Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/Amor a la Obra y humildad colectiva

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AMOR A LA OBRA Y HUMILDAD COLECTIVA


Desde el primer momento de la llamada divina se abrieron paso en nuestra vida -con evidencia sobrenatural creciente aquellas palabras de nuestro Padre: Carísimos: en mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios 1.

La Obra es hermosísima, tota pulchra. A su lado, ¡qué claras aparecen nuestras deficiencias personales! Pero Dios nos ha elegido precisamente para hacer el Opus Dei en la tierra: non vos me elegistis, sed ego elegi vos 2. Y si a la vista de nuestra debilidad, de nuestros errores personales, se alza un sentimiento de impotencia -¿siendo yo como soy, puedo consagrar el mundo?-, habéis de oír enseguida un sí terminante, que resonará en vuestra cabeza y en vuestro corazón: sufficit tibi gratia mea! (II Cor. XII, 9), te basta mi gracia 3. La gracia de Dios, la vocación divina que hemos recibido, es la garantía más segura de que podemos hacer la obra de Dios en nosotros mismos, en las almas, en el mundo; unidos al Señor, lo podemos todo: omnia

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possum in eo qui me confortat (Philip. IV, 13); todo lo podremos en Aquél que nos confortará, aunque tengamos equivocaciones y errores, si luchamos para no tenerlos 4.

Así, poco a poco, con la gracia de Dios y luchando por corresponder, nos haremos cada uno Opus Dei; porque «¿qué busca el amor sino adherirse al que ama y, si es posible, fundirse con él?» 5. Fundirse, identificarse, ser una misma cosa: cada uno de nosotros, con su vida de entrega al servicio de la Iglesia, debe ser Opus Dei -es decir: operatio Dei-, trabajo de Dios, para hacer el Opus Dei en la tierra 6.

Endiosamiento del alma y humildad colectiva

Siendo fieles a la llamada que hemos recibido, somos instrumentos del Artífice divino, que labra esta joya maravillosa que los hombres admiran: hacemos el Opus Dei en la tierra, nos santificamos, santificamos el mundo. El alma se endiosa: ¡su vida nueva contrasta tanto con la de antes, y con la que a su alrededor encuentra tantas veces! 7. Es un endiosamiento bueno, que nace conjuntamente de la humildad del propio conocimiento y del gozo asombrado ante las maravillas de Dios, un endiosamiento que no ha de consentir que nos atribuyamos jamás lo que sólo es de Dios: ¿endiosamiento sin humildad?, ¡malo! -nos advierte nuestro Padre-. Y si el endiosamiento es corporativo, ¡peor! Porque Tú, Señor, salvas al pueblo humilde, y humillas al soberbio (Ps. XVII, 28) 8.

Para preservar nuestra humildad, la Providencia divina ha querido adornar su Obra con una característica -la humildad

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colectiva- que nos obliga a no ser colectivamente soberbios. Os he enseñado siempre -ha dejado escrito nuestro Padre- que es fundamento de nuestra peculiar espiritualidad la humildad colectiva. No entiendo por qué, si Juan y Pedro y Andrés, tomados particularmente, tienen el deber de ser humildes, todos juntos han de considerarse en cambio con el derecho a ser soberbios como víboras 9. Humildad colectiva que hunde sus raíces en la humildad personal, que se alimenta de la verdad del propio conocimiento. ¿Tú..., soberbia? -¿De qué? 10. Somos sólo instrumentos de Dios, que es quien obra maravillas. Por eso rehuimos el aplauso y la alabanza. Con el servicio que queremos prestar a la Iglesia y a las almas no pretendemos el agradecimiento de los hombres. La virtud teologal de la esperanza nos da un aprecio tan grande del premio que nos ha prometido nuestro Padre Dios, que no estamos dispuestos a correr el riesgo de perderlo por falta de humildad colectiva; no queremos que a nosotros se nos apliquen, por haber buscado el aplauso de los hombres, aquellas otras palabras de Jesús: amen, dico vobis, quia receperunt mercedem suam (Matth. VI, 16); recibieron ya su galardón. ¡Triste negocio!

Por eso no queremos que se nos alabe, ni que se nos pregone: queremos trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna -servite Domino in laetitia (Ps. XCIX, 2)-, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúa precisamente porque no se desborda en ostentación, en manifestaciones aparatosas. Queremos que haya en todas las profesiones, en todas las tareas humanas, grupos escogidos de hombres y mujeres que, sin banderas al viento ni etiquetas llamativas, vivan santamente e influyan en sus compañeros de trabajo y en la sociedad, para el bien de las almas: ése es el afán exclusivo de la Obra 11. Por eso

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queremos pasar inadvertidos, trabajar silenciosamente, pero sin misterios ni secreteos, que nunca hemos empleado y nunca emplearemos: porque no se necesitan para servir a Dios, y además repugnan a las personas que tienen claridad en la conciencia y en la conducta. Silenciosamente: con una humildad personal tan honda, que os lleve necesariamente a vivir la humildad colectiva, a no querer recibir cada uno la estimación y el aprecio que merece la Obra de Dios y la vida santa de sus hermanos.

Esta humildad colectiva -que es heroica, y que muchos no entenderán- hace que los que forman parte de la Obra pasen ocultos entre sus iguales del mundo, sin recibir aplausos por la buena semilla que siembran, porque los demás apenas se darán cuenta, ni acabarán de explicarse del todo ese bonus odor Christi (II Cor. II, 15), que inevitablemente se ha de desprender de la vida de mis hijos 12.

Sería completamente ajeno a nuestro espíritu querer atribuirnos -personal o colectivamente- lo que sólo es Obra de Dios. No podemos admitir ni por un instante ningún pensamiento de soberbia, por cualquier servicio nuestro a Dios: porque, en ese mismo momento, dejaríamos de ser sobrenaturalmente eficaces 13. No nos interesan las estadísticas de labores, o del número de miembros, o de datos de eficacia, cuando sólo sirven para satisfacer la curiosidad o disponer a un sentimiento de autosatisfacción. Cuando tuviésemos esa debilidad, comenzaríamos a perder la humildad colectiva, y estaríamos en peligro de caer en el espíritu de cuerpo, que es poco ecuménico, porque divide 14. No queremos considerarnos ni que alguien nos considere en más, por ser instrumentos de una labor maravillosa, divina. El espectáculo de los prodigios que obra Dios por nuestras manos

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debe ser una ocasión para humillarnos, para alabar a Dios y reconocer que todo viene de El, y que nosotros no hemos hecho más que estorbar o, a lo más, ser pobres instrumentos en las manos del Señor 15. La gloria de toda esa eficacia corresponde al Señor: ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que es el que hace crecer 16. Al dedicarnos al servicio de Dios, sólo nos mueve a nuestra entrega el deseo de dar a Dios toda la gloria, sirviendo a la Iglesia y a todas las almas, sin buscar gloria para la Obra y sin buscar nuestro provecho personal 17.

Nuestra Madre Guapa

La humildad nos lleva, a la vez, a reconocer y a amar la hermosura sobrenatural de la Obra, más luminosa que el levantarse de la aurora, bella como la luna, elegida como el sol, imponente como escuadrones en orden de batalla 18. La Prelatura del Opus Dei es un instrumento de salvación positivamente querido por Dios en el seno de su Iglesia, y debe ser conocida y amada tal como es, en todo su esplendor divino, como una manifestación de la infinita misericordia del Señor, como un beneficio para la humanidad entera. Por eso queremos que el error o la ignorancia no puedan oscurecer su hermosura, queremos que la conozca y ame y se beneficie de su espíritu el mayor número posible de almas.

Callar ante afirmaciones erradas, permitir que la mentira o la equivocación de alguno impidiese a otros conocer la Obra u obstaculizase recibir su espíritu sería ingratitud, una forma de injusticia que, como dice San Jerónimo, es fruto de la soberbia: «nadie hay tan soberbio como el que se muestra ingrato» 19; sólo

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el amor desordenado de la propia excelencia impide amar debidamente la excelencia de lo demás y especialmente de lo divino.

«A la humildad pertenece que el hombre, considerando sus defectos, no se enorgullezca; pero no es propio de la humildad, sino de la ingratitud, que alguien desprecie los bienes que proceden de Dios» 20. La humildad colectiva no tiene por misión moderar el amor; el amor sobrenatural a nuestra Madre Guapa, que tiene en Dios su origen y su término, no puede ser excesivo. Lo que la humildad colectiva hace es impedir que se transforme en un solapado disfraz del amor propio: amor de uno mismo en cuanto individuo o en cuanto parte de un grupo. Y amor propio sería preferir la comodidad de callar cuando, a consecuencia de determinadas circunstancias, pudiera quedar empañado a los ojos de algunos el carácter sobrenatural, divino, de la Obra.

Siguiendo las indicaciones del Padre y de los Directores mostraremos, con el testimonio y con la palabra, el rostro divino de nuestra Madre Guapa a todas las gentes. Así, según las circunstancias, haremos más hincapié en su carácter laical, en su universalidad, en el amor a la libertad; en sus fines exclusivamente sobrenaturales; en su espíritu de comprensión y de convivencia... En esta tarea -precedida y acompañada siempre por la oración: porque si el Espíritu no asiste en su corazón al que oye, inútil es la palabra del que enseña (San Gregorio Magno, Super Ev. hom. 30, 3)-, hemos de usar, insisto, de una gran prudencia. De ahí que os haya recomendado continuamente la necesaria precisión terminológica, porque un descuido en las palabras puede originar un error en los conceptos, y ocasionar a nuestra labor apostólica un daño positivo y hasta grave 21. Para evitarlo, debemos aprender el significado exacto de esos términos, fruto de la oración de nuestro Padre, que expresan plenamente, con sentido a todos inteligible, la realidad

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teológica, ascética y jurídica de nuestro Opus Dei, y pedir al Señor que nos dé luces para hacerlos entender a todos, con el don de lenguas.

Defender la verdad sobre la Obra

El amor a la Obra y la humildad colectiva nos impulsarán a no aceptar calumnia alguna sobre nuestra Madre Guapa: porque el amor, «cuando es intenso, impulsa al hombre contra todo aquello que es opuesto al bien de lo que ama» 22. Podríamos, a veces, tolerar una ofensa personal y así crecer en humildad personal; pero nunca una ofensa a la Obra. Si a esto pareciera movernos la prudencia, sería falsa prudencia, desamor, cobardía; la tolerancia o el silencio ante la calumnia insinuada o pregonada, de buena o de mala fe, ante la opinión inexacta, ante el juicio equivocado de personas o instituciones, sería complicidad, muestra clara de desamor a nuestra Madre y grave ataque a la humildad colectiva. No podemos -llevados por la atracción engañosa de un falso meaculpismo- permitir que se calumnie a la Obra: las faltas que puedan existir son de cada uno: el mea culpa ha de ser siempre personal. De lo contrario faltaríamos -quizá gravemente- a la justicia con nuestros hermanos y a la caridad con todas las almas que, deseosas de Dios, se alejarían de la Obra y quedarían así privadas de la posibilidad de recibir su influjo santificador.

El amor a Dios y a las almas exigirá, en algún caso, una actuación proporcionada, enérgica cuando sea preciso. Hemos de rechazar el mal con comprensión y caridad, tenemos que comprender incluso que no nos comprendan 23. Entendemos que

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hay quienes no se dan cuenta del mal que hacen, y sabremos disculparles; pero la misma caridad con ellos exige darles a entender la calificación moral y las consecuencias de sus actos, para impedir que alguien cometa verdaderos crímenes y labre su propia ruina.

Nuestro amor se ha de manifestar en hechos concretos; la humildad colectiva exige reconocer la verdad, dar a Dios toda la gloria. Con nuestra vida de entrega al servicio de Dios y de todas las almas contribuiremos a que todos conozcan, agradezcan y se beneficien de los dones del Señor.

1. De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, n. 1.
2. Ioann. XV, 16.
3. De nuestro Padre, Carta 31-V-1954, n. 27.
4. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 58.
5. San Agustín, De ordine, II, 18.
6. De nuestro Padre, Carta 14-II-1950, n. 4.
7. De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 3.
8. Ibid. n. 4.
9. De nuestro Padre, Carta 31-V-1954, n. 13.
10. Camino, n. 600.
11. De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 65.
12. Ibid. n. 64.
13. Ibid. n. 88.
14. De nuestro Padre, Carta 31-V-1954, n. 13.
15. De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 89.
16. I Cor. III, 7.
17. De nuestro Padre, Carta 9-1-1932, n. 21.
18. Cant. VI, 9.
19. San Jerónimo, Epistola, 148.
20. S.Th. II-II, q. 35, a.2 ad 3.
21. De nuestro Padre, Carta 19-III-1954, n. 3.
22. S.Th. I-II, q. 28, a. 4 e.
23. De nuestro Padre, Noticias, VI-66, p. 10.