Cuadernos 8: En el camino del amor/Con el impulso del amor

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CON EL IMPULSO DEL AMOR


En las travesías de la vida interior y en las del trabajo espiritual, el Señor concede a sus apóstoles esos tiempos de bonanza, y los elementos, las propias miserias y los obstáculos del ambiente, enmudecen: el alma goza, en sí misma y en los demás, la hermosura y el poder de lo divino, y se llena de contento, de paz, de seguridad en su fe aún vacilante. Sobre todo a los que comienzan, suele llevarlos el Señor -tal vez durante años- por esos mares menos borrascosos, para confirmarlos en su primera decisión, sin exigirles al principio lo que ellos aún no pueden dar, porque son sicut modo geniti infantes (I Petr. II, 2), como niños recién nacidos (1).

Al principio de la vocación, en los primeros tiempos, no es raro que la entrega se acompañe de un entusiasmo humano, de un gozo sensible por las cosas de Dios y de un optimismo que apenas permite ver dificultad alguna. Para los que comienzan, seguir al Señor no suele presentar muchas angosturas ni obstáculos. Dios les ayuda para confirmarles en su decisión primera, encendiéndolos con un fuego, que abrasa en derredor a todos sus enemigos (2).


Contents

Como la brasa

Os decía que hay, a lo largo de esta navegación de la vida nuestra, tiempos de bonanza -interna o externa- incluso prolongados; pero, sólo

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en el Cielo la paz es definitiva, la serenidad completa (3). Con el paso de los años, aunque no se haya llegado a la vejez y ni siquiera a una edad madura, los ímpetus del principio se moderan. Es siempre nuestro Dios un fuego devorador (4), pero no en todo tiempo hace arder con llamas, con ilusiones humanas o entusiasmos sensibles.

Mirad, hijos míos: llevo más de cuarenta años en el Opus Dei, nos decía nuestro Padre en cierta ocasión. ¿Con ilusión?, ¿con eso que llaman ilusión, con cosa humana?, ¿con suspiros de beata piadosa? A mí, las viejinas que suspiran en el rincón de una iglesia, en la oscuridad, antes me resultaban algo grotescas; ahora me dan devoción: mucha devoción. Pero, yo, con suspiros de beata -de vieja beata, buena y santa- he trabajado en el Opus Dei pocos días.

Estos cuarenta años he ido siempre adelante sin esa ilusión. Sigo adelante porque sé que es el camino de Dios. Y no me siento infeliz. Sería triste que hiciéramos las cosas sólo porque nos dan gusto. Hay que hacerlas porque es un deber y nos lleva el Amor (5).

Con ilusión o sin ella, con entusiasmo o con la sola determinación de ser leales al Señor, nos esforzamos por ganar terreno cada día, avivando en nuestra alma el amor de Dios. Fuego he venido a traer a la tierra -decía Jesucristo-, ¿y qué quiero sino que ya arda? (6). Pero hay muchos modos de arder: con llama grande, pero pasajera, como un haz de paja o un fuego de artificio; o con la brasa maciza que se consume lentamente en el hogar, irradiando silencioso calor al ambiente. Lo que no podemos hacer es apagarnos, enfriarnos; dejar de ser la luz del mundo (7), encendida por Dios con la vocación para que alumbre a todos los de la casa (8).

Lo nuestro es ser como antorchas que lucen en un lugar oscuro (9); y para eso -cada uno tiene su experiencia propia- es necesario reavivar la llama, renovar la entrega cada instante, cada día y, en ocasiones, muchas veces al día, perdido quizá ya el candor de los primeros momen-

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tos. Porque nos hemos acercado a Cristo y hemos sentido latir fuerte, fuerte, su Corazón, y hemos llegado a gustar de esas delicias suyas, que son estar El con los hijos de los hombres (Prov. VIII, .31); por todo eso sabemos lo que vale el amor de Dios.

Sí, hay que renovar la entrega; hay que volver a pronunciar: Señor, te amo, y decirlo con toda el alma. Aunque la parte sensible no responda, se lo diremos con el calor de la gracia y con la voluntad nuestra (10).

Con el paso de los años

Para encender una gran hoguera, a veces es preciso aplicar primero una lumbre a un poco de hojarasca o de papel. Después, cuando esos materiales se consumen con una llama brillante, hay que añadir otros combustibles más sólidos, que, si bien tardan más en prender, una vez encendidos se convierten en brasas que caldean permanentemente el ambiente. Las brasas no dan llamaradas; sólo en algún caso, cuando se aplica un material ligero o sopla con particular fuerza el viento: entonces se alza la llama, o salta el fulgor de una chispa. A veces las brasas ni siquiera producen mucha luz; son rescoldo, una fuente de calor bajo la aparente frialdad de unas cenizas.

Algo análogo ocurre en la vida interior. Hay gentes que, si no ven llamaradas, piensan que no hay fuego. Y frecuentemente se equivocan. Para dar calor, para inflamar, no son necesarias grandes llamas: es suficiente un ascua al rojo vivo.

De ordinario, en las personas jóvenes arde ese fuego pasajero, esa hoguera que dejará después el rescoldo: es algo muy propio de los comienzos de la entrega, del fervor de la primera hora. Las personas mayores, en cambio, quizá no presentan esas llamaradas, pero tienen brasas, que encienden y queman a su alrededor (...).

Los jóvenes pueden parecer santos; y los mayores, muchas veces, no. Sin embargo, ordinariamente, los primeros no han alcanzado la santidad

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que buscan; mientras que aquellos que han gastado su vida sirviendo al Señor, y que piensan humildemente que no son santos y que no lo serán nunca, pero ponen cuanto está a su alcance para lograrlo, realmente llevan una vida santa (11).

Con la experiencia y la luz que se recibe de Dios, se descubren aspectos de la vida interior que quizá antes no se apreciaban tanto. La lucha ascética cambia de tono. Sucede algo similar al que emprende la ascensión de un pico, calculando que le bastará el esfuerzo de pocas horas, y luego comprueba que necesita una marcha de días, de semanas, para llegar metro a metro hasta la cima. No cambia la altura de la montaña, ni se puede decir que exija mayor esfuerzo del debido; sólo que el camino es diverso y más largo. Se podrá poner el mismo ahínco, igual espíritu de sacrificio, pero habrá que dirigir ese ímpetu, pues a la postre lo que interesa es llegar a la cumbre.

En la vida interior, aun secundando los impulsos de la gracia, es normal que desaparezca el ardor de los comienzos. Pero, siendo menos aparente, el esfuerzo se torna más sobrenatural y reflexivo; se experimenta una mayor necesidad de confiar en Dios y se llega a compartir aquella aspiración de San Pablo: con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo (12). Quizá no brillen las virtudes, ni el afán apostólico despliegue una actividad abrumadora. Aunque objetivamente haya eficacia, queda siempre la convicción de que es poco, de que no basta para lo que reclaman el Amor de Dios y las almas: el resumen que saco siempre al final del día, al hacer mi examen -nos dice el Padre-, es pauper servus et humilis! Y esto cuando no he de decir: Josemaría, Señor, no está contento de Josemaría (13).

Es el rescoldo cubierto por las cenizas, un fuego aparentemente apagado; pero cuando llega el momento de la adversidad, de la contradicción, de la prueba, el soplo de la gracia divina -que no falta jamás- aventa la ceniza y deja al descubierto un tizón que irradia

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amor, alumbra con fe, y luce el rojo vivo de una lealtad que resiste a todas las tormentas y aguaceros.

¿Cuántos santos hay sobre la tierra? ¡Ninguno!, todos somos capaces de las mayores barbaridades. La santidad está en la lucha -me lo habéis oído decir tantas veces-, en saber que hay defectos y tratar de evitarlos. Nos moriremos así: estando en camino de ser santos. Si no, ¡cualquiera nos aguantaría! No podríamos ser santos, seríamos unos soberbios. La santidad está en tener defectos y luchar contra ellos, pero nos moriremos con defectos (14). Cada vez estamos más cerca de Cristo, cada vez vivimos con mayor plenitud su vida; pero el último paso, el definitivo, el que rematará la paciente obra de Dios en nosotros, se dará sólo cuando este cuerpo mortal se rompa y el alma llegue al Cielo.

El peligro del aburguesamiento

Sin embargo, guardémonos de querer justificar nuestros defectos diciendo a modo de argumento: es que no soy santo. Hay que reconocer la propia culpa -contra ti, sólo contra ti he pecado (..). Mira que en maldad fui formado, y en pecado me concibió mi madre (15)-, pedir perdón y luchar; nunca escudarse o justificarse. Porque aun no siendo santos, ni pudiéndolo ser completamente en esta tierra, hemos de aspirar a la santidad con todas nuestras fuerzas. Alta es la meta, a la que Jesús nos llama: inasequible, hasta el fin mismo del camino de la vida. Siempre se puede tender a más, y el que no avanza, retrocede; el que no crece, mengua (16).

Quien perdiera ese afán de superación -que no debe confundirse con el entusiasmo externo- correría el peligro de aburguesarse interiormente, de perder no sólo la llama, sino también el rescoldo. El motivo divino, que nos inquietó y nos arrancó de nuestra poltronería, es un motivo que vale la pena. ¡Vale la pena!: nos conviene ser fieles; nos

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conviene tener tanto amor, que en nuestra vida no quepa el aburguesamiento (17).

El aburguesamiento en la entrega tiene como síntomas, entre otros, la búsqueda habitual de pequeñas compensaciones, manifestación de que se está tratando, quizá solapadamente, de compaginar la entrega a Dios con una vida mundana. Por eso es posible que no se entiendan los detalles de mortificación habitual, que no tienen otro sentido que el de purificarnos y ofrecer al Señor una prueba de entrega, para corredimir con El. Se puede cumplir más o menos el plan de vida, pero quizá las faltas pequeñas apenas se valoran. Puede que no existan especiales luchas o dificultades, pero tampoco se aprecia aquella firmeza en la decisión propia de quien ama a Dios sobre todas las cosas. Y si hay dificultades, no raramente se atribuyen a circunstancias externas -de ambiente, de clima, de residencia, de trabajo...-, confiando ingenuamente que el tiempo o un cambio de esas circunstancias se encargará de resolver todo.

En el fondo, puede haber como un desencanto ante la realidad de la lucha ascética; un desencanto no reconocido abiertamente que lleva a descuidar remedios, que quizá se juzgan ahora como propios sólo de los comienzos, y que no raramente vuelven a ser necesarios: industrias humanas para mantener la presencia de Dios, audacia en el apostolado, empeño por cumplir fielmente una pequeña indicación, mortificaciones habituales que preparen al alma a seguir las mociones de la gracia... Porque es aquí donde más se nota que quizá la hoguera no sólo perdió las primeras llamaradas, sino también el calor de la brasa: en esa frialdad interior que es pérdida de trato personal con el Señor; en esa desgana para reaccionar -aun después de los fracasos y pecados de más calibre- levantando el alma a Dios: hablaré a mi Señor, aunque yo sea polvo y ceniza (18).

Hijos míos, no podemos conformarnos nunca con lo que hacemos, como un artista no se conforma con la estatua, o el cuadro que realiza. To-

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dos dicen: es una maravilla. Pero él piensa: no, no es esto; yo quería más. Nosotros tampoco podemos conformarnos. El Señor no se queda satisfecho nunca, no se detiene. Hay que ir a su paso. Dios es un amante que quiere todo de la persona amada (19). Por eso, si alguna vez alguien estuviera satisfecho de sí mismo, o cuando menos resignado a una situación sin horizontes de lucha, tendría motivos suficientes para pensar que aún está muy lejos del Señor; para considerar, en consecuencia, que es preciso hacer un buen examen, pedir luz y gracia, abrirse con mayor hondura en la dirección espiritual, y renovar el deseo de recomenzar a vivir más metido en Dios. Pero vivir con Dios es indudablemente correr un riesgo, porque el Señor no se contenta compartiendo: lo quiere todo. Y acercarse un poco más a El quiere decir estar dispuesto a una nueva conversión, a una nueva rectificación, a escuchar más atentamente sus inspiraciones, los santos deseos que hace brotar en nuestra alma, y a ponerlos por obra (20).

Un examen profundo

Ciertamente, no se puede ni se debe confundir el aburguesamiento con el cansancio. Somos humanos y si la gracia divina no arranca por completo el fomes peccati (21), ni impide que estemos expuestos a las tentaciones, tampoco evita que el cuerpo y el alma se agoten trabajando por Dios. Sólo quien no tenga experiencia de vida interior puede confundir el agotamiento físico o psicológico con la falta de santidad. Pues quien está simplemente cansado, tiene la humildad de ponerse en manos de quien corresponde -los Directores, el médico-; por lo menos, quiere de verdad ser dócil. Y lo mismo sucede si el agotamiento es profundo y apenas hay fuerzas para poner en práctica las indicaciones recibidas. Sus deseos no serán vanos y no tardará en venir el Señor a esa alma, como fuego que abrasa la selva, como llama que quema los montes (22).

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Una persona que ha empezado a consentir en el aburguesamiento, en cambio, puede a veces desplegar una actividad exterior notable en el campo profesional, social o cultural. Es sabido que ese moverse mucho puede significar también una manera de escapar del vacío interior: si no se llega a la meta en un campo, hay que aplicar las energías a otro más asequible. En el fondo, lo verdaderamente significativo es preguntarse qué se persigue con toda esa actividad. Y la rectitud de intención no se mide sólo por un criterio subjetivo, sino sobre todo por la docilidad con que se reciben las oportunas sugerencias; una docilidad que empieza antes de escuchar el consejo: en el mismo momento en que se formula la consulta, en la manera como se formula; una docilidad que se continúa en el interés con que se lleva a cabo la indicación recibida.

Lo que Dios nos pide es que procuremos renovarnos cada día, rejuvenecer interiormente: que, si en nuestro afán por servirle, quedaron atrás las llamas del entusiasmo, el corazón no deje de ser una brasa. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas (23). Eso es estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar -en las nuevas situaciones de nuestra vida- la luz, el impulso de la primera conversión. Y ésta es la razón por la que hemos de prepararnos con un examen hondo, pidiendo ayuda al Señor, para que podamos conocerle mejor y nos conozcamos mejor a nosotros mismos. No hay otro camino, si hemos de convertimos de nuevo (24).

Será necesaria también una labor de purificación, de mortificación, para limpiar el alma de la costra de la ceniza y comprobar con un examen sincero la temperatura real de nuestro amor. Será preciso recurrir de nuevo a las industrias humanas -las que utilizábamos en los primeros tiempos-, para avivar el fuego, y consagrar día y noche todos los esfuerzos a unir el alma y el espíritu a Dios, nuestro Padre, por la oración, por la contemplación con un amor no interrumpido: metidos en Dios los sentidos, la imaginación, las potencias del alma, no tendréis problemas personales y, endiosados, podréis decir: vivo autem iam non ego, vivit

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vero in me Christus (Galat. II, 20); no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. Sentiréis entonces un hambre, una sed de Dios que nunca se sacian: y experimentaréis en vuestra vida la verdad de aquellas palabras: los que me coman quedarán con hambre de mí, y los que me beban quedarán de mí sedientos (Eccli. XXIV, 29) (25)

La "trinidad" de la tierra

Cada amanecer es una nueva ocasión que Dios proporciona para rectificar el rumbo de la vida y alcanzarnos la meta del Cielo. Cada circunstancia puede llevar una invitación a rechazar un afecto desordenado, a enderezar una voluntad torcida, a realizar con más amor la tarea apostólica. Todos tenemos necesidad de nacer de nuevo; de modo particular si el fuego interior de nuestra alma tuviese poca brasa. Cada momento de nuestra vida puede ser la gran ocasión que nos ofrece el Señor para enderezar el rumbo de nuestro camino.

Hijos míos, vamos a acercarnos al grupo formado por esta trinidad de la tierra: Jesús, María, José. Yo me meto en un rincón; no me atrevo a acercarme a Jesús, porque todas las miserias mías se ponen de pie: las pasadas, las presentes. Me da como vergüenza, pero entiendo también que Cristo Jesús me echa una mirada de cariño. Entonces me acerco a su Madre y a San José, este hombre tan ignorado durante siglos, que le sirvió de padre en la tierra. Y a Jesús le digo: Señor, quisiera ser tuyo de verdad, que mis pensamientos, mis obras, mi vivir entero fueran tuyos. Pero ya ves: esta pobre miseria humana me ha hecho ir de aquí para allá tantas veces...

Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en el que la razón mía comenzó a ejercitarse. No soy digno de ser -y sin tu ayuda no llegaré a serlo nunca- tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú sí que eres mi hermano y mi amor, y también soy tu hijo.

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Y si no puedo coger a Cristo y abrazarlo contra mi pecho, me haré pequeño. Eso sí que podemos hacerlo, y cabe dentro del espíritu nuestro, de nuestro aire de familia. Me haré pequeño e iré a María. Si Ella tiene sobre su brazo derecho a su Hijo Jesús, yo, que soy hijo suyo también, tendré allí también un sitio. La Madre de Dios me cogerá con el otro brazo, y nos apretará juntos contra su pecho.

Perdonad, hijos míos, que os diga estas cosas que parecen tonterías. Pero, ¿acaso no somos contemplativos? Una consideración de éstas nos puede ayudar, si hace falta, a recobrar la vida; nos puede llenar de tantos consuelos y de tanta fortaleza (26).

Renovar el amor

Es buen momento para examinar cuáles son nuestras disposiciones personales: si de verdad queremos entregarnos del todo, si estamos decididos a limpiar esa ceniza que dificulta nuestro progreso en la santidad, si estamos dispuestos a querer ser santos, aunque el afecto sensible no acompañe al propósito. Delante del Señor y, sobre todo, delante del Señor Niño, inerme, necesitado, todo será pureza; y veré que si bien tengo, como todos los hombres, la posibilidad brutal de ofenderle, de ser una bestia, esto no es una vergüenza si nos sirve para luchar, para que manifestemos el amor; si es ocasión para que sepamos tratar de un modo fraterno a todos los hombres, a todas las criaturas.

Es necesario hacer continuamente un acto de contrición, de reforma, de mejora: ascensiones sucesivas. Sí, Señor que nos escuchas; Tú has permitido, después de que la raza humana cayó con nuestros primeros padres, la bestialidad de esta criatura que se llama hombre. Por eso, si alguna vez no puedo estar en los brazos de tu Madre, junto a Ti, me pondré junto a esa mula y a ese buey, que te acompañaron en el portal. Seré el perro de la familia. Allí estaré mirándote con ojos tiernos, tratando como de defender aquel hogar. Así encontraré a tu lado el calor que purifica, el

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amor de Dios que hace, de la bestia que todos los hombres tenemos dentro, un hijo de Dios, algo que no es comparable con ninguna grandeza de la tierra.

Es la vida nuestra, hijos míos, la vida de un borriquito noble y bueno, que a veces se revuelca por el suelo, con las patas para arriba, y da sus rebuznos. Pero que de ordinario es fiel, lleva la carga que le ponen, y se conforma con una comida, siempre la misma, austera y no abundante, y tiene la piel dura para trabajar. Me ha conmovido la figura del borriquito, que es leal y no tira la carga. Soy un borriquito, Señor; aquí estoy. No creáis, hijos míos, que esto es una necedad. No lo es. Os estoy planteando el modo de orar que empleo yo, y que va bien (27).

Este diálogo confiado con el Señor devuelve al corazón el vigor de la juventud, y lo convierte en una brasa que quema. Hijos míos, estamos cerca de Cristo. Somos portadores de Cristo, somos sus borricos -como aquél de Jerusalén - y, mientras no le echemos, el Padre, el Hijo, y, el Espíritu Santo, la Trinidad Beatísima está con nosotros. Somos portadores de Cristo y hemos de ser luz y calor, hemos de ser sal, hemos de ser fuego espiritual, hemos de ser apostolado constante, hemos de ser vibración, hemos de ser el viento impetuoso de la Pentecostés (28).

Seremos verdaderamente portadores de Cristo, con todas las consecuencias que esto lleva consigo, si ponemos todo nuestro esfuerzo en cumplir las Normas, cada día con más amor. No podemos defraudar las esperanzas de nuestro Fundador, que nos escribía: conozco vuestro buen espíritu y veo cómo lucháis, para hacer carne vuestra, experiencia viva, la formación espiritual que os da la Obra. Sé cómo, sostenidos por nuestras Normas, tratáis de encontrar esa intimidad con Dios, que es fruto de la confluencia de su gracia y del esfuerzo personal. Y sé también que tenéis experiencia de cómo las Normas, cuando se cumplen con amor -y pueden cumplirse en todos los ambientes-, os sacan de todos los peligros, os lanzan al ataque y os aguijonean, para que no os aburgueséis interiormente (29).

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Estoy contento de todos mis hijos, de todos: no puedo menos de decirlo. Pero cada día debe haber una nueva conversión en nuestra vida. No cabe pensar que ya estamos orientados totalmente hacia Dios; es necesario ir haciendo sucesivas conversiones que nos acerquen a la santidad (30).

Renovar diariamente la lucha interior, rejuvenecer la entrega con frecuentes actos de desagravio, es el modo de mantener siempre vibrante el alma y de facilitar el crecimiento de ese fuego que Dios encendió con su llamada y que nunca dice: ¡basta! (31). Así, al pasar los años, el rescoldo estará siempre vivo: seremos brasas ardientes capaces de prestar calor a los que pasen a nuestro lado.

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(1) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 5.

(2) Ps. XCVI, 3.

(3) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 9.

(4) Hebr. XII, 29.

(5) De nuestro Padre, Noticias X-68, p. 48.

(6) Luc. XII, 49.

(7) Matth. V, 14.

(8) Matth. V, 15.

(9) Cfr. II Petr. I, 19.

(10) De nuestro Padre, Meditación La lógica de Dios, 6-I-1970.

(11) De nuestro Padre, Círculo Breve, 15-XI-1964.

(12) II Cor. XII, 9.

(13) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 90.

(14) De nuestro Padre, Tertulia, 13-VII-1968.

(15) Ps. LI, 6-7.

(16) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 10.

(17) De nuestro Padre, Crónica, 1971, p. 394.

(18) Genes. XVIII, 27.

(19) De nuestro Padre, Tertulia, 13-III-1969.

(20) Es Cristo que pasa, n. 58. (21) Cfr. Rom. VII, 23.

(22) Ps. LXXXII, 15.

(23) Es Cristo que pasa, n. 58.

(24) Es Cristo que pasa, n. 58.

(25) De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 28.

(26) De nuestro Padre, Meditación La lógica de Dios, 6-1-1970.

(27) De nuestro Padre, Meditación La lógica de Dios, 6-I-1970.

(28) De nuestro Padre, Meditación La lógica de Dios, 6-I-1970.

(29) De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 28.

(30) De nuestro Padre, Crónica, 1971, p. 399.

(31) Prov. XXX, 16.

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