Cuadernos 11: Familia y milicia/Y cuidó de él en todo

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Y CUIDÓ DE ÉL EN TODO


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El Señor nos guarda con amorosa providencia; con vigilancia paterna sigue nuestro caminar. Porque no es el hombre como el Ángel, que con un solo acto de voluntad, con una decisión única y permanente, alcanzó la Vida; por el contrario, nuestro camino es largo. Tenemos necesidad de medios para llegar al fin; y el mismo transcurso del tiempo —nuestra condición temporal— siembra de peligros el trayecto. Es preciso renovar muchas veces el primer impulso, mejorar su fuerza, y rectificar los posibles desvíos.

Cariño sobrenatural y humano

El Señor, Padre Nuestro, nos conduce y vela por nosotros: ordinariamente, con los medios que ha dado a su Obra para "guardarnos en la pureza del camino, en la integridad del amor, en la eficacia del apostolado. Y entre esos medios ordinarios de ayuda, está la corrección fraterna: esa advertencia, llena de delicadeza y de sentido sobrenatural 1, con que procuramos

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apartar a un hermano nuestro de algún daño, o tratamos de quitar los obstáculos de su camino.

Si tu hermano pecare contra ti o cayere en alguna culpa, ve y corrígele estando a solas con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano 2. Esa manifestación —heroica, a veces— de verdadera caridad, que es la corrección fraterna, tiene entraña evangélica; es una muestra de la fraternidad que vivimos en la Obra, y uno de sus signos más claros. Es como participar en los trabajos de la Providencia divina, como cooperar con Dios en el cuidado amoroso de todos sus hijos, mientras crecen y andan el camino. Nuestro Padre, cuando llegaba a un Centro, solía preguntar: ¿se vive la corrección fraterna?, porque la práctica habitual de esta Costumbre es el termómetro del auténtico cariño fraterno y consecuencia inmediata de la verdadera fraternidad: cariño sobrenatural y humano, sin sensiblerías; cariño sacrificado y generoso, operativo. Si no se cuidara, no palpitaría en las personas el amor de Dios, ni el auténtico afecto de hermanos. Quienes así se comportaran, habrían comenzado a vivir como extraños. Y, ya lo advirtió nuestro Padre, el día que vivamos como extraños o como indiferentes, hemos matado el Opus Dei (De nuestro Padre, Crónica, 1969, p. 486) 3.

Esa obligación de justicia y caridad nos une, no sólo con los que forman parte de nuestra familia sobrenatural, sino con todos los hombres: con nuestros parientes, amigos, compañeros de trabajo... y especialmente, con quienes se arriman a la sombra de este árbol frondoso de la Obra, buscando una mano que les sostenga y un consejo que les oriente en su vida cristiana. Esta santa preocupación por los demás, que nos empuja —sin pequeñeces ni quisquillosidades— a desear que cada uno de vuestros hermanos —vosotras, de vuestras hermanas— lleguen a la cima del trato con Dios, nos ayudará también a ser leales —cada

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día más leales— con nuestros amigos, con nuestros parientes, con nuestros colegas, porque también a ellos les advertiremos, con caridad y extremando la delicadeza, cuanto en la presencia de Dios veamos que es necesario sugerirles para que su vida tenga el brillo del cristiano coherente. Y nos ayudará también a recibir con agradecimiento sincero todo lo que ellos puedan sugerirnos o corregirnos 4.

Por justicia y por caridad

Cuando hacéis la corrección fraterna —decía nuestro Padre—, además de vivir la caridad con vuestros hermanos, estáis amando a la Obra, porque la santificáis 5. Son dos consecuencias de la corrección fraterna, y dos motivos para vivirla esforzadamente; porque «la falta de alguien —son palabras de Santo Tomás de Aquino— puede considerarse de un doble modo: primero, en cuanto es nocivo para el que falta; segundo, en cuanto recae en daño de otros, que por aquella falta resultan lesionados o desedificados; y también en cuanto se lesiona el bien común, cuya justicia se perturba por la falta del hombre (...). Procurar el bien del hermano, pertenece a la caridad, por lo que queremos y obramos el bien del amigo (...). Pero la otra corrección (...) [la que tiene como motivo el bien común] es un acto de justicia» 6.

Caridad, que obra en bien del hermano, que corre en su auxilio para hacer ver una falta, un peligro, un daño; caridad que vela también por la edificación de todos. Y justicia, que exige un gran amor a la Obra, nuestro bien común; que nos obliga a velar por la pureza de su espíritu, a conservar intac-

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tos los rasgos que Dios le ha dado, que son precisamente los que santifican. Justicia y caridad se unen en un solo acto, familiar y sencillo, lleno de lealtad humana y cristiana. Examinad, pues, nos pedía don Álvaro, si ponéis empeño en vivir con esmero esta obligación, que es fuente de tanto bien para nuestra familia sobrenatural; si pedís luces al Señor, para ayudar más y mejor a los otros —a los fieles de la Obra, con peculiar obligación de justicia; y también a las demás personas, por justa caridad— en su lucha interior y en su labor apostólica; si rechazáis las fáciles excusas —la pereza, el temor a contristar, la falsa humildad...— que el demonio nos presenta para apartarnos del cumplimiento responsable de este deber. No cedáis a la desgana o al abandono, aunque se trate —como ocurrirá en la mayor parte de los casos— de corregir en pequeños detalles. Aprended de la fortaleza de nuestro queridísimo Padre, que no dejaba de hacer las oportunas advertencias a sus hijos, siempre que lo necesitaban, porque nos quería —quena a cuantos trataba— como el Apóstol: en Cristo y para Cristo. Puedo aseguraros que muchas personas, ajenas a la Obra, me han comentado que comprendieron la santidad de nuestro Padre por el cariño y la fuerza con que les advertía todo lo que consideraba necesario. Y me pregunto: ¿somos nosotros, cada una de sus hijas y de sus hijos, mujeres u hombres leales, que no transigen con el mal, porque vivimos la auténtica fraternidad, la auténtica caridad de Cristo, que pasó haciendo el bien? (cfr. Act. X, 38) 7.

Esas fáciles excusas podrían presentarse con más vehemencia cuando consideramos las muchas virtudes de quien necesita nuestra corrección, o al considerar que cuenta muchos más años de lucha que nosotros. Pero, precisamente por eso, negarle ese apoyo sería más injusto aún. Los que sois jóvenes, nos prevenía el Padre en una tertulia, tenéis el deber de rezar y mortifi-

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caros por los que llevamos más tiempo en la Obra, para que seamos fieles, y la bendita obligación de hacernos la corrección fraterna siempre que la necesitemos. Si notáis una especie de miedo, o de respeto, sabed que es una añagaza del diablo para privar a vuestros hermanos mayores de vuestro soporte y vuestra ayuda 8.

Clara y delicada

La corrección fraterna a nuestros hermanos tiene otra consecuencia que se convierte también en un motivo: es un gran instrumento de unidad. Nuestra familia es de vínculos sobrenaturales, unión de todos en un espíritu común; y por eso, velar por la integridad de ese espíritu en todos y cada uno de nosotros es velar por la unidad. Nuestro Padre nos impulsaba a seguir el ejemplo de los cuarenta mártires de Sebaste: ¿os acordáis de lo que decían?: cuarenta hemos entrado en la batalla, cuarenta coronas te pedimos. Vosotros, igual: ¡que no falle ninguno! Yo no quiero que los hijos míos se pierdan. Si veis que alguno de vuestros hermanos flaquea, dadle la mano para que siga adelante, sin humillarle; poneos a su lado y ayudadle a caminar. En Casa nadie nos humilla: todos sabemos que lo nuestro es la flojera, y que la fortaleza es toda de Dios: quia tu es, Deus, fortitudo mea! (Ps. XLH, 2) 9.

Es justamente la unidad lo que hace que la corrección fraterna brote natural y necesariamente; como en la sangre acuden los glóbulos blancos a aquella parte del cuerpo donde se ha introducido un cuerpo extraño: para anularlo, para defender la vida del todo y de la parte, del organismo y del órgano herido.

Por ser sobrenaturales su fin y su naturaleza, la corrección fraterna ha de ejercitarse de modo sobrenatural, como enseña

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San Agustín: «no buscando algo que reprender, sino lo que se ha de corregir» 10. Siempre consideraremos esa falta atenta y serenamente, en la presencia de Dios. La consulta al hermano nuestro que tiene gracia de estado, discriminará la objetividad y la conveniencia. Después, la advertencia clara y delicada, con modos y razones sobrenaturales; y la humildad de saberse personalmente expuestos a los mismos peligros; incluso —en algún caso— la conciencia de estar actualmente afectado por ellos. Aunque parezca paradójico, es precisamente esa humildad lo que más empuja a hacer la corrección fraterna. Le hablaremos con una extremada caridad: porque es el cariño lo que nos conduce, sin que un posible temor a contristar por unos momentos detenga nuestra ayuda. Pondremos el esfuerzo de buscar la oportunidad y de hacer pronto esa corrección, para que sea más eficaz. Y le acompañaremos con nuestra oración, para que el Señor le ayude a comprender su pequeño desvío habitual, o su desvío mayor de un momento; y para que le dé gracia abundante para corregirse. Porque, «debemos ejercer la corrección fraterna, con la esperanza del auxilio divino» 11.

Practicad la corrección fraterna siempre que sea conveniente, nos instaba don Álvaro, cumpliendo fidelísimamente todas las normas de caridad y prudencia establecidas por nuestro Padre (...). Proceded siempre sin humillar, sin que se note, con sobreabundancia de caridad, que es cariño humano y sobrenatural12.

Hemos de realizar un examen hondo y detenido: ¿la pones por obra habitualmente, con la caridad y la prudencia debidas, como nos enseñó nuestro Padre?¿Superas con visión sobrenatural cualquier obstáculo que se presente, sin retrasar este servicio tan santo? ¿Encomiendas a tu hermano, a tu hermana, para que esa

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advertencia fraterna le aproveche espiritualmente? Y, a la vez, ¿procuramos ver a Cristo en los demás, para no admitir acepción de personas? ¿Cortamos enseguida cualquier juicio crítico que pueda asaltarnos, sin detenernos tan siquiera un poco? ¿Sé querer a los demás con sus defectos? ¿Pedimos al Señor, cada uno y cada una, que nos enseñe a perdonar enseguida? 13.

También debemos poner un gran sentido sobrenatural al recibir esa advertencia cariñosa, agradeciéndola sin pretender justificarnos —ni externa ni interiormente—, aceptándola con humildad y buscando el modo de rectificar cuanto antes. Después, damos gracias al Señor por esa fraternidad tan eficaz que ha querido para su Obra, por esa caridad que tiene frutos tan divinos. Y nos parece estar viviendo a la letra aquella parábola evangélica: un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto (...). Pero un samaritano que iba de camino llegó hasta él, y al verlo se movió a compasión, y acercándose vendó sus heridas echando en ellas aceite y vino; lo hizo subir sobre su propia cabalgadura, lo condujo a la posada y cuidó de él en todo 14. Ladrones ocultos, que acechan y asaltan al caminante confiado; heridas del alma; vino de la palabra que endereza, aceite de la delicadeza que suaviza; cabalgadura de la oración, con que luego ayudamos a nuestro hermano a rectificar alegre y fácilmente. Nos lo aseguraba nuestro Padre: si os queréis, si hay ese cariño, esa caridad de Cristo, fina, delicada, os apoyaréis unos a otros, y el que vaya a caer se sentirá sostenido 15.

1. De nuestro Padre, Crónica, II1-59, p. 6.
2. Matth. XVIII, 15.
3. Don Alvaro, Cartas de familia (1), n. 319.
4. Ibid.
5. De nuestro Padre, A solas con Dios, n. 164.
6. Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 33, a. 1.
7. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 320.
8. Del Padre, Tertulia, 11-V-1996.
9. De nuestro Padre, Tertulia, 11-I-1972.
10. San Agustín, Sermo 82, 1.
11. Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 33, a. 2 ad 1.
12. Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 86.
13. Del Padre, Carta 1-IX-1996.
14. Luc. X, 30-34.
15. De nuestro Padre, Tertulia, 20-X-1956.

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