Cuadernos 11: Familia y milicia/Obedecer por amor

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OBEDECER POR AMOR


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En la Obra, miembro vivo de la Iglesia, hemos aprendido que todos tenemos una común misión de servicio: un servicio que hunde su raíz en un mismo amor y se alimenta de un mismo deseo ardiente de hacer el Opus Dei en la tierra. La obediencia, al igual que el gobierno, es un modo de servir: a Dios, a la Iglesia, a la Obra, a nuestros hermanos. Al obedecer cumplimos la Voluntad divina y ponemos por obra sus designios: hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo 1. Por eso, en la Obra queremos obedecer siempre, de tal manera que, en cuanto hay juntos dos de nosotros, uno tiene que ser el Director, según la ley de la precedencia 2.

Muchas veces nos señaló nuestro Fundador las características que debe reunir esta virtud, según el espíritu del Opus Dei. ¿Cómo debe ser nuestra obediencia? Sobrenatural: hay que obedecer con todo cariño tanto al que está al frente de un pequeño grupo como al Padre, porque hemos de ver siempre a Dios en los Directores. Obediencia voluntaria, de personas vivas con inteligencia, con amor de Dios y con sentido de responsabilidad. Debe ser universal: en todo. No hay especialis-

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tas en el obedecer: aquí todos estamos especializados en todas las cosas. Obediencia pronta. Con frecuencia me gusta hacer esta comparación: todas las piezas del reloj van a un ritmo. Si una pieza va mal, se retrasa... Daos cuenta del daño y de la ineficacia que se hace retrasando el obedecer. Alegre: hilarem enim datorem diligit Deus (II Cor. IX, 7); Dios ama al que da con alegría, y la obediencia es dar todo, darse a sí mismo. Simple, sin complicaciones. Muda: hay tontos que hablan, que cuentan. Antes de que hayan obedecido ya sabe todo el mundo lo que van a hacer. No es camino. Fuerte: a veces —no es corriente—, a veces el Señor pide una obediencia que une todas esas condiciones y que además necesita ser fuerte, heroica (...). Y, siempre, obediencia eficaz: oír y hacer; obras, no palabras 3.


Contents

Sobrenatural y voluntaria

La obediencia debe ser, en primer lugar, sobrenatural: éste es el clima en el que ha de desarrollarse. Al obedecer, no obedecemos a un hombre, sino al mismo Jesucristo, como afirma San Pablo: todo lo que hagáis, hacedlo de buena gana, como obedeciendo al Señor y no a los hombres 4.

Hay que ver a Dios en los Directores, sabiendo que -sean quienes fueren— para nosotros son el guía que nos conduce a la santidad y al amor de Dios. El estímulo más fuerte que tenéis para actuar —escribe nuestro Padre— es el sentido sobrenatural y humano de responsabilidad en que os habéis formado. La mayoría de mis hijos viven y actúan, muchas veces físicamente, lejos de sus Directores —aunque nunca les falta la atención espiritual necesaria, ni la continua formación—, y me consta

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que, por esa razón, se esfuerzan en ser más fieles a nuestro espíritu en sus actividades que si sintiesen más próximo un control inmediato. Ahora entenderéis por qué os he repetido con frecuencia que, para cada uno de nosotros, el motivo más sobrenatural es porque me da la gana 5.

La obediencia ha de ser voluntaria: somos seres libres, hijos de Dios, formados a imagen y semejanza del Creador. Como la única razón de la obediencia es el amor —amor a la Iglesia y a la Obra, amor a nuestro fin sobrenatural—, que nace del trato personal con Dios, es lógico que estemos deseosos de mostrar con obras, con espontaneidad fiel, esa vida interior. Precisamente porque los miembros del Opus Dei están de ordinario lejos de todo control, obran con más celo y exactitud en la obediencia: son diligentes —hoy, ahora— en el cumplimiento de los mandatos apostólicos que reciben; tienen deseos de entregarse, de estar a la disposición de sus Directores o de sus Directoras para las tareas espirituales; preocupados de las alegrías, de las penas, de los intereses de sus hermanos, de la Iglesia y de la Obra, para que cada uno se sienta comprendido y amado, como lo exige el espíritu propio de nuestra vocación, que hace que todos vivan el non venit mi-nistrari, sed ministrare, no vino a ser servido, sino a servir (Matth. XX, 28) 6.

Obedecemos porque nos da la gana, porque queremos libremente servir a Dios en el Opus Dei, por lealtad: como el soldado que está haciendo guardia delante del palacio del Presidente. Va y viene —nos decía nuestro Padre— y podría irse más lejos: podría incluso dejar la guardia y abandonar el puesto y el país; pero no lo hace, porque entonces ya no estaría actuando con lealtad 7.

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En la obediencia voluntaria, libremente aceptada y querida, ejercitamos la verdadera libertad, la libertad de los hijos de Dios. El espíritu del Opus Dei —escribía don Álvaro— nos enseña a obedecer con plena voluntariedad actual. No vemos ninguna oposición entre la libertad y la obediencia, porque conocemos bien (...) que una y otra se exigen mutuamente, pues tienen su origen en un mismo amor y a un mismo Fin se encaminan: la participación en la misión de Cristo, la santificación de las almas.

De este modo, la obediencia en la Obra es fruto de la unidad de vida. Obedecemos porque nos da la gana -con la ayuda de Dios—; es decir, procuramos asimilar los criterios apostólicos y espirituales que se nos transmiten, hacerlos nuestros y ponerlos en práctica, sin reserva interior de ningún tipo, plenamente solidarios con las indicaciones de los Directores, en todo lo que se refiere al fin sobrenatural de la Prelatura; al paso que somos conscientes de que cada uno es personalmente responsable de sus actos 8.

La responsabilidad no puede faltar, precisamente porque obedecemos con plena libertad. Muchas veces lo repitió nuestro Fundador: no quiero a mi lado cadáveres, sino personas vivas, con inteligencia, con amor de Dios, y con sentido de responsabilidad 9. Los Directores, al mandar, tienen en cuenta que somos personas deseosas de obedecer. Su gobierno —reflejo del Gobierno divino— se ejerce al mismo tiempo fortiter et suaviter10, fuerte y delicadamente. Fuertemente, porque, el que gobierna ha de ejercitar la autoridad recibida de Dios; delicadamente, porque mandar y obedecer deben ser actos imperados por el amor. Por eso, los Directores extreman la delicadeza al hacer cualquier indicación. Un "por favor" —comentaba nuestro Padre—, y vamos de cabeza. Es lo más fuerte que tenemos para mandar: por favor. Mandar con delicadeza, res-

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petando la libertad, respetando la inteligencia y la voluntad del que obedece. De otra manera, es pretender una obediencia perinde ac cadaver, y, como os he dicho, yo con cadáveres no voy a ninguna parte. Somos seres vivos, hijos de Dios: a los muertos los sepultamos piadosamente 11.

Plena e inteligente

Nos ha enseñado nuestro Padre que en Casa la obediencia es inteligente; no basta con querer obedecer, sino que hay que saber hacerlo. Una obediencia inerte, de instrumento inanimado que nada pone de su parte, no se comprende en una persona del Opus Dei, que se sabe plenamente responsable de la tarea que lleva entre manos. Debe ser la nuestra una obediencia profunda, que nos impulsa no sólo a rendir la voluntad, sino a la sumisión del entendimiento (Camino, n. 856), a identificar nuestro criterio con el de los Directores, en toda la tarea apostólica. Una obediencia plena, como la de Cristo, propia de los hijos y amigos de Dios, que conocen y aman la Voluntad de su Padre celestial 12.

Hemos de poner todas las energías de la inteligencia y de la voluntad en lo que se nos manda, para ejecutar todo lo que se manda y sólo lo que se manda 13. Y si alguna vez sucede que no entendéis el porqué de los mandatos recibidos —por la limitación humana o por la ceguera de un momento, que el Señor puede permitir para nuestro bien—, esforzaos en obedecer, como en manos del artista obedece un instrumento —que no se para a considerar por qué hace esto o lo otro—, seguros de que nunca se os mandará cosa que no sea buena y para toda la gloria de Dios (Camino, n. 617). De este modo —nos recordaba don Alvaro— se

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pondrá especialmente de manifiesto esa obediencia de la fe que vemos reflejada en la vida de Santa María, que constituye uno de los frutos más preciosos de la acción del Paráclito en las almas 14.

Para obedecer inteligentemente, como nos pide el espíritu de la Obra, entre otras cosas es necesario saber escuchar, hacerse cargo de los términos exactos del mandato. Y si no se entiende, preguntar de nuevo, poner atención en lo que el Director dice. Y si se diera el caso, tenernos también obligación de exponer al Director aquellas cosas que juzgamos necesario que conozca, cuando nos parece que una indicación que nos señala presenta alguna faceta desconocida para él. Pero, si a pesar de eso, insiste, tenemos que obedecer, si no es ofensa a Dios. Y no nos equivocamos al hacerlo: Dios sacará de aquello todo el bien 15. En todo caso, debemos ser objetivos, dar a cada cosa la importancia que realmente tiene, sin exagerar las dificultades —muchas veces subjetivas— que pudieran entreverse.

Todas estas características de la obediencia —sobrenatural, voluntaria, libre, inteligente— se ponen de manifiesto en el espíritu de iniciativa. Los Directores cuentan con esta disposición nuestra y ordinariamente no nos dirán, no nos concretarán el mandato hasta el último detalle. Nos señalarán lo que hay que hacer, y entonces cada uno, poniendo la cabeza y el corazón, y consultando cuando sea necesario, saca adelante lo que le han encomendado 16. Por esta razón, no será infrecuente que veamos con facilidad nuevos modos concretos de ejecutar eficazmente el encargo. Es el momento de proponer planes y de obedecer mejor: necesitáis espíritu de iniciativa —escribió nuestro Fundador—: sugerid. Sugerid cuantas cosas os parezcan prudentes y eficaces, para el apostolado y para el sostenimiento de la tarea que lleváis entre manos 17.

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Obedecer hasta el final

Obediencia universal, en cosas grandes y en cosas pequeñas. ¡Cómo anda a veces la obediencia por ahí...! ¡Qué penal Todo lo quieren poner en tela de juicio. Aun en la vida de entrega a Dios, hay algunas personas para quienes todo es ocasión de disquisiciones: si pueden mandar los superiores esto, si pueden mandar lo otro, si pueden mandar aquí, si pueden mandar allá... En el Opus Dei sabemos esto: se puede mandar todo —con el máximo respeto a la libertad personal, en materias políticas y profesionales—, mientras no sea ofensa de Dios 18.

Obediencia pronta. «Ésa es la obediencia que Cristo nos pide: ni un momento de dilación por muy necesario que sea lo que pudiera retardar nuestro seguimiento» 19. Lo enseñaba San Pablo a la primitiva Iglesia y nos lo repite hoy a nosotros: es menester que con la mayor diligencia atendamos a lo que hemos oído20, sin excusas que retrasen la labor encomendada. Los Directores cuentan con esta prontitud al obedecer y, muchas veces, del cumplimiento de un encargo depende la labor de otros.

Obediencia alegre, con buena cara, poniendo empeño en el cumplimiento del mandato recibido. Esto viene facilitado por el Director, que tiene siempre una palabra de cariño, un detalle de caridad fina que anime a su hermano a cumplir el consejo de San Pablo, cuando anima a hacer todo sin murmuraciones ni discusiones, a fin de que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de esta generación incrédula y perversa, entre la cual aparecéis como antorchas en el mundo, llevando en alto la palabra de vida 21. Obe-

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diencia alegre al cumplir los encargos recibidos, porque todos los miembros de la Obra son conscientes de que hacen un servicio a Dios, a quien hay que obedecer con gozo: servite Domino in laetitia22, servid al Señor con alegría

Obediencia fuerte, heroica. Podría ocurrir alguna vez que la voluntad se resistiera, y que la visión sobrenatural se nublase. Sería entonces una ocasión inmejorable para identificarse con Jesucristo y clavarse gozosamente en su Cruz; el momento propicio de hacer un acto de fe, de esperanza y de amor, y de seguir adelante esmerándose en poner por obra —con el mayor cuidado y diligencia— el mandato recibido.

Hay que obedecer, cueste lo que cueste; dejando el pellejo. No llegará nunca esto; pero no te preocupes: hasta eso llegó Jesús: hasta la muerte, mortem autem crucis (Philip. II, 8). Esto es duro, pero no hemos de olvidar la rectitud de intención, que es lo que lo hace posible. Además, los Directores mandan por una temporada, y nunca solos; es difícil que un Director se equivoque. Pero subjetivamente, cuando a uno se lo pueda parecer, si se ha rendido ante lo que en su conciencia es un error y lo ofrece generosamente al Señor, el Señor bendice todo aquello y saca bienes incluso del error. Y el que recibe una humillación con amor, recibe luego una exaltación, incluso en aquello mismo 23.

Si hemos sabido clavarnos con Jesucristo en la Cruz, sentiremos la alegría honda de haber cumplido en todo la Voluntad divina: nos habremos identificado con Jesucristo que, teniendo la naturaleza de Dios (...), se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual también Dios lo ensalzó y le dio un nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno,

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y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre24.

La obediencia debe ser, por último, eficaz; ha de mostrarse con hechos concretos que correspondan al mandato recibido de los Directores. No podemos imitar al hijo menor de la parábola que, invitado por su padre a trabajar a su viña, respondió: voy, señor; pero no fue25. No basta —siendo necesario— tener la disposición de obedecer: hay que obedecer efectivamente, «cumplir lo que se dice y que la obediencia se muestre por las obras. Entonces, sí, lo habremos conseguido todo» 26. La obediencia perfecta es la que cumple en todo, de modo efectivo, el mandato recibido. A ella está vinculada la bendición divina: si escuchas su voz y haces cuanto Yo diga, seré enemigo de tus enemigos y oprimiré a tus opresores27.

Los frutos de la obediencia

Obedeciendo por amor, nos sentimos parte viva del conjunto, solidarios en la realización de la Obra de Dios sobre la tierra. En cambio, cuando falta amor todo se disgrega. En el fondo de toda crisis de obediencia, hay una crisis de amor.

Porque amamos a la Iglesia, obedecemos a la Jerarquía, encargada de velar por el bien común del Cuerpo Místico de Cristo; porque amamos a la Obra, obedecemos al Padre y a los Directores. Esa obediencia amorosa supone una sujeción, un yugo, que —por ser el de Cristo— no pesa. Más aún, esa voluntaria sujeción es condición de vida y de eficacia. Fijaos qué sucedería —escribía nuestro Padre— si nuestro cuerpo no tuviese esa aparente falta de libertad: la cabeza estaría por un

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lado, y los miembros cada uno por cualquier otro. Es evidente que todo lo que tiene vida, aunque conste de muchas partes diferentes, está unido. Pues lo mismo pasa en la Iglesia y en la Obra. Si se da libertad a la mano, al cerebro o al pie, van irremisiblemente a la corrupción, a la muerte; se pudren, porque han perdido la atadura que les une al resto del cuerpo, atadura que les daba vida y libertad.

Ésta es la libertad que no queremos tener: la libertad de la autodestrucción, de la muerte. ¡Bendita sea esa sujeción nuestra, ese yugo, que es la mejor señal de nuestra libertad y de nuestra vida!: iugum enim meum suave est, et onus meum leve (Matth. XI, 30), que es suave el yugo y no es pesada la carga 28.

El amor al Padre y a nuestros hermanos, y el afán de extender el Opus Dei por todo el mundo, nos impulsa a obedecer. Queremos servir, ser útiles a nuestra Madre la Obra, en bien de las almas, pero no hemos de olvidar que el lugar, en el que somos más eficaces, es aquél en el que nos han puesto los Directores Mayores: ésa es la voluntad de Dios 29.

Una obediencia que tenga todas las características señaladas por nuestro Fundador, que nazca del amor y en el amor tenga su término, será eficaz con la eficacia sobrenatural de Dios. Incluso en el aspecto natural, puramente humano, perfeccionará nuestra personalidad, dándonos madurez: supíer senes intellexi quia mandata tua quaesivi30, me he hecho más prudente que los ancianos porque he buscado tus mandamientos. Una obediencia como la Iglesia espera y la Obra nos exige, es el único camino para alcanzar la santidad a la que Dios nos ha llamado, pues si por la obediencia de Jesucristo fuimos justificados 31, por la obediencia personal recibimos el Espíritu Santo, que Dios otorga a los que le obe-

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decen 32. Una obediencia así multiplicará abundantemente el fruto de nuestro apostolado, según la promesa divina: si vosotros obedecéis los mandatos que Yo os prescribo, amando a Yavé, vuestro Dios, sirviéndole con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma, Yo daré a vuestra tierra la lluvia a su tiempo, la temprana y la tardía; y cosecharás tu trigo, tu mosto y tu aceite, y daré hierba a tus campos para tus ganados, y de ellos comerás y te saciarás 33.

Hijas e hijos míos —nos decía don Álvaro—, examinad si vuestra obediencia tiene estas características; si, como cristianos, os preguntáis a diario: ¿estoy haciendo lo que Dios quiere de mí?; si os movéis con espontaneidad en todas vuestras actuaciones; si asumís, también a diario, vuestra responsabilidad al obedecer libremente y con prontitud, sin distinguir entre lo que os parece importante y lo que se os antoja de menor trascendencia; si consultáis con sencillez a los Directores y sabéis dar cuenta de los encargos apostólicos recibidos; si os sentís verdaderamente comprometidos en la tarea de hacer el Opus Dei en la tierra, en unión con vuestros Directores y todos vuestros hermanos, para el mejor servicio de la Iglesia. Esta profunda unidad de espíritus y de corazones es condición indispensable para que se produzcan en nosotros y a nuestro alrededor—con la gracia divina— frutos de santidad y de apostolado, que es lo único que buscamos 34.

«Dios no necesita de nuestros trabajos, sino de nuestra obediencia»35, escribe San Juan Crisóstomo. La obediencia es condición de vida, «la virtud principal —después de las teologales— que introduce en todas las demás, por lo que se hace puerta y entrada de la caridad de Dios para los que la abrazan de corazón» 36.

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La obediencia que nace del amor y se resuelve en el amor, nos dará la felicidad y hará agradables ante Dios los actos de las demás virtudes; «porque si uno sufriese el martirio y distribuyese todos sus bienes entre los pobres, no sería esto meritorio si no estuviera ordenado a cumplir la Voluntad divina, que es lo esencial de la obediencia; como tampoco sería meritorio si uno hiciese esas obras sin caridad, que es inseparable de la obediencia» 37.

La Virgen Santa, modelo de todas las virtudes, es también modelo de obediencia. Obedece por amor a su Hijo hasta las últimas consecuencias, y por eso corredime con Él, iuxta crucem Iesu 38, junto a la Cruz de Jesús.

1. Matth. VI, 10.
2. De nuestro Padre, Meditación, 9-III-1962.
3. Ibid.
4. Colos. III, 23.
5. De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 33.
6. De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, n. 61.
7. De nuestro Padre, Tertulia, 9-XI-1964.
8. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 362.
9. De nuestro Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 112.
10. Sap. VIII, 1.
11. De nuestro Padre, Tertulia, 18-I-1965.
12. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 361.
13. De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 39.
14. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 361.
15. De nuestro Padre, Círculo breve, 10-VI-1962.
16. De nuestro Padre, Tertulia, 9-XI-1964.
17. De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 21.
18. De nuestro Padre, Meditación ¡Que se vea que eres Tú!, l-IV-1962; En diálogo con el Señor, p. 51.
19. San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae, 14, 3.
20. Hebr. II, 1.
21. Philip. II, 14-16.
22. Ps. XCIX, 2.
23. De nuestro Padre, Círculo breve, 10-VI-1962.
24. Philip. II,6-11.
25. Matth. XXI, 30.
26. San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae, 17, 7.
27. Exod. XXIII, 22.
28. De nuestro Padre, Carta 31-V-1954, n. 24.
29. De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 10.
30. Ps. CXVIII, 100.
31. Cfr. Rom. V, 19; Hebr. V, 7-9.
32. Act. V, 32.
33. Deut.XI, 13-15.
34. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 363.
35. San Juan Crisóstomo, In Matthaeum homiliae, 56, 5.
36. Diádoco Photicensis, Capita centum de perfectione spirituali.
37. Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 104, a. 3.
38. Ioann. XIX, 25.

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