Cuadernos 8: En el camino del amor/Corregir por amor

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CORREGIR POR AMOR


En la Obra hemos aprendido a amar cada vez más la Humanidad Santísima del Señor. Al contemplar a Jesucristo en las páginas vivas del Evangelio, nos enamoran su doctrina y sus obras. Muchas veces habéis sido conmigo espectadores asombrados -protagonistas- de esas escenas. Porque, desde el principio, os he enseñado, a vosotros que sois también apóstoles, elegidos con predilección por Jesús, a meteros en las páginas evangélicas y a través de ellas, a convivir fraternalmente con los primeros Doce. Por eso, el modo de actuar el Señor con los Apóstoles, durante aquella etapa de formación, os es familiar, y se ha grabado en nuestras almas con la fuerza con que arraigan los recuerdos más íntimos, hasta constituir en nosotros una segunda naturaleza (1).

Momentos de confidencia, de charla amable del Señor con sus Apóstoles. No necesito muchas palabras -nos ha dicho también nuestro Padre- para evocaros el detalle con que Jesús desmenuzaba a los Doce el sentido más profundo de sus parábolas (cfr. Matth. XIII, 9-2:3; 36-43), el cuidado con que rectificaba la reacción demasiado humana con que acogían las primicias de su siembra apostólica (cfr. Luc. XVII, 20), la constancia con que repetía las mismas enseñanzas (cfr. Matth. VI, 9-13; VII, 7-11; Luc. XI, 1-13), la fortaleza con que corregía sus ambiciones y su vi­sión chata del Reino de Dios (cfr. Matth. XVI, 21-23; XX, 20-28; Luc.

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XXII, ?4-28), la delicadeza con que -para animarles- solicitaba su pequeña colaboración a la hora de realizar los grandes milagros (c fr. Ioann. VI, 5-10) o la ternura con que se preocupaba de su descanso (cfi-. Marc. VI, 31) (2).


Origen evangélico de la corrección fraterna

Los Apóstoles conviven con el Señor. En su sencillez se manifiestan tal como son; y Jesucristo, que los ama como Dios, y a la vez con corazón de hombre, toma ocasión para enseñarles, para corregirles. Los quiere santos, identificados con la Voluntad del Padre; y por eso advierte su irascibilidad, o su inclinación a la pereza o el movimiento de envidia que puede latir bajo un celo aparente. Maestro, hemos visto a uno expulsando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene con nosotros. Jesús contestó: no se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga un milagro en mi nombre, y pueda a continuación hablar mal de Mí (3).

La corrección del Señor es a veces inmediata, fuerte. Pedro escuchó una dura reprimenda -apártate de mí, Satanás (4)- cuando equivocadamente trataba de disuadirle de su voluntad de padecer para salvarnos. En otras ocasiones, la reprensión del Señor sigue un camino diferente. De la petición de los hijos de Zebedeo, toma pie para que se enfrenten con las consecuencias de su entrega: no sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Le dijeron: ¡podemos! El añadió: mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes ha dispuesto mi Padre (3).

Los Apóstoles conocen, severo, el rostro amable del Señor, cuando debe corregirles; pero conocen más aún el cariño que acompaña a sus consejos. Cristo corrige movido por el amor. Al modo de un Buen Pas-

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tor, abre camino con su ejemplo y con su palabra para que detrás ande seguro el rebaño; aparta a su grey de los senderos peligrosos y de los malos pastos; y las ovejas caminan confiadas, porque las guía, diestra, la mano de su Buen Pastor.

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (6) recomienda San Pablo. Y en el Opus Dei, todos nos sentimos y somos buenos pastores de los demás; comprometidos, con el Señor del rebaño, a cuidar de todas sus ovejas. Con los medios -también la honda y el cayado- del Buen Pastor: un cariño profundo a nuestros hermanos, que nos lleva a corregirles por amor y con amor, siempre que lo exija el bien de sus almas o el de la Obra. Es grato el deber, porque, por gracia de nuestra vocación, queremos a los demás con el corazón de Cristo, y rogamos al Señor que sea El quien guíe nuestro trato.

De este modo, la práctica de la corrección fraterna es manifestación delicada de cariño, de interés por la buena formación de los demás. La corrección fraterna es un instrumento querido por Dios para salvaguardar el espíritu del Opus Dei y santificar a todos sus miembros. Os pido por el amor de Dios -insistía nuestro Padre- que estéis en las cosas de la casa, que estéis en las cosas de la Obra, que estéis en la cosas de vuestros hermanos y en las vuestras propias (...), que viváis entre vosotros la corrección fraterna (7).

Pueden ser materia de corrección fraterna los detalles que desdicen del tono sobrenatural y humano que ha de tener nuestro comportamiento familiar, profesional o social; manifestaciones inconvenientes del carácter; defectos relativos a la vida espiritual o al apostolado... Las más de las veces serán puntos pequeños, aunque habituales, que conviene mejorar; pero no faltarán oportunidades de correcciones más hondas, que puedan provocar un cambio completo en un modo equivocado de ver o de actuar. El cariño nos da como un instinto para entender a nuestros hermanos; y el sentir que se apoyan en nosotros, con sus debilidades, nos compromete a no disminuir la ayuda, sobre todo cuan-

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do es necesario ir al fondo de las cosas. Esas correcciones fraternas se recuerdan quizás con más agradecimiento, porque suelen hacer descubrir nuevos mediterráneos en la vida interior, y llenan de luz sobrenatural la actuación diaria.

Si queremos convivir con todos los hombres, primero hemos de poner los medios para convivir con nuestros hermanos: éste es el orden de la verdadera caridad. Estamos llenos de defectos, que cada uno de nosotros ve, contra los que procuramos luchar; pero hay otros muchos defectos que no vemos -¡qué le vamos a hacer!-, y de ésos nos indican algunos en la corrección fraterna; sólo algunos, para no fastidiarnos. Y lo hacen porque nos quieren, porque la nuestra es una convivencia de familia cristiana, llena de cariño.

Convivir con todos: Y convivir quiere decir quererse, comprender, disculpar. Pero hay cosas que -aun disculpándolas- no debemos pasarlas por alto: ésas son las que debemos manifestar en la corrección fraterna a cada uno. De aquí la necesidad, el deber que tenemos de manifestar a los Directores aquello que es un mal para el alma de un hermano nuestro y un mal para la Obra entera (8).

La práctica de la corrección fraterna

Nuestro Padre nos dejó bien claras las disposiciones que deben guiarnos al practicar esta Costumbre: el miembro del Opus Dei que ejercita la corrección fraterna, ha de tener verdadero sentido sobrenatural, de modo que no pierda, durante el curso de la conversación con su hermano, la mira en el fin que le movió a corregirle.

Y unirá a este sentido sobrenatural un pensamiento de humildad: cualquier falta ajena puede ser también suya (9). Es lo que recomienda San Pablo cuando escribe: hermanos, si acaso alguien es hallado en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de

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mansedumbre, cuidando de ti mismo, no vaya a ser que tú también sea tentado (10).

La corrección fraterna, informada por el sentido sobrenatural y por una profunda humildad, va necesariamente acompañada de la oración, para que aproveche a quien es corregido. En efecto -dice San Agustín-, cuando los hombres regresan al buen camino por causa de la corrección, ¿quién obra en sus corazones la salud sino Dios que da el incremento, sea quien sea el que plante, riegue o trabaje en los campos? (11).

Junto a la visión sobrenatural y a la humildad, debe haber un cariño auténtico. Así sabremos hallar las palabras justas, y el modo más oportuno de efectuar determinada corrección fraterna. La acción de corregir no será nunca algo genérico, impersonal, sino que se acomodará a cada uno, a su situación personal en aquel momento. Imita en esto a los buenos médicos -enseña San Juan Crisóstomo-, que no curan de un modo solo. Cuando ven que el mal no cede al primer remedio, aplican otro, y después otro; y unas veces cortan, y otras vendan. Sed, pues, también vosotros médicos de las almas y emplead todos los procedimientos de curación, conforme a las leyes de Cristo. De este modo recibiréis en premio vuestra propia felicidad, y también la de los demás (12).

El afán de que la corrección fraterna surta pleno efecto, nos mueve a consultar con el Director local. Es ésta una norma de prudencia, dictada también por el cariño, que lejos de tener el carácter de delación -nada más ajeno a nuestro espíritu-, se prescribe a fin de evitar que haya varios miembros del Opus Dei que hagan la misma corrección al mismo hermano (13). Además, el Director juzgará la oportunidad de esa corrección, y podrá aconsejar también sobre el momento e incluso las palabras más convenientes para mover a nuestro hermano, para que entienda la corrección en todo su alcance y la acepte gustoso.

Con los nuevos datos que la consulta al Director nos proporcione, consideraremos aún en la presencia del Señor la corrección, pidiéndole

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gracias para hacerla como El espera. Nos decimos las cosas lealmente y de un modo claro, de manera que se entiendan; pero a la vez con la delicadeza con que nosotros mismos quisiéramos ser corregidos. El amor sabe hallar siempre ese modo. Nos lo ha mostrado abiertamente Jesucristo: todas sus palabras, aun las que exigen el reconocimiento claro de una culpa, de un error, son muestra de cariño. Sus gestos y su mirada lo hacen entender así; por eso animan tanto y llenan de consuelo, mientras descubren nuevas metas en la entrega.

Ese mismo afán movía a nuestro Padre a recordarnos que la corrección fraterna debe hacerse a solas con el interesado, sin añadir nunca comentarios ni bromas, y menos en público: la corrección se hace y después se olvida (14). Esta delicadeza con que advertimos la falta cometida, el tono amable con que acompañamos las palabras, harán sentir a nuestro hermano que no queda solo en su lucha -ahora con un nuevo frente-, sino que está acompañado; que a esa preocupación por corregirle corresponde un verdadero interés por sus cosas; que sentimos nuestras sus preocupaciones, nos duelen sus defectos y participamos con nuestra oración y mortificación en su lucha: ¿quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor? (15)

El Buen Pastor vive en continua atención, velando por la seguridad de sus ovejas. Las salvaguarda con esmero y, tan pronto advierte algún peligro, deja todo y corre en su auxilio. No podemos dilatar las correcciones fraternas ya consultadas. El cariño nos urge. Además, la eficacia de una corrección fraterna depende también de la tempestividad con que se haga: no tiene la misma resonancia interior la advertencia hecha cuando aún se recuerdan las circunstancias de una determinada acción, que cuando hasta la misma falta que se quiere corregir se ha esfumado de la memoria.

Si en alguna ocasión un hermano nuestro tardara en reaccionar adecuadamente ante estas ayudas, le apoyaremos más con nuestra oración y mortificación, con la coacción santa de nuestra vida entregada,

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con la sonrisa y la abundancia de manifestaciones de cariño. Sigue sacando y agotando las mismas exhortaciones -aconseja San Juan Crisóstomo-, y nunca con aspereza, actúa siempre con amabilidad y gracia (...). ¿No ves con qué cuidado los pintores unas veces borran sus tra­zos, otras los retocan cuando tratan de reproducir un bello rostro? No te dejes ganar por los pintores. Porque si tanto cuidado ponen ellos en la pintura de una imagen corporal, con mayor razón nosotros, que tratamos de formar la imagen de un alma, no dejaremos piedra por mover a fin de sacarla perfecta (16). Esta misma urgencia aconsejará ser pacientes, encomendar al Señor, sin insistir en la misma corrección con excesiva frecuencia: hay que contar con los medios sobrenaturales y con el tiempo, para conseguir la corrección del hermano (17).

Consecuencia del amor

Todas las características de la corrección fraterna, las virtudes que hemos de practicar al realizarla, pueden resumirse en una sola: la corrección fraterna debe hacerse con caridad, sin herir, con espíritu sobrenatural; debe ser fruto del cariño a nuestros hermanos. Debemos, pues -escribía San Agustín-, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: "si tu hermano pecare contra ti, repréndelo estando a solas con él" (Matth. XVIII, 15). ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te apena haber sido ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente. Las mismas palabras enseñan el amor que debe moverte, si el tuyo o el suyo: "si te oyere -dice- habrás ganado a tu hermano" (Ibid.). Luego has de obrar para ganarle a él (18).

Algunas veces, nuestro Padre nos señaló de modo muy gráfico la necesidad de hacer la corrección fraterna. Nos decía que, al llegar a un

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Centro, le bastaba preguntar si se practicaba la corrección fraterna para calibrar el cariño mutuo con que vivimos. Este medio sobrenatural es termómetro infalible de nuestro cariño. La poca preocupación por corregir las faltas de nuestros hermanos, o la pereza, o cualquier otro motivo que nos lleva a desentendernos, muestran siempre un desamor, un egoísmo malamente encubierto. Nuestro Fundador nos ponía en guardia frente a esas posibles excusas, que en último término, proceden de una equivocada delicadeza humana o de un excesivo espíritu de comodidad [19]; y que, por tanto, nunca son justificación para dejar incumplido el deber de la corrección fraterna.

Nos sabremos empujados a rechazar esas posibles dificultades, cuando, por ejemplo, el corazón se sienta asaltado por un falso temor a contristar. Se trata de una engañosa razón que encubre el afán de no complicarnos la existencia, de no sufrir nosotros. Yo, a los que amo, reprendo y castigo (20), dice el Señor. El amor exige a veces el dolor de la persona querida. La corrección puede contristar en un primer momento, pero siempre el que la recibe acaba descubriendo su conveniencia y, apoyado en Dios y en nuestro cariño, se rehace y la acepta con entereza.

Cuando nos cuesta recibir una corrección, hemos de escuchar, como dirigidas a cada uno, las palabras de la Sagrada Escritura: hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando El le reprenda; porque el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que reconoce como hijo (..). Dios os trata como a hijos, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? (..). Toda corrección no parece agradable de momento, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia en los que en ella se ejercitan (21).

Por eso, a veces -decía nuestro Padre-, hijas e hijos míos, no tendremos más remedio que pasar un mal rato nosotros y hacérselo pasar a otros, para ayudarles a ser mejores (22). Abandonar la corrección fraterna por una razón semejante equivaldría a privar a nuestro hermano de un bien positivo: la gracia que Dios da a través de este medio; y, tam-

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bién, a dudar injustamente de su buen espíritu, tanto más cuanto que siempre los Directores pueden juzgar de la oportunidad o no de la corrección.

A menudo ocurre -dice San Agustín- que el hermano se entristece de momento cuando le reprenden, y se resiste y lucha en su interior. Pero luego reflexiona en silencio, sin otro testigo que Dios y su conciencia, y no teme disgustar a los hombres por haber sido corregido, sino que teme desagradar a Dios de no enmendarse. Y entonces ya no vuelve a hacer aquello por lo que le corrigieron, y cuanto más odia su pecado, más ama al hermano, por haber sido enemigo de su pecado (23).

También el miedo a perder la estima o el afecto de una persona puede presentarse como excusa para no corregir. Sería ése un amor egoísta que no piensa en dar, sino sólo en recibir. A nosotros nos ha de importar la santidad de nuestros hermanos y la plenitud de su entrega; y no nuestra tranquilidad, rodeada de afectos y estimas humanos. Nuestro trato mutuo está fundamentado en la caridad de Jesucristo, en la común dignidad cristiana y en la identidad de nuestra misma vocación, no en simpatías simplemente humanas. Por eso, con la corrección fraterna nuestro cariño se hace más sobrenatural.

Puede dificultar también la práctica de la corrección fraterna el hecho de dar por normales y conocidos los defectos y faltas de los demás, o achacarlos a peculiaridades de carácter que se juzgan poco menos que inamovibles. Pensando así parecería que se disculpa, cuando en realidad se censura con un juicio irrevocable, que nuestro hermano no merece. Habría falta de amor, pues el cariño fuerza a pensar -aun cuando los argumentos parezcan contrarios- que podemos aportar una luz que coloque ese defecto en su verdadera perspectiva. ¿Quién más inteligente que David?, escribe San Juan Crisóstomo; y sin embargo no se dio cuenta de que había pecado gravemente (...). Necesitó la luz del profeta, y que con sus palabras le hiciera caer en la cuenta de su falta. De ahí que el Señor quiera que haya quienes vayan al pecador y le hablen de lo que ha hecho (24).

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Las excusas para no hacer la corrección fraterna nacen siempre de una caridad mal entendida. Hay que poner cariño, hay que olvidarse de sí mismo para buscar sólo la felicidad de los demás. Movidos por este buen espíritu, velaremos de continuo por ellos, siempre preparados a ayudarles para que mantengan su entrega vibrante, alegre, y también para empujarles más arriba, y urgirlos a la santidad. Es ésa la primera caridad, decía nuestro Padre, porque la primera manifestación de caridad es ayudarse a ser mejores. Y eso cuesta. Más cómodo es inhibirse; más cómodo, pero no es sobrenatural. Y de esas omisiones se ha de dar cuenta a Dios (25).

Para que estemos prevenidos y podamos mantener siempre vigilante y activo nuestro cariño, conviene considerar también que la propia soberbia se entremezcla, enturbiando nuestra visión. Puede hacernos pensar que el hecho de caer también uno mismo -e incluso con más frecuencia- en el mismo defecto que se debería corregir, justifica pasar por alto ese defecto de los demás.

En estos casos hay que extremar la humildad, descubrir la falsedad del razonamiento y pensar que no corregimos como consecuencia de la propia autoridad moral -todos estamos hechos de la misma pasta: de limo terrae (26), del barro de la tierra-, sino en virtud de un deber que el Señor nos ha encomendado. Por manifiestos que sean nuestros defectos, nunca pueden eximirnos de practicar la corrección fraterna. Hijos míos, ¿acaso no puede curar un médico que esté enfermo, habitualmente enfermo, con una enfermedad crónica? ¿No puede atender a otros que incluso padezcan de lo mismo que él sufre? ¡Claro que los puede atender y que los puede curar! Le basta tener la ciencia necesaria, y ponerla al servicio de los demás. Tú puedes tener errores -yo los tengo, y muchos-, pero no tienen importancia si de verdad luchas por quitarlos, aunque aparentemente no se consiga nada. Y con errores, se puede y se debe curar los errores ajenos; no hacerlo es imprudencia, es soberbia (27).

Esa equivocada humildad puede escudarse muchas veces en la con-

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vicción de que se poseen menos virtudes, menos espíritu sobrenatural, menos santidad que aquella persona a quien se debe corregir; incluso puede retraernos la consideración de que se trata de un Director o de una persona con muchos años en la Obra. Precisamente en esas circunstancias, el cariño a aquella persona y el amor a la Obra nos comprometen más, si cabe, a corregir, porque los Directores necesitan con mayor urgencia esa ayuda, para llevar a cabo su misión con fidelidad y eficacia. La corrección fraterna a los Directores es un compromiso de honradez que adquirimos al hacer la Fidelidad, pero que todos vivimos desde el principio de nuestra vocación, sabiendo además que siempre nos agradecerán su cumplimiento.

Sentido de responsabilidad

Hemos de llevar frecuentemente a la oración el tema de la corrección fraterna, aprendiendo, en el trato con el Señor, la manera de ayudar con más eficacia a nuestros hermanos. El primer proselitismo es procurar que no se pierdan los que ya están junto a nosotros, en la barca de la Obra, porque la caridad ha de ser ordenada, y lo más cercano, lo gire está pegado a nuestras manos y a las manos llagadas de Cristo, sois vosotros y yo. Ayudaos, pues, diciéndoos siempre la verdad con nobleza, con delicadeza, con politesse humana, con cariño sobrenatural. En una palabra, hijos míos, defended la vocación de vuestros hermanos, porque es -después del don de la fe- el tesoro más grande que han recibido (28).

La santidad y la felicidad de nuestros hermanos dependen en gran parte de cada uno de nosotros; esta consideración nos ayudará cuando el cariño, la preocupación por los demás exija mayor esfuerzo. Si algunas veces cuesta hacer la corrección fraterna, consideremos que siempre da un fruto de eficacia sobrenatural: porque os sabréis mortificar, hablando con claridad y procurando no mortificar a los demás. En una. palabra, tendréis rectitud de intención y no seréis descorteses con nadie (29).

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Amar, corregir por amor, es un deber que lleva a rebajar el propio yo. Lo que cuenta son los demás, las cosas de los demás, sus dificultades, sus alegrías; y el espíritu de la Obra, que queremos transmitir íntegro a todos nuestros hermanos. Tú -preguntaba nuestro Padre-, ¿cómo vives la caridad? La caridad hace que nos olvidemos de nosotros mismos y que pensemos en los demás. Si vives fielmente esta preocupación por los demás, llegará un momento en el que tu examen diario se podrá reducir a muy poco: porque no te habrás ocupado de ti, pensando en el Señor y en los demás. Entonces no te quedará tiempo de buscarte a ti mismo, ni para la soberbia: no se te ocurrirán más que ocasiones de servir (30).

Hijos: amad con el amor de Dios. Sed objetivos; no, apasionados. Y, de este modo, contribuiréis eficazmente a que una vez más se cumpla en nosotros la Escritura, pudiéndose decir de todos los nuestros aquello que en los Hechos (IV, 32) se lee de los primeros: credentium erat cor unum, et anima una, eran un solo corazón y una sola alma (31).

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(1) De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 2.

(2) De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 3.

(3) Marc. IX, 38-39.

(4) Matth. XVI, 23.

(5) Matth. XX, 22-23.

(6) Philip. II, 5.

(7) De nuestro Padre, Círculo Breve, 4-XI-1962.

(8) De nuestro Padre, Crónica, 1970, p. 795.

(9) Catecismo [de la Obra], 5ª ed., n. 294.

(10) Galat. VI, 1.

(11) San Agustín, De correptione et gratia 14, 43.

(12) San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae 29, 3.

(13) Catecismo [de la Obra], 5ª ed., n. 293.

(14) Catecismo [de la Obra] 5ª ed., n. 295.

(15) II Cor. XI, 29.

(16) San Juan Crisóstomo, in Matthaeum homiliae 30, 5.

(17) Catecismo [de la Obra] 5a ed., n. 295.

(18) San Agustín, Sermo 82, 4.

(19) Catecismo [de la Obra] 5ª ed., n. 297.

(20) Apoc. III, 19.

(21) Hebr. XII, 5-11.

(22) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 73.

(23) San Agustín, Epistola 210, 2.

(24) San Juan Crisóstomo, in Matthaeum homiliae 60, 1.

(25) De nuestro Padre, Círculo Breve, 23-IX-1962.

(26) Genes. II, 7.

(27) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 13.

(28) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 34.

(29) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, nota 24.

(30) De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 133.

(31) De nuestro Padre, Instrucción, 9-1-1935, n. 41.