Cuadernos 11: Familia y milicia/De quien procede toda paternidad

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DE QUIEN PROCEDE TODA PATERNIDAD


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Al nacer a la vida sobrenatural de hijos de Dios, por medio del Bautismo, hemos sido recibidos en la Iglesia, la «familia de Dios»1: una familia numerosísima —«una multitud reunida en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» 2—, que tiene en esta tierra un Padre común: el Papa. Dentro de la Iglesia, y para servirla, Dios Nuestro Señor ha dispuesto que el Opus Dei sea una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes 3, con una vida espiritual firmemente radicada en el sentido de la filiación divina que tiene, como manifestación específica, la filiación a nuestro Fundador y a sus sucesores, al Padre. Gracias a la paternidad especialísima que el Señor concedió al Beato Josemaría para fundar el Opus Dei, la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei es una verdadera familia de vínculos sobrenaturales. Sobre el fundamento de esa paternidad —de la que participarán todos los sucesores de nuestro Padre hasta el fin de los tiempos—, en la Obra se mantendrá siempre vivo, con la gracia de Dios, este espíritu de familia que le es consustancial 4. La filiación al Padre es, para nosotros, ca-

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mino derecho para ser buenos hijos de Dios en la Iglesia. Así, siempre mantendremos —como escribió nuestro Fundador en una de sus primeras cartas— el deseo de ser con la gracia del Señor —que El me perdone esta aparente falta de humildad— los mejores hijos de la Iglesia y del Papa 5.

Fuente de toda paternidad

Padre es el nombre propio de la Primera Persona de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Paternidad subsistente6. Nadie como Él puede ser llamado Padre en el sentido más pleno y perfecto, según las palabras del Señor: a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque sólo uno es vuestro Padre, el celestial7. A la vez, doblando las rodillas ante el Padre del Cielo, como escribe San Pablo, podemos y debemos afirmar que de Él procede toda paternidad en los cielos y en la tierra8.

Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito del Padre, reconoció la paternidad presente en las criaturas: la de San José, que hizo las veces de padre suyo en la tierra; y, sobre todo, llamó y continúa llamando Madre a la Virgen Santísima. Ella es también Madre nuestra, como nos enseñó el Señor desde la Cruz: hijo, ahí tienes a tu Madre 9. Los Apóstoles, conscientes de haber recibido la misma misión para la que Cristo fue enviado por el Padre 10, se sabían y se sentían depositarios de una inefable paternidad espiritual. San Pablo, dirigiéndose a los cristianos de Corinto, escribe: aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres, porque yo

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os engendré en Cristo Jesús por medio del Evangelio 11; y en otra ocasión confía a los gálatas: hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto, hasta que Cristo esté formado en vosotros 12.

El misterio de la filiación divina excede por completo nuestra capacidad de comprensión. Por eso, ¡cuánto tenemos que agradecer a Dios que haya querido reflejar su paternidad concediéndola a sus criaturas en diversos órdenes y modos! Gracias a esta realidad, la filiación humana es camino para vivir la filiación divina. Así nos conduce Dios a descubrir su Amor de Padre, y nos enseña que podemos tratarle tan sencilla y confiadamente como un hijo pequeño se conduce con su Padre, llamándole familiarmente, movidos por el Espíritu del Hijo: Abbá, Padre! 13.

¡Con qué fuerza ha querido Dios que experimentemos esta realidad en la Obra! Concedió a nuestro Padre un profundo sentido de la filiación divina e, inseparablemente, una vivísima conciencia de su paternidad en el Opus Dei, que le llevó a escribir conmovido: no puedo dejar de levantar el alma agradecida al Señor, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra (Ephes. III, 15-16), por haberme dado esta paternidad espiritual, que, con su gracia, he asumido con la plena conciencia de estar sobre la tierra sólo para realizarla. Por eso, os quiero con corazón de padre y de madre 14.

¡Con cuánto heroísmo avaló estas palabras! Como escribió don Álvaro al cumplirse el primer aniversario de la marcha de nuestro Fundador al Cielo, nuestro Padre nos había engendrado a la vida sobrenatural de la vocación divina, nos había alimentado con su espíritu, nos formó y nos confirmó en la fe, nos sostuvo

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con seguridad cuando todo se volvía duda en torno de nosotros, dirigió nuestros pasos, nos dio el calor de su corazón enamorado de Dios, nos consoló en las penas y llenó de alegría nuestro caminar, nos enseñó a querer, injertó nuestra debilidad en su fortaleza haciendo así posible nuestra lealtad. Por eso, porque de tal manera vivíamos de su misma vida y como a sus expensas, cuando el Señor le llamó a su definitiva presencia aquel 26 de junio, por un breve instante a más de uno pudo parecer que todo moría para nosotros. Y sólo volvimos a sentirnos fuertes y contentos, cuando entendimos que desde el Cielo nuestro Fundador seguirá siendo nuestro Padre, y que nos gobierna —y nos quiere— con aun mayor eficacia sobrenatural que antes 15.

Del mismo modo que el ejercicio heroico de la paternidad condujo a nuestro Padre por el camino de la unión con Dios, también la filiación a nuestro Fundador y a sus sucesores nos lleva derechos al Amor divino. Ser hijo mío no es nada, respondía en una tertulia a un hermano nuestro que le preguntaba cómo ser mejores hijos del Padre. Pero uno que es buen hijo mío, es buen hijo de Dios 16.

En nuestra vocación divina están unidas la filiación a nuestro Fundador y la filiación a Dios, de quien procede toda paternidad. No hay aquí posibilidad de conflicto, como explicaba nuestro Padre con un sucedido. Un personaje dejó caer, delante de un grupo de personas de categoría: en el Opus Dei, primero está el Padre, y después el Padre Eterno... Yo le mandé decir, no directamente, sino para que se enterara —seguro que se lo dijeron enseguida—: que esté tranquilo, que el Padre Eterno está muy contento, porque sabe que la mejor manera de amarle a El es que estemos unidos por la filiación bendita que hay en el Opus Dei 17.

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No hemos, pues, de olvidar nunca este punto de referencia: si no pasáis por mi cabeza, si no pasáis por mi corazón, habéis equivocado el camino 18. Pasar por la cabeza y por el corazón de nuestro Padre es el camino para vivir íntegramente nuestra vocación al Opus Dei. El espíritu de la Obra está esculpido en la vida de nuestro Fundador. Por eso hemos de preguntarnos a menudo: ¿cómo se comportaría nuestro Padre en mi situación?, ¿cómo buscaría la presencia de Dios?, ¿cómo realizaría este trabajo?, ¿cómo cumpliría esta Norma del plan de vida?, ¿cómo trataría a los que me rodean para acercarlos a Dios y elevar la temperatura espiritual en mi ambiente?... Ésta es la senda para identificarnos con Cristo, correspondiendo a la llamada específica que hemos recibido.

Filiación al Padre

Hemos de agradecer con obras que el don divino de la paternidad en la Obra continúe en los sucesores de nuestro Padre. El Señor ha querido que en esta porción viva de la Iglesia de Dios haya siempre un Padre que sea como la sombra, la representación visible de nuestro Fundador: el Prelado de la Obra, sea quien sea 19.

Con la elección del Padre, por segunda vez en nuestra historia, hemos sido testigos de un evento admirable de unidad: el misterio de la paternidad infinita de Dios, participada en el Opus Dei por nuestro santo Fundador —insisto— de modo único e irrepetible, se ha hecho de nuevo presente en esta familia unidísima20.

Ha sido y será siempre así si procuramos mantener vibrante nuestra filiación al Padre, en primer lugar, pidiendo por su persona e intenciones con oración y mortificación generosas.

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Si traducimos en propósitos aquellas palabras de nuestro Fundador que han de estar grabadas en nuestro corazón: a los que vengan después, hay que amarles más que a mí: unirse a ellos, quererles humana y sobrenaturalmente, obedecerles 21. ¿Qué obras concretas manifiestan en nuestra vida ese cariño humano y sobrenatural por el Padre? ¿Nos hacemos eco de sus peticiones constantes para extender más y más la Obra en todo el mundo? ¿Tenemos presente aquella petición de nuestro Fundador —¡no me dejéis solo!— que siempre hemos de sentir como pronunciada por sus sucesores?

Al final de las tertulias con numerosas personas que participaban de un modo u otro en la labor de la Obra, nuestro Padre solía pedirles la limosna de la oración. Ahora también el Padre pide nuestra ayuda, como no ha dejado de recordarnos desde el momento de su nombramiento: hijos míos, ¡qué dura es la carga que el Señor y vosotros habéis colocado, más que sobre mis hombros, dentro de mi corazón! Dura, pero dulce al mismo tiempo (...). Por eso, después de adorar al Padre celestial, acatando sus inescrutables designios, me siento urgido a pediros que recéis al Espíritu Santo por este pobre hombre que es ahora vuestro Pastor, para que me llene de sus dones y de sus gracias, y así pueda desempeñar fielmente la tarea que me ha encomendado 22.

La filiación al Padre se forja sobre todo en la fidelidad al espíritu de la Obra. Muy bien ilustra este aspecto un recuerdo de don Álvaro. A lo largo de estos años, cuando alguna vez recibía una carta de un hijo o una hija que no quería perseverar, el Padre sufría mucho. Quizá para aliviarle ese dolor, escribían: yo, Padre, le quiero mucho... Y era cierto, porque sabía hacerse amar: cualquiera que hubiese visto la entrega de nuestro Padre, por amor a Dios y a sus hijos, para hacer crecer nuestra felicidad sobrenatural

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y nuestra alegría humana, no hubiera podido reaccionar de otro modo. Pero comentaba, con lágrimas en los ojos: agradezco ese cariño, pues, al fin y al cabo, tengo corazón; pero ¿qué me importa que me quieran a mí, si no aman a Dios Nuestro Señor? 23.

Filiación y fraternidad

En varias ocasiones leemos en el Evangelio que Jesucristo se dirige a sus Apóstoles y discípulos llamándoles cariñosamente hijos, hijitos 24. Él, que es la Persona del Hijo, nos revela: Yo y el Padre somos uno 25 y muestra los sentimientos paternos que alberga en su corazón humano.

Al haber sido introducidos en este misterio de Unidad en la Trinidad, como hijos adoptivos en el Hijo, también nosotros hemos de tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús 26. Saberse hijos de Dios en Cristo, partícipes de su Filiación, supone vivir, por expresarlo de algún modo, metidos en el corazón del Padre, embebidos de su paternidad. Por eso, junto al cariño, la confianza y la obediencia al Padre y a los Directores, que son propias del espíritu de hijos de Dios en su Obra, también procede del mismo espíritu la mirada comprensiva, misericordiosa y atenta, reflejo de la mirada paterna de Dios, con la que siempre hemos de contemplar a quienes nos rodean y muy especialmente a nuestros hermanos. No os olvidéis —insistía nuestro Fundador— de que cada uno de vosotros, además de ser oveja que está en este redil, de algún modo es también Buen Pastor 27. El corazón de un hijo de Dios ha de ser también, de algún modo, un corazón de padre. O, con otras palabras, a la

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vez que nos sabemos hijos pequeños de Dios, hemos de conducirnos como hermanos mayores que se sienten partícipes de la responsabilidad de sus padres. Cristo, con quien nos hemos de identificar, es el Hijo Unigénito del Padre y el primogénito entre muchos hermanos28.

La fraternidad en el Opus Dei tiene toda esta riqueza de formas y de tonos, propias de la filiación divina adoptiva, que encuentra su fuente en el misterio de la Santísima Trinidad y en las misiones de las Personas divinas. La Obra es una comunión de personas, con la forma de comunión propia de una familia; y, en nuestro caso, con unas costumbres y tradiciones familiares que manifiestan la paternidad, la filiación y la fraternidad intensamente asumidas según el espíritu que Dios confió a nuestro Fundador29.

Ya desde los comienzos, nuestro Padre nos hizo ver que el resquebrajamiento de esta comunión en la Obra sería el único obstáculo imponente para realizar la labor que Dios nos pide. Resulta muy revelador recordar en qué circunstancias lo confió a sus hijos. Explícitamente lo refería en una carta fechada el 9 de enero de 1939, cuando se cumplía un año de su azarosa llegada a Burgos. Quien no tuviera la visión sobrenatural que Dios concedió a nuestro Fundador, quizá hubiera reparado en otro tipo de obstáculos, ciertamente enormes: la Guerra Civil Española, que continuaba causando muertes y sufrimientos; los inconvenientes que se interponían al desarrollo de la Obra: dificultades derivadas del conflicto, carencia casi absoluta de medios humanos y materiales... Y, sin embargo, escribía: ¿Obstáculos? No me preocupan los obstáculos exteriores: con facilidad los venceremos. No veo más que un obstáculo imponente: vuestra falta de filiación y vuestra falta de fraternidad, si alguna vez se dieran en nuestra familia. Todo lo demás

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(escasez, deudas, pobreza, desprecio, calumnia, mentira, desagradecimiento, contradicción de los buenos, incomprensión y aún persecución de parte de la autoridad), todo, no tiene importancia, cuando se cuenta con Padre y hermanos, unidos plenamente por Cristo, con Cristo y en Cristo. No habrá amarguras, que puedan quitarnos la dulcedumbre de nuestra bendita Caridad 30.

La misericordia divina ha hecho que ese obstáculo imponente quedara neutralizado en nuestra familia sobrenatural; pero cada uno de nosotros es responsable de que así sea siempre. Por eso, nos urgía nuestro Padre a sentir vivamente el afán por la santidad de nuestros hermanos: no os consideréis nunca solos. Cada hijo mío (...), cada hijo de Dios —decía— sabe que es responsable, ¡corresponsable!, del camino de los demás; porque al pisar nuestro camino mejoramos el de los otros. ¿Lo entendéis? 31.

Hemos de ayudarnos con la oración, con la mortificación, con el trabajo, con la corrección fraterna, con el cariño de hermanos. ¡Ay del hijo mío que no se diera cuenta de que un hermano está necesitado de ayuda o está en peligro! (...). Apoyaos, quereos, fortaleceos unos a otros: sentid la responsabilidad de la vocación de todos (...). Auxiliaos para huir de las ocasiones, para guardar los sentidos, para mortificar la curiosidad de la razón, para cumplir amorosamente las Normas, para vibrar en el apostolado 32. Y haciéndose eco de la misma petición paterna de nuestro Fundador, don Álvaro nos alentaba a proseguir en esos desvelos del amor fraterno: habéis de desviviros por ayudar, por edificar, por hacer felices a los que os rodean 33.

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Aprendamos de Santa María, acudamos a su protección materna. No olvidemos nunca que en el plan de la Trinidad Beatísima para otorgarnos la filiación divina en Cristo, Ella es nuestra Madre. María, fiel a la misión divina para la que fue criada, se ha prodigado y se prodiga continuamente en servicio de los hombres, llamados todos a ser hermanos de su Hijo Jesús. Y la Madre de Dios es también realmente, ahora, la Madre de los hombres 34.


1. Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in África, 14-IX-1995, n. 63.
2. San Cipriano, De oratione dominica, 23.
3. De nuestro Padre, Oración personal en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 17-V-1970.
4. Del Padre, Homilía, 24-IV-1994.
5. De nuestro Padre, Carta 9-1-1932, n. 1.
6. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 198.
7. Matth. XXIII, 9.
8. Ephes. III, 5.
9. Ioann. XIX, 27.
10. Cfr. Ibid. XX, 21.
11. I Cor. IV, 15.
12. Gal. IV, 19.
13. Ibid. 6.
14. De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 23.
15. Don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 97.
16. De nuestro Padre, Tertulia, 9-1-1975.
17.Ibid.
18. De nuestro Padre, Crónica, 1984, p. 577.
19. Del Padre, Homilía, 24-IV-1994.
20. Ibíd.
21. De nuestro Padre, Tertulia, 9-VII-1967.
22. Del Padre, Homilía, 24-IV-1994.
23. Don Álvaro, Cartas de familia (1), n. 2.
24. Cfr. Marc. X, 24; loann. XIII, 33.
25. Ioann. X, 30.
26. Philip. II, 5.
27. De nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 30.
28. Rom. VIII, 29.
29. Del Padre, Carta 28-XI-1995, n. 17.
30. De nuestro Padre, Carta 9-I-1939.
31. De nuestro Padre, Tertulia, 6-I-1971.
32. De nuestro Padre, Carta 28-III-1973, n. 15.
33. Don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 42.
34. Es Cristo que pasa, n. 140.

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