Cuadernos 11: Familia y milicia/Fuerza de nuestra vida

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FUERZA DE NUESTRA VIDA


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El Opus Dei es una familia de vínculo sobrenatural en la que siempre hay un Padre que ama a sus hijos en las entrañas de Cristo Jesús 1 —con un cariño que es humano y sobrenatural, paterno y materno al mismo tiempo—, y unos hijos que se esfuerzan por corresponder a la entrega del Padre a todos y a cada uno. Así lo quiso el Señor desde el 2 de octubre de 1928, cuando abrió el corazón de nuestro Fundador para que fuera el Patriarca de esta gran familia que habría de extenderse de polo a polo 2.

Todos hemos experimentado innumerables veces el desvelo de nuestro Fundador, de don Álvaro, y ahora del Padre, por la santidad de sus hijas y de sus hijos. Y se lo hemos agradecido a Dios, formulando propósitos que nos ayuden a corresponder con mayor prontitud y generosidad a sus cuidados de Buen Pastor. En cierta ocasión, hablando de nuestra unión con la persona y las intenciones del Padre, don Álvaro comentaba: para mí, supone una constante llamada a la obligación que tengo de ser santo, para ayudaros a ser santos. En mi pequeñez, tengo que procurar vivir las palabras de Jesús: pro eis sanctifico meipsum (Ioann. XVII, 19). Yo me entrego por vosotros, por vuestra santidad personal. Y el cariño que

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os tengo debe también moveros a vosotros. ¡Amor con amor se paga!, hijos míos. No podéis responder al cariño del Padre clavando espinas en mi corazón, sino portándoos lo mejor que podáis3.


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Aspectos de nuestra unidad

La unidad es un reflejo del carácter sobrenatural del Opus Dei, que contribuye poderosamente a realzar su divina hermosura. Es el secreto de nuestra eficacia y una de las más grandes bendiciones del Señor para su Obra 4, solía comentar nuestro Padre, al tiempo que nos hacía considerar los diversos aspectos de esa unidad.

Por la unidad jurídica, todos los miembros de la Obra formamos parte de la Prelatura a pleno título, bajo la dirección y régimen de nuestro Prelado. Laicos y sacerdotes, hombres y mujeres, mayores y jóvenes formamos una sola clase en la Obra y contribuimos —cada uno según sus circunstancias personales— a la realización de las peculiares tareas apostólicas que Dios ha encomendado al Opus Dei. Y, además, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz es, jurídicamente, una bendita realidad intrínseca e inseparable de la Prelatura.

Para garantizar este importante aspecto de la unidad de la Obra, nuestro Fundador tuvo que luchar y sufrir mucho. El camino de la unidad jurídica —nos decía en cierta ocasión— lo he querido vencer por amor a Jesús, por amor a mi Madre la Iglesia Romana, por amor a mi Madre Guapa la Obra, por amor a mi salvación, por amor a mis hijos en el Opus Dei 5.

Esta unidad jurídica hunde sus raíces en lo que nuestro Padre llamaba unidad espiritual, que es característica de una familia sana. Así le gustaba expresarse a nuestro Fundador, cuando

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escribía que para la vida espiritual de los miembros de la Obra, no tenemos más que un solo alimento, un mismo espíritu: un solo puchero. El Opus Dei pide a todos sus miembros —sean o no sacerdotes— que tengan alma verdaderamente sacerdotal, y para eso los alimenta con un mismo espíritu ascético y apostólico 6.

La identidad de vocación y de espíritu establece entre nosotros lazos sobrenaturales mucho más fuertes que los de la sangre, dando origen a la unidad moral de todos los miembros de la Obra con el Padre y entre sí: unión de corazones, de sentimientos y de voluntades, que es fruto de la oración de Cristo en la Última Cena —consummati in unum 7—, y que los cristianos han procurado vivir siempre. «Colaborad mutuamente unos con otros —exhortaba San Ignacio de Antioquía—, luchad unidos, corred juntamente, sufrid con las penas de los demás, permaneced unidos en espíritu aun durante el sueño, así como al despertar, como administradores que sois de Dios, como sus asistentes y servidores» 8.

Nuestro Fundador nos advertía: en la Obra, hijos de mi alma, las faltas de unidad pueden ser pecado grave 9. Y añadía: pedimos al Señor amar la unidad de la Obra, ser instrumentos de cohesión, agradecer esta bendita unidad y defenderla con amor, vivirla como el Señor la quiso desde el primer momento, porque es la unidad, hijos, lo que nos hace fuertes delante de Dios y para su servicio 10.

Como una piña

La paternidad, y la correlativa filiación, es una característica divinísima y esencial de nuestro espíritu (...). Nuestro Padre la ha

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transmitido, hasta el fin de los siglos, a todos sus sucesores. La paternidad es el fundamento más sólido de la unidad de la Obra, la que asegura la firmeza y cohesión de nuestra familia, que nada ni nadie podrá quebrantar, si nosotros correspondemos a diario con exigente fidelidad 11.

Aunque la mayor parte de nosotros nos encontremos físicamente lejos del Padre, esparcidos por todos los rincones de la tierra, siempre nos sentimos muy unidos a su persona y a sus intenciones, con una unión afectiva y efectiva. A veces, estaremos abriendo nuevos frentes en esta continua expansión de la labor apostólica; en otras ocasiones, permaneceremos muchos años trabajando en el mismo lugar. En cualquier situación sentimos con el Padre, en comunión de oraciones y deseos.

Esta realidad, ampliamente experimentada en todo el mundo por personas de las más variadas circunstancias personales y sociales, nos impulsa a levantar el corazón a Dios en acción de gracias, porque es una señal más del origen divino de nuestra vocación. Don Álvaro nos comentó muchas veces que el milagro mayor de nuestro Padre se traduce en esta cohesión formidable de la Obra, que es quasi civitas firma (Trov. XVIII, 19), como fortaleza inexpugnable a los ataques del Enemigo. Vivimos consummati in unum (loann. XVII, 23), en una unidad que no tiene explicaciones humanas. Es de Dios, hijos, el cariño que nos une y, en primer lugar, el amor que sentís por el Padre 12.

Permanecer bien unidos al Padre, fomentar con todas nuestras fuerzas la más plena identificación con sus intenciones, es para nosotros una obligación de justicia y de piedad filial. De justicia, porque constituye parte esencial de nuestro compromiso de amor; de piedad, porque no hacemos más que corresponder a su cariño y desvelos por nosotros. Sentid constantemente la responsabilidad de vivir en todo momento apiña-

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dos alrededor del Padre: os señalo una característica central de vuestra vocación y condición sine qua non de eficacia sobrenatural. El sarmiento no puede dar fruto si no está unido a la vid, a la cepa, a Nuestro Señor Jesucristo y a quienes le representan en la tierra. Meditadlo, y sacad consecuencias prácticas 13.

Muchas y muy variadas son esas manifestaciones: la alegría que a todos nos produce tener noticias del Padre, leer y meditar sus palabras; la prontitud con que acogemos sus indicaciones, poniéndolas en práctica; la espontaneidad con que le abrimos nuestro corazón, cuando le escribimos con ocasión de los aniversarios familiares más destacados y en otros muchos momentos... Y, sobre todo, la asiduidad de nuestra oración y de nuestra mortificación, el ofrecimiento generoso de muchas horas de trabajo profesional bien realizado, la unión habitual con su persona e intenciones en toda nuestra jornada.

Estar unidos al Padre supone, en definitiva, sentirse miembros de un solo cuerpo. Unum corpus multi sumus (I Cor. X, 17). Todos, una sola cosa, y que esto se manifieste en unidad de miras, en unidad de apostolado, en unidad de sacrificio, en unidad de corazones, en la caridad con que nos tratamos, en la sonrisa ante la Cruz y en la Cruz. ¡Sentir, vibrar todos unísonamente! 14.

Unión con los Directores

La unión con el Padre se concreta en la unidad con los Directores inmediatos, que a su vez permanecen en estrecha relación con aquellos de quienes dependen. Amar la unidad de la Obra supone, pues, sentirse formando parte de este cuerpo allí donde nos indiquen. Nos da lo mismo ser mano que pie,

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que lengua, que corazón, porque todos estamos en todas partes de ese cuerpo, porque somos una sola cosa por la caridad de Cristo 15.

Ser dóciles a las indicaciones que los Directores nos dan para nuestra vida espiritual y para el apostolado es el modo ordinario, normal, de vivir la unidad. Por eso, don Álvaro nos escribía en una de sus cartas: con docilidad, sois fortaleza para quienes dirigen; para el Padre en primer lugar, y para vuestros Directores: siendo dóciles, vencéis al gran enemigo que todos tenemos: el propio yo, y crecéis en humildad y en obediencia; una obediencia llena de amor, de cariño; obraréis, no con la sumisión de quien se siente obligado, y refunfuña y protesta, sino con la de quien sabe que sometiéndose da gloria y contento a Dios 16.

Para favorecer esta docilidad, y convertir lo que puede resultar costoso en un sacrificio que se realiza con gusto, es preciso que quienes hacen cabeza sepan ganarse a sus hermanos, a quienes sirven desde ese puesto que ocupan por un tiempo determinado. Al ver, junto con la autoridad, el cariño sincero y el exclusivo interés de servir a Dios, la obediencia se facilita grandemente.

El gobierno de la Obra —explicaba nuestro Fundador— se basa en la libertad y en la confianza. Confianza del que manda, en la responsabilidad del que obedece. Por eso he dicho alguna vez que la Obra es como una organización desorganizada, en la que cada Región, cada casa, actúa con plena autonomía. Hijos míos, no vayáis nunca en manada, formando grupo. Cada uno, con su libertad personal y su personal responsabilidad. Creo en la libertad como medio deformación; creo en la libertad como medio de eficacia; creo en la confianza como condición de unidad 17.

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La conformidad de seres inertes, que aceptan pasivamente —como cadáveres— lo que se les manda, no sería la unidad que Dios quiere para el Opus Dei. ¡Qué empeño el de algunos en masificar! —escribió nuestro Padre—: convierten la unidad en uniformidad amorfa, ahogando la libertad.

Parece que ignoran la impresionante unidad del cuerpo humano, con tan divina diferenciación de miembros, que —-cada uno con su propia función— contribuyen a la salud general.

—Dios no ha querido que todos sean iguales, ni que caminemos todos del mismo modo por el único camino 18.

Además, unidos en lo esencial, es bueno que existan diferencias en lo accidental. La unidad en la Obra no es resultado de la carencia de opiniones o de la falta de actuación de sus miembros, sino del esfuerzo de cada uno por evitar que esas actitudes en lo que es accidental, puedan dañar lo que es esencial y común a todos.

Una conquista diaria

La unidad no es producto del azar, ni un objetivo ya alcanzado definitivamente. Por el contrario, aunque sea jurídicamente inconmovible, vivirla requiere un esfuerzo constante: es una conquista cotidiana.

Afirma Santo Tomás que «el ser de cada cosa consiste en la indivisión, y por eso las cosas ponen el mismo empeño en conservar su ser que su unidad» 19. Después del pecado original, esa realidad no puede darse por supuesta en las instituciones formadas por hombres, aunque tengan origen y fines divinos. Contra la tendencia a permanecer unidos —el hombre es social por naturaleza—, las pasiones juegan, como fuerzas centrífu-

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gas, a favor de la dispersión. A esa tendencia disgregadora, agravada por los pecados personales y fomentada por el demonio, es preciso contraponer una energía más poderosa.

En primer lugar, hay que acercarse personalmente al Señor, considerar una vez y otra las verdades inmutables, pues «donde Dios no es principio y fin, donde el ordenamiento de su creación no es para todos la guía y medida de la libertad y de la acción, es imposible la unidad» 20. Nuestro Fundador aseguraba que, para vivir la unidad, basta tener una gran piedad. Una devoción grande a Jesús en la Hostia, en la Cruz; una devoción grande a Santa María, nuestra Madre, en todas sus advocaciones, en todas las manifestaciones de afecto que los cristianos buscan para acercarse a la Madre del Salvador, que es también nuestra Madre 21.

Además, conscientes de que cada uno lleva dentro de sí el riesgo de la disolución, hemos de estar atentos a los gérmenes de esa plaga. Por eso, no sería instrumento de unidad, sino factor de división, quien pensase egoístamente en sí mismo, quien se dejase arrastrar por el propio orgullo, quien no luchara contra las personales miserias. Como afirmaba San Agustín, «la soberbia engendra división, mientras que la caridad es madre de la unidad» 22.

Lograr esta unidad y hacer que permanezca —explicaba nuestro Padre— es tarea difícil, que se alimenta de actos de humildad, de renuncias, de silencios, de saber escuchar y comprender, de saber noblemente interesarse por el bien del prójimo, de saber disculpar siempre que haga falta: de saber amar verdaderamente, con obras 23.

Cada uno de nosotros ha de ser, con la fuerza del ejemplo, una fuente ininterrumpida de buen espíritu, que ayude a los

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demás a ser fieles. Para lograr que la unidad sea pasión dominante —nos advertía don Álvaro—, primero hay que tener unidad de vida. Y después, unidad de espíritu. Procurad luchar por vivir bien el espíritu de la Obra, que es el mínimo común denominador que nos une a todos. Luego, está la unidad dentro del Opus Del: permanecemos unidos por la corrección fraterna, por el cariño mutuo, por el respeto y la docilidad a los Directores, y por la unión con el Padre y con los que le representan. De esa manera está garantizada también la unión de la Obra con el Romano Pontífice 24.

Fomentar la unidad

Es frecuente que, en las obras humanas, el paso del tiempo acabe por dejar en el alma un poso de desencanto. En las empresas sobrenaturales, por el contrario, la mirada puesta en Dios es capaz de sacar nuevo brillo a cada jornada. Con la juventud que proporciona el amor y con la ilusión renovada de la misión sobrenatural que nos ha confiado el Señor, estamos en condiciones de superar el desgaste del tiempo.

Hijas e hijos míos —escribía don Álvaro—, sentid el peso bendito de la unidad de la Obra, que está en vuestras manos, en las de cada uno. Vigilemos sin tregua, con el fin de que, en esta ciudad amurallada que formamos, el enemigo de las almas no se infiltre por las grietas que sólo el egoísmo, la soberbia, es capaz de abrir (...). Pelead, por tanto, cada día —no me canso de recordároslo, y ojalá ninguno de vosotros se canse de practicarlo— para identificaros más y más con el espíritu de la Obra, viviendo con amor las Normas y las Costumbres que nos dejó nuestro Padre. Con nuestra lucha personal diaria estamos ayudando a la Iglesia entera y a cada uno —a cada una— de los que hemos lle-

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gado al Opus Dei; en cambio, si dejamos campo libre a la desgana o a la tibieza, entonces —¡no lo olvidemos!— causamos un daño quizá irreparable a las almas. Con absoluta fidelidad al querer de Dios, nuestro Fundador ha vivido y nos ha legado el espíritu del Opus Dei perfectamente esculpido, bien cuajado en las prescripciones de nuestro Derecho particular: no hemos de tolerar que nada ni nadie empañe su claridad y frescura: pido a Dios que este sentido de responsabilidad nos mueva en cada instante de nuestra vida 2S.

Como todo lo grande —conviene recordarlo muchas veces—, la unidad se edifica a base de cosas pequeñas: el cumplimiento de los deberes profesionales, con rectitud de intención; la fraternidad bien vivida, en la que debemos exigirnos día tras día, con objetivos concretos y contabilizabas 26; las Normas cumplidas con amor, del mejor modo posible... En definitiva, mediante una existencia entregada plenamente al querer de Dios. De ese modo, se hace realidad en la vida de cada uno algo que nuestro Fundador escribió hace años: a mí me causa un consuelo inmenso la seguridad, tan propia de los hijos de Dios, de que nunca estamos solos, porque El siempre está con nosotros. ¿No os conmueve esta ternura de la Trinidad Beatísima, que no abandona jamás a sus criaturas? Además, como una prolongación de ese Amor del Cielo, nos sentimos arropados por la unidad maravillosa de la Obra: este vivir los unos preocupados por los otros, es un gran refuerzo para la lucha diaria 27.

Conviene también considerar que el esfuerzo por santificar lo que tenemos entre manos resulta más llevadero si fomentamos con frecuencia los grandes ideales que orientan nuestra vida. Mediante el don de la libertad, la persona humana es capaz de proyectarse hacia el futuro, que es —en muchas

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ocasiones— donde encuentra la razón de sus ocupaciones actuales. Por eso, fomentar la unidad hoy y ahora, superando las dificultades que pueden surgir, es más sencillo cuando consideramos la grandeza de la tarea que tenemos por delante, cuando pensamos en el Padre, en el trabajo —que es apostolado— de los hijos de Dios en el Opus Dei y en su importancia para la generación actual y para las futuras. Innumerables almas esperan —muchas sin saberlo— ese mensaje divino, que les llegará plenamente si estamos cada día más unidos a quien hace cabeza.

Con ansias universales de unidad, nos asociamos a la oración de nuestro Padre, pidiendo a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: "multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una" —la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma 28.

1. Philip A, 8.
2. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 187.
3. Don Álvaro, Tertulia, 11-III-1989.
4. De nuestro Padre, Crónica, IX-55, p. 58.
5. De nuestro Padre, Meditación, 16-IV-1954.
6. De nuestro Padre, Carta 2-11-1945, n. 10.
7. Ioann. XVII, 23.
8. San Ignacio de Antioquía, Epístola ad Polycarpum.
9. De nuestro Padre, Crónica, 1989, p. 232.
10. Ibid.
11. Don Alvaro, Cartas de familia (1), n. 187.
12. Ibid. n. 119.
14. De nuestro Padre, Meditación, 16-IV-1954.
15. Ibid.
16. Don Álvaro, Tertulia, 29-IX-1987.
17. De nuestro Padre, Tertulia, 20-V-1966
18. Surco, n. 401.
19. Santo Tomás, S. Th. I, q. 11, a. 1.
20. Pío XII, alloc. 31-X-1948.
21. De nuestro Padre, Homilía, 14-II-1958.
22. San Agustín, Sermo 46.
23. De nuestro Padre, Crónica, 1989, p. 236.
24. Don Álvaro, Tertulia, 2-X-1988.
25. Don Alvaro, Cartas de familia (1), n. 114.
26. 1bid.n. 115.
27. De nuestro Padre, A solas con Dios, n. 143.
28. Forja, n. 632.

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