Cuadernos 9: Virtudes humanas/Con sobriedad y templanza

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CON SOBRIEDAD Y TEMPLANZA


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Afirmando la primacía del espíritu, la doctrina católica siempre ha reconocido también la dignidad de la materia y de los seres materiales. Esta dignidad se fundamenta, de una parte, en la Bondad de Dios Creador, que hizo de la nada todas las cosas y en ellas se complació una vez terminadas 1. Por otra parte, al encarnarse, el Verbo asumió íntegramente la naturaleza humana; y así Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, realizó la redención del género humano y de todo el universo material. Por eso, la oposición entre cuerpo y alma, entre materia y espíritu, no es una enseñanza cristiana. Por el contrario, desde los primeros siglos rechazó la Iglesia tanto los materialismos negadores del espíritu coleo los espiritualismos maniqueos.

Más aún: la doctrina cristiana reconoce una especialísima dignidad al cuerpo humano, en virtud del fin último al que Dios llama a cada persona. Lo atestigua San Pablo, cuando escribe: ¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo 2.

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Contents

La Dignidad del cuerpo humano

En la base de la doctrina católica sobre la templanza se encuentra un gran respeto de los seres materiales, salidos de las manos de Dios, y un sentido profundo de la dignidad del cuerpo humano. Como escribe nuestro Fundador, pertenecemos totalmente a Dios, con alma y cuerpo, con la carne y con los huesos, con los sentidos y con las potencias 3.

Entre las criaturas sensibles, sólo el hombre es capaz de entrar en comunicación con Dios; sólo él está llamado, en cuerpo y alma, a alcanzar la vida eterna. No es propio, pues, del cristiano el rechazo de lo sensible: todo lo que salió de sus manos, vio Dios que era muy bueno 4, y todo lo destinó al hombre 5, constituyéndole cabeza y corona de la creación corpórea. Sin embargo, después del desorden introducido por el pecado original, la actitud del cristiano frente a los goces sensibles ha de ser aquella que describe San Pablo: todo me es lícito; pero no todo me conviene. Todo me es lícito; pero no me dejaré dominar por nada. La comida para el vientre y el vientre para la comida. Pero Dios destruirá lo uno y lo otro. Por otra parte, el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su poder 6.

En nuestros días, sin embargo, se asiste a la exaltación de lo sensible por encima de toda medida, hasta el punto de que en no pocos lugares es corriente invertir la enseñanza de San Pablo: es lícito todo lo que me agrada; mi cuerpo es mío, y sólo yo puedo disponer de él a mi antojo... Poniendo como fin lo que Dios ha previsto como medio, tratan de emanciparse de las leyes divinas, y no se dan cuenta de que caen bajo el dominio de un tirano que cada vez exige más de quienes se le sujetan, desfigurando profundamente el bien más precioso que hay en cada hombre: la imagen divina que el Creador ha grabado en su alma; y con ella, la misma dignidad humana.

Es urgente recordar a cristianos y a no cristianos la necesidad de

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la templanza, que es la virtud que armoniza las exigencias del espíritu y de la materia, en la unidad sustancial de la persona.

Orden en los sentidos

En cuanto hábito humano fortalecido y elevado por la gracia, la templanza tiende a moderar los placeres sensibles, de acuerdo con el recto orden de la razón y con la ordenación del hombre al fin último sobrenatural, a la luz de la fe.

Vivir templadamente es fomentar la armonía -orden al fin- entre los sentidos y la razón. No es represión, sino moderación sin anormalidades. La templanza procura un equilibrio capaz de garantizar el desarrollo integral del ser humano, como corresponde a su dignidad de persona destinada, además, a gozar de Dios en el Cielo.

Nuestro Padre nos ha enseñado a ver esta virtud -como todas las demás- de modo positivo: yo quiero considerar los frutos de la templanza, quiero ver al hombre verdaderamente hombre, que no está atado a las cosas que brillan sin valor, como las baratijas que recoge la urraca. Ese hombre sabe prescindir de lo que produce daño a su alma, y se da cuenta de que el sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así -con sacrificio- se libra de muchas esclavitudes y logra, en lo íntimo de su corazón, saborear todo el amor de Dios.

La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes. La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata 7.

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La templanza impone a los actos humanos una medida basada en el orden al fin último, pues hace que el cuerpo y los sentidos encuentren el puesto justo que les corresponde en nuestro ser humano 8. En definitiva, esta virtud encamina al hombre al desarrollo pleno de las virtualidades contenidas en su propia humanidad. Hombre moderado es el que es dueño de sí mismo. Aquel en el que las pasiones no consiguen la superioridad sobre la razón, ni sobre la voluntad, ni tampoco sobre el "corazón”: ¡El hombre que sabe dominarse a sí mismo! Si es así, nos damos cuenta fácilmente del valor fundamental y radical que tiene la virtud de la templanza. Ella es justamente indispensable para que el hombre "sea plenamente hombre". Basta mirara alguno que, arrastrado por sus pasiones, se convierte en "víctima" de las mismas, renunciando por sí mismo al uso de la razón (como, por ejemplo, un alcoholizado, un drogado), y comprobamos con claridad que "ser hombre" significa respetar la dignidad propia, y por ello, entre otras cosas, dejarse guiar por la virtud de la templanza 9.

El buen olor de Cristo

En la vida de Jesucristo, brilla especialísimamente la moderación en el uso de los bienes sensibles. Le vemos sentado a la mesa lo, pero también sin tiempo para comer 11, o privándose del descanso cuando lo requiere la salud de las almas 12; bendice el amor humano 13 pero invita a dejar la propia casa para ir en su seguimiento 14; aprecia los detalles de buena educación 15, y condena los formalismos vacíos 16, viste como uno más, dignamente 17, pero no tiene dónde reclinar la cabeza 18; admi-

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ra y ama las bellezas de la creación 19, al tiempo que recuerda la fugacidad de esta vida 20.

El Señor nos propone el desprendimiento de las cosas materiales, como estilo de vida propio del cristiano: no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados 21. Con ese abandono en Dios, que no es descuido ni excusa para la pereza, la templanza se convierte en arma apostólica, que nos facilita usar libremente de los bienes materiales en servicio de Dios y, sobre todo, atrae a las almas con el buen aroma de Cristo 22.

El cristiano ha de dar buen ejemplo en toda circunstancia: que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro, Padre que está en los cielos 23. Y la templanza y el desapego de los bienes materiales, han sido siempre uno de los ejemplos más convincentes y atractivos de la vida cristiana. Los hombres esperan de nosotros (...) ese bonus odor Christi, - que -apoyado en nuestra templanza- les encienda y les arrastre 24. Por eso, el cristiano con espíritu apostólico se esfuerza siempre, con la ayuda de Dios, en utilizar los bienes materiales según las necesidades y deberes, con la moderación del que los usa, y no del que los valora demasiado y se ve arrastrado por ellos 25.

Procuremos hacer todo con medida, que en eso está la templanza. Virtud cardinal, de cardo, quicio, gozne: firme punto de apoyo. Y en la firmeza de esa virtud cardinal vuestra, se apoyarán vuestros amigos, sin darse apenas cuenta; y llevaréis de hecho la dirección espiritual de muchos que no saben lo que es dirección espiritual y que quizá no querrían tenerla 26.

En las reuniones sociales, en los viajes profesionales, en los almuerzos, en todas las circunstancias, hemos de vivir la templanza con

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naturalidad, pero con tal delicadeza que contribuya también a hacer realidad aquellas palabras de nuestro Padre: que se repita muchas veces, por quienes os traten en el ejercicio de vuestras profesiones y en vuestra actuación social, aquel comentario de Cleofás y de su compañero en Emaús: norme cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?; ¿acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? (Luc. XXIV, 32) 27.

Las necesidades "innecesarias"

En la práctica, vivir templadamente se concreta en estar profundamente desprendidos de los bienes materiales, disfrutándolos como bondad creada que son, pero sin considerar necesarias para la salud, para el descanso y aun para la misma vida espiritual o el apostolado, cosas de las que se puede prescindir con un poco de buena voluntad. Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentos que dificulten la marcha 28.

Buscad lo suficiente, dice San Agustín, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo demás es agobio, no alivio; apesadumbra, no levanta 29. Y nuestro Padre concreta: no os crearéis falsas necesidades: hay cosas que parecen indispensables, y no lo son. Recuerdo que hace años, cuando correteaba con toda mi ilusión de sacerdote joven por los barrios extremos de Madrid, me contaron de unas señoras -que ocupaban muchas horas del día en hacer una labor de caridad, con los pobres de aquellos barrios-, que en lo más crudo del invierno encontraron un niño, que no se podía decir que estaba mal vestido, porque más bien iba casi desnudo. Decía una de aquellas buenas señoras, llena de cristiana compasión:

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Pero, hijo mío, ¿no tienes frío? Y el pequeño contestó: ¿tienen ustedes frío en la cara?, ¿no?: pues, para mí todo es cara.

Con esta anécdota, yo os quiero recordar, para que no lo olvidéis jamás, que no debéis cargaros con pretensiones del todo artificiales, que a última hora no son más que comodidad 30.

Particularmente importante resulta este aviso en nuestros días, cuando un desenfrenado afán de comodidades alimenta a diario la codicia de la gente. Casi todo el mundo aspira a tener más, a gastar más, a conseguir el mayor número posible de placeres. La eficacia se mide en términos económicos, y los valores del espíritu pasan a un segundo o tercer plano, cuando no han desaparecido por completo del horizonte de no pocas personas.

Los que deseamos vivir plenamente la fe cristiana en medio del mundo, no estamos exentos de este peligro: y, si no estuviéramos vigilantes, en nuestra alma penetrarían -como por ósmosis, decía nuestro Padre- ese afán por la comodidad, esos mismos caprichos, esas falsas necesidades que experimentan tantas personas. Por eso, hemos de vivir con particular delicadeza la templanza.

No es razón suficiente para no privarse de nada la naturalidad, el deseo de ser como los demás. Precisamente estamos llamados a iluminar y despertar la conciencia de quienes nos rodean, dándoles ejemplo de una vida templada. Transigir en este punto, además de suponer un perjuicio para la vida interior, produciría en las personas que nos tratan un sentimiento de decepción. Nuestro Padre nos recuerda: procura vivir de tal manera que sepas, voluntariamente, privarte de la comodidad y bienestar que verías mal en los hábitos de otro hombre de Dios 31. Y nos señala una aspiración que puede servirnos de criterio en muchas ocasiones: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente 32.

Este modo de vivir ha de impregnar toda la actividad de un cristiano: desde las comodidades del hogar, hasta los instrumentos de trabajo y los modos de divertirse. Para descansar, por ejemplo, no es preciso

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-de ordinario- realizar grandes gastos, ni largos desplazamientos, ni dedicar muchas horas al deporte, en perjuicio de otros quehaceres. También da ejemplo de templanza quien sabe hacer un uso moderado de la televisión y, en general, de los instrumentos de confort que ofrece la técnica.

Son detalles, pero detalles importantes. Porque la persona que vive pendiente de su propio bienestar -y es una sed insaciable en este mundo, pues sólo Dios puede colmar todos los deseos del corazón humano-, queda como atrapada por esas preocupaciones y no es capaz de oír la voz del Señor. Se verifica en esas almas lo que Jesucristo afirma en la parábola del sembrador: lo que cayó entre espinas son los que oyeron la palabra, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida, y no llegan a dar fruto 33.

Manifestaciones de sobriedad

Uno de los principales campos de la templanza se refiere al uso de comidas y bebidas, como advierte el Señor: vigilad sobre vosotros mismos para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida 34.

También en la actualidad podría decirse de ciertas personas que su Dios es el vientre 35, pues más se dedican a comer que a rezar, y bien merecerían la admonición de San Pedro: basta ya de hacer como en otro tiempo la voluntad de los gentiles, viviendo en desenfreno, en liviandades, en crápula, en comilonas y embriagueces36.

La gula se define como el desordenado apetito de comer y beber 37. El hombre sobrio, por el contrario, modera el uso de los alimentos, sometiéndolos al orden de la razón iluminada por la fe. Evita así comer a

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deshora y por capricho; buscar siempre los alimentos más exquisitos, con gastos desproporcionados; consumir cantidades excesivas... De ordinario comes más de lo que necesitas. -Y esa hartura, que muchas veces te produce pesadez y molestia física, te inhabilita para saborear los bienes sobrenaturales y entorpece tu entendimiento 38.

Esas manifestaciones de gula no suelen constituir, de ordinario, graves pecados, pero conviene darles la importancia que tienen en el conjunto de la vida cristiana. Un síntoma de tibieza -nos ha advertido el Padre- es no dar importancia a los pecados veniales. El pecado venial es siempre una ofensa a Dios. Es apartarse del Creador para volverse a las criaturas. La primera criatura hacia la que nos volvemos somos nosotros mismos: nuestra soberbia, nuestra sensualidad, nuestra comodidad... Por eso os pido -os lo pido por amor de Dios- que estéis siempre vigilantes; y atentos en concreto a la sobriedad en la comida y en la bebida 39.

Para adquirir y desarrollar esta virtud, hay que ser mortificados en las comidas, y saber prescindir de vez en cuando de gustos y placeres lícitos. Que sepáis poner siempre, como decía nuestro Padre, la sal de la mortificación en cada plato. Vivid la mortificación en todas las comidas, tomando un poco más de lo que os guste menos y un poco menos de lo que os guste más: nos os dejéis llevar nunca por la ley del gusto 40.

Lo mismo cabe decir de las bebidas, especialmente de los productos alcohólicos. Quien voluntariamente se desposee del uso de las facultades intelectuales, degrada su propia humanidad y renuncia -por egoísmo o cobardía casi siempre- a aquello que más le asemeja al Creador; y ordinariamente supone, además, un abandono de las personales responsabilidades. Por eso, las bebidas alcohólicas han de usarse siempre con moderación: la embriaguez no es acto ordenable a Dios, y por tanto es ilícita aun en el supuesto de que no se dañe a nadie ni se produzca escándalo.

Dios está siempre pendiente de nosotros: no se cansa de cuidarnos. Pero exige una correspondencia a tanta gracia, que ha de ser también cons-

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tante, como lo es el amor que Dios nos tiene. No podemos decirle: voy a estar pendiente de Ti a lo largo del día, durante tantas horas, y después... ¡a descansar! No. De amar a Dios no nos podemos cansar nunca. No podemos pensar: yo procuro vivir sobriamente, pero cuando llegue un día de fiesta me tomaré un aperitivo a base de bien. ¡Sería como tomarse vacaciones en el amor a Dios, y eso no puede ser! Denotaría una falta de sentido sobrenatural y de sentido común 41.

El uso de drogas es también directamente contrario a la templanza, incluso en el caso de las llamadas drogas blandas, que suponen un abandono de las propias responsabilidades. Es urgente dar ejemplo de firmeza ante la nefasta costumbre de consumir drogas, cada vez más generalizada en todos los niveles sociales. Es necesario empeñarse en ayudar a los que hayan caído en esos vicios; no sería cristiano ni humano despreocuparse de ellos; son enfermos del cuerpo y del alma, necesitados de comprensión y de fortaleza.

Las palabras de nuestro Padre son claras: muchos no tienen la culpa; la culpa es de la ignorancia, de la debilidad, de las ocasiones, de las malas compañías. Tú procura, en primer término, no caer en una cosa de ese estilo; si te ves en peligro, acuérdate de las vírgenes sabias que se negaron a dar el aceite a las necias, cuando venía el esposo; pero, si no, sé amigo de ellos y ayúdales mientras puedas 42.

Además de los remedios médicos oportunos, nuestro Fundador nos enseñaba a insistir en el sistema de siempre: no ir a deshacer un grupo entero; cógelos a solas, uno por uno, llévalos a frecuentar los sacramentos. Sin frecuencia de sacramentos, no podrán salir adelante. Que acudan a un confesor fijo, a un sacerdote pecador como yo, pero que se sienta en el confesonario y sabe perdonar en nombre de Cristo. ¡Así cambiarán! Y luego, que pongan los medios huyendo de las ocasiones, no comprando esas , porquerías... ¿De acuerdo? Después, tú añades otras razones humanas: estáis enfermos, estáis hechos un guiñapo, no tenéis voluntad, no servís para nada, ¿no os da vergüenza? Sois jóvenes y parecéis viejos ya 43.

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La buena educación

Entretejida de muchos pequeños vencimientos, la templanza revela atención y respeto por la dignidad propia y ajena. No basta la piedad y la ciencia: si no corriges las maneras bruscas de tu carácter, si haces incompatibles tu celo y tu ciencia con la buena educación, no entiendo que puedas ser santo. -Y, si eres sabio, aunque lo seas, deberías estar amarrado a un pesebre, como un mulo 44.

Las buenas maneras son, en parte, convencionales, pero resultan necesarias para la grata convivencia, y denotan dominio de sí: moderación de los impulsos, de la curiosidad, de la lengua; en resumen, orden y medida en el uso de los sentidos internos. Nada tiene que ver esta mesura con la afectación ni la untuosidad. Con naturalidad, el hombre templado busca la corrección en el porte -palabras, gestos y posturas- , el vestido y el aseo; en las bromas y manifestaciones de regocijo.

Es necesario que viváis la sobriedad en todos los sentidos. En el hablar (...). Que sepáis tener medida en la conversación. Habéis de hablar todo lo que haga falta, y con gracia: toda la que os dé Dios; pero mortificaos también, porque el que habla siempre termina por ser una persona molesta para los demás, que cuando le ven venir, dicen: ¡ya ha venido éste!, me voy, porque empieza a hablar y no deja hacerlo a los demás. Si sabéis un chiste gracioso, lo contáis, para que los demás se lo pasen bien; pero en otra ocasión ofrecéis a Dios el no contarlo, y dejáis, en cambio, que los demás intervengan 45.

La templanza confiere un sello peculiar de madurez a manifestaciones muy normales del trato corriente, y atrae a los demás con el suave atractivo de la modestia. Por el contrario, la versatilidad de carácter resulta molesta e impertinente: poco recio es tu carácter: ¡qué afán de meterte en todo! -Te empeñas en ser la sal de todos los platos... Y -no te enfadarás porque te hable claro- tienes poca gracia para ser sal: y no eres capaz de deshacerte y pasar inadvertido a la vista, igual que ese condimento.

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Te falta espíritu de sacrificio. Y te sobra espíritu de curiosidad y de exhibición 46.

La templanza ofrece una magnífica defensa frente a la agresividad de los bienes materiales, y dispone para gustar los bienes del espíritu. Hace así al hombre más libre, porque el dominio de sí misma, de los propios impulsos y apetitos, es el primer escalón para ser persona de carácter.

Todo esto exige dominar la curiosidad. No vaciarse en lo que es simplemente entretenido o simpático, sino mantener los límites de la propia intimidad y saber respetar la ajena. Eres curioso y preguntón, oliscón y ventanero: ¿no te da vergüenza ser, hasta en los defectos, tan poco masculino? -Sé varón: y esos deseos de saber de los demás trótalos en deseos y realidades de propio conocimiento 47.

El cristiano entrenado en esta lucha está bien dispuesto para corresponder a la gracia divina, y progresar con rapidez en la vida interior y realizar un eficaz apostolado. Sé sobrio como un atleta de Dios 48, aconsejaba uno de los primeros Padres de la Iglesia. Y el Padre nos recuerda que las personas sobrias son agradables a Dios; son como los atletas, que procuran hacer mucho ejercicio para mantenerse fuertes: así, cuando el Señor pide algo más costoso, o cuando el diablo presenta una tentación más dura, se puede superar49.

Pedid al Señor el sentido de responsabilidad; no aflojéis en la pelea interior, no os rindáis ante este ambiente materialista que lleva a tratar de alejar lo que resulta incómodo. Amad la mortificación, la sobriedad en el uso de la inteligencia, en el alimento y en la bebida..., en todo. Que os venzáis, que sepáis dominaros. Así, insisto, creceréis bien, y crecerá bien la Obra. Pido a nuestro Fundador este sentido de responsabilidad para todos, y especialmente para mí 50.


(1) Cfr. Genes. 1, 25.

(2) 1 Cor. VI, 19-20.

(3) Amigos de Dios, n. 177.

(4) Genes. 1, 25.

(5) Cfr. Genes. 1, 28-29.

(6) I Cor. VI, 12-14.

(7) Amigos de Dios, n. 84.

(8) Juan Pablo II, Alocución, 22-XI-1978.

(9) Ibid.

(10) Cfr. Ioann. II, 1-12; Matth. IX, 9-17; XI, 19; Luc. VII, 36.

(11) Cfr. Marc. VI, 31.

(12) Cfr. Ioann. IV, 31-34.

(13) Cfr. Ioann. II, 1-12; Luc. X, 38-42.

(14) Cfr. Matth. X, 37; Marc. X, 29-30.

(15) Cfr. Luc. VII, 44-46.

(16) Cfr. Marc. VII, 1-13.

(17) Cfr. Ioann. XIX, 23-24.

(18) Cfr. Matth. VIII, 20.

(19) Cfr. Matth. VI, 28-29.

(20) Cfr. Matth. VI, 20.

(21) Matth. VI, 31-32.

(22) Cfr. II Cor. II, 15.

(23) Matth. V, 16.

(24) De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, n. 65.

(25) San Agustín, De moribus Ecclesiae Catholicae et de moribus manichaeorum 1, 21.

(26) De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, n. 65.

(27) De nuestro Padre, Instrucción, 1-V-1934, n. 3.

(28) Amigos de Dios, n. 125.

(29) San Agustín, Sermo 85, 6.

(30) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 25.

(31) Camino, n. 938.

(32) Camino, n. 631.

(33) Luc. VIII, 14.

(34) Luc. XXI, 34.

(35) Philip. III, 19.

(36) 1 Petr. IV, 3.

(37) Cfr. Santo Tomás, S. Th., II-II, q. 148, a. 1.

(38) Camino, n. 682.

(39) Del Padre, Tertulia, 25-XI-1984.

(40) Del Padre, Tertulia, 25-XI-1984.

(41) Del Padre, Tertulia, 6-IV-1985.

(42) De nuestro Padre, Tertulia, 30-VII-1974.

(43) Ibid.

(44) Camino, n. 350.

(45) Del Padre, Noticias, 1982, p. 491.

(46) Camino, n. 48.

(47) Camino, n. 50.

(48) San Ignacio de Antioquía, Epístola ad Policarpum.

(49) Del Padre, Noticias, 1982, p. 491.

(50) Del Padre, Tertulia, 2-X-1985.

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