Cuadernos 8: En el camino del amor/Universal y permanente

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UNIVERSAL Y PERMANENTE


Desde los comienzos, cuando la Obra era como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas (1), nuestro Padre hacía ya considerar a sus hijos que no somos una organización circunstancial (...). Ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica (2). Su espíritu está por encima de cualquier diferencia humana: trasciende todos los límites geográficos, históricos, de condición social, de cultura...; trasciende también la misma evolución de los tiempos.

Nuestro Señor no quiere una personalidad efímera para su Obra: nos pide una personalidad inmortal (3), que encuentra su fundamento en la llamada universal y permanente a la santidad, y en que Dios, para que la alcancemos, nos ha señalado como materia propia una situación común a cualquier lugar y a cualquier época: el trabajo ordinario, la labor profesional. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle (4).

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Para que podamos, en cualquier época, lugar y circunstancia, alcanzar el fin de nuestra vocación, el Señor ha querido que dispongamos de un medio sensible, que podemos ver, para no descaminarnos: nuestro Derecho, que tiene por voluntad de Dios todo lo necesario para nuestra santificación y para nuestra eficacia (5) Por ese motivo, es santo, inviolable, perpetuo. En nuestro Derecho, todo está cuajado de una manera tan divina, que yo os aseguro que no es mío. ¡Es de El! ¡Amadlo! ¡Veneradlo! Es el medio que nos ha dado Dios Nuestro Señor para que vosotros y yo vayamos por ese camino y no nos podamos descaminar (6). Así, en la vida nuestra, el camino está perfectamente señalado: no hay nada que no esté... ¡esculpido! (7). Esculpido como una obra de arte preciosa, como una fina miniatura que ha de durar siglos para gloria y alabanza de Dios. Pero esculpido también como un testimonio imborrable, inalterable por el paso de los años, el cambio de clima, las estaciones. Tu palabra, Señor, permanece para siempre, inamovible como el cielo. Y tu fideli­dad, de generación en generación (8).

Perennidad del espíritu de la Obra

Dios nos ha confiado este tesoro, y nuestra primera obligación será por tanto custodiarlo y defenderlo, tal como lo hemos recibido, persuadidos para siempre de que nosotros no hacemos una obra humana, por ser nuestra empresa divina, y como consecuencia no está en nuestras manos ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y organización de la Obra de Dios se refiera (9). Al contrario, somos nosotros quienes tenemos que hacernos Opus Dei, cortando los posibles obstáculos interiores, para poder así empaparnos del espíritu, asimilar los modos apostólicos, vivir hasta el detalle las instrucciones y Normas de vida que nos ha transmitido nuestro Padre y que debemos transmitir a los demás. Lo

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que se te ha confiado ha de permanecer en ti y pasar también a manos de otro. Oro has recibido, devuelve oro (10). Todos debemos cumplir y custodiar nuestro Derecho particular, y de un modo especial los Directores, que están obligados a fomentar su cumplimiento y a exigirlo con prudencia y eficacia, de modo que nunca nazca ninguna costumbre contraria o se dejen de cumplir algunos de esos preceptos (11). Jamás, ni ahora ni a la vuelta de los años, habrá circunstancia excusante para dejar de vivir, de manera habitual, algún punto de nuestro Derecho.

La universalidad y perennidad de nuestro espíritu tienen características peculiares. La Obra no sólo no morirá nunca, sino que jamás envejecerá: será siempre joven, siempre nueva, siempre llena de hermosura y vigor. Como la doctrina católica, en cuyo seno ha nacido y vive, así el espíritu del Opus Dei, como licor precioso contenido en un buen vaso, se rejuvenece constantemente por obra del Espíritu Santo, y hace también joven al vaso en que se encuentra (12). De este modo, nunca, para la Obra, habrá problemas de adaptación al mundo; nunca se encontrará en la necesidad de plantearse el problema de ponerse al día. Dios ha puesto al día su Obra de una vez para siempre, dándole esas características seculares, laicales, que os he comentado en esta carta. No habrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque somos del mundo; ni tendremos que ir detrás del progreso humano, porque somos nosotros -sois vosotros, mis hijos-, junto con los demás hombres que viven en el mundo, los que hacéis este progreso con nuestro trabajo ordinario (13).

Pasarán los años, los siglos: la sociedad humana se irá enriqueciendo: nuevos descubrimientos, nuevas actividades, nuevas fuentes de progreso. Si somos fieles, ahí habrá siempre alguien del Opus Dei porque, por esta vocación nuestra, estamos presentes en el mismo origen de los rectos cambios que se dan en la vida de la sociedad, y hacemos también nuestros los progresos de cualquier época: nuestra mentalidad y nuestra acción responderán siempre plenamente a las exigencias y a las necesidades que se puedan dar con el correr de los siglos (14). Donde se abra un

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nuevo panorama de trabajo, no tardará en haber un alma que busque hacer el Opus Dei. Nunca nos será ajeno lo que atraiga los afanes de la inteligencia y del corazón de los hombres (...). Sentimos la honda necesidad de no abandonar ningún campo de acción en el que los hombres honestamente trabajen, porque ubicumque fuerit corpus, illic congregabuntur et aquilae (Matth. XXIV, 28) (15).

La permanente adecuación a la mentalidad y a las coyunturas de cada época, no representa ningún problema para la Obra. Este acomodarse a las nuevas circunstancias, que en italiano llaman aggiornamento, no es más que conocer y vivir bien las particularidades y el ambiente de cada tiempo y así trabajar con eficacia (16), como un organismo vivo que tiene una misión divina que cumplir. Los cuerpos inertes se adaptan al medio pasivamente, sufriendo cambios, sin otro límite que el de la propia receptividad. Los seres vivos se adaptan de manera diversa: seleccionan lo que el ambiente les ofrece, y sobre todo irrumpen en él, lo modifican, imponen la ley de su propia vitalidad. Uniformarse con el ambiente sería morir, o al menos no tener nada que aportar; adecuarse, en cambio, es tener en cuenta las condiciones que nos rodean para evitar lo nocivo y emplear lo provechoso, y llegar así a cumplir la propia misión.

Fidelidad al espíritu de la Obra

Para cumplir el fin peculiar de la Obra, en todos los ambientes y circunstancias de la sociedad, la primera preocupación ha de ser la de guardar íntegro el espíritu específico de nuestra vocación (17). Si alguien, con la excusa de una falsa adaptación, cambiase los modos apostólicos a los que el Señor ha querido ligar ordinariamente la eficacia santificadora de la Obra, no obtendría frutos; sería como intentar convertir la Obra de Dios en una obra humana.

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Un hijo de Dios en su Opus Dei no temerá nunca quedarse atrasado. Entre otras cosas, porque nunca se considera acabada vuestra formación: durante toda vuestra vida, con una humildad maravillosa, necesitaréis perfeccionar vuestra preparación humana, espiritual, doctrinal-religiosa, apostólica y profesional.

Aparte de otras razones, es ésta una consecuencia de vuestra condición secular, que os exige vivir con agilidad, sin inmovilismos, el espíritu que el Señor nos ha dado. Ese espíritu, por su misma naturaleza, no está limitado por unas circunstancias determinadas de lugar y de tiempo, sino que responderá siempre a los más diversos cambios y situaciones que, a lo largo de los siglos, tengan lugar en la sociedad de los hombres (18).

Con ese complejo de superioridad de que nos habló tanto nuestro Padre, y que no es soberbia ni altivez, hemos de saber estar al cabo de la calle, y muchas veces de vuelta, tanto de los afanes innovadores falsos como de ciertas corrientes doctrinales de moda. Hijos de mi alma, estad alerta y, como se hace en época de epidemias, tomad precauciones: porque pueden algunos pensar que, si no se sigue al día el conocimiento de esas tendencias, tendríamos limitaciones al tratar con la gente, y se podría originar -en los que discurren así- el complejo de que perderíamos eficacia, si permanecemos prudentemente al margen y no tratamos de adaptarnos a esas corrientes.

Claridad de criterio: nosotros no necesitamos hacer un esfuerzo para ponernos al día, porque nuestra vocación secular no permite que nos rezaguemos; vamos siempre al ritmo de los hombres de la calle, nuestros iguales. Pero, al aceptar y ennoblecer todos los valores humanos, no transigimos con el error: amamos todo lo humano, pero lo purificamos de la ganga que pone el pecado, para ofrecerlo limpio a Dios (19). Y añade nuestro Fundador: porque cultivamos la libre personalidad de cada uno, los hijos de Dios en su Obra somos gente que sabe pensar por cuenta propia, que no acoge, sin más, los tópicos, los lugares comunes que hacen furor -son moda- durante un determinado tiempo. Nuestra formación nos enseña a

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realizar una labor de criba, que aprovecha lo que es bueno y deja lo demás (20).

Convivir con los paganos -decía Tertuliano- no es tener sus mismas costumbres. Convivimos con todos, nos alegramos con ellos porque tenemos en común la naturaleza, no las supersticiones. Tenemos la misma alma, pero no el mismo comportamiento; somos coposesores del mundo, no del error (21). El cristiano es sal (22), fermento (23), luz del mundo (24); su misión es la de divinizar ese mundo, llenándolo de claridad, purificándolo, haciéndolo fermentar en amor de Dios. El mensaje evangélico es necesariamente una fuerza de choque. El que no está conmigo -ha dicho el Señor-, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (25).

Cualquier obra sobrenatural que el Señor quiera inspirar en la tierra, ha de encontrar necesariamente una cierta oposición, como la encuentra un clavo cuando se introduce en una pared. Esa resistencia nace precisamente del hecho de que el mundo no está todavía divinizado, y Dios ha querido que le sirvamos de instrumentos en esta tarea. Hay que contar con las dificultades, y no como algo negativo, sino que hemos de saber valernos de ellas como de un medio más para desarrollar la labor apostólica. No hemos de exagerarlas, pero tampoco podemos pretender que no existan.

Hace años, escribía nuestro Fundador: "Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?", me preguntas.

-Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tras obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido (26).

La coherencia entre la fe y la conducta -sin concesiones fáciles al ambiente, a la moda- es la mejor prueba de la convicción y validez de

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lo que enseñamos: la premisa, por tanto, de la eficacia de nuestro apostolado, por encima de la diversidad de circunstancias de tiempo y lugar. Habéis de atraer sobre todo con el ejemplo de la integridad de vuestras vidas, con la afirmación -humilde y audaz a un tiempo- de vivir cristianamente entre vuestros iguales, con una manera ordinaria, pero coherente; manifestando, en nuestras obras, nuestra fe: ésa será, con la ayuda de Dios, la razón de nuestra eficacia.

No tengáis miedo al mundo: somos del mundo y, unidos a Dios, si vivimos nuestro espíritu, nada puede dañarnos. Quizá, en ocasiones, entre gentes alejadas de Dios, nuestra conducta cristiana pueda chocar: habréis de tener la valentía, apoyados en la omnipotencia divina, de ser fieles.

Pido para mis hijos la fortaleza de espíritu que les haga capaces de llevar consigo su propio ambiente; porque un hijo de Dios, en su Obra, debe ser como una brasa encendida, que pega fuego dondequiera que esté, o por lo menos eleva la temperatura espiritual de los que le rodean, arrastrándolos a vivir una intensa vida cristiana (27).

Defender con fortaleza el espíritu de la Obra

Esa fortaleza que aprendemos a vivir para dar tono sobrenatural a todos los ambientes, la hemos sabido ejercer en defensa de nuestra fisonomía espiritual y de nuestro modo apostólico de trabajar; lo mismo ahora que cuando la Obra era sólo una simiente que, por su pequeñez, resultaba difícil de distinguir para quienes no conocían la naturaleza del Opus Dei y la virtualidad que estaba llamado a desarrollar por querer de Dios. Y esa fortaleza, aunque las circunstancias cambien, tendremos que ejercerla siempre, porque es más cómodo procurar ser aceptados por todos, no correr el riesgo de disgustarnos con alguno (28).

No somos antinada (29), repetía nuestro Padre. Jamás apagaremos una lámpara que se encienda en nombre de Cristo. Lo que nos preocu-

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pa es ser fieles a nuestra vocación, cumplir la Voluntad divina. Y muchas veces habrá que ir -hemos ido casi siempre- contra corriente, abriendo cauces y caminos nuevos. No por afán de originalidad, sino por lealtad a Jesucristo y a su doctrina. Lo fácil es dejarse llevar, pero las posturas fáciles son también frecuentemente actitudes que demuestran falta de responsabilidad.

Es cierto que habéis de vivir, en todo momento, entre las gentes de vuestro tiempo, de acuerdo con su mentalidad y sus costumbres, pero siempre prontos a dar razón de vuestra esperanza (I Petr. III, 15) en Jesucristo, no vaya a ser que, porque no tenéis que adaptaros -ya que os encontráis en medio de vuestros iguales-, no se pueda distinguir que sois discípulos del Señor. ¡Cuánto sentimentalismo, miedo, cobardía hay en ciertos afanes de adaptación! (30).

Fuertemente audaces, con una fe firme en el Señor, con una confianza inquebrantable en su Obra, podremos decir siempre con el pasmo de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros que se obraban por sus manos en nombre de Cristo: “¡Influimos tanto en el ambiente!" (31).. Independientemente de nuestras cualidades personales, siendo fieles al espíritu y a los modos apostólicos de la Obra, haremos realidad en la tierra ese Reino de los cielos que Jesucristo compara a la levadura que toma una mujer y mezcla con tres medidas de harina hasta que todo fermenta (32).

También a nosotros, creyentes suyos -predicaba San Juan Crisóstomo-, nos ha mezclado con la muchedumbre para que participemos a los demás nuestra fe. Que nadie eche la culpa al corto número; porque tan grande es la fuerza de la predicación evangélica que lo que una vez ha fermentado se convierte en levadura para los demás (...). Si doce hombres hicieron fermentar toda la tierra, qué grande ha de ser nuestra malicia, ahora que somos tantos, si no somos capaces de corregir a los que quedan, siendo así que debiéramos bastar y sobrar para servir de levadura a mil mundos.

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-Mas ellos -me dirás- eran Apóstoles.

¡Y qué importa! ¿Es que no eran hombres como tú? ¿Acaso no se educaron en ciudades? ¿No se gozaron de lo que tú te gozas? ¿No tuvieron oficios? ¿Eran quizás ángeles? ¿Bajaron por casualidad del cielo? (33).

El Señor no nos pide nada que, con su gracia, no esté a nuestro alcance. Por pura benevolencia y amor, ha querido asociarnos a su plan redentor, dándonos sobradamente los medios necesarios para que seamos instrumentos eficaces. Por nuestra parte, hemos de ser como el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de su hacienda, para que repartiera a los demás la ración oportuna, el buen trigo (34) En medio del mundo, decía nuestro Padre, al que amamos con toda el alma, hemos de saber mirar arriba, hemos de procurar alcanzar esa divina sabiduría, que nos hará hombres de criterio, capaces de discernir, seguros en la fe, generosos en la caridad, capacitados por el amor a la verdad y por la disposición de servicio, para ofrecer a quienes nos rodean un diálogo de luz, de amor.

Incorporados a Cristo, permaneced firmes en la verdad, porque omnia in ipso constant (Colos. I, 17), todo lo que sobre El se edifica, permanece (35).

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(1) Matth. XIII, 32.

(2) De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, nn. 14-15.

(3) De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, n. 28.

(4) De nuestro Padre, Carta, 9-1-1932, n. 92.

(5) De nuestro Padre, Meditación, 12-IV-1954.

(6) De nuestro Padre, Meditación, 12-IV-1954.

(7) De nuestro Padre, Meditación, 2-X-1956.

(8) Ps. CXVIII, 89-90.

(9) De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, n. 20.

(10) San Vicente de Lerins, Commonitorium 22.

(11) Catecismo, [de la Obra] 5ª ed., n. 322.

(12) San Ireneo de Lyon, Adversus haereses III, 24.

(13) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 92.

(14) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1950, n. 21.

(15) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1950, n. 21.

(16) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1950, n. 21.

(17) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1950, n. 21.

(18) De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 19.

(19) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 30.

(20) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1959, n. 25.

(21) Tertuliano, De idolatria 1, 4, 5.

(22) Matth. V, 13.

(23) Matth. XIII, 33.

(24) Matth. V, 14.

(25) Luc. XI, 23.

(26) Camino, n. 380.

(27) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1930, n. 11.

(28) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1959, n. 25.

(29) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1959, n. 25.

(30) De nuestro Padre, Carta, 9-1-1959, n. 25.

(31) Camino, n. 376.

(32) Matth. XIII, 33.

(33) San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae 46, 2-3.

(34) Cfr. Matth. XXIV, 45.

(35) De nuestro Padre, Carta, 24-X-1965, n. 75.