Cuadernos 11: Familia y milicia/Fuerte como la muerte

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FUERTE COMO LA MUERTE


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Rodeado de los discípulos fíeles, poco antes de ser entregado, Jesucristo ruega por la unidad de sus Apóstoles y de todos aquéllos que han de creer en Él por medio de su predicación: que todos sean una misma cosa, y que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros, para que crea el mundo que tú me has enviado 1.

Entre las señales que muestran el carácter sobrenatural de su misión, Jesucristo destaca la unidad de los fíeles. Él mismo es la causa y vínculo de esa unión, pues uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo; uno el Dios y Padre de todos 2. Pero los Apóstoles han de cooperar, acogiendo el último y más nuevo mandato de Jesús: que os améis unos a otros, y que del modo que yo os he amado a vosotros, también os améis recíprocamente. Porque así conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros 3.

Tan fiel y generosamente cumplieron el precepto de Jesucristo, que, de aquellos primeros cristianos convertidos por los Apóstoles, cuenta la Sagrada Escritura que eran cor

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unum et anima una4, un solo corazón y una sola alma. Para eso, tuvieron que amar como Cristo, con su mismo Amor: aquella caridad divina que, como dirá San Pablo, ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que se nos ha dado 5, tan copiosamente, por Jesucristo Salvador nuestro 6.


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Ni las aguas copiosas podrían apagarlo

En el Evangelio hemos aprendido cómo amaba el Señor a los suyos. Le contemplamos lleno siempre de ternura, presto a corregir sus errores, a sufrir sus penas, y a acoger sus muestras de buena voluntad y de afecto. Ciertamente, a veces se queja Jesús de la falta de fe, de la dureza de corazón de los Doce, pero en sus palabras no hay nunca desafecto. Jesús les conoce y les quiere. Por eso no tiene ojos sólo para ver sus miserias, sino que repara, sobre todo, en la sencillez, la generosidad y la lealtad con las que sabrán darle tanta gloria, siendo testigos suyos.

Hasta dónde llegó el amor de Jesús, lo dice también claramente el Evangelio: los amó hasta el fin7, hasta la muerte. Ésa es la medida de cariño que nos ha dejado como herencia: en esto hemos conocido la caridad de Dios, en que dio su vida por nosotros, y así nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos8, predicará incansablemente el Evangelista San Juan. San Pedro insistirá en que el cristiano tiene que unir con la piedad el amor fraternal, y con el amor fraternal la caridad9. Y el Apóstol de las gentes repetirá: sed, pues, imitadores de Dios, como que sois sus hijos muy queridos, y pro-

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ceded con amor, a ejemplo de Cristo que nos amó y se ofreció a sí mismo en oblación y hostia de olor suavísimo 10.

El amor fraterno, el cariño, es condición necesaria para ser instrumentos de la caridad de Cristo. El ruego divino con el que hemos de quemar toda la tierra u, debe arder primero entre los más próximos, entre nuestros hermanos. No se desvía por eso el afán de llegar a otros muchos para encenderlos, porque el fuego de la fraternidad no pueden extinguirlo las aguas copiosas, ni arrastrarlo los ríos 12. Al contrario, alimenta y hace más verdadero y más sacrificado el afán apostólico.

El cariño a nuestros hermanos, bien arraigado en el ejemplo y en el amor del Señor, nos hace invencibles. ¿Quién podrá separamos del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿O la angustia? ¿O el hambre? ¿O la desnudez? ¿O el riesgo? ¿O la persecución? ¿O el cuchillo?... En medio de todas estas cosas triunfamos por virtud de Aquél que nos amó. Por lo que estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni virtudes, ni lo presente, ni lo venidero, ni la fuerza, ni lo que hay de más alto, ni de más profundo, ni otra ninguna criatura, podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Jesucristo Nuestro Señor 13.

Consummati in unum

Cuando ponemos empeño en querer a nuestros hermanos con el amor de Jesús, vivimos y acrecentamos la unidad de la Obra, y estamos así asegurando la firmeza de nuestra propia entrega y promoviendo su eficacia apostólica. Si nos amamos unos a otros, Dios habita en nosotros, y su caridad es con-

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sumada en nosotros 14. La maravillosa salud espiritual de la Obra, su fidelidad a la doctrina de Cristo, la abundancia de vocaciones, en unos tiempos tan tempestuosos para toda la Iglesia, es una prueba de que Dios ha escuchado la oración de nuestro Fundador, para que nos concediera vivir siempre consummati in unum 15, consumados en la unidad. Por eso, nuestro Padre nos exhortaba a pedir ese don divino, y a poner los medios para defenderlo e incrementarlo.

Hemos de cuidar celosamente la unidad, porque es un bien muy grande para la Obra. Personalmente no me enorgullece que estéis unidos a mí. Pensad más bien en la maravilla de que, en todo el mundo, se viva este mismo espíritu de servicio a Dios, a la Iglesia y a las almas. Daos cuenta de que se lo debemos al Señor, y de que es uno de los beneficios que hemos de agradecerle.

Desde los comienzos, vengo repitiendo que en la Obra hemos ido al paso de Dios. Pero es necesario mirar si también personalmente caminamos al paso de Dios. Querría que os convencierais de que el Opus Dei depende de cada uno de vosotros: de vuestro corazón entregado, y de lo que pongáis en él; de ese corazón que es siempre joven, porque lo unimos al Corazón eternamente actual de Cristo; de ese corazón vuestro, puesto en las manos del Señor, sin regateos 16.

Es un compromiso de lealtad fomentar la unidad de la Obra, que tanta eficacia sobrenatural da a la labor: todos los bienes me vinieron juntamente con ella, y en sus manos me trajo una riqueza incalculable 17, cabría decir, parafraseando lo que el libro inspirado dice de la Sabiduría. Pero buena parte de la cooperación personal para afirmar la unidad consiste en entregar por completo nuestro corazón a Dios; con toda su capacidad de querer, de ilusionarse, de anhelar. Así, rectificado y

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purificado de sus tendencias menos nobles, nuestro corazón llegará también limpio y entero a nuestros hermanos, y después a todas las almas. Es una necesidad, un querer expreso de Dios, no un ideal inalcanzable.

Quereos, ayudaos a ser santos, a luchar para ser fieles a Dios. Siempre muy unidos, consummati in unum!; y así iremos creciendo en número y en eficacia espiritual. Este tiempo es de confusión, de egoísmo; pero estoy convencido de que también es tiempo de santidad. Vamos a pedir al Señor que sepamos ser muy humildes, que no nos pongamos jamás orgullosos, que estemos muy convencidos de que El hace todo lo bueno que sale de nuestras manos.

La unidad de la Obra hay que predicarla mucho, porque es voluntad de Dios. Y esa unidad —que es unidad de corazón y de espíritu— nos hace fuertes en el trato con el Señor 18.

Es preciso ayudar espiritualmente a los demás. Tenemos todos un compromiso muy delicado delante de Dios, para que los demás lleguen hasta el final del camino. Animadles con el ejemplo, con la caridad, con la docilidad, con la corrección fraterna, con la sinceridad, porque así seremos más fieles al Señor 19.

Una sola cosa

Una de las primeras consecuencias del amor a la unidad es la de no pensar que ya hacemos bastante con luchar por mejorar nuestra entrega personal. Una sola cosa es necesaria20, dice el Señor corrigiendo el afán menos recto de Marta; pero, después de esta lección, serán las dos hermanas unidas las que se apresurarán a advertir a Jesús: aquél a quien amas está enfermo 21.

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Cada uno de nosotros ha hecho algo grande: hemos dicho que sí al Señor, que nos ha llamado; y aquí estamos. Pero, hijas e hijos míos, hay un tanto por ciento —de ordinario muy pequeño— que se va. ¿Por qué? ¿Porque no tenía vocación? ¡No! Porque la han tirado por la ventana, porque no han sido sinceros en el momento de la dificultad y han dejado que se metiera en su alma el demonio mudo, porque no han sido piadosos, porque no han pensado en los demás, porque han pensado sólo en su soberbia y en su egoísmo... 22.

Os he dicho siempre que cuando un hijo mío —en frase del Evangelio— vuelve la cara atrás después de haber puesto la mano en el arado (cfr. Luc. IX, 62), los que convivían con él no están exentos de alguna falta y, a veces, de pecado, que puede ser incluso grave: porque le han privado de la caridad de su oración, porque quizá no le han dado el buen ejemplo de su piedad, porque no han sabido hacer todo lo posible para que se abriera aquella alma, que se cerraba como se cierra una ostra. Si ese corazón se hubiera abierto, si hubiera recibido la corrección fraterna y la ayuda de vuestra oración, de vuestras mortificaciones, de vuestro buen humor y de vuestra delicadeza, ese hermano vuestro habría seguido adelante.

Vosotros y yo deberíamos sentir siempre aquel grito del Apóstol: ¿quién enferma, que no enferme yo con él? (II Cor. XII, 29). ¿Cómo es posible que, si sufrimos cuando uno de nuestros hermanos está enfermo, no suframos más cuando vemos que vacila? Más todavía si ya no vacila, porque ha enloquecido y está abandonando el camino (...).

Cuando sucede —pocas veces— algo de esto, cada uno de nosotros tiene su parte de responsabilidad, quizá porque no hemos sabido vencernos en las pequeñas cosas de cada día. No sé cuáles serán vuestras luchas personaos. Yo las tengo constantemente, y puedo deciros que de ordinario se resuelven con

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un poco de prontitud en detalles que pasan casi inadvertidos: de puntualidad, de orden, de mortificación... Sed ágiles, realizad este ejercicio sobrenatural continuamente, como hacen los atletas en sus entrenamientos. Nuestra vida es un deporte sobrenatural, pero con una ventaja que no se da en las competiciones deportivas: el premio no es para una sola persona, sino que todos podemos recibirlo al final de la carrera. Y ese premio no es un galardón pasajero: es el Amor de Dios, la alegría de poseer y gozar de Dios por toda la eternidad 23.

Sin pago en la tierra

La preocupación por la santidad de los demás, el cariño fraterno, es especialmente importante para vencer en la batalla contra los enemigos de la Iglesia. Es una prueba del empeño con que luchamos; sería ligereza pensar que sentimos preocupación por la gloria de Dios si no mejoráramos en la fraternidad. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, ¿a Dios, a quien no ve, como podrá amarle? 24.

En estos momentos tan duros para nuestra Santa Madre la Iglesia hemos de rezar continuamente al Señor —clama, ne cesses! (Isai. LVIII, 1)— con impaciencia y con urgencia. La impaciencia santa —no los agobios, ni los nervios, ni el egoísmo— es manifestación de celo sobrenatural. Y notaremos que es santa, si —al mismo tiempo que urgimos al Señor— sentimos el reproche de que podemos y debemos vivir una entrega mayor, una oración más continua 25. Por eso, no me importa aconsejaros que vayáis con vuestras impaciencias ante el Señor; eso se traducirá en servicios a otras almas, y concreta-

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mente en servicio a los que nos rodean. No podemos pensar que estamos llenos de buenos deseos por servir a Dios, si no servimos a quienes conviven con nosotros. Y servir es ayudar, es rezar, es disculpar, es sonreír, es animar, es mortificarse, es atender, es escuchar, es tratar a todos con el mismo cariño 26.

Es necesario, hijos, suscribir con la vida las cosas que predicamos, que conocemos, que hemos recibido. Reconozco que a mí me gusta decir que sirvo, y procuro cumplirlo. Vivid la caridad —¡el servicio!— con Dios y con los demás, y no busquéis pago en la tierra: ni siquiera un poquito, ni siquiera una muestra de agradecimiento 27.

El amor, decía San Pablo, sea sin fingimiento; tened horror al mal, y aplicaos al bien, amándoos recíprocamente con ternura y caridad fraternal, procurando anticiparos unos a otros 28. Nuestra fidelidad depende tanto de la ayuda de nuestros hermanos, como de la que nosotros procuramos prestarles.

Hijos míos, si queréis ser leales, sed abnegados. Dios se ha dignado concedernos el don precioso de que le llevemos dentro de nosotros mismos, como hizo con Nuestra Madre, que no supo tener más corazón y más vida que para Dios, y no le faltaron momentos tremendamente difíciles. Acudid a Ella con tierna devoción de hijos, para que nos haga leales y abnegados.

Tened siempre el corazón muy grande, para amar a Dios y para amar a los demás. Yo le pido muchas veces al Señor que me dé un corazón a su medida; en primer lugar, para llenarme más de Él, y luego para querer a todas las criaturas, sin murmurar jamás, sabiendo comprender y disculpar los defectos de los otros, porque no puedo olvidar cuánto me aguantó Dios a mí. Esa comprensión, que es verdadero cariño, se manifiesta

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también en la corrección fraterna, cuando sea necesaria, porque es un medio completamente sobrenatural de ayudar a los que nos rodean.

En la caridad, en el cariño, en el servicio, mientras esté el amor de Dios por medio, no hay límites. El alma que verdaderamente ama al Señor nunca dice ¡basta!, cuando se presenta la ocasión de servir.

La persona que vive con finura la caridad, que tiene verdadero cariño a los demás, es también fuerte en la ayuda. Fuerte como la muerte es el amor (Cant. VIII, 6). Es uno de los piropos que se dicen de la Virgen, recogiendo palabras de la Escritura Santa; porque María era fuerte para el amor, fuerte para sufrir, fuerte para enseñar 29.

Hemos de aprender de Nuestra Madre esa gran lección del cariño desinteresado y leal, poniendo de nuestra parte los me­dios oportunos. Luchad, perseverad para cumplir las Normas cada día mejor. Sed sinceros con Dios y con los Directores. El nos espera, exigiéndonos, para darnos más y para apoyarse más en nosotros, y sin creernos nunca superhombres ni supermujeres, porque no somos nada, no valemos nada, no tenemos nada, y es el Señor el que actúa. La perseverancia se consigue con la humildad, siendo sinceros, y estando tranquilos en las manos de Dios, que es un padrazo muy grande.

Por otra parte, nunca estamos solos, ni material ni humanamente. Además de que siempre nos acompaña Dios, nuestros hermanos nos ayudan con su cariño, con su oración y con su fidelidad en todo momento. Cada uno ha de vivir siempre así, pensando en que los demás necesitan de su entrega, para entregarse más. No olvidéis que siempre estamos consummati in unum! Si buscamos a Dios, nos preocuparemos inmediatamente de servir a los que conviven con nosotros 30.

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Cuando vivimos así, con este afán bien arraigado en el corazón, hacemos realidad el deseo de San Pablo: sosteneos unos a otros con caridad, solícitos en conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz: siendo un Cuerpo y un Espíritu, así como fuisteis llamados a una misma esperanza de vuestra vocación31.

Al hacer mi oración, muchas veces me miro y digo: Señor, óyeme, escúchame, no sé por qué estás en mí y dentro de mí. Y me pateo, repitiéndome: tú no tienes nada, no sabes nada, no vales nada... y, sin embargo, eres el sagrario de la Trinidad Beatísima. Porque el Señor está en el centro de nuestra alma en gracia, haciendo que nuestra vida no sea la de un animal, sino la de un hijo de Dios.

Cuando una persona no se siente sola, es una maravilla; pero yo, además, me dirijo a mi Señor así: ne respicias peccata mea, no mires mis pecados, pues soy un pobre hombre, sed fidem filiorum meorum. Señor, mira la fe de mis hijos. Veo mis sombras y vuestras luces, y me quedo tranquilo: son como mis credenciales. Jesús mostraba a sus discípulos sus manos y su costado, llagados, rotos. Yo le muestro a Jesús la fe, el amor y la fidelidad de mis hijos. No me dejéis mal, que éstas son mis cartas credenciales delante de Dios 32.

1. Ioann. XVII, 20-21.
2. Ephes. IV, 5-6.
3. Ioann. XIII, 34-35.
4. Act. IV, 32.
5. Rom. V, 5.
6. Ibid. 1.
7. Ioann. XIII, 1.
8. I Ioann. III, 16.
9. II Petr. I, 7.
10. Ephes. V, 1-2.
11. Cfr.Lwc. XII, 49.
12. Cant. VIII, 7.
13. Rom. VIII, 35-39.
14. 1 Ioann. IV, 12.
15. Ioa.nn. XVII, 23.
16. De nuestro Padre, Tertulia, noviembre de 1972.
17. Sap. VII, 11.
18. De nuestro Padre, Tertulia, noviembre de 1972.
19. Ibid.
20. Luc. X, 42.
21. Ioann. XI, 3.
22. De nuestro Padre, Tertulia, 17-III-1972.
23. De nuestro Padre, Tertulia, 19-III-1972.
24. I Ioann. IV, 20.
25. De nuestro Padre, A solas con Dios, n. 81.
26. De nuestro Padre, Tertulia, noviembre de 1972.
27. De nuestro Padre, Tertulia, octubre de 1972.
28. Rom. XII, 9-10.
29. De nuestro Padre, Tertulia, octubre de 1972.
30. Ibid.
31. Ephes. IV, 2-4.
32. De nuestro Padre, Crónica, 1973, pp. 1102-1103.

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