Cuadernos 11: Familia y milicia/La tertulia

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LA TERTULIA


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Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que, después de la Resurrección, el Señor reunía a sus discípulos y se entretenían in multis argumentis (Act. I, 3). Hablaban de muchas cosas, de todo lo que le preguntaban: tenían una tertulia 1.

Siempre enamoraron a nuestro Padre estas escenas de la vida de Jesucristo, reunido con sus Apóstoles para explicarles con más detalle las enseñanzas impartidas a la muchedumbre. ¡Cómo no recordar (...) los diálogos de Jesús con los primeros Doce! Esas conversaciones primeras que tienen el encanto de lo que nunca se olvida. Fueron con El y vieron donde habitaba, y con El se quedaron aquel día (Ioann. I, 39): un largo rato junto a Jesús, que transformó las vidas de Juan y de Andrés (...). Después —a lo largo de tres años— en otras innumerables ocasiones, Jesús habla con ellos, responde a sus preguntas, resuelve sus dudas, les va manifestando la verdad divina, por medio de parábolas, sine parábola autem non loquebatur eis (I Marc. IV, 34), porque sin parábolas no les hablaba 2, aunque en la intimidad se las explicaba detenidamente 3.

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Por medio de esas conversaciones familiares, verdaderas tertulias de Jesucristo con sus discípulos, el Señor fue formando a los suyos, dándoles a conocer al Padre y al Espíritu Santo, preparándoles para la misión que les encomendaría más tarde.

Exigencia de la vida misma

Con esa espontaneidad surgieron los medios de formación en la vida del Opus Dei. La tertulia nació con los primeros tiempos como una necesidad para dar formación a vuestros primeros hermanos. Así surgió también el Círculo breve y, más adelante, los Cursos anuales. Así han nacido todos los medios de formación de la Obra: con naturalidad, como una exigencia de la vida misma 4.

En otro momento, comentaba nuestro Padre: al principio de la Obra éramos pocos, sin posibilidades de organizar un Centro de Estudios o de poner una Residencia. La formación consistía entonces en meditaciones, clases, charlas, ratos de tertulia, y mucha dirección espiritual. Siempre he agradecido en mi corazón este espíritu sobrenatural, teológico, bien fundado, que he recibido del Señor. Y he agradecido que tantos hijos míos hayan cogido bien este mismo espíritu 5.

Nuestro Fundador nos ha inculcado que la tertulia es un elemento de formación colosal, una muestra de verdadero cariño de familia 6. Formación y aire de familia constituyen como las coordenadas que delimitan esta manifestación de la vida de la Obra.

Como medio de formación, la asistencia a las tertulias —con la frecuencia establecida, según se viva o no en la sede de un

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Centro de la Obra— es tan importante que nunca debe faltar; ni siquiera cuando el trabajo profesional o las actividades apostólicas parecieran exigir una dedicación mayor de tiempo y de energías. Lo contrario será siempre algo excepcional, un hijo de Dios, en el Opus Dei, no puede desear jamás vivir en un régimen de excepción: necesitamos vivir en el régimen que tengan los demás 7.

Para subrayar el valor de estas reuniones en familia, nuestro Fundador afirmó muchas veces que, en caso de necesidad, dispensaba más fácilmente de la oración mental que de la asistencia a la tertulia. Para mí —añadía—, la tertulia es como un rato de oración, y me duele que haya países donde las familias, de ordinario, apenas tienen tiempo para reunirse. Nosotros hemos de lograr que vuestros hermanos y vuestras hermanas de todo el mundo tengan siempre ese rato de vida de familia que tanto bien nos hace 8.

La tertulia contribuye poderosamente a que los Centros de la Obra sean verdaderos hogares con cariño humano y sobrenatural, sin sensiblerías, donde cada una y cada uno, con la presencia eficaz de Jesús y de María y de José, encuentra nuevas fuerzas y aliento, para perseverar en la lucha y dar la vida con Cristo9. Por esta razón ha de procurarse que la sala de estar sea agradable, decorada con buen gusto y ambiente hogareño, porque Dios quiere que dispongamos de este lugar de descanso, en el que repongamos las energías gastadas en su servicio.

La tertulia es una manera maravillosa de vivir el espíritu de familia. Para eso hay que hablar con sencillez, sin rebuscamiento, con un poco de sentido sobrenatural, y sabiendo contar también cosas divertidas 10. Incluso, decía nuestro Padre, no es malo que os gastéis bromas, siempre que no sean im-

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prudentes o molestas 11. Lo importante es comportarse con la naturalidad y confianza de quien está en su propia casa; si algo inconveniente hubiera en esa actuación, la caridad vigilante de nuestros hermanos nos lo haría saber mediante la corrección fraterna.

Anticipo del Cielo

Los temas de esta conversación de familia pueden y deben ser muy variados: anécdotas del trabajo profesional y de la labor apostólica, noticias de nuestra familia sobrenatural, comentarios sobre temas culturales o de actualidad... Todo puede llevarse a Dios. Particular importancia revisten los temas de índole directamente apostólica, como nos indicaba don Álvaro: hablad del proselitismo en las tertulias; que, entre otras noticias de interés, no falte esa conversación apostólica que da tono sobrenatural y os une más con Dios y con la Santísima Virgen 12.

A veces, quizá con ocasión de una fiesta de cumpleaños o de otra celebración, la tertulia puede tomar un carácter diverso: por ejemplo, surgen la música y las canciones —también las canciones de Casa: ¡cuántas veces las entonó nuestro Padre!—, que constituyen una manifestación externa de esa alegría que es el clima habitual de nuestra familia. Entonces, todos sabemos poner a disposición de nuestros hermanos, con gusto, los talentos —pocos o muchos— que el Señor nos ha concedido. En Casa hay una tradición en estos veintiocho años —escribía nuestro Fundador en 1956—, que no se ha roto jamás: que por alegrar la vida a nuestros hermanos se canta, se baila y se hace lo que sea. Nunca se ha dicho que no se sabe o que no se puede 13.

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Como en los otros momentos de la vida de familia, la eficacia sobrenatural de las tertulias reside en vivir delicadamente la fraternidad y en el espíritu de sacrificio de cada uno, ya que la verdadera caridad de Jesucristo —afirmaba nuestro Padre— consiste en que os sepáis fastidiar alegre y discretamente para hacer agradable la vida a los demás, para hacer amable el ca­mino de Dios en la tierra 14. Y esto encierra muchas consecuencias concretas, que son las que hacen de nuestra vida de familia un anticipo del Cielo: estar pendientes de nuestros hermanos, adivinar sus necesidades, satisfacer en lo posible sus gustos, privarse voluntariamente de una pequeña comodidad para que estén más cómodos los demás, saber escuchar e interesarse por lo que cuentan...

En la tertulia, se ejercitan innumerables virtudes humanas y cristianas; por eso hemos de cuidarla con esmero, prepararla y enseñar a los más recientes en la Obra y a quienes participan en las labores de San Rafael y de San Gabriel a hacer lo mismo, para que conserve siempre el espíritu que nos ha enseñado nuestro Fundador. Quizá en algunos casos habrá que explicar que no es nuestro estilo faltar a la caridad, ni hay ninguno que tenga por oficio mortificar a los demás. En cambio, es propio de nuestro estilo la delicadeza en el trato mutuo, en la convivencia amable, cordial, sacrificada: atenta solicitud hacia el prójimo, con austeridad total de corazón, con espíritu de abnegación constante en lo pequeño, que es lo grande, lo heroico, que tenemos siempre al alcance de la mano.

De ahí que un detalle especial, que hay en el ambiente de nuestras casas —ya os lo he dicho muchas veces—, es que se evitan absolutamente las discusiones, la polémica. Cada uno mantiene libremente sus puntos de vista, sus razones, y debemos saber respetuosamente escucharlas todas. Con calma, se

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puede —y, en algunos casos, es preciso— oír, enjuiciar y estudiar los pros y los contras que haya en las opiniones de los demás; sin que esto suponga la necesidad de discutir, sino la conveniencia y aun el deber de conocer lo que más interesa, para estudiar y aclarar un determinado punto de la conversación, o para resolver el problema de que se trate.

Cuando son cosas de poca importancia, decimos lo que pensamos —a veces, ni siquiera lo diremos— y dejamos pasar la opinión contraria sin volver a exponer nuestro criterio. Callamos por prudencia, si no se ocasiona perjuicio, aunque lo que se dice sea equivocado: ¡qué más da, por ejemplo, que alguien sostenga que tenemos veintiocho años, aunque la verdad sea que tenemos treinta! Y así, en tantas otras cosas 15.

Un rincón de la casa de Nazaret

La tertulia es fruto maduro de la unidad y el cariño que se respira en la Obra; y, al mismo tiempo, motivo de esa unión de corazones, pues facilita el mutuo conocimiento que lleva al verdadero afecto. Si no tuvierais la tertulia —escribió nuestro Fundador—, en la que habláis con sentido sobrenatural de todo, en la que se saca a relucir una anécdota, y otra; y el que está de guardia cuenta algo con sencillez, con sentido apostólico (...), no estaríais unidos entre vosotros: viviríais como desconocidos.

En nuestros Centros hay calor de hogar porque nos tratamos. Otras veces os he hablado del trato con Dios, y ahora os hablo del trato con las criaturas; con todas las del mundo, con las almas todas, pero antes con vuestros hermanos, entre vosotros. Para mí, participar en la tertulia es también una manera de hacer oración.

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Quereos sin reparos, sin simplezas, sin familiaridades, sin hacer grupitos; de modo que no se note la simpatía o la antipatía. Es natural que unas personas nos caigan mejor que otras; no os asuste, no es ninguna cosa mala. Pero hay que evitar que se manifieste exteriormente. Y esto no es hipocresía, es caridad. También es perfección en el amor 16. Ese cariño nuestro a los demás de Casa ha de pasar por el Corazón de Cristo; y así se convertirá en verdadero Amor de Dios. Cuando elevamos al orden sobrenatural el cariño humano, haciéndonos centinelas vigilantes, para poner remedio a lo que puede dañar a la ciudad amurallada que formamos en Casa, estamos amando a la Obra 17.

Así, con cariño sacrificado y operativo, nuestros Centros serán ese rinconcito de la casa de Nazaret18 que deseaba nuestro Padre. Si os amáis, cada una de nuestras casas será el hogar que yo he visto, lo que yo quiero que haya en cada uno de nuestros rincones. Y cada uno de vuestros hermanos tendrá un hambre santa de llegar a casa, después de la jornada de trabajo; y tendrá después ganas de salir a la calle, a la guerra santa, a esta guerra de paz 19.

1. De nuestro Padre, Dos meses de catequesis, II, p. 651.
2. De nuestro Padre, Carta 24-X-1965, n. 9.
3. Cfr. Matth. XIII, 36.
4. De nuestro Padre, Tertulia, 3-I-1967.
5. De nuestro Padre, Tertulia, 21-II-1971.
6. De nuestro Padre, Tertulia, 29-VI-1972.
7. De nuestro Padre, A solas con Dios, n. 191.
8. De nuestro Padre, Tertulia, 29-VI-1972.
9. Don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 254.
10. De nuestro Padre, Tertulia, 25-VIII-1973.
11. De nuestro Padre, Tertulia, 29-VI-1972.
12. Don Álvaro, Tertulia, mayo de 1979.
13. De nuestro Padre, Crónica, 1969, p. 495.
14. De nuestro Padre, Crónica, II-57, p. 38.
15. De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 77.
16. De nuestro Padre, Tertulia, 19-XII-1967.
17. De nuestro Padre, Meditaciones, VI, n. 531.
18. De nuestro Padre, 6-XI-1974.
19. De nuestro Padre, Meditación, 29-III-1956.

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