Crecer para adentro/Las bodas de Caná

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LAS BODAS DE CANÁ (11-VII-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


1) Nuptiae factae sunt in Cana Galilaeae (198)... Celebráronse unas bodas en Caná de Galilea. Imaginamos presentes en aquel acontecimiento será nuestra composición de lugar. La petición, un amor nuevo a la Señora y una nueva confianza en su intercesión.

Jesús, con sus discípulos, acepta la invitación que le han dirigido y concurre a las bodas de Caná. Está sentado a la mesa con todos, como todos. Come, bebe, habla, es uno de tantos.

Hoy no faltan gentes, Jesús, de las que se llaman piadosas, que si te hubiesen visto en aquel lugar se habrían escandalizado. ¡El Maestro... en tal sitio, entre pecadores, en una fiesta mundana! Y quizá brotaría, enseguida, la misma exclamación de los hipócritas de entonces: ¡cómo este hombre va a ser nuestro modelo! Para nosotros, en la Obra, lo es siempre; y, en este caso, modelo de una cualidad absolutamente indispensable para nuestro apostolado: la naturalidad.

Jesús obra con naturalidad. Sus actitudes no chocan con las del mundo. Su virtud no es detonante, ni llamativa, ni tiene exteriorizaciones inoportunas e impropias. En la Obra hemos de imitar, con un interés muy especial, esta conducta del Maestro. Que nuestros arranques de hombres piadosos se produzcan con tal oportunidad y sencillez que -sin chocar de ningún modo- consigan remover a las almas.

El hombre piadoso, si obra con naturalidad, necesariamente se impone. En cambio, el beato sólo consigue provocar risas: sin venir a cuento, con palabras y gestos poco varoniles, pone de relieve su sensiblería o su mojigatería. Nosotros hemos de ser recios en nuestra piedad, hemos de hablar y actuar con las palabras y las acciones propias de un cristiano corriente, que no se aparta del ambiente que le rodea. No podemos segregarnos del mundo: ahí estamos para luchar contra sus costumbres malas y llevarlo a Dios. Los hábitos de los demás han de ser los nuestros. Eliminemos, pues, de nuestro exterior -de nuestro lenguaje, de nuestra conducta- cualquier gesto raro, que nos haga extraños al medio en el que hemos de desenvolvernos. ¡Qué eficaz será nuestro apostolado, si obramos con naturalidad! Recuerdo una conversación con un Sr. Obispo. Después de haber leído ciertos papeles que le mostré, entendió admirablemente el espíritu de la Obra y me decía: "¡Cuánto bien han de hacer esos apóstoles, en medio del mundo, actuando con naturalidad!" .

Sin embargo, no se vuelve a leer en la vida de Jesús que el Señor estuviese presente en otra fiesta de ese estilo; quizá no asistió a ninguna más. En cualquier caso, fue a las bodas de Caná también para que nosotros aprendiéramos. Si nos es posible, evitamos comparecer en celebraciones de ese estilo; pero, si las circunstancias obligan, no hemos de sentir ningún escrúpulo en obrar como todo el mundo.


2) Et erat Mater Iesu ibi (199). En esas bodas se hallaba presente la Madre de Jesús. Regina Apostolorum, entre los Apóstoles vemos a nuestra Madre. El pueblo cristiano la llama también Esperanza, la ha consagrado con este nombre, y a Ella acude en todas sus necesidades. También nosotros la tratamos así: Spes, y Sedes Sapientiae: Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae, ora pro nobis! Madre nuestra, ¡cuántas veces habrá salido de unos labios juveniles -juveniles doblemente, porque no los marchitaron los años ni el pecado- esta tierna invocación de tus hijos en la Obra! Spes nostra, Sedes Sapientiae! ¡Y cómo se reafirma nuestra confianza en ti, al contemplar tu conducta en esta ocasión! ¿Quién te llamó Omnipotencia suplicante? Es poco, para lo que tu intercesión logra. En realidad, no es suplicante, porque tú misma eres la que ordenas, conociendo que tu Hijo está siempre dispuesto a atender todos tus deseos.

Ahora, este poder de la Virgen se va a aplicar en favor del anfitrión de la fiesta. Había llegado para él un duro trance: el vino se acababa. Y Nuestra Señora quiere sacarle del apuro, advirtiendo la situación, aunque él, que debía ser hombre cabal, nada comentara. Et deficiente vino, dicit Mater Iesu ad eum: vinum non habent (200). Ya intercede la Señora, comprendiendo la prisa y la necesidad, aun sin que nadie se lo ruegue. La contestación de Jesús parece dura: Quid mihi et tibi est, mulier? (201). Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí?

La respuesta de Jesús a su Madre es, en apariencia, negativa. Saldrá adelante la petición de la Virgen, por esa tozudez sobrenatural que es la perseverancia. ¿Que el Señor, a primera vista, se niega a escuchamos? Insistamos en la petición. Desde que comenzó este año de revolución, ¡cuántas cosas he suplicado y no me han sido concedidas! ¿Me desanimaré por eso? No; seguiré rogando, con la seguridad de que, si conviene a la gloria de Dios -y conviene: por eso se las presento-, mi ruego será acogido.

¿No habíamos dicho que Nuestra Señora es más que la Omnipotencia suplicante? Lo comprobamos ahora. Es Ella misma la que ordena a los criados y les indica: Quodcumque dixerit vobis, facite (202). Haced lo que Él os mande. Luego, si yo quiero que mi Madre me ayude, he de cumplir la Voluntad de Dios. No cabe la menor duda: para asegurarme la complicidad de María en mis empresas, tengo que obedecer a Dios. ¡Con cuánta frecuencia, durante estos largos meses, me he dirigido a ti, Madre mía, para que me sostuvieses en la lucha contra mi flaqueza, en los desmayos de mi voluntad, cuando las preocupaciones pretendían robarme la paz, cuando me apremiaba la tentación y mis nervios se rebelaban! ¿Cómo no había de auxiliarme, si mi luchar en todo eso era precisamente para obedecer mejor a Dios? Quien desee seguir fielmente el camino que el Señor le marca, encontrará siempre en María un auxilio constante y poderosísimo.


3) Los criados, ejecutando las órdenes de Jesús, llenan seis tinajas de piedra, grandes. Son el recipiente en que se obrará el milagro. El objeto, en el que resplandecerá la maravilla de la acción de Jesús, es así de inerte; lo único que puede ofrecer es su completa disponibilidad, para recibir los efectos de esa acción. Lo que se espera de cada uno es que esté perfectamente vacío, limpio de polvo y de suciedad.

Nosotros, que nos sabemos con la misma incapacidad que aquellos vasos para llenarnos por nuestra cuenta del vino de las virtudes y gracias, hemos de prepararnos para ser menos indignos de la acción del Señor. Dentro de nosotros se contiene polvo que limpiar, suciedad que raer; quizá un poso de podredumbre que otros vinos impuros han dejado, o restos de todo lo que anteriormente nos ocupó. Es preciso vaciarse perfectamente; y así, vacíos y limpios de nuestro yo, seremos sujetos aptos para que Dios realice sus milagros en nosotros. Entonces nos dirigiremos a nuestra Madre, a los Ángeles Custodios, a San José -Padre y Señor-, y a nuestros Santos Patronos; ellos nos llenarán hasta el borde, usque ad summum (203), del agua que Jesús ha de transformar en vino.

El Señor añade luego: haurite nunc, et ferre architriclino (204). Sacad ahora el contenido y llevadlo al maestresala. Una vez más se pone de relieve la consideración de Jesús hacia la jerarquía. El Señor transmite sus órdenes, por medio de la autoridad. Nuestra unión con la autoridad legítima en la Obra nos une a Él, y sus beneficios nos llegan a través del que está arriba. El maestresala llama al esposo y, después de gustar el vino, le comenta: todos suelen servir el buen vino al principio y luego que los convidados han bebido bien sacan el más flojo. Mas tú reservaste el buen vino para el final (205). Porque Jesús colma la medida de sus dones, sobrepasando con mucho nuestros deseos.

Terminemos hablando con nuestra Madre que, con su intercesión, ha provocado el primer milagro de Jesús. Éste es nuestro camino: el amor a la Señora, la confianza en Ella. Pidámosle que nos conceda la naturalidad en todas nuestras cosas. Y que, con su auxilio, nos despojemos de todo lo que nos ata al mundo, para que -limpios de toda imperfección- podamos ser objeto de la acción misericordiosa del Señor.


(198). Jn 2, 1.

(199). Jn 2, 1.

(200). Jn 2, 3.

(201). Jn 2, 4.

(202). Jn 2, 5.

(203). Jn 2,7.

(204). Jn 2, 8.

(205). Jn 2, 10.