Crecer para adentro/Obediencia en la vida ordinaria

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OBEDIENCIA EN LA VIDA ORDINARIA (22-VI-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


Es comprensible que, durante estos meses de trastorno, toda organización de carácter apostólico cuyos miembros se hayan visto precisados por las circunstancias a dispersarse y a esconderse, haya visto relajadas algunas de sus normas fundamentales. Yo considero ahora exclusivamente cuánto ha sufrido un punto necesario en cualquier entidad, más necesario en una organización religiosa; y en nosotros -que no somos religiosos- no sólo necesario, sino muy necesario: la obediencia.

Muchas cosas pueden contribuir, hay que reconocerlo, a menoscabar el ejercicio de esta virtud; ejercicio que no consiste solamente en el cumplimiento rápido y perfecto de las órdenes recibidas, importantes o no, sino en mil detalles de las situaciones ordinarias. De una parte, la convivencia ha creado una familiaridad que puede entorpecer el respeto exterior; en esa familiaridad, el corazón, quizá porque no tiene válvulas que lo cierren oportunamente, puede irse y desahogarse inoportunamente; así, la vida interior afloja; el que debería dar ejemplo, por su cargo y su autoridad, deja generalmente de ofrecerlo. En ese ambiente, no es extraño que, una vez con una palabra de doble sentido; otras, con una negativa débil al mandato, después más rotunda, la docilidad se vea olvidada y pisoteada.

No me olvidéis que no personalizo; hablo refiriéndome a cualquier organización en general. Pero si la caja de un reloj permitiera que se soltaran libremente todas sus ruedas y resortes para que cada una emprendiera sola, separada de las demás, una danza sobre el suelo, ¿qué ocurriría? ¿No observaríamos que, rota su trabazón con las restantes, una pieza cesaba enseguida en su carrera desconcertada; perdía otra su eje o los dientes de que iba armada, y venían otras finalmente a parar en un montón que no late, que está muerto? Sí, la vida sólo puede residir en la sumisión al trabajo propio, en el desempeño fiel de las funciones asignadas a cada uno. El desconcierto ha sido la muerte, pero la culpa de ese final recaerá sobre quien, debiendo guardar la caja bien cerrada, no lo ha hecho. Acaso el metal que la protegía no era recio, bruñido, duro, a prueba de golpes; quizá ha permitido que penetrase, en las piezas, el polvo que dificulta su marcha, un aliento extraño que las ensucia. Y se ha producido todo este desastre, si es que la caja, además, no se ha roto.

Ahora, en este reloj de la Obra, salido de las mismas manos de Jesús y del que nosotros somos -no nos hagamos ilusiones- ruedas muy pequeñas, ¿no habremos tolerado que se introduzca el desconcierto, que su marcha se dificulte, que se resienta la regularidad de su funcionamiento? Pues, si así fuera, vayamos a Jesús, del que somos pusillusgrex (113), pequeña grey, y pidámosle que nos ayude a responder a la misión que nos ha encargado de ser fundamento de un edificio que se alzará hasta el cielo, hasta el fin de los siglos. Y dirijámonos a nuestra Madre, Spes, Auxilium; ya Ella, conocedora de nuestras miserias y de nuestras necesidades, digámosle, llenos de fe, con confianza filial, que esperamos en su auxilio y que aguardamos de su piedad nuestro remedio.


(113). Lc 12, 32.