Contra la familia: Camino (la película)

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Por Castalio, 7.06.2010


El reflejo de una mentalidad

Vi recientemente la película Camino, de Javier Fesser, que acaba de estar en cartelera en la ciudad de México. Me pareció extraordinaria. La fotografía, el guión, la actuación de cada uno de los personajes, todo espléndido.

Creo que esta película ofrece una interesante imagen sobre el modo tan particular como se vive y se piensa dentro del Opus Dei. No creo que se trate de una crítica directa al opus, como han afirmado algunos miembros de esa organización. Vista desde una perspectiva mucho más amplia, me parece que es una producción cinematográfica de tesis, que en todo caso habría que valorar con algo más de profundidad que la categoría simplista de amigo/enemigo.

La historia se basa en hechos reales, ocurridos en 1992 a la niña española Alexia González Barros. Dije “se basa”, es decir, está “inspirada” en sucesos de la vida de esa niña. Su lenguaje, como casi todo el que se emplea en la cinematografía, es el simbólico, que en parte es realidad y en parte ficción o imaginación. Digo esto, porque no ha faltado quien ha afirmado que la película Camino “se aleja en muchos aspectos de la realidad”. Lógico, es película. Es un film artístico, una historia recreada a través imágenes simbólicas y no un documental histórico...

Pues bien, en síntesis, se trata de la “historia” de una preadolescente llamada Camino, que se enferma de cáncer y padece los terribles dolores corporales y espirituales que produce esa enfermedad. Su madre es supernumeraria y su hermana mayor es numeraria auxiliar, es decir, de las que viven y trabajan como empleadas domésticas en las casas del Opus. El padre es ajeno a esa organización religiosa. Se trata de un hombre… yo no diría que ingenuo, sino más bien de buena fe. De acuerdo a la trama, es de suponerse que había accedido a lo largo de su vida a todas las exigencias de la organización confiando quizá en que se trataba de una cosa buena y noble.

Conozco casos muy cercanos en los que ha sucedido algo parecido a lo del padre de Camino. Casos en los cuales los padres llegan a sacrificar la relación normal con sus hijos creyendo que es “lo que Dios les pide”. Yo mismo, que fui numerario por más de veinte años, recuerdo que en muchas ocasiones hice sufrir a mis padres, pues las pocas ocasiones en que los veía, lo hacía bajo la presión del tiempo. Normalmente visitaba a mi familia por unas cuantas horas cada año (poco más de un día de estancia en mi ciudad natal). Siempre tratando de “aprovechar al máximo el tiempo”, es decir, de sacarle al viejo lo más que pudiera de dinero para comprarme ropa y libros y ahorrarle así gastos a “mi madre guapa”, la Obra.

Parte de ese “aprovechamiento del tiempo” consistía también en hablar rápido por teléfono con él y con mi madre. Según nos recomendaban en el círculo de numerarios del CIES, era conveniente llevar un papelito con la lista de temas a tratar con ellos (como si fuese despacho: lo que necesitaba de dinero, libros, viajes y ropa, lo que conviniera informarles para acercarlos a la obra, etc.). De este modo no se alargaba “innecesariamente” la llamada de larga distancia y se evitaba “perder el tiempo” y hacer “gastos innecesarios”, que en cualquier caso ponían en riesgo la integridad de mi práctica de las virtudes. Así de inhumano fui. Así de raro pensaba y actuaba. Así de utilitario me volví con el paso de los años. Mutatis mutandi, actuaba como la “Nuria” de la película que comentamos.

“Nuria”

La hermana de Camino, Nuria (la numeraria auxiliar), es el personaje que en mi opinión resulta más emblemático de la realidad “opus” en esta película. A mí me recordó a ese otro personaje de la película alemana «Corre, Lola, corre». Nuria, como Lola, siempre va de prisa. En la mayoría de las escenas aparece en esa actitud: abre y cierra puertas, baja y sube escalones, plancha, dobla ropa, ordena libros, hace y no para de hacer, de trabajar, esté donde esté y con quién esté, incluyendo a su familia, con la que parece que “procura siempre dar ejemplo del aprovechamiento del tiempo” (así se dice en la Obra).

Yo hice algo parecido a lo de Nuria. A lo largo de mi vida como numerario del opus, aprendí a “aprovechar el tiempo” al grado de volverme cada vez más indiferente y cruel. Cruel, porque con tal de llegar a cumplir MIS metas de “santidad y apostolado”, pasaba por encima de todo y de todos, incluyendo en esta generalidad a mi familia.

En efecto, con mi “familia de sangre” (como se dice en el Opus) me volví como Nuria, un experto y celoso guardián del uso del tiempo, de MI TIEMPO. En algunas épocas de mi larga vida como numerario procuré convivir con ellos lo mínimo indispensable para no robar ni un segundo, ni un minuto de dedicación a los encargos de la Obra y al apostolado, es decir a Dios (¿¿??). Mis padres y hermanos pasaban a un segundo plano tratándose de la Obra, de los encargos, de las exigencias de los directores. Llegué a ser tan egoísta (insisto, como Nuria) que, con tal de palomear mis largas listas de obligaciones numerariles, de salir aprobado por los directores en el cumplimiento del espíritu, desprecié a mi padre cuando se enfermó del corazón en 1986 y a mi madre cuando casi fallece de un infarto en 1994 y tuvieron que ponerle un baipás. No me inmuté con eso ni con nada. Lo mismo cuando murió mi abuela paterna que cuando murieron tres de mis tíos: pensé que mi corazón ya estaba lejos de ellos (de eso), pues estaba en cosas mucho más subidas, es decir, en Dios. Ese Dios que en el Opus exige volverse inhumano, desafecto, desarraigado, raro, en fin, como Nuria, la de la película.

A mis hermanos también los abandoné, no hice caso de ellos por años, y sólo me enteraba un poco de sus vidas por lo que eventualmente me contaban mis padres. Aunque a veces me remordía la conciencia. Recuerdo, por ejemplo, que en una ocasión en la que mi padre se encontraba en la ciudad en la que yo vivía, tuve que mentir, esconderme y pasarla mal durante los tres días de su estancia, para poder verlo un poco más de tiempo del que me habían dado permiso los directores. Al día siguiente de su partida, me buscó el subdirector de la casa para hacerme una corrección fraterna por el «mal ejemplo» que le había dado a él (a mi padre) y a los numerarios del centro, pues había dejado de ir a las tertulias y a otras «reuniones de familia» en esos tres días, dando la impresión de que importaba más mi «familia de sangre» que la Obra, o haciendo pensar a los demás que tenía tiempo de sobra para dedicarme a los míos en detrimento de las cosas de Dios (vaya, pues). '

Total, que así pasaron años, décadas, y poco a poco dejé de tratarlos con la confianza de antes. No vi crecer a mis sobrinos ni casarse a algunos de mis hermanos y primos, no asistí nunca más a las reuniones familiares, y todos me vieron como raro, como un ser especial, metido quizá en cuestiones muy sobrenaturales y ADMIRABLES, pero ajeno a ellos y a su mundo, a sus realidades, pues mi insensibilidad llegó a tal grado que me desentendí de las fechas de cumpleaños de todos, de la asistencia a funerales, en fin, de sus vidas.

En teoría es de suponerse que mis padres y hermanos eran parte importante del proselitismo que yo debía hacer. Quise y casi logré que mi familia –padres y hermanos– asumieran la dinámica de «mi entrega». Aceptaron y usaron el lenguaje de la obra, familiarizándose con los cursos anuales, la pobreza, los horarios, pero, sobre todo, con la idea de «mis ocupaciones», que siempre eran muchas. Dicho de otra manera, mis padres aprendieron a no llamarme semanalmente por teléfono, pues –decían– yo siempre estaba muy ocupado y no les gustaba interrumpirme, además de que, con el tiempo y la edad, fácilmente olvidaban los viejos a qué hora convenía llamarme y preferían no hacerlo por temor a importunar. Aprendieron también a no meterse en mi vida, a aceptar que me había alejado de ellos porque así lo exigía mi vocación laical en medio del mundo. Esa vocación que supuestamente «no sacaba a nadie de su sitio» y no modificaba sustancialmente la situación en la que se encontraba la persona al momento de «recibirla».

A este propósito, y para ilustrar que lo de la película es real, traigo aquí nuevamente el recuerdo de aquellos días en que mi padre venía a verme a la ciudad de México. Yo le veía sólo unas cuantas horas y aquello me parecía a veces heroico, pues como dije más arriba debía hacer circo, maroma y teatro para zafarme del control de los directores y atenderlo. Lo veía generalmente para comer en el hotel y me despedía rápido pues cuando no tenía que dar círculo a unos jóvenes que me aguardaban en el centro en el que vivía, debía ir a hacer la charla fraterna semanal con el director o a dar una charla. Eso sucedió un montón de veces. En ocasiones le decía: bueno, papá, un cigarrillo y me marcho, y encendía otro y otro para no dejarlo, pero terminaba por ceder a la presión del tiempo (y de los directores). Él, por lo general se quedaba triste, pues la verdad es que disfrutábamos mutuamente nuestra compañía y conversación, pero lo aceptaba sin más, creyendo que se trataba de una cosa buena, en la cual su hijo tenía que cumplir exigencias muy estrictas. Y yo también creía todo eso.

Recuerdo que en una ocasión vino a arreglar unos asuntos de su empresa a la capital del país y se quedó hasta el domingo con la finalidad de verme y conversar aunque fuera unas horas. Pues bien, resulta que el director del centro en el que vivía, hombre por cierto de escasísimo criterio y muy cortas luces (creo que ahora vive en Hungría), no me dio permiso de ir a verlo al hotel pues tenía que asistir a mi «retiro mensual». Apelé ante el subdirector del CIES (que ahora es un cura regiomonatano bastante melifluo) y nada de nada: tuve que quedarme. Mi padre lo aceptó estoicamente y deambuló solitario por las calles de la ciudad durante la mañana, luego comió igualmente solo en un restaurante y así estuvo hasta las seis de la tarde, hora en que por fin me dejaron ir a verlo tras haber concluido el retiro mensual. Pero resulta que lo vi sólo una hora, pues debía regresar rápido al centro ya que tenía círculo breve (semanal) y no podía faltar. Faltar al círculo era casi como faltar a la misa dominical. Así se comporta el personaje de la película que representa a la hermana mayor de Camino, nuestra Nuria, y así el padre abnegado que soporta todo creyendo que en ello le va su salvación a la hija y quizá a él mismo.

Nuria es un gran personaje, siempre angustiada por obedecer a sus jefas y por «vivir el espíritu» a rajatabla, pasando por encima de su familia. Creo que todos los que hemos sido numerarios (as) fuimos en algún momento un poco nurias (y lurias). Si se observa con calma al personaje, se capta de inmediato sus inhibiciones, sus conductas forzadas, su cristianismo voluntarista y un tanto inauténtico. Así, por ejemplo, no acompaña a su hermana moribunda en el hospital porque está siempre ocupada, muy ocupada en las cosas de la obra. No le fue a visitar cuando enfermó de cáncer en Madrid, y luego lo hizo rápido y siempre llevando el sentido apostólico por delante (ayudándole a la hermana dizque a «hacer normas»), cuando la trasladaron a la clínica Universitaria de Navarra (que es del Opus). Nuria actúa como la típica numeraria (o) que siempre pretende dar lecciones de todo: lo mismo de fortaleza que de optimismo derivado de su visión sobrenatural, o de piedad y renuncia. Todo a fuer de mucho empeño y una enorme voluntad. Tanta que la vuelve inhumana y cruel.

Camino y los curas del opus

La niña “Camino”, en plena fase terminal, es vista y utilizada por los jerarcas del opus y por su propia madre (enajenada por éstos) para transformarla en modelo y acicate de la “entrega” en esa organización religiosa.

La manipulación de la información por parte de los curas de la Obra, se pone en evidencia en la relación de los personajes “Camino” y “Jesús”. Los dos, en plena adolescencia, sólo piensan en jugar y divertirse representando papeles en la Cenicienta, leyendo cuentos e imaginando juegos. Entre juego y juego ella, como cualquier jovencilla de su edad, se enamora de él. En sus sueños, e incluso en sus delirios, suspira por su príncipe, del mismo modo que lo recuerda a su mascota o a sus compañeras del cole. Paralelamente al desarrollo de los ensueños de su hija, la madre, incitada por toda el clero opusino de Navarra, traduce esos suspiros de afecto cuasi-infantil, a un lenguaje de adulto, duro y férreo, como todo en el Opus. El cura mayor en la película, el que lleva la crucecita en la solapa, es el traductor oficial de los sentimientos y aspiraciones de Camino: cada palabra pronunciada o musitada por la niña moribunda es interpretada y traducida por este viejo lobo al lenguaje del Opus. De esta manera se logra que los suspiros inocentes de Camino se adapten a la lógica dramática y rebuscada del Opus. Se trata de una santidad forzada, hecha a base de artificios, planeada por el cura del opus de Navarra e incluso por el prelado de Roma. En fin, una santidad absolutamente inhumana por cuanto es ajena a la realidad más elemental que vive la adolescente. Esa adolescente en la que quizá podemos vernos reflejados tantos que no hicimos sino externar un día ante alguno de esos curas nuestras inquietudes de amar a Jesús, de ser mejores personas, de ayudar a los demás. La traducción que de esos nobles sentimientos se hizo fue: tiene vocación. Y nos indujeron a pedir la admisión. Desde entonces, perdimos la lozanía espiritual, el carácter lúdico en nuestro trato con Dios. Lo que era un primer acercamiento a Él, se volvió algo desaforado, forzado, intenso, en fin, dramático. Tan dramático como toda nuestra vida, en la que siendo jóvenes nos dedicamos a ser directores de conciencias, viejos y raros, es decir, una especie de curas sin oficio ni experiencia de la vida.

Esto no es una exageración de la película ni de la interpretación que estoy proponiendo. Así ocurre en la realidad y me consta. El opus cuenta con un grupo selecto de personas, especializado en la traducción de los hechos al lenguaje de ellos. Son los famosos curas del opus, los impecables, los ensotanados, o como los describe Roberto Bolaño, los del alzacuello almidonado, los de los puños relucientes con gemelos de plata, en fin los guardianes del espíritu finamente esculpido por J. M. Escrivá. Ellos, los expertos en el lenguaje de casa, los gramáticos del opus, son los que orquestan los pitajes (actos de petición de admisión), los que dan legitimidad casi sacramental a la mentira y a la simulación para hacer que la realidad se ajuste a las necesidades del opus, es decir, para hacer que las cosas parezcan y aparezcan siempre ante los ojos de los demás como venidas de lo Alto.

En la película aparecen dos curas: uno mayor, tipo consiliario, y el otro joven, con la típica mirada torva, como quien cree que ha recibido todos los votos de confianza y las luces del prelado en Cavabianca y que cuanto hace es en bien de la Iglesia, aunque sea mentira o simulación. El cura mayor está magníficamente representado: siempre manipulando a las personas y maniobrando sobre las circunstancias, en fin, forzando la realidad para ajustarla a lo que quiere el padre (el prelado, claro está). Y si lo que el padre quiere es que Camino sea de la Obra (aunque ella no creía más que lo que podía creer a esa edad, es decir, que sería de la “obra”, pero de la obra teatral en la que iba a salir representando a Cenicienta con el príncipe, su príncipe, Jesús), pues hay que hacer lo necesario para que “pite”.



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