Cuadernos 8: En el camino del amor/Para ser santos

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PARA SER SANTOS


Los pocos años de la vida pública del Señor se desarrollan frecuentemente entre multitudes. Vino para salvar a todos los hombres, para que todos llegaran a conocer la verdad (1), y muchas de sus enseñanzas, la mayor parte de las parábolas, los milagros grandes, se hicieron a la luz del día, ante los ojos atónitos del pueblo.

Sin embargo, el encuentro de Jesús con las almas no se resuelve en el anonimato de la muchedumbre. En las páginas del Evangelio, hemos aprendido que la experiencia de conocer al Maestro tiene siempre algo de personal, de singular, en cada alma. Cristo se compara a sí mismo con el Buen Pastor que, dejando noventa y nueve ovejas en el redil, sale en busca de la única que se había perdido (2). Nicodemo, la samaritana, Zaqueo, el adolescente de familia acomodada, el buen ladrón, cada uno de los Apóstoles, han tenido un encuentro diferente con el Señor. A uno Jesús le pide que humille su ciencia y se prepare a nacer de nuevo; a la samaritana, que limpie sus miserias pasadas y levante su corazón a Dios; a otro, que practique la justicia ungida por la caridad... En todos -ovejas buscadas una a una- Jesucristo provoca una apertura sincera del alma, una confidencia.

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Confianza en el Señor

Esta actitud de Jesús responde por entero a la condición humana. Somos criaturas suyas, y necesitamos absolutamente la asistencia divina. Pero el Señor, porque somos seres inteligentes, capaces de elegir, quiere que nos decidamos libremente a solicitar su ayuda, reconociendo con humildad que no somos nada y no valemos nada. De ahí que, aunque bien sabe vuestro Padre lo que necesitáis (3) nos incite a hacerle presente nuestras carencias: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá (4).

Pedir es reconocer nuestra dependencia de Dios, y en este sentido darle, con libertad plena y actual, la gloria que le debemos. Pero hay todavía más. Desde que Cristo nos ha redimido, hemos pasado a ser hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo (5). Cada vez que nos sinceramos con Dios, cuando de un modo u otro recurrimos a su ayuda, nos comportamos como hijos suyos y le damos entrada en nuestra vida, en nuestras preocupaciones. Porque en la medida en que en El confiamos, nos apoyamos en su paternal cuidado. ¿Quién hay entre vosotros, al que si su hijo pide un pan le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una culebra? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará cosas buenas a quienes le pidan? (6). Y esta confianza filial, estrechamente unida a la apertura del alma, es la actitud que provoca el encuentro con Jesucristo. Ten confianza, hijo, le dice al pobre paralítico, tus pecados te son perdonados (7).

El Señor ha querido dejarnos unos medios, necesarios y sobreabundantes, para que todos podamos allegarnos a El con intimidad: los sacramentos -en particular, la Eucaristía- y la oración mental, que en la Obra son Normas de nuestro plan de vida. De Cristo sale la vida a

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torrentes: una virtud divina. Hijo mío, tú le hablas, le tocas, le comes todos los días: le tratas en la Sagrada Eucaristía y en la oración, en el Pan y en la Palabra (8). Pero, además, en el Opus Dei disponemos de un medio específico que ha vuelto a hacer actuales aquellas conversaciones que el Señor, a solas, tenía con los que le seguían: la Confidencia o charla fraterna que cada miembro de la Obra tiene periódicamente con el Director o con la persona designada por los Directores, para identificar su espíritu con el de la Obra y mejorar sus actividades apostólicas (9).

Necesidad de la charla fraterna

La Confidencia es de raíz evangélica por el modo como la vivimos, por el espíritu sobrenatural con que la hacemos, por los frutos de santidad que en ella recogemos. La charla fraterna es uno de los grandes motivos que tenemos en la Obra para dar gracias al Señor continuamente. Y más claramente lo vemos cuanto más nos percatamos del carácter divino de este medio de formación, que es sobrenatural por su fin hacernos Opus Dei, es decir, santos según el espíritu que Dios quiere para nosotros- y sobrenatural por sus efectos, que no son proporcionados en modo alguno a la capacidad del instrumento.

Muchas veces hemos considerado o nos han hecho considerar las razones para hacer la Confidencia con el máximo provecho. Por ejemplo, las virtudes que en ella ejercitamos -entrega, humildad, obediencia, fortaleza, sinceridad...- y que nos hacen más prontos para seguir a Dios. O la necesidad de guiarnos por el juicio del Director, porque el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior (10). También la ayuda de contar con una persona a la que podemos exponer, con libertad, nuestras penas y nuestras alegrías, nuestras esperanzas y nuestros desánimos, para recibir una palabra reconfortante o de estímulo.

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Todo esto se cumple maravillosamente en la charla fraterna, y nos ayuda a acudir a ella con las mejores disposiciones de sinceridad y confianza. Pero la razón más importante, el motivo que llevamos grabado en el alma, es que recurrimos a un medio sobrenatural, querido por Dios, indispensable para nuestro crecimiento interior, para hacernos cada día más santos, más Opus Dei. La Confidencia, nos ha dicho el Padre, no es un capricho, es una necesidad (11), una exigencia de nuestra vocación, un regalo que nos ha hecho Nuestro Señor.

Para sacar fruto

Cuando Dios habla, quiere que su interlocutor le escuche: tú, hijo del hombre, atiende lo que Yo te digo, no te hagas el sordo (12). Cuando concede una gracia, espera una respuesta personal. Sólo la semilla que cayó en la buena tierra fue fecunda; únicamente los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia (13).

La Confidencia, precisamente por no ser un medio humano, sino sobrenatural, será fructuosa en la medida en que la vivamos con esas disposiciones de que habla el Evangelio. En primer término, estar profundamente convencidos de que sin ella no podemos ir adelante, de que la necesitamos de un modo permanente, con independencia de las circunstancias en que podamos encontrarnos. No quiere decir que a veces no pueda ser dificultoso el cumplimiento de esta Costumbre, por el cansancio, la enfermedad o una especial situación de ánimo (14), o simplemente porque nos sea más difícil entregar nuestra intimidad, sin reservas, en un determinado momento. Especialmente entonces, hemos de saber confiarnos con sencillez a los Directores y seguir dócilmente las indicaciones que nos hagan, pedir mucha ayuda a Dios, a la Virgen y a nuestro Angel Custodio, y esforzarnos en luchar con generosidad.

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Jesús, entonces, no nos negará su gracia para vencer.

También es posible que esas dificultades estén ocasionadas por naturales diferencias de carácter, o incluso por algo que pueda parecernos un defecto en la persona que recibe nuestra charla fraterna. En esas circunstancias especialmente conviene recordar que a la Confidencia no se va por amistad, ni por motivos personales; sino por motivos sobrenaturales; cualquiera que sea quien recibe la Confidencia, es vuestro mismo Padre quien la recibe (15). Por eso debemos confiar siempre, a pesar de las razones humanas, más o menos reales, que puedan sugerir lo contrario. La charla fraterna, si no ponemos obstáculos, es siempre eficaz. Y es que la ayuda que por ella recibimos no depende de la ciencia de la persona que nos escucha -aunque ordinariamente la tendrá-, ni siquiera de su santidad, sino del mandato recibido de Dios a través de los Directores, por el que, en el mismo momento en que recibe nuestra Confidencia, se convierte en instrumento de Cristo para mejorar nuestra vida interior.

Cuando vemos la conversación fraterna con esta perspectiva sobrenatural -y hemos de pedir al Señor que nos conceda siempre esta luz-, es más fácil conseguir las otras disposiciones interiores necesarias para que esta Costumbre sea verdaderamente una charla clara, breve, sincera, sobrenatural y apostólica, que es para el alma tan necesaria; ese abrir el corazón -porque el pobre corazón de las criaturas necesita un desaguadero-, para recibir el consejo oportuno (16). Cuando hay seguridad absoluta de conquistar el fin, es más sencillo y alegre poner los medios.

Si alguna vez la sinceridad nos cuesta, ¿no será porque nos movemos entonces en un plano demasiado humano? A la Obra hemos venido a ser santos, recuerda nuestro Padre. No nos vamos a sorprender, al comprobar que estamos lejos aún de serlo. Por eso admitiremos con sencillez nuestras debilidades, sin tratar de revestirlas de rectitud; evitando la soberbia, que ciega tremendamente, y lo hace ver todo al revés de como es. Hijos míos, sed sinceros con vosotros mismos, sed objetivos. Lograremos, de este modo, la eficacia de nuestra dedicación. Es difícil: se necesita ser

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humilde, abrir bien el corazón, de par en par, en la dirección espiritual, para airear todos los rincones del alma (17).

En definitiva, se trata de mostrar el alma, abierta y sin sombras, a la mirada de Dios: no hay criatura invisible a su vista; todas están desnudas y patentes a los ojos del Señor (18).

Sinceridad y sencillez

Al hacer la Confidencia hemos de ser muy sinceros, para permitir así que la luz de Dios penetre hasta el fondo de nuestra alma. Pero ser sinceros es algo más que decir la verdad: es contar toda la verdad, sin esconder ninguna circunstancia que pueda facilitar que nos conozcan y nos ayuden. De otro modo, la charla fraterna sería ineficaz, como estéril es la conducta del que, acudiendo a la consulta del médico para ser curado, perdiera el juicio y la conciencia de a qué ha ido, y mostrase los miembros sanos ocultando los enfermos. Dios -dice San Agustín- es quien debe vendar las heridas, no tú; porque si tú, por vergüenza, quieres ocultarlas con vendajes, no te curará el médico. Has de dejar que sea el médico el que te cure y vende las heridas, porque él las cubre con medicamento. Mientras que con el vendaje del médico las llagas se curan, con el vendaje del enfermo se ocultan. ¿Ya quién las ocultas? Al que conoce todas las cosas (19).

Hay dos manifestaciones tremendas de mal espíritu: tener miedo a los que mandan en Casa, y tener vergüenza para hablar en la Confidencia (20) decía a menudo nuestro Padre. La misma conciencia -sentido sobrenatural- de que Dios nos mira y conoce por entero, nos ayuda a abrir el corazón; la persona que nos escucha, en nombre del Señor, no se va a sorprender de nada, por grande o inconcebible que pueda parecer nuestra miseria. Al contrario, nos comprenderá, porque en común tenemos la misma naturaleza pecadora, idénticas inclinaciones, igual vecin-

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dad al mal, del que nos preserva la gracia conquistada por Cristo. Lo extraño sería precisamente que en la Confidencia no quedara reflejada de algún modo nuestra miseria, pues una persona sin defectos, no sería una criatura humana, sería un ángel. Y como esto no es posible, habría que concluir que esa persona o no se conoce, o no quiere darse a conocer; no quiere que le ayuden a ser santo.

La profundidad del pozo de la miseria humana es grande -dice San Agustín-; y si alguno cayera allí, cae en un abismo. Sin embargo, si desde ese estado confiesa a Dios sus pecados, el pozo no cerrará su boca sobre él (...). En caso contrario, cerrará el pozo su boca. ¿Por qué? Porque el pecador cerró antes la suya (...). Hermanos, hemos de temer esto grandemente. Veis a un hombre que ha cometido una iniquidad, que está hundido en el pozo; si al decírselo os respondiera: confieso, he pecado; entonces el pozo no habría cerrado su boca sobre él. Pero si os dije: ¿qué mal he hecho?, al salir en defensa de su falta, sobre él se tapa la boca del pozo, y no deja sitio por donde pueda ser librado. Desdeñada la confesión, no habrá lugar para la misericordia; pues si tú excusas tu falta, ¿cómo podrá Dios liberarte? (21). Si no aceptamos nuestros defectos, el Señor no puede ayudarnos contra ellos. Es preciso enfrentarse con la propia miseria, siendo muy sinceros en la Confidencia. Sólo de ese modo, con esa sinceridad con Dios, con vosotros mismos y con los que os forman, lograremos -en la medida de lo posible y con la ayuda de Dios- la perfección cristiana, la perfección humana, la perseverancia en el bien (22).

La sinceridad lleva aparejada la autenticidad, la sencillez, que se opone a la doblez, consistente en manifestar en el exterior algo distinto de lo que realmente se piensa. Desde este punto de vista, la sencillez pertenece a la virtud de la sinceridad (23). En cuanto se oculta alguna cosa, se corre el peligro de fingir un modo de conducta que no corresponde a lo que realmente somos. Empezaríamos a no ser auténticos; a abrir un surco entre lo que se es y lo que se aparenta. Y esa disociación, si no se ataja, llevaría a complicarse la vida y a enmarañarse hasta no saber distinguir en uno mismo lo postizo de lo verdadero.

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Es difícil que pueda sucedernos una cosa semejante, si hacemos bien la charla fraterna, porque a la Confidencia vamos precisamente a descomplicarnos, a hacernos transparentes, llanos. Nuestra ascética tiene la sencillez del Evangelio. No debemos complicar nuestras almas, dejando el corazón oscuro; no podemos entorpecer la acción del Espíritu Santo, provocando en nuestra vida una solución de continuidad, que nos arranque -aunque sea por poco tiempo- la simplicidad del corazón y la sinceridad delante de Dios (c fr. II Cor. 1, 12) (24).

Motivos claros

La sencillez y la sinceridad van unidas con la rectitud. Los hombres no actuamos siempre por motivos claros, ni siquiera para nosotros mismos. Sobre todo cuando nos dejamos llevar únicamente por nuestra inclinación, tendemos a buscar gratificaciones, consuelos, aplausos. El sentido sobrenatural nos preserva contra este peligro en la charla fraterna. Ponernos en las manos de la persona que recibe nuestra Confidencia, como en las manos de Jesucristo, garantiza nuestra rectitud; no esperar ni la alabanza, ni la compasión, sino el remedio eficaz, que estaremos dispuestos a llevar a la práctica, sin rebajarlo con otras consideraciones humanas nacidas de la prudencia de la carne que es muerte, mientras que la prudencia del espíritu es vida, y paz (25).

Podemos tener -hasta ahí llega también nuestra miseria- reacciones como la de Naamán, el general sirio que en un principio no quiso seguir las indicaciones sencillísimas que le había dado el profeta Eliseo -bañarse en el Jordán para quedar curado de la lepra-, porque le parecía un río inferior a los de su país natal. Sin embargo, no nos ha de faltar nunca la humildad de rectificar, como aquel soldado: al fin bajó y se lavó siete veces en el Jordán según la orden del hombre de Dios, y su carne quedó como la carne de un niño, quedó limpio (26).

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Nada tiene importancia si hay sinceridad, sentido sobrenatural y buen humor: nada está perdido nunca, escribió nuestro Padre. Barrabás era un homicida y un revoltoso, y la Muerte de Cristo -vida por Vida- le salva a él de morir. Dimas era un ladrón, un delincuente: y una palabra humilde de arrepentimiento, una oración sencilla y confiada, y Jesús -vida por Vida- le salva a él de morir eternamente. ¡Rectifica, que nunca es tarde para rectificar; pero rectifica inmediatamente, hijo mío! (27).

Hemos de estar muy vigilantes, para que nunca los aspectos humanos de la Confidencia, buenos y necesarios, adquieran un carácter predominante, y lleguen a sofocar las raíces sobrenaturales de este medio de formación. Todo el esfuerzo que derrochemos en este sentido podemos darlo por bien empleado, y será de extraordinaria eficacia. Tenéis experiencia, como la tengo yo -nos decía nuestro Padre-, de que después de una Confidencia bien hecha nos quedamos cum gaudio et pace, dispuestos para el trabajo fervoroso y sereno. En esa Confidencia el Señor nos da luces para saber -para aprender- lo que hay que hacer para portarse bien, con perfección cristiana, en un caso determinado (28); en cada una de las circunstancias, personalísimas y singulares, en que podamos encontrarnos a lo largo de nuestro camino.

En la charla fraterna, no sólo recibimos impulso, optimismo, consejo; recibimos, sobre todo, la seguridad de ser Opus Dei, de comportarnos como hijos de Dios que sólo buscan la gloria de su Padre. Y entonces, fuertes en nuestra llamada, sentiremos el gozo sacrificado y sobrenatural de ver toda la pequeñez -toda la miseria, toda la debilidad de nuestra pobre naturaleza humana con sus flaquezas y defectos- dispuesta a ser fiel a la gracia del Señor, y así ser instrumento para cosas grandes (29).

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(1) I Tim. II, 4.

(2) Cfr. Matth. XVIII, 12-13.

(3) Matth. VI, 8.

(4) Matth. VII, 7-8.

(5) Rom. VIII, 16-17.

(6) Matth. VII, 9-11.

(7) Matth. IX, 2.

(8) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 61.

(9) Catecismo [de la Obra], 5ª ed., n. 276.

(10) Camino, n. 59.

(11) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 130.

(12) Ezech. II, 8.

(13) Luc. VIII, 15.

(14) Cfr. Instrucción, 31-V-1936, nota 132.

(15) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 132.

(16) De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 20.

(17) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 38.

(18) Hebr. IV, 13.

(19) San Agustín, Enarrationes in Psalmos 31, 2, 12.

(20) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 130.

(21) San Agustín, Enarrationes in Psalmos 68, 1, 19.

(22) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 41.

(23) Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 109, a. 2 ad 4.

(24) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 38.

(25) Rom. VIII, 6 (Vg).

(26) II Reg. V, 14.

(27) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 55.

(28) De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 20.

(29) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 62.

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