Cuadernos 11: Familia y milicia/El cariño a nuestras familias

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EL CARIÑO A NUESTRAS FAMILIAS


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El 14 de mayo de 1951, nuestro Padre puso las familias de sus hijos bajo la protección de la Sagrada familia de Nazaret, para que logren participar del gaudium cum pace de la Obra, y obtengan del Señor el cariño para el Opus Dei 1. Gracias a esa consagración, nuestros padres y hermanos se han acercado más a Dios por medio de la Obra, y en muchos casos, han recibido nuestra misma vocación. Con la experiencia de tantos años, convencidos del poder de la oración, ahora repetimos la petición de nuestro Fundador: haz que comprendan cada vez con luces más claras la hermosura de nuestra vocación, para que sientan un santo orgullo porque te dignaste escogernos, y para que sepan agradecer el honor que les otorgaste 2.

En Nazaret, Jesucristo santificó la institución familiar viviendo en una casa como las de sus conciudadanos. Junto a la Santísima Virgen y a San José, crecía en sabiduría, edad y gracia 3. La Sagrada Familia es el modelo de todos los hogares cristianos, el ámbito donde se forman los miembros de la familia de Dios4.

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El orden de la caridad

Ordinariamente, cada uno de nosotros ha recibido la primera formación humana y religiosa en el seno de una familia cristiana, preparándose así para corresponder más tarde a la llamada divina. Por eso, tenemos una gran deuda de gratitud con nuestros padres: les debemos —como repitió tantas veces nuestro Fundador— el noventa por ciento de la vocación. Y la mejor manera de pagar esa deuda es quererles mucho y rezar insistentemente por ellos, para que el Señor les colme siempre con su gracia.

La mayoría de los fieles del Opus Dei viven habitualmente con su familia de sangre, y en la convivencia ordinaria encuentran abundantes ocasiones para manifestar su cariño, que el espíritu de la Obra fomenta en todos nosotros con tanta fuerza. En otros casos, las exigencias de la formación y del apostolado llevan consigo una separación física. Es lo que sucede habitualmente con los Numerarios, que por eso mismo procuran estrechar más, si cabe, los lazos de cariño que les unen a sus padres y hermanos, y hacen todo lo posible para que participen de nuestra labor apostólica, colaboren en nuestros apostolados, y se beneficien de la formación que se imparte en los Centros del Opus Dei.

La vocación robustece y hermosea los vínculos de gratitud y afecto que nos unen a la familia de sangre. Pero, como la entrega es total, han de quedarse en un tercer plano: el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí 5, advertía el Señor a sus discípulos.

Lo primero en nuestra vida —recordaba don Álvaro, siguiendo como siempre las enseñanzas de nuestro Fundador—, es el Amor de nuestros amores: Dios y nuestra entrega a Él, con disponibilidad absoluta. Después, esta gran familia sobrenatural de la

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Obra. Luego, lo demás. El cariño a la familia de sangre lo hemos engrandecido, pero ocupa un tercer lugar. Y esto es lo normal, lo que sucede en todo corazón bien ordenado.

Hemos de tener gran cariño a nuestras familias. En esto, como en todo, nuestro Padre nos ha dado muy buen ejemplo. Amaba mucho a sus padres y hermanos. Quería a su madre con locura, y además le debía un profundo agradecimiento, como se lo debemos todos nosotros, porque se sacrificó con alegría para ayudar a nuestro Fundador a sacar la Obra adelante. Lo mismo le sucedía con el Abuelo, de quien nuestro Padre aseguraba que le debía la vocación, y que era un santo; también lo decía de la Abuela, pero del Abuelo más aún. Y, sin embargo, teniéndoles todo ese cariño, nuestro Fundador no estaba apegado a su familia de sangre. ¡Cuántas veces debía permanecer fuera de casa, trabajando de la mañana a la noche el día del santo de la Abuela, y casi no la podía ver!

Hemos de imitar a nuestro Padre, hijos míos. No podemos olvidar a la familia de sangre, porque eso sería antinatural y Dios no lo quiere; pero resultaría absurdo que la antepusiéramos a nuestras obligaciones en la Obra. Hemos de sentir muy fuertemente las exigencias de nuestra vocación: los Numerarios y las Numerarías nos hemos entregado con una disponibilidad completa en las manos de Dios Nuestro Señor, para el servicio de la Iglesia y de la Obra, a través del Padre, de los Directores y de las Directoras6.

El amor que Dios reclama y premia, nos induce a subordinar a la entrega esos lazos de la sangre, sabiendo que todo el que deja casa, hermanos, hermanas, padre o madre, mujer, hijos o campos por mí, recibirá el ciento por uno y poseerá la vida eterna 7. El Señor mismo nos dio ejemplo de este sometimiento, con las primeras palabras suyas que recoge el Evangelio: ¿no sabíais que debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? 8.

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Como padres de familia numerosa y pobre

Frecuentemente, las exigencias de la vocación llevan a los Numerarios a cambiar de lugar de residencia —a otra ciudad o incluso a otro país—, y a permanecer allí muchos años o quizá toda la vida. No es ninguna cosa extraordinaria, pues lo mismo hacen otras muchas personas por motivos de trabajo, y aun de bienestar. Como explicaba nuestro Fundador, todos hemos sido creados para tomar el camino que sea, el que nos corresponde en la vida. Tu madre dejó a la suya para fundar una casa, otro hogar, para irse con tu padre. Todos hemos hecho lo mismo; de modo que tú no has actuado de una manera distinta a los demás; has seguido lo que es natural y, además, has actuado de un modo elegante y muy sobrenatural 9.

Como cualquier persona que ha fundado un hogar y tiene una familia numerosa, nuestras ocupaciones no nos permiten de ordinario todo el trato con nuestras familias que sería humanamente apetecible, sobre todo si el lugar de residencia es muy distante. También en esto el Señor nos ofreció un ejemplo nítido. En una ocasión, mientras atendía a sus discípulos y a la multitud que le necesitaba, le dieron este recado: tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte. Pero Él les dijo: mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica 10. Por eso, comentaba nuestro Padre, a los parientes y amigos de las almas dedicadas al servicio de Dios, les debe parecer lógico y edificante comprobar la realidad de esa entrega; al ver, por ejemplo, que no abandonan sus tareas apostólicas o su lugar de trabajo —sobre todo si este lugar es lejano—, para participar en determinados acontecimientos o sucesos familiares, que oca-

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sionarían gastos que un padre de familia numerosa y pobre no podría permitir 11.

El criterio es claro: no podemos hacer lo que no haría un padre o una madre de familia numerosa y pobre, que es el caso de cada uno de nosotros. Por esto, si no hay un motivo grave, no se realizan viajes largos para ver a la familia, porque eso supondría dejar incumplidas las obligaciones que hemos contraído con Dios. Tenemos que actuar siempre con sentido común y con sentido sobrenatural, como nos enseñó nuestro Padre, y preguntarse: si yo fuera una persona casada, ¿qué haría? En primer lugar, estarían mi mujer o mi marido, y mis hijos; mis padres y hermanos ocuparían un tercer plano... Pues yo, lo mismo: Dios y la Obra son lo primero 12.

Al considerar en la presencia de Dios cuál sea la solución más conveniente en cada caso, hay que tener en cuenta todos los datos. Incluso en el caso de que la familia de sangre se hiciera cargo de los gastos de un posible viaje, habría que considerar otros factores igualmente importantes para un padre de familia numerosa y pobre, especialmente si se trata de recorrer muchos kilómetros de distancia. Imaginad que una persona estuviese en Hong-Kong y, al ver que su padre se encuentra enfermo, lejos, se preocupara y decidiera: debo ir a cuidarle, sin considerar que en la misma ciudad —con su padre— viven otros de la familia que le pueden atender. Si estuviese casada (...) y dijera a su marido que se marchaba a aquella ciudad, ¿pensáis que le parecería lógico?13. Lo primero son las obligaciones hacia la familia que se ha constituido —la mujer o el marido, los hijos...—, y después lo demás. En nuestro caso, esa familia es la Obra, que necesita de nuestro trabajo y de nuestro tiempo para atender debidamente a sus hijos y las labores apostólicas.

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Como explicaba don Álvaro, continuando con el ejemplo anterior, si unís el sentido sobrenatural —que Dios es celoso, que nos quiere para Él— al sentido común, llegaréis fácilmente a la solución, y comprenderéis que es un disparate pretender hacer cosas de ese estilo. Además, no os olvidéis jamás de que con la oración se consigue mucho más que con cualquier otra cosa.

De todas maneras, en la Obra —que, por ser muy sobrenatural, Dios Nuestro Señor ha dispuesto que sea también muy humana—, se atienden las necesidades de la familia de sangre, y se procura actuar de la manera que más conviene, que es lo que Dios quiere en cada caso14.

Sentido común y sentido sobrenatural

De ordinario, nuestras familias comprenden perfectamente este modo de proceder, que es una confirmación de la realidad de nuestra entrega. Por eso, en el fondo, se extrañarían de que nuestras obligaciones hacia la Obra —que conocen bien— nos permitieran asistir con facilidad a los normales acontecimientos familiares, cuando para esto fuera preciso un desplazamiento de envergadura. El mejor procedimiento de demostrar el cariño a la propia familia, cuando estáis lejos, es escribirles con cierta frecuencia, contando cosas que les den alegría 15. Es lo que esperan de nosotros, junto con nuestra oración. A veces, nos podemos imaginar una situación que no es real, porque la distancia física nos impide contar con todos los datos. Cuando lo pasan bien, comentaba nuestro Padre, no dicen nada; cuando tienen alguna contrariedad, nos escriben. Hay un motivo psicológico: piensan que podemos rezar por ellos, y tienen razón. Les decimos dos palabricas con sentido sobrenatural, les levantamos el corazón y les ayudamos a recobrar la paz 16.

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Tenéis que querer mucho a vuestros padres y hermanos, sin familiosis, insistía don Alvaro. Dios los quiere a ellos en un sitio y a vosotros en el vuestro. Y no caigáis en la ingenuidad de pensar que sólo tienen penas. Se llevan también muchas alegrías, pero a veces se las guardan, y a vosotros os confían sólo las inquietudes. No es egoísmo, hijos. Es una cosa natural y, bien mirado, es una muestra de cariño y de confianza en vosotros 17.

El sentido común y el sentido sobrenatural impedirán, pues, esa deformación del cariño a nuestros padres y hermanos que es la familiosis. Actuando de esta manera, se robustece y santifica la unión que siempre hemos de mantener: estamos mucho más cerca de ellos cuando estamos más cerca de Dios, atendiendo con fidelidad y abnegación la parcela que el Señor nos ha encomendado.

Por otro lado, cuando los padres necesitan algo que no se opone a nuestra vocación, nos apresuramos a dárselo: porque los tenemos como parte muy amada del Opus Dei 18. Esta ha sido la constante norma de conducta de nuestro Fundador: os he inculcado siempre que queráis mucho a vuestros padres, y he dispuesto que mis hijos estén junto a ellos cuando dejan la tierra, y que sepáis acercarlos al calor de la Obra, que es acercarlos a Dios. Y siempre que sea necesario, la Obra se ocupa de atenderlos espiritual y materialmente 19.

Gracias a Dios, en todas partes florece el cariño y el entusiasmo de nuestras familias por la Obra. Cuando en algún caso no es así, si se reza con fe y se acude a la intercesión de nuestro Padre, pronto se tiene la alegría de comprobar que también en ese hogar nuestra vocación es amada y comprendida. Es la respuesta a aquella consagración de nuestras familias a la Sagrada Familia de Nazaret, que hizo nuestro Padre en 1951.

1. De nuestro Padre, Crónica, 1-66, p. 28.
2. Consagración de las familias de los miembros Numerarios y Agregados.
3. Luc. II, 52.
4. Ephes. II, 19.
5. Matth. X, 37.
6. Don Alvaro, Tertulia, 19-II-1977.
7. Matth. XIX, 29.
8. Luc. XIX, 29.
9. De nuestro Padre, Tertulia, 24-V-1975.
10. Luc. VIII, 20-21.
11. De nuestro Padre, Crónica, VII-60, pp. 11-12.
12. Don Álvaro, Tertulia, 19-II-1977.
13. Don Álvaro, Crónica, 1981, p. 610.
14. Ibid.
15. Don Álvaro, Tertulia, 19-II-1977.
16. De nuestro Padre, Meditaciones, I, p. 242.
17. Don Álvaro, Crónica, 1979, pp. 1252-1253.
18. De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941, n. 33.
19. De nuestro Padre, Crónica, 1969, p. 402.

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