo oficio gramatical.

Como se ve, el lenguaje en el Opus Dei requiere de un código semántico muy especial en el que las palabras, validez, tiempo, normas, criterios, mortificación y piedad, no pueden ser entendidas de acuerdo a ningún diccionario o según el sentido común de nadie, sino según el sentido de la intrincada sistémica institucional, de la jurisprudencia de los Gramáticos o lo que indique ese no se qué que tienen algunos numerarios-directores, llamado buen espíritu.

Entender y no entender

Otra palabra que requiere todo un estudio de semiótica profunda para ser comprendida en los laberínticos campos semánticos de la Obra, es entender. Así, por ejemplo, cuando alguien no está de acuerdo con tal o cual aspecto de la doctrina o de los miles de criterios protomorales, morales y metamorales del Opus Dei, nunca se dirá de ese modo, es decir, que no está de acuerdo, sino que se trata de una persona que no nos entiende. Así, con ese tono de víctima incomprendida por la obstinación de algunos necios. En sentido inverso, si alguien (especialmente si forma parte del clero diocesano o religioso) es un admirador de Escrivá de Balaguer y llega a citar sus textos en una conferencia o en el sermón dominical, entonces se dice que entiende muy bien (la Obra, por supuesto). Si alguien no está de acuerdo con la Obra o no es admirador del fundador, o simple y sencillamente le cae mal él y la institución, entonces se le proscribe con la sutileza de esta expresión: No entiende nada. O sea, la Obra en sí es perfecta y los que no estén de acuerdo con ella o no simpaticen con sus cosas es porque tienen un problema de entendimiento. Esto lleva a pensar a muchos numerarios que algún día, los que no entienden, entenderán; especialmente sus padres y su familia de sangre, si ese es el caso. Y en la labor apostólica de los numerarios, el posible entendimiento de su amigo es lo que puede llevarlo a pedir su admisión pronto. Se dice así que una persona ya va entendiendo, para referirse a que empieza a aceptar lo que se le dice en los medios de formación o en la dirección espiritual sin poner objeciones, o si las pone, lo hace en buen plan según la percepción metasensorial y suprarracional del numerario que lo trata apostólicamente. Los jóvenes recién pitados, es decir, los que han pedido su admisión de modo reciente, avanzan en la primera formación que se les imparte en la medida en que van entendiendo, que en realidad eso no es sino aprender a hablar un lenguaje formal de gueto y adoptarlo como idiolecto. Como he señalado, conozco innumerables casos de jóvenes numerarios (especialmente del Centro de Estudios) e incluso de aspirantes que, ya desde la adolescencia temprana, empiezan a hablar la lengua oficial de la Obra, y algunos más adelantadillos ya saben hablar también la funcional u oficiosa aunque no formal, como a la que aquí estamos aludiendo, agrandando de este modo su sentido de pertenencia y de miembro avanzado de la institución. Desde luego, y casi sobra decirlo, que la mayoría ignoran el significado de este tipo de lenguaje integrador. Sólo lo hablan. Ya lo irán entendiendo.

Entender, pues, dentro de los esquemas lingüísticos de la Obra, no radica en el entendimiento o en la inteligencia, sino en la voluntad adherente, pues entiende el que aprueba todo y se adhiere sin más, con un dogmatismo ingenuo y hasta infantil, en el sentido que lo entiende Popper, es decir, de imitación o remedo y repetición de actos (en este caso, los actos del lenguaje). No entiende, por tanto, quien disiente por desacuerdo o cuestiona lo que habla. Desde luego, el prejuicio de las entendederas está especialmente arraigado, según suelen afirmarlo los numerarios, en los religiosos: los religiosos no nos entienden, se dice; y esto por una razón muy simple: porque no pueden entender el espíritu laical del Opus Dei. Se genera de este modo una creencia muy particular que la mayoría de los numerarios suele aceptar sin más: el campo semántico de la Obra es del exclusivo dominio de aquellos que lo pueden entender. Es cuestión de poder, no de comprender. Y ¿qué se necesita para entender? En primer lugar, dejar de pensar por cuenta propia, luego traducir todos los pensamientos y ocurrencias a los códigos lingüísticos de la institución o a su gramática; en fin, hacerse violencia para disociar, si es necesario, lo que se dice de lo que se ve, se piensa o se cree.

Cuando algún numerario osa cuestionar esa gramática institucional e integradora y se va de Casa, por lo general se dirá, o mejor dicho, dirán algunos directores y Gramáticos del Opus Dei, que, aun después de muchos años de servicio, aquella persona no acabó de entender. Es de suponerse que lo que no entendió fue el sentido profundo de la entrega o el misterio de la cruz, y es probable que así sea en ocasiones, pero me parece que en la mayoría de los casos no entendieron lo que en la más elemental gramática cristiana y en castellano castizo es, simple y sencillamente, inentendible, como, por ejemplo, ideologizar el cristianismo por medio del lenguaje. A propósito, unos meses antes de dejar de ser de casa, hablé con el delegado del prelado en la región a la que pertenecía, y éste, tras hablar mal de muchas personas con la justificante de que no habían entendido, concluyó con esta fachendosa afirmación (dicha a alguien que tenía 25 años en la Obra): El Opus Dei es una cosa muy compleja que no cualquiera entiende.

No conozco en la historia de la Iglesia una institución más controladora del lenguaje que el Opus Dei. Quizá los Caballeros del Temple, pero de ellos y de sus modos de proceder se sabe poco y mal. La Compañía de Jesús y la Orden de los Oratorianos en la época barroca se le acercan un poco; sin embargo, creo que el barroquismo lingüístico de estas instituciones se refería más bien al casuismo y al probabilismo ético (de las monarquías), trabajado a partir de amplios esquemas retóricos y teológicos. En cambio, en el Opus Dei, buena parte de los avisos que se dan en los retiros y convivencias para numerarios, así como en sus medios de formación, consisten en inducir el lenguaje correcto de Casa de acuerdo a una lógica estrictamente autorreferencial. Lo que un numerario aprende en los primeros años de formación, como he señalado, es como decir según el buen espíritu y la normativa opusdeína. Es toda una gramática, todo un lenguaje cerrado o sociolecto que constituye un sistema clausurado de significaciones cuya lógica es, dicho en palabras de Baudrillard, la de la discriminación y exclusión. Por tanto, no importa demasiado si ese decir es contrario al sentido común o si directamente contradice a la significación más generalizada de las palabras, e incluso a la verdad. Para todo hay mil explicaciones, matices, precisiones y enredos lingüísticos de por qué se ha de decir de un modo y no de otro. Y no hay opción. A tal grado llega este control que no es raro que en una tertulia de casa, o sea de numerarios en un centro o en una casa de convivencias, se interrumpa la conversación cuando alguno de los ahí presentes llega a decir cosas inconvenientes, como opinar sobre algo que no es opinable; como decir que alguien sí entiende pero no está de acuerdo con la Obra, o como afirmar que las actividades del Opus Dei tienen tal o cual defecto; por ejemplo, que las meditaciones suelen ser profundamente aburridas o que empiezan tarde. Es entonces cuando el director, siguiendo la praxis interpretativa de la gramática institucional que aprendió de sus hermanos mayores o de los Gramáticos del Opus Dei, cambia de tema sutilmente, y en no pocas ocasiones llega a imponer al ingenuo numerario que cree que una tertulia es libre (es decir, que es tertulia), el silencio y cambio de tema a rajatabla. Una expresión común en este sentido es que el director diga algo así como: Bueno, pues mejor cambiemos de tema... Y tú Fulanito, qué nos cuentas de tu visita a pobres. Quizá debería decir más bien, Bueno, volvamos a hablar en nuestro sociolecto.

No niego que la prudencia implique el cuidado del lenguaje. Con esa virtud se practica especialmente la caridad para no decir cosas que puedan herir o afectar a los demás. Pero en el Opus Dei, el criterio que orienta esa prudencia en el uso del lenguaje es, sobre todo, la Obra misma; es la disciplina institucional; es el buen espíritu, que, como he dicho, radica sobre todo en la adopción de un lenguaje aprobado y sancionado por las autoridades de la institución, sea de modo funcional o formal. Hay expresiones muy comunes en la vida cotidiana de los numerarios que resultan especialmente expresivas de esta tendencia al control excesivo del lenguaje. Una de estas, por ejemplo, es aquella que se suele escuchar sobre todo en los centros de jóvenes: Esto no conviene que se diga por ahí, pues pueden malinterpretarlo, sobre todo aquellos que no nos entienden. Tal es, por poner un ejemplo, el que se haya dado hospedaje a un obispo en un centro de la Obra. Los directores piensan que si los numerarios jóvenes cuentan a sus amigos que se hospedó un obispo en su centro, entonces podrán confundirlos con religiosos o ver su casa como casa parroquial o consistorial, como si acaso los jóvenes de hoy comprendieran esas sutilezas canónicas y eclesiásticas. Pero, por si las dudas, mejor no comentarlo por ahí, se suele decir en forma de aviso.

Esas son las preocupaciones jurídico-pastorales de muchos directores: la apariencia del Opus Dei, es decir, lo que los demás puedan llegar a pensar o percibir de la institución. Por ello, hay que cuidar la forma en que se dicen las cosas, dicen algunos apologistas de muy buen espíritu.

Cultura

Otra palabra que requeriría de un análisis semántico, semiótico y de otros enfoques más arduos y peliagudos de la lengua, para llegar siquiera a atisbar su significado en los gatuperios de la Obra, es cultura. La cultura no es en modo alguno la expresión del espíritu humano tal como se ha dado en la historia. Tampoco es un vehículo de reflexión personal acerca del sentido cristiano de la vida o algo por el estilo. La cultura es, antes que nada, un dispositivo para el apostolado. A los numerarios jóvenes se les inculca la lectura para que adquieran cultura, pero no con otra finalidad que la de expresarse mejor en los círculos o impresionar a sus oyentes en las charlas o en clases que les asignan. La cultura se convierte así en un revestimiento superficial, en un instrumento más con el que el numerario cuenta para expresar el mensaje de la Obra. Incluso, llega a tal grado de inmanencia el significado de esta palabra, que para no pocos numerarios y sacerdotes, la cultura no es sino una cantera de anécdotas para ilustrar el espíritu de casa. Por ello la cultura se suele almacenar en frases sueltas, tipo Camino, con las que algunos miembros de la institución expresan ideas inconexas, citas descontextualizadas, datos pespunteados, puestos siempre, como he dicho, al servicio de los medios de formación que se dan en casa.

Incluso, leer un libro, también sirve para llevar algún tema de nivel a la tertulia. Eso quiere decir que en ocasiones se lee para entretener a los demás numerarios y evitar así, que digan tonterías o se les vaya la tertulia en arrojarse cojines, decir pullas a los contertulios o caer en la ordinariez. Esto no me parece mal en sí mismo; el problema es cuando a eso se limita el significado de la cultura. Así, palabras como cultural (tertulia cultural), lectura, museo, biblioteca y otras de ese jaez no expresan una necesidad real de acercarse a Dios, al mundo y al hombre, sino medios puestos al servicio de la Obra, que deviene siempre fin en sí misma. A los numerarios mayores se les insta a que se cultiven para que aprendan algunas historias fantásticas y anécdotas simpáticas que puedan narrar en las tertulias de San Rafael, que suelen tener lugar en los centros de jóvenes. De este modo se evita que al terminar la meditación y la bendición, los asistentes externos se vayan con sus novias o con sus amigos, pues la cultura deberá atraerlos y retenerlos. La tertulia cultural a cargo de un mayor de Casa, servirá de gancho en el apostolado. Así pues, cultura ≈ gancho… ¡He ahí otra expresión maravillosa del disparatorio opusino!

Alguien podría objetarme que en todas las órdenes e institutos religiosos se enseña retórica, historia, gramática, oratoria y demás disciplinas con las cuales los predicadores del Evangelio aprenden a hablar mejor y, por ende, a transmitir con mayor efectividad la palabra de Dios. Cierto, pero en el Opus Dei no hay tiempo para ese tipo de formación sesuda ni para latines en serio; el tiempo apremia y basta con una untadita de todo por encima para estar en condiciones de ostentarse como un laico instruido en la cultura universal. Incluso si un numerario llegara a dedicar demasiado tiempo a la lectura de los clásicos o al menos a leer algún best seller, sería visto con sospecha. Esto, porque en el lenguaje del Opus Dei, el aprovechamiento del tiempo (que es otra expresión de esas que tienen enorme fuerza en el sociolecto) no tiene nada que ver con la cultura personal, si acaso con la cultigracia de la que hablaba Quevedo, siempre superficial y frívola. No es necesario sino recordar la forma tan poco seria en la que algunos numerarios mexicanos y centroamericanos realizan sus estudios de posgrado o sus doctoradillos al vapor. Con un poco de cultura es suficiente. Por ello no es raro encontrar numerarios que, tras haber pasado años como miembros de las delegaciones o de las comisiones regionales, ostentan su incultura y su pobreza intelectual como parte del trofeo de guerra por su entrega y buen espíritu; como el merecido reconocimiento por no haber tenido tiempo mas que para hablar el lenguaje de la jerigonza institucional, escribiendo por años cientos y cientos de notas de criterio y demás papeles de la infinita burocracia. Al menos eso es lo que he visto, especialmente en algunos países tercermundistas en los que trabaja la Obra.

Si los numerarios viajan, la cultura es un accidente del que fácilmente se puede prescindir. No importa si se trata de los Museos Vaticanos o de las expresiones más sublimes de la civilización cristiana en Occidente. Por ejemplo, si van a Madrid o a Roma, antes que ir a admirar esas expresiones estéticas e históricas de la humanidad, es de buen espíritu hacer una pequeña excursión, siguiendo los recorridos de nuestro padre paso a paso por tales y cuales calles hasta pasar por Diego de León o Villa Tévere (sin entrar, por supuesto, pues sería correteo inútil). En fin, experimentar un poco las anécdotas de casa con la esperanza de llegar a ser un día el hablador, como dice Vargas Llosa; esto es, el que cuenta los mitos y leyendas gracias a su experiencia de conocimiento, salpimentada con algo de imaginación fantasiosa y protagónica. Ese es el raro lenguaje de la cultura en el Opus Dei.

Otra forma de entender la palabra cultura en el lenguaje de la Obra, es como práctica de aburrimiento ofrecida como mortificación extraordinaria. Admirable, sin duda. En los centros de la Obra en los que viví durante los muchos años en que fui numerario, especialmente en los de universitarios, los residentes, estoicamente, se quedaban los viernes en la noche (viernes culturales, les llamaban) a ver un video de Turandot, oyendo con sorprendente resignación los alaridos de Eva Marton y Plácido Domingo, o los tonos sublimes de la Callas en alguna presentación filmada en blanco y negro durante la década de los cincuenta. Por eso se entiende que para muchos numerarios jóvenes, este sentido de la palabra cultura, llega fácilmente a confundirse con el de martirio. Y así lo dicen y lo expresan muchos. En fin, todo es artificio.

Tono humano

Una de las más complejas expresiones del intrincado y oscuro lenguaje de los numerarios de la Obra, relacionada con la cultura y formada por reglas escritas y no escritas, es el tono humano. Quizá sea la expresión más cargada de connotaciones en ese silicio de gramaticales cerdas, como dice Quevedo, que constituye el opaco y enredoso lenguaje que se emplea en la institución.

Se trata, sin duda, de una expresión polisémica que extiende sus redes sobre todos los ámbitos de la afligida existencia cotidiana de un numerario. El tono humano, por principio, no implica mayor problema, pues significa en una primera acepción, urbanidad (sentarse correctamente, partir el pan y no engullirlo de un tirón, no entrar desmangado al comedor y cosas por el estilo). Pero luego, tras la jurisprudencia firmemente sentada por esos sabelotodo que son los Gramáticos locales del Opus Dei (en las comisiones y delegaciones), el tono humano atrapa en sus terribles garras al lenguaje cotidiano. El decir de los numerarios se ve así constreñido por los criterios de buen tono; y no me refiero sólo a que se evite decir tacos o groserías, sino la necesidad de decir lo que sea atendiendo siempre y en todo momento a lo que es correcto y conveniente. En las tertulias, el buen tono ha de ser el marco de su realización. Nadie puede ir en su habla más allá de unos límites muy estrechos so pena de recibir una corrección fraterna por falta de tono humano o de delicadeza en el trato con sus hermanos o con los directores.

El tono humano es algo así como una atmósfera de comportamiento aceptado que abarca el lenguaje racional y el gestual, y, como casi todo en la formación de un numerario, se aprende por imitación. Todo numerario sabe lo que se puede decir y de lo que no conviene hablar en el comedor, en su casa, y especialmente en una tertulia. Aprende bien a circunscribir su habla a ciertas voces canónicas, con las que opina, asiente, reprueba, califica y juzga la realidad. Si acaso rompe las reglas del hablar oficioso, es reconducido por una reinterpretación que hace el director local con cierto tono de tolerancia y comprensión de hermano mayor. Se trata de esas trampas del diálogo, dicho en palabras de R. Barthes, con las que el lenguaje se va ajustando a una medida no formal pero sí funcional. Es por ello que buena parte de la conducción de una tertulia por parte del director local, sobre todo en los centros de jóvenes, consiste en el cuidado del tono en el decir, de las formas de hablar de los contertulios, de su manera de conversar, de relatar un hecho o de opinar; sobre todo tratándose de cuestiones relacionadas con la Obra. Por eso la forma de hablar oficiosa es la garantía de ser aprobado en esas reuniones y no salir de ellas con sentimiento de fracaso y marginación, o con un mal sabor de boca. Conozco a un numerario mexicano que nunca aprendió ese tono lingüístico. Ahora ya es un numerario mayor, y siempre es observado (y tratado) como alguien que no tiene bien pescado el espíritu (me consta que así lo dicen los directores). En realidad dice lo mismo que todos los demás numerarios, pero no con el lenguaje adecuado y apropiado. Cada vez que habla en una tertulia, los demás se ponen nerviosos y lo muestran en sus rostros y actitudes. Algunos Gramáticos suelen acotar sus relatos con el uso de términos más laicales, o, cuando ya no pueden más con la excentricidad de aquél, cambian el tema para evitar que el despistado siga hablando en ese raro lenguaje de la Iglesia Católica, pues en vez de decir, trato apostólico o amigos el pobre infeliz dice evangelización o cosas por el estilo. Muy mal. Debería aprender a hablar en sociolecto, pues lo más preocupante de esa ausencia de la lengua ad hoc en su habla es que quizá, el desgraciado, no ha entendido nada.

La presencia de un director de la delegación o de la comisión en una tertulia del centro, se ve normalmente tensionada de principio a fin por el buen tono en el decir. Los comentarios de los jóvenes siguen una especie de libreto perfectamente conocido y aprendido por todos, como he dicho, por vía de imitación y repetición progresiva. Deberán hablar de apostolado, de amigos pitables, de los círculos a los que asisten sus amigos o si acaso de alguna noticia interesante de carácter cultural, pero sin detenerse demasiado en esto último, pues puede aburrir (al visitante y a los demás numerarios) o distraer la atención de los temas que realmente interesan, es decir, las cosas entrañables de casa. Si son jóvenes han de hablar de los temas convenientes con cierto gracejo bien estudiado, con el que se aparenta frescura y aires de libertad. Un comentario fuera de lugar, afectaría al buen tono en el ambiente del centro o de la tertulia con el distinguido visitante. Son impresionantes en este sentido, los niveles de actuación y representación afectada que se llegan a asumir en tales casos. E igualmente impresionante es lo estudiado de las bromas que hacen los directores de las delegaciones o de la comisión a los chavales que se inician en la vida numeraril de los centros. Las bromas tienen un sabor muy de casa. Consisten en meterse con los interlocutores, haciéndoles comentarios siempre teñidos de esa alegría propia de los hijos de Dios; los cuales suelen versar sobre las expresiones poco claras o demasiado modernas y atrevidillas que emplean los jóvenes. La dinámica es bien conocida y practicada: el joven dice una palabreja de moda y el jerarca visitante hace como que no la entiende y luego se ríe, tras la explicación que le da el sargento-director-local, como si captara en ese momento su sentido. Y es que el director local en un centro de jóvenes es el puente entre el hablar común y el sociolecto; es un intérprete que traduce; un guardián del lenguaje; él lo ajusta y lo corrige constantemente para que los numerarios vayan aprendiendo a usarlo con corrección. Pero volviendo al decir con el buen tono de casa, otra posibilidad es que el jerarca de turno, pregunte a alguno por su padre enfermo o por alguna situación difícil por la que atraviesa su familia de sangre, siempre con un poco de picardía y una risa más o menos forzada para evitar que el otro vaya a emocionarse e irrumpir en lágrimas si dice la verdad de lo que le sucede, lo cual rompería ese sentido elegante y refinado que deben tener las relaciones entre los numerarios, y especialmente el lenguaje frío e impersonal en las reuniones de familia.

Todo en esas tertulias de encuentro entre los que mandan y los que forman la cuadrilla de la Obra, debe desarrollarse, pues, en un marco interpretativo caracterizado por el buen tono. Y no piense el lector que me he desviado del tema, pues me estoy refiriendo a la coordinación de gestos que acompaña al lenguaje denotativo de los miembros en este tipo de puestas en escena. Recuerdo a este propósito, a un director joven de la comisión regional, de poco más de treinta años de edad, al que conocía como una persona más o menos normal, quien, recién nombrado, llegó un día al centro de San Rafael en el que yo vivía, para departir en la tertulia con los residentes. Su comportamiento había cambiado por completo: su pose era la de un consiliario hecho y derecho; por momentos ostentaba una prestancia prelaticia o abacial, no sólo en las formas de expresarse sino en sus actitudes y gestos. Sus bromas, sus comentarios y formas de relatar anécdotas edificantes recordaban a las del fundador, y por momentos a las formas desabridas y ariscas del prelado actual. Y cuando un jovencillo caradura llegó a salirse del margen permitido por el tono humano con algún comentario poco afortunado, el director-sargento-local le increpó entre bromas y veras, y de inmediato le regresó la palabra al jerarca. Éste no se dio por enterado de aquella salida de tono, y volvió a ejercer de alto funcionario con sus narraciones pletóricas de clichés, criterios, frases hechas e impregnadas de triunfalismo, amén de las características medias verdades (la otra mitad es secreto de estado), en las que el suspense de lo que no se puede decir, lo hacía todo más interesante. A lo máximo, como consuelo a los curiosos de la cuadrilla, concluía sus historias sobre tal o cual iniciativa apostólica aun en fase de proyecto, con la frase hecha: ya se irá sabiendo. Todo, como he dicho, siguiendo un formato teatral típico, inspirado en Villa Tévere, y en donde la espontaneidad del lenguaje y la autenticidad expresiva brillaron por su ausencia.

Me parece que en México y en algunos países de América Latina, esa forma tan artificiosa, tan teatral de decir la realidad, de vivir la vida a través de su afectada articulación lingüística, se ha vuelto verdaderamente tiránica.

Esto, en mi opinión, se debe a dos razones fundamentales. La primera, a que el lenguaje del Opus Dei está hecho a la medida de una mentalidad aragonesa, madrileña, europea (sobre todo aragonesa), que casi no tiene relación con la vida y el modo de entenderla en estos países. De este lado del Atlántico se tiene una noción distinta del decir; del hablar cotidiano. Me atrevería a decir que los numerarios en México hablan con una cursilería notoria, derivada quizá de su absoluta falta de libertad, de juego verbal o del uso de formas propias. Creo que son los únicos que utilizan palabras y expresiones que aquí resultan sumamente amaneradas, como de casa, tono humano, dirección, poco ortodoxo, y otras por el estilo.

La segunda razón por la que el hablar con el tono humano de la Obra es tiránico en estas tierras, es porque esa innegable libertad y cadencia lingüística que nos caracteriza se ve atrapada por una normativa que la inhibe y la vuelve triste. Son tantas las reglas que se les imponen a los pobres numerarios acerca de cómo decir hasta las cosas más insignificantes, que terminan por despojarlos de su identidad, de su autenticidad, de su vitalidad genuina, telúrica. Y no me refiero a los giros propios o a los localismos lingüísticos, sino al modo cotidiano de enunciar las cosas, de comprenderlas a un cierto ritmo. Así, si un numerario latinoamericano llega a Roma, aprende a hablar con el tono cursi de lo exótico, de lo ridículo; y eso se nota de inmediato cuando se le ve luego en Cavavianca o por esos lares, con un tono vital muy de casa, que es tanto como decir, profundamente afectado y estudiado, como iluminado por su cercanía con el prelado. Por ello fácilmente se vuelve el juglar de la corte de directores, y su hablar se observa como al gruñir de un mandril satisfecho en el zoológico. Luego llegará a su país a contarlo con el orgullo propio de un bufón: el padre y los directores se ríen de cómo hablamos. Y todos los que lo escuchan –muy unidos al padre– ríen también de sus propios modos de decir y pensar. Pero eso sí: si de la Obra se trata, no hay más que un lenguaje, un tono y un modo de decir cargado de dramatismo y expresado siempre bajo una atmósfera a la que se llama de modo genérico tono humano.

Algo sobre la conveniencia

Quizá la más terrible de las expresiones del intrincado sociolecto del Opus Dei, que recuerdo haber escuchado varias veces en los muchos años que viví como numerario, sea aquella que emplean normalmente los directores de las delegaciones y comisiones para informar a un miembro sobre la denegación de un permiso, sobre un cambio que le implica un gran sacrificio personal o sobre una remoción de cargo como director-sargento-local. Me refiero a esa especie de plural mayestático: Hemos visto conveniente. El hemos, le da a la indicación una increíble fuerza oracular y délfica. Se supone que un grupo inspirado por el Espíritu Santo y por el Fundador, o mejor dicho, por el Fundador y quizá por el Espíritu Santo, delibera y decide sobre aspectos y personas que la mayoría de las veces no conoce sino por la referencia de un frío e impersonal papel escrito, elaborado por alguno de los directores. Y todos ¡lo ven conveniente! Cabría aquí preguntarnos qué es la conveniencia, para lo cual no creo que sea necesario remitirnos a un diccionario. Cualquiera sabe que con esa palabra se expresa algo muy relativo, cual es el beneficio o utilidad que representa una cosa o idea con respecto a otras o a una persona. Pero en la Obra nunca se dice le conviene (a usted) o te conviene, sino que se utiliza el impersonal e indicativo conviene; así, en general, sin matices condicionales y como fruto de una especie de visión transpersonal de la necesidad de que las cosas se hagan como conviene (a la institución por supuesto, que es a la única que debe convenir lo que se decida en las cúpulas). La conveniencia es parte de ese lenguaje siempre acomodaticio que se emplea en la Obra: rígido cuando sea necesario y maleable cuando convenga.

Roma

Hay algunas expresiones que son verdaderos talismanes lingüísticos del Opus Dei. Si alguien las pronuncia en el momento oportuno, puede llegar a transformar el caos en orden. Su enunciación hace de lo espurio algo legítimo, de lo oscuro claridad y transparencia, e incluso lo ilícito puede llegar a justificarse moralmente. La primera y principal de estas palabras es Roma. Se trata de una palabra que expresa mucho más que la Ciudad Eterna; que supera la limitada significación histórica de la capital de los Césares y la cuna de la cultura occidental; es algo más, mucho más, que el nombre de la ciudad donde se encuentra la Santa Sede. Roma, es una palabra mágica: es sinónimo de Villa Tévere, de nuestro padre, del consejo y, sobre todo, del padre actual, de quien emanan efluvios de verdad y luces para los numerarios que caminan por el sinuoso camino de la Obra. Cuando un numerario va a Roma, es porque está en buen plan, y si tiene la suerte de ser recibido por el prelado y escuchar de su boca unas palabras de aliento para su lucha (palabras que siempre son las mismas para todos), la palabra Roma adquiere para él visos de legitimidad y aceptación en la institución; de confirmación en su calidad de fiel de la prelatura, pero no de cualquier fiel, sino de uno con el que se puede contar en todo momento y circunstancia. Por ello lo relatará con lujo de detalles una y otra vez, en cuanta tertulia y charla pueda hacerlo. En otras palabras, estar en Roma, que entre los numerarios equivale a estar con el padre o a ¡ver! al padre, es como la certificación de ser muy, pero muy de Casa.

Así se hace en Roma, es una expresión a la que recurren los Gramáticos sabelotodo de la prelatura para corregir cualquier posible desviación en la interpretación y práctica de las costumbres. Un día me dijeron en Roma, es avalar con el sello de garantía cualquier opinión o modo de hacer las cosas; incluso cuando el que haya dicho tal o cual cosa ahora se encuentre en el manicomio o felizmente casado y olvidado de lo que dijo y no dijo. Estando en Roma, es una expresión con la que un numerario se coloca en un campo semántico que garantiza la corrección y ortodoxia de cualquier cosa que diga. Se la usa principalmente para dar inicio a una tertulia entrañable o bien para dotar de legitimidad a un relato expuesto en una meditación o en una charla. Si bien, en no pocas ocasiones, puede ser un buen inicio para una reprimenda avalada por la experiencia romana.

No me parece mal que en una institución de la Iglesia, sea comunidad, congregación, movimiento o prelatura, se tenga un cierto lenguaje de familia. Tampoco me parece raro que se empleen expresiones comunes, derivadas de la convivencia. El problema que en éste como en otros usos lingüísticos presenta el Opus Dei, desde mi punto de vista, es la forma como los numerarios emplean esos términos: siempre de modo artificioso; siempre con un fin cosmético; siempre, en fin, para dotar de cierto carácter dogmático e ideológico a sus formas de ver y decir el mundo. Y eso sí que me resulta preocupante, particularmente si estamos hablando de una institución de la Iglesia que es o dice ser de carácter laical. Dicho en otros términos, el lenguaje acotado por una estructura interpretativa tan sistemática, tan cerrada, tan constreñida a una cosmovisión particular, es lo propio de una secta o de un grupo ideológico, no de una comunidad cristiana.

Por ello la palabra Roma tiene unos significantes y unos significados muy especiales. Es la ciudad de las pitonisas, de los sabios, de los videntes y, sobre todo, de los guardianes de la palabra en el Opus Dei. Es el Monte Sagrado en donde los de casa, pero sobre todo, los muy de casa, reciben las luces para iluminar a sus hermanos a través del criterio acertado y oportuno, contenido en el sociolecto. Pronunciar esa palabra, independientemente de lo que haya sucedido en esa ciudad o de lo que se haya dicho ahí, como he señalado, puede llegar a ser la clave para transformar las realidades más vulgares y efímeras en cosas muy serias, pertenecientes a ese ámbito de precomprensión propio del espíritu de Casa.

El bien decir

La obsesión por el decir, correcta y adecuadamente, es notoria en el Opus Dei. El fundador, cuando leía libros o periódicos, solía apuntar frases y modos de decir que le parecían adecuados para comunicarse. Muchos numerarios, deseosos de mantenerse siempre dentro de los márgenes de la ortodoxia, hacen un esfuerzo sobrehumano para no decir las cosas sino del modo en que están dichas. Por ello sus charlas y clases son por demás rígidas, repetitivas y aburridas.

La autocorrección verbal de los numerarios produce unas formas de hablar verdaderamente cansadas y tortuosas, en las que se dicen unas cosas dentro de otras, o se afirma y se niega casi de modo instantáneo. Mil matices, idas y vueltas, bamboleos entre generalizaciones y excepciones, referencias y citas forzadas, casuismos contemplados como tipos de conducta… en fin, un sinnúmero de retruécanos y artificios para cuidar lo que dicen. Sólo hay que escuchar al prelado para confirmarlo. Suele empezar conminando de modo general y bajo el supuesto de que se obra en contrario: Hijos míos, tenéis que… luego viene el reconcomio estilístico: no digo que no lo hagáis… y vuelve al ataque: pero que no podéis dejaros llevar por… hasta que concluye con una sutileza de ambigüedad como por ejemplo: en fin, que ya me entendéis. Y este es el modelo lingüístico de los numerarios, quienes por lo general tratan de evitar dar su opinión o personalizar lo que dicen y hablan en las charlas y clases. Para ello distinguen, aclaran y vuelven a aclarar, desarticulan frases, se hacen violencia y reviran. Cuando traen citas del fundador o del prelado (entre más largas más reposado para ellos), entonces y sólo entonces, son capaces de hablar de corrido y con mayor soltura y contundencia. No digo que sea así siempre… pero…

Consecuencia de esta obsesión por el decir correctamente lo que es del espíritu de la Obra, es el constante retiro de catecismos y documentos de gobierno de todos los centros del mundo, cuando los Gramáticos Mayores (de Roma) desean hacer algunas correcciones a la redacción de los textos, pues uno de ellos observó bajo la lente de su buen espíritu, que algo faltaba… algo sobraba. Se dispone así que un párrafo se cambie debido a que una coma mal puesta puede llegar a variar ligeramente lo que dijo el fundador o lo que interpretó don Álvaro con su no muy afilado criterio jurídico-canónico. Se dan constantes avisos generales a los miembros acerca de como nombrar la realidad, como enunciar la nomenclatura de la Obra, como referirse a las personas, a las cosas, a los grados jerárquicos internos, a las costumbres de la institución. Así, por ejemplo, se previno hace algunos años a todos los numerarios para que no dijeran en sus conversaciones y charlas, sección femenina, sino las mujeres de la prelatura o algo por el estilo. No recuerdo la razón por la que se indicó tal cosa, si es que se supo alguna vez, pero todos obedecimos, y cuando algún ingenuo o distraído olvidaba la indicación y decía del modo en que había dicho desde hacía años, se le corregía sutilmente o se le hacía una corrección fraterna en forma. Y es que cualquier desviación, por mínima que sea, se corrige de inmediato. He dicho que gran parte de la preocupación de los directores en las diversas instancias de gobierno del Opus Dei, se centra en el cuidado de su intrincado lenguaje; tanto del preceptivo como del funcional. Recuerdo que cuando se aprobó la figura de la prelatura personal en 1982, se impartieron clases de lenguaje a diestra y siniestra. De hoy en adelante –decían con tono de canonistas, los directores regionales, y especialmente el delegado-canonistadebemos decir miembros y no socios. Hemos de procurar –decían otros empleando esa frasecilla tan simpática– usar el lenguaje correcto para referirnos a la nueva situación jurídica. Después han venido mil ajustes más a los modos de decir, de referir, de hablar de la Obra. Junto a esta transformación lingüístico-jurídica se siguen muchos otros avisos sobre el modo de decir: de llamarle a los sacerdotes, a las obras corporativas, al influjo de la Obra en éstas. El Catecismo de la Obra constituye sin duda el canon para el bien decir las cosas; y a su vera, la jurisprudencia espiritual de las comisiones y delegaciones, que siempre velan porque todo se diga bien. Y no faltan algunos numerarios que afirman con toda frescura y candidez, que no existe sino una sola y única palabra oficial o privativa de la Obra, que es pitar (escribir la carta para incorporarse como miembro). Todo lo demás, según dicen los lingüistas oficiales y los ingenuos, queda a la libertad de expresión de los miembros; al libre decir.

El diario

No quisiera concluir estas breves notas sobre los requiebros lingüísticos del Opus Dei, sin mencionar los diarios de los centros. Volvemos pues a las zonas del lenguaje escrito. Se trata de unos cuadernos que hay en cada centro, en los que diariamente un expertillo en la jerigonza institucional escribe algunas verdades, algunas mentiras, algunas mentirijillas y en ocasiones verdaderas falsedades sobre lo ocurrido en el día. Todo depende de las necesidades de la narrativa y de la historiografía oficial.

Ignoro en qué galería, bodega o sacristía se guarda tal cantidad de cuadernos, si es que se guardan en algún lugar. El caso es que se llenan páginas y páginas de la vida cotidiana de cada centro con la supuesta finalidad de registrar la historia de la Obra. Una historia por demás maquillada y convenientemente corregida. Los lugares comunes y la jerihabla hacen de esos escritos verdaderos ladrillos. Yo llevé el diario de muchos centros en los que viví por años, y aprendí bien como había que decir las cosas para estar a tono con el buen espíritu de casa. Lejos de mí el intentar siquiera escribir con un mínimo de libertad en el uso del lenguaje y en la forma de la redacción. Interpretaciones: ni pensarlo. Siempre los mismos clichés, siempre la narrativa lineal y homogénea. Por ejemplo, si no había asistido una sola alma a la meditación de los sábados, obviaba deliberadamente el dato numérico de los asistentes, y asentaba en el diario el buen ambiente que se había vivido en el centro después de la Bendición con el Santísimo. Si un día no habían llegado los numerarios a tiempo al oratorio para estar en la oración de la mañana, por haberse quedado dormidos (como suele ocurrir), escribía: Iniciamos el día rezando todos el Salmo II, en familia, como se acostumbra en casa. Por supuesto que el primero en no saber si habían estado todos era yo.

En una ocasión se me ocurrió escribir que uno de la casa se había marchado del centro. Entregué el diario el domingo, al director, para que lo revisara (como está dicho que se haga), y me lo regresó con correcciones. Borró esa parte con líquido corrector para textos y me puso una nota anexa que decía algo así como no se trata de llorar… O sea, no había que decir la verdad. Aprendí la narrativa oficial, y nunca más dije cosas que pudieran llegar a desdecir de la vida en casa.

Los diarios se tornan así, como decía Quevedo de algunos textos escritos en su época, de una prosa lúgubre, en los que no se escribe sino con el único lenguaje que es permitido por vía de hecho en la Obra. Nada más aburrido que leer uno de esos textos en los que nada sucede sino en forma recta y correcta, orgánica, evolutiva; suavemente tediosa y terriblemente pesada. En una palabra, tautológica. Así, por ejemplo, si se abre uno de estos cuadernos escrito en Praga, dirá prácticamente lo mismo y en los mismos términos (mutato nomine) que uno redactado en Guatemala, en Los Ángeles o en Madrid; sea en 1956, en 1982 o en el nuevo milenio. En cualquier tiempo y lugar es posible leer frases hechas y lugares comunes como éste, más o menos: En la tertulia, Carlos nos platicó que su amigo, Luis G., está cerca de pitar. Encomendamos para que se anime pronto… Todo inspirado en ese decir tieso y encogido que caracteriza los artículos de Crónica y otras revistas internas de la Obra, por no mencionar el estilo cursi que caracteriza a los avisos y notas de criterio.

Por otra parte, el tono general de estos escritos de lo cotidiano es el triunfalismo característico del Opus Dei: todo está bien, nada pasa, todo avanza al ritmo previsto y querido por el fundador, y progresa minuto a minuto, de hora en hora, día a día, porque la Obra es de Dios y Él así lo quiere. En fin, la tautología del poder, o, como dice Baudrillard, la virtud dominante del opio: así será siempre porque así es y así tiene que ser, y punto.

Existen muchas otras palabras y expresiones ambivalentes que también constituyen augurios de legitimidad y aprobación de buen espíritu para el numerario que las emplea en su léxico corriente, como son, por ejemplo, padre/consejo, hermanos/familia, edificante/desedificante, encajado/desencajado, pitar/despitar, ortodoxia/heterodoxia, selección/vocación, consultar/obedecer, ordinario/extraordinario, seguimiento/informe, formación/deformación, amigo/tratar, delicadeza, lucha, encomendar, nota, aviso, criterio, indicación, cartas, entrega, jurídico, muro sacramental, charla, tertulia, meditación, costumbres, medios (todos los medios). Algunas de estas expresiones y palabras provienen del castellano más castizo, otras de la ascética cristina tradicional, pero todas están matizadas y desplazadas por el barroquísimo decir de Escrivá de Balaguer y por los directores que, con autorización formal, lo han interpretado y afinado con mil sutilezas. En fin, todas expresivas de una sistema mental y de una forma particular de entender y enunciar la vida por medio de un sociolecto o dialecto sectario. Creo que para comprenderlas se requeriría la elaboración de una catalogación temática y luego de un diccionario en varios tomos que nos permitiera integrarlas en un conjunto hermenéutico que seguramente nos arrojaría luces para entender esa cosmovisión; ese complejo fenómeno lingüístico llamado Opus Dei, que tan alejado se encuentra del lenguaje y del habla de los cristianos comunes y corrientes.



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