El Opus Dei: un fenómeno posmoderno

From Opus Dei info
Jump to navigationJump to search

Por El Cid Campeador, 3/07/2020


Me gustó la aportación de Guillermez del 29 de mayo pasado en la que trata una cuestión fundamental: el tema de la autoridad de los directores en el Opus Dei. En la obra se exige una obediencia ciega a los directores.

En muchas ocasiones, nos habla a través de otros hombres, y puede ocurrir que la vista de los defectos de esas personas, o el pensamiento de si están bien informados, de si han entendido todos los datos del problema, se nos presente como una invitación a no obedecer...
Todo esto puede tener una significación divina, porque Dios no nos impone una obediencia ciega, sino una obediencia inteligente, y hemos de sentir la responsabilidad de ayudar a los demás con las luces de nuestro entendimiento. Pero seamos sinceros con nosotros mismos: examinemos, en cada caso, si es el amor a la verdad lo que nos mueve, o el egoísmo y el apego al propio juicio. Cuando nuestras ideas nos separan de los demás, cuando nos llevan a romper la comunión, la unidad con nuestros hermanos, es señal clara de que no estamos obrando según el espíritu de Dios. (https://opusdei.org/es-es/dailytext/para-obedecer-hace-falta-humildad/)

Esto es lo que en lógica se llama un argumento circular, que no lleva a ninguna conclusión nueva. Hay que obedecer porque hay que obedecer. La obediencia se convierte en una ideología, algo que no puede ser cuestionado. Y en algo que pretende convertirse en una tradición de la Iglesia Católica:

Un síntoma absolutamente seguro de que una persona lleva una vida santa es su humildad y su obediencia precisamente en los puntos en los que, vistas las cosas de modo humano, no serían estrictamente necesarias, o en aquellos otros que cuestan especialmente. Todos los santos de la Iglesia tienen en común que, en lo disciplinar y en lo doctrinal, vivieron sujetos a sus pastores, a veces en medio de duras luchas interiores y amargos sufrimientos. A menudo aventajaban en mucho a sus superiores o a sus directores espirituales (en gracia, en, conocimientos, en virtudes), pero precisamente por eso su obediencia y su humildad fueron especialmente gratas a Dios. Conocemos a este respecto detalles preciosos de la vida de Santa Isabel de Hungría, de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz y de muchos otros (https://opusdei.org/es-es/article/la-obediencia-sello-de-autenticidad/).

En este caso la obediencia se fundamente en la tradición: todos los santos, el modelo que nos propone la Iglesia, han obedecido. Pero como dice un filósofo: “una tradición que se hace consciente mediante la reflexión cesa de determinarnos”. La anulación de la reflexión es el problema porque Dios cuenta con la razón (Dios salve a la razón de la obediencia ciega). El reconocimiento de la autoridad rectamente entendido no tiene nada de autoritario porque descansa en un acto de reconocimiento y razón. No puede ser el criterio de los directores un criterio absoluto si no pasa por el filtro de la razón y de la prudencia de los que reciben los consejos.

Me recordó mucho a aquello que dijo Echevarría en sus tiempos de vicario de D. Álvaro: "el Padre está muy bien porque dice lo que le pasa y hace lo que se le dice".

Cuando leemos esto parece que el Padre tenga cinco años o esté senil o sea retardado. Se supone que gobierna la Obra.

La desconfianza en la razón individual es el rasgo que convierte al Opus Dei en un fenómeno esencialmente posmodernista. El posmodernismo es algo que nadie sabe qué es, supongo que dentro de unos años con la distancia se podrá definir mejor. Lo que sí se puede decir (he entendido yo) es que no acepta la capacidad de la razón humana para conocer y mucho menos para llegar a conclusiones en lo que respecta al conocimiento o a las acciones morales. Un numerario hace lo que le dicen, y punto ¿Qué tipo de formación es esta? ¿Para qué se necesita formación?

Se confunde “autoridad” con “obediencia ciega” sin tener en cuenta que la autoridad no tiene lugar en un acto de sumisión de la razón (“rendir el juicio”, dicen) sino que tiene su fundamente en un acto de conocimiento y reconocimiento: lo que dice la autoridad no es algo arbitrario, sino que puede ser reconocido como cierto. Solo así se explican las barbaridades que han sucedido delante de nuestras narices.

Como alguien dijo que tenía que poner ejemplos, además de discursos abstractos, contaré que en una ocasión iba a pasar unos días con mis padres. Me dijeron que debía vivir en un centro, aunque el más cercano estaba a cien kilómetros. Ahí tuvimos una discusión en la que me enseñaron el Vademecum de San Miguel, donde ponía negro sobre blanco que el numerario siempre debe vivir en un centro cuando va de visita a una ciudad. Yo pensaba que se repetiría la pesadilla de otras veces: llegar al centro de madrugada después de una cena homenaje y de conducir con una chispa durante una hora larga; a la madrugada siguiente levantarte a primera hora para la oración y la Misa después de haber maldormido unas pocas horas. Todo para estar en un centro en el que molestas, porque no dejas de ser un cuerpo extraño; no hay ningún interés ni en el huésped ni en el anfitrión. Así que cogí el Vademecum y arranqué la página; ya no está, dije, ahora ¿nos ponemos a pensar qué es razonable? Parece que la función constitutiva del tiempo y la constituyente de las vivencias para la conciencia, que decía Husserl, no existe en la Prelatura. Nos fosilizamos y desaparecemos como los dinosaurios, ese es mi lema.


PS: me imagino que si Manglano ha recibido de Dios el encargo de fundar Hakuna no le queda otra opción. Wittgenstein decía que solo son válidos los argumentos lógicos y matemáticos y los argumentos verificables. Por eso terminaba su Tractatus Logico-philosophicus con el aforismo: “Sobre lo que no podemos hablar debemos guardar silencio”. Nadie puede verificar el encargo de Dios a San Josemaría o a Manglano, allá ellos y su conciencia.

Luis Miguel cantaba “te vas porque yo quiero que te vayas”, y así quedó la cosa: una cartita por aquí, otra por allá, todos contentos y la cuestión jurídica oscurecida.

Me llama mucho la atención esta “batalla por el adolescente”, la batalla de todas las batallas, por la construcción de “la ciudad de los muchachos” ¿y los intelectuales? a tomar por viento; piensan, luego son unos soberbios.

Vi recientemente una entrevista de Rafaella Carra con La Toya, hermana de M. Jackson (en un programa de estos, tipo remember, que en la pandemia te lo tragas todo). La Toya decía que Michel nunca había tenido novia y se pasaba el día con niños. Mira, como un numerario, le dije a mi esposa.

Desde un punto de vista moral, la responsabilidad por usurpar la obligación natural de los padres en la formación de los adolescentes (esto no se lo digas a tus padres, no les digas que has pitado, por ejemplo), obliga gravemente a arrostrar las consecuencias. Malú tiene razón cuando dice en su canción Aprendiz:

De ti aprendió mi corazón
No me reproches que no sepa darte amor
Me has enseñado tú
Tú has sido mi maestro para hacer sufrir
Si alguna vez fui mala, lo aprendí de ti
No digas que no entiendes cómo puedo ser así
Si te estoy haciendo daño, lo aprendí de ti.



Original