Cuadernos 11: Familia y milicia/Por lealtad humana y cristiana

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POR LEALTAD HUMANA Y CRISTIANA


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Cuando nuestro Padre —que se preocupaba continuamente de la salud espiritual y física de todos sus hijos— llegaba a cualquier Centro, preguntaba siempre dos o tres cosas: ¿estáis alegres?, ¿me cumplís las Normas?, ¿qué tal andáis de salud?... Y una que no faltaba jamás: ¿se vive la corrección fraterna?

Esta Costumbre interesaba tanto a nuestro Padre, porque es la consecuencia inmediata de la verdadera fraternidad: un cariño sin sensiblerías, un auténtico afecto de hermanos, que se ayudan unos a otros, para servir con fidelidad a Dios y hacer la Obra 1.

Termómetro del cariño

La práctica de la corrección fraterna es y será siempre el termómetro del cariño a nuestros hermanos; del amor, que se pone especialmente de manifiesto cuando es preciso advertirles de un defecto o de una falta contra la que deben luchar. Por eso aseguraba nuestro Fundador que en la Obra tenemos todos los medios para decir la verdad, sin herir, de manera que sea útil so-

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brenaturalmente. Se consulta: ¿puedo hacer esta corrección fraterna? Te pueden responder que no conviene, porque no se trata de algo objetivo, o porque ya se lo ha dicho otro, o porque no hay motivo suficiente, o por otras razones. Si te responden que sí, haces la corrección fraterna enseguida, cara a cara, porque la murmuración no cabe en la Obra, no puede haberla, ni siquiera la indirecta: la murmuración indirecta es propia de personas que tienen miedo a decir la verdad 2.

La corrección fraterna constituye una garantía de que en Casa nunca habrá habladurías ni murmuraciones, a la vez que contribuye al ambiente de confianza y naturalidad de nuestra vida de familia. Cuando tenemos algo que no está bien, nos ayudan con esa bendita corrección fraterna, que exige un cariño muy sobrenatural y hacerse mucha fuerza, porque a veces cuesta mucho ejercitar la corrección fraterna. Con lealtad nos advierten lo que no va, y nos dan las razones. En cambio, detrás de ti están diciendo que eres un santazo, que eres más bueno que el pan.

¿No es esto una hermosura, hijos míos? Hablamos de lealtad, y esto es lealtad humana. No mentimos, ni afirmamos de otra persona que tiene unas excelencias humanas de las que carece; pero no toleramos jamás que se le critique a sus espaldas. Y las cosas desagradables las decimos así, cariñosamente, para que las corrija 3.

Con raíz evangélica

Un motivo de lealtad, junto con el cariño fraterno, nos impulsa a practicar esta Costumbre, que tiene raíz evangélica 4, y hace sentir en el paladar el regusto de la primitiva cristian-

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dad 5. Así se evitan también cualquier clase de juicios temerarios y faltas contra la buena fama de nuestros hermanos. Recordando un conocido refrán popular —el que dice las verdades, pierde las amistades—, nuestro Padre comentaba en una meditación que en el Opus Dei es al revés. Aquí la verdad se dice, por motivos de cariño, a solas, a la cara; y todos nos sentimos tan felices y seguros con las espaldas bien guardadas 6. Y concluía: no toleréis nunca la menor murmuración, y mucho menos si es contra algún Director 7.

Aunque, gracias a Dios, en la Obra se vive este espíritu con particular delicadeza, debemos estar vigilantes, porque —como nos avisa el Apóstol Santiago— la lengua, siendo un miembro pequeño, puede ser origen de cosas de gran importancia. ¡Mirad un poco de fuego cuan grande bosque incendia! La lengua también es un fuego, es un mundo entero de maldad (...) Con ella bendecimos a Dios Padre y con la misma maldecimos a los hombres, formados a semejanza de Dios; de una misma boca sale la bendición y la maldición. No han de ser así las cosas, hermanos míos8. Tan importante y difícil es el recto uso del don de lenguaje, que observa el mismo Apóstol: si alguno no tropieza en palabras, ése puede considerarse un varón perfecto9.

Sé que os portáis bien, hijos míos —comentaba nuestro Padre en cierta ocasión—, pero ¡ojo con la murmuración! Un hijo mío que murmura hace mucho daño: a sí mismo, a los demás y a toda la Obra.

En cambio, tenéis el derecho y el deber de hablar cara a cara. Vais al Director y decís: pasa esto, sabiendo que podéis tener razón o estar equivocados. No se enfadarán: os escucha-

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rán y —no inmediatamente— quizá al día siguiente os llamarán para deciros: tienes razón, o no la tienes. Porque cada uno está en un punto determinado, pero los que están más alto ven mejor las cosas.

Si queremos subir a la cima de un monte, es fácil que con la mejor voluntad del mundo nos vayamos hacia un despeñadero, porque no vemos bien la montaña. En cambio, desde arriba se ve todo, y nos pueden ir dirigiendo: por aquí, por allá o por el otro lado.

De modo que hay más luz, por gracia de Dios, en los que gobiernan, pero saben también que pueden equivocarse, como sé yo que puedo equivocarme. Por eso hacéis bien cuando, cara a cara, con nobleza, decís las cosas. Además, así os quedaréis tranquilos, os desahogaréis 10.

Cara a cara

Con estos consejos, no se refería nuestro Padre sólo a situaciones extremas o especialmente importantes. Nos ha enseñado a conducirnos con igual sencillez en todas las circunstancias de la vida.

Hablad cuando se trate de algo que puede hacer daño al alma, sea lo que sea. Eso que puede haber dentro y a lo que se da vueltas y más vueltas: dilo al Director con sencillez, cara a cara, y todo se arreglará. En cuanto hayas hablado, tendrás mucha tranquilidad y mucha paz. Y después, cuando te den la respuesta —afirmativa o negativa, en todo o en parte: lo que sea, porque no hay deseo de engañarte—, confirmarás la alegría, y estarás verdaderamente feliz por no haber murmurado.

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¿No os parece que es una cosa asquerosa murmurar?, ¿no os parece que es destruir? Coger un pico y golpear una pared para echarla abajo es muy fácil; pero levantar la pared, levantar una casa... Para eso se necesita ciencia, esfuerzo en el trabajo y la ayuda de Dios.

Hijos míos, tened horror a la murmuración. Padre, si no murmuramos... Ya lo sé; no os acuso de murmurar. Alguno habrá podido tener alguna vez un poco de debilidad en esto, pero no debe apurarse: en lo sucesivo, ya no la tendrá 11.

Nuestro Padre nos exige que seamos inflexibles, santamente intransigentes, para tapar la boca del murmurador, si en nuestra familia llegara a darse alguna vez ese triste pecado, que con sólo suponerlo me entristece: porque sería origen de gran daño, destruiría nuestro espíritu —si no se corta decididamente— y arrancaría la paz y la alegría de nuestras almas 12. Por eso nos animaba a hacer siempre la corrección fraterna sobre este punto. Si alguno murmura, le interrumpís inmediatamente, y le hacéis ver que no es de buen espíritu, que no es propio de un hijo de Dios; que eso mismo debe decirlo al Director, cara a cara, con cariño y con respeto 13.

Gracias a Dios, a la protección de la Santísima Virgen y a los cuidados de nuestro Padre, en la Obra no ha habido nunca esos problemas. Y no los habrá si todos y cada uno velamos incansablemente para que el espíritu que nos ha legado nuestro Fundador se mantenga siempre límpido y claro. Es un compromiso de honradez y de lealtad de cristianos, que gustosamente asumimos al hacer la Fidelidad, y que todos hemos de vivir decididamente desde el principio de nuestra vocación, para contribuir a la eficacia sobrenatural de la Obra y a la felicidad —temporal y eterna— de sus hijos.

1. Don Álvaro, Tertulia, 11-III-1977.
2. De nuestro Padre, Meditación Vivir para la gloria de Dios, 21 -XI-1954; En diálogo con el Señor, p. 27.
3. De nuestro Padre, Tertulia, 21-V-1970.
4. Cfr. Matth. XVIII, 15.
5. De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 81.
6. De nuestro Padre, Meditación Vivir para la gloria de Dios, 24-XI-1954; En diálogo con el Señor, p. 27.
7. Ibid.
8. Iacob. III, 5-10.
9. Ibid. 2.
10. De nuestro Padre, Tertulia, 17-VI-1973.
11. Ibid.
12. De nuestro Padre, A solas con Dios, n. 139.
13. De nuestro Padre, Tertulia, 17-VI-1973.

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