Cuadernos 11: Familia y milicia/La intercesión de nuestro Padre

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LA INTERCESIÓN DE NUESTRO PADRE


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Cuando vivía en la tierra, nuestro Padre se desvivió por facilitar el encuentro con Cristo de las personas que tenía alrededor, en generoso y abnegado don de sí. Lo mismo continúa haciendo desde el Cielo, con la diferencia de que ahora, al estar más íntimamente unido a la Santísima Trinidad, se ha multiplicado la eficacia de su intercesión.

Tenemos una abundante experiencia —en los lugares más inimaginables de nuestro planeta— de la incansable actividad sobrenatural que nuestro Padre —porque así lo dispone la Bondad divina— desarrolla en millones de almas de todos los ambientes: conversiones, vocaciones para la Obra, bienes espirituales y materiales de todo tipo se han derramado en estos quince años sobre el mundo, por intercesión de nuestro queridísimo Fundador, como atestiguan los innumerables testimonios que nos llegan de todas partes l.

No podemos acostumbrarnos a esta realidad, pues constituye una manifestación del amor que el Señor nos dispensa. Además, hemos de considerar que, si nuestro Padre se vuelca de este modo con tantas personas, para nosotros desconocidas, que

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recurren a su auxilio, ¿qué no hará por sus hijas, por sus hijos, por los Cooperadores y amigos del Opus Dei, por todos cuantos se esfuerzan por vivir su mismo espíritu? Estad seguros de que cada uno de nosotros ocupa un lugar de predilección en el corazón de nuestro Padre. Si se esforzó heroicamente en la práctica de la virtud del orden, en el ejercicio de la caridad, también ahora actúa así, viviendo en el Cielo: primero, sus hijos2.

Presencia operativa de nuestro Padre

Nuestro Fundador recibió de Dios el don de una paternidad espiritual abierta a hombres y mujeres de todas las épocas y de todos los rincones de la tierra. La eficacia de esa paternidad, por ser totalmente sobrenatural, se robusteció el 26 de junio de 1975. Desde esa fecha, todos hemos experimentado de mil modos y maneras que, marchándose al Cielo, nuestro Padre no se ha apartado de nosotros, sino que su presencia y su compañía se han hecho aún más profundas 3.

Ahora continúa preocupándose por cada uno de nosotros y por el desarrollo de la Obra con afán paterno, y no cesa de interceder ante la Trinidad Beatísima para lograrnos todo tipo de bienes acordes a nuestras necesidades. Ya nos lo advirtió en vida: desde el Cielo os podré ayudar mejor. Como nos hacía considerar don Álvaro, continúa desvelándose como siempre por nosotros, nos mira con aquellos ojos de padre y de madre que tenía, y de una manera más penetrante nos contempla actualmente, en grado muchísimo mayor, con una eficacia aún más grande que cuando estaba materialmente entre nosotros4.

En otro lugar, glosaba esta misma idea señalando que en el corazón de cada uno de sus hijos y de sus hijas —en mi corazón y

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en el tuyo, hijo mío—, nuestro Padre está de un modo que podríamos llamar, con palabra que nuestro Fundador empleaba frecuentemente, operativo; es decir, eficaz, para renovarnos completamente, para que nuestra lucha sea más sincera y fructuosa; para que nuestras ansias de unión con Dios se tornen mayores, y los actos de desagravio y de reparación más encendidos. No vemos físicamente en la tierra a nuestro Padre y, sin embargo, está más cerca de nosotros que nunca 5.

Es lógico que sea así. Si nuestro Padre no vivió más que para transmitir a sus hijos los afanes de santidad que llenaban su alma, ahora que goza de Dios y puede —mejor que nunca— meterse en nuestra vida y ayudarnos a ser santos, ¿cómo va a dejar de implorar insistentemente la ayuda del Cielo para cada uno de nosotros? Por sentido común y sentido sobrenatural, no podemos menos que aprovecharnos de tan buen intercesor y unirnos a aquellas palabras que don Álvaro le dirigía: Padre, tú que has sido siempre nuestro maestro; tú, que te has sacrificado constantemente por nosotros; tú, que has sufrido con nuestros dolores y te has gozado con nuestras alegrías; tú, que ahora ves a la Trinidad Beatísima cara a cara y que, al mismo tiempo, nos contemplas a nosotros, ¡ayúdanos! Intercede para que seamos siempre hijos fieles, que actúan con generosidad y se entregan sin condiciones. Alcánzanos vigor para hacer presente a Cristo por todo el mundo, de forma que con su gracia muchas otras almas vengan a unirse a nosotros, para servir a la Iglesia Santa6.

La intercesión del Beato Josemaría abarca todo tipo de necesidades. En las tradiciones de piedad popular, que se han formado a lo largo de siglos, nos escribía don Álvaro pocos meses antes de la beatificación, hay santos a los que se acude especialmente para conseguir una determinada gracia, la curación de una enfermedad, la solución de un problema... Me pregunto si

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no habrá también alguna gracia particular que distinga la devoción a nuestro Padre. Realmente, los miles de favores obtenidos a través de su intercesión, de los que hemos tenido noticia documentada, son de todo tipo. Abundan las conversiones, gracias relacionadas con el trabajo profesional y con la unidad de la familia, curaciones, y un género muy amplio y simpático que podríamos llamar: cosas pequeñas. De todos modos, yo pienso que hay una gracia que nuestro Fundador implora especialmente para nosotros; una gracia decisiva: la fidelidad a la vocación hasta el fin, ¡hasta el Cielo!7.

En cualquier caso, las peticiones tienen que ir respaldadas por la aceptación sincera y plena de la Voluntad de Dios. Hemos de hacérselas presentes con la misma sencillez y confianza con que un niño acude a su padre o a su madre, sin temor a ser inoportunos, pues un padre siempre está dispuesto a escuchar y a remediar las necesidades de sus hijos.

Devoción filial

La filiación a nuestro Fundador es una realidad inseparablemente unida a nuestra vocación, que marca el alma de cada uno de nosotros y constituye un rasgo común de todos los miembros del Opus Dei, ahora y hasta el fin de los tiempos. Todos nos sentimos santamente orgullosos por esta bendición de Dios, que agradecemos con toda el alma y en cuyas exigencias procuramos ahondar cada día. Es, además, la mente de la que nacen los vínculos de fraternidad, los lazos que nos unen a esta familia sobrenatural.

Hijas e hijos míos, no dejéis de aprovecharos —primero, vosotros mismos— de la potente intercesión de nuestro Funda-

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dor, nos aconsejaba don Álvaro. Invocadle en todas vuestras necesidades espirituales y materiales, con la confianza que se tiene con un padre —¡y qué Padre!—, que no abrigó otro deseo en la tierra que el de dar gloria a Dios y procurar la santidad de todos sus hijos. Confiadle vuestras luchas, vuestros deseos de mejora, vuestras actividades apostólicas y la eficacia de vuestros trabajos 8.

La Obra ha salido adelante gracias a la oración, al sacrificio y al trabajo de nuestro Fundador. Sin su correspondencia generosa, el Opus Dei no sería la realidad fecunda que hoy día contemplamos. Por eso, debemos mostrarnos agradecidos. Gracias, Padre, por tu entrega plena, por tu fidelidad sin mancilla, por tu cariño inmenso, por tu dedicación constante a nosotros, por la ayuda incesante que nos envías desde el Cielo 9. Además, no podemos olvidar que tratar asiduamente a nuestro Padre, recurrir constantemente a su intercesión, mirarle como modelo de nuestro seguimiento de Cristo, es manifestación de buen espíritu 10 y garantía de verdadera eficacia. El trato habitual con nuestro Padre nos llevará a sentir su cercanía, a ser conscientes de la protección que nos dispensa, sabedores de que siempre está pendiente de cada uno de sus hijos, ayudándonos, aunque en muchas ocasiones no lo notemos. El Señor quiere que la presencia del Padre, del Fundador, en nosotros, sea constante 11.

Don Álvaro nos refirió en alguna ocasión las industrias humanas que emplean algunos hermanos nuestros, que conservan papeles donde nuestro Padre había escrito: fulanito, háblame. Esas dos palabras les sirven de presencia de Dios; al verlas, es como si el Padre les estuviese constantemente sugiriendo: háblame, acude a mi ayuda, cuéntame tus dificultades, tus afa-

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nes, tu labor, pregúntame lo que no entiendas. Y aumentando así la presencia del Padre, se aumenta la presencia de Dios 12. Nuestro Fundador nos dirige ahora a todos esas palabras, nos invita a acudir a él, a poner en sus manos las incidencias —grandes o pequeñas— que entretejen cada una de nuestras jornadas, dispuesto a interceder ante el Señor para facilitarnos el camino de la vocación.

Un arma en el apostolado

El recurso a nuestro Padre es especialmente importante en el apostolado y el proselitismo. De una parte, le pediremos ayuda para realizar el apostolado como aprendimos de él, poniendo en práctica nuestros modos apostólicos propios. Es ésta una condición esencial para que la labor de almas dé el fruto que Dios quiere. Además, al acudir a nuestro Fundador antes de llevar a cabo una actividad de apostolado, tenemos bien experimentado que las dificultades se allanan y que encontramos más eco en las almas cuando nuestro Padre es cómplice de nuestras iniciativas apostólicas.

La figura del Beato Josemaría, el ejemplo de su vida, sus escritos, la oración de la estampa... constituyen una estupenda arma apostólica. ¡Cuánta gente se ha acercado a Dios y ha recomenzado la práctica de los sacramentos a raíz de un encuentro con nuestro Padre! ¡Cuántas conversiones han nacido motivadas en buena parte por la lectura de algún escrito suyo, por haber asistido a la proyección de la película de alguna tertulia, por haber leído la Hoja Informativa o haber rezado por su intercesión!

Es lógico que suceda así. Habiéndose servido de nuestro Padre para abrir los caminos divinos de la tierra, el Señor de-

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sea que muchas personas conozcan su vida y su espíritu, que tengan confianza en su mediación ante Dios y sigan su ejemplo, de modo que más fácilmente puedan emprender la senda de la santificación en el trabajo profesional y en el desempeño de los deberes ordinarios. Por esta razón, «los fieles de la Obra acostumbran a difundir la devoción a nuestro Fundador, porque es un modelo de vida cristiana y un eficaz intercesor en el Cielo.

»De ese modo cumplen un gustoso deber de cariño y de piedad filial con nuestro Padre, y de amor a la Iglesia y a la Obra, ya que es un bien que se conozcan las gracias que Dios concede a sus hijos fieles. Por esto, difundir la devoción a nuestro Padre es también un medio eficacísimo de apostolado» 13.

La vida y las enseñanzas de nuestro Padre constituyen un bien muy grande, no sólo para la Obra, sino para la Iglesia y para la humanidad: es patrimonio común, que debe redundar en beneficio de muchas almas. Convencidos de que Dios se sirve de las almas santas para derramar sus gracias entre los hombres, hemos de procurar hacer llegar cada vez a más personas el ejemplo y las enseñanzas de nuestro Fundador, y difundir en todo tipo de ambientes la devoción, de modo que sean cada vez más quienes se beneficien de esta lluvia de gracias que nuestro Padre consigue desde el Cielo. Hablar de nuestro Fundador, escribía don Álvaro en 1978, dar a conocer su vida y su doctrina se integra ya, como elemento importantísimo, en la misión divina que hemos recibido y que nos urge a promover la busca de la santidad en medio del mundo. Aprovechad, hijas e hijos míos, cualquier ocasión para extender la devoción privada a nuestro Padre: es una manifestación de cariño, es un modo filial de agradecer su heroica fidelidad, es un servicio a la Iglesia. Y es, no lo olvidéis, la nueva arma de apostolado que nos ha regalado el Señor14.

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A la hora de tratar cualquier asunto, a la boca del Padre aflora continuamente la referencia a nuestro Fundador, como también don Álvaro le mencionaba en incontables ocasiones. Esto nos ha de servir para hacer examen y considerar si somos también en esto buenos hijos de nuestro Padre: si en el trato con nuestros amigos y conocidos, surgen con frecuencia y de manera oportuna los ejemplos luminosos de la vida y las enseñanzas de nuestro Fundador.

Encomendamos a Nuestra Madre del Cielo que nos alcance la gracia de una devoción filial y confiada a nuestro Padre, junto con el empeño por difundirla en todos los ambientes.

1. Don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 494.
2. Ibid.
3. Ibid. n. 157.
4. Ibid. n. 52:
5. Ibid. n. 101.
6. Ibid. n. 210
7. Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 297.
8. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 106.
9. Don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 165.
10. Ibid. n. 494.
11. Ibid. n. 53.
12. Ibid. n. 54.
13. Catecismo, 6a ed., n. 17.
14. Don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 166.

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